Crímenes de Guerra – Capítulo Uno

Crímenes de GuerraParece demasiado sereno y hermoso como para ser la prisión de alguien tan horrible —reflexionó Jaina Proudmoore mientras se aproximaba al Templo del Tigre Blanco.

Ella, el dragón azul Kalecgos, la general forestal Vereesa Windrunner y el rey Varian Wrynn, iban montados en un carro tirado por un yak que avanzaba con paso firme, cuyo mullido pelaje indicaba que esa bestia acababa de ser bañada hacía poco. En reconocimiento al importante estatus de los pasajeros, el carro había sido forrado con cojines de seda de colores intensos; no obstante, cuando una rueda se adentraba en algún surco, los viajeros sufrían alguna ligera sacudida.

—Es mucho más de lo que se merece —afirmó Vereesa, cuya mirada estaba clavada en Varian—. No deberías haber evitado que Go’el lo matara, majestad. Ese monstruo solo se merece la justicia de la muerte, e incluso eso sería más piadoso que lo que él ha hecho.

La general forestal hablaba con dureza, pero Jaina no se lo podía echar en cara. Sobre todo porque compartía los sentimientos de Vereesa al respecto. Garrosh Hellscream había sido el responsable de la destrucción (no, esa era una palabra que se quedaba corta, una palabra demasiado fría para describir lo que había hecho), del apocalipsis desatado en la ciudad estado de Theramore. En el espacio de una fracción de segundo, se produjo la muerte de centenares de sus habitantes, unas muertes que manchaban las manos del entonces Jefe de Guerra de la Horda, quien había engañado a algunos de los mejores generales y almirantes de la Alianza para que se reunieran en Theramore, donde iban a planear la estrategia a seguir en una guerra que se librara con medios honestos. Garrosh, sin embargo, había lanzado sobre el mismo centro de la ciudad una bomba de maná, cuya potencia se vio aumentada gracias a una reliquia robada al Vuelo de Dragón Azul. Todo aquel, todo aquello que se encontraba en el radio de acción de la bomba había muerto. Jaina sacudió la cabeza de lado a lado para intentar desterrar esos horribles recuerdos de su memoria, el recuerdo de que algunos de sus seres queridos habían perecido ahí. Jaina Proudmoore ya no volvería a ser nunca la dama de Theramore.

Notó una leve caricia en el brazo que la devolvió al presente. Jaina alzó la mirada hacia el dragón azul Kalecgos, que había sido lo único bueno que había salido de ese desastre. Jaina y él quizá no se hubieran conocido nunca si él no hubiera acudido a Theramore a pedirle ayuda para recuperar el Iris de Enfoque. Si bien las mareas de la guerra le habían traído a Jaina un compañero sentimental, en el caso de Vereesa Windrunner habían hecho justo lo contrario. Rhonin, el archimago que había ostentado antes que Jaina el título de líder del Kirin Tor, se había colocado en el centro mismo de la ciudad para atraer la bomba de maná hacia sí y poder contener mágicamente la detonación en la medida de lo posible. Además, en medio de todo esto, había empujado a Jaina a través de un portal, tras el cual pudo hallarse sana y salva. Jaina, Vereesa, la elfa de la noche Shandris Feathermoon y un puñado de centinelas más habían sido los únicos supervivientes.

La líder del Pacto de Plata aún no se había recuperado del todo de esa pérdida y —probablemente— jamás lo haría. Aunque Vereesa siempre había sido fuerte y franca, ahora sus palabras eran crueles e hirientes y un odio tan gélido y amargo como el hielo de Northrend moraba en su corazón. Gracias a la Luz, ese hielo se había derretido en parte cuando había hablado con sus dos hijos gemelos, Giramar y Galadin.

No hace mucho, Varian habría saltado como un resorte y se habría enfadado con Vereesa por haber criticado abiertamente su decisión, pero ahora se limitó a decir:

—Tal vez obtengas tu deseo, Vereesa. Recuerda lo que prometió Taran Zhu.

Después de que Varían hubiera impedido que Go’el —antes conocido como Thrall, en su día Jefe de Guerra de la Horda y ahora líder del Anillo de la Tierra— diera a Garrosh el golpe mortal con el poderoso Doomhammer, Garrosh había sido entregado a los pandaren, un pueblo en el que tanto la Horda como la Alianza confiaban y que también había sufrido mucho a manos de Garrosh. Taran Zhu, líder del Shadopan, les había asegurado que Garrosh sería juzgado y que se iba a hacer justicia al fin. En esos momentos, el orco estaba encerrado en los sótanos situados bajo el Templo del Tigre Blanco, bajo una fuerte vigilancia. Hacía un par de días, un emisario enviado por el Celestial Xuen les había entregado este mensaje en su nombre:

“Requerimos su presencia en mi templo. El destino de Garrosh debe decidirse

Eso había sido todo.

