El último guardián – Epílogo – Círculo cerrado

El intruso del futuro miró desde el balcón al que ya no era un joven del pasado.

—¿Cuánto hace que eres capaz de verme? —preguntó.

—He sentido fragmentos de ti todo el tiempo que he estado aquí —dijo Khadgar—. Desde el primer día. ¿Cuánto llevas ahí?

—Casi toda una noche —dijo el intruso de la túnica ajada—. Aquí está a punto de amanecer.

—Aquí también —dijo el antiguo aprendiz—. Quizá por eso podemos hablar. Eres una visión, pero diferente de cualquiera de las que yo haya visto antes. Podemos vernos y conversar. ¿Eres pasado o futuro?

—Futuro —dijo el intruso—. ¿Sabes quién soy?

—Tu forma es diferente de cuando te vi por última vez, eres más joven y más sereno, pero sí, te conozco —dijo Khadgar—. Hizo un gesto hacia los tres montones de tierra removida, dos grandes y uno pequeño—. Pensaba que acababa de enterrarte.

—Y lo has hecho —dijo el intruso—. Al menos has enterrado gran parte de lo que era peor en mí.

—Y ahora has vuelto. O volverás —dijo Khadgar—. Diferente, pero igual.

El intruso asintió.

—En muchos sentidos no estuve aquí la primera vez.

—Una pena —dijo Khadgar—. ¿Y qué eres en el futuro? ¿Magus? ¿Guardián? ¿Demonio?

—Ten la seguridad de que soy mejor de lo que era —dijo el intruso—. Estoy libre de la mancha de Sargeras gracias a tus actos de este día. Ahora puedo encargarme directamente del señor de la Legión Ardiente. Gracias. No puede haber éxito sin sacrificio.

—Sacrificio —dijo Khadgar, y la palabra supo amarga en su boca—. Dime esto entonces, fantasma del futuro. ¿Es cierto todo lo que hemos visto? ¿Caerá realmente Stormwind? ¿Matará Garona al rey Llane? ¿Debo morir, en esta carne avejentada, en alguna tierra engendrada por el averno?

El ser del balcón hizo una larga pausa, y Khadgar temió que se desvaneciera. Pero habló.

—Mientras haya Guardianes habrá orden. Y mientras haya orden los papeles están ahí para ser interpretados. Unas decisiones tomadas hace milenios marcaron tu camino y el mío. Es parte de un ciclo mayor, uno que nos mantiene bajo su control.

Khadgar levantó la cabeza. El sol tocaba ahora la mitad superior de la torre.

—Quizá no debería haber Guardianes si ése ha sido el precio.

—De acuerdo —dijo el intruso, y a medida que empezó a crecer la luz del sol, empezó a disiparse—. Pero por el momento, por tu momento, todos debemos interpretar nuestro papel. Todos debemos pagar este precio. Y luego, cuando tengamos la oportunidad, empezaremos de nuevo.

Y con esto se fue el intruso, los últimos fragmentos de su ser arrastrados al futuro por un viento mágico errante.

Khadgar agitó su envejecida cabeza y miró las tres tumbas recién excavadas. Los hombres supervivientes de Lothar recogieron a sus muertos y heridos y volvieron a Stormwind. No había rastro de Garona, y aunque Khadgar iba a registrar la torre una vez más, dudaba de que estuviera dentro. Tomaría los libros que considerara más valiosos, los materiales que pudiera, y dejaría custodias mágicas sobre el resto. Entonces también se iría, y seguiría a Lothar a la batalla.

Levantando la pala, volvió a entrar en el ahora abandonado castillo de Karazhan, y se preguntó si regresaría alguna vez.

Mientras el intruso hablaba se levantó una leve brisa, lo justo para agitar las hojas de los árboles, pero fue suficiente para disipar la visión. El hombre que ya no era joven se rompió y se desvaneció como la niebla que desaparece, y el hombre que ya no era viejo lo vio irse.

