Crímenes de Guerra – Capítulo Cinco

Crímenes de GuerraDía Uno

El gentío —y la seguridad para controlarlo— superaba con creces cualquier cosa que Jaina Proudmoore hubiera visto jamás. Se sintió agradecida por poder contar con la protección de los guardias de Varian, quienes la ayudaron a abrirse paso a través de la multitud que se arremolinaba alrededor de las entradas y permitieron que tanto Jaina, como Kalec, Varian, Anduin y Vereesa alcanzaran los asientos que tenían reservados para ellos.

Todos los líderes de cada raza de la Horda se habían reunido del mismo modo, su colorida ropa y sus pieles de diversos colores, así como sus rudos y peculiares aspectos contrastaban sobremanera con los miembros de la Alianza que se hallaban sentados frente a ellos con una actitud bastante estoica. Los Augustos Celestiales habían colocado muy sabiamente a los miembros de las facciones que no mantenían ningún vínculo de lealtad ni con la Horda ni la Alianza en los asientos del medio, a modo de muro de contención por si el ambiente se caldeaba demasiado. A Jaina le sorprendió ver en esa sección a cierta elfa de largas trenzas pelirrojas. Tenía un rostro bellísimo marcado por una expresión de tristeza etérea. Jaina se compadeció de ella, pues comprendía su dolor.

—Alexstrasza —susurró.

—Ojalá no hubiera venido —dijo Kalec lanzando un suspiro, mientras se sentaba en un asiento situado junto a Jaina—. Esto va a ser muy doloroso para ella.

Jaina pensaba que Alexstrasza, la gran Protectora y ex-Aspecto de dragón, debería estar por encima de cosas como los juicios y métodos de impartir justicia de las razas jóvenes. Siempre se había comportado con dignidad, coraje, elegancia y compasión, incluso cuando se había tenido que enfrentar a horrores inconcebibles y a la muerte de seres queridos, lo cual la había dejado profundamente marcada. Su hermana, la dragona verde Ysera, estaba sentada a su lado y le agarraba de la mano a Alexstrasza mientras contemplaba maravillada todo cuando la rodeaba de un modo un tanto infantil y plagado de curiosidad.

—Alexstrasza tiene que estar aquí —contestó Jaina—. No por el juicio, sino por ella misma. Igual que yo.

—Wrathion también está aquí —señaló Anduin.

Eso también sorprendió a Jaina, quien siguió la mirada de Anduin. Sentía curiosidad por poder ver por primera vez a ese ser al que a menudo apodaban el Príncipe Negro. Muy pocos lo conocían; menos aún conocía su verdadera identidad.

—Bueno —dijo Jaina, bajando la voz para que solo pudiera escucharla Anduin—, entonces me parece que todos los Vuelos están representados.

Wrathion era el único dragón negro que no se había corrompido, o al menos el único caso conocido.

Había sido engendrado por Deathwing y había escapado de la vil influencia de los dioses antiguos gracias a algo que sucedió cuando todavía estaba dentro del huevo. Aunque había sido afortunado en ese aspecto, Jaina tenía que admitir que su vida había sido de todo menos idílica. El Vuelo de Dragón Rojo, bajo el mando de Alexstrasza, había intentado purificar a los dragones negros. Una dragona roja en concreto, llamada Rheastrasza, había recurrido a medidas tan extremas como secuestrar a una dragona negra para poder purgar a un solo huevo de esa locura que atormentaba ese Vuelo entero, lo cual no había sentado nada bien a Deathwing, quien destruyó ese huevo —o al menos eso creyó—. Como Rheastrasza había previsto que sucedería eso, cambió el huevo purificado de dragón negro por otro, sacrificando así no solo su propia vida, sino también la de su propio hijo, que aún no había salido del cascarón.

Wrathion, que en esos instantes todavía se hallaba en el huevo, había sido perfectamente consciente de todo lo acaecido; como también fue consciente de que sería criado y vigilado muy de cerca por el Vuelo de Dragón Rojo tal vez toda la vida. No obstante, fue “liberado” cuando su huevo fue secuestrado por unos granujas, puesto que cuando el huevo eclosionó ya no se hallaba bajo la influencia de los dragones rojos. Cómo había logrado escapar de sus captores era todo un misterio, pero aquí estaba, vi vito y coleando.

Anduin y Wrathion se habían conocido y hecho amigos en Pandaría, aunque, tal y como el mismo Anduin debía admitir, era una amistad basada en lo tremendamente distintos que eran sus puntos de vista en muchos sentidos. Era casi imposible determinar qué “edad” tenía Wrathion. Si había que establecer sus años siguiendo el criterio del tiempo realmente transcurrido, solo era un bebé de dos años, pero como era un dragón, poseía una inteligencia y una sabiduría innata y un aspecto por el que parecía un joven de prácticamente la misma edad que Anduin.

