El último guardián – Capítulo Quince – Bajo Karazhan

La discusión en el castillo de Stormwind no había ido bien, y ahora se encontraban volando en círculos a lomos de un grifo alrededor de la torre de Medivh. Bajo ellos, a la luz del crepúsculo, Karazhan se erguía grande y vacía. No brillaban luces en ninguna de sus ventanas, y el observatorio que había en la parte superior de la estructura estaba oscuro. Bajo el cielo sin luna, incluso los pálidos sillares de la torre tenían un aspecto oscuro y siniestro.

La tarde anterior había habido una acalorada discusión en la Cámara del Consejo real. Khadgar y Garona estuvieron allí, aunque a la semiorco se le pidió que entregara su cuchillo a Sir Lothar en presencia de su majestad. El Campeón Real también estaba allí, y una pandilla de consejeros y cortesanos rondando al rey Llane. Khadgar no pudo detectar ningún mago en el grupo, y supuso que los que hubieran sobrevivido a la cacería de Medivh estarían en el campo de batalla u ocultos por su seguridad.

Por lo que respectaba al rey, el joven de las primeras visiones había crecido. Tenía los hombros anchos y los rasgos afilados de su juventud, que sólo ahora empezaban a rendirse ante la madurez. De todos los presentes él resplandecía, y su túnica azul destacaba sobre todos los demás. Tenía un casco a un lado de su asiento, un gran yelmo con alas blancas, como si esperase ser llamado al combate en cualquier momento.

Khadgar se preguntó si esa llamada no sería exactamente lo que Llane deseaba, recordando al decidido joven de la visión de los trolls. Un enfrentamiento directo en un campo abierto y equilibrado, y sin que el triunfo de sus tropas estuviese en ningún momento en duda. Se preguntó cuánta de esta seguridad provenía de su fe en la ayuda del Magus. De hecho, parecía que una cosa condujese naturalmente a la otra; que el Magus siempre apoyaría a Stormwind, y Stormwind siempre resistiría como resultado del apoyo del Magus.

Los curanderos habían atendido el labio roto de Garona, pero no habían podido hacer nada por su carácter. Varias veces Khadgar había hecho una mueca mientras ella describía de manera terminante la opinión de los orcos acerca de la cordura del mago, de los paliduchos en general y de las tropas de Llane en particular.

—Los orcos son implacables —dijo ella—. Y nunca se dan por vencidos. Volverán.

—No llegaron a menos de un tiro de arco de las murallas —le contestó Llane. En opinión de Khadgar, su majestad parecía más divertido que alarmado por la actitud directa de Garona y sus brutalmente francas advertencias.

—No llegaron a menos de un tiro de arco de las murallas —repitió Garona—… esta vez. La próxima lo lograrán. Y la siguiente escalarán las murallas. No creo que se tome a los orcos lo suficientemente en serio, milord.

—Te aseguro que me tomo esto muy en serio —dijo Llane—. Pero también soy consciente de la fuerza de Stormwind. De sus murallas, de sus ejércitos, de sus aliados y de su corazón. Quizá si tú pudieras verlo, también tendrías menos confianza en el poder de los orcos.

Llane se mostró igual de firme por lo que respectaba al Magus. Khadgar lo expuso todo frente al Consejo Real, con confirmaciones y añadidos de Garona. Las visiones del pasado, el comportamiento errático, las visiones que no eran visiones sino verdaderas demostraciones de la presencia de Sargeras en Karazhan. De la culpabilidad de Medivh en el presente ataque contra Azeroth.

—Si me dieran una moneda de plata por cada hombre que me ha dicho que Medivh está loco, sería más rico de lo que soy ahora —dijo Llane—. Tiene un plan, joven señor. Es tan simple como eso. Más veces de las que puedo recordar ha salido en alguna loca misión, y Lothar aquí presente casi se ha arrancado la barba de la preocupación. Y en cada ocasión ha demostrado tener razón. ¿Acaso la última vez que estuvo aquí no tuvo que cazar un demonio y lo trajo en pocas horas? No creo que decapitar a uno de los suyos sea el acto de un poseído.

—Pero podría ser el acto de alguien que tratara de ocultar su culpabilidad —terció Garona—. Nadie le vio matar a ese demonio en el corazón de su ciudad. ¿No podría haberlo invocado, matado y presentado como el responsable?

—Suposiciones —gruñó el rey—. No. Con todo mi respeto para ambos. No niego que vieran lo que vieron. Ni siquiera esas “visiones” del pasado. Pero creo que el Magus es astuto como un zorro, y todo esto es parte de algún plan suyo de gran envergadura. Siempre habla de planes más grandes y ciclos más grandes.

