Crímenes de Guerra – Capítulo Dos

Crímenes de GuerraBaine Bloodhoof consideraba que solo Mulgore era capaz de superar a los pandaren en su capacidad para hacerle sentir una honda paz en su corazón y su mente. Como guerrero que era, respetaba la habilidad y destreza de la que hacían gala aquellos que luchaban en el templo de Xuen. Aun así, la ansiedad lo dominaba.

Se podía afirmar que la primera gran fechoría que Garrosh había cometido contra cualquier miembro de la Horda había tenido como objetivo a los tauren; había matado al amado padre de Baine —al gran Cairne Bloodhoof, a quien tanto se le extrañaba—. Baine no albergaba ninguna duda de que Cairne habría salido victorioso de ese combate mano a mano si se hubiera librado de una manera justa, como se suponía que se debía combatir en el mak’gora. Cairne no había caído ante un rival superior, sino que había muerto envenenado, ya que la hoja del arma de Garrosh había sido embadurnada con esa sustancia sin que este lo supiera.

Después, Garrosh había descubierto que Magatha, la chamán que había “bendecido” esa hoja, conspiraba contra su propio pueblo, y que nunca debería haber confiado en una tauren que ni recordaba ni honraba sus raíces. De este modo tan traicionero, había sido asesinado el mejor de los tauren. Si ben Garrosh no había sido responsable de ese acto tan traicionero en particular, se había dejado llevar por el lado tenebroso, de un modo tal vez inevitable, y había sido capaz de cometer esas otras atrocidades que nadie podía negar. En primer lugar, Theramore había sido aniquilada, un recuerdo que todavía atormentaba a Baine en sueños, y después el Valle de la Flor Eterna, lo cual Baine se lo tomó como una afrenta personal, dado su profundo amor y respeto por la Madre Tierra.

Los titanes habían creado ese valle; un bello lugar tan hermoso y exuberante que prácticamente era imposible de creer, donde todo crecía en paz y armonía. El valle había sido aislado del resto del mundo y custodiado por unos atentos guardianes tras la derrota de la antigua raza mogu, aunque recientemente tanto la Alianza como la Horda se habían ganado el derecho a entrar en él. Baine reflexionó amargamente que había hecho falta muy poco tiempo para que Garrosh Hellscream, arrastrado por sus ansias de poder, destruyera algo que había existido durante incontables milenios. Después de todo, las flores del valle no resultaron ser “eternas”. Ya no estaban, solo eran un recuerdo, aunque una nueva vida —y una nueva esperanza— brotaba en el valle tras la derrota definitiva del sha.

Baine confiaba en los Celestiales. Creía en su sabiduría y ecuanimidad.

Entonces, ¿por qué se hallaba tan inquieto?

—En su día, le prometí a Garrosh que sabría perfectamente quién iba a disparar la flecha que le atravesaría su tenebroso corazón. Sé por qué te muerdes los colmillos de impaciencia, o más bien te los morderías si los tuvieras.

Baine se sobresaltó. Vol’jin se le había acercado de un modo tan silencioso que el tauren no lo había oído. El troll se hallaba ahora junto a él.

—Estás en lo cierto —replicó Baine—. Me resulta muy difícil conciliar las enseñanzas que me impartió mi padre sobre el honor y la justicia con lo que deseo que suceda hoy aquí.

Vol’jin asintió.

—Como suelen decir en la Fiesta de la Cerveza, ponte a la cola —comentó con una risita ahogada—. Pero si queremos empezar de cero, debemos hacer lo que dice Varian. Garrosh ya ha hecho bastante daño estando vivo. No queremos que se convierta en un mártir para el resto de orcos que justifique que sigan cometiendo maldades. Da igual lo que decidan los Celestiales, nadie podrá cuestionar su decisión.