Jaina siempre había sido como una madre para Anduin y no se sentía nada a gusto con su nuevo amigo. Por un lado, Anduin tenía muy pocas amistades de su misma edad y, por otro, a Jaina le preocupaba que Wrathion fuera una “mala influencia”, como se suele decir. No obstante, lo más extraño de todo era que eso no se debía a que fuera un dragón negro. Antes de que el horror de su demencia lo pervirtiera, Neltharion —más conocido como Deathwing— había sido el Aspecto de la Tierra, un ser muy sabio y protector. No, lo que le preocupaban eran ciertas cosas que Anduin le había contado que había dicho Wrathion. Además, se fijó en que el Príncipe Negro se encontraba sentado lo más lejos posible de Alexstrasza, aunque dado su pasado, no se lo podía echar en cara.

Si bien parecía un humano en gran parte, aunque un tanto extraño, por culpa de su piel más oscura y su peculiar ropa; pantalones bombachos, túnica y turbante. Estaba flanqueado a la izquierda por una orco, cuyo ceño parecía estar eternamente fruncido, y a la derecha por una humana de aspecto igualmente amenazador. El dragón negro sonrió a Anduin y, a continuación, posó sus brillantes ojos, el único detalle que revelaba cuál era su verdadera forma, sobre Jaina. Agachó la cabeza y la obsequió también con una sonrisa, pero que sugería que había algo que le resultaba gracioso. Jaina se preguntó qué podría ser eso que le hacía tanta gracia.

Unos guardias pandaren se hallaban cerca, haciendo gala de una gran calma y paciencia, tan serenos como un lago en una montaña, pero preparados para entrar en acción con premura en menos de un segundo si era necesario. Si se producía un estallido de violencia, esta solo podría darse en el plano físico, ya que Jaina pudo notar que se había levantado un campo de atenuación que bloqueaba toda magia, era como una niebla muy opresiva; asimismo, nadie había podido entrar armado.

—Esto me resulta muy familiar —murmuró Varian.

—¿Qué cosa? —inquirió Jaina.

—Eso. —Varían asintió en dirección a unos asientos repletos de espectadores—. Tienen ese mismo gesto que veía en el público cuando luchaba en la arena como gladiador. Están sedientos de sangre.

—Pues hoy no van a saborearla —aseveró Vereesa, quien no hizo falta que añadiera: Pero si aquí se imparte justicia de verdad, se derramará al final de este juicio.

—Mejor que no —añadió Varian—. Todo estará perdido si este proceso se acaba sumiendo en el caos, por no hablar de que se perderán muchas vidas.

Jaina miró al suelo. Baine y Tyrande ya se encontraban ahí. Cada uno estaba sentado en una silla ante sus respectivas mesas, a la espera, lo cual no sorprendió a la archimaga. Lo que sí la sorprendió era que había otros dos seres más esperando la llegada de Taran Zhu, los Celestiales y Garrosh. Jaina reconoció a Chromie, la dragona bronce tremendamente poderosa que había optado por asumir una apariencia lo menos amenazadora posible, pero no conocía al apuesto elfo noble con quien estaba hablando Chromie. Ambos vestían el tabardo marrón de su orden y estaban sentados junto a una mesita apartada hacia un lado, sobre la que se hallaba un objeto tapado.

Justo cuando Jaina se estaba preguntando qué hacían esos dos dragones del Vuelo de bronce ahí —al parecer, estaban llevando a cabo una misión oficial—, un pandaren ataviado de pies a cabeza con unos ropajes muy largos y formales hizo acto de presencia. Sujetaba un arma de asta que portaba el estandarte del Shadopan. Golpeó la parte posterior del arma tres veces contra el suelo y la muchedumbre se calló y ocupó sus asientos.

—El pueblo pandaren valora en grado sumo el respeto a la ley. La ley es el medio por el que se puede hacer justicia y corregir el mal, de modo que se puede restaurar el equilibrio. Esta es una ocasión histórica, puesto que, por primera vez en nuestra historia, gente ajena a nosotros va a participar en la administración de justicia. A la hora de intentar enmendar un mal, siguiendo la tradición, nombramos a aquel al que se juzga y a aquel o aquellos que buscan justicia. De esta manera, con suma solemnidad, damos inicio al juicio de Garrosh Hellscream, al que se acusa de haber cometido diversos delitos en contra del pueblo de Azeroth. Por favor, levántense para honrar la presencia de los Augustos Celestiales, quienes escucharán con atención, con una mente abierta y un corazón puro, los testimonios que se presenten aquí, así como para mostrar su respeto a aquel que se cerciorará de que el procedimiento se ajuste a la ley, Lord del Shadopan, Taran Zhu.

