Crímenes de Guerra – Capítulo Seis

Crímenes de GuerraSi bien las palabras plagadas de veneno y la arrogante actitud de Garrosh no eran algo inesperado, Anduin se sintió bastante decepcionado. Muchos se sorprenderían de que se sintiera así, puesto que Garrosh había atacado en su momento a Anduin directamente y este había logrado sobrevivir a duras penas.

Hacia el final de su época como Jefe de Guerra de la Horda, Garrosh se había ido obsesionando cada vez más con ir acumulando más y más medios tanto espirituales como mágicos para poder derrotar a la Alianza —daba igual el coste a pagar—. Aunque Anduin no podía dar mucho crédito a algunas de las cosas que se rumoreaba que había hecho Garrosh, había sido testigo de otros actos suyos con sus propios ojos de los que sí podía dar fe. Garrosh, al contrario que Varían, había decidido valerse de las tenebrosas habilidades del sha —la capacidad de lograr que las emociones negativas se manifestaran de un modo letal y aterrador en el plano físico— para lograr que sus tropas fueran todavía más poderosas.

Garrosh había robado una reliquia mogu conocida como la Campana Divina para conseguir sus fines. Cuando tañía, la campana provocaba un puro caos de un modo incesante. Al igual que sucedía con todo en Pandaria, había una manera de anular la campana: la Marra Armónica; una reliquia rota que Anduin logró reconstruir y con la que se enfrentó a Garrosh. Tras lograr golpear la campana con la marra, ese ruido discordante pasó a pura armonía.

Como había frustrado sus planes, el orco iracundo había golpeado la campana con su hacha; de esa manera, Gorehowl hizo añicos la reliquia mogu.

Así como los huesos de Anduin.

Volvió a sentir ese intenso dolor en todas las partes del cuerpo que los fragmentos rotos de la campana le habían aplastado. Esa agonía renacía brevemente cada vez que cambiaba de posición y se manifestaba de un modo distinto y más profundo cuando recordaba el incidente. Velen le había dicho que el dolor probablemente nunca desaparecería por completo y que cabía la posibilidad de que con la edad fuera a más.

“El cuerpo nunca olvida del todo el daño que ha sufrido y cada uno de tus huesos tiene su propia memoria”, le había explicado. Luego, el anciano draenei había sonreído y añadido: “Gracias a la Luz, querido y joven príncipe, vas a vivir para escuchar esos recuerdos”.

Eso fue más que suficiente para Anduin, quien tras reflexionar había alcanzado la conclusión de que, al igual que la marra había hecho surgir la armonía de la discordia, también se podía hacer lo mismo con los seres con conciencia de sí mismos. Anduin creía esto en lo más hondo de su alma, y era algo en lo que también creían los draenei e incluso los naaru, los cuales eran mucho más sabios que él. El Anillo de la Tierra, que había hecho tantas cosas para ayudar al mundo a recuperarse después de las heridas que Deathwing le había infligido, estaba compuesto por chamanes de todas las razas. Se habían unido al Círculo Cenarion para curar al Árbol del Mundo Nordrassil. La cooperación era posible: él había sido testigo de ello. A pesar de que todo individuo era único, podía aunar esfuerzos con otros y crecer así en el plano personal.

El juicio no había hecho nada más que comenzar. Si oír cómo recitaban esa lista de crímenes no había conmovido a Garrosh —sino que encima había provocado que se jactara de ellos—, entonces tal vez la ingeniosa aportación al juicio de los dragones bronces podría lograrlo.

El joven príncipe se sentía mal por Baine Bloodhoof, al que seguía considerando un amigo. Todavía recordaba la noche en que el tauren y él se habían sentado en la salita de Jaina, después de que Baine se hubiera visto obligado a huir para salvar el pellejo tras el levantamiento Grimtotem. Anduin admiraba a Baine por haber asumido la responsabilidad de defender al orco que había asesinado a su padre. Anduin alzó la vista hacia Varían por un momento y se preguntó cómo habría actuado su padre si le hubiera tocado aceptar la responsabilidad que había asumido Baine. Esperaba que hubiera estado a la altura de las circunstancias y hubiera desempeñado esa labor con tanta dignidad como el tauren.