Baine lanzó una mirada fugaz a Go’el, Eitrigg y Varok Saurfang. Aggra ya no sostenía a su hijo, Durak, sino que se encontraba en brazos de Go’el, quien lo sujetaba con mucha seguridad y calma. Baine, que había perdido a su padre por culpa de un innoble acto violento, sabía que Go’el estaba decidido a participar activamente en la educación de su hijo. Cairne había estado siempre muy presente en la vida de Baine y al ver esa estampa este se sintió conmovido de un modo inesperado. Padres e hijos… Grommash y Garrosh, Cairne y Baine, Go’el y Durak, Arthas y Terenas Menethil, Varosk y Dranosh Saurfang. Sin lugar a dudas, este era el modo en que la Madre Tierra les recordaba ciertos vínculos muy profundos capaces de lo mejor y de lo peor.

—Espero que tengas razón —le dijo Baine a Vol’jin—. Go’el fue quien le dio ese cargo a Garrosh, y Saurfang le guarda mucho rencor.

Vol’jin se encogió de hombros.

—Ellos son orcos de honor. Sí, lo son. Es ella la que me preocupa. Nadie conoce el odio mejor que la Dama Oscura. Y le encanta que la venganza se sirva en frío.

Baine contempló a Sylvanas, quien mostraba un porte orgulloso y se hallaba sola. La mayoría de los líderes habían venido acompañados por otros miembros destacados de sus respectivas razas; él mismo había venido acompañado por Kador Cloudsong, el chamán que tanto lo había apoyado en tiempos muy siniestros, y Perith Stormhoof, su Caminamillas de mayor confianza. Rara vez se veía a Sylvanas sin la compañía de sus Val’kyr, esos seres no-muertos que en su día servían a Arthas y ahora le servían —y habían salvado— a ella. Pero al parecer, para este evento al menos, Sylvanas prefería no estar acompañada, era como si su propia imponente e iracunda presencia fuera a ser más que suficiente como para condenar a muerte a Garrosh sin la ayuda ni el permiso de nadie.

El tauren recorrió con la mirada la zona donde se habían reunido los líderes de la Alianza. El joven Anduin y Lady Jaina, con quien en su día se había sentado —ese recuerdo le hizo esbozar una triste sonrisa— a compartir una taza de té. Había alguien junto a ella que le resultaba extrañamente familiar, aunque en esta ocasión se trataba de una elfa noble viva. Debía de ser Vereesa Windrunner —la hermana de Sylvanas y de la desaparecida Alleria—.

Al parecer, muchas heridas antiguas se estaban abriendo hoy ahí. En ese instante, mientras Baine deseaba que los Celestiales se presentaran para anunciar su decisión, el pelaje de los brazos se le puso de punta y, de repente, notó que un cierto gozo le invadía el corazón.

Cuatro siluetas aparecieron en la puerta de entrada, cuyas formas destacaban al contraluz. En cuanto se adentraron a grandes zancadas en esa zona, Baine se percató de que, a pesar de que tanto su corazón como su espíritu reconocían que esos seres eran los Augustos Celestiales, habían cambiado de aspecto totalmente. Con anterioridad, siempre los había visto con forma de animal, pero hoy, al parecer, habían decidido adoptar otras distintas.

Chi-Ji, la Grulla Roja, el inspirador de esperanza, había asumido la forma de un elfo de sangre esbelto y delgado. Tenía una larga melena pelirroja y lo que Baine en un principio había tomado por una capa dorada resultaron ser sus alas plegadas. Xuen, el Tigre Blanco, a quien pertenecía este templo, encamaba la fuerza bajo control y la agilidad de movimientos en un cuerpo de elfo de la noche de color azul pálido, cuyo pelo y piel mostraban franjas negras y blancas. Baine se sintió honrado de poder ser testigo de cómo el indómito Buey Negro, Niuzao, había escogido presentarse ante los ojos mortales como un yaungol, el cual giraba su cabeza de pelo blanco mientras escrutaba a los visitantes con esos radiantes ojos azules y reverberaban los pasos que daba con esos relucientes cascos. La sabia Serpiente Jade, Yu’lon, se había encamado en la forma más peculiar, o eso le pareció a Baine en un principio, en un cachorro pandaren. Mientras cavilaba al respecto, la mirada magenta de Yu’lon se cruzó con la suya y le sonrió. El tauren se dio cuenta de que eso había sido una decisión sabia, pues con ese aspecto tan dulce y hermoso lograría que todos quisieran acercarse a ella.