Todo el mundo obedeció de inmediato y se puso en pie. Chi-Ji, Xuen, Niuzao y Yu’lon se asomaron al balcón, con unos movimientos ágiles, sin apenas hacer esfuerzo, aparentemente.

Como siempre, su elegancia y belleza dejaron a Jaina sin respiración, incluso ahora que portaban esas formas nuevas tan peculiares. La archimaga le había preguntado a Aysa por qué llevaban esos cuerpos, y la pandaren le había dicho que era un gesto de respeto hacia la Horda y la Alianza. Eran unos seres exquisitos y únicos, no solo por su aspecto, sino por la energía que parecían irradiar. Taran Zhu tal vez fuera más accesible que ellos, puesto que era un ser mortal, pero incluso él era muy imponente y había adoptado una postura que transmitía una sensación de poder y serenidad. Se subió a la silla del fa’shua, cogió un pequeño mazo, golpeó el gong con él tres veces y dejó que su eco se fuera apagando antes de empezar a hablar.

—Pueden sentarse —dijo, con una voz clara y calmada que se oyó en todos los rincones de esa enorme cámara—. Antes de que el acusado aparezca, he de advertirles a todos los presentes que no pienso tolerar ningún altercado a lo largo del juicio. Cualquiera que quebrante esta norma será detenido y puesto bajo vigilancia hasta que acabe el procedimiento. Asimismo, en virtud de lo peculiar que es esta situación, contaremos con una manera muy particular de presentar las pruebas.

En ese instante, hizo un gesto de asentimiento dirigido a los dos dragones bronces, quienes se levantaron y se acercaron rápidamente a esa tela que ocultaba un objeto, el cual resultó ser un reloj de arena.

Jaina comprendió qué iban a hacer incluso antes de que hablaran. Mientras explicaban cómo funcionaba ese artefacto llamado la Visión del Tiempo, sus voces se fueron desvaneciendo y fueron sustituidas por un estruendo ahogado que se adueñó de sus oídos. Por un momento, no pudo respirar; por un momento, sintió que se ahogaba de nuevo, como cuando…

Regresó al momento presente al sentir dolor en la mano, de la que la estaban agarrando con fuerza. Volvió a respirar y jadeó en silencio mientras se le llenaban los pulmones de nuevo de aire. Ese estrépito cesó, aunque Jaina todavía podía escuchar los latidos desbocados de su propio corazón, que palpitaba tan rápido como el de un conejo. Se giró hacia Kalec, quien la observaba detenidamente con un gesto de preocupación dibujado en su hermoso rostro. La archimaga se relamió unos labios muy secos y asintió, a la vez que vocalizaba sin pronunciar realmente las palabras “estoy bien”.

Aunque su amado no parecía tenerlas todas consigo, dejó de apretarle la mano con tanta fuerza. Jaina inspiró aire profundamente varias veces. Los dragones bronces ya habían concluido sus explicaciones y habían retrocedido.

Taran Zhu hizo un gesto de asentimiento al guardia y le dijo:

—Puedes traer al prisionero.

El efecto de esas cuatro palabras fue demoledor. Todo el mundo en la estancia entró en estado de alerta súbitamente y sus miradas se centraron en la puerta que llevaba al exterior y hacia las cámaras inferiores.

Garrosh Hellscream entró, flanqueado por seis guardias —dos de la Horda, un troll y un tauren; dos de la Alianza, un centinela elfo de la noche y un vindicador draenei; y dos de los pandaren más enormes y musculosos que jamás había visto Jaina—. Garrosh no vestía su peculiar armadura habitual —ornamentada con los colmillos del demonio que había asesinado Grommash, su ilustre padre orco—. Solo llevaba una túnica atada con un cinturón y un calzado muy sencillo. No cabía duda de que esa prenda no había sido confeccionada para él, puesto que le quedaba muy apretada en esos descomunales hombros y en el pecho. Unos ornamentos de color oscuro, que recordaban a unos dedos palmeados, parecían luchar con sus tatuajes en el campo de batalla de su piel marrón —el legado del sha—. Llevaba unas cadenas al cuello, así como en las muñecas y en los pies, cuyos eslabones eran más grandes que la mano de Jaina, lo cual hacía que sus largas zancadas habituales quedaran reducidas a unos pasos cortos que daba arrastrando los pies titubeantemente, a lo que tampoco ayudaba en nada que tuviera una pierna herida. Mantenía un gesto imperturbable, ni siquiera mostraba un semblante acobardado ni tampoco orgulloso.

