Crímenes de Guerra – Capítulo Tres

Crímenes de GuerraLa tensión abandonó a Baine en cuanto puso una pezuña de nuevo en el suelo de su querida Mulgore, ya que se había sentido muy presionado durante todo el tiempo que había estado en Pandaria.

Respiró hondo el limpio y dulce aire nocturno y cerró los ojos.

El chamán Kador Cloudsong lo estaba esperando.

—Me alegro de tenerte de vuelta en casa —le saludó Cloudsong con voz grave al mismo tiempo que hacía una profunda reverencia.

—Me alegro de estar de nuevo en casa, aunque solo sea por breve tiempo… y para realizar una tarea tan sombría —replicó Baine.

—Los muertos siempre nos acompañan —respondió Cloudsong—. Tal vez nos apene no poder disfrutar de su presencia física, pero sus canciones se encuentran en el viento y sus risas, en el agua.

—Ojalá pudieran hablamos y aconsejamos como hacía en su día.

Esta reflexión hizo que la tensión se apoderara de nuevo de Baine, aunque dudó de si había sido inteligente reabrir esa vieja herida de un modo tan deliberado. No obstante, confiaba en que el chamán lo habría disuadido si creyera que su petición era poco inteligente.

—Nos hablan, Baine Bloodhoof, aunque de maneras que no estamos acostumbrados a escuchar.

Baine asintió. En efecto, su padre, Cairne, siempre estaba con él. Baine y Cloudsong se hallaban en Roca Roja, el antiguo emplazamiento donde los héroes caídos de los tauren eran enviados a los brazos de la Madre Tierra y el Padre Cielo a través del fuego purificador. Roca Roja, que se encontraba a una ligera distancia de Thunder

Bluff, tenía un nombre muy adecuado, puesto que era una formación natural hecha de arenisca roja. Era un lugar muy sereno donde poder reflexionar, donde uno podía abandonar el mundo de Thunder Bluff para adentrarse en un sitio que permitía el tránsito entre ese mundo y el siguiente. Baine no había estado aquí desde que se había despedido de Cairne. Ahora, al igual que entonces, Cloudsong se hallaba junto a él, aunque esta vez se encontraban ellos dos solos. Al oeste, Baine podía ver Thunder Bluff en la lejanía, con su silueta recortada frente a un cielo plagado de estrellas, cuyas hogueras y antorchas eran como pequeñas estrellas. Aquí, en la Roca Roja, al este, también ardía un pequeño fuego, que proporcionaba calor y un fulgor reconfortante.

Sí, fuego. Se volvió y contempló las plataformas de piras funerarias que se encontraban vacías de cadáveres, donde ahora nadie aguardaba a ser incinerado ritualmente. Ahí solo quedarían las cenizas e incluso estas serían arrastradas por los vientos aullantes y esparcidas por los cuatro puntos cardinales. A pesar de que Thunder Bluff era su hogar desde hacía mucho tiempo, los tauren preferían no enterrar a sus muertos. Estos rituales funerarios eran un recuerdo de sus tiempos nómadas; además, si sus seres queridos eran liberados al viento a través del fuego, podían vagar en la muerte como habían hecho en vida si así lo deseaban.

—¿Has tenido tiempo suficiente para realizar los preparativos? —preguntó Cloudsong.

—Sí —contestó el chamán a la vez que asentía—. No es un ritual extremadamente complejo.

A Baine no le sorprendió esa respuesta. Los tauren eran un pueblo sencillo que no necesitaba utilizar palabras complejas ni objetos extraños ni difíciles de obtener para realizar sus ceremonias. Lo que la amada tierra les proporcionaba era casi siempre más que suficiente.

—¿Está listo, Gran Jefe? —inquirió Cloudsong.

Un afligido Baine soltó una risita entre dientes.

—No. Pero eso no importa. Empecemos.

Cloudsong, ataviado con un atuendo de cuero confeccionado con las pieles de bestias que él mismo había matado, pisoteó el suelo con sus pezuñas con un ritmo lento y constante a la vez que alzaba el hocico hacia el cielo del este.

—¡Yo los saludo, espíritus del aire! Brisa, viento y tormenta, yo los invoco a ustedes y muchos más. Esta noche, les pedimos que se sumen a nuestro rito y susurren los sabios consejos del gran Cairne Bloodhoof al oído de su expectante hijo Baine.