Los cuatro Celestiales se dirigieron al norte, donde Xue normalmente se sentaba para celebrar audiencias. Baine sintió de inmediato una serenidad y una claridad que había echado mucho de menos. Exhaló y cerró los ojos brevemente para mostrarles gratitud por su mera presencia.

Todo el mundo permanecía quieto, esperando con ansia alguna palabra suya.

Sin embargo, los Celestiales no hablaron, sino que se volvieron para contemplar expectantes una pequeña figura que acababa de entrar en el templo.

Portaba una armadura de cuero oscuro y llevaba la imagen de un tigre blanco rugiendo en el hombro derecho. Gracias al amplio sombrero que vestía y al pañuelo rojo que le tapaba la parte inferior de la cara, habría resultado irreconocible, pero todos los presentes lo estaban esperando. Era Taran Zhu, el líder de los monjes del Shadopan, quien hizo una reverencia un tanto torpe e incluso esbozó un gesto de dolor. Acto seguido, se aproximó al círculo central con unas ágiles zancadas impropias de su edad y de su engañosa robustez. Volvió a agacharse; esta vez, para hacer una reverencia ante cada uno de esos seres tan silenciosos y poderosos.

A continuación, observó a los ahí reunidos.

—Bienvenidos —dijo—. Hoy voy a hablar en nombre de los Celestiales. De su parte, les aseguro que los recibimos agradecidos y con suma humildad. Les pido que se tomen un momento para ser conscientes de este histórico momento, pues esto es algo que nunca se ha visto en este mundo. Todos aquellos que sirven a la Horda como líderes y todos aquellos que hablan en representación de los pueblos de la Alianza se han reunido aquí hoy. Ninguno de ustedes porta arma alguna, y he dado instrucciones de que se levante un campo de atenuación para evitar cualquier uso inadecuado de las artes mágicas… incluso poder invocar a lo que ustedes denominan la Luz. Todos están aquí para alcanzar un objetivo común, al igual que se han unido en otras ocasiones para alcanzar unas metas aún mayores. Por favor… durante unos breves instantes, contemplen a sus queridos amigos y a sus honorables enemigos.

Baine miró primero a Anduin, cuyo rostro sabía que no estaría dominado por el odio. Acto seguido, recorrió con la mirada los severos rostros de los enanos y el semblante peludo de Genn Greymane. Daba la impresión de que Vereesa estuviera apretando los dientes con fuerza, así como sus pequeños pero fuertes puños, y se preguntó si Jaina era consciente que su tristeza y resentimiento eran fácilmente perceptibles. A medida que ese minuto de reflexión se fue prolongando, Baine se percató de que la tensión fue abandonando algunos rostros, aunque otros parecieron poseídos aún más por la impaciencia. En ambos bandos.

Entonces, Taran Zhu prosiguió hablando:

—Bajo nuestros pies, en una prisión muy bien custodiada, se encuentra aquel cuyo destino han venido a conocer, ahí se halla Garrosh Hellscream.

Baine tragó saliva con impaciencia, a la espera de sus siguientes palabras. Podía notar que la tensión dominaba el ambiente y podía oler la ira, el miedo y la ansiedad. Pero no se podía presionar al sereno monje para que fuera más rápido.