Todos los líderes de la Alianza habían recibido la misma carta. Jaina pudo ver a algunos de ellos al pie de la colina, donde se estaban subiendo a unos carros forrados de la misma manera para realizar la ascensión hacia el templo. La reina regente Moira Thaurissan, uno de los tres miembros del triunvirato que lideraba a los enanos, parecía estar discutiendo con un pandaren muy sereno al mismo tiempo que señalaba enojada al carro. Sin lugar a dudas, no lo consideraba un medio de transporte “digno” para su regia persona.

—No —dijo Vereesa—, no sabemos por qué, pero al parecer, es importante para los Celestiales. Pero si es tan rematadamente importante, ¿por qué no nos dejan ir volando sin más hasta el templo? ¿Por qué perder el tiempo con este carro?

—Porque somos sus invitados —contestó Kalec—. Si ellos están dispuestos a esperar hasta que lleguemos de esta manera, que así sea. Tampoco es un viaje tan largo.

—Desde el punto de vista de un paciente dragón, no, no lo es —apostilló Vereesa.

—Soy lo que soy —replicó el dragón, quien permaneció aparentemente imperturbable ante ese comentario.

Sí, pensó Jaina, realmente era lo que era, era quien era, y se alegraba de ello, a pesar de que sabía que su relación todavía tendría que sortear muchos obstáculos.

Intentó acomodarse de nuevo sobre esos cojines bordados para disfrutar del lento ascenso por ese sendero que se curvaba. Pandaria transmitía una paz extraordinaria y ofrecía belleza allá donde cualquiera miraba. Los cerezos estaban repletos de flores rosas, algunas de las cuales revoloteaban de aquí para allá cuando el viento mecía las ramas. Las estatuas de unos tigres blancos custodiaban la primera de una serie de elegantes entradas, y el camino se fue tomando más empinado. Mientras el carro seguía avanzando sin prisa pero sin pausa y el frío se volvía más intenso, la esbelta Jaina se sintió agradecida por el calor que les proporcionaban los braseros con los que se topaban en su camino y se abrigó aún más. Al principio, el suelo se hallaba cubierto de una fina capa de nieve, pero luego, a medida que se encontraban a mayor altitud, la nieve se iba amontonando más y más. Jaina notó que cada vez pensaba con más claridad y tenía la mente más despejada; y entendió enseguida lo que ocurría. Sabía que a la hora de lanzar un hechizo la concentración y la determinación eran muy importantes y, súbitamente, tuvo claro que los Celestiales les estaban brindando, a su manera, a sus invitados la oportunidad de hacer eso precisamente. Al ascender en ese carro por la montaña sin ninguna prisa, al rodear las periféricas estructuras exteriores y al hallarse expuestos a tanta belleza y paz a lo largo de todo el camino, Jaina y sus compañeros tenían la oportunidad de olvidarse de sus obligaciones diarias y mundanas para poder llegar mentalmente frescos. Dejó que el aire, que transportaba el sutil aroma de las flores del cerezo, le limpiara la mente.

Como tanto Kalec como ella estaban sentados mirando hacia atrás, Jaina no pudo ver qué fue lo que provocó que el hermoso rostro de Vereesa se contrajera en un gesto de contrariedad y que Varian apretara con fuerza los labios cuando el carro se detuvo ante el primer inestable puente de cuerda. Al instante, la elfa noble movió un brazo hacia un lado y cerró el puño, pues acababa de recordar que les habían pedido que no fueran armados al templo.

—¿Qué están haciendo ellos aquí? —inquirió Vereesa con suma brusquedad, aunque acto seguido ella misma se contestó—. Bueno, Garrosh sigue siendo su antiguo líder. Debería haber supuesto que querrían estar presentes cuando se anunciara su destino.

Jaina se volvió en su asiento y alzó la vista hacia el patio del templo. Entonces, se le desorbitaron un tanto los ojos. Sintió un nudo en el estómago al recordar la táctica que Garrosh había empleado en Theramore —reunir a los mejores estrategas de la Alianza en un solo lugar—, ya que, al parecer, no solo se había invitado a los líderes de la Alianza, sino también a los de la Horda.

