El último guardián – Capítulo Trece – La segunda sombra

¡No! —gritó Khadgar, y la visión se evaporó al instante. De nuevo estaban solos en el comedor, en el centro de una compleja matriz trazada con ágata y cuarzo rosa pulverizados. Le temblaban las orejas y su campo visual parecía cerrarse. Había hincado una rodilla, pero no se había dado cuenta de que se había movido. Sobre él, y a su izquierda, la voz de Garona sonó muy baja, casi ahogada.

—Medivh —susurró—. El Viejo. No puede ser.

—Puede ser —dijo Khadgar. Sentía el estómago como si fuera una serpiente anudada que se estuviera desenroscando bajo su piel. Su mente ya estaba elucubrando, y aunque deseaba fervientemente negarlo, ya conocía el resultado.

—No —dijo Garona lúgubre—. Debe de ser un fallo. Una visión falsa. Fuimos a buscar una cosa y encontramos otra. Dijiste que ya ha pasado antes.

—No así —dijo Khadgar—. Puede que no se nos muestre lo que queremos, pero siempre se nos muestra la verdad.

—Quizá sea sólo un aviso —dijo la semiorco.

—Pero tiene sentido —respondió Khadgar, y en su voz estaba presente el eco del pesar—. Piensa en ello. Ése es el motivo de que las defensas siguieran intactas después de que nos atacaran. Él ya estaba dentro de las defensas, e invocó al demonio desde allí.

—No parecía él —dijo Garona—. Quizá era una ilusión, alguna falsificación mágica. No parecía él.

—Era él —dijo el aprendiz mientras se levantaba—. Conozco la voz del maestro. Conozco el rostro del maestro. Con todos sus gestos y peculiaridades.

—Pero era como si otra persona vistiera esa cara —dijo Garona—. Algo falso. Como si fuera un traje o una armadura que alguien llevara puesta.

Khadgar miró a la semiorco. Le temblaba la voz y las lágrimas se empezaban a acumular en sus grandes ojos. Ella quería creer. Realmente quería creer.

Khadgar también quería creer. Asintió lentamente.

—Puede que fuera un truco. Puede que fuera él. Podía estar engañando a ese orco, convenciéndolo para que viniera aquí. ¿Podría ser una visión del futuro?

Ahora fue el turno de Garona de negar con la cabeza.

—No. Ése era Gul’dan. Ya está aquí. Él nos hizo cruzar el portal. Eso era el pasado, su primer encuentro. ¿Pero para qué querría Medivh traer los orcos a Azeroth?

—Eso explicaría por qué no ha hecho demasiado por oponerse a ellos —dijo Khadgar. Agitó la cabeza, tratando de desatascar los pensamientos que tenía alojados allí. De repente había muchas cosas que empezaban a tener sentido. Extrañas desapariciones. Poco interés en el creciente número de orcos. Incluso haber traído un semiorco al castillo.

Observó a Garona y se preguntó hasta dónde estaría implicada en el plan. Parecía completamente desconcertada por las noticias, pero ¿era una conspiradora o un simple peón en el juego de sombras chinescas que estaba desarrollando Medivh?

—Tenemos que descubrirlo —se limitó a decir—. Tenemos que descubrir por qué estaba allí. Qué estaba haciendo. Es el Guardián, no deberíamos condenarlo por una sola visión.

Garona asintió lentamente.

—¿Vamos ahora a preguntarle?

Khadgar abrió la boca para responder, pero otra voz resonó en el pasillo.

—¿Qué es todo este barullo? —dijo Medivh torciendo la esquina que daba a la entrada del comedor.

A Khadgar se le hizo un nudo en la garganta y se le secó.

El Magus estaba en el umbral de la puerta, y Khadgar lo miró, buscando algo en su forma de andar, en su aspecto, en su voz. Algo que traicionara su presencia. No había nada. Éste era Medivh.

¿Qué están organizando, chiquillos? —dijo el Magus, frunciendo su canoso ceño.

