Crímenes de Guerra – Capítulo Cuatro

Crímenes de GuerraAl llegar al Templo del Tigre Blanco, Baine le hizo una reverencia a Yu Fei, para darle las gracias por haberlo teletransportado hasta aquí. A continuación, se volvió hacia el líder del Shadopan.

—Saludos, Lord Taran Zhu. Kairozdormu me ha traído, tal y como habías pedido.

Baine echó un vistazo a su alrededor mientras hablaba. El Templo del Tigre Blanco parecía aún más cavernoso de noche. La luz de la luna y los faroles proporcionaban una leve iluminación, pero aun así, los asientos delanteros estaban envueltos en sombras. Baine se fijó en que habían traído muebles adecuados para la celebración del juicio. Ahora había tres zonas —una para él y Garrosh, otra para Tyrande y una más para el fa’shua y los testigos—. Las secciones del acusador y defensor eran idénticas y contaba con unas mesas rectangulares cubiertas con una tela dorada y carmesí, así como con unas sillas muy sencillas. Una sección estaba montada sobre el círculo situado al oeste y la otra, con dos sillas, en el situado al este. Baine dio por sentado que ese lado era para Garrosh y él. Cada mesa tenía una jarra vacía y unos vasos, así como un tintero, una pluma y un pergamino dispuestos ordenadamente a un lado, para que pudieran tomar notas, presumiblemente.

Taran Zhu, sin embargo, se iba a sentar en un estrado elevado en una silla más ornamentada que las demás, pero no tan suntuosa como el trono situado en lo alto de la parte norte de la zona de espectadores. En el suelo, delante del asiento de Taran Zhu y ligeramente a la izquierda se hallaba la silla de los testigos, que contaba también con una mesita donde ahora había una jarra y un vaso vacíos. Junto al asiento del fa’shua, había un pequeño gong y un mazo.

Todo esto era algo que Baine esperaba, pues entraba dentro de lo que le habían comentado. Pero había otra serie de mesas y sillas, apartadas a un lado y un poco por detrás de la silla de Taran Zhu, en una de las cuales había un objeto envuelto en una tela negra.

—¿Puedo preguntar qué es eso?

—Es la razón por la que te he pedido venir a estas horas —respondió Taran Zhu, dándole así una explicación totalmente adecuada al mismo tiempo que no le daba ninguna de verdad. Además, impidió que Baine le hiciera otra pregunta al alzar una zarpa—. Cuando Chu’shao Whisperwind llegue, todo se revelará. Ten paciencia.

—Me has sacado de una ceremonia ritual porque debía venir de inmediato y no había tiempo que perder. Así que estoy seguro de que serás capaz de entender que, ahora mismo, no estoy muy por la labor de mostrarme paciente —replicó Baine.

Taran Zhu lanzó una mirada de reproche al dragón bronce que se hallaba junto a

Baine.

—Yu Fei podría haber reabierto el portal unos momentos después, Kairozdormu. A ella no le habría importado. Sé que no estás tan familiarizado como tu contrapartida de la Alianza con la forma de proceder de las razas jóvenes, pero debes aprender a respetarlas.

Kairozdormu esbozó un gesto de consternación.

—Lo siento. Tienes razón. En eso, ella me lleva ventaja. Confío en que Chu’shao Bloodhoof acepte mis disculpas y me ayude a conocer mejor la forma de proceder de los tauren.

Baine se apaciguó levemente. Si bien el dragón no había interrumpido la ceremonia en el momento clave, a los elementos no les gustaba que no se les diera las gracias como era debido cuando se habían tomado la molestia de haber acudido a una invocación. Decidió que era mejor correr un tupido velo sobre el asunto y centrarse en otra cosa que Taran Zhu acababa de mencionar.

—¿La contrapartida de la Alianza…?

—Al igual que Kairozdormu va a colaborar contigo, otro dragón bronce va a asesorar a la acusadora. Llegarán en breve.

Baine volvió a mirar ese misterioso objeto tapado y a los asientos ahora vacíos que pronto estarían repletos de espectadores. Cuando posó la mirada sobre la mesa y las dos sillas de la zona del defensor y, a pesar de lo que le había dicho a su padre, resopló al pensar en que no solo iba a tener que defender a Garrosh, sino que se iba a ver obligado a sentarse junto al orco todos los días que durase el juicio.

—¿Hay algo que te preocupe? —preguntó Kairozdormu a la vez que se arrellanaba en la que iba a ser la silla de Baine. Se llevó las manos a la parte posterior de la cabeza, las entrelazó y miró al tauren inquisitivamente.

—Me preocupan muchas cosas, Kairozdormu, pero no puedes hacer nada al respecto —contestó Baine.

—No estés tan seguro. Y llámame Kairoz, por favor.

