Crímenes de Guerra – Capítulo Siete

Crímenes de GuerraGo’el aprovechó el receso para despejarse y aclararse las ideas. Había traído con él a Pandaría a la loba Snowsong y se alegró de tener un rato para poder cabalgar y pensar, sin más. Aunque había sido su compañera infatigable durante mucho tiempo, al estar esta mayor ya no entraba en batalla a lomos de ella. No obstante, seguía estando fuerte y sana y, muy de vez en cuando, todavía disfrutaban de una buena carrera. Abandonaron los terrenos del templo y se adentraron en la carretera repleta de curvas que serpenteaba por un paisaje sobrio que le recordaba mucho a Durotar.

Llevaba atado al pecho de una forma muy segura a su hijito Durak. El calor que desprendía el cuerpo de su padre y los latidos de su corazón calmaban al niño, que soñaba profundamente mientras Go’el espoleaba a la loba para que fuera corriendo sin parar a Barrilia, una pequeña aldea que se encontraba cerca de la Senda Viento Aullante. Sentir esa pequeña vida acurrucada sobre él y la caricia de ese viento que arrastraba dulces aromas infundía una tremenda serenidad de espíritu al orco.

Tyrande había dicho la verdad. Sería capaz de ganar el juicio si simplemente se presentara todas las mañanas ahí y dejara que los hechos hablaran por sí mismos. Pero el caso de que ahora contara con la capacidad de poder mostrar esas escenas del pasado lo inquietaba. Si se podían retorcer las palabras, las imágenes seguramente también.

Sus pensamientos se centraron en los gritos furiosos proferidos en un principio por algunos miembros de la Alianza que querían que se sometiera a toda la Horda a juicio. Go’el estaba seguro de que uno de los principales objetivos de esta gente sería él, por haberle otorgado tanto poder a Hellscream. Las cosas podrían haber sido tan diferentes. Go’el había querido que Garrosh admirara a su padre y siguiera su ejemplo, y eso había hecho —pero había admirado la parte mala y había seguido su ejemplo en lo que no debía—. Ahora, todo Azeroth estaba pagando la apuesta errónea que Go’el había hecho al elegir a Garrosh. El mismo se preguntaba hasta qué punto era responsable de lo que había sucedido. Garrosh había hecho tanto daño —no solo a aquellos a los que había arrebatado o arruinado la vida, sino también a la Horda a la que afirmaba liderar y defender—. Go’el rezó a los elementos para que se hiciera justicia de verdad lo antes posible. Garrosh ya había infligido bastante daño y Go’el creía que seguiría haciéndolo mientras siguiera vivo.

Alzó una mano y se apretó a Durak contra el pecho con más fuerza si cabe. No se podía cambiar el pasado y tampoco debería cambiarse. Pero el futuro sí estaba en sus manos. Go’el era consciente de que muchas cosas —quizá todo— dependían de lo que sucediera en ese proceso.

Se hizo una promesa en silencio a sí mismo y agachó la cabeza para acariciar con el mentón la coronilla a su hijo. Haría todo cuanto estuviera en su mano para salvaguardar el futuro. Daba igual el precio a pagar.

* * *

—Chu’shao, puedes llamar a tu primer testigo.

Tyrande asintió.

—Si el tribunal me lo permite, llamo a Velen, profeta y líder del pueblo draenei, para que hable como testigo.

Go’el apretó los dientes. Aggra, que estaba junto a él y acunaba a Durak en sus brazos, respiró hondo.

—Por lo que sé sobre ella, habría pensado que esta sacerdotisa elfa no iba a ser tan rastrera —le comentó a su amado, con un tono sereno pero teñido de cierto enfado—. Si los orcos odian a los elfos de la noche, lo lógico es pensar que el sentimiento es mutuo.

—No sabemos qué pretende demostrar—replicó, siendo consciente de que con esas palabras no solo pretendía calmar a Aggra, sino serenarse él también.

—Pues creo que podemos suponerlo y no nos vamos a equivocar mucho — respondió Aggra.