Vol’jin, el troll de piel azul, se encontraba ahí, por supuesto; era la contrapartida de Varian, pues era el nuevo Jefe de Guerra. ¿Acaso sería mejor que un orco? ¿O peor? ¿Acaso importaba? Ni siquiera el ex jefe de Guerra Thrall, que ahora se hacía llamar Go’el (su nombre de pila), había sido capaz de calmar la sed de sangre de la Horda, a pesar de lo mucho que lo había intentado.

Justo cuando estaba pensando en él, sus ojos se posaron sobre el chamán orco. Junto a Go’el se hallaba su compañera, Aggra, que portaba algo pequeño en sus brazos.

Al hijo de Go’el.

Jaina había oído que Go’el había sido padre, y también corría el rumor de que Aggra volvía a estar embarazada. En su día, habían invitado a Jaina a sostener ese bebé en sus brazos, pero ese tiempo había pasado. Go’el estaba escrutando esa multitud cuando sus ojos azules se cruzaron con la mirada también azul de Jaina.

Una oleada de ira y la tristeza se apoderaron de la archimaga, que apartó la mirada.

Jaina se giró para buscar una distracción y centró su atención en el más alto de los líderes, en Baine Bloodhoof. Aparte de Go’el, Baine era el único líder de la Horda que Jaina había sido capaz de considerar un amigo. Ella lo había ayudado cuando Garrosh asesinó a su padre, al tauren Cairne, y lo había apoyado cuando los tauren Grimtotem decidieron atacar Thunder Bluff. Baine le había devuelto el favor cuando la había advertido del inminente ataque a Theramore. Claro que Baine había dado por supuesto que se trataría de una batalla normal, ya que no sabía nada sobre el Iris de Enfoque robado ni del uso letal que Garrosh pensaba darle. En opinión de Jaina, las deudas entre ambos estaban saldadas.

También divisó a unos cuantos otros; a Lor’themar Theron de los elfos de sangre, con quien había negociado recientemente, aunque obligada y bajo presión, y al repulsivo príncipe mercante Jastor Gallywix, quien llevaba la misma chistera ridícula de siempre.

Un pandaren ataviado con ropa de monje les hizo una reverencia a modo de saludo cuando bajaron del carro.

—Honorables invitados —dijo—, sean bienvenidos. Aquí solo reinará la paz mientras atiendan a la primera reunión en la que participarán por primera vez todos los líderes de Azeroth. ¿Prometen que se someterán a esta sencilla norma?

—Creía que habíamos venido hasta aquí para ser testigos de cómo se imparte justicia —replicó Vereesa, pero entonces Jaina la agarró del brazo. Vereesa se mordió los labios y no dijo nada. Desde el asesinato de su marido, Vereesa se había refugiado en Jaina, ya que la líder del Kirin Tor era la única que parecía ser capaz de calmar las turbulentas aguas de su odio a la Horda.

—Espero que entiendas que no puede haber paz en nuestros corazones —le dijo Jaina al monje—. Ahí solo hay dolor, furia y deseo de justicia, tal y como ha señalado Vereesa. Sin embargo, yo por mi parte me comprometo a no emplear la violencia.

Pese a que los otros tres que la acompañaban respondieron del mismo modo, Vereesa pronunció esas palabras con dificultad. A continuación, el pandaren los invitó a seguirlo por ese puente de cuerda hasta la descomunal escalera central que llevaba al coliseo.

Aysa Cloudsinger, una de las primeras pandaren que se había unido a la Alianza, se encontraba en la entrada del templo. Los recién llegados le hicieron una reverencia, y sus ojos centellearon al verlos. Aysa se había mudado a Stormwind, y Jaina no había vuelto a ver a esa monja desde su llegada a esa ciudad hacía ya un tiempo.

—Sabía que vendrían —afirmó Aysa, que agachó la cabeza ante cada uno de ellos sucesivamente—. Gracias.

—Aysa —dijo Varian—. ¿Podrías explicamos qué está ocurriendo?

—Lo único que sé es que se ha pedido a las facciones más importantes de la Alianza y la Horda que vengan aquí en son de paz y que los Augustos Celestiales han tomado algún tipo de decisión —respondió—. Por favor, entren en el templo en silencio y quédense con sus compañeros ahí, en el centro. Los Celestiales llegarán en breve.

Su voz normalmente modulada sonó un tono más alto de lo habitual, revelando así que la tensión y la preocupación la dominaban. Aunque eso no era una buena señal, todos asintieron.

