El último guardián – Capítulo Doce – La vida en tiempos de guerra

Sólo llevó varios días poner de nuevo la biblioteca en orden. Casi todos los libros desperdigados estaban al menos cerca de donde tenían que estar, y los ejemplares más raros, más mágicos y con trampas estaban en la balconada superior y no habían sido afectados por el jaleo. No obstante, reconstruir algunas de las estanterías llevó su tiempo, y Garona y Khadgar convirtieron los establos abandonados en un improvisado taller de carpintería, e intentaron restaurar (y en algunos casos sustituir) las estanterías destrozadas.

Del demonio no había quedado ni rastro, excepto los daños. Las marcas de garras seguían en la mesa, y las páginas de El Linaje de los Reyes de Azeroth estaban muy dañadas y desgarradas, como por unas enormes mandíbulas. Y sin embargo no había ningún cuerpo, ninguna sangre, ningún resto que dejar a los pies de Medivh.

—Quizá lo rescataron —sugirió Garona.

—Estaba bastante muerto cuando lo dejamos —respondió Khadgar, que en ese instante trataba de recordar si había puesto la poesía épica en la estantería de encima o en la de debajo de la poesía romántica.

—Algo rescató el cuerpo —dijo Garona—. La misma persona que lo hizo entrar lo hizo salir.

—Y la sangre también —le recordó Khadgar.

—Y la sangre también —repitió la semiorco—. Quizá era un demonio limpio.

—La magia no funciona así —dijo Khadgar.

—Quizás tu magia no, la magia que has aprendido —dijo Garona—. Otra gente puede tener otra magia. Los viejos chamanes de los orcos tienen una forma de hacer magia, los brujos que lanzan conjuros tienen otra. Quizá es un conjuro del que nunca has oído hablar.

—No —se limitó a decir Khadgar—. Habría dejado alguna clase de rastro. Un poco del conjurador tras de sí. Alguna energía residual que yo hubiera podido sentir, incluso aunque no pudiera identificarla. Los únicos conjuradores que han actuado en la torre hemos sido yo y el Magus. Eso lo sé por mis propios conjuros. Y comprobé las defensas. Medivh estaba en lo cierto, todas estaban funcionando. Nadie debería haber podido colarse en la torre, ni mágicamente ni de otra forma.

Garona se encogió de hombros.

—Pero en esta torre pasan cosas raras, ¿cierto? ¿Podría ser que esas reglas no se aplicaran aquí?

Esta vez le tocó a Khadgar encogerse de hombros.

—Si es así, tenemos muchos más problemas de los que yo imaginaba.

La relación de Khadgar con la semiorco pareció ir mejorando a medida que reparaban la biblioteca, y cuando le daba la espalda o la tapaban las estanterías, su voz sonaba casi humana. Aun así, mantenía el silencio sobre quién la había enviado, y Khadgar por su parte se mantenía atento. Llevaba la cuenta de las referencias que usaba y las preguntas que hacía.

También intentó llevar el control de cualquier comunicación que ella hiciera, hasta el punto de envolver las habitaciones de los huéspedes con su propia telaraña de conjuros de detección para que le informaran si salía de su habitación o mandaba algún mensaje. Si lo había hecho, sus métodos habían frustrado incluso los conjuros de Khadgar, lo que en vez de tranquilizarlo lo puso aún más nervioso. Si ella estaba haciendo algo con el conocimiento que había adquirido, se lo callaba.

Y fiel a su palabra, Garona empezó a compartir sus conocimientos acerca de los orcos. Khadgar empezó a hacerse una idea de su forma de gobierno (basada en la fuerza y la habilidad guerrera), al igual que de los diferentes clanes. Una vez que se fue explayando, la emisaria dejó bien clara su opinión acerca de varios clanes, a cuyos líderes solía considerar unos necios zoquetes que sólo pensaban de dónde vendría su próxima batalla. Mientras ella describía la fragmentada nación orca, la Horda, Khadgar comprendió que allí las relaciones eran rápidamente mudables y fluidas como mínimo.