—Se les ha dicho que el destino de Garrosh Hellscream se decidiría hoy aquí. Y eso es totalmente cierto. Los Celestiales no mienten. Pero tampoco se lo han contado todo. Tras mucho discutir y meditar, han llegado a la conclusión de que Hellscream no debería ser juzgado por ellos únicamente. Todos han sufrido mucho por su culpa, no solo Pandaria, aunque es innegable que sus habitantes también han sufrido un calvario. —Se llevó una zarpa al vientre, donde Gorehowl le había abierto una gran herida no hacía mucho tiempo—. Por tanto, se merecen poder decidir al respecto. No cabe duda de que es culpable; aun así, celebraremos un juicio justo y abierto para determinar su destino. En ese juicio participarán tanto la Horda como la Alianza e incluso cabrá la posibilidad de reducirle la condena e incluso de que se le conceda… la libertad.

Al instante, estalló un clamor ensordecedor.

Baine no sabía quién gritaba con más fuerza, la Horda o la Alianza.

—¿Un juicio? ¡Pero si alardeaba de lo que había hecho!

—¡Merece la muerte, ya que ha matado a muchos!

—¡Juzguemos a toda la Horda!

—¡Sabemos lo que ha hecho! ¡Todo el mundo lo sabe!

Xuen entornó los ojos levemente y alzó la voz; una voz tan cristalina como una campana y tan afilada como una espada.

—¡El silencio imperará en mi templo!

Lo obedecieron de inmediato. Se relajó e hizo un gesto de asentimiento para indicarle a Zhu que continuara.

—Los Augustos Celestiales están de acuerdo en que Garrosh Hellscream es culpable, pues ha cometido actos terribles y horrendos. Repito una vez más que nadie pone en entredicho esos crímenes. Sin embargo, lo que ahora debemos decidir es de qué manera se van a castigar esos crímenes. No se trata de si debe o no asumir la responsabilidad de esas atrocidades, sino de cómo castigarlo por ellas. Y la única manera de determinar su castigo es a través de un juicio. De este modo, ustedes, tanto la Horda como la Alianza, y todo aquel que tenga algo que decir, tendrá la oportunidad de ser escuchado.

—Aun así, los Celestiales seguirán siendo juez, jurado y verdugo, ¿verdad? — Estas palabras fueron pronunciadas por Lor’themar Theron. Baine no dudaba de que la capacidad de “cooperación” de ese elfo de sangre hubiera llegado a su límite.

—No, amigo Lor’themar —replicó Taran Zhu—. Los Celestiales, que son unos seres muy sabios y desean que se imparta justicia, están abiertos a otras opciones y se han ofrecido a hacer de jurado. Y yo me sentiré honrado de hacer las veces de fa’shua —de juez—. Conozco a muchos de los que ahora se hallan ante mí y he de decirles que de entre ustedes se elegirán a unos representantes de la Horda y la Alianza para que cumplan las funciones de defensa y acusación, tal y como exige la antigua ley pandaren.

—Es culpable… tú mismo lo has dicho —aseveró Vereesa—. Entonces, ¿cómo puede haber una defensa y una acusación?

—El defensor abogará por una sentencia más leve y el acusador, por supuesto, pedirá una más severa. Podrán elegir a quien quieran, pero la otra parte podrá ejercer el derecho de veto una sola vez.

—¡Yo veto todo este procedimiento por entero! —exclamó Genn Greymane—. Hellscream envió a la Horda a masacrar a nuestro pueblo. Fue una terrible carnicería. Si vamos a aceptar que se celebre un juicio, hagamos uno de verdad y juzguemos a todos los líderes de la Horda, ya que en el mejor de los casos tal vez no hicieron nada por impedirlo y en el peor se sumaron a la masacre o… —en ese instante, lanzó una mirada teñida de odio a Sylvanas—¡Incluso instigaron sus propios ataques!

Un clamor plagado de furia resonó con fuerza apoyando su propuesta. Baine lamentó ver que Jaina era una de las que más gritaban.

—Eso podría llevamos bastante tiempo —afirmó Taran Zhu con suma calma—, y no todos tenemos unas vidas muy largas.

—La Alianza no debería participar en esto para nada —replicó Gallywix con extremada brusquedad—. Garrosh debería ser juzgado solo por los de su bando, para cercioramos de que compense como es debido a aquellos de los suyos a los que ha hecho tanto mal.