Dos figuras —una alta, otra baja— entraron ahora en ese lugar. Tyrande Whisperwind agachó la cabeza de un modo elegante.

—Buenas noches, Chu’shao Bloodhoof. Lord Taran Zhu, espero no haberte hecho esperar mucho tiempo.

La gnomo que la acompañaba se giró hacia Baine.

—Hola, Gran Jefe. ¡Cuánto me alegro de volverlo a ver!

Le brindó una fugaz sonrisa y se fue a hablar con Kairoz.

—Suma sacerdotisa Tyrande, Gran Jefe Baine —dijo Taran Zhu—, les doy las gracias a ambos por venir. Iré directo al grano. Aún más importante que lo que le suceda a Garrosh es celebrar un juicio que todo el mundo considere justo y ecuánime, si no, corremos el riesgo de que o bien Garrosh se convierta en un mártir, o bien que muchos miembros de la Horda pretendan continuar su legado, o bien que la gente en general perciba que hemos sido demasiado blandos con él, y en tales casos la brecha que separa a la Horda y la Alianza se convertiría en un abismo.

—Mi labor es muy fácil, Lord Zhu —afirmó la suma sacerdotisa elfa de la noche con su tono de voz tan melodioso—. Estoy segura de que las evidencias hablarán por sí solas.

—Yo por mi parte, aunque todos saben que no tengo ningún cariño a Garrosh precisamente, les prometo que preferiría morir a deshonrar el papel que se me ha otorgado —aseveró Baine con un tono de voz grave y un tanto iracundo. ¿Qué tramaba Taran Zhu?

—No pretendo mostrarme irrespetuoso —se excusó Taran Zhu—. Sé perfectamente que ninguno de ustedes dos recurrirá al engaño ni a triquiñuelas. Aun así, deben saber que correrán rumores en ese sentido.

—Lo cual será muy lamentable —admitió Tyrande—, pero inevitable.

Los dragones bronces intercambiaron unas sonrisas que casi parecían unas sonrisillas de suficiencia.

—En un juicio normal, sí —señaló Kairozdormu—. Pero esto no es un juicio normal. ¿Saben lo que es el reloj de arena de tiempo?

Era una pregunta retórica. El reloj de arena —que era enorme, muy hermoso y capaz de revertir el mismo tiempo— había sido creado por Nozdormu, el ex-Aspecto del Tiempo. Nozdormu había previsto que se acabaría corrompiendo y transformando en un ser llamado Murozond, por lo que había entregado a aquellos que lucharían contra Murozond y lo derrotarían el reloj de arena para ayudarlos en la batalla.

Baine y Tyrande se miraron de un modo incómodo. A ambos les había llegado el rumor de que cualquiera que había intentado ayudar a Nozdormu se había tenido que enfrentar a una versión oscura y siniestra de sí mismo, lo cual no era nada reconfortante.

—Hemos oído hablar de ese reloj de arena —afirmó Baine con gran sequedad.

—Bueno, desde la derrota de Murozond, he estado… bueno… —Kairoz se calló, ya que intentaba dar con la palabra adecuada.

—Experimentando —apostilló Chromie.

—Sí, experimentando —admitió Kairoz—. Con cierta magia. He estado explorando la Isla Atemporal. He utilizado unos cuantos granos de las Arenas del Tiempo que contenía el reloj de arena y los he combinado con partículas de tierra de rocas de época que hallé en esa isla, para crear un artefacto al que llamo la Visión del Tiempo. Se trata de una cosita maravillosa, de veras, si me permites la inmodestia. Sus capacidades son muy distintas a las que poseía el reloj de arena. No puede revertir el tiempo, como el reloj, pero Chromie y yo podemos dirigir la Visión para que muestre unas imágenes de cualquier momento concreto del tiempo… de cualquier momento importante… que nos muestren qué sucedió en realidad. Yo mismo he sido capaz de atisbar algunos instantes del futuro.

—¿Cómo? —preguntó Baine, quien alzó la mirada inquieto hacia ese objeto todavía tapado.

—Es capaz de crear una fisura en el tiempo de una manera totalmente controlada.

—¿No se corre el riesgo de poder cambiar la historia? —inquirió Tyrande.

—No, para nada —contestó Kairoz, quien parecía orgulloso de sí mismo. Y con razón, pensó Baine—. Tal y como he dicho, he alterado la composición intrínseca de las Arenas del Tiempo que vamos a usar. La Visión del Tiempo no hará que esos eventos se manifiesten de verdad. Nada de eso se hallará aquí en el plano físico… únicamente las imágenes y el sonido serán capaces de atravesar la fisura.

—Además, solo funciona en un sentido —añadió Chromie—. No corremos peligro de cambiar nada, en absoluto.

