Crímenes de Guerra – Prólogo

Crímenes de GuerraDraenor.

La tierra natal de los orcos y, durante mucho tiempo, el único hogar que Garrosh Hellscream había conocido. Había nacido ahí, en Nagrand, la parte más hermosa, más verde de ese mundo. Ahí, había padecido la enfermedad y había sufrido una gran vergüenza por culpa de los actos de su padre, el legendario Grommash Hellscream. Cuando Draenor sucumbió a la magia demoníaca, Garrosh le había echado la culpa a esa leyenda. Se había sentido avergonzado de portar la sangre Hellscream hasta que Thrall, el Jefe de Guerra de la Horda, le había demostrado a Garrosh que aunque Grommash podría haber sido el primero en aceptar esa maldición, el anciano Hellscream había dado la vida para ponerle punto final.

Draenor. Garrosh no había vuelto por allí desde que se había marchado, henchido por las llamas del orgullo y un intenso afecto por la Horda de Azeroth, para defender su nuevo hogar de los horrores del Rey Lich.

Ahora, al parecer, había regresado.

Pero este mundo no era como lo recordaba, repleto de energía vil, con cada vez menos criaturas salvajes y enfermo, muy enfermo. No, este era el mundo tal y como era cuando él era niño, y era muy hermoso.

Por un momento, Garrosh permaneció inmóvil. Acto seguido, giró la cara hacia el sol y los tatuajes que decoraban su poderoso cuerpo, que habían sido los mismos que había llevado su padre, se estiraron. En sus pulmones entró un aire dulce y limpio. Parecía imposible… pero no lo era.

Y en este lugar aparentemente imposible, sucedió otra cosa impensable. Ante sus propios ojos, la imagen de su padre cobró forma de la nada envuelta en un fulgor. Grommash Hellscream sonreía… y su piel era marrón.

Garrosh se quedó boquiabierto… por un momento dejó de ser el Jefe de Guerra, el héroe de la Horda, un guerrero valeroso, y pasó a ser un joven que contemplaba a su difunto padre, fallecido hacía mucho tiempo, a quien había creído que no volvería a ver nunca más.

—¡Padre! —gritó y, al instante, cayó de rodillas, abrumado por esta visión—. He vuelto a casa. A nuestra tierra natal. ¡Perdóname por haber dudado de tu verdadera naturaleza!

Una mano se posó en su hombro. Garrosh alzó la mirada hacia el rostro de Grommash, al mismo tiempo que las palabras brotaban torpemente de su boca.

—He hecho tantas cosas en tu nombre… Mi propio nombre ha pasado a ser amado por la Horda y temido por la Alianza. ¿Acaso… acaso lo sabes? ¿Me puedes decir, padre… si estás orgulloso de mí?

Grommash Hellscream abrió la boca para hablar. De repente, se oyó un repiqueteo metálico que procedía de algún lugar, y Grommash se desvaneció.

Garrosh Hellscream se despertó muy alerta, como siempre hacía.

—Buenos días, Garrosh —dijo alguien de voz muy agradable—. Tienes el desayuno preparado. Por favor… retrocede.

Si sus carceleros hubieran esperado un momento más, Garrosh habría sabido la respuesta a la cuestión que tanto lo había estado atormentando y lo había impulsado a seguir adelante a lo largo de toda su vida. Ojalá pudiera asfixiar a esos enervantemente tranquilos pandaren por haberlo molestado.

Garrosh, ataviado con una túnica que contaba con una capucha, se tuvo que contentar con mostrar un semblante imperturbable al levantarse de esas pieles que utilizaba para dormir, se alejó lo máximo posible de las ventanas octogonales de marcos metálicos de la celda que relucían con un resplandor violeta y esperó. La maga, que vestía una larga túnica ornamentada con diseños florales, avanzó unos cuantos pasos e inició un encantamiento. Ese fulgor desapareció de las ventanas. Retrocedió y los otros dos pandaren —unos gemelos idénticos— se aproximaron. Un hermano vigilaba con suma atención a Garrosh mientras el segundo metía ahí dentro una comida compuesta de té y bollos variados a través una abertura situada a la altura del suelo. En cuanto el guardia se levantó, este le hizo una seña a Garrosh para indicarle que podía acercarse a coger la bandeja.

Pero el orco se quedó quieto.

—¿Cuándo me ejecutarán? —preguntó Garrosh sin rodeos.

—Tu destino todavía se está decidiendo —respondió uno de los gemelos.

Garrosh quiso lanzar esa comida contra los barrotes, o incluso habría preferido abalanzarse súbitamente sobre su torturador sonriente para aplastarle la tráquea con una sola de sus descomunales manos antes de que esa pequeña hembra pudiera reactivar el hechizo. Sin embargo, no hizo ninguna de las dos cosas, sino que, con suma calma y ejerciendo un gran control de sí mismo, se acercó a la pieles y se sentó sobre ellas.

La maga reactivó el campo violeta que lo encerraba ahí dentro y, a continuación, los tres pandaren se marcharon y ascendieron por la rampa. La puerta se cerró tras ellos con un estruendo metálico.

Tu destino todavía se está decidiendo.

En nombre de los ancestros, ¿qué quería decir eso?

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