—Con todo el debido respeto —dijo Khadgar—. Puede que el Magus tenga un plan de mayor envergadura, pero la pregunta es: ¿qué papel ocupan Azeroth y Stormwind en ese plan?

Así pasó la mayor parte de la tarde. El rey Llane se mantuvo firme en todos los puntos: que Azeroth, con la ayuda de sus aliados, podía destruir a las hordas orcas o expulsarlas de vuelta a su mundo; que Medivh estaba trabajando en algún plan que nadie más podía comprender y que Stormwind podía resistir cualquier asalto “mientras hubiera hombres de corazón firme en sus murallas y en su trono”.

Por su parte Lothar estuvo casi todo el tiempo en silencio, que sólo rompió para hacer alguna pregunta relevante, para luego negar con la cabeza cuando Khadgar o Garona le daban una respuesta sincera. Finalmente, habló.

—¡Llane, no dejes que tu seguridad te ciegue! —dijo—. Si no podemos contar con el Magus Medivh como aliado quedamos debilitados. Si no nos tomamos en serio la capacidad de los orcos, estamos perdidos. ¡Escucha lo que dicen!

—Estoy escuchando —dijo el rey—. Pero no oigo sólo con mi cabeza sino también con mi corazón. Pasamos muchos años junto al joven Medivh, antes y después de su largo sueño. Él se acuerda de sus amigos. Y estoy seguro de que una vez revele lo que tiene en mente incluso tú apreciarás lo buen amigo que es el Magus.

Por fin el rey se levantó y los despidió a todos, prometiendo tomar el tema en cuenta en su justa medida. Garona protestaba por lo bajo, y Lothar les dio habitaciones sin ventanas y con guardias en la puerta, por si acaso.

Khadgar intentó dormir, pero la frustración lo tuvo recorriendo la habitación de arriba a abajo durante la mayor parte de la noche. Finalmente, cuando el cansancio ya lo había hecho caer, aporrearon su puerta.

Era Lothar, con la armadura completa y un uniforme colgado del brazo.

—Tienes el sueño pesado, ¿eh? —Dijo, entregándole la librea con una sonrisa—. Ponte esto y reúnete con nosotros en la cima de la torre dentro de quince minutos. Y apresúrate, muchacho.

Khadgar se puso a duras penas la indumentaria, que incluía unos pantalones, unas pesadas botas, una librea azul blasonada con el león de Azeroth, y una espada de hoja pesada. Se pensó dos veces lo de la espada, pero se la colgó a la espalda. Podría ser útil.

No había menos de seis grifos agrupados en la torre, moviendo agitados sus grandes alas. Lothar estaba allí, y también Garona. Ella iba vestida de forma parecida a Khadgar, con un tabardo azul blasonado con el león de Azeroth y una pesada espada.

—No digas ni una palabra —le gruñó ella.

—Tienes muy buen aspecto —dijo Khadgar—. Va a juego con tus ojos.

Garona resopló.

—Lothar dijo lo mismo. Trató de convencerme diciendo que tú también lo llevarías. Y que quería asegurarse de que ninguno de los demás me disparara creyendo que era alguien más.

—¿Los demás? —preguntó Khadgar, y miró a su alrededor. A la luz de la mañana estaba claro que había otros grupos de grifos en otras torres. Unos seis, incluyendo los suyos, y sus alas adquirían una tonalidad rosada con el sol naciente. No sabía que hubiera tantos grifos entrenados en el mundo, y mucho menos en Stormwind. Lothar tenía que haber ido a hablar con los enanos. El aire era frío y cortante como una cuchillada.

Lothar se les acercó apresuradamente, y ajustó la espada de Khadgar para que pudiera montar en el grifo con ella.

—Su majestad —se quejó Lothar— tiene una fe inamovible en la fuerza de la gente de Azeroth y en el grosor de las murallas de Stormwind. No viene mal que también tenga buena gente que se ocupe de las cosas cuando él se equivoca.

—Como nosotros —dijo Khadgar sombrío.

—Como nosotros —repitió Lothar. Miró severamente al joven—. Te pregunté cómo era, ¿recuerdas?

—Sí —dijo Khadgar—. Y le dije la verdad, o al menos tanto de ella como entendí necesario. Y sentía lealtad hacia él.

—Lo comprendo —afirmó Lothar—. Yo también siento lealtad hacia él. Quiero asegurarme de que lo que dices es cierto. Pero también quiero que seas capaz de hacer lo que sea necesario, si tenemos que hacerlo.