Un gran bloque de la Horda era el conservador clan Bleeding Hollow. Un grupo poderoso con una larga historia de conquistas, el clan había perdido algo de poder porque su viejo líder Kilrogg Deadeye estaba cada vez menos dispuesto a desperdiciar vidas en combate. Garona explicó que en la política orca, los orcos que se van haciendo mayores se van volviendo más pragmáticos, lo que a menudo suele ser confundido con cobardía por las generaciones más jóvenes. Kilrogg ya había matado a tres de sus hijos y a dos nietos que habían pensado que gobernarían mejor el clan.

El clan conocido como Blackrock parecía englobar otro buen trozo de la Horda, y su jefe era Blackhand, quien como principal argumento para ostentar el liderazgo esgrimía su capacidad para aplastar a cualquier otro que quisiera el título. Un grupo del clan Blackrock se había escindido, se habían arrancado todos un diente, y se hacían llamar clan Black Tooth Grin. Qué gente tan encantadora.

Había más clanes: el Twilight’s Hammer, que se regodeaba en la destrucción, y el Burning Blade, que parecía no tener líder y era una agrupación anárquica en el caos de la Horda. Y clanes más pequeños, como los Stormreavers, que estaban encabezados por un brujo. Khadgar sospechaba que Garona trabajaba para alguien de los Stormreavers, aunque sólo fuera porque se quejaba de ellos menos que de los demás.

Khadgar tomó las notas que pudo y las reunió en un informe para Lothar. Cada vez llegaba un volumen más elevado de comunicados de todo Azeroth, y ahora parecía que la Horda se estaba expandiendo en todas direcciones desde la Ciénaga Negra. Los orcos que hace un año habían sido considerados simples rumores ahora eran omnipresentes, y el castillo de Stormwind se estaba movilizando para enfrentarse a la amenaza. Khadgar le ocultó a Garona las noticias que iban de mal en peor, pero le comunicó a Lothar hasta el último detalle que pudo averiguar, incluso las rivalidades entre los clanes y sus colores favoritos (el clan Blackrock, por ejemplo, prefería el rojo por algún motivo).

Khadgar también intentó comunicar lo que había descubierto a Medivh, pero el Magus se mostró sorprendentemente desinteresado. De hecho, las conversaciones del Magus con Garona ya no eran tan frecuentes como solían, y en varias ocasiones Khadgar descubrió que Medivh había abandonado la torre sin avisarlo. Incluso cuando estaba presente, Medivh parecía más distante. Más de una vez Khadgar se lo había encontrado sentado en una de las sillas del observatorio con la mirada perdida en la noche de Azeroth. Ahora parecía más malhumorado, más dispuesto a estar en desacuerdo y menos a escuchar.

Su comportamiento hosco también afectaba a los demás. Moroes lanzaba largas y doloridas miradas a Khadgar cuando salía de las habitaciones del maestro. Y la propia Garona sacó el tema a colación mientras revisaban los mapas del mundo conocidos (que estaban hechos en Stormwind, y por lo tanto eran penosamente incompletos incluso cuando se referían a Lordaeron).

—¿Siempre es así? —preguntó ella.

—Tiene sus días —respondió Khadgar estoicamente.

—Sí, pero cuando lo vi por primera vez, parecía vivo, comprometido y positivo. Ahora parece más…

—¿Distraído?

—Embotado —dijo Garona con una mueca de disgusto.

Khadgar no podía estar en desacuerdo. Luego, por la tarde, le llevó al Magus una nueva tanda de mensajes descifrados, todos con el sello púrpura, todos pidiendo ayuda contra los orcos.

—Los orcos no son demonios —dijo Medivh—. Son de carne y hueso, y por ello deben ser preocupación para los guerreros, no para los magos.

—Los mensajes son bastante desesperados —dijo Khadgar—. Parece que las tierras circundantes a la Ciénaga Negra están siendo abandonadas, y los refugiados huyen hacia Stormwind y otras ciudades de Azeroth. Lo están pasando mal.

—Así que dependen de que el Guardián cabalgue a su rescate. Ya es bastante malo tener que dedicarme a vigilar desde las atalayas del Vacío Abisal en busca de demonios, y a cazar los errores de esos aficionados. ¿Ahora tengo que rescatarlos de otras naciones? ¿Tendré luego que apoyar a Azeroth en alguna disputa comercial con Lordaeron? Esas cuestiones no son asunto nuestro.