Khadgar luchó por encontrar una respuesta, pero fue Garona la que habló.

—El aprendiz me estaba mostrando un conjuro en el que está trabajando. —Le tembló la voz.

—¿Otra de tus visiones, Joven Confianza? —Gruñó Medivh—. Ya son bastante malas por aquí sin necesidad de que vengas tú a invocar el pasado. Sal de ahí enseguida, tenemos trabajo que hacer. Y tú también, emisaria.

Su voz era comedida y comprensiva, pero firme. La voz severa del sabio mentor. Khadgar dio un paso al frente, pero Garona lo agarró por el brazo.

—Sombras —siseó.

Khadgar parpadeó y volvió a mirar al Magus. Su rostro mostraba ahora impaciencia, y desaprobación. Sus hombros seguían siendo anchos y se mantenía erguido a pesar de las presiones que soportaba. Iba vestido con una túnica que Khadgar le había visto llevar muchas veces antes.

Y tras él se proyectaban dos sombras. Una directamente opuesta a la antorcha y la otra, igualmente oscura, en un ángulo extraño.

Khadgar dudó y la desaprobación de Medivh se intensificó, mientras una tormenta se formaba en su rostro.

—¿Qué pasa, Joven Confianza?

—Deberíamos limpiar todo esto —dijo Khadgar tratando de aparentar buen humor—. No quiero hacer que Moroes trabaje demasiado. Ya te alcanzaremos.

—Discutir no forma parte de las funciones de un aprendiz —replicó Medivh—. Ahora ven enseguida.

Nadie se movió.

—¿Por qué no entra en la habitación? —dijo Garona.

Eso digo yo, pensó Khadgar.

—Una pregunta, maestro.

—¿Ahora qué? —gruñó el archimago.

—¿Por qué visitaste en sueños al orco Gul’dan? —Dijo Khadgar sintiendo cómo se le hacía un nudo en la garganta—. ¿Por qué mostraste a los orcos cómo venir a este mundo?

La mirada de Medivh se posó en Garona.

—No sabía que Gul’dan te hubiera hablado de mí. No me pareció que fuera tan poco inteligente, ni un bocazas.

Garona dio un paso atrás, y esta vez fue Khadgar quien la retuvo.

—No lo sabía, hasta ahora —dijo ella.

—Eso no importa. Ahora vengan aquí. Los dos —resopló Medivh.

—¿Por qué mostraste a los orcos cómo venir aquí? —repitió Khadgar.

—¡No discutas a tus superiores! —espetó el mago.

—¿Por qué trajiste a los orcos a Azeroth? —insistió Khadgar, ahora suplicando.

—Eso no es asunto tuyo, niño. ¡ Vendrás aquí! ¡Ahora! —El rostro del Magus estaba lívido y desencajado.

—Con todo respeto, señor —dijo Khadgar, y sintió sus propias palabras como si fueran puñaladas—, no, no iré.

—Niño, te voy a… —tronó Medivh encolerizado, y mientras hablaba entró en la habitación.

En ese instante se desencadenó una lluvia de chispas que envolvió al anciano mago en una lluvia de luz. El hechicero trastabilló un paso hacia atrás, y luego levantó las manos y maldijo.

—¿Qué? —empezó Garona.

—Círculo de protección —terció Khadgar—. Para mantener alejados a los demonios invocados. El Magus no puede cruzarlo.

—¿Pero por qué si sólo afecta a los demonios? A menos. —Garona miró a Khadgar—. No —dijo—. ¿Podrá contenerlo el círculo?

Khadgar pensó en una hebra de paja sobre las defensas en la torre de Stormwind, y en la energía que se estaba liberando en la puerta. Negó con la cabeza.

—¿Es esto lo que le hiciste a Huglar y Hugarin? —Le gritó al Magus—. ¿Y a Guzbah? ¿Y a los otros? ¿Descubrieron la verdad?

—Estaban más lejos de la verdad que tú, hijo —dijo el mago bañado en luz con los dientes apretados—. Pero tenía que ser cuidadoso. Perdoné tu curiosidad por tu juventud, y pensé que la lealtad… —gruñó cuando las defensas mágicas se le resistieron—, que la lealtad aún importaba en este mundo.

Las defensas mágicas resplandecieron cuando Medivh entró en ellas, y Khadgar pudo ver cómo los campos se distorsionaban alrededor de las manos extendidas del Magus. El parpadeo de las chispas pareció prenderle fuego a la barba de Medivh, y el humo se arremolinaba como si fueran cuernos que le salían de la frente.

Y entonces a Khadgar se le cayó el alma a los pies, porque se dio cuenta de que lo que estaba viendo era otra imagen superpuesta a la del querido mago. La imagen que pertenecía a la segunda sombra.

—Va a pasar —dijo Garona.

Khadgar apretó los dientes.

—Sí. Está dedicando una enorme cantidad de energía a romper el círculo.

—¿Puede hacerlo? —preguntó la semiorco.

—Es el Guardián de Tirisfal —dijo Khadgar—. Puede hacer lo que quiera. Sólo necesita tiempo.

—Bueno. ¿Podemos salir de aquí? —Ahora Garona estaba asustada.

—Nuestro único camino es a través de él —dijo Khadgar.

Garona miró a su alrededor.

—Entonces haz un agujero en una pared. Una nueva salida.

Khadgar miró las paredes de piedra de la torre, y negó con la cabeza.

—¡Intenta algo!

—Intentaré esto —dijo Khadgar.

Ante ellos entre el humo se cernía la figura de Medivh, ahora más alto y envuelto en las chispas. Calmándose, atrajo las energías mágicas hacia sí. Repitió los movimientos que había hecho sólo minutos antes, y entonó las palabras ajenas a los hombres mortales, y cuando hubo comprimido las energías en una sola bola de luz, la liberó.

—¡Tráeme una visión —dijo Khadgar— de alguien que haya combatido antes a esta bestia!

Hubo un pequeño periodo de desorientación, y por un momento Khadgar pensó que el conjuro había fallado y los había transportado al observatorio, sobre la torre. Pero no, ahora los rodeaba la noche y una imperiosa y enfadada voz femenina hendía el aire.

—¿Te atreves a pegarle a tu propia madre? —gritó Aegwynn, con el rostro lívido de ira.

Aegwynn estaba de pie en un extremo de la plataforma del observatorio, y Medivh en el otro. Era Medivh como él lo conocía: alto, orgulloso y aparentemente preocupado. Ni ella ni el Medivh del pasado prestaron atención alguna a Khadgar o Garona. Con un sobresalto, Khadgar se dio cuenta de que la encarnación presente de Medivh también estaba allí, chisporroteando junto a una pared. La pareja del pasado también lo ignoraba, pero el Medivh del presente observaba el espectáculo que se desarrollaba ante sus ojos.

—Madre, pensé que estabas histérica —dijo el Medivh del pasado.

—¿Y que un rayo místico me devolvería la cordura? —le espetó la anterior Guardiana. Khadgar vio que ahora ella era mucho mayor. Su pelo rubio era ya blanco, y tenía patas de gallo y pequeñas arrugas en las comisuras de los ojos. Aun así, mantenía la presencia de las encarnaciones anteriores que él había visto—. Ahora —dijo ella— responde a mi pregunta.

—Madre, no ves bien las cosas —se defendió el Medivh del pasado.

—Responde —le espetó Aegwynn severamente—. ¿Por qué has traído a los orcos a Azeroth?

—No es raro que se picase tanto cuando le preguntaste eso —dijo Garona. Khadgar la hizo callar y siguió observando al Medivh del presente. Había dejado de presionar contra las paredes de la defensa mágica, y su rostro parecía haber perdido toda emoción.

—¿Madre? —dijo el Medivh real. Su rostro parecía crédulo.

—No TIENES respuesta, ¿no? —Dijo Aegwynn—. Estás jugando a algún jueguecito. ¿Algún reto para que Llane y Lothar se entretengan con él? El poder de Tirisfal no es ningún juego, hijo. Cada vez vienen más orcos, y ya he oído que han asaltado caravanas cerca la Ciénaga Negra. Un novato podría rastrear tu portal, pero sólo tu madre podría reconocer el poder que lo envolvía. De nuevo, hijo, ¿qué explicaciones tienes que darme?

Khadgar se encogió bajo la invectiva de la mujer, y casi esperaba que el Medivh del pasado saliera corriendo de la habitación. Pero Medivh lo sorprendió riéndose a mandíbula batiente.

—¿Te divierte la desaprobación de tu madre, hijo? —dijo Aegwynn con severidad.

—No —respondió Medivh dedicándole una amplia sonrisa de depredador—. Pero la estupidez de mi madre sí que lo hace.

Khadgar miró al fondo de la habitación y vio cómo el Medivh del presente flaqueaba ante el sonido de las palabras de su encarnación pretérita

—¿Cómo te atreves? —tronó Aegwynn levantando la mano.

Una esfera de resplandeciente luz blanca brotó de su palma y se disparó contra el Medivh del pasado. El Magus levantó una mano y la desvió hacia un lado con facilidad.

—Me atrevo, madre —dijo el fantasma—. Y tengo el poder para hacerlo. El poder que tú me otorgaste en el momento de mi concepción, un poder que ni quería ni pedí. —Medivh hizo un gesto y el piso superior se iluminó con un rayo refulgente.

Aegwynn contuvo la energía, pero Khadgar se dio cuenta de que había tenido que levantar ambas manos y había reculado un poco.

—¿Pero por qué has traído los orcos a Azeroth? —Siseó la anciana—. No había necesidad. Estás poniendo poblaciones enteras en peligro. ¿Y para qué?

—Para romper el ciclo, por supuesto —dijo el Medivh del pasado—. Para romper el universo mecánico que has construido para mí. Cada cosa en su sitio, tu hijo incluido. Si tú no podías seguir como Guardián, lo haría tu sucesor designado, concebido y criado, pero quedaría tan preso de este guión como el resto de tus peones.

El Medivh del presente cayó de rodillas, con la mirada fija en la imagen que había ante él. Pronunciaba las palabras que había dicho su antiguo yo.

Garona tiró a Khadgar de la manga, y éste asintió. La pareja abandonó el corazón de las defensas y empezó a rodear la habitación, tratando de escabullirse de la presente encarnación del Magus.

—Pero el riesgo, hijo… —dijo Aegwynn.

—¿Riesgo? —Aulló Medivh—. ¿Riesgo para quién? Para mí no, no con el poder de la Orden de Tirisfal a mi servicio. ¿Para el resto de la Orden? Se preocupan más por sus politiqueos internos que por los demonios. ¿Para las naciones humanas? ¿Gordas y felices, protegidas de peligros que ni siquiera conocen? ¿Hay riesgo para alguien realmente importante?

—Estás jugando con fuerzas más grandes que tú, hijo mío —dijo Aegwynn. Khadgar y Garona ya estaban casi en la puerta, pero el Medivh del presente estaba absorto en la visión.

—Oh, por supuesto —replicó gruñendo el Magus del pasado—. Pensar que yo podría manejar poderes como ésos sería un pecado de soberbia. Como pensar que podrías enfrentarte a un señor de los demonios y prevalecer.

Ya estaban detrás de Medivh, y Garona fue a echar mano del cuchillo que llevaba debajo de la blusa. Khadgar detuvo su mano y le dijo que no con la cabeza. Se escurrieron tras Medivh. En los ojos del anciano empezaban a formarse lágrimas.

—¿Qué pasará si estos orcos triunfan? —Dijo Aegwynn—. Adoran a dioses oscuros y sombras. ¿Por qué les entregas Azeroth?

—Cuando triunfen —dijo el Medivh del pasado—, me convertirán en su líder. Ellos respetan la fuerza, madre, a diferencia de ti y del resto de este patético mundo. Y gracias a ti yo soy la cosa más fuerte de este mundo. Y romperé los grilletes que tú y otros más me han puesto, y gobernaré.