Khadgar asintió.

—Me crees, ¿no?

Lothar asintió lúgubremente.

—Hace mucho, cuando tenía tu edad, estaba cuidando de Medivh. Entonces permanecía en coma, ese largo sueño que lo privó de gran parte de su juventud. Pensaba que había sido un sueño, pero juraría que había otro hombre frente a mí, también observando al Magus. Parecía estar hecho de hojalata bruñida, y tenía grandes cuernos en la frente y una barba de llamas.

—Sargeras —dijo Khadgar.

Lothar respiró hondo.

—Pensé que me había dormido, que era un sueño, que no podía ser lo que pensé que era. Ya ves, yo también sentía lealtad hacia él. Pero nunca olvidé lo que vi. Y a medida que pasaban los años me fui dando cuenta de que había visto un trozo de la verdad, y que se podía llegar a esto. Quizá todavía podamos salvar a Medivh, pero podríamos descubrir que la oscuridad está demasiado enraizada. Entonces tendremos que hacer algo rápido, horrible y absolutamente necesario. La pregunta es: ¿estás dispuesto?

Khadgar pensó durante un momento, y luego asintió. Tenía un nudo en el estómago. Lothar levantó la mano. A su señal, los otros grupos de grifos emprendieron el vuelo, poniéndose en marcha a medida que los primeros rayos del sol salían por el horizonte oriental; la luz del nuevo día se reflejó en sus alas y las volvió doradas.

El nudo en el estómago de Khadgar no se desató en el largo vuelo hasta Karazhan. Garona montaba tras él, pero ninguno de ellos habló mientras la tierra pasaba bajo sus alas.

El paisaje había cambiado bajo ellos. Los grandes campos eran poco más que desechos ennegrecidos, salpicados por los restos de estructuras derribadas. Los bosques habían sido talados para alimentar la maquinaria de guerra, creando enormes cicatrices en el paisaje. Agujeros abiertos parecían bostezar en el suelo, donde la tierra había sido herida y despojada para alcanzar los metales que había bajo ella. A lo largo del horizonte se alzaban columnas de humo, aunque Khadgar no podía decir si provenían de campos de batalla o de fraguas. Volaron todo el día y ya el sol se ocultaba en el horizonte.

Karazhan se alzaba como una sombra de azabache en el centro de su cráter, absorbiendo los últimos mortecinos rayos de sol sin devolver nada. Ninguna luz brillaba en la torre ni en ninguna de sus huecas ventanas. Las antorchas que ardían sin consumir su fuente habían sido apagadas. Khadgar se preguntó si Medivh habría huido.

Lothar hizo descender a su grifo y Khadgar lo siguió, aterrizando rápidamente y bajando de lomos de la bestia alada. Tan pronto como tocó el suelo, el grifo se elevó súbitamente, emitiendo un chillido y dirigiéndose al norte.

El campeón de Azeroth ya estaba en las escaleras, con los enormes hombros en tensión, su recia osamenta moviéndose con la silenciosa y ágil gracilidad de un gato y la espada desenvainada. Garona también se escabulló hacia delante, metiendo la mano en el tabardo y sacando su daga de hoja larga. La pesada hoja de Stormwind golpeaba contra la cadera de Khadgar, quien se sentía como una torpe criatura de piedra comparado con los otros dos. Tras él aterrizaron más grifos, descargando a sus guerreros.

El parapeto del observatorio estaba vacío, y el nivel superior del estudio del archimago desierto pero no vacío. Todavía quedaban herramientas desperdigadas, y los restos aplastados del aparato de oro, un astrolabio, estaban sobre la estantería. Así que, si había abandonado la torre, lo había hecho rápido.

O quizá no la había abandonado.

Se encendieron antorchas y el grupo bajó la miríada de escaleras encabezado por Lothar, Garona y Khadgar. Una vez esas paredes habían sido familiares, habían sido un hogar y las muchas escaleras un desafío diario. Ahora, las antorchas montadas en las paredes, con su llama fría e inmóvil, habían sido apagadas, y las temblorosas figuras de los visitantes proyectaban una plétora de sombras armadas contra las paredes, dando a las estancias un aspecto extraño, casi de pesadilla. Las mismas paredes parecían amenazadoras, y Khadgar esperaba que cualquier puerta a oscuras ocultara una emboscada mortífera.

