El último guardián – Capítulo Catorce – Huida

Llevaban recorridos varios kilómetros cuando el grifo empezó a descontrolarse. Sólo una bestia había respondido a la llamada de Khadgar, y se había encabritado cuando Garona se le acercó. Sólo por pura fuerza de voluntad había conseguido el joven mago que el grifo aceptase la presencia de la semiorco. Pudieron oír a Medivh gritando y maldiciendo hasta mucho después de dejar el anillo de colinas. Dirigieron al grifo hacia Stormwind, y Khadgar hundió los talones con fuerza en los flancos del mismo.

Habían ido a buena velocidad, pero ahora el grifo empezaba a rebelarse, tratando de zafarse de las riendas, tratando de volver a las montañas. Khadgar intentó dominar a la bestia, mantenerla en el rumbo, pero cada vez estaba más agitada.

—¿Qué pasa? —le preguntó Garona desde detrás.

—Medivh lo está llamando de vuelta —dijo Khadgar—. Quiere volver a Karazhan.

Khadgar luchó con las riendas, incluso probó el silbato, pero al final tuvo que admitir su derrota. Hizo descender al grifo sobre un cerro bajo y pelado y desmontó después que Garona. Tan pronto como él hubo tocado el suelo, el grifo volvió a levantarse, batiendo las alas contra el cielo que se oscurecía, volando para responder a la llamada de su amo.

—¿Crees que nos seguirá? —preguntó Garona.

—No lo sé —dijo Khadgar—. Pero no quiero estar aquí si lo hace. Iremos hacia Stormwind.

Avanzaron a duras penas durante la mayor parte de la tarde y de la noche, hasta que encontraron un camino de tierra, y se pusieron a seguirlo en la dirección aproximada de Stormwind. No hubo una persecución inmediata ni luces extrañas en el cielo, y antes del amanecer la pareja descansó brevemente, acurrucada bajo un gran cedro.

No vieron a nadie vivo en todo el día siguiente. Había casas quemadas hasta los cimientos, y montones de tierra removida que marcaban familias completas enterradas. Los carromatos volcados y destrozados eran comunes, al igual que grandes pilas de cenizas. Garona indicó que así era como se ocupaban los orcos de sus muertos, después de saquear los cadáveres.

Los únicos animales que vieron estaban muertos: unos cerdos destripados junto a una granja saqueada y los restos esqueléticos de un caballo, devorado excepto por la cabeza horrorizada y retorcida. Avanzaban en silencio de una granja arrasada a otra.

—Tu gente ha sido concienzuda —dijo por fin Khadgar.

—Es una fuente de orgullo para ellos —respondió Garona lúgubremente.

—¿Orgullo? —dijo Khadgar mirando a su alrededor—. ¿Orgullo en la destrucción? ¿En el saqueo? Ningún ejército humano, ninguna nación humana lo quemaría todo a su paso o mataría a los animales así porque sí.

—Ésa es la costumbre orca —asintió Garona—. No dejan nada en pie que sus enemigos puedan usar contra ellos. Si no le encuentran un uso inmediato, como comida, alojamiento o botín, entonces le prenden fuego. Las fronteras de los clanes orcos suelen ser lugares baldíos, puesto que los clanes tratan de negarles recursos a los demás.

Khadgar negó con la cabeza.

—Esto no son recursos —dijo enfadado—, son vidas. Esta tierra fue una vez verde y frondosa, con campos y bosques. Ahora es una desolación. ¡Mira esto! ¿Puede haber alguna paz entre humanos y orcos?

Garona no dijo nada. Ese día continuaron en silencio, y acamparon en las ruinas de una posada. Durmieron en habitaciones separadas, él en los restos del salón principal y ella más atrás, en la cocina. Él no sugirió que se quedaran juntos, ni ella tampoco.

A Khadgar lo despertaron los gruñidos de su propio estómago. Habían huido de la torre con poco más que lo puesto, y excepto por algunas bayas y nueces que habían recogido, llevaban un día sin comer.

El joven mago se extrajo de la pila de paja húmeda por la lluvia que le había servido de cama, y sus articulaciones protestaron. No había acampado a cielo abierto desde su llegada a Karazhan, y se sentía bajo de forma. El miedo del día anterior había desaparecido por completo, y dudaba acerca de su próximo movimiento.