—Puede que no quede ningún Azeroth sin tu ayuda. Lothar está.

—Lothar es un tonto —murmuró Medivh—. Una vieja gallina clueca que ve amenazas por todas partes. Y Llane es poco mejor, porque cree que nada puede romper sus murallas. Y la Orden, todos los poderosos magos, han luchado y discutido y se han escupido mutuamente tanto que ahora carecen del poder para repeler a un nuevo invasor. No, Joven Confianza, esto son minucias. Incluso si los orcos triunfaran en Azeroth, necesitarían un Guardián, y yo estaría aquí para ellos.

—Maestro, eso es.

—¿Sacrilegio? ¿Blasfemia? ¿Traición? —El Magus suspiró y se pellizcó el puente de la nariz—. Quizá, pero soy un hombre envejecido antes de mi hora, y he pagado un alto precio por un poder no deseado. Permíteme desvariar en contra de los relojes que gobiernan mi vida. Vete. Ya volveré a tus historias trágicas por la mañana.

Mientras cerraba la puerta, Khadgar oyó a Medivh que continuaba:

—Estoy tan cansado de preocuparme por todo… ¿Cuándo podré preocuparme por mí mismo?

* * *

—Los orcos han atacado Stormwind —dijo Khadgar. Habían pasado tres semanas. Dejó la carta en la mesa, entre él y Garona.

La semiorco miró fijamente el sobre con el sello rojo como si fuera una serpiente venenosa.

—Lo siento —dijo por fin—. Nunca hacen prisioneros.

—Esta vez los orcos fueron rechazados —dijo Khadgar—. Hechos retroceder por las tropas de Llane antes de que llegaran a las puertas. Por las descripciones parece que fueron los clanes Bleeding Hollow de Kilrogg y Twiligh’s Hammer. Aparentemente hubo una descoordinación entre las fuerzas principales.

Garona soltó un gruñido como el estornudo de un bulldog.

—El Twilight’s Hammer nunca debería haber sido usado para asaltar una plaza fuerte. Lo más posible es que Kilrogg estuviera intentando diezmar a un rival, y usara Stormwind como su yunque.

—Así que incluso en mitad de un ataque siguen luchando y traicionándose entre ellos —dijo Khadgar. Se preguntaba si sus informes a Lothar le habrían proporcionado la información necesaria para romper el asalto.

Garona se encogió de hombros.

—Como los humanos —hizo un gesto a la pila de libros que había en la mesa de estudio—. En tus historias hay continuas justificaciones para todo tipo de actos infernales. Pretensiones de nobleza, herencia y honor para encubrir el genocidio, el asesinato y la masacre. Al menos la Horda es sincera en su ambición de poder. Creo que no hubiera podido ayudarlos.

—¿A los orcos o a Stormwind? —peguntó Khadgar.

—A ninguno —dijo Garona—. No sabía nada de ningún ataque sobre Stormwind, si es eso a lo que te refieres, aunque cualquiera con dos dedos de frente sabría que la Horda iba a atacar el objetivo más grande tan pronto como fuera posible.

Eso lo sabes por nuestras charlas. También sabes que retrocederán, se reagruparán, matarán a algunos líderes y volverán con más gente.

—Supongo que sí —dijo Khadgar.

—Y ya le has mandado una carta al campeón en Stormwind a tal efecto —añadió Garona.

Khadgar pensó que mantenía el rostro impasible, pero la emisaria de los orcos sonrió ampliamente.

—Sí, lo has hecho.

Khadgar sintió cómo se le sonrojaba el rostro, pero insistió.

—Realmente la pregunta es: ¿por qué no has informado tú a tus jefes?

La mujer de piel verde se recostó en el asiento.

—¿Quién dice que no lo he hecho?

—Yo —dijo Khadgar—. A menos que seas mejor maga que yo.

Un pequeño temblor en la comisura de la boca de Garona la traicionó.

—No has estado informando, ¿verdad? —preguntó Khadgar.

Garona se mantuvo en silencio por unos instantes, y Khadgar dejó que el silencio llenara la biblioteca.

—Digamos que he tenido un problema de lealtades enfrentadas —dijo ella al fin.

—Pensé que no tenías lealtades.

Garona lo ignoró.

—El que me mandó aquí, quien me ordenó que viniera, es un brujo llamado Gul’dan. Conjurador. El líder de los Stormreavers. Muy influyente en la Horda. Muy interesado en los magos de tu mundo.

—Y los orcos tienen la tendencia a atacar primero los objetivos más grandes —dijo Khadgar.

—Gul’dan dijo que Medivh era especial. Qué conjuro secreto o qué meditación alimentada por hierbas usó para llegar a esa conclusión, lo ignoro. —Garona evitó la mirada de Khadgar—. Me encontré varias veces con Medivh ahí fuera, y luego acordamos que vendría aquí a la torre como emisario. Se suponía que debía intercambiar información básica e informar a Gul’dan de todo lo que pudiera acerca de las habilidades de Medivh. Así que estuviste en lo cierto desde el principio. Yo estaba aquí como espía.

Khadgar se sentó frente a ella.

—No hubieras sido la primera —dijo—. ¿Y por qué no has informado?

Garona se mantuvo en silencio unos instantes.

—Medivh… —empezó, pero se detuvo—. El Viejo… —otra pausa—. Lo descubrió todo enseguida, por supuesto, y aun así me dijo todo lo que yo quería saber. Casi todo, al menos.

—Lo sé —dijo Khadgar—. Tuvo el mismo efecto en mí.

Garona asintió.

—Al principio pensé que estaba siendo pomposo, seguro de su poder, como algunos caudillos orcos que he conocido. Pero hay algo más. Es como si él hubiera sentido que al darme la información, eso me cambiaría, y yo no traicionaría su confianza.

—Confianza —dijo Khadgar—. Eso es una cosa importante para Medivh. Parece irradiarla. Cuando estás a su lado, sientes que sabe lo que está haciendo.

—Exacto —dijo Garona—. Y los orcos se sienten atraídos de forma natural hacia el poder. Supuse que podría decirle a Gul’dan que me había hecho prisionera y no había podido informar, así que seguí investigando y llegó el momento.

—En que no querías verlo herido —acabó Khadgar.

—Como diría Moroes, sip —dijo Garona—. Ha confiado mucho en mí, y también confía mucho en ti. Tras ver eso tuyo de las visiones, se lo conté. Supuse que era eso lo que había atraído al demonio contra nosotros. Él me dijo que lo sabía y que no le preocupaba. Que tenías una curiosidad natural y que eso era bueno. Apoya a su gente.

—Y no puedes hacerle daño a alguien así —dijo Khadgar.

—Sip. Me hizo sentir humana. Y llevaba mucho, mucho tiempo sin sentirme humana. El Viejo, el Magus Medivh, parece tener un sueño de algo más que una fuerza combatiendo a otra por el dominio. Con su poder nos podía haber destruido a todos, pero no lo ha hecho. Pienso que cree en algo mejor. Y yo también quiero creer en su sueño.

Los dos permanecieron un rato sentados en silencio. En algún lugar en la distancia, Moroes o Cocinas se movían por el pasillo.

—Y últimamente… —dijo Garona—, ¿ha estado antes así?

Sonaba como Lothar, intentando preguntar sin parecer demasiado preocupada. Khadgar negó con la cabeza.

—Siempre ha sido errático, excéntrico. Pero nunca lo he visto tan… deprimido.

—Melancólico —añadió Garona—. Indiferente. Hasta ahora siempre había supuesto que se pondría del lado del reino de Azeroth. Pero si el mismo Stormwind es atacado y sigue sin hacer nada.

—Puede deberse a su entrenamiento —dijo Khadgar, escogiendo las palabras con cuidado. No quería descubrirle la Orden a Garona, independientemente de los actuales sentimientos de ella—. Tiene que ver las cosas con perspectiva a largo plazo, y a veces eso lo aísla de los demás.

—Y supongo que ése es el motivo de que acoja descarriados —dijo Garona. Otro silencio—. No lamento que Stormwind repeliera a los invasores. Uno no destruye algo como eso desde fuera. Primero hay que hacer algo desde dentro para debilitar las murallas.

—Me alegro de que no estés allí como general —dijo Khadgar.

—Caudillo —dijo Garona—. Como que me iban a dar la oportunidad.

—Hay algo. —dijo Khadgar, pero se detuvo. Garona inclinó su cabeza de ancha mandíbula hacia él.

—Pareces alguien que está pidiendo un favor —dijo ella.

—Nunca te he preguntado acerca de números de tropas, posiciones.

—Acerca de asuntos obvios de espionaje.

—Pero —dijo Khadgar— estaban asombrados por la inmensa cantidad de guerreros orcos que había en el campo de batalla. Los hicieron retroceder, pero estaban sorprendidos de que los pantanos la Ciénaga Negra pudieran contener tantos soldados. Incluso ahora les preocupan las fuerzas que pudiera haber ocultas en el pantano.

—No sé nada de los despliegues de tropas —dijo Garona—. He estado aquí, espiándote. ¿Te acuerdas?

—Cierto. Pero también sé que has hablado de su mundo de origen. ¿Cómo han llegado aquí desde allí? ¿Fue algún conjuro?

Garona se quedó sentada en silencio durante un momento, como si intentara resolver algo en su mente. Khadgar esperó un comentario frívolo, o que cambiase de tema, o que le respondiera con otra pregunta.

—Nuestro mundo se llama Draenor. Es un mundo salvaje, lleno de tierras baldías, riscos y maleza reseca. Inhóspito y tormentoso…

—Y tiene el cielo rojo.

Garona miró al joven mago.

—¿Has hablado con otros orcos? ¿Prisioneros quizás? No sabía que los humanos tomaran prisioneros orcos.

—No, una visión —dijo Khadgar. El recuerdo parecía tener media vida—. Como la que viste cuando nos encontramos por primera vez. Fue la primera vez que vi orcos. Recuerdo que había un número ingente de ellos.

Garona emitió un resoplido de bulldog.

—Tus visiones posiblemente revelan más de lo que tú dices, pero te haces una idea. Los orcos son fecundos, y son normales las camadas grandes porque muchos mueren antes de alcanzar la edad de guerrero. Es una vida dura, y sólo los fuertes, los poderosos y los listos sobreviven. Yo estaba en el tercer grupo, pero seguía siendo casi una marginada, sobreviviendo lo mejor que podía en la periferia del clan. En ese momento los Stormreavers, al menos cuando llegó la orden.

—¿La orden?

—Teníamos que ponernos en marcha, cada guerrero y cada mano capaz. Trabajadores y espaderos, a todos se les ordenaba empaquetar sus armas, herramientas y pertenencias y dirigirse hacia la Península del Fuego Infernal. Allí, Gul’dan y otros poderosos brujos habían erigido un portal. Un portal que atravesaba el espacio entre los mundos. —Garona se chupó un colmillo, recordando—. Era un dolmen, de piedras que habían sido acarreadas allí para enmarcar una grieta en el espacio mismo. Dentro de la grieta estaban los colores de la oscuridad, un remolino como aceite sobre un estanque contaminado. Tuve la sensación de que la grieta había sido abierta por unas manos más grandes, y de que los brujos se habían limitado a contenerla. Muchos de los guerreros más endurecidos temían el espacio que había entre los pilares, pero los caudillos y sus lugartenientes hicieron vehementes discursos sobre lo que se podía encontrar al otro lado. Un mundo de riqueza, un mundo de abundancia. Un mundo de criaturas blandas que serían fácilmente dominadas. Todo esto prometieron. Algunos siguieron resistiéndose. A unos los mataron y a otros los obligaron a cruzar con hachas apoyadas en la espalda. A mí me cogieron con un gran grupo de trabajadores y me hicieron atravesar el espacio entre los pilares. —Garona se calló un instante—. Se llama el Vacío Abisal y, a la vez fue instantáneo y eterno. Parecí caer para siempre, y cuando salí a la extraña luz, estaba en un enloquecido nuevo mundo.

—Tras la promesa del paraíso, la Ciénaga Negra tuvo que ser todo un desengaño —añadió Khadgar.

Garona negó con la cabeza.

—Fue una conmoción. Recuerdo que se me encogió el corazón nada más ver este hostil cielo azul. Y la tierra, cubierta de vegetación hasta donde abarcaba la vista. Algunos no pudieron soportarlo y enloquecieron. Muchos se unieron a los Burning Blade, los orcos del caos que se agolpan bajo su estandarte de color naranja chillón. —Garona se frotó la mejilla—. Temí, pero sobreviví. Y descubrí que mi naturaleza mestiza me daba cierta percepción acerca de los humanos. Formaba parte de un grupo que le tendió una emboscada a Medivh. Mató a todos los demás, pero a mí me dejó viva y me mandó de vuelta con un mensaje para el brujo Gul’dan. Y tras algún tiempo, Gul’dan me envió como espía, pero descubrí que tenía… dificultades para traicionar los secretos del Viejo.

—Lealtades divididas —comentó Khadgar.

—Pero para responder a tu pregunta —dijo Garona—, no, no sé cuántos clanes han atravesado el oscuro portal desde Draenor. Y no sé cuánto tardarán en recuperarse. Y no sé desde dónde vino el portal. Pero tú, Khadgar, puedes descubrirlo.

Khadgar parpadeó.

—¿Yo?

—Tus visiones —dijo Garona—. Pareces ser capaz de invocar a los fantasmas del pasado, incluso de lugares muy lejanos. Cuando te vi por primera vez invocaste una visión de la madre de Medivh. ¿Era Stormwind donde estábamos?

—Sí —dijo Khadgar—. Y por eso sigo creyendo que el demonio de la biblioteca era real: no había fondo en la visión.

Garona desestimó el comentario con un gesto de la mano.

—Pero puedes llamar esas visiones. Puedes invocar el momento cuando se creó la grieta. Puedes descubrir quién trajo los orcos a Azeroth.

—Sí —dijo Khadgar—. Y me apuesto a que es el mismo mago o brujo que ha estado desencadenando los demonios. Tiene sentido que los dos estén relacionados. —Miró a Garona—. ¿Sabes? No es una pregunta que yo me hubiera hecho.

—Yo te proporcionaré las preguntas —dijo Garona muy complacida consigo misma— si tú me proporcionas las respuestas.

De nuevo el comedor vacío. El siempre diligente Moroes había barrido el anterior círculo de conjuración, y Khadgar tuvo que volver a dibujarlo con trazos de cuarzo rosa y amatista en polvo. Garona colocó antorchas encendidas en los soportes de las paredes, y luego se puso de pie en el centro del dibujo, junto a él.

—Te aviso —dijo el mago a la semiorco—: puede que no funcione.

—Lo harás bien —dijo Garona—. Te he visto hacerlo antes.

—Posiblemente conseguiré algo. Sólo que no sé el qué. —Khadgar hizo los movimientos con las manos y entonó las palabras. Con Garona observándolo, quería que todo le saliera bien. Al fin liberó la energía mística de la jaula de su mente—. ¡Muéstrame el origen de la grieta entre Draenor y Azeroth! —gritó.

Hubo un cambio de presión, en el peso mismo del aire que los envolvía. Hacía calor y era de noche, pero el cielo nocturno al otro lado de la ventana (porque ahora había una ventana en la habitación) era rojo oscuro, del color de la sangre vieja, coagulada, y sólo unas pocas y débiles estrellas perforaban el velo.

Era la habitación de alguien, posiblemente un jefe orco. Había alfombras de piel en el suelo y una gran plataforma que servía de cama. Un brasero bajo ardía en el centro de la habitación. De las paredes de piedra colgaban armas, y también había una plétora de armaritos. Uno estaba abierto y mostraba una hilera de cosas en conserva, algunas de las cuales puede que hubieran pertenecido a humanos o humanoides.