Mekkatorque se echó a reír de un modo muy irónico.

—¡Espero que te refieras a un compensación monetaria!

—Sí, esa sería una forma aceptable de compensación —contestó Gallywix.

Taran Zhu suspiró y alzó ambas zarpas para pedir silencio.

—Los líderes de la Horda y la Alianza deben decidirse ya. ¿La propuesta que les he presentado te parece aceptable, Jefe de Guerra Vol’jin? ¿Y a ti rey Varían Wrynn?

El troll y el humano se miraron por un momento. Entonces, Vol’jin asintió.

—Los Celestiales parecen tener una mejor perspectiva sobre este tipo de cosas que nosotros, que hemos participado directamente en ellas; además, sé que tú obrarás de un modo honorable, Taran Zhu. Prefiero que mi voz se escuche y no limitarme simplemente a aceptar una decisión. La Horda acepta la propuesta.

—Al igual que la Alianza —dijo Varian de inmediato.

—Se los llevará a un lugar donde podrán elegir a su defensor y acusador — replicó Taran Zhu—. Recuerden: cada bando podrá ejercer la opción de veto una sola vez. Elijan bien y sabiamente.

Ji Firepaw, que había permanecido hasta ahora al margen, se aproximó a Vol’jin y le hizo una profunda reverencia.

—Los llevaré a uno de los templos laterales, donde podrán disfrutar de los braseros. —Una amplia sonrisa se dibujó en su peluda cara a la vez que le centelleaban los ojos—. Y de unos refrigerios.

El pandaren cumplió su palabra. Quince minutos después, Vol’jin, Go’el, Baine, Eitrigg, Varok Saurfang, Sylvanas, Lor’themar Theron y Jastor Gallywix estaba sentados sobre una alfombra que, si bien no era muy hermosa, los protegía del frío de ese suelo de piedra. Les dieron carne y bebida, y los prometidos braseros les proporcionaron calor.

Vol’jin asintió al ver la comida.

—Hablaremos con más inteligencia cuando tengamos la tripa llena—aseveró.

Dieron buena cuenta de la comida que, como era costumbre en Pandaria, vino acompañada de una gran cantidad de cerveza, por supuesto. En cuanto todo el mundo acabó, Vol’jin no perdió el tiempo y fue al grano.

—Hermanos orcos, ya saben que los respeto mucho. Pero creo que si queremos que un orco defienda a Garrosh, tengan por seguro que la Alianza nos vetará.

Go’el asintió.

—Resulta tremendamente lamentable que Garrosh haya caído tan bajo y haya arrastrado consigo toda la reputación de una raza. Nada de lo que pueda argumentar un defensor orco será tenido en serio, para bien o para mal.

Baine se mostró en desacuerdo.

—Al contrario, creo que sería bueno que todo el mundo viera que un orco es capaz de comportarse de un modo honorable en un acontecimiento tan público. Eitrigg es conocido por sus modales serenos y su gran inteligencia.

Pero el anciano orco ya estaba agitando de lado a lado esa cabeza donde residía esa gran inteligencia antes de que Baine siquiera hubiera acabado de hablar.

—Esas palabras me halagan, Gran Jefe, pero Go’el tiene razón. Yo… y él y Saurfang… podremos tener la oportunidad de hablar si así lo deseamos. Taran Zhu nos lo ha prometido, y yo le creo.

—Yo defenderé a Garrosh —afirmó Sylvanas—. Todo el mundo sabe que él y yo no coincidimos en nada. La Alianza nunca podrá acusarme de ser muy blanda con él.

—Es cierto que como miembro de la acusación no tendría precio—señaló Vol’jin—. Pero estamos buscando un defensor.