En la visión se hizo el silencio, y Khadgar y Garona se quedaron quietos, conteniendo la respiración. ¿Los descubriría el Medivh del presente en el silencio?

Pero Aegwynn, hablando desde el pasado, tenía captada toda su atención.

—Tú no eres mi hijo.

El Medivh del presente se cubrió la cara con las manos.

—No —dijo su versión del pasado—. Nunca he sido tu hijo. Al menos nunca he sido verdaderamente tuyo.

Y el Magus del pasado rió. Fue una risa grave y tronante que Khadgar había oído antes, en las estepas heladas la última vez que estos dos habían combatido.

Aegwynn parecía conmocionada.

—¿Sargeras? —escupió, al reconocerlo finalmente—. Yo te maté.

—Mataste un cuerpo, bruja. ¡Sólo mataste mi forma física! —gruñó el Medivh pretérito, y Khadgar ya podía ver sobrepuesta la imagen del segundo ser, la sombra alternativa que lo consumía. Una criatura de sombra y llama, con una barba de fuego y grandes cuernos de azabache—. La mataste y la escondiste en una tumba bajo el mar. Pero yo estaba dispuesto a sacrificarla para obtener un premio mayor.

Muy a su pesar, Aegwynn se llevó la mano al estómago.

—Sí, madre querida —dijo el Medivh del pasado, mientras las llamas lamían su barba y el humo formaba cuernos en su frente. Era Medivh, pero también Sargeras—. Me escondí en tu vientre y pasé a las durmientes células de tu hijo nonato. Un cáncer, una aflicción, un defecto de nacimiento que tú nunca sospecharías. Matarte era imposible; seducirte; poco probable. Así que me convertí en tu heredero.

Aegwynn gritó una maldición y levantó las manos, moldeando su ira en palabras que no estaban hechas para la voz humana. Un rayo de centelleante energía irisada golpeó de lleno en el pecho de la criatura que era Medivh/Sargeras.

El fantasma del pasado reculó un paso, luego otro y luego levantó una mano y atrapó la energía dirigida contra él. La habitación apestó a carne quemada y Sargeras/Medivh gruñó y escupió. Invocó uno de sus propios conjuros y Aegwynn salió despedida a través de la habitación.

—No puedo matarte, madre —le espetó la forma demoníaca—. Una parte de mí me impide hacerlo. Pero te quebraré. Te quebraré y te desterraré, y para cuando te hayas recuperado, para cuando hayas vuelto de donde voy a mandarte, esta tierra será mía. ¡Esta tierra y el poder de la Orden de Tirisfal!

En el presente, Medivh aulló como un alma en pena, gritando a los cielos, pidiendo un perdón que no iba a llegar nunca.

—Ésta es la nuestra —dijo Garona tirándole de la túnica a Khadgar—. Larguémonos mientras podamos.

Khadgar dudó un momento, y luego la siguió por las escaleras.

Bajaron los escalones de tres en tres, y casi chocaron con Moroes.

—Excitados —observó tranquilamente—. ¿Problemas?

Garona pasó como una exhalación junto al senescal, pero Khadgar agarró al anciano.

—El maestro se ha vuelto loco —le dijo.

—¿Más de lo normal? —replicó Moroes.

—No es ninguna broma —dijo Khadgar, y entonces se le iluminaron los ojos—. ¿Tienes el silbato de invocar grifos?

El criado mostró un trozo de metal tallado.

—¿Quieres que invoque… ?

—Yo lo haré —dijo Khadgar tomando el objeto de sus manos y partiendo a toda prisa tras Garona—. Vendrá por nosotros, pero más vale que tú corras también. Toma a Cocinas y huyan tan lejos como puedan.

Y con esto Khadgar se perdió de vista.

—¿Huir? —dijo Moroes a la figura del aprendiz que se alejaba; luego resopló—. ¿Y a dónde iba a ir?

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