La figura de la cama se agitó, se dio la vuelta y se sentó erguida de forma súbita, como si se despertara de un mal sueño. Miró fijamente la oscuridad, y su rostro curtido y desgarrado por la guerra se hizo visible. Incluso para lo normal entre los orcos, era un feo representante de la raza.

Garona dejó escapar un gemido entrecortado.

—Gul’dan.

Khadgar asintió.

—No debería verte —dijo.

Así que éste era el brujo que había mandado a Garona a espiar. Parecía tan de fiar como una moneda de oro doblada. Por el momento, se envolvió en sus pieles y habló.

—Sigo pudiendo verte —dijo—. Aunque creo estar despierto. Quizá estoy soñando que estoy despierto. Ven, criatura de los sueños.

Garona se aferró al hombro de Khadgar, y éste pudo sentir cómo sus afiladas uñas se le clavaban en la carne. Pero Gul’dan no les hablaba a ellos. Un nuevo espectro apareció a la vista.

Era alto y ancho de hombros, más alto que cualquiera de los otros tres. Era translúcido, como si tampoco perteneciera aquí. Iba encapuchado y su voz sonaba aflautada y distante. Aunque la única fuente de luz era el brasero, la figura proyectaba dos sombras: una en dirección opuesta a las llamas y la otra a un lado, como si le diera la luz de una fuente diferente.

—Gul’dan —dijo la figura—. Quiero a tu gente. Quiero tus ejércitos. Quiero que tu poder me ayude.

—He llamado a mis espíritus protectores, criatura —respondió Gul’dan, y Khadgar pudo oír temblar la voz del orco—. He llamado a mis brujos y han retrocedido ante ti. He llamado a mi guía místico y no ha logrado detenerte. Te apareces en mis sueños, y ahora vienes como criatura de los sueños a mi mundo. ¿Quién y qué eres en verdad?

—Me temes —dijo la alta figura, y ante el sonido de su voz Khadgar sintió cómo un escalofrío le recorría la espalda—, porque no me comprendes. Contempla mi mundo y comprende tu miedo. Entonces no temerás más.

Y con eso la alta figura moldeó una bola a partir del aire, tan ligera y transparente como una pompa de jabón. Flotaba, medía unos treinta centímetros de diámetro y en su interior mostraba una meseta de una tierra con el cielo azul y campos verdes.

La figura de la capa le estaba enseñando Azeroth.

Luego vino otra burbuja, luego otra, y luego una cuarta. Los campos de cereal bañados por el sol en verano. Los pantanos de la Ciénaga Negra. Los campos nevados del norte. Las brillantes torres del castillo de Stormwind.

Y una burbuja que contenía una torre solitaria asentada en el interior de un anillo de colinas, iluminada por la clara luz de la luna. Le estaba enseñando Karazhan al hechicero orco.

Y hubo otra burbuja, una efímera, que mostró una oscura escena muy por debajo de las olas. Pareció ser un pensamiento pasajero, uno que fue rápidamente descartado. Pero Khadgar captó la sensación de poder. Había una tumba bajo las olas, una cripta, una que bullía con poder como el latido de un corazón. Estuvo ahí por un instante, y luego se fue.

—Reúne tus fuerzas —dijo la figura de la capa—. Reúne tus ejércitos, tus guerreros, tus trabajadores y tus aliados, y prepáralos para un viaje a través del Vacío Abisal. Prepáralos bien, porque todo esto será tuyo cuando triunfes.

Khadgar movió la cabeza. La voz le picó como un mosquito. Entonces se dio cuenta de quién era y se vino abajo.

Gul’dan estaba de rodillas, con las manos unidas ante sí.

—Lo haré, porque tu poder es supremo. ¿Pero quién eres en realidad y cómo llegaremos a este mundo?

La figura se llevó la mano a la capucha y Khadgar negó con la cabeza. No quería verlo. Lo sabía pero no quería verlo.

Un rostro con profundas arrugas. Cejas encanecidas. Ojos verdes que resplandecían con saberes ocultos y con algo peligroso. A su lado, a Garona se le escapó un grito ahogado.

—Yo soy el Guardián —le dijo Medivh al brujo orco—. Yo te abriré el camino. Haré pedazos el ciclo y seré libre.

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