Había sido una noche muy plácida, pero ahora un suave céfiro acariciaba el pelaje de Baine, que estiró las orejas, aunque lo único que oyó fue un leve murmullo, al menos por ahora. Cloudsong metió una mano en su bolsita de chamán y sacó de ella un puñado de polvo gris, que esparció sobre el suelo mientras caminaba, formando una línea curva con la que unió el este y el sur. Normalmente, utilizaban polen de maíz para cuando se trataba de una ceremonia relacionada con aspectos de la vida, pero como este era un ritual dedicado a los muertos, este polvo gris estaba hecho con las cenizas de aquellos que habían sido enviados a los espíritus en este lugar.

—¡Yo los saludo, espíritus del fuego! —exclamó Cloudsong al encararse con una diminuta llama y alzar su bastón para honrarla—. Ascuas relucientes, llamas y hogueras, yo los invoco a ustedes y muchos más. Esta noche, les pedimos que se sumen a nuestro rito y proporcionen a Baine Bloodhoof el ardor guerrero y tremendo coraje de Cairne Bloodhoof, su amado padre.

La llama se elevó bruscamente por un momento, y Baine notó el tremendo calor de ese muro de fuego. Tras haber revelado su presencia, el fuego menguó hasta hallarse en un estado más moderado, crepitando a la vez que ardía delicadamente.

Entonces, Cloudsong se volvió al oeste e invocó a los espíritus “de las gotas de lluvia, del río y la tempestad” y les pidió que inundaran al Gran Jefe tauren con los recuerdos del amor de su padre. A Baine se le desbocó el corazón de dolor por un momento a la vez que pensaba: Las lágrimas también están hechas de agua.

Los siguientes en ser bienvenidos fueron los espíritus de la tierra —el suelo, la piedra y la montaña—, así como los mismos huesos de los muertos honrados. Cloudsong pidió que Baine pudiera hallar consuelo en las tierras de su pueblo, a las que Cairne los había traído a todos en su día. Acto seguido, Cloudsong cerró ese círculo sagrado dibujado con cenizas grises. Baine notó que una cierta energía muy potente se desplazaba en ese espacio, lo cual le recordó la sensación que solfa experimentar cuando se avecinaba tormenta, aunque se sintió inusualmente sereno.

—Bienvenido. Espíritu de la Vida —gritó Cloudsong—. Te hayas en forma de aire en nuestro aliento, en forma de fuego en nuestra sangre, en forma de tierra en nuestros huesos y en forma de agua en nuestras lágrimas. Sabemos que la muerte es únicamente la sombra de la vida y que el final de las cosas es tan natural como su nacimiento. Te pedimos que te sumes a nuestro rito e invitamos a aquel que camina bajo tu sombra a que nos acompañe esta noche.

Permanecieron en silencio en el centro de ese círculo por un momento, respirando de una manera cadenciosa y rítmica. Después de un rato, Cloudsong asintió e invitó a Baine a sentarse en el centro de esas piras vacías, de cara a Thunder Bluff. Baine hizo lo que le pedía y continuó respirando hondo mientras calmaba sus turbulentos pensamientos. Cloudsong le entregó un cáliz de arcilla lleno de un líquido oscuro que reflejaba la luz de las estrellas.

—Esto te permitirá tener una visión, si la Madre Tierra así lo desea. Bebe.

Baine se llevó el cáliz a los labios y paladeó los no demasiado desagradables sabores de la hojaplata, la brezospina, la raíz de tierra y algo más que no pudo identificar. A continuación, le devolvió el cáliz al chamán.

—No te quedes adormilado, Baine Bloodhoof. Contempla esta tierra con la mirada perdida —le exhortó Cloudsong.

Baine lo obedeció. Se relajó y su mirada se perdió en el vacío.

Oyó los golpes regulares y suaves de un tambor hecho de piel, que emulaba los latidos de un corazón tauren. Perdió la noción del tiempo. Solo sabía que llevaba un rato sentado escuchando a Cloudsong y que se hallaba tremendamente relajado, que se sentía en paz en lo más hondo de su corazón, el cual latía al compás del tambor.

Entonces, con suma delicadeza, una presencia llamó su atención. Cairne Bloodhoof sonrió a su hijo.

Se trataba de un Cairne que Baine nunca había conocido; cuando el poderoso toro se hallaba en la flor de la vida, cuando tenía una mirada dura y aguda. Sostenía su Runespear, que estaba intacta, igual que él. Cairne alzó la lanza a modo de saludo de tal modo que los colosales músculos de su pecho se tomaron más visibles aún.