No había nada. Los pasillos estaban vacíos, los salones de banquetes desnudos, las salas de reuniones tan desprovistas de vida y de mobiliario como siempre. Las habitaciones de los huéspedes seguían amuebladas pero desocupadas. Khadgar revisó su propia habitación; no había cambiado nada.

Ahora la luz de las antorchas proyectaba extrañas sombras en las paredes de la biblioteca, retorciendo los marcos de hierro y convirtiendo las estanterías en murallas. Los libros estaban intactos, e incluso las notas más recientes de Khadgar se hallaban sobre la mesa. ¿Tan poco le importaba la biblioteca a Medivh que no había tomado ninguno de sus libros?

Unos jirones de papel llamaron la atención de Khadgar, y cruzó hasta la estantería que contenía la poesía épica. Esto era nuevo. Fragmentos de un pergamino destrozado y desgarrado. Khadgar tomó un trozo grande, leyó algunas palabras y asintió.

—¿Qué es? —preguntó Lothar, que parecía esperar que los libros cobraran vida y atacasen en cualquier momento.

—“La Canción de Aegwynn” —dijo Khadgar—. Un poema épico acerca de su

madre.

Lothar gruñó indicando que lo comprendía, pero Khadgar se hacía preguntas. Medivh había estado allí después de que ellos se fueran. ¿Y sólo para destruir el pergamino? ¿Por el mal recuerdo de su enfrentamiento con su madre? ¿Para vengarse de la decisiva derrota de Sargeras contra Aegwynn? ¿O acaso el acto de destruir el pergamino, la clave usada por los Guardianes de Tirisfal, simbolizaba su renuncia y su traición al grupo?

Khadgar se arriesgó a un conjuro sencillo, uno empleado para detectar presencias mágicas, pero no logró nada más que la respuesta normal cuando se está rodeado de libros mágicos. Si Medivh había lanzado algún conjuro aquí, había enmascarado su presencia lo bastante bien como para superar cualquier cosa de la que Khadgar fuera capaz.

Lothar se dio cuenta de que el joven mago trazaba símbolos en el aire.

—Más vale que guardes tus fuerzas para cuando nos lo encontremos —le dijo al acabar.

Khadgar negó con la cabeza y se preguntó si encontrarían al Magus.

Pero en vez de a éste encontraron a Moroes, en la planta baja junto a la entrada de la cocina y la despensa. Su forma caída estaba tirada en el pasillo, abierta de pies y manos, y había un arco iris de sangre en el suelo a su lado. Tenía los ojos abiertos como platos, pero el rostro estaba sorprendentemente sereno. Ni siquiera la muerte parecía haber tomado por sorpresa al senescal.

Garona lo esquivó para entrar en la cocina, y volvió un momento después. Su rostro se había vuelto de una tonalidad más clara de verde, y le entregó algo a Khadgar para que lo viera.

Unas gafas de color rosa, aplastadas. Cocinas. Khadgar asintió.

Los cuerpos hicieron que las tropas se pusieran más alerta; fueron hacia la gran entrada abovedada y salieron al patio. No había habido ni rastro de Medivh, y sólo algunas pistas rotas de su paso.

—¿Podría tener otra guarida? —Preguntó Lothar—. ¿Otro lugar donde esconderse?

—Se iba a menudo —dijo Khadgar—. A veces estaba fuera durante días, y volvía sin avisar.

Algo se movió por el balcón que dominaba la entrada principal, no más que un temblor en el aire. Khadgar dio un respingo y miró al sitio, pero parecía normal.

—Quizá se ha ido con los orcos, para liderarlos —sugirió el Campeón. Garona negó con la cabeza.

—Nunca aceptarían un líder humano.

—¡No ha podido desvanecerse en el aire! —Tronó Lothar—. ¡A formar! ¡Vamos a volver!

Garona ignoró al Campeón.

—No se ha desvanecido —dijo—. Volvamos a la torre. —Apartó a los soldados como un bote atravesando la mar picada. Desapareció una vez más entre las fauces abiertas de la torre. Lothar miró a Khadgar, que se encogió de hombros y siguió a la semiorco.

Moroes no se había movido, y su sangre estaba derramada en el suelo formando un cuarto de círculo que se alejaba de la pared. Garona tocó esa pared, como si tratara de sentir algo en ella. Frunció el ceño, maldijo y golpeó el muro, que dio una respuesta muy firme.

—Debería estar aquí —dijo ella.

—¿Qué debería estar? —preguntó Khadgar.

—Una puerta —dijo la semiorco.

—Aquí nunca ha habido ninguna puerta —dijo Khadgar.

