El último guardián – Capítulo Once – Garona

Volvió a su biblioteca (bueno, a la de Medivh) y se la encontró fisgando entre sus notas. Inmediatamente sintió crecer la furia en su interior, pero el dolor de sus golpes y de la reprimenda de Medivh mantuvieron controlada su ira.

—¿Qué haces? —dijo secamente.

Los dedos de la Emisaria Garona se levantaron de los papeles.

—Fisgar, creo que lo llamabas así. ¿O era espiar? —Levantó la vista y lo miró con el ceño fruncido—. De hecho, estoy intentando comprender lo que haces aquí. Como las notas estaban por ahí encima… espero que no te importe.

Claro que SI me importa, pensó Khadgar, pero dijo otra cosa.

—Lord Medivh me ha ordenado que te trate con la máxima cortesía. Sin embargo, podría molestarse si al hacerlo permito que revientes al lanzar un conjuro mal preparado.

El rostro de Garona se mantuvo imperturbable, pero Khadgar se dio cuenta de que levantaba los dedos de los papeles.

—No me interesa la magia.

—Últimas palabras célebres —dijo Khadgar—. ¿Hay algo aquí con lo que pueda ayudarte, o sólo estas fisgando en general a ver lo que sacas?

—Me han dicho que tienes un libro acerca de los reyes de Azeroth —dijo ella—. Me gustaría consultarlo.

—¿Sabes leer? —preguntó Khadgar. Sonó más áspero de lo que pretendía—. Lo siento, quería decir.

—Sí, sorprendentemente sé leer —respondió Garona rápida e irónicamente—. A lo largo de los años he adquirido numerosos talentos.

Khadgar frunció el ceño.

—Segundo pasillo, cuarta estantería empezando por arriba. Es un libro encuadernado en rojo con filigrana dorada.

Garona desapareció entre los estantes, y Khadgar aprovechó para recoger sus notas de encima de la mesa. Tendría que guardarlas en otro sitio si la orco tenía libertad de movimientos por la torre. Menos mal que no era correspondencia de la Orden; incluso a Medivh le daría un ataque si ella se hiciera con “La Canción de Aegwynn”.

Sus ojos fueron hasta la estantería donde se guardaba el pergamino que se usaba como clave. Desde donde él estaba, parecía que no lo habían tocado. Ahora mismo no hacía falta montar una escena, pero también tendría que trasladarlo.

Garona volvió con un inmenso volumen en la mano, y levantó una poblada ceja en señal de interrogación.

—Sí, ése es —dijo el aprendiz.

—Los idiomas humanos tienen… muchas palabras —dijo ella, mientras dejaba el tomo en el espacio vacío que anteriormente habían ocupado las notas de Khadgar.

—Eso es porque siempre tenemos algo que decir —respondió Khadgar tratando de sonreír. ¿Tendrían libros los orcos?, se preguntaba. ¿Leerían? Por supuesto, tenían magos. ¿Pero significaba eso que tuvieran conocimientos reales?

—Espero no haber sido demasiado dura contigo antes, en el pasillo. —Su tono no era muy sincero, y Khadgar estaba seguro de que habría preferido verlo escupir algún diente. Probablemente esto era lo que pasaba por una disculpa entre los orcos.

—Nunca había estado mejor —dijo Khadgar—. Necesitaba el ejercicio.

Garona se sentó y empezó a hojear el texto. Khadgar se dio cuenta de que movía los labios al leer, y de que inmediatamente se había dirigido hacia el final del libro, hasta los añadidos más recientes acerca del reinado del rey Llane.

Ahora, lejos del calor de la lucha, podía ver que Garona no era un orco normal como los que había combatido antes. Era esbelta y de musculatura proporcionada, a diferencia de los toscos y deformes brutos con los que había luchado donde la caravana. Su piel era más suave, casi humana, y de una tonalidad de verde más clara que el jade de los orcos. Sus colmillos eran un poco más pequeños, y sus ojos algo más grandes, más expresivos que las duras bolas escarlatas de los guerreros orcos. Se preguntó cuánto de esto vendría por su herencia humana y cuánto por ser hembra. Se preguntó si alguno de los orcos con los que había combatido antes era hembra. No era obvio, y en aquellos momentos no había sentido deseo alguno de comprobarlo.