—Déjenme que se lo demuestre —le pidió Kairoz, quien cogió esa tela negra de una esquina y, con un gesto ostentoso y muy dramático, se lo quitó de encima a ese objeto.

La Visión del Tiempo era un reloj de arena que contaba con dos dragones forjados en metal; se trataba de dos dragones de bronce de verdad. Cada uno se encontraba enroscado alrededor de un receptáculo redondo. Su nariz se tocaba con su propia cola y estaban tallados de un modo tan exquisito que daba la sensación de que estaban meramente adormilados.

—La arena del receptáculo de arriba no cae —observó Tyrande.

—Lo hará en cuanto Chromie o yo activemos la Visión —respondió Kairoz—. Hay un número finito de granos de arena en el bulbo superior. A cada uno de ustedes se le permitirá utilizar durante un cierto número de horas a lo largo del juicio. Podrán escoger momentos históricos que deseen presentar como evidencias irrefutables en el proceso, la duración de cada visión se computará en el tiempo total.

—O dicho de otro modo —comentó Tyrande—, no hace falta que haya testigos.

—Yo no iría tan lejos —le corrigió Kairoz—. Tendrán que elegir esos momentos sabiamente, y los testigos pueden ayudar (o hacer justo lo contrario) aportando mucho más que los meros hechos. Chromie ha sido elegida para asesorarte, suma sacerdotisa, sobre cómo aprovechar mejor esos testimonios, y yo colaboraré contigo en ese aspecto, Gran Jefe.

—Bueno —caviló Baine—, así que si un testigo es incapaz de recordar con precisión un incidente, no habrá mentiras, ni exageraciones, ni ninguna dificultad para conocer la verdad.

—Solo tendremos la verdad sin adulteraciones ni adornos —les aseguró Chromie—. No habrá margen para la discusión.

—Oh, seguro que lo habrá —le corrigió Tyrande—. Se debatirá sobre las motivaciones, las reflexiones que llevaron a tal o cual cosa, los otros planes que…

Chromie alzó ambas manos.

—¡No les reveles tu estrategia, suma sacerdotisa! —exclamó.

—¿Cómo vamos a saber qué momentos elegir? —preguntó Baine—. ¿Podremos verlos antes de mostrarlos ante el tribunal?

—Por supuesto —contestó Kairoz—. Respecto a cuáles elegir, para eso nos tienen a nosotros. Bastará con que nos digan a Chromie o a mi qué clase de argumentación quieren plantear y nosotros los ayudaremos a dar con el momento perfecto para apoyar su alegato.

—¿Por qué no nos retiramos a Darnassus para poder hablar sobre cómo podemos aprovechar la Visión para sustentar tus argumentos?

—Hablas sabiamente, Chromie. Lord Zhu, ¿me necesitas para alguna cosa más? —inquirió Tyrande.

—Puedes marcharte con tu consejera, acusadora. Al igual que tú, defensor — respondió Taran Zhu—. A partir de este momento, los dos ya no se volverán a ver, ni conversarán de nuevo hasta que el juicio comience. Que la paz sea con ustedes y que la sabiduría de los Celestiales los ilumine mientras cumplan con sus deberes con honor y diligencia.

Hizo una profunda reverencia y se mantuvo en esa posición por un momento, a pesar de que no cabía duda de que esa postura le provocaba un gran dolor físico. Baine intuyó que, de este modo, el monje les estaba mostrando su enorme respeto y gratitud.

Tyrande también se agachó respetuosamente ante todos ellos y, acto seguido, se marchó con Chromie. La sacerdotisa se movía con la misma lánguida elegancia y fuerza de siempre, pero había una sutil ansiedad en sus pasos que revelaba que la embargaba la emoción.

—Bueno, ella sí que parece alegrarse de mi aportación al proceso gracias a este aparato —observó Kairoz, quien se hallaba junto a Baine viéndolas marchar.

—Tiene razones para sentirse así —replicó Baine.

—¿Y tú no?

Baine lo miró detenidamente.

—Todos los que hemos estado aquí presentes esta noche sabemos bien que conocer la pura verdad sin adornos no va a servirle de mucho a Garrosh. Y como mi deber es defenderlo, sin que importe qué opine yo a nivel personal, esto me parece que es más un regalo para la acusadora que cualquier otra cosa.

—Vamos —le dijo Kairoz con una sonrisa—. No te rindas ya. Incluso la pura verdad sin adornos puede ser interpretada de maneras muy distintas. Tienes derecho a pedirme que muestre ciertos eventos que no tienen por qué limitarse solo a lo que Garrosh ha hecho y dicho, ya me entiendes…

—He de decir que esa es una perspectiva… interesante. Me intriga. Regresemos a Thunder Bluff. Tú y yo vamos a tener una conversación en la que me vas a explicar cómo podré aprovechar al máximo esa Visión.