Se suponía que su destino era Stormwind, ¿pero cómo introduciría a alguien como Garona en la ciudad? Quizá pudiera encontrar algo para disfrazarla. Ni siquiera sabía si ella quería venir. Ahora que estaba libre de la torre, quizá sería mejor para ella volver con Gul’dan y el clan Stormreaver.

Algo se movió junto al lado derrumbado del edificio. Posiblemente Garona. Tenía que tener tanta hambre como él. No se había quejado, pero él supuso por los restos que dejaban tras ellos que los orcos necesitaban mucha comida para mantenerse en forma.

Khadgar se levantó, se quitó las telarañas de la mente y se asomó por los restos de una ventana para preguntarle si quedaba algo en la cocina.

Y se encontró de frente con el filo de una enorme hacha de doble hoja, apoyada contra su cuello.

Al otro extremo del hacha se hallaba el rostro verde jade de un orco. Un orco de verdad. Khadgar no se había dado cuenta hasta ahora de lo acostumbrado que estaba a la cara de Garona, tanto que la ancha mandíbula y la frente inclinada lo impresionaron.

—¿Q’paza? —gruñó el orco.

Khadgar levantó poco a poco las dos manos, mientras llamaba mentalmente a las energías mágicas. Un conjuro sencillo, lo suficiente para apartar a la criatura, tomar a Garona y salir corriendo.

A menos que Garona los hubiera traído hasta allí, se le ocurrió súbitamente.

Dudó, y eso fue suficiente. Oyó algo tras él, pero no logró darse la vuelta antes de que algo grande y pesado cayera sobre su nuca.

No debió de estar inconsciente mucho tiempo, el justo para que se colaran en la habitación media docena de orcos y empezaran a rebuscar entre los restos con sus hachas. Llevaban brazaletes verdes. El clan Bleeding Hollow, le dijo su memoria. Se movió un poco, y el primer orco, el del hacha de doble hoja, se volvió hacia él.

—¿Ndestánlazcozaz? —Dijo el orco—. ¿Ndelazcondzte?

—¿Qué? —preguntó Khadgar, sin saber si era la voz del orco o sus propios oídos lo que estaba distorsionando el idioma.

—Tuz cózaz —dijo el orco más lentamente—. Tuz cózaz. No llévaz nada. ¿Dónde laz haz metío?

—No hay cosas. Las perdí antes. No cosas —dijo Khadgar sin pensar.

—Entónzez muerez —gruñó el orco, y levantó el hacha.

—No —gritó Garona desde las ruinas de la puerta. Parecía haber pasado una mala noche, pero llevaba un par de conejos colgando de una tira de cuero en el cinturón. Había salido a cazar. Khadgar se sintió avergonzado por sus anteriores pensamientos.

—Largo, meztiza —resopló el orco—. No ez azunto tuyo.

—Vas a matar mi propiedad, eso hace que sea asunto mío —dijo Garona.

¿Propiedad?, pensó Khadgar, pero contuvo la lengua.

—¿Prop’daz? —Siseó el orco—. ¿Y tú quién érez p’a tener prop’daz?

—Soy Garona Semiorco —gruñó la mujer, contorsionando su rostro en una máscara de furia—. Sirvo a Gul’dan, brujo del clan Stormreaver. ¡Daña mi propiedad y tendrán que enfrentarse a él!

El orco volvió a resoplar.

—¿Stormreaver? ¡Bah! He oído que zon un clan de debilúchoz que ze dejan avazallar por zu brujo.

Garona le dirigió una mirada acerada.

—Lo que yo he oído es que el clan Bleeding Hollow no logró apoyar al clan Twilight’s Hammer en el reciente ataque a Stormwind, y que los dos clanes fueron rechazados. He oído que los humanos los apalearon en una pelea justa. ¿Es eso cierto?

—Ezo no viene al cazo —dijo el orco del Bleeding Hollow—. Tenían caballoz.

—Quizá yo pueda… —dijo Khadgar, tratando de incorporarse.

—¡Al suelo, esclavo! —gritó Garona abofeteándolo y lanzándolo hacia atrás—. ¡Habla cuando se te hable, no antes!

El cabecilla orco aprovechó la oportunidad para dar un paso adelante, pero tan pronto como Garona hubo acabado se giró de nuevo y apuntó con una daga de hoja larga al vientre del orco. Los otros se apartaron de la pelea que se estaba fraguando.