—Vamos, Jefe de Guerra —replicó Sylvanas—. ¡Pero si aquí todos queremos ver cómo Garrosh acaba en manos del verdugo! ¡Y lo sabes bien! Tú mismo dijiste una vez…

—Sé lo que dije mucho mejor que tú, Sylvanas —le espetó Vol’jin, con una voz muy baja y amenazadora—. A ti no te abandonaron degollada porque creían que estabas muerta, a mí sí. Sé que todos nosotros hemos sufrido bajo su mandato. Pero también sé que los Celestiales pretenden que se celebre un juicio lo más justo posible, dentro de las limitaciones que tenemos como seres mortales para ser ecuánimes. Creo que solo puede haber una elección adecuada para desempeñar ese papel. Alguien respetado tanto por la Horda como por la Alianza, que no tiene en mucha estima a Garrosh, pero que nunca va a mentir y siempre va a hacerlo lo mejor posible.

Se volvió hacia Baine.

Durante un inocente segundo, Baine pensó que el troll, simplemente, se había girado hacia él para pedirle su opinión.

Entonces, se dio cuenta de lo que ocurría en realidad.

—¿Yo? —vociferó—. ¡Por la Madre Tierra, pero si Garrosh asesinó a mi padre!

—Acabas de dejar claro por qué el Jefe de Guerra tiene razón —señaló Lor’themar—. A pesar de todo el mal que te ha hecho Garrosh a nivel personal, has seguido siendo leal a la Horda hasta que llegó un momento en que creíste que él también le estaba haciendo daño a la Horda. Además, la Alianza cuenta con multitud de espías, y tienes una buena relación con lady Proudmoore.

Baine se giró hacia Go’el y, con la mirada, le imploró al orco que interviniera. Go’el, sin embargo, sonrió y dijo:

—Los tauren siempre han sido un pilar de la Horda. Si alguien puede defender a Garrosh y ser escuchado con atención, ese serás tú, amigo mío.

—No quiero defenderlo… Quiero lo mismo que ustedes —replicó Baine violentamente—. Garrosh se merece morir cien veces.

—Oblígalos a escucharte —dijo alguien que había permanecido callado hasta entonces. Se trataba de una voz grave y fuerte, a pesar de la edad, que estaba teñida por un agudo dolor—. Echarle en cara toda una lista de atrocidades a Garrosh no tiene ningún mérito —aseveró Saurfang—. El verdadero reto consiste en lograr que el juez y el jurado presten atención de verdad a tus argumentos, en que luego reflexionen con serenidad al respecto, a pesar de que todos saben cuánto sufres por dentro al desempeñar esa labor… solo tú puedes hacer eso, Baine Bloodhoof.

—¡Soy un guerrero, no un sacerdote! Yo no me lleno la boca con palabras zalameras y agradables ni intento conmover a la gente con ellas.

—Garrosh también es un guerrero —replicó Go’el—. Para bien o para mal, eres el representante más justo que podemos elegir.

Baine apretó los dientes con fuerza y se volvió hacia Vol’jin.

—Si pude ser leal a la horda y a mi Jefe de Guerra cuando ese título lo ostentaba Garrosh, no cabe duda de que seré capaz de serte leal a ti, quien siempre has sido digno de respeto, Vol’jin.

—No es una orden —le corrigió Vol’jin, a la vez que apoyaba una mano sobre el hombro del tauren—. En este asunto, debes hacer lo que te dicte el corazón.

* * *

Las cosas no estaban yendo como había deseado Sylvanas Windrunner. Ni por asomo.

En primer lugar, había esperado —al igual que todos los miembros de la Horda, incluso, obviamente, el piadoso Go’el— que los hubieran reunido aquí para decidir cuál de ellos había sido elegido para realizar la codiciada tarea de matar a Garrosh. Lo preferible habría sido hacerlo lentamente, al mismo tiempo que se le infligía mucho dolor. Varian Wrynn ya había hecho que esa ejecución tan gozosa se demorara mucho tiempo, y tener que oír que los Celestiales querían celebrar un juicio con las máximas garantías era ridículo cuando incluso ellos y Taran Zhu admitían que Garrosh era culpable. El mismo concepto de “justicia” y de “no obrar impulsado por la venganza” era demasiado nauseabundo y no merecía la pena malgastar tanto tiempo ni esfuerzos por defenderlo.