Go’el no contestó. Observó cómo el extraño e indescriptiblemente anciano Velen, quien en su día se había mostrado muy generoso y amable con un joven llamado Durotan, se movía con elegancia y dignidad para ocupar su sitio en la silla de los testigos. Era más grande que los draenei más altos que Go’el había visto jamás en persona, pero en cierto modo menos robusto que esos seres tan excesivamente musculosos. No vestía armadura alguna, solo un atuendo relativamente sencillo de tela suave, amplia y de tonos blancos y morados que parecía flotar con voluntad propia al compás de sus movimientos. Los ojos, enmarcados en unas arrugas muy profundas, le brillaban con un reconfortante color azul. Unos cortos zarcillos sujetos con cintas de oro sobresalían de la larga barba blanca de Velen, que le llegaba casi hasta la cintura y le recordaba a Go’el a la cresta de una ola muy potente.

Baine también observaba a Velen con detenimiento. Go’el conocía bastante bien al tauren como para saber que estaba muy tenso porque lo dominaba la incertidumbre.

En su día, el propio Go’el había dejado constancia por escrito de la historia de sus ancestros, aunque no había sido más que un relato de los acontecimientos fragmentado, incompleto e inconexo, ya que muy pocos orcos los recordaban ya con claridad. La sangre demoníaca había fluido por las venas del pueblo orco, avivando las llamas de su odio a la vez que nublaba su juicio. Por eso, cuando Velen había reaparecido en Azeroth, su pueblo había elegido unirse a la Alianza, lo cual no fue para nada sorprendente, pensó Go’el —quien sintió una punzada de tristeza y amargura—. Hasta el día en que la verdadera paz llegara a Azeroth y reinara la confianza entre los diversos pueblos, Go’el jamás tendría la oportunidad de sentarse con Velen para hacerle ciertas preguntas, tal y como había podido hacer su padre. Y aunque la Alianza y la Horda habían decidido colaborar para poder derrotar a Garrosh, era consciente de que los actos de ese mismo orco habían hecho casi imposible que en el futuro ambos bandos pudieran volver a colaborar.

—Profeta Velen —dijo Tyrande para iniciar el interrogatorio de manera formal—, en este lugar solo puede reinar la verdad y siempre reinará, pues eso es lo que nos han encomendado los ancestros pandaren, cuya ley seguimos en busca del equilibrio.

—Cuya ley honramos —apostilló Taran Zhu con suma delicadeza.

Tyrande se ruborizó levemente y se corrigió a sí misma.

—Te pido disculpas, Fa’shua Taran Zhu, cuya ley honramos en busca del equilibrio. ¿Nos das tu palabra de que dirás la verdad y nada más que la verdad?

—Doy mi palabra —contestó Velen de inmediato, con una voz que demostró ser potente pero cálida y amable al mismo tiempo, a pesar de haber pronunciado muy pocas palabras. A continuación, se llevó ambas manos al regazo y contempló a Tyrande con expectación.

—Profeta, estoy segura de que hoy todo el mundo en este tribunal sabe que eres uno de los testigos directos de las atrocidades cometidas por el pueblo orco desde hace tiempo —señaló Tyrande.

Ya empieza, pensó Go’el. Ahora nos pondrá a todos verdes… o rojos, más bien, con las manchas de una sangre derramada hace años.

Baine se puso en pie como impulsado por un resorte.

—Con todo respeto, protesto —gritó—. Fa’shua, estamos aquí para juzgar los actos de un orco, no de todos ellos.

—Con todo respeto, Lord Zhu —replicó Tyrande—. El defensor ha mencionado antes que Garrosh profesa un gran amor por su pueblo. Así que deseo que el jurado pueda conocer la historia de este pueblo. Los Celestiales son muy sabios, pero no conocen Draenor, así que si logramos que puedan entender la mentalidad y la historia orco, podrán formarse una opinión más justa y certera que podría ser decisiva a la hora de tomar la decisión que esperamos.

—Estoy de acuerdo con la acusación —afirmó Taran Zhu.

Baine agachó ligeramente las orejas, bajó la cabeza al acatar la decisión del juez y volvió a sentarse.

—Gracias —dijo Tyrande, quien prosiguió hablando—. Profeta, ¿quieres hacer el favor de presentarte?

—Soy Velen y he liderado a mi pueblo a lo largo de milenios de la mejor manera posible. Abandonamos Argus, nuestro mundo natal, para escapar de la Legión Ardiente. Llegamos a Draenor hace siglos y lo convertimos en nuestro nuevo hogar. Después, como seguro que todos saben, vinimos aquí, a Azeroth.