—Probablemente siempre haya habido una puerta —insistió Garona—. Sólo que nunca la has visto. Mira. Moroes murió aquí. —Dio un pisotón con el pie junto a la pared—. Y luego su cuerpo fue desplazado, creando esta mancha de sangre con forma de cuarto de círculo, hasta donde lo hemos encontrado.

Lothar gruñó y asintió, y también empezó a pasar las manos por la pared.

Khadgar miró el muro aparentemente desnudo. Había pasado junto a él cinco o seis veces al día. Al otro lado no debería haber más que arena y piedra. Y aun así…

—Apártense —dijo el joven mago—. Déjenme probar algo.

El Campeón y la semiorco retrocedieron, y Khadgar reunió las energías para un conjuro. Lo había usado antes, en puertas reales y en libros cerrados con llave, pero ésta era la primera vez que intentaba usarlo sobre una puerta que no podía ver. Trató de visualizar la abertura, de deducir su tamaño a partir de cómo había movido el cuerpo de Moroes, dónde estarían las bisagras, dónde estaría el marco y, si él quisiera mantenerla segura, dónde colocaría las cerraduras.

Visualizó su objetivo y lanzó un poco de magia contra su marco invisible para abrir esas cerraduras ocultas. Casi sorprendentemente, la pared se movió y apareció una grieta en un lado. No mucho, pero sí lo bastante para definir el contorno de una puerta que no había estado allí un instante antes.

—Usen las espadas y abranla —gruñó Lothar, y el escuadrón se lanzó hacia delante. La losa de piedra resistió sus intentos por unos instantes, hasta que algún mecanismo interno saltó ruidosamente y la hoja se abrió hacia fuera, rozando el cuerpo de Moroes al hacerlo y mostrando una escalera que descendía hacia las profundidades.

—No se ha desvanecido en el aire —dijo Garona lúgubremente—. Se ha quedado aquí, pero ha ido a un lugar que nadie más conocía.

Khadgar miró la forma caída de Moroes.

—Casi nadie, pero me pregunto qué más tiene oculto.

Bajaron por las escaleras y una sensación creció dentro de Khadgar. Mientras que los pisos superiores transmitían una sensación espeluznante de abandono, las profundidades inferiores de la torre tenían un aura papable de amenaza inmediata y malos presagios. Las paredes y el suelo toscamente labrados estaban húmedos, y a la luz de las antorchas parecían ondular como carne viva.

A Khadgar le llevó un momento darse cuenta de que las escaleras seguían descendiendo pero en la dirección opuesta a las de la torre de arriba, como si este descenso fuera un espejo de la subida.

De hecho, donde en la torre debería haber una sala de reuniones vacía, aquí había una mazmorra engalanada con grilletes desocupados. Donde en la superficie había un salón para banquetes en desuso, había una habitación llena de basura y marcada con círculos místicos. El aire tenía una sensación pesada y opresiva, igual que en la torre de Stormwind donde habían sido asesinados Huglar y Hugarin. Aquí era donde se había sido invocado el demonio que los había atacado.

Cuando llegaron al nivel que se correspondía con la biblioteca, se encontraron con una serie de puertas reforzadas con hierro. Las escaleras seguían adentrándose en la tierra en espiral, pero la compañía se detuvo aquí, contemplando los símbolos místicos

tallados profundamente en la madera y humedecidos con sangre casi marrón. Parecía como si la propia madera estuviera sangrando. Dos enormes anillos de hierro colgaban de las puertas heridas.

—Esto sería la biblioteca —dijo Khadgar.

Lothar asintió. Él también había notado las similitudes entre la torre y esta madriguera.

—Veamos qué guarda aquí, si todos los libros los tiene arriba.

—Su estudio está en la cima de la torre —dijo Garona—, con su observatorio; así que si está aquí debería estar en el mismo fondo. Deberíamos seguir avanzando.

Pero era demasiado tarde. Cuando Khadgar tocaba las puertas reforzadas con hierro, saltó una chispa de la palma de su mano, una señal, una trampa mágica. Tuvo tiempo de maldecir cuando las puertas se abrieron bruscamente hacia la oscuridad de la biblioteca.

Una perrera. Sargeras no necesitaba el conocimiento, así que había dejado la habitación para sus mascotas. Las criaturas vivían en una oscuridad de su propia fabricación, y un humo acre flotó hacia el pasillo.

Había ojos en su interior. Ojos y fauces flamígeras, y cuerpos hechos de fuego y sombra. Avanzaron acechantes, gruñendo.