En silencio, Jaina preguntó:

—¿Ji está aquí?

Esto desconcentró la caminata de Aysa. Ji Firepaw fue el primer pandaren en aliarse con la Horda, mientras que Aysa había elegido a la Alianza. Esto los había dividido hasta que Garrosh se volvió contra Ji, quien había estado cerca de la ejecución. Que ambos se preocupaban por el otro era obvio, pero lo que pasaría entre ellos no estaba tan claro.

—Él está aquí. —dijo Aysa—. Por ahora, estamos juntos, y el tiempo que pasamos juntos es precioso.

No dijo nada más y Jaina no la presionó. La archimaga esperaba que tal vez este juicio hiciera que Ji se diera cuenta que la Horda era el lado equivocado que había elegido.

El Templo del Tigre Blanco era enorme. Aquí, en la zona cavernosa situada en el centro del templo, entrenaban los monjes pandaren, quienes practicaban con suma disciplina ante la atenta mirada de Xuen hasta convertirse en maestros de ese peculiar arte marcial. A pesar de su tamaño, el templo no transmitía ninguna sensación de opresión. Tal vez eso se debiera a que, aunque en ese sitio había una gran cantidad de asientos, nadie iba ahí para presenciar unos combates a muerte, sino unas exhibiciones de destreza y habilidad.

La entrada se hallaba al sur, justo frente a un trono enorme flanqueado por unos braseros en la zona de los asientos. Había banderas al oeste, norte y este. En el suelo había un anillo compuesto de seis grandes círculos de bronce ornamentados independientes unos de otros y un séptimo más grande y un poco apartado del resto en el centro. La iluminación provenía de las llamas de unos faroles que pendían del techo, y de la luz del día que atravesaba las puertas abiertas de la entrada.

Ahí, delante de ellos, había más gente. El hijo de Varian, el príncipe Anduin, se acercó dando grandes zancadas hacia ellos y le dio un abrazo a su padre. Jaina se sintió feliz al comprobar con qué afecto y serenidad interactuaban ambos, sobre todo teniendo en cuenta lo tensa que había sido su relación hasta no hacía mucho. Anduin, que llevaba en estas tierras mucho más que cualquiera de ellos, se llevó un dedo a los labios y ambos asintieron.

En silencio, tal y como se les acababa de pedir, se unieron a la suma sacerdotisa Tyrande Whisperwind, que representaba a los elfos de la noche, y a la general de los centinelas, Shandris Feathermoon. Velen, el anciano líder de los extraños draenei, agachó la cabeza a modo de saludo, y Anduin se aproximó a su maestro y amigo mientras los demás ocupaban sus respectivos sitios. Genn Greymane, rey de Gilneas, entró acompañado del Manitas Mayor Gelbin Mekkatorque, a quienes seguían Moira, Muradin Bronzebeard y Falstad Wildhammer, el triunvirato que hablaba en nombre de los reinos enanos.

Greymane había optado por su forma huargen, lo cual quería decir muchas cosas; quería indicar a la Horda que algunos de los miembros presentes de la Alianza entendían qué suponía estar en contacto con el lado más primigenio de la naturaleza y, al mismo tiempo, mostraba a sus compañeros de la Alianza que no se avergonzaba de ello.

Los representantes de la Horda se habían reunido en la parte derecha de esa sala, al contemplarlos, Jaina frunció los labios. Ahora, Go’el se hallaba acompañado por su viejo amigo y consejero Eitrigg y otro anciano orco —uno que Jaina recordaba—. Varok Saurfang, cuyo hijo Dranosh había caído en la Puerta de Cólera. El Rey Lich había reanimado el cadáver de Dranosh, quien volvió a caer —y sufrió una muerte de verdad en esa ocasión—. Daba la sensación de que Varok era un guerrero curtido en mil batallas, pero también era un padre que aún lloraba la muerte de un noble hijo.

Entonces, Jaina oyó a alguien respirar hondo a su lado y miró hacia el lugar al que miraba Vereesa. Una figura esbelta y elegante acababa de entrar en el Templo del Tigre Blanco. A primera vista, parecía una arquera elfa, pero su piel tenía una tonalidad pálida entre azul y gris, y sus ojos eran de un color rojo brillante, como si fueran la única vía de escape con la que contaba un fuego inextinguible.

Sylvanas Windrunner, la Dama Oscura de los Renegados y hermana de Vereesa, acababa de llegar.

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