Sylvanas reflexionó y concluyó que lo único bueno que tenía todo esto era que, al menos, iba a tener la oportunidad de hablar y contar su verdad sobre la montaña de evidencias que había en contra de Garrosh.

No esperaba que la eligieran como defensora, puesto que sabía que Vol’jin tenía razón cuando había dicho que si la Horda la hubiera escogido, la Alianza la habría vetado por puro odio, nada más.

Pero ¿Baine…?

¿El “guerrero” más plácido que jamás había conocido? ¿Ese guerrero que pertenecía a una raza generosa y amable?

Era toda una locura. Baine tenía incluso más razones que ella para desear la muerte de Garrosh. Ese orco debería haber sido el Arthas de Baine; no obstante, era consciente de que si el tauren aceptaba, sería capaz de exponer sus argumentos tan bien que todo el mundo acabaría queriendo regalar unas flores a Garrosh en vez de querer matarlo.

Baine agachó las orejas a la vez que suspiraba muy hondo.

—Asumiré esta tarea —dijo—, aunque no tengo ni idea de cómo llevarla a cabo.

Sylvanas tuvo que hacer un gran esfuerzo para que sus labios no se curvaran para conformar una mueca de desdén.

En ese instante, Ji asomó la cabeza.

—La Alianza ya ha escogido a su acusador. Si ustedes también están preparados, podemos volver a reunimos en el lugar de antes.

Lo siguieron por ese camino cubierto de una escasa nieve. Los representantes de la Alianza ya se encontraban ahí y se volvieron para observar a sus contrapartidas de la Horda. Taran Zhu esperó a que todos llegaran y, entonces, se dirigió a ambos grupos:

—Cada bando ha tomado una decisión. Jefe de Guerra Vol’jin, ¿a quién has seleccionado para defender a Garrosh Hellscream?

Defender a Garrosh Hellscream. Esas palabras eran una ofensa en sí mismas.

—Hemos escogido Baine Bloodhoof del pueblo tauren —contestó Vol’jin.

—¿La Alianza tiene alguna objeción?

Varian giró su cabeza de pelo moreno para mirar a sus compañeros. Nadie dijo nada; de hecho, tal y como Vol’jin había previsto, muchos miembros de la Alianza parecían satisfechos. Para sorpresa de Sylvanas, incluso el hijo de Varian esbozaba una pequeña sonrisa.

—La Alianza acepta la elección de Baine Bloodhoof, pues sabemos que es honorable —respondió Varían.

Taran Zhu asintió una sola vez.

—Rey Varian, ¿a quién ha escogido la Alianza para hacer las veces de acusador de Garrosh Hellscream?

—Yo mismo desempeñaré esa tarea —contestó Varian.

—¡Me opongo totalmente! —exclamó Sylvanas—. ¡No vamos a aceptar ninguna imposición más por tu parte!

No estaba sola en sus protestas; otras voces airadas se sumaron y Taran Zhu se vio obligado a gritar para que pudieran escucharlo.

—¡Haya paz, haya paz! —A pesar de que pedía paz, su voz resultaba tremendamente imponente, de modo que los gritos pasaron a ser susurros hasta que, al final, menguaron del todo—. Jefe de Guerra Vol’jin, ¿vas a ejercer tu derecho a rechazar al rey Varian como acusador?

Varian contaba con pocos amigos en la Horda. Muchos desconfiaban de su aparente cambio de personalidad y, a pesar de que había renunciado a ocupar Orgrimmar, solo se había ganado unos agradecimientos reticentes. Los humanos eran el enemigo, siempre lo serían.

Sylvanas se percató de que el desagrado con el que la Horda había aceptado que se celebrara el juicio podría transformarse en algo mucho peor si tenían que ser testigos de cómo Varian ejercía de acusador. Daba la impresión de que Vol’jin también era consciente de esto.

—Sí, Lord Taran Zhu. Vamos a ejercer nuestro derecho de veto —respondió.