—¿Me disputas mi propiedad? —gruñó Garona, con fuego en los ojos y los músculos tensos para atravesar la armadura de cuero con su hoja.

Por unos momentos se hizo el silencio. El orco del clan Bleeding Hollow miró a Garona, miró a Khadgar y volvió a mirar a Garona. Resopló.

—¡Primero ve a buzcar algo por lo que valga la pena luchar, meztiza!

Y con esto el cabecilla orco retrocedió. Los otros se relajaron y empezaron a salir del salón en ruinas.

—¿Para qué querrá un ezclavo humano? —le preguntó uno de sus subordinados mientras salían del edificio.

El jefe orco dijo algo que Khadgar no pudo oír.

—¡Ezo ez azquerozo! —gritó el subordinado desde fuera.

Khadgar trató de levantarse, pero Garona le hizo un gesto con la mano para que permaneciera en el suelo. Muy a su pesar, Khadgar retrocedió.

Garona fue hasta la ventana vacía, observó por ella unos instantes y luego volvió hasta donde estaba Khadgar apoyado contra la pared.

—Creo que se han ido —dijo por fin—. Temía que volvieran para ajustar las cuentas. Posiblemente el jefe sea desafiado esta noche por sus subordinados.

Khadgar se tocó el lado inflamado de la cara.

—Estoy bien, gracias por preguntar.

—¡Paliducho idiota! —Garona movió la cabeza—. Si no te hubiera pegado, el cabecilla orco te habría matado y luego habría venido por mí por no haberte sabido controlar.

Khadgar dejó escapar un hondo suspiro.

—Lo siento, tienes razón.

—Tienes razón en que tengo razón —dijo Garona—. Te mantuvieron vivo el tiempo justo para que yo llegara porque pensaron que tendrías algo escondido en la posada. Que no serías tan estúpido como para estar en mitad de una zona de guerra sin equipo.

—¿Tenías que pegarme tan fuerte? —preguntó Khadgar.

—¿Para convencerlo? Sí. Y no es que lo haya disfrutado. —Le lanzó ambos conejos—. Aquí tienes. Despelléjalos y pon el agua a hervir. Aún quedan ollas y algunos tubérculos en la cocina.

—A pesar de lo que les hayas dicho a tus amigos —dijo Khadgar—, no soy tu esclavo.

Garona soltó una risita.

—Por supuesto. Pero yo he conseguido el desayuno. ¡A ti te toca guisarlo!

El desayuno consistió en un sabroso estofado de liebre con patatas sazonado con especias, que Khadgar había encontrado en lo que quedaba del jardín de la cocina, y setas que Garona había recogido en el bosque. Khadgar comprobó las setas para ver si alguna de ellas era venenosa. Ninguna lo era.

—Los orcos usan a sus niños como catadores —dijo Garona—. Si sobreviven, saben que es bueno para el grupo.

Se pusieron de nuevo en marcha, en dirección a Stormwind. De nuevo, los bosques estaban sobrecogedoramente silenciosos, y todo lo que encontraron fueron restos de la guerra.

En torno a mediodía, volvieron a encontrarse a los orcos del clan Bleeding Hollow. Estaban en un amplio claro alrededor de una atalaya en ruinas, todos bocabajo. Algo grande, pesado y afilado había atravesado por detrás sus armaduras, y a varios les faltaba la cabeza.

Garona se movió rápidamente de cuerpo en cuerpo, recuperando equipo útil. Khadgar observaba el horizonte.

—¿Vas a ayudar? —le gritó Garona.

—Enseguida —dijo Khadgar—. Quiero asegurarme de que lo que sea que mató a nuestros amigos no sigue por aquí.

Garona observó el perímetro del claro, y luego miró al cielo. Arriba no había más que unas nubes bajas moteadas de negro.

—¿Y bien? —dijo ella—. No oigo nada.

—Ni los orcos tampoco, hasta que fue demasiado tarde —respondió Khadgar uniéndose a ella junto al cuerpo del cabecilla orco—. Les alcanzaron por detrás, mientras corrían, y fue un atacante más alto que ellos. —Señaló unas huellas de cascos que había en el suelo. Eran de caballos pesados, con herraduras de hierro—. Caballería. Caballería humana.

Garona asintió.

—Así que al menos nos estamos acercando. Toma lo que puedas. Podemos usar sus raciones; son espantosas pero nutritivas. Y recoge un arma, al menos un cuchillo.

Khadgar miró a Garona.

—He estado pensando…

Garona se rió.

—Me pregunto cuántos desastres humanos han comenzado por esa frase.

—Estamos dentro del alcance de las patrullas de Stormwind —dijo Khadgar—. No creo que Medivh nos esté siguiendo, al menos directamente. Así que quizá deberíamos separarnos.

—Ya lo he pensado —dijo Garona mientras registraba la mochila de uno de los orcos, y sacó primero una capa y luego un paquetito envuelto en tela. Abrió el paquete y extrajo yesca, pedernal y un vial de un líquido aceitoso—. Un equipo para prender fuego —explicó—. Los orcos adoran el fuego, y esto sirve para que las cosas ardan rápido.

—Así que crees que deberíamos separarnos —dijo Khadgar.

—No —dijo Garona—. Dije que lo había pensado. El problema es que nadie controla esta zona, ni los humanos ni los orcos. Podrías avanzar cincuenta metros y cruzarte con otra patrulla del clan Bleeding Hollow, y yo podría caer en una emboscada de tus amiguitos de la caballería. Si los dos estamos juntos tendremos más posibilidades de sobrevivir. Uno será el esclavo del otro.

—Prisionero —dijo Khadgar—. Los humanos no tienen esclavos.

—Sí que los tienen —dijo Garona—. Sólo que los llaman de otra forma. Así que deberíamos permanecer juntos.

—¿Y eso es todo?

—Casi todo —dijo Garona—. Además está el pequeño detalle de que llevo algún tiempo sin informar a Gul’dan. Cuando me lo cruce, le explicaré que estuve prisionera en Karazhan, y que debería haber sido más listo y no haber mandado a uno de sus seguidores a una trampa.

—¿Se lo creerá? —dijo Khadgar.

—No estoy segura de que lo haga —dijo Garona—. Y ésa es otra razón para quedarme contigo.

—Podrías comprar mucha influencia con lo que has descubierto —dijo Khadgar.

Garona asintió.

—Sí, si no me parten la cabeza con un hacha antes de que pueda decir nada. No, por el momento me arriesgaré con los paliduchos. Ahora, necesito una cosa.

—¿Qué?

—Necesito reunir los cuerpos, y apilar arbustos y ramas sobre ellos. Podemos dejar lo que no queramos, pero debemos quemar los cuerpos. Es lo menos que podemos hacer.

Khadgar frunció el ceño.

—Si la caballería pesada sigue en la zona, la columna de humo los atraerá enseguida.

—Lo sé —dijo Garona recorriendo con la mirada los restos de la patrulla—. Pero debemos hacerlo. Si encontráramos soldados humanos muertos en una emboscada, ¿no querrías enterrarlos?

Khadgar apretó los labios en una expresión sombría, pero no dijo nada. En su lugar, fue a tomar al orco que estaba más alejado y lo arrastró hasta los restos de la atalaya. En menos de una hora, habían despojado los cuerpos y les habían prendido fuego.

—Ahora deberíamos irnos —dijo Khadgar mientras Garona veía ascender el humo.

—¿No atraerá esto a los jinetes? —dijo Garona.

—Sí —dijo Khadgar—. Y también mandará un mensaje; que aquí hay orcos. Orcos que se sienten lo bastante seguros para quemar los cuerpos de sus camaradas. Preferiría tener una oportunidad para explicarme de cerca antes que enfrentarme a un caballo de guerra a la carga, gracias.

Garona asintió, y con las capas robadas ondeando tras ellos, abandonaron la atalaya en llamas.

Garona había dicho la verdad en cuanto a que la versión orco de las raciones de campaña eran un espantoso mejunje de sirope endurecido, frutos secos y lo que Khadgar juraba que era rata hervida. Aun así, les permitían seguir adelante y avanzaban a buen ritmo.

Pasaron dos días y el paisaje se abrió a anchos campos donde ondulaba el cereal. No obstante, la tierra estaba igual de desolada, los establos vacíos y las casas en ruinas. Encontraron varias marcas de hogueras de funerales orcos, y un creciente número de sitios donde la tierra había sido removida, marcando el fallecimiento de familias y patrullas de humanos.

De todas formas, avanzaban pegados a los setos y las vallas siempre que podían. El terreno más abierto les facilitaba ver cualquier tropa, pero los dejaba más expuestos. Se ocultaron dentro de una granja casi intacta mientras un pequeño ejército orco avanzaba por las inmediaciones.

Khadgar observó cómo avanzaba la columna de unidades. Guerreros, jinetes montados en grandes lobos y catapultas adornadas con imaginativas decoraciones de calaveras y dragones. A su lado, Garona veía avanzar la procesión.

—Idiotas —dijo.

Khadgar le dirigió una mirada interrogativa.

—No pueden ir más expuestos —explicó ella—. Nosotros podemos verlos, y los paliduchos también. Esta panda no tiene un objetivo, sencillamente están recorriendo el campo en busca de pelea. En busca de una muerte honorable en combate. —Meneó la cabeza.

—No tienes muy buena opinión de tu gente —dijo Khadgar.

—Ahora mismo no tengo muy buena opinión de ninguna gente. Los orcos me han desheredado, los humanos me matarán y el único humano en el que confiaba ha resultado ser un demonio.

—Bueno, estoy yo —dijo Khadgar, tratando de no parecer ofendido.

Garona hizo una mueca.

—Sí, estás tú. Eres humano y confío en ti. Pero pensé, realmente pensé, que Medivh iba a marcar la diferencia. Poderoso, importante y dispuesto a parlamentar. Sin prejuicios. Pero me engañé a mí misma. No es más que otro loco. Quizá ése sea mi lugar, trabajar para los locos. Quizá no soy más que otro peón en el juego. ¿Cómo lo llamaba Medivh? ¿Los implacables engranajes del universo?

—Tu papel —dijo Khadgar—, es el que tú elijas. Medivh también quiso eso siempre.

—¿Crees que estaba cuerdo cuando lo dijo? —preguntó la semiorco. Khadgar se encogió de hombros.

—Tan cuerdo como podía estar. Creo que lo estaba, y parece que tú también quieres creerlo.

—Sip —dijo Garona—. Todo era tan sencillo cuando trabajaba para GuTdan… Sus ojos y oídos. Ahora no sé quién tiene la razón y quién no. ¿Qué pueblo es mi pueblo? ¿Ambos? Al menos tú no tienes que preocuparte por las lealtades divididas.

Khadgar no dijo nada y volvió la mirada hacia el crepúsculo. En algún punto del horizonte, el ejército orco se había encontrado con algo. En el filo del mundo en esa dirección podía verse el tenue fulgor del falso amanecer, marcado por los reflejos de repentinos destellos en las nubes, y los ecos de los tambores de guerra y de la muerte retumbaban como el trueno distante.

Pasaron dos días. Ahora avanzaban por ciudades y mercados abandonados. Los edificios estaban más enteros, pero también desiertos. Había señales de habitación reciente, tanto por soldados humanos como orcos, pero ahora los únicos moradores eran fantasmas y recuerdos.

Khadgar se coló en una tienda que parecía prometedora y, aunque los estantes habían sido vaciados por completo, todavía quedaba madera para la chimenea y había patatas y cebollas en un cubo en el sótano. Cualquier cosa sería mejor que las raciones de viaje de los orcos.

Khadgar preparó el fuego y Garona se llevó un cubo hasta un pozo cercano. Khadgar pensaba acerca del siguiente paso.

Medivh era un peligro, quizá un peligro más grande que los orcos. ¿Se podría razonar con él ahora? ¿Convencerlo para cerrar el portal? ¿O era demasiado tarde?

Sólo la información de que había un portal ya era una buena noticia. Si los humanos podían localizarlo, o incluso cerrarlo, dejarían a los orcos aislados en este mundo. Les impedirían recibir refuerzos de Draenor.

Al aprendiz lo sacó de sus pensamientos un jaleo afuera. El choque de metal contra metal. Voces humanas, gritando.

—Garona —susurró Khadgar, y se dirigió hacia la puerta.

Se los encontró junto al pozo. Una patrulla de unos diez soldados de infantería, vestidos con la librea azul de Azeroth y las espadas desenvainadas. Uno de ellos se agarraba un brazo que le sangraba, pero otra pareja retenía a Garona, tomándola uno por cada brazo. Su daga de hoja larga estaba en el suelo. Mientras Khadgar torcía la esquina, el sargento la abofeteaba con un guantelete de cota de mallas.