De hecho, sin la carne verde, el rostro desfigurado y colmilludo y la hostil actitud de superioridad casi podría ser atractiva. Pero estaba en su biblioteca fisgoneando en sus libros (bueno, la biblioteca de Medivh y los libros de Medivh, pero el Magus se los había confiado a él).

—Así que eres una emisaria —dijo por fin. Intentaba mantener sus palabras en un tono desenfadado e informal—. Me hablaron de tu llegada.

La semiorco asintió, pero se concentró en las palabras que tenía ante ella.

—¿De quién eres emisario exactamente?

Garona levantó la mirada y Khadgar vio un destello de irritación bajo sus pobladas cejas. A Khadgar le agradaba molestarla, pero al mismo tiempo se preguntaba dónde pondría el límite a su paciencia la mujer. No quería presionarla demasiado ni demasiado rápido, para no ganarse otra tunda ni otra reprimenda del Magus.

Al menos esta vez conseguiría algo de información antes del combate.

—Es decir —dijo—. Si eres “El Emisario”, eso quiere decir que alguien te da las órdenes, que alguien tira de tus hilos, alguien ante quien debes responder. ¿A quién representas?

—Estoy segura de que tu maestro, el Viejo, te lo dirá si se lo preguntas —dijo Garona amablemente, pero sus ojos se mantuvieron duros.

—Estoy seguro de que lo haría —mintió Khadgar—, si yo tuviera el atrevimiento de preguntarle. Así que te lo pregunto a ti. ¿A quién representas? ¿Qué poderes te han otorgado? ¿Estás aquí para negociar, exigir o qué?

Garona cerró el libro (Khadgar sintió una pequeña victoria al haberla distraído de su tarea).

—¿Piensan igual todos los humanos?

—Sería muy aburrido si todos lo hiciéramos —dijo Khadgar.

—Quiero decir, ¿todo el mundo está de acuerdo en todo? ¿Está la gente siempre de acuerdo con lo que quieren sus amos o sus superiores? —dijo Garona. La dureza de sus ojos se desvaneció sólo un poco.

—Apenas —respondió Khadgar—. Una de las razones para que haya tantos libros es que cada uno tiene su opinión, y eso los que saben leer y escribir.

—Pues comprende que también hay diferencias de opinión entre los orcos —dijo Garona—. La Horda está compuesta de varios clanes, todos los cuales tienen sus propios jefes y caudillos. Todos los orcos pertenecen a un clan. La mayoría de los orcos son leales a su clan y a sus caudillos.

—¿Qué son los clanes? —Preguntó Khadgar—. ¿Cómo se llaman?

—Uno de ellos es el Stormreaver —dijo la semiorco—. Blackrock. Twilight’s Hammer. Bleeding Hollow. Ésos son los principales.

—Parecen una gente belicosa —dijo Khadgar.

—La tierra natal de los orcos es un sitio duro —dijo Garona—, y sólo sobreviven los más fuertes y los mejor organizados. No son más que lo que su tierra ha hecho de ellos.

Khadgar pensó en la desolada tierra de cielos rojos que había visto en la visión. Entonces, era la patria de los orcos. Un territorio baldío en otra dimensión. Pero ¿cómo habían llegado hasta aquí? En vez de eso preguntó:

—¿Y cuál es tu clan?

Garona dejó escapar un resoplido similar al estornudo de un bulldog. —Yo no tengo clan.

—Pero has dicho que toda tu gente pertenece a un clan —dijo Khadgar.

—He dicho todos los orcos —dijo Garona. Cuando Khadgar la miró sin entender, ella levantó la mano—. Mira aquí. ¿Qué ves?

—Tu mano —dijo Khadgar.

—¿Humana u orco?

—Orco —dijo Khadgar. Le parecía obvio. Piel verde, uñas afiladas y amarillentas, nudillos un ápice demasiado grandes para ser humanos.

—Un orco diría que es una mano humana; demasiado delgada para ser realmente útil. Sin el suficiente músculo para sostener un hacha o aplastar un cráneo como hay que hacerlo. Demasiado pálida, demasiado débil y demasiado fea. —Garona bajó la mano y miró al joven mago con el entrecejo fruncido—. Tú ves las partes de mí que son oreas. Mis superiores orcos, y todos los demás orcos, ven las partes de mí que son humanas. Soy ambas cosas y ninguna, y ambas partes me consideran inferior.

Khadgar abrió la boca para rebatirla, pero se lo pensó dos veces y se mantuvo callado. Su primera reacción había sido atacar al orco que se había encontrado en el pasillo, no ver el humano que era huésped de Medivh. Asintió.