Por un momento, reinó un silencio absoluto, quebrado únicamente por el tintineo de las cadenas y las fuertes pisadas de los guardias.

Entonces, se desató el caos.

Montones y montones de seres —tanto de la Alianza como de la Horda, e incluso algunos que formalmente eran neutrales— se levantaron de sus respectivos asientos. Algunos se acercaron corriendo a los balcones para vociferar insultos y agitar el puño en alto. Aunque a Jaina le disgustaba tanto como al que más que hubieran alzado un campo de atenuación, ahora se sentía agradecida por ello. Se dio cuenta de que no deseaba que Garrosh fuera asesinado por una turbamulta incontrolable y furiosa. Quería que pudiera escuchar y —gracias a los dragones bronces— ver todo lo que había hecho. Toda la devastación que había causado. Todo el odio que había sembrado. Quería que supiera que había logrado volver a toda Azeroth en su contra.

Se percató, con una cierta sensación de vergüenza, que si ella misma no lo podía matar, no quería que un miembro anónimo de esa masa furiosa tuviera ese gran honor.

Los pandaren reaccionaron con celeridad. La mayoría de los guardias apostados en la zona de los asientos eran monjes, que utilizaban sus propios cuerpos como armas, de tal modo que esos descontrolados pudieron ser reducidos y retirados con suma rapidez. Los guardias que custodiaban a Garrosh desenvainaron sus armas y cerraron filas en torno a él, dándole la espalda al orco mientras contemplaban a la turbamulta con rostros serenos.

Aparte de los guardias, los únicos que no parecieron ni inmutarse ante ese estallido de violencia fueron Taran Zhu, los cuatro Celestiales y el propio Garrosh Hellscream. La cara marrón y tatuada del orco parecía hallarse tallada en piedra, pues no parecía transmitir ninguna emoción.

Taran Zhu habló con un tono severo y amenazante para lanzar una seria advertencia:

—Acaban de ser testigos de qué sucede cuando alguien perturba el correcto funcionamiento de este tribunal. Todos aquellos que han participado en este caos serán detenidos y custodiados bajo estrecha vigilancia hasta que concluya el juicio. Hasta entonces, no serán liberados. Cualquier otro que perturbe este momento tan solemne en el futuro compartirá su mismo destino.

Acto seguido, asintió, y los guardias que rodeaban a Garrosh volvieron a flanquearlo como antes. Garrosh fue llevado hasta el estrado donde se encontraba Taran Zhu, donde este se detuvo. Dos pandaren colosales se colocaron detrás de él para hacer las veces de centinelas. Jaina sabía que, a partir de entonces, solo pestañearían y permanecerían totalmente inmóviles —salvo que volviera a desatarse otro estallido de violencia—. Los otros cuatro guardias restantes hicieron una reverencia ante Taran Zhu y se retiraron ordenadamente. El Señor del Shadopan bajó la mirada y contempló al orco durante un momento.

—Garrosh Hellscream, has sido acusado de crímenes de guerra, de crímenes contra la misma esencia de los seres conscientes de Azeroth, así como de crímenes contra la propia Azeroth. También se te acusa de ciertos actos cometidos en tu nombre, o por aquellos con los que te aliaste.

Garrosh se limitó a permanecer en pie, en silencio y muy quieto.

Taran Zhu continuó hablando:

—Estos son los cargos; genocidio y asesinato, así como ser el responsable de determinados éxodos masivos y de la desaparición forzosa de ciertos individuos.

Con solo escuchar esa lista de espantosos delitos, una tremenda tensión se adueñó de Jaina. Echó un vistazo hacia el lugar donde se encontraban sentados Vol’jin y el resto de los líderes de la Horda.

Tenía entendido que Garrosh había tratado de un modo horrible a los trolls —y sabía lo que le había intentado hacer ese orco al propio Vol’jin—.

—También se te acusa de esclavizar a pueblos enteros, de secuestrar niños, de torturar y asesinar a prisioneros, así como de violaciones y embarazos forzados.

Anduin esbozó un gesto de repugnancia, lo cual Jaina no le podía echar en cara. Pensó en Alexstrasza y en los horrores que había perpetrado el ex jefe de la Horda contra la propia Protectora en particular y el Vuelo de Dragón Rojo en general. Kalec permanecía muy quieto junto a Jaina. La archimaga alzó la mirada hacia él, con la intención de ofrecerle consuelo, pero se encontró con que él también la estaba mirando. Su amado sabía lo que iba a venir a continuación, así que decidió rodearla con un brazo.