—¿Fueron recibidos con los brazos abiertos en Draenor? —preguntó Tyrande.

—No fuimos recibidos de manera hostil —respondió Velen—. Los orcos y los draenei coexistimos pacíficamente durante mucho tiempo

—¿Estaría en lo cierto si afirmara que ustedes y los orcos convivieron en Draenor a lo largo de varios siglos sin relacionarse demasiado, haciendo negocios pacíficamente y respetándoos mutuamente?

—Sí, estarías en lo cierto.

La suma sacerdotisa miró a Chromie, quien asintió y se bajó de la silla. Kairoz permaneció sentado, observando atentamente.

—Si el tribunal me concede su permiso, me gustaría presentar la primera Visión de Velen…

Chromie se subió a la mesa de un brinco, ya que no habría podido alcanzar la Visión del Tiempo de otro modo por la altura de la forma que había elegido. Sin embargo, nadie se atrevió a reírse de la dragona, a pesar de su aspecto agradable y alegre. Chromie movió las manos con la agilidad propia de esa raza gnomo a la que pretendía emular.

Acto seguido, el dragón enroscado tallado en el bulbo superior abrió los ojos.

Un suave murmullo teñido de sobresalto recorrió toda la estancia. El dragón alzó la cabeza y la agitó de lado a lado, como si se estuviera despertando de un sueño, y movió las garras delanteras para coger el receptáculo situado debajo de él. Al instante, las arenas del interior del bulbo superior irradiaron una luz tan dorada como el brillo de los ojos del dragón. La arena fue cayendo lentamente en el bulbo inferior de abajo, cuyo guardián seguía inmóvil, pues continuaba siendo una pieza de bronce desprovista de vida.

Mientras los ojos de Chromie también brillaban al utilizar esa magia tan peculiar de su Vuelo, abrió una de sus pequeñas manos. Un zarcillo neblinoso del color de la arena surgió de ella y serpenteó hasta el centro de ese gran anfiteatro a la vez que se enroscaba sobre sí mismo como una serpiente, cambiando de aspecto una y otra vez, hasta que pudieron distinguirse con claridad unas formas, que se fueron tiñendo de color, de tal modo que esos radiantes tonos bronces pasaron a pintar con unas tonalidades más realistas unas figuras más grandes de lo normal.

Entonces, pudieron ver a dos jóvenes orcos de piel marrón cubiertos de polvo y sudor. Tenían la boca ligeramente abierta y los ojos desorbitados mientras miraban fijamente a un guerrero draenei ataviado con una reluciente armadura de placas de metal. Parecía preocupado, aunque los orcos no mostraban una expresión de temor sino de conmoción.

Go’el sabía quiénes debían de ser esos jóvenes.

Los recuerdos lo asaltaron; el orgullo que había sentido y lo maravillado que se había quedado al saber que era descendiente de Drek’Thar, la alegría de haber podido “conocer” a sus padres en un pasado alternativo engendrado por un portal del tiempo que funcionaba mal y la angustia de haberse visto obligado a verlos morir, lo cual le había roto el corazón. Ahora que él mismo era padre, su mirada recorrió ansiosamente los rasgos juveniles de su padre. Al girarse para abrazar a su propio hijo, vio que Aggra ya se lo estaba acercando a los brazos. Sus miradas se cruzaron en un momento de tremendo amor y comprensión en el que no hicieron falta las palabras. Entonces, Go’el volvió a centrarse en esa escena mientras acunaba en sus brazos a Durak.

—Profeta —dijo Tyrande—, ¿puedes contarle al tribunal qué estamos viendo aquí?

Velen suspiró y se le hundieron levemente los hombros.

—Sí, puedo —contestó con un tono melancólico—. Aunque no fui testigo de este momento en primera persona, reconozco a los tres.

—¿Quiénes son?

—El draenei era un querido amigo mío… Restalaan, el capitán de los guardias de Telmor. Los orcos jóvenes son Orgrim, al que más tarde se le conoció como Doomhammer, y Durotan, hijo de Garad.

—¿Era habitual que ambos pueblos se relacionaran de esta forma?

Velen hizo un gesto de negación con la cabeza, lo que provocó que sus zarcillos se movieran.