—Tiene que ser difícil. Sin pertenecer a ningún clan.

—Me aprovecho de ello —dijo Garona—. Puedo moverme entre los clanes con más facilidad. Como soy una criatura inferior, se supone que no estoy buscando siempre una ventaja para mi clan. Como no le gusto a nadie, no discrimino entre unos y otros. Algunos caudillos encuentran eso tranquilizador. Me convierte en mejor negociadora y, antes de que lo digas, en mejor espía. Pero es mejor no tener lealtades que tener lealtades enfrentadas.

Khadgar pensó en el discursito de Medivh sobre sus lealtades hacia los Kirin Tor.

—¿Y a qué clan representas en estos momentos?

Garona le dedicó una sonrisa irónica y colmilluda.

—Si dijera que a Gizbah el Poderoso, ¿qué dirías? O quizá estoy en una misión para Morgax el Gris o Hikapik el Desangrador. ¿Significaría eso algo para ti?

—Quizás —dijo Khadgar.

—No —dijo Garona—, porque acabo de inventarme todos esos nombres. Y el nombre de la facción que me ha enviado tampoco tendría sentido para ti, no por ahora. Del mismo modo, la presunta amistad del Viejo con el rey Llane no significa nada para nuestros jefes, y el nombre Lothar no es nada más que una maldición que invocan los campesinos humanos que nos encontramos. Antes de que pueda haber paz, antes siguiera de que podamos empezar a negociar, tenemos que aprender más acerca de ustedes.

—Que es para lo que estás tú aquí.

Garona dejó escapar un hondo suspiro.

—Que es el motivo por el cual yo estoy rezando porque me dejes en paz el tiempo suficiente para poder enterarme de lo que dice el Viejo en nuestras discusiones.

Khadgar se mantuvo en silencio unos instantes. Garona abrió de nuevo el libro y pasó las páginas hasta donde lo había dejado.

—Por supuesto, eso funciona en ambos sentidos —dijo Khadgar, y Garona cerró el libro con un suspiro de exasperación—. Quiero decir, que nosotros también tenemos que saber más acerca de los orcos si vamos a hacer otra cosa que no sea combatirlos. Si hablas en serio de la paz.

Garona miró fijamente a Khadgar, y por un momento el joven se preguntó si la semiorco iba a saltar la mesa y darle una zurra. Pero en vez de eso, las orejas de ella se pusieron tiesas.

—Espera. ¿Qué es eso?

Khadgar lo sintió antes de oírlo. Un repentino cambio en el aire, como si en alguna otra parte de la torre se hubiera abierto una ventana. Un soplo de viento agitando el polvo del pasillo.

Una ola de calidez atravesando la torre.

—Hay algo… —dijo Khadgar.

—He oído. —dijo Garona.

Entonces Khadgar también lo oyó, el sonido de unas garras de hierro rascando contra la piedra, y la calidez del aire aumentó mientras se le erizaban los pelos de la nuca.

Y la gran bestia entró agazapándose en la biblioteca.

Estaba hecha de fuego y sombra, y su piel era oscura y contenía en su interior el titilar de las llamas. Su rostro lobuno estaba enmarcado por un par de cuernos de carnero que brillaban como el ébano pulido. Parecía bípedo, aunque caminaba a cuatro patas y sus garras delanteras arañaban el suelo de piedra.

—¿Qué es? —siseó Garona.

—Un demonio —dijo Khadgar con voz estrangulada, mientras se levantaba y se alejaba de la mesa.

—Su criado dijo que aquí había visiones. Fantasmas. ¿Esto es una de ellas? — Garona también se levantó.

Khadgar quiso decir que no, que las visiones solían abarcar toda una zona, transportándote a un nuevo lugar, pero en vez de eso se limitó a negar con la cabeza.

La bestia estaba aferrada a la puerta, olfateando el aire. Los ojos de la criatura resplandecían con llamaradas. ¿Era ciega esta bestia y sólo podía detectar mediante el olfato? ¿O es que estaba detectando algo nuevo en el aire, un perfume inesperado?

Khadgar trató de conducir las energías hasta su mente, pero al principio su corazón flaqueó y su mente se vació. La bestia continuó olfateando, girando en el sitio hasta que se encaró con la pareja.