Y ella se abrazó a sí misma.

—De haber destruido ciudades, pueblos y aldeas de manera injustificada, sin que ninguna razón militar o civil lo excusara.

El Valle de la Flor Eterna.

Theramore.

—¿Qué tienes que decir sobre estos cargos, Garrosh Hellscream?

Garrosh no replicó y, por un segundo muy tenso, Jaina se preguntó si tal vez, si solo tal vez, al escuchar cómo se le lanzaban esas acusaciones de un modo tan directo y franco el ex Jefe de Guerra sería capaz de conmoverse. Había oído que había reaccionado con furia ante un esbirro al haberse enterado de que había asesinado a inocentes en su nombre; sabía que incluso los enemigos de Garrosh debían reconocer que era un apasionado defensor de su raza y que, en su día, incluso había sido reconocido como un adversario honorable.

Miró fijamente a Garrosh, sin apenas atreverse a pestañear o siquiera respirar, sin saber si quería que se derrumbara y pidiera perdón por esas atrocidades o si quería que se mantuviera firme —para que pudieran matarlo con total impunidad—.

Entonces, Garrosh sonrió y aplaudió lentamente, a pesar de que las cadenas de las muñecas le dificultaban hacerlo.

—El espectáculo no ha hecho más que empezar —respondió, con una sonrisa burlona— y ya he de aplaudir a rabia de pie. ¡Esto promete ser más entretenido que la Feria de la Luna Negra! —Sus despreciables carcajadas resonaron por toda la sala—. No voy a reconocer que soy culpable, pues eso indicaría que me avergüenzo de lo que hice. Tampoco me declararé inocente, pues no afirmo que lo sea. ¡Que dé inicio esta comedia!

Por segunda vez, unos cuantos miembros de la audiencia se pusieron en pie de un salto. Dio la impresión de que querían subirse unos encima de otros para poder agarrar a Garrosh Hellscream del cuello y estrangularlo con sus propias manos. Jaina no fue consciente de que había colocado ambas manos sobre los brazos de la silla y se había levantado a medias del asiento hasta que notó que tanto Kalec como Varian, cada uno de ellos a un lado, la estaban obligando casi por la fuerza a volverse a sentar.

—No te levantes, amada mía —le susurró Kalec con premura.

En ese instante se percató de que había estado a punto de sumar sus propios gritos a esa cacofonía de indignación. El sudor le perló la frente al mismo tiempo que se obligaba a sentarse y cerraba los puños.

Mientras tanto, Taran Zhu había llegado al límite de su paciencia. Dio varios golpes al gong y vociferó varias órdenes en pandaren. Más miembros tanto de la Horda como de la Alianza fueron sacados a rastras de ahí para pasar el resto del juicio confinados en una celda donde podrían reflexionar sobre su comportamiento abyecto.

En cuanto se restableció una relativa calma, un Taran Zhu que había recuperado la compostura, clavó su mirada en Garrosh.

—Como las palabras que acabas de pronunciar no van a influir para nada en el objetivo que este juicio pretende alcanzar, vamos a proceder tal y como habíamos previsto.

Hizo un gesto de asentimiento dirigido a los guardias de Garrosh, quienes lo escoltaron hasta la silla vacía situada junto a Baine, donde se iba a sentar a lo largo de todo el juicio. A pesar de hallarse encadenado, Garrosh se arrellanó en esa silla, de un modo desafiante y petulante. En ese momento, el odio que sentía Jaina hacia él ardió de un modo tan intenso y brillante que la bomba de maná que el ex Jefe de Guerra había lanzado sobre Theramore parecía la llama de una vela en comparación.

Regresar al índice de la novela Crímenes de Guerra

Share

2 comentarios

    • Nerve el 24 octubre, 2019 a las 2:38 pm
    • Responder

    En que libro es que se narra lo que paso en el asedio de orgrimmar, lo que sea que le paso a Alexstrasza, la captura de Garrosh, el intento de asesinato de Vol’jin, la destruccion del valle de la flor eterna, etc, me queda un hueco enorme en el lore entre Mareas de Guerra y este libro, la ultima vez que supe de Garrosh habia acabado de destruir Theramore, y ahora en este ya esta capturado.

    • MoRDeKaiSeR el 30 octubre, 2019 a las 12:27 pm
    • Responder

    Todo lo narrado aqui pasa ingame o sea dentro del juego debes jugar pandaria para entenderlo no hay libro sobre el asedio de orgrimmar ni sobre lo de Alexstrasza! Eso debes jugarlo!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.