Khadgar trazó unas runas en el aire, reuniendo las energías en su mente para cerrar la puerta mientras los soldados luchaban con los grandes anillos de hierro. Ni la magia ni el músculo lograron mover las hojas.

Las bestias emitieron una risa áspera y cortante y se agazaparon para saltar.

Khadgar levantó las manos para lanzar otro conjuro pero Lothar se las hizo bajar con un golpe.

—Esto es para que desperdicies tu tiempo y tus energías —dijo Lothar—. Es para retrasarnos. Vayan abajo y encuentren a Medivh.

—Pero son… —empezó a decir Khadgar, y la bestia demoníaca que estaba más adelantada saltó contra ellos.

Lothar dio dos pasos al frente y levantó la espada para encontrarse con la bestia. Mientras alzaba la espada, las runas que había talladas profundamente en el metal resplandecieron con una brillante luz amarilla. Durante medio segundo, Khadgar vio miedo en los ojos del ser demoníaco.

Y entonces el arco del tajo de Lothar se cruzó con la trayectoria de la criatura y la hoja se clavó profundamente en la carne. El acero de Lothar salió por la espalda del animal, y casi cortó por la mitad la parte delantera de su torso. La bestia sólo tuvo un momento para gemir de dolor mientras la hoja avanzaba hasta llegarle a la cabeza, completando el arco. Los restos ardientes del demonio, llorando fuego y sangrando sombra, cayeron a los pies de Lothar.

—¡Vayan! —Tronó el campeón—. Nosotros nos encargaremos de esto y luego los alcanzaremos.

Garona agarró a Khadgar y lo arrastró escaleras abajo. Tras ellos, los soldados también habían desenvainado sus espadas y las runas danzaban en brillantes llamas mientras bebían de las sombras. El joven mago y la semiorco torcieron por la escalera, y tras ellos oyeron los gritos de los moribundos, provenientes tanto de gargantas humanas como inhumanas.

Siguieron descendiendo en espiral hacia la oscuridad. Garona llevaba una antorcha en una mano y la daga en la otra. Ahora Khadgar se dio cuenta de que las paredes brillaban con su propia fosforescencia, un tono rojizo como el de algunas setas nocturnas de las profundidades del bosque. También iba haciendo más calor, y el sudor le perlaba la frente.

Cuando llegaron a uno de los comedores, a Khadgar se le revolvió de repente el estómago y se encontraron en otro sitio. Cayó súbitamente sobre ellos, como el frente de una tormenta veraniega.

Se hallaban en la cima de una de las torres más altas de Stormwind, y a su alrededor la ciudad estaba en llamas. Por todos lados se elevaban columnas de humo que formaban una manta negra que atrapaba al sol. Un manto similar de negrura rodeaba las murallas de la ciudad, pero éste estaba compuesto por tropas orcas. Desde su punto de vista Khadgar y Garona podían ver los ejércitos extenderse como abejas por el verde cadáver que una vez había sido la tierra de labor de Stormwind. Ahora sólo había torres de asedio e infantería orco, y los colores de sus estandartes formaban un arco iris repulsivo.

Los bosques también habían desaparecido, transformados en catapultas que ahora hacían llover fuego sobre la misma fortaleza. La mayor parte de la ciudad baja ardía y, mientras Khadgar observaba, se derrumbó una sección de la muralla exterior, y pequeños muñecos vestidos de verde y azul lucharon entre los escombros.

—¿Cómo hemos llegado… ? —empezó Garona.

—Una visión —dijo Khadgar secamente, pero dudaba si esto era un acontecimiento fortuito de la torre u otra acción dilatoria del Magus.

—Se lo dije al rey. Se lo dije, pero no quiso escuchar —murmuraba ella—. ¿Entonces esto es una visión del futuro? —Preguntó a Khadgar—. ¿Cómo salimos de ella?

El joven mago negó con la cabeza.

—No podemos, al menos de momento. En el pasado iban y venían. A veces una conmoción fuerte las rompe.

Una bola de material ardiendo, el proyectil ígneo de una catapulta, pasó a un tiro de arco de la torre. Khadgar pudo sentir el calor cuando cayó al suelo. Garona miró a su alrededor.

—Al menos son sólo ejércitos orcos —dijo sombría.

—¿Y eso son buenas noticias? —preguntó Khadgar, al que le picaban los ojos por una columna de humo que el viento había llevado contra la torre.

—No hay demonios con ellos —le hizo notar la semiorco—. Si Medivh estuviera con sus ejércitos veríamos algo mucho peor. Quizá lo convencimos para que ayudara.