* * *

No debería sentirse tan alegre, y Jaina Proudmoore lo sabía. ¿Acaso había algo que celebrar la noche antes de un juicio cuyo veredicto probablemente condenaría a un reo a ser ejecutado, que acabaría con una vida? No, claro que no.

Pero lo cierto era que se sentía así.

Podía notar que otros compartían también ese mismo sentimiento, aunque nadie de los sentados a la mesa esa noche iba a brindar por una muerte más que merecida; al menos, no abiertamente. Sin embargo, la gente adoptaba unas posturas más rectas y tensas de lo normal. Se hablaba con un tono bastante animado, e incluso se escuchaba alguna carcajada; algo que Jaina casi había olvidado qué era. Había una alegría en su corazón que hacía tiempo que no sentía, y se atrevió a esperar que a partir de ahora —por fin— los horrores de la guerra hubieran quedado atrás, o al menos quedaran olvidados el tiempo suficiente como para que pudiera tomarse un respiro, llorar a los muertos, reír con los vivos y aprender a tener una relación con alguien que, a pesar de ser tan distinto a ella, era muy sincero y sin dobleces.

Esa sensación de paz, que había ansiado durante tanto tiempo y que había parecido tan imposible de alcanzar, iba creciendo en su fuero interno mientras miraba esas caras que la rodeaban, mientras miraba a esa gente con la que cenaba en El Alto Violeta. Kalec estaba ahí, por supuesto, así como Varian y Anduin Wrynn, o Vereesa Windrunner.

Aunque se sentía agradecida de que se hallara ahí, seguía notando la ausencia de los caídos. Kalec, que sabía perfectamente lo que ella sentía y pensaba, le apretó delicadamente la mano.

—Los echas de menos —susurró, y ella no se molestó siquiera en negarlo.

—Así es —respondió—. Ellos también deberían estar aquí… Pained, Kinndy y Tervosh.

Pese a que estaban hablando en voz baja, poco podía escapar de sus agudos oídos élficos.

—Sí, así debería ser —comentó Vereesa—. Ellos y también Rhonin, y muchos otros más.

Anduin pareció inquietarse ante el duro tono de voz que estaba empleando Vereesa, y señaló:

—Estoy seguro de que con los Celestiales como jurado y Taran Zhu como juez, se hará justicia.

—Sí —dijo Vereesa—. Aunque la elección de Baine como defensor de Garrosh fue muy extraña, pero tampoco pienso impugnarla.

—Baine es un tipo muy honorable —afirmó Anduin—. No cabe duda de que desempeñará su labor de la mejor forma posible, a pesar de lo que pueda sentir a nivel personal.

—Pero no creo que esté disfrutando de esa labor, precisamente —observó

Kalec.

—Cierto —admitió Varian—. Al contrario que Tyrande. Creo que todo el mundo en la Alianza la envidia por la misión que le han encomendado.

—Salvo tú —señaló Jaina.

—Prefiero ver cómo se desarrollan los acontecimientos —replicó Varian—. Si simplemente quisiera que Garrosh muriera, lo único que habría tenido que hacer es haber permanecido callado mientras Go’el blandía el Doomhammer.

Vereesa frunció los labios, pero no dijo nada. Jaina no se lo podía echar en cara; ella misma tenía sentimientos encontrados respecto a lo que había hecho Varian en ese momento.

—Hiciste lo correcto, padre —aseveró Anduin—. Va a ser un juicio muy difícil, pero quién sabe, a lo mejor trae cosas muy positivas a largo plazo. Servirá para poner un punto y final más definitivo a ciertas cosas que una mera ejecución… se decida lo que se decida.

¿Ah, sí?, se preguntó Jaina. ¿Acaso eso iba a poner punto final a sus pesadillas, a ese repentino e intenso dolor que sentía en el corazón cuando recordaba no solo que sus amigos habían muerto, sino también cómo lo habían hecho? Pensó en Kinndy, que se transformó en un montón de polvo violeta en cuanto Jaina la tocó. Entonces se dio cuenta de que había estado agarrando un tenedor con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos. Al dejar sobre la mesa el cubierto, notó que le dolían los dedos. Contempló esa cena, que consistía principalmente en pollo asado, y al coger un muslo y observarlo detenidamente, decidió hacer un comentario teñido de humor negro.

—Qué bien nos vendría que Garrosh se atragantara con un hueso en la cena de esta noche y nos ahorrara así un buen montón de problemas, ¿verdad? —dijo con un tono de voz muy animado—. Si a alguno aún le queda un hueco libre en la barriga, que sepa que, por lo que tengo entendido, hay una tarta deliciosa de postre.

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1 comentario

  1. esta linda la pagina

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