Tyrande Whisperwind se levantó de su silla y caminó hasta el centro de ese lugar. Iba vestida con una túnica amplia que podría ser descrita con un adjetivo como “blanco” de una manera vulgar, pero era mucho más que eso —unas sutiles tonalidades lavandas, azules, perladas y plateadas se combinaban en ese atuendo que lograba ser al mismo tiempo sencillo y elegante, tal y como ella era—. Anduin la había conocido con anterioridad y era la que más lo intimidaba de todos los líderes de la Alianza —incluso más que algunos la Horda—. Y no porque fuera muy autoritaria o arrogante. Por el contrario, con él se había mostrado amable y cortés.

Para Anduin, Tyrande encarnaba la esencia de lo más hermoso que había en la radiante diosa lunar a la que ella adoraba y a la que tanto amaba su pueblo en las frías noches de los bosques. Cuando Tyrande le había hablado por primera vez, en el funeral de Magni Bronzebeard, había temblado al sentir cómo le acariciaba levemente en la mejilla; un gesto de consuelo tan sincero como profundo.

Ahora, Tyrande estaba contemplando sin hablar los rostros de los que se hallaban en la galería, como si estuviera poniendo en orden sus pensamientos. Entonces, alzó sus ojos brillantes en dirección a los cuatro Augustos Celestiales.

—Como acusadora tengo derecho a hablar primero ante el jurado y ante todos los que se han congregado hoy aquí —dijo con una voz potente, que llegó a todas partes y que era más melodiosa que estridente—. Se me concede este derecho porque el acusador debe demostrar sus acusaciones. No obstante, me siento tentada a dejar que el defensor hable primero, porque Chu’shao Baine Bloodhoof ha aceptado una tarea mucho más complicada que la mía.

Echó a andar de un modo elegante y su larga melena azul se meció en el viento a la vez que elevaba su rostro lavanda hacia los espectadores y añadía:

—Garrosh Hellscream me ha hecho hoy un gran favor. No solo ha admitido que esa larga lista de crímenes horrendos de los que se le acusa es cierta, sino que ha insultado a este tribunal. Nadie en este templo… de hecho, yo me aventuraría a afirmar que nadie en todo Azeroth… se ha librado de las nefastas consecuencias que han acarreado los actos de este único orco. —Entonces, miró a Garrosh y, a pesar de que apenas cambió su expresión, Anduin fue capaz de percibir el odio que reflejaba—. Mi labor, que es al mismo tiempo un honor y un sombrío gozo, consiste en demostrar que Garrosh cometió todos los delitos de los que se le acusa, y no solo esos, sino muchos más. Pretendo demostrarles que cometió todos esos crímenes siendo perfectamente consciente de la angustia, el sufrimiento y la destrucción que iban a causar.

En ese instante, se calló y se volvió hacia la mesa donde se encontraban sentados Chromie y Kairoz. Se llevó las manos al corazón, les hizo una honda reverencia y dijo:

—Doy las gracias al Vuelo de Dragón Bronce, ya que ahora mi labor no consiste solo en repetir de manera tediosa un montón de palabras a las que, al final, dejaríamos de prestar atención… sino que les podré mostrar de verdad cómo sucedieron esos acontecimientos. Verán cómo Garrosh Hellscream conspiraba y maquinaba. Lo escucharán mentir. Y, al final, serán testigos de sus traicioneros actos.

Garrosh no la interrumpió lo más mínimo. Tyrande estaba estableciendo las líneas maestras de la acusación y estaba claro que iba a ser despiadada, iba a mostrarse implacable. Anduin pensó que Garrosh sería incapaz de mantener la boca cerrada ante este discurso, pero así fue.

Si eso supuso una decepción para Tyrande, no lo demostró. Tras arrugar esa delicada nariz suya, volvió a mirar al público ahí reunido. Esta vez habló con un tono más suave, plagado de esa misma compasión que había teñido su voz cuando Anduin la había conocido.

