El último guardián – Capítulo Nueve – El sueño del mago

—Esto es muy importante —dijo Medivh, tambaleándose ligeramente mientras desmontaba de lomos del grifo. Tenía un aspecto macilento, y Khadgar supuso que el combate con el demonio había sido peor de lo que había dado a entender—. Voy a estar… no disponible durante algunos días. Si llega algún mensajero durante ese tiempo, quiero que te encargues de la correspondencia.

—Puedo hacerlo —dijo Khadgar—, fácilmente.

—No, no puedes —dijo Medivh mientras empezaba a bajar los escalones a duras penas—. Y por eso necesito decirte cómo leer las cartas con sello púrpura. El sello púrpura siempre significa asuntos de la Orden.

Khadgar no dijo nada esta vez, sólo asintió.

Medivh se resbaló al borde de un escalón y tropezó, cayendo de cabeza hacia delante. Khadgar se apresuró a adelantarse para agarrar al hombre, pero el Magus ya se había aguantado a la pared y se estaba enderezando. No interrumpió su discurso ni un segundo.

—En la biblioteca hay un pergamino. “La Canción de Aegwynn”. Cuenta la batalla de mi madre con Sargeras.

—El pergamino del que Guzbah quería una copia —dijo Khadgar, que ahora observaba con atención al mago mientras bajaba las escaleras trabajosamente ante él.

—El mismo —dