El último guardián – Capítulo Dieciséis – La ruptura del mago

Fue inspirado, tengo que admitirlo —dijo el Medivh que era y no era Medivh—. Inspirado el invocar la sombra de mi pasado, un fragmento que me distrajera de su persecución. Por supuesto, mientras ustedes estaban reuniendo sus fuerzas, yo estaba reuniendo las mías.

Khadgar miró a Garona y asintió. La semiorco se movió algunos pasos a la derecha. Rodearían al archimago si era necesario.

—Maestro, ¿qué te ha pasado? —dijo Khadgar dando un paso al frente, tratando de atraer hacia él la atención del mago.

El viejo hechicero se rió.

—¿Pasarme? No me ha pasado nada. Esto es lo que soy. Estoy manchado desde mi nacimiento, contaminado desde antes de mi concepción, una mala semilla que ha crecido para dar un fruto amargo. Nunca has visto al verdadero Medivh.

—Magus, sea lo que sea que te ha pasado, estoy seguro de que puede arreglarse —dijo Khadgar caminado lentamente hacia él. Garona seguía moviéndose hacia la derecha y su daga de hoja larga había vuelto a desaparecer; sus manos estaban aparentemente vacías.

—¿Por qué debería arreglarlo? —dijo Medivh con una sonrisa maléfica—. Todo marcha según lo planeado. Los orcos matarán a los humanos y yo los controlaré a través de líderes brujos como Gul’dan. Conduciré a esas deformes creaciones hasta la tumba perdida donde se encuentra el cuerpo de Sargeras, protegido contra humanos y demonios pero no contra orcos, y mi forma será libre. Y entonces podré abandonar este torpe cuerpo y este espíritu debilitado, y quemar este mundo como tanto se merece.

Khadgar se echó hacia la izquierda mientras hablaba.

—Tú eres Sargeras.

—Sí y no —dijo el Magus—. Lo soy, porque cuando Aegwynn mató mi cuerpo físico me oculté dentro de su vientre e imbuí sus propias células con mi oscura esencia. Cuando ella finalmente decidió emparejarse con un mago humano, yo ya estaba allí. El gemelo oscuro de Medivh, completamente subsumido dentro de su forma.

—Monstruoso —dijo Khadgar.

Medivh sonrió de oreja a oreja.

—Muy poco diferente de lo que Aegwynn había planeado, puesto que ella colocó el poder de la Orden de Tirisfal dentro del niño. No es de extrañar que hubiera tan poco espacio para el joven Medivh propiamente dicho, con el demonio y la luz luchando por su misma alma. Así que cuando el poder se manifestó en él, lo desconecté algún tiempo hasta que pude poner mis propios planes en funcionamiento.

Khadgar seguía avanzando hacia la izquierda, tratando de no mirar mientras Garona se escurría detrás del mago mayor.

—¿Hay algo del verdadero Medivh en tu interior? —dijo.

—Un poco —dijo el Magus—. Lo suficiente para tratar con ustedes, las criaturas inferiores. Lo suficiente para engañar a los reyes y los magos sobre mis intenciones. Medivh es una máscara; he dejado lo suficiente de él en la superficie para mostrárselo a los demás. Y si en mis manejos parezco raro o incluso loco, lo achacan a mi posición y mi responsabilidad, y al poder que me otorgó mi querida madre. —Medivh le dedicó una sonrisa de depredador—. Fui forjado primero por la política de Magna Aegwynn para ser su herramienta, y luego moldeado por manos demoníacas para ser la herramienta de ellas. Incluso los demás me veían como poco más que un arma para ser usada contra los demonios. Así que no es sorprendente que yo no sea más que la suma de mis partes.

Ahora Garona estaba tras el mago con la hoja desenfundada, andando de la forma más sigilosa sobre el suelo de obsidiana. No había lágrimas en sus ojos, sino una acerada determinación. Khadgar se mantenía concentrado en Medivh, para no traicionarla con una mirada.

—Ya ves —siguió el mago loco—. No soy sino un componente más en una gran máquina, una que ha estado en marcha desde que el Pozo de la Eternidad se hizo pedazos. La única cosa en la que los trocitos originales de Medivh y yo estamos de acuerdo es en que hay que romper este ciclo. En esto, te aseguro, somos una sola mente.

Garona estaba ahora sólo a un paso, con la daga levantada.

—Disculpa —dijo Medivh, y extendió un puño hacia atrás. Las energías místicas danzaron por sus nudillos y le dieron de lleno en la cara a la semiorco, que retrocedió ante el golpe.

Khadgar dejó escapar una maldición y levantó las manos para lanzar un conjuro. Algo para desequilibrar al Magus. Algo sencillo. Algo rápido.

Medivh fue más rápido, volviéndose hacia él y alzando una mano como una garra. Al momento, Khadgar sintió que el aire que lo rodeaba se comprimía, formando un manto inmovilizante, atrapando sus brazos y sus piernas y haciéndole imposible moverse. Gritó, pero su voz sonó amortiguada y como si viniera de una gran distancia.

Medivh levantó la otra mano y el dolor sacudió el cuerpo de Khadgar. Las articulaciones de su esqueleto parecieron hervir con clavos al rojo vivo que rápidamente disminuyeron hasta un dolor sordo y pulsante. El pecho se le comprimió y la carne pareció secársele y pegársele al esqueleto. Sintió como si le estuvieran extrayendo los fluidos corporales, dejando atrás un cascarón reseco. Y con ellos parecía que también le estaban arrancando la magia, que le estaban drenando el cuerpo de su habilidad para lanzar conjuros, para invocar las energías necesarias. Se sentía como un recipiente que estuvieran vaciando.

Y tan repentinamente como el ataque había caído sobre él, cesó, y Khadgar cayó al suelo sin aliento. Le dolía el pecho al respirar.

Garona ya se había recuperado para entonces, y esta vez atacó gritando, lanzando una estocada de abajo hacia arriba con la daga, tratando de alcanzar a Medivh en el lado izquierdo del pecho. En vez de retroceder, Medivh fue hacia la semiorco en embestida, dentro de su ángulo de ataque, levantó una mano y le tomó la frente. Garona quedó inmovilizada a media carga.

Una energía mística de una tonalidad amarilla enfermiza palpitó bajo la mano de Medivh, y la semiorco quedó suspendida allí, con el cuerpo sacudiéndose indefenso, mientras el mago la sostenía por la frente.

—Pobre, pobre Garona —dijo el Magus—. Pensé que con tus herencias opuestas, tú entre toda la gente comprenderías por lo que estoy pasando. Que comprenderías la importancia de forjar tu propio camino. Pero eres como los demás, ¿no?

La semiorco de ojos desorbitados sólo pudo responder con un gorgoteo encharcado de saliva.

—Deja que te muestre mi mundo, Garona —dijo Medivh—. Deja que te dé mis propias divisiones y dudas. Nunca sabrás a quién sirves ni por qué. Nunca encontrarás la paz.

Garona trató de gritar, pero el grito murió en su garganta cuando su rostro quedó bañado en un estallido de luz radiante que surgió de la palma de la mano de Medivh.

Éste se rió y dejó que la semiorco se derrumbara sollozando. Garona trató de levantarse, pero volvió a caerse. Tenía los ojos desorbitados y la mirada enloquecida, el aliento trabajoso y entrecortado, desgarrado por el llanto.

Khadgar podía respirar ahora, pero le faltaba el resuello. Le ardían las articulaciones y le dolían los músculos. Vio su reflejo en el suelo de obsidiana…

… Y era el anciano de la visión devolviéndole la mirada. Ojos pesarosos y cansados rodeados de arrugas y de pelo gris. Incluso su barba había encanecido.

Y Khadgar se hundió. Privado de su juventud, de su magia, ya no creía que fuera a sobrevivir a este combate.

—Eso ha sido instructivo —dijo Medivh, volviéndose hacia él—. Una de las cosas negativas acerca de esta celda de carne en la que estoy atrapado es que la parte humana sigue saliendo a la superficie. Haciendo amigos. Ayudando a la gente. Y eso hace que sea tan difícil destruirlos luego. Casi lloré cuando maté a Moroes y a Cocinas. ¿Lo sabías? Por eso tuve que bajar aquí. Pero es como cualquier otra cosa. Una vez que te acostumbras, puedes matar a tus amigos con tanta facilidad como a cualquier otro.

Ahora estaba sólo a unos pasos de Khadgar, con los hombros erguidos, los ojos vitales. Con más aspecto de Medivh que cualquiera de las veces en las que lo había visto Khadgar. Con un aspecto seguro. Con un aspecto relajado. Con un aspecto terrorífica y condenadamente cuerdo.

—Y ahora te toca morir, Joven Confianza —dijo el Magus—. Parece que después de todo confiaste en la persona equivocada. —Medivh levantó una mano bañada en energía mágica.

Hubo un grito ronco a la derecha.

—¡Medivh! —bramó Lothar, Campeón de Azeroth. Medivh levantó la vista, y su rostro pareció suavizarse por unos instantes, aunque en su mano seguía ardiendo el poder místico.

—¿Anduin Lothar? —dijo—. Viejo amigo, ¿por qué estás aquí?

—Detente, Med —dijo Lothar, y Khadgar pudo percibir el dolor en la voz del campeón—. Detente antes de que sea demasiado tarde. No quiero luchar contigo.

—Yo tampoco quiero luchar contigo, viejo amigo —dijo Medivh levantando la mano—. No tienes ni idea de lo que se siente haciendo las cosas que yo he hecho. Cosas duras. Cosas necesarias. No quiero luchar contigo. Así que baja tu arma y acabemos con esto.

Medivh abrió la mano y los trocitos de magia zumbaron hacia el campeón, bañándolo de estrellas.

—Quieres ayudarme, ¿no, viejo amigo? —Dijo Medivh, la cruel sonrisa de nuevo en su rostro—. Quieres ser mi criado. Ven y ayúdame a encargarme de este chiquillo. Entonces podremos volver a ser amigos.

Las destellantes estrellas que envolvían a Lothar se desvanecieron, y el campeón dio un lento pero firme paso al frente, luego otro y luego un tercero, y entonces Lothar embistió hacia delante. Mientras cargaba, el campeón alzó su espada labrada con runas. Embistió contra Medivh, no contra Khadgar. De sus labios brotó una maldición, una maldición con un fondo de pena y lágrimas.

Medivh quedó sorprendido, pero sólo por un momento. Esquivó echándose hacia atrás y el primer tajo de Lothar pasó inofensivamente por el espacio que el Magus había ocupado medio segundo antes. El Campeón detuvo el ataque y lanzó un fuerte revés, haciendo retroceder al mago otro paso. Luego un molinete por encima de la cabeza y otro paso más hacia atrás.

Medivh se recuperó, y el siguiente tajo dio de lleno en un escudo de energía azulada, donde los fuegos amarillos de la espada se estrellaron inofensivamente con un chisporroteo. Lothar intentó cortar de abajo hacia arriba, luego una estocada y luego un nuevo tajo. Cada ataque fue detenido por el escudo.

Medivh gruñó y levantó una mano como una garra, con la energía mística bailando sobre su palma. Lothar gritó cuando sus ropas estallaron de repente en llamas. Medivh sonrió ante su obra e hizo un gesto con la mano, lanzando a un lado la forma ardiente de Lothar como un muñeco de trapo.

—Cada vez más fácil —dijo Medivh recalcando las palabras y volviéndose hacia donde estaba arrodillado Khadgar.

Sólo que Khadgar se había movido. Medivh se dio la vuelta para encontrarse al que ya no era un joven mago justo tras él, con la espada que Lothar le había proporcionado desenvainada y apoyada contra el lado izquierdo del pecho del Magus. Las runas que recorrían la hoja brillaban como soles en miniatura.

—Ni parpadees —dijo Khadgar.

Pasó un momento, y una gota de sudor recorrió la mejilla de Medivh.

—Así que llegamos a esto —dijo el Magus—. No creo que tengas la habilidad ni la voluntad para usar eso apropiadamente, Joven Confianza.

—Yo creo —dijo Khadgar, y parecía que la voz le zumbaba y le borboteaba al hablar— que tu parte humana, Medivh, mantenía otras personas a tu alrededor a pesar de tus propios planes. Como una medida de seguridad. Como un plan para cuando finalmente enloquecieras. Para que tus amigos pudieran detenerte. Para que nosotros pudiéramos romper el ciclo donde tú no puedes.

Medivh logró suspirar débilmente, y sus rasgos se suavizaron.

—Realmente nunca he querido hacerle daño a nadie —dijo—. Yo sólo quería tener mi propia vida. —Mientras hablaba, levantó la mano y su palma brilló con energía mística, buscando distorsionar la mente de Khadgar como había hecho con la de Garona.

Medivh nunca tuvo la oportunidad. Al primer movimiento, Khadgar se dejó caer hacia delante, introduciendo la delgada hoja de la espada rúnica entre las costillas de Medivh hasta su corazón.

Medivh pareció sorprendido, incluso conmocionado, pero su boca seguía moviéndose. Estaba tratando de decir algo.