—Sube a lo alto de la torre —dijo Khadgar en voz baja—. Tenemos que avisar a Medivh. —Por el rabillo del ojo pudo ver que Garona le asentía, pero que sus ojos no se apartaban de la bestia. Una gota de sudor recorría su largo cuello. Se echó un paso al lado.

El movimiento fue suficiente, y todo sucedió al instante. La bestia se agachó y atravesó la habitación de un salto. La mente de Khadgar se aclaró y con rápida eficiencia atrajo hacia sí las energías mágicas, levantó la mano y clavó un rayo de energía mística en el pecho de la criatura. La energía atravesó el pecho de la bestia y salió por su espalda, haciendo saltar trozos de carne en llamas en todas direcciones, pero no la detuvo lo mínimo.

Aterrizó sobre la robusta mesa, sus garras se clavaron en la madera y volvió a saltar, esta vez contra Khadgar. La mente del joven mago se quedó en blanco durante un segundo, pero un segundo fue todo lo que necesitó el demonio encorvado para cubrir la distancia que los separaba.

Otra cosa lo agarró y tiró de él para apartarlo del camino. Olió un almizcle de canela y oyó una maldición gutural mientras lo arrancaban de la trayectoria del demonio que venía saltando. La bestia atravesó el espacio que hasta hacía unos momentos había ocupado el aprendiz, y emitió su propio grito. Un largo desgarrón había aparecido a lo largo del costado izquierdo de la criatura, y estaba supurando sangre ardiente.

Garona soltó a Khadgar de su abrazo (un abrazo débil y humano, pero suficiente para sacarle el aire de los pulmones). El aprendiz se dio cuenta de que en la otra mano Garona sostenía un cuchillo de hoja larga, manchado de escarlata por el primer golpe, y Khadgar se preguntó dónde lo habría escondido mientras discutían.

La criatura aterrizó, giró sobre sí misma y trató de hacer un torpe segundo ataque, con las garras de hierro extendidas y la boca y los ojos refulgiendo con llamaradas. Khadgar se agachó y se levantó con el pesado volumen rojo de El Linaje de los Reyes de Azeroth. Estampó el inmenso tomo en la cara de la criatura y luego volvió a agacharse. La bestia pasó sobre él, aterrizando junto a la puerta. Emitió un gorgoteo de asfixia y agitó su cabeza cornuda, tratando de desencajarse de la boca el pesado grimorio. Khadgar vio que había una línea de sangre ardiente a lo largo del costado derecho de la criatura. Garona había golpeado por segunda vez.

—¡Ve por Medivh! —Gritó Khadgar—. Yo lo apartaré de la puerta.

—¿Y qué pasa si me quiere a mí? —respondió Garona, y por primera vez Khadgar oyó un matiz de miedo en su voz.

—No te quiere a ti —dijo lúgubremente Khadgar—. Mata magos.

—Pero tú…

—Tú vete —dijo Khadgar.

Khadgar corrió hacia la izquierda y, como temía, el demonio fue tras él. En vez de ir hacia la puerta, Garona corrió hacia la derecha y empezó a escalar la estantería más alejada.

—¡Trae a Medivh! —gritó Khadgar corriendo entre las estanterías.

—No hay tiempo —respondió Garona mientras seguía trepando—. Mira a ver si lo puedes entretener en uno de esos pasillos.

Khadgar dio la vuelta al final del largo pasillo de estanterías. El demonio ya había cruzado de un salto la mesa de estudio y ahora avanzaba encorvado por el pasillo que había entre historia y geografía. En la sombra que había entre las estanterías, resaltaban la boca y los ojos flamígeros de la criatura, y de sus costados heridos salía ahora un humo acre.

Khadgar aclaró su mente, se tragó su miedo y disparó un rayo místico. Un globo de fuego o una chispa de rayo podrían ser más efectivos, pero la bestia estaba rodeada por sus libros.

El rayo golpeó el rostro de la criatura, haciéndola tambalearse un paso atrás. Gruñó y volvió a seguir adelante.

Repitió el proceso como un ritual; aclarar la mente, combatir el miedo, levantar la mano e invocar la palabra. Otro rayo rebotó hacia arriba en los cuernos de azabache. La bestia se detuvo, pero sólo un instante. Ahora sus fauces parecían una sonrisa retorcida y llena de llamas.

Por tercera vez invocó el poder del rayo místico. Ahora la criatura estaba cerca y le estalló en la cara, pero aparte de iluminar su expresión divertida no le hizo nada. Khadgar olió su fuerte olor a quemado, y oyó un grave chasquido en la garganta de la bestia. ¿Risa?