—Sé que algunas de las cosas que veremos serán terribles y que muchos de ustedes han sufrido en persona la consecuencia de lo que Garrosh ha hecho. A todos ustedes, les ofrezco mis más sinceras disculpas por el dolor que debo causarles. Pero creo que sufrirían más si no utilizara todos los medios que tengo a mi disposición para que se haga justicia de verdad con este… orco. —Acto seguido, se inclinó ante esos cuatro grandes seres, que permanecieron tan quietos como una estatua de piedra, pero cuya presencia podía sentirse en todo ese lugar—. Augustos Celestiales, son tan generosos como sabios. Ambas son cualidades que respeto. Les pido que impartan esa verdadera justicia de la que he hablado. Espero que hallen a Garrosh Hellscream, antiguo Jefe de Guerra de la Horda, culpable de todos y cada uno de los delitos abominables contra Azeroth de los que se le acusa —contra sus individuos, sus razas y este mundo en sí—, y que se le aplique el mayor castigo posible: la muerte. Shaha lor’ma… gracias.

Anduin expulsó un aire que no sabía que había estado conteniendo. No se permitían aplausos; de haber sido así, estaba seguro de que la mayoría de los presentes estarían ahora dando palmas y vitoreando. Garrosh, sin embargo, permanecía visiblemente impertérrito ante esas palabras tan emotivas e impactantes que la acusación acababa de pronunciar.

En cuanto Tyrande, que se encontraba ruborizada tras ese intenso discurso, tomó asiento y se puso tan recta como una flecha elfa, Taran Zhu asintió.

—Gracias, Chu’shao. Ahora, el defensor puede hablar.

Baine no irradiaba esa calma que transmitía Tyrande, esa especie de serena energía contenida. Se puso en pie lentamente, con suma dignidad, hizo una honda reverencia ante los Augustos Celestiales y, a continuación, se giró para colocarse de cara a los espectadores.

—El acusado, Garrosh Hellscream, ha descrito este juicio como un “espectáculo”. Como yo no deseo que sea percibido de esta manera, ni tampoco como una comedia, tal y como ha señalado el acusado, no voy a insultar la inteligencia de nadie al afirmar que Garrosh Hellscream es inocente. Tampoco quiero arriesgarme a sufrir su desdén al intentar convencerlos de que simplemente tenía buena intención, pero se equivocó, o que se le ha malinterpretado. No voy a pedir piedad, ni que nadie pase por alto los delitos de los que se le acusa. Pero sí voy a afrontar un aspecto importante ahora mismo para que no vuelva a surgir de nuevo a lo largo del procedimiento.

Baine se irguió aún más y su colosal pecho se expandió al tomar aire con fuerza, recordando así a todos los presentes que era un guerrero, un Gran Jefe, y el hijo de un Gran Jefe. Acto seguido, añadió:

—Garrosh Hellscream asesinó a mi padre. La mayoría de ustedes ya lo saben. Pero aquí estoy, aunque no porque tenga en gran estima a Garrosh como individuo, sino porque he sido elegido para defenderlo y he aceptado hacerlo. ¿Por qué? Porque Fa’shua Taran Zhu, los Augustos y mis compañeros de Azeroth, al igual que el resto de ustedes, deseamos que se haga “justicia de verdad”, tal y como ha pedido de un modo tan elocuente mi estimada colega elfa de la noche. Y también porque es lo correcto. —Echó a andar, a la vez que contemplaba al público como si los estuviera retando a contradecirle—. No vamos a comportarnos con Garrosh como él se ha comportado con nosotros. No vamos a poner nuestros deseos y necesidades por encima de todo lo demás. No vamos a dejarnos llevar por la furia, no vamos a reclamar su muerte, ni venganza, ni que se devuelva a nuestras razas una gloria que consideramos mancillada. Somos mucho mejor que eso. Somos mejores que él.

Entonces, señaló con un dedo a Garrosh Hellscream, quien ahora estaba sentado con una sonrisa dibujada alrededor de sus colmillos.

Al instante, prosiguió:

—Y como somos mejores, vamos a escuchar y vamos a alcanzar un veredicto justo tanto a nivel racional como emocional que las generaciones venideras considerarán realmente ecuánime.

Baine miró hacia el lugar donde se hallaba la Alianza y su mirada se cruzó con la de Anduin durante un momento antes de posarse en Varian primero y luego en Jaina Proudmoore.