Una sola lágrima corrió por la mejilla del rostro de Medivh. Tanto sacrificio, tanto dolor… Todo para mantener en su lugar el plan de los Guardianes, y luego tanto sacrificio para romper ese plan, para liberar al mundo del círculo vicioso. Para traer la verdadera paz.

Y ahora, incluso eso estaba en peligro. Ahora se haría un sacrificio más. Tendría que extraer el poder de este lugar si quería tener éxito en lo que estaba por venir. En el conflicto final contra la Legión Ardiente.

El sol había ascendido más, y ya casi llegaba al nivel del balcón. Ahora tendría que trabajar rápido.

Levantó una mano y las nubes empezaron a arremolinarse sobre la cima de la torre. Lentamente al principio, luego más rápido, hasta que la coronación quedó envuelta por un huracán.

Entonces acudió a lo más profundo de su interior y liberó las palabras, palabras hechas a partes iguales de arrepentimiento e ira, palabras atrapadas en su interior desde el día en que su vida acabó por primera vez. Palabras que reclamaban esa vida previa al completo, para bien o para mal. Aceptando su poder y, al hacerlo, aceptando la responsabilidad por lo que había hecho la última vez que fue de carne.

El huracán que rodeaba la torre aulló, y la misma torre se resistió a su reclamación. Él volvió a pronunciarla, y luego por tercera vez, gritando para hacerse oír por encima de los vientos que él mismo había invocado. Lentamente, casi de mala gana, la torre entregó sus secretos.

El poder ardió desde el interior de los sillares y el mortero, y saltó hacia fuera, canalizado por la fuerza de los vientos hacia la base, hacia Medivh. Todas las visiones empezaron a desprenderse de su tejido y a fluir hacia abajo. La caída de Sargeras, con sus centenares de demonios gritando, cayó en él, al igual que el conflicto final con Aegwynn y la batalla de Khadgar bajo el apagado sol rojo. La aparición de Medivh ante Gul’dan, las infantiles batallas de tres jóvenes nobles y Moroes rompiendo la pieza de cristal favorita de Cocinas, todas fueron absorbidas en su interior. Y con esas visiones llegaron recuerdos, y con esos recuerdos responsabilidades. Esto debe evitarse. Esto nunca debe volver a suceder. Esto debe corregirse.

Y también saltaron hacia arriba imágenes y poder desde la torre oculta, desde los pozos que había bajo la misma fortaleza. La caída de Stormwind ardió hacia él, y la muerte de Llane, y la miríada de demonios invocados en mitad de la noche y lanzados contra aquellos de la Orden que estaban demasiado cerca de la verdad. Todas ellas surgieron hacia arriba y fueron consumidas por la silueta del mago que estaba en el balcón.

Todos los fragmentos, todos los retazos de historia, conocidos y desconocidos, cayeron en cascada de la torre o ascendieron de sus mazmorras y fluyeron al interior del hombre que había sido el último Guardián de Tirisfal. El dolor era grande, pero Medivh hizo una mueca y lo aceptó, tomando la energía y los agridulces recuerdos con ecuanimidad.

La última imagen en desvanecerse fue la que había debajo del balcón propiamente dicho, la imagen de un hombre joven con un petate a sus pies, una carta sellada con el sello rojo de los Kirin Tor, esperanza en el corazón y mariposas en su estómago. Ese joven fue el último en desvanecerse, mientras avanzaba lentamente hacia la entrada. La magia que rodeaba esta visión, este fragmento del pasado, fluyó hacia arriba, deshaciéndose y dejando que la energía pasara al antiguo Magus. Cuando el último fragmento de Khadgar cayó en su interior, una lágrima apareció en el ojo de Medivh.

Se abrazó fuertemente el pecho, conteniendo todo lo que acababa de recuperar. La torre de Karazhan no era ya más que una torre, una pila de piedras en tierras remotas, lejos de los caminos transitados. Ahora el poder del lugar estaba en su interior. Y la responsabilidad de usarlo mejor esta vez.

—Y así volvemos a empezar —dijo.

Y con eso, se transformó en cuervo y se fue.

Regresar al índice de la novela El último guardián

Share

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.