—¡Prepárate para correr! —gritó Garona, desde algún lugar a su derecha y arriba.

—¿Qué estás… ? —dijo Khadgar mientras empezaba a retroceder.

—¡Corre! —gritó ella, y empujó con los pies. La semiorco se había encaramado a la parte superior de las estanterías, y ahora las estaba tirando, haciéndolas caer como gigantescas fichas de dominó. Retumbó el trueno cuando cada estantería cayó sobre su vecina, derramando volúmenes y aplastándolo todo a su paso.

La última estantería golpeó contra la pared y se hizo astillas por la fuerza del impacto que la había tirado al suelo. Garona se bajó de su posición elevada, que ahora se tambaleaba, con el cuchillo de hoja larga desenvainado. Trató de ver a través de la polvareda que se había levantado.

—¿Khadgar. ? —dijo.

—Aquí —dijo el aprendiz, estampado contra la pared del fondo, donde se levantaban los pilares metálicos que soportaban la galería del piso superior. Su rostro estaba pálido incluso para un humano.

—¿Lo logramos? —preguntó ella en un tono imperioso, aún agazapada, esperando un nuevo ataque en cualquier momento.

Khadgar señaló hasta el borde de lo que sólo segundos antes había sido el fin de la fila de estanterías. Ahora el piso inferior al completo era una ruina de estanterías destrozadas y volúmenes arruinados. Saliendo de entre los restos del desastre había un brazo musculoso y retorcido hecho de llamas mortecinas y sombras. Sus garras de hierro ya estaban enrojecidas del óxido y la sangre caliente encharcaba el suelo. Su mano extendida estaba apenas a treinta centímetros de donde se encontraba Khadgar.

—Cayó —dijo Garona, volviendo a enfundar el cuchillo en una vaina que llevaba bajo la blusa.

—Deberías haberme hecho caso —dijo Khadgar tosiendo por el polvo—. Deberías haber ido por Medivh.

—Te hubiera hecho trizas antes de que hubiera subido dos tramos de la escalera —protestó la semiorco—. ¿Y quién hubiera tenido entonces que darle explicaciones al Viejo?

Khadgar asintió, y entonces un pensamiento le hizo fruncir el ceño. —El Magus. ¿Habrá oído esto?

Garona asintió mostrando que estaba de acuerdo.

—Debería haber bajado. Hemos hecho bastante ruido como para levantar a los muertos.

—Oh, no —dijo Khadgar dirigiéndose hacia la entrada de la biblioteca—. ¿Y si había más de un demonio? ¡Vamos!

Sin pensar, Garona desenvainó el cuchillo y siguió al humano fuera de la habitación.

Encontraron a Medivh sentado en su laboratorio, en el mismo banco de trabajo donde Khadgar lo había dejado no hacía más de una hora. Ahora el instrumento en el que había estado trabajando estaba hecho pedazos retorcidos, y a un lado de la mesa descansaba un martillo de hierro.

Medivh dio un respingo cuando Khadgar irrumpió en la habitación, seguido de cerca por Garona. El Aprendiz se preguntó si Medivh habría estado amodorrado todo este tiempo.

—¡Maestro! ¡Hay un demonio en la torre! —exclamó Khadgar.

—¿Otra vez un demonio? —Dijo Medivh cansado, frotándose un ojo con la palma de la mano—. La primera vez fue un demonio. La última vez fue un orco.

—Su estudiante tiene razón —dijo Garona—. Yo estaba con él en la biblioteca cuando atacó. Era una criatura grande, bestial, pero astuta. Hecha de fuego y sombras, y sus heridas ardían y humeaban.

—Posiblemente no fue más que otra visión —dijo Medivh, volviendo a su trabajo. Recogió una de las retorcidas piezas del aparato y la miró, como si la viera por primera vez—. Suceden aquí, las visiones. Creo que Moroes ya te ha avisado sobre ellas.

—No ha sido una visión, maestro —dijo Khadgar—. Era un demonio, del tipo con el que combatiste en el castillo de Stormwind. Algo ha traspasado las defensas y nos ha atacado.

Las cejas grises de Medivh se arquearon en señal de sospecha.

—¿Otra vez que algo ha atravesado mis defensas? Ridículo. —Cerró los ojos y trazó un símbolo en el aire—. No, no falta nada y ninguna de las defensas ha saltado. Tú estás aquí, Cocinas está en la cocina y Moroes está en el pasillo fuera de la biblioteca ahora mismo.