—Tampoco veo a Medivh entre nuestras tropas —dijo Khadgar olvidando con quién hablaba por el momento—. ¿Habrá muerto? ¿Habrá huido?

—¿Cuánto nos hemos adelantado en el futuro? —preguntó Garona.

Tras ellos se elevaron unas voces que discutían. La pareja se dio la vuelta en el balcón y vieron que estaban fuera de una de las cámaras de audiencias, que ahora había sido convertida en un centro de coordinación contra el asalto. En una mesa habían dispuesto una pequeña maqueta de la ciudad, y por ella había dispersos soldaditos de juguete con forma de hombres y orcos. Había un constante trasiego de informes mientras el rey Llane y sus consejeros permanecían inclinados sobre la mesa.

—¡Brecha en la muralla del Distrito de los Mercaderes!

—¡Más fuegos en la ciudad baja!

—¡Se está reuniendo una gran fuerza frente a la puerta principal! ¡Parecen magos!

Khadgar se apercibió de que ninguno de los cortesanos de antes estaba presente. Habían sido sustituidos por hombres de gesto torvo ataviados con uniformes militares similares a los suyos, No había rastro de Lothar alrededor de la mesa, y Khadgar tuvo la esperanza de que estuviera en primera línea, llevando la batalla al enemigo.

Llane se movía con serenidad, como si la ciudad fuera asaltada a diario.

—Traigan la cuarta y la quinta compañía para reforzar la brecha. Que la milicia organice brigadas de incendios con cubos; que recojan el agua de los baños públicos. Y manden dos escuadrones de lanceros a la puerta principal. Cuando los orcos estén a punto de atacar, que hagan una salida. Eso romperá el asalto. Traigan dos magos de la calle de los orfebres. ¿Han acabado allí?

—Ese asalto ha sido rechazado —llegó el informe—. Los magos están exhaustos.

—Que descansen entonces —asintió Llane—. Tienen una hora. En vez de ellos, traigan magos jóvenes de la academia. Envien el doble pero díganles que tengan cuidado. Comandante Borton, quiero sus fuerzas en la Muralla Este. Ahí es donde yo atacaría ahora si fuera ellos.

Llane encargó una misión a cada comandante, de uno en uno. No hubo protestas, discusiones ni sugerencias. Cada guerrero asintió cuando le llegó el turno y se fue. Al final sólo quedaron el rey Llane y su pequeña maqueta de una ciudad que ahora ardía al otro lado de su ventana.

El rey se inclinó hacia delante y descansó los nudillos en la mesa. Su rostro tenía un aspecto ajado y viejo. Levantó la vista.

—Ahora puedes presentar tu informe —le dijo al aire vacío.

Las cortinas del fondo sisearon contra el suelo cuando Garona salió de detrás. La semiorco que había junto a Khadgar dejó escapar un jadeo de sorpresa.

La Garona del futuro iba vestida con sus habituales pantalones negros y la blusa de seda negra, pero llevaba una capa marcada con la cabeza de león de Azeroth. Tenía una mirada feroz. La Garona del presente se aferró al brazo de Khadgar, y este pudo sentir sus uñas clavándosele en el brazo.

—Malas noticias, milord —dijo Garona, acercándose al lado de la mesa donde estaba el rey—. Los diversos clanes se han unido para este asalto, unificados bajo Blackhand el Destructor. Ninguno de ellos traicionará a los demás hasta que Stormwind haya caído. Gul’dan traerá sus brujos al anochecer. Hasta entonces, el clan Blackrock intentará apoderarse de la Muralla Este. —Khadgar oyó un temblor en la voz de la semiorco.

Llane emitió un hondo suspiro.

—Esperado y neutralizado —dijo—. Rechazaremos éste igual que los demás. Y aguantaremos hasta que lleguen los refuerzos. Mientras haya hombres de corazón firme en las murallas y el trono, Stormwind resistirá.

La Garona del futuro asintió, y Khadgar pudo ver que se estaban acumulando grandes lágrimas en sus ojos.

—Los líderes orcos están de acuerdo con esa evaluación —dijo, y metió la mano en su blusa negra.

Khadgar y la Garona de verdad gritaron como uno solo cuando la Garona del futuro sacó su daga de hoja larga y la clavó con un movimiento de abajo hacia arriba en el lado izquierdo del pecho del monarca. Se movió con una rapidez y una agilidad que dejaron al rey Llane con una expresión sorprendida en el rostro. Sus ojos estaban abiertos como platos, y por un momento se quedó colgado allí, suspendido por la hoja.