Jaina fruncía el ceño, mostrando así esa pequeña hendidura que le afeaba la frente cuando hacía ese gesto. Anduin solía ver esa amiga cuando ella se estaba concentrando, pero ahora era consciente de que eso significaba que la archimaga no estaba de acuerdo con lo que Baine estaba diciendo. El tauren volvió a hablar:

—Nuestro reto… mi reto, el de los Augustos Celestiales y, de hecho, el de todos los aquí presentes… consiste en mantener una mente abierta y un corazón puro a lo largo de este proceso, ya que un corazón sabio, y no uno roto, es el que debe juzgar este caso. Si de verdad no quieren que Garrosh “se salga con la suya”, como he oído murmurar a algunos, si de verdad ansían justicia, entonces deben perdonarle la vida. Mientras uno sigue viviendo, siempre existe la posibilidad de cambiar. Uno puede hacer algo para arreglar lo que ha hecho mal. Gracias.

Tras hacer una reverencia, regresó a su asiento.

El discurso inicial de Baine fue recibido con un silencio sepulcral, lo cual no sorprendió a Anduin. La batalla judicial no solo se le iba a hacer muy cuesta arriba al tauren, sino que iba a ser más bien como escalar una pared vertical de una montaña.

—Habrá un receso de una hora. El proceso se reanudará esta tarde con el testimonio del primer testigo —señaló Taran Zhu, quien golpeó el gong y se levantó. Todo el mundo se puso en pie en el anfiteatro y, acto seguido, las conversaciones se reanudaron; el murmullo de las conversaciones animadas, algunas furiosas, otras alegres, aunque en todas —absolutamente en todas— se criticaba duramente a Garrosh.

Pese a que Anduin intentó captar la atención de Baine, el tauren se había acercado de un modo mesurado y con gesto sombrío a hablar con Kairoz. Anduin lo observó un momento y deseó que ojalá fuera posible que pudiera aproximarse a ese tauren al que consideraba un amigo para ofrecerle su apoyo. Tal vez algún día podría hacerlo. Entonces, posó sus ojos en Garrosh y la tensión lo dominó.

El orco lo estaba mirando directamente a él.

Aunque era imposible descifrar qué pensaba pues se mantenía impertérrito, Anduin notó que le sudaban las manos y que sentía una fuerte opresión en el pecho ante la presión de ese gélido escrutinio. Al instante, su mente voló hacia ese momento en que había enfrentado a Garrosh en su día.

Cuando había golpeado la campana, cuando había transformado el caos en armonía. Cuando se había vuelto hacia Garrosh y le había dicho al orco lo que la marra había hecho. Cuando Garrosh se había enfurecido.

¡Muere, mocoso!

Y entonces…

Anduin se sobresaltó al notar que alguien lo agarraba del hombro y se ruborizó al darse cuenta de que solo se trataba de su padre.

—¿Estás bien? —le preguntó Varian, quien a continuación miró hacia donde miraba su hijo. Enojado, profirió un leve gruñido—. Vamos. Comamos algo. No tienes por qué mirarlo si no quieres.

A pesar del miedo que lo había recorrido por entero al cruzar su mirada con la del orco, Anduin descubrió que realmente no le importaba tener que mirar o no a Garrosh. Las palabras de Garrosh todavía le reverberaban en los oídos y en el corazón. Además, Garrosh no se estaba regodeando, sino que agachó la cabeza en señal de respeto y, acto seguido, se levantó para seguir a los guardias, que se lo llevaron para que pudiera ir a comer.

—Estoy bien, padre —respondió Anduin, quien añadió—: No tepreocupes. Hiciste lo correcto.

Varían sabía a qué se refería. El rey dirigió sus ojos a Garrosh al mismo tiempo que fruncía los labios.

—Yo ya no lo tengo tan claro. Para nada.

* * *

Habían dado por supuesto que había muerto, y Zaela, la señora de la guerra Dragonmaw, prefería que eso siguiera siendo así.

Al principio, había estado tan cerca de la muerte que muy poco había podido hacer al respecto. Durante el asedio de Orgrimmar, le habían disparado y había caído de su protodragón, Galakras, hacia una muerte segura. De un modo asombroso, había sobrevivido a la caída. Y aunque las heridas habían sido muy graves, su voluntad era muy fuerte. Decidida a sobrevivir, Zaela había lanzado una bomba de humo para distraer a sus enemigos y había echado a correr como había podido, dando tumbos, antes de desplomarse. Había logrado recuperarse animada por la certeza de que había sorteado la muerte por algún propósito concreto. Y ese propósito era salvar a Garrosh Hellscream, quien en esos momentos estaba siendo juzgado y cuya vida corría peligro.