—Padre —susurró Baine.

—Hijo mío —dijo Cairne, cuyos ojos entornados se llenaron de afecto—. Caminar entre tu mundo y el mío resulta muy difícil y dispongo de muy poco tiempo, pero sabía que tenía que venir, ya que las dudas anidan en tu corazón.

En ese instante, todo el dolor que Baine había enterrado en lo más hondo de su corazón, que no había podido expresar, que no se podía siquiera permitir sentir para que no le impidiera cumplir sus obligaciones con el pueblo tauren al que lideraba, brotó de él como un violento maremoto.

—Padre… ¡Garrosh te mató! ¡Te negó el derecho a morir con honor! Se limitó a mantenerse al margen mientras la Grimtotem y yo luchábamos como… como bestias en una fosa, ¡mientras aguardaba al vencedor! Ha violado a la tierra, ha mentido a su propia gente, y Theramore…

Las lágrimas recorrían el hocico de Baine, unas lágrimas teñidas de tristeza e ira. Por un momento, fue incapaz de hablar, pues ambas emociones lo ahogaban.

—Y ahora te han pedido que lo defiendas —replicó Cairne—. Cuando lo que deseas es poder aplastarle la garganta con la pezuña.

Baine asintió.

—Sí. Tú te atreviste a criticarlo abiertamente cuando nadie más se atrevía. Padre… ¿acaso debería haber hecho yo lo mismo? ¿Habría podido detenerlo? ¿La… la sangre que se ha derramado por su culpa también mancha mis manos?

Esa pregunta le sorprendió incluso a él mismo, era como si esas palabras hubiesen brotado solas de su garganta. Cairne sonrió levemente.

—El pasado, pasado está. El tiempo se lo ha llevado, al igual que el viento arrastra las flores. Las decisiones que tomó Garrosh son solo suyas, así como la responsabilidad que debe asumir por sus actos. Siempre has hecho lo que te ha dictado el corazón y siempre has hecho que me sienta orgulloso de ti.

En ese instante, Baine supo cuál era la respuesta que Cairne iba a darle.

—Crees… crees que debería hacerlo —susurró—. Que debería defender a Garrosh Hellscream.

—Lo que yo piense no importa. Debes hacer lo que creas correcto Como siempre has hecho. En esos momentos, yo consideré que desafiar a Garrosh era lo correcto. En otros distintos, tú consideraste que apoyarlo como líder de la Horda era lo correcto.

—Varían debería haber dejado que Go’el lo matara —gruñó Baine.

—Pero no lo hizo, por eso estamos aquí —replicó el anciano (aunque ahora joven) toro con suma tranquilidad—. Si respondes a esto, sabrás qué hacer. Si te aflige tanto que me asesinaran de una manera tan traicionera, ¿acaso no deberías hacer todo lo posible para alcanzar la pura verdad con total honradez e integridad, a pesar de que no sea fácil, o sobre todo porque no lo es? ¿Acaso no deberías hacer todo lo posible por cumplir esta tarea que te han asignado de una manera honorable? Querido hijo, sangre de mi sangre, creo que ya sabías la respuesta antes de venir aquí.

Era cierto. Pero ser consciente de ello hacía sufrir a Baine.

—Aceptaré esta pesada carga —murmuró—. Y defenderé a Garrosh de la mejor manera posible.

—Si hicieras menos, no serías quien eres. Cuando todo esto acabe, te alegrarás de haber obrado así. No, no —dijo, alzando las manos a modo de protesta al ver que Baine intentaba hablar—. No puedo decirte cuál será el resultado. Pero te prometo… que hallarás la paz en tu corazón.

Cairne se fue desvaneciendo. Al percatarse de ello, Baine se quedó compungido por haber desperdiciado esta valiosa oportunidad de hablar con él quejándose como un mero ternero, cuando su padre… ¡su padre…!

—¡No! —Exclamó, con una voz quebrada por la emoción—. Padre… ¡por favor, no te vayas, aún no! ¡Por favor, aún no…!

Había tantas cosas que Baine quería decirle. Lo terriblemente que le echaba de menos. Lo mucho que intentaba honrar el recuerdo de su padre. Que estos breves instantes significaban muchísimo para él. Extendió los brazos de un modo suplicante, pero ya era demasiado tarde. Su padre se adentró en la sombra de la vida, dejando atrás el sol de esta, y Baine cerró ambas manos al intentar agarrar lo que solo era vacío.