—No. Este fue uno de los primeros encuentros de este tipo. Aunque comerciábamos con los orcos, nunca nos habíamos topado con unos tan jóvenes.

—¿Cómo se produjo este encuentro?

—Esos chicos estaban huyendo de un ogro y un grupo de draenei acudieron en su ayuda. Al capitán de los guardias, Restalaan, le impresionó el hecho de que, a pesar de que ambos eran de clanes distintos, eran amigos. Ya conocíamos bastante bien a los orcos como para saber que eso era muy poco habitual. Como ya era muy tarde para que pudieran viajar hasta su hogar sin correr ningún peligro, Restalaan envió a unos mensajeros para notificar a sus respectivos clanes dónde se encontraban y, al mismo tiempo, los invitó a quedarse con nosotros como invitados hasta la mañana siguiente. Pensó que podría estar interesado en conocer a estos dos jovenzuelos. Y así fue. Cené con los dos jóvenes orcos y descubrí que eran muy inteligentes y de buen carácter.

Go’el se acordó de que Drek’Thar le había hablado sobre ese encuentro. Si bien el viejo orco no había estado ahí en persona, sí se lo habían contado todo. Se alegró de que Drek’Thar no estuviera aquí en estos instantes para revivir ese momento del pasado, ese momento anterior a que sucedieran tantos siniestros eventos.

—La ciudad de la que hablas… Telmor… ¿era fácil de hallar?

—No —respondió Velen—. Estaba oculta por medios tanto mágicos como tecnológicos. Esos muchachos nunca la habrían hallado si no hubieran sido invitados a entrar en ella.

—Si la corte me lo permite, me gustaría presentar la segunda Visión de Velen. —Tyrande hizo un gesto de asentimiento dirigido hacia Chromie y esta hizo un gesto con unas manos en las que parecía llevar unos guantes de color miel iluminados. La escena se disolvió y dio paso a otro. Las Arenas del Tiempo del reloj de arena fueron cayendo, grano a grano brillante. Entonces, ante los ojos de Go’el. Una segunda escena cobró vida.

—Hemos llegado —dijo la imagen de Restalaan, quien a continuación desmontó de un talbuk de color azul cobalto y se arrodilló sobre el suelo. Después, apartó algunas hojas y agujas de pino como si estuviera buscando algo. Tras palpar la tierra, halló en ella un hermoso cristal verde, sobre el que colocó la palma de la mano delicadamente.

—Kehla men samir, solay lamaa kahl.

El bosque brilló a su alrededor. Por un instante, Go’el se preguntó si la Visión del Tiempo podría estar funcionando mal, pero entonces se dio cuenta de que las figuras de los tres no se veían afectadas por ese fulgor. El joven Durotan dio un grito ahogado. La luminosidad lúe en aumento y, entonces, súbitamente, donde en su momento había habido un denso bosque, había ahora únicamente un largo camino pavimentado que ascendía por la ladera de las montañas.

—Nos encontramos en el corazón del país de los ogros, aunque cuando esta ciudad fue construida aún no lo era —les explicó Restalaan, a la vez que se ponía en pie—. Si los ogros no pueden vernos, no pueden atacarnos.

—Pero… ¿cómo? —preguntó Durotan.

—Es una mera ilusión, nada más. Un… espejismo. Uno no se puede fiar siempre de lo que ven sus ojos. Creemos que lo que vemos es siempre real, que la luz siempre revela lo que hay ahí en todo momento. Pero la luz y la sombra pueden ser manipuladas, dirigidas, por aquellos que las entienden. Al pronunciar esas palabras y al tocar ese cristal, he alterado la manera en que la luz se refleja en las rocas, los árboles, el paisaje. De ese modo, sus ojos perciben algo totalmente distinto a lo que creían que había aquí. —Restalaan soltó una risita ahogada muy reconfortante—. Vamos, mis nuevos amigos. Van a visitar un lugar donde ninguno de los suyos ha estado jamás. Caminen por los caminos de mi hogar.

La escena se congeló y, acto seguido, desapareció. Los granos de la parte superior del reloj de arena dejaron de caer. El dragón bronce volvió a adoptar su postura inicial y, tras cerrar sus ojos relucientes, fue un mero ornamento de nuevo. Sin embargo, el que se hallaba enroscado en el bulbo inferior se despertó y estiró. A continuación, colocó las zarpas de una manera muy protectora sobre el receptáculo que debía proteger, pues para eso lo habían diseñado.