Khadgar clavó la espada hasta la empuñadura, y la punta atravesó la espalda de la túnica de Medivh. El mago cayó de rodillas y Khadgar cayó con él, aferrando firmemente la hoja. El viejo mago gimió y se esforzó por decir algo.

—Gracias… —logró decir por fin—. Luché contra esto tanto como pude.

Entonces el rostro del archimago empezó a transformarse. La barba se volvió completamente de fuego, los cuernos brotaron de su frente. Con la muerte de Medivh, Sargeras por fin salía completamente a la superficie, Khadgar sintió que la empuñadura de la espada rúnica se calentaba, mientras las llamas danzaban sobre la piel de Medivh, transformándolo en una cosa de sombra y llama.

Tras el mago, herido y arrodillado, Khadgar pudo ver la chamuscada forma de Lothar alzarse una vez más. El Campeón trastabilló hacia delante, con su carne y su armadura aún humeando. Alzó su espada rúnica una vez más y la descargó con un fuerte golpe lateral.

El filo de la espada explotó como un sol cuando golpeó el cuello de Medivh, separando la cabeza del archimago del cuerpo con un movimiento experto.

Fue como destapar una botella, puesto que todo lo que había en el interior de Medivh salió de una vez por los desgarrados restos de su cuello. Un gran torrente de luz y energía, sombra y fuego, humo y rabia, brotando hacia arriba como una fuente, salpicando contra el techo de la bóveda subterránea y disipándose. Dentro del hirviente caldero de energías, Khadgar creyó haber visto un rostro cornudo, gritando de rabia y desesperación.

Y cuando había acabado, todo lo que quedó fue la piel y las ropas del mago. Todo lo que había en su interior había sido devorado, y ahora que su envoltura humana había sido destruida no había habido forma de contenerlo.

Lothar usó la punta de su espada para echar a un lado los andrajos y la piel que había sido Medivh.

—Tenemos que irnos —dijo.

Khadgar miró a su alrededor. No había señales de Garona. La cabeza del Magus había hervido hasta quedarse sin carne, dejando sólo una reluciente calavera blanca.

El antiguo aprendiz negó con la cabeza.

—Tengo que quedarme aquí. Atender algunas cosas.

—Puede que el peligro más grande haya pasado, pero el obvio sigue aquí. Tenemos que expulsar a los orcos y cerrar el portal —gruñó Lothar.

Khadgar pensó en la visión, en Stormwind ardiendo y en la muerte de Llane. Pensó en su propia visión, en su forma ahora envejecida en una batalla final contra los orcos. Pero dijo otra cosa.

—Debo enterrar lo que queda de Medivh. Debería buscar a Garona. No puede haber ido muy lejos.

Lothar gruñó en asentimiento y avanzó a duras penas hacia la entrada. Al fin, se volvió y dijo:

—No se podía hacer nada. Tratamos de alterarlo, pero todo era parte de un plan superior.

—Lo sé —asintió Khadgar lentamente—. Todo era parte de un ciclo mayor. Un ciclo que ahora por fin puede romperse.

Lothar dejó al antiguo aprendiz debajo de la torre, y Khadgar reunió lo que quedaba de los restos físicos del Magus. Encontró una pala y una caja de madera en el establo. Puso la calavera y los trozos de piel en la caja, junto con los fragmentos destrozados de “La Canción de Aegwynn”, y lo enterró todo bien profundo en el patio junto a la torre. Quizá más tarde levantara un monumento, pero por ahora sería mejor no dejar que nadie supiera dónde estaban los resto del archimago. Cuando acabó de enterrar al Magus, cavó dos tumbas más, de tamaño humano, y puso a descansar a Moroes y a Cocinas a un lado de Medivh.

Se le escapó un hondo suspiro y levantó la mirada hacia la torre. Karazhan, la de los sillares blancos, hogar del mago más poderoso de Azeroth, el último Guardián de la Orden de Tirisfal, se cernía sobre él. A su espalda, el cielo empezaba a iluminarse y el sol amenazaba con tocar el punto más alto de la torre.

Algo más le llamó la atención, sobre la entrada vacía, en el balcón desde el que se dominaba la entrada principal. Algo de movimiento, un fragmento de un sueño. Khadgar suspiró aún más fuerte e inclinó la cabeza en dirección al intruso que observaba cada uno de sus actos.

—Ahora puedo verte, ¿lo sabes? —dijo en voz alta.

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