La tristeza se adueñó de la mirada de Cairne. También extendió los brazos, pero al instante se esfumó.

Cloudsong logró sostener a Baine antes de que se cayera del todo.

—¿Has hallado la respuestas que buscabas, Gran Jefe? —preguntó Cloudsong al mismo tiempo que le entregaba a Baine un cáliz repleto de agua fresca y clara. Tras darle unos sorbos, a Baine se le fue despejando la cabeza.

—¿Las respuestas que buscaba? No. Pero sí las que necesitaba —contestó, mientras sonreía con tristeza a su amigo.

Cloudsong asintió, pues lo entendía perfectamente. En medio del murmullo de la noche, el canturreo de los grillos y el suspiro de la brisa se vieron interrumpidos por un zumbido familiar cuando unos torbellinos de colores brillantes cobraron forma.

—¿Quién se atreve a interrumpir este ritual? —se quejó Cloudsong—. ¡El círculo aún no se ha roto!

Baine se puso en pie mientras el chamán se acercaba dando zancadas al portal abierto. Un elfo noble esbelto lo atravesó. Tenía el aspecto típico de cualquier miembro de su raza; unos rasgos marcados y elegantes, un pelo rubio largo y suelto y una perilla corta y muy bien arreglada. El elfo hizo una seña a Baine con cierta impaciencia.

—Gran Jefe, me llamo Kairozdormu. Taran Zhu me ha enviado para escoltarte al Templo del Tigre Blanco. Por favor, debes acompañarme.

—Estás interrumpiendo una ceremonia sagrada… —empezó a decir Cloudsong.

El elfo le lanzó una mirada furibunda.

—¡Lamento terriblemente tener que mostrarme tan irrespetuoso, pero debemos apresuramos, de veras!

Baine posó su mirada sobre el tabardo que vestía el elfo. Era marrón con ribetes dorados y tenía una insignia en el centro del pecho; un círculo dorado taraceado con el símbolo del infinito. Como era el tabardo que vestían los caminantes del tiempo, Baine decidió hacer un comentario un tanto aventurado:

—No sabía que tu Vuelo seguía vistiendo estas ropas. Creía que su poder sobre el tiempo…

Kairozdormu agitó una mano de largos dedos en el aire con suma impaciencia.

—La historia es muy larga, y el tiempo muy corto…

—Una frase muy graciosa, viniendo de ti. ¿Acaso va a suceder alguna catástrofe inminente en los portales del tiempo?

—No, es por una razón mucho más prosaica… Este portal no va a estar abierto por siempre. —De repente, se rio entre dientes—. Bueno —se corrigió a sí mismo, esbozando una sonrisilla maliciosa con la que mostró fugazmente sus blancos dientes—, en teoría, sí podría, pero no aquí ni en este momento en particular. Gran Jefe Baine, si es tan amable…

Baine se volvió hacia Cloudsong.

—Te doy las gracias por todo, Kador, pero el deber me llama.

—Y, al parecer, con acento elfo —replicó Cloudsong, quien, no obstante, hizo una reverencia—. Ve, Gran Jefe, con la bendición de tu padre, de eso al menos estoy seguro.

* * *

La comida fue ligera y sencilla; pan de piñones, queso azul darnassiano y peras lunares frescas, todo ello regado con zumo de baya lunar. Aquí en el templo de su querida Elune, Tyrande le contó al archidruida Malfurion Stormrage lo acontecido con anterioridad en el Templo del Tigre Blanco.

Ella se había alegrado al saber que Taran Zhu había designado a una maga para teletransportar a aquellos que iban a participar en el juicio. Yu Fei era una pandaren de cara muy dulce cuya túnica de seda estaba confeccionada con las tonalidades del agua, lo cual encajaba perfectamente con el único mechón de pelo rebelde que le tapaba recatadamente un ojo azul.

—Chu’shao Whisperwind—, había dicho Yu Fei, utilizando el término pandaren para “consejero” a la vez que hacía una honda reverencia al presentarse—, me siento honrada de poder enviarte a casa hasta que tus obligaciones reclamen tu presencia aquí. No dudes en llamarme si necesitas mi ayuda.

—Cielo, ¿estás segura de que quieres asumir este deber? —le preguntó el archidruida.