Lo más extraño de todo fue que la Alianza no intentó convencerlos de lo contrario. A Sylvanas le llamó mucho la atención esta reacción y, en cuanto el nombre del nuevo acusador fue pronunciado, se dio cuenta de que todo había sido una estratagema perfectamente calculada.

—Entonces, escogemos como acusadora a la suma sacerdotisa Tyrande Whisperwind —dijo Varian con suma calma.

Tyrande Whisperwind pertenecía a la raza que más odiaba a los orcos, incluso más que los humanos, pues era una elfa de la noche, lo cual era normal ya que amaban la naturaleza y los orcos solían arrasarla para levantar sus edificios y obtener materiales con los que fabricar sus armas. Sylvanas se sintió ultrajada en un primer momento, pero luego se preguntó por un instante si realmente esa era una elección tan mala como parecía a simple vista. La mayoría de la Horda habría preferido acusar a Garrosh antes que defenderlo, tal y como había demostrado que Baine hubiera aceptado ser el defensor a regañadientes.

Sin embargo, mientras Tyrande recorría con su reluciente mirada a la Horda, Sylvanas pudo ver que no simpatizaba para nada con ellos. Además, a pesar de que Tyrande era una sacerdotisa, había participado en un buen número de batallas.

Aunque Taran Zhu continuó hablando y les explicó que la ley pandaren imponía cuál iba a ser el procedimiento que iba a regir el juicio, la Reina alma en pena hizo oídos sordos.

—Bien jugado, miembros de la Alianza —murmuró en el idioma que había sido en su día su lengua materna.

—Presentaron a Varian con la única intención de que lo vetáramos, para que pudieran poner en su lugar a alguien todavía más decidida a acabar con Garrosh, por si acaso alguno de nosotros albergaba todavía el más mínimo aprecio por él en su corazón —respondió alguien en el mismo idioma—. Creo que aún no comprenden que lo odiamos tanto como ellos.

Sylvanas posó su mirada sobre Lor’themar y arqueó una ceja. El líder sin’dorei siempre se había mostrado muy educado, aunque también frío y resentido, siempre que Sylvanas había hecho algún intento de aproximación para forjar una alianza, siempre había mantenido su apreciada dignidad incluso cuando las circunstancias le imponían lo contrario. ¿Acaso esta conversación en thalassiano era una señal de que había cambiado de actitud? ¿Tal vez estaba dolido porque lo habían ignorado a la hora de elegir un nuevo líder para la Horda?

—Ella no le tiene ningún cariño a Garrosh, precisamente —observó Sylvanas.

—Tampoco a la Horda —replicó Lor’themar—. Me pregunto si Vol’jin no se va a arrepentir de no haber aceptado a Varian cuando tuvo la oportunidad. Supongo que tendremos que esperar y observar.

—Como siempre nos toca hacer a nosotros —apostilló Sylvanas, quien tenía curiosidad por saber cómo iba a responder ante esa señal de camaradería que le acababa de enviar. Al parecer, no la oyó, ya que se limitó a hacer una reverencia ante alguien del bando de la Alianza mientras los diversos representantes desfilaban para marcharse. Sylvanas se giró para ver a quién había saludado.

Por supuesto… Vereesa y Lor’themar se habían conocido recientemente. El trato cortés que le había dispensado su hermana al líder de los elfos de sangre había sorprendido a Sylvanas. Y la sorprendió aún más que, tras saludar a Lor’themar, Vereesa clavó sus ojos en los de Sylvanas durante un largo instante. Acto seguido, apartó la mirada.

Era la primera vez que las hermanas Windrunner —dos de ellas, en todo caso— se veían desde hacía años. Lo normal habría sido que

Vereesa se hubiera emocionado al volver a ver a Sylvanas. Sin embargo, en el rostro de Vereesa no había ni amargura ni tristeza.

Solo una determinación siniestra y una especie de… ¿satisfacción muy peculiar?

Sylvanas no tenía ni idea por qué.

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