—Restalaan reveló a Durotan y Orgrim el secreto de cómo los draenei protegían su ciudad. ¿Los dos muchachos guardaron ese secreto? —preguntó Tyrande con suma serenidad.

Go’el sabía la respuesta.

—No —respondió Velen, sumido en un hondo dolor.

—¿Qué ocurrió?

Velen dio un largo suspiro y dirigió su mirada hacia la parte Horda de ese lugar en busca de Go’el. Cuando el profeta habló fue como si realmente estuviera hablando solo con el hijo de ese muchacho al que una vez había recibido con los brazos abiertos y no a una audiencia cautivada.

—Años después, Ner’zhul engañó a los orcos y luego Gul’dan los traicionó. Creo realmente que Durotan tuvo grandes remordimientos por…

Tyrande esbozó una delicada sonrisa al mismo tiempo que lo interrumpía.

—Tu compasión te honra, profeta, pero por favor, limítate a narrar los hechos tal y como los conoces.

Aggra parecía acongojada… y furiosa.

—¡Pero si ni siquiera le deja expresar lo que siente en su corazón! ¿Por qué Baine no protesta?

Baine permaneció callado, aunque tenía las orejas estiradas, lo cual revelaba a Go’el que no le gustaban nada los derroteros por los que estaba discurriendo el interrogatorio.

—Porque Tyrande tiene razón al pedirle que se atenga a los hechos. Baine ya dirá lo que tenga que decir, cariño. No te preocupes —replicó Go’el, quien no podía negar que compartía el enfado de su amada.

Velen asintió.

—Muy bien. Los hechos son que Durotan atacó Telmor con un ejército de orcos años después.

—Gracias —dijo Tyrande, la cual se volvió para mirar a los ahí reunidos. Recorrió con la mirada los estrados hasta detenerse en los cuatro Celestiales—. He de advertir al tribunal de que lo que van a ver va a ser muy violento y perturbador, lo cual es consustancial a toda traición y toda masacre.

Una vez más, Baine no protestó. Go’el se dio cuenta, amargamente, de que eso era porque Tyrande tenía razón de nuevo.

Aunque tuvo que reconocer que la acusadora no parecía muy feliz de tener que hacer lo que iba a hacer. No obstante, ella dijo:

—Les presento la tercera Visión de Velen… la toma de Telmor por parte de los orcos.

Los granos de la Visión del Tiempo volvieron a caer, y otra escena cobró forma. Go’el vio a un Durotan al que ahora sí podía reconocer, pues ya era un adulto. El líder del clan Frostwolf portaba lo que su hijo reconoció al instante como el arnés de batalla que había ido pasando por las manos de diez generaciones de líderes del clan, aunque nunca antes había visto esa armadura.

Estaba forjada con una pesada armadura de placas unidas por cadenas y en su parte frontal mostraba a dos lobos blancos mirándose mutuamente. Debería haber sido mío, pensó Go’el. Debería haberlo sido algún día de Durak, si el destino lo hubiera querido.

Pero el destino no lo había deseado, se recordó a sí mismo. El arnés se había perdido en el pasado; Orgrim creía que había sido robado o destruido por los elementos. Y él mismo había llegado a la edad adulta como un prisionero de los humanos. La horda, sobre todo bajo mandato de Garrosh, tenía mucho de qué responder, pero también la Alianza.

Durotan y varios otros orcos listos para batallar se hallaban en el mismo “bosque” que les había mostrado la visión anterior. Orgrim, con un aspecto muy similar al que recordaba Go’el, se colocó junto a su amigo y observó cómo Durotan buscaba algo en el suelo. Go’el sabía qué buscaba; en realidad, estaba seguro que todo el mundo lo sabía.

Durotan se levantó con una exquisita gema de color esmeralda en la palma de la mano.

—La has encontrado —dijo Orgrim.

Durotan asintió y apartó la vista de la piedra preciosa para mirar a sus colegas a la cara.

—Colóquense en posición —ordenó Orgrim a los demás orcos—. Hemos tenido suerte de que no nos hayan visto llegar y no hayan dado la alarma.

Durotan titubeó por un momento y, a continuación, pronunció esas letales palabras.

— Kehla men samir, solay lamaa kahl.