Las plumas que le cubrían los brazos, lo cual era un recordatorio de los milenios que había pasado en el Sueño Esmeralda, rozaron la parte superior de la mesa mientras le servía a Tyrande una segunda copa de zumo de baya lunar. Esta era consciente de que se había acostumbrado a los cambios que había sufrido Malfurion durante su largo sueño; las plumas, los pies que ahora eran más propios de un sable de la noche que de un elfo, la largura y espesura de su gran barba verde. Aunque, desde su punto de vista, ningún cambio en su apariencia externa podía cambiar su hermoso corazón. Siempre había sido y siempre iba a ser su amado.

Malfurion prosiguió hablando:

—No sabes cuánto tiempo durará el juicio, ni el esfuerzo que te va a suponer.

Tyrande dio un sorbo a la bebida, que era tan fresca y dulce como los bosques de noche.

—Los ojos del mundo entero estarán centrados en este juicio, mi amor —señaló, sonriendo—, eres más que capaz de ocuparte de cualquier cosa que surja en mi ausencia. Podré volver a casa todas las noches para estar contigo, lo cual es toda una bendición de la propia Elune. Y respecto al esfuerzo que me va a suponer —en este instante, su tono se tomó ligeramente más severo—, es muy probable que tenga que hacer muy poco, aparte de presentar las evidencias. A lo largo de muchas lunas anteriores, Garrosh ha disfrutado del cariño de muy poca gente y, ahora que sus brutales masacres se han acabado, aún menos.

El semblante del archidruida se tomó sombrío al mirarla a los ojos.

—No me refería a qué vas a tener que hacer en el juicio, sino a qué coste a nivel emocional vas a pagar por él.

Esas palabras sorprendieron a Tyrande, quien se quedó un tanto perpleja.

—¿Qué quieres decir?

—Eres una suma sacerdotisa, una devota de Elune, quien es la paladina de la iluminación y la sanación. Cuando es necesario, eres feroz en batalla. Pero vas a tener que valerte de las palabras como arma, que son veleidosas y escurridizas, no como tu hermoso corazón. Y vas a incitar al odio, vas a incitar a que lo condenen, no vas a iluminar a nadie con tu sabiduría, precisamente.

—Al final, los hechos que voy a presentaren el juicio iluminarán y permitirán comprender la verdad; además, condenar a Garrosh de una manera apropiada traerá consigo la sanación de muchas heridas por fin —aseveró.

Él seguía mostrando un semblante de preocupación y abrió la boca para replicar, pero antes de que pudiera decir nada, una mujer habló desde el exterior del pabellón donde Tyrande y su amado estaban comiendo.

—¿Milady?

—Puedes entrar, Cordressa.

Una mano esbelta alzó el trozo de tela que cubría la entrada y la centinela asomó la cabeza, cuyo pelo era de color azul medianoche.

—Tienes una visita. Dice que ha venido por algo relacionado con un juicio y que es urgente.

Malfurion enarcó una ceja de manera inquisitiva, y Tyrande negó con la cabeza, pues estaba tan sorprendida como él.

—Por supuesto, Cordressa. Hazla entrar.

La centinela retrocedió, sujetando en todo momento la tela que cubría la entrada del pabellón, e indicó con una seña a la misteriosa visitante que podía entrar.

Se trataba de una gnomo de pelo plateado, el cual llevaba recogido en dos moños a sendos lados de una cara levemente pecosa. Sus grandes ojos verdes brillaron de alegría al saludar a Tyrande y Malfurion.

—Archidruida, suma sacerdotisa… ¡cuánto me alegro de verlos de nuevo! Lamento mucho importunarte, Chu’shao, pero me temo que es importante.

Chu’shao era otro título más que ahora Tyrande ostentaba, por supuesto, al menos por un tiempo.

—Seguro que sí, Chromie. —Tyrande sonrió y, con suma elegancia, se arrodilló ante la dragona bronce Chronormu para que pudiera mirarla a la cara. En cuanto la centinela oyó el nombre de la dragona, soltó discretamente la tela que tapaba la entrada del pabellón para dejarlos a solas—. ¿En qué puedo ayudarte?

—Los Celestiales quieren que tanto tú como Chu’shao Bloodhoof utilicen algo a la hora de presentar el caso. Será más fácil que te lo enseñe. ¿Me haces el favor de acompañarme?

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