Khadgar y Garona intercambiaron una mirada.

—Entonces deberías venir enseguida, maestro —dijo Khadgar.

—¿Debería? —Preguntó Medivh—. Tengo otras cosas de las que preocuparme, de eso estoy seguro.

—Ven y verás —dijo Khadgar.

—Creemos que la bestia está muerta —intervino Garona—. Pero no queremos arriesgar la vida de sus sirvientes por nuestra creencia.

Medivh miró el aparato destrozado, negó con la cabeza y lo dejó en la mesa. Parecía irritado.

—Como quieran. Se supone que los aprendices no deben causar tantos problemas.

Sin embargo, cuando llegaron a la biblioteca Moroes estaba allí de pie, escoba y recogedor en mano, observando los daños. Levantó la mirada, algo desorientado, cuando entraron los dos magos y la semiorco.

—Felicidades —dijo Medivh arrugando el rostro—. Ahora es un desastre mayor incluso que cuando llegaste. Al menos entonces tenía estanterías. ¿Dónde está ese supuesto demonio?

Khadgar anduvo hasta el sitio de donde había sobresalido la mano del demonio, pero ahora todo lo que quedaba era una de las estanterías aplastada contra el suelo. No había ni sangre.

—Estaba aquí —dijo Garona, tan sorprendida como Khadgar—. Entró y nos atacó. —Agarró un borde de la estantería y trató de levantarla, pero el inmenso mueble de roble era demasiado pesado para ella—. Los dos lo vimos —dijo tras un momento de forcejeo.

—Vieron una visión —dijo severo Medivh—. ¿Es que no te lo advirtió Moroes?

—Sip —confirmó Moroes—. Se lo avisé. —Y dio unos golpecitos en sus anteojeras para dar más énfasis.

—Maestro, nos atacó —dijo Khadgar—. Lo herí con mis propios conjuros. El emisario lo hirió, dos veces.

—Hmmmf—gruñó el Magus—. Lo más probable es que la cosa se les fuera de las manos, e hicieron casi todo el daño ustedes mismos. Hay marcas frescas en la mesa. ¿Del demonio?

—Tenía garras de hierro —dijo Khadgar.

—O quizá de tus propios rayos místicos, lanzados por ahí como si estuvieras jugando a las canicas en las calles de Stormwind. —Medivh negó con la cabeza.

—Mi cuchillo se clavó en algo duro y correoso —dijo Garona.

—Sin duda algunos libros —dijo el mago—. No, si hubiera habido un demonio, su cuerpo aún seguiría aquí. A menos que alguien lo haya limpiado. ¿Moroes, tienes por casualidad un demonio en el recogedor?

—No creo —dijo el senescal—. Podría comprobarlo.

—No te preocupes, pero déjales tus herramientas a estos dos. —Se dirigió hacia el joven mago y la semiorco—. Espero que se lleven bien. Ante esto, les ha tocado arreglar la biblioteca. Joven Confianza, has traicionado tu nombre, así que ahora debes dar una compensación.

—Pero yo vi… —Garona no se daba por vencida.

—Viste un fantasma —la interrumpió Medivh, con tono autoritario y el entrecejo fruncido—. Viste un fragmento de otro lugar. No les hubiera hecho daño. Nunca lo hacen. Tu amigo aquí presente —señaló a Khadgar— tiene tendencia a ver demonios donde no los hay. Eso me preocupa un poco. Quizás puedan intentar no ver ninguno mientras limpian. Hasta que no acaben, ¡no quiero que se me moleste!

Y con eso, se fue. Moroes dejó la escoba y el recogedor en el suelo y lo siguió.

Khadgar recorrió con la mirada el desastre que había a su alrededor. Allí hacía falta algo más que una escoba. Las estanterías estaban caídas y en un par de sitios se habían hecho pedazos, y los libros estaban desparramados, algunos con los lomos rotos y con las cubiertas desgarradas. ¿Podía haber sido una visión perdida en el tiempo?

—Lo que nos ha atacado no ha sido una ilusión —dijo Garona malhumorada.

—Lo sé —respondió Khadgar.

—¿Y por qué él no lo ve? —preguntó la semiorco.

—Eso no lo sé —dijo el aprendiz—. Y me preocupa cuál pueda ser la respuesta.

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