La ilusión que había protegido a Telmor fue desapareciendo lentamente, revelando un amplio camino pavimentado que se extendía hacia delante a modo de invitación obscena.

Al instante, fue como si todo el lugar donde se celebraba el juicio se hubiera transformado en un campo de batalla. Una batalla colosal, casi abrumadora, en la que los orcos, montados sobre unos lobos protegidos con armaduras y con unas armas en ristre, lanzaban sus gritos de guerra y cargaban. La Visión se centró en ellos y los siguió mientras las grandes bestias que cabalgaban añadían sus propios aullidos a esa cacofonía. El estruendo que anunciaba la llegada de ese grupo que levantaba tanto polvo al avanzar contrastaba de manera exagerada con la tranquilidad que reinaba en la ciudad. Entonces, una serie de imágenes individuales reemplazaron ese plano panorámico que les había estado ofreciendo la Visión. Ahora, pudieron ver cómo un puñado de draenei se quedaban simplemente quietos donde estaban, pues obviamente se hallaban demasiado estupefactos como para intentar huir o defenderse. Las espadas y hachas separaron esas cabezas cornudas de sus cuerpos con tal celeridad que todavía había dibujadas unas expresiones de perplejidad en esos rostros cuando cayeron al suelo. Las salpicaduras de sangre color índigo se extendieron por doquier, manchando armaduras y pieles marrones. Se coaguló sobre el pelaje de los lobos, de tal modo que esas bestias fueron dejando un rastro de sangre mientras corrían.

Se oyeron unos gritos y ruegos de terror pronunciados en el melodioso idioma draenei que se sumaron a ese coro de voces asesinas. Los hombres de Durotan atacaron

en tromba. A esta marea de guerreros la seguían de cerca los brujos (los cuales eran algo muy reciente), quienes acribillaron a los grupitos aislados de aterrados y desarmados draenei con fuego, sombras y maldiciones.

Algunos de los orcos se metieron en algunos edificios, para perseguir a los que habían entrado en ellos en busca de refugio de manera muy necia. Unos cuantos segundos después, esos guerreros salían de ahí cubiertos de sangre, corriendo por las escaleras en busca de sus próximos objetivos.

Pero ahora, los ciudadanos de Telmor contaban ya con la ayuda de unos paladines. Los guardias repelieron la magia orco de un modo que superaba la comprensión de sus enemigos. Una luz blanca, azul y lavanda contrarrestaba la magia de un repugnante color verde amarillento de los brujos. Si bien esto hacía que el combate cuerpo a cuerpo quedase relegado a un segundo plano, Go’el tenía centrada su atención en Durotan y en el adversario que lo acababa de atacar con una espada que brillaba gracias a una energía azul.

Restalaan.

El draenei gritó algo que Go’el no entendió, agarró a Durotan y lo hizo caer de su montura. Sorprendido, el orco no reaccionó a tiempo y se estampó contra el suelo. Restalaan atacó con su espada hacia abajo justo cuando Durotan cogía el hacha.

El lobo negro del orco se giró para defender a su jinete y clavó sus dientes descomunales al draenei en el brazo. Restalaan soltó esa espada brillante y Durotan arremetió contra él con su hacha, atravesando la armadura y la carne de este. Restalaan cayó de rodillas y el lobo lo mordió aún con más fuerza mientras una sangre azul manaba de la herida que había abierto el hacha. Durotan atacó por segunda vez, acabando así con lo que debía de ser un dolor agónico. De esta manera, Restalaan, aquel que había ofrecido su amistad a Durotan y le había enseñado los secretos de esa ciudad, fue asesinado.

Go’el pensó que ese sería el fin de esa escena tan sangrienta, ya que Tyrande había expuesto ya con total claridad su argumento. Dirigió sus ojos hacia ella y comprobó que se encontraba de pie con los brazos cruzados y la mirada clavada en esas horripilantes imágenes que se habían manifestado ante el tribunal por orden suya. No hizo ninguna señal que indicara que no hacía falta mostrar nada más, por lo cual la carnicería prosiguió.

Los orcos arrasaron la ciudad en esa Visión. Go’el se dio cuenta, con cierta indignación, que la muerte de Restalaan, por muy conmovedora que hubiera sido, era solo el preludio de lo que Tyrande se guardaba bajo la manga.

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