Tanto ella como muchos de los Dragonmaw se habían retirado a Grim Batol, pues ese lugar se hallaba ahora abandonado, donde en su época habían vivido los momentos más importantes y gloriosos de su historia —hasta ahora—. Ahí, Zaela y algunos otros más se habían recuperado sin que nadie lo supiera. Urdía sus planes en la misma sala donde la gran Protectora, Alexstrasza, había sido torturada para que engendrara nuevas monturas de dragón rojo para los Dragonmaw. Incluso los profundos surcos que una agonizante Alexstrasza había dejado con sus garras en la misma piedra de la montaña, incluso el mero hecho de hallarse junto a una enorme cadena que en su momento había obligado a la matriarca dragona a agachar su roja cabeza la animaban a seguir adelante día a día con sus planes.

Había llegado a sus oídos que la “Horda” de Vol’jin había peinado las Tierras Altas Crepusculares en su busca, y que ahora habían puesto precio a su cabeza. Pero nunca se les ocurriría buscarla aquí. Zaela estaba segura de que tal descuido se debía a que Vol’jin era un troll Un Jefe de Guerra orco habría sabido que debía registrar Grim Batol de todos modos, este no iba a ser su hogar para siempre, pues debían entrar en acción pronto.

Ahora, contemplaba lo que quedaba aún de su clan con el corazón henchido de orgullo.

—Mis Dragonmaw —dijo, con una voz embargada por la emoción—, me siguieron cuando me enfrenté a ese orco vil llamado Mor’ghor que nos lideró una vez, pues sabían que la orgullosa raza orco jamás debería haber sufrido la ignominia de tener un líder como él. Siguieron a Garrosh Hellscream, cuya única meta era mantener a la Horda fuerte, pura y poderosa. Por soñar con una Horda de verdad, ahora languidece en prisión, mientras lo defiende un tauren y su destino se halla en manos de los Celestiales de Pandaria. Mis espías ahí me informan de que todavía contamos con unos pocos días para salvar a nuestro glorioso Jefe de Guerra.

Recorrió con la mirada a todos y cada uno de ellos, sabedora de que se sentirían igual que ella, aunque era inevitable que las dudas los reconcomieran.

—Están bien adiestrados. Están preparados. Aun así, seguimos siendo pocos en número. Y son tan conscientes como yo de que si caemos, es muy probable que ninguno de nosotros sobreviva. Pero prefiero morir en batalla por una causa noble que seguir escondiéndome, aunque sea aquí. ¡Griten si están conmigo!

Un rugido estalló. Todos ellos agitaron sus armas, gritaron a pleno pulmón y pisaron con fuerza el suelo. Ella estalló en carcajadas y se sumó a su Warsong.

—¡Por los ancestros! ¡Tal vez triunfemos valiéndonos únicamente de nuestra voluntad y nuestro corazón!

Mientras hablaba, detectó movimiento en la entrada. Uno de sus exploradores avanzaba presuroso hacia ella y pudo ver que portaba un pergamino. Acto seguido, cayó de rodillas ante ella, jadeando.

—Mi Señora de la Guerra… he venido corriendo todo el camino… un intruso… ¡me ha pedido que te entregue esto!

Estiró el brazo con el que sostenía el pergamino, que estaba un tanto arrugado por haber sido agarrado con demasiada fuerza, para ofrecérselo.

Presa del enfado, Zaela gruñó y, para disimular su preocupación, rompió el sello y leyó:

¡Saludos, Doncella Guerrera!

Si bien nos hemos visto obligados a agachar la cabeza, aún la conservamos sobre los hombros. Mientras el Jefe de Guerra viva, todavía habrá esperanza en los fieros corazones de todos aquellos que creen en la verdadera Horda, en la Horda tal y como era antes y tal y como volverá a ser en el futuro.

Si compartes esa esperanza, si tu corazón late de emoción al recordar la gloria del pueblo orco, permíteme entrar para poder hablar. Puedo ser de gran ayuda.

Un Amigo

—Un amigo —repitió, mientras contemplaba al mensajero—. Un orco, supongo, ¿no?

Al mensajero se le desorbitaron los ojos mientras negaba con la cabeza vigorosamente.

—No, mi Señora de la Guerra. Se… ¡se trata de un dragón!

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