—¿Dónde están los demás? —gruñó. De la boca de la semiorco salía un hilillo de sangre morada negruzca.

—¡Déjenla en paz! —gritó Khadgar. Sin pensar, atrajo las energías hacia su mente y lanzó un rápido conjuro.

Una luz brillante brotó de la cabeza de Garona, un sol en miniatura que tomó desprevenidos a los humanos. Los dos infantes que la tenían la soltaron, y la mujer cayó al suelo. El sargento levantó la mano para protegerse los ojos, y el resto de la patrulla quedó lo bastante sorprendido como para que Khadgar estuviera entre ellos y junto a Garona en cuestión de segundos.

—M’sorpr’dieron —murmuró Garona a través de un labio roto—. Deja que recupere el aliento.

—Quédate en el suelo —le dijo Khadgar en voz baja.— ¿Está usted a cargo de esta chusma? —le ladró al sargento que aún parpadeaba.

La mayoría de la infantería ya se había recuperado, y tenían las espadas dispuestas. Los dos que estaban cerca de Garona habían retrocedido un paso, pero la observaban a ella, no a Khadgar.

—¿Quién eres para interferir con el ejército? —Escupió el sargento—. ¡Sáquenlo de aquí, chicos!

—¡Alto! —Avisó Khadgar, y los soldados, que ya habían experimentado sus conjuros una vez, sólo avanzaron un paso—. Soy Khadgar, aprendiz del Magus Medivh, amigo y aliado de su rey Llane. Tengo asuntos que tratar con él. Condúzcannos enseguida a Stormwind.

El sargento se carcajeó.

—Seguro que sí, y yo soy Sir Lothar. Medivh no tiene aprendices. Incluso yo lo sé. ¿Y quién es tu cariñito aquí presente?

—Es… —Khadgar dudó unos instantes—. Mi prisionera. La llevo a Stormwind para interrogarla.

—Vaya —gruñó el sargento—. Pues mira, chico, hemos encontrado a tu prisionera aquí fuera, armada, y tú no estabas a la vista. Diría que tu prisionera se escapó. Qué pena que la orco prefiriera morir a rendirse.

—¡No la toquen! —dijo Khadgar levantando la mano. El fuego danzó entre sus dedos doblados.

—Estás tonteando con tu propia muerte —gruñó el sargento. En la distancia, Khadgar pudo oír las pesadas pisadas de caballos. Refuerzos. Pero ¿estarían más dispuestos a escuchar a una semiorco y a un mago que esta panda?

—Comete usted un grave error, señor —dijo Khadgar, manteniendo la voz serena.

—Mantente fuera de esto, chico —le ordenó el sargento—. Tomen a la orco. ¡Mátenla si se resiste!

Los infantes dieron otro paso al frente, y los que estaban más cerca de Garona se agacharon para volver a agarrarla. Ella intentó escurrirse y uno la pateó con una pesada bota.

Khadgar contuvo las lágrimas y lanzó el conjuro contra el sargento. Una bola de fuego lo golpeó en una rodilla. El sargento aulló y cayó al suelo.

—Ahora paren esto —siseó Khadgar.

—¡Mátenlos! —Gritó el sargento con los ojos desencajados de dolor—. ¡Mátenlos a los dos!

—¡Alto! —llegó otra voz más grave y profunda, amortiguada por un gran yelmo. Los jinetes habían llegado a la plaza del pueblo. Eran unos veinte, y a Khadgar se le vino el alma a los pies. Eran más de los que podía encargarse Garona. Su líder iba ataviado con una armadura completa y una celada. Khadgar no podía verle el rostro.

El joven aprendiz se adelantó a toda prisa.

—Señor —dijo—. Detenga a esos hombres. Soy el aprendiz del Magus Medivh.

—Sé quién eres —dijo el comandante—. ¡Depongan las armas! —ordenó—. ¡Mantengan vigilada a la orco pero suéltenla!

Khadgar tragó saliva.

—Tengo una prisionera e información importante para el rey Llane. ¡Necesito ver a Sir Lothar enseguida!

El comandante se levantó el visor de la celada.

—Y lo verás, niño —dijo Lothar—. Y lo verás.

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