—Los líderes orcos están de acuerdo con esa evaluación —volvió a decir, y las lágrimas corrían por las mejillas de su ancho rostro—. Y han reclutado a un asesino para que elimine ese corazón firme que hay sobre el trono. Alguien a quien dejarías acercarse. Alguien con quien te encontrarías a solas.

Llane, Rey de Azeroth, Señor de Stormwind, aliado de magos y guerreros, cayó al suelo.

—Lo siento —dijo Garona.

—¡No! —gritó Garona, la Garona del presente, mientras ella misma caía al suelo. De repente estaban de vuelta en el falso comedor. El colapso de Stormwind había desaparecido, y el cadáver del rey con él. Las lágrimas de la semiorco permanecieron, ahora en los ojos de la Garona real.

—Voy a matarlo —dijo en voz baja—. Voy a matarlo. Me trató bien y me escuchó cuando hablé, y voy a matarlo. No…

Khadgar se arrodilló a su lado.

—Está bien. Puede no ser cierto. Puede que no pase. Es una visión.

—Es cierto —dijo ella—. Lo vi y supe que era cierto.

Khadgar se quedó callado por un momento, reviviendo su propia visión del futuro, combatiendo a la gente de Garona bajo un cielo rojo. Lo vio y supo que también era cierto.

—Tenemos que seguir —dijo, pero Garona negó con la cabeza.

—Después de todo esto, pensé que había encontrado un sitio mejor que los orcos. Pero ahora sé que voy a destruirlo todo.

Khadgar miró arriba y abajo por las escaleras. No tenía ni idea de cómo les iba a los hombres de Lothar con los demonios, ni tampoco de lo que había en la base de la torre subterránea.

Su rostro se puso serio y respiró hondo.

Y le propinó a la mujer una fuerte bofetada en el rostro.

Su propia mano le sangró porque dio contra un colmillo, pero la respuesta de Garona fue inmediata. Sus ojos llorosos se abrieron y una máscara de cólera endureció su expresión.

—¡Idiota! —Gritó, y saltó sobre Khadgar haciéndolo caer de espaldas—. ¡Nunca hagas eso! ¡Me oyes! ¡Hazlo otra vez y te mato!

Khadgar estaba tirado de espaldas con la semiorco encima. Ni siquiera la había visto desenvainar la daga, pero ahora tenía la hoja apoyada contra un lado del cuello.

—No puedes —logró decir con una sonrisa feroz—. Tuve una visión de mi propio futuro, y creo que también es cierta. Si lo es, entonces no puedes matarme ahora. Y lo mismo se aplica ti.

Garona parpadeó y se echó hacia detrás, habiendo recuperado el control súbitamente.

—Así que si voy a matar al rey…

—Es que vas a salir viva de aquí —dijo Khadgar—. Como yo.

—¿Pero qué pasa si estamos equivocados? ¿Qué pasa si la visión es falsa?

Khadgar se levantó.

—Entonces morirás sabiendo que nunca vas a matar al rey de Azeroth.

Garona permaneció sentada durante un momento, mientras su mente consideraba todas las posibilidades.

—Ayúdame a levantarme —dijo al fin—. Tenemos que seguir.

Y siguieron descendiendo en espiral, atravesando falsas réplicas de la torre de arriba. Finalmente llegaron al nivel correspondiente al piso superior, el observatorio y la guarida de Medivh. En vez de eso, las escaleras se abrían a una llanura rojiza. Ésta parecía fluir de una obsidiana que se estaba enfriando, unas piezas de rompecabezas reflectantes que flotaban en fuego bajo sus pies. Khadgar retrocedió de un salto instintivamente, pero el suelo parecía firme y el calor, aunque sofocante, no era opresivo.

En el centro de la gran caverna había una sencilla colección de mobiliario de hierro. Un banco de trabajo con un taburete, unas pocas sillas y algunos armarios. Por un momento pareció extrañamente familiar, y entonces Khadgar se dio cuenta que estaba dispuesto en un duplicado exacto de la habitación de Medivh en la torre.

De pie entre el mobiliario de hierro se erguía la silueta de anchos hombros del Magus. Khadgar se esforzó en ver algo en su actitud, en su porte, que lo traicionara, que demostrase que esta figura no era el Medivh que había llegado a conocer y apreciar, el anciano que le había demostrado su confianza y le había apoyado en su trabajo. Algo que dijera que éste era un impostor.

No había nada. Éste era el único Medivh que había conocido.

—Hola, Joven Confianza —dijo el Magus, y su barba empezó arder mientras sonreía—. Hola, Emisario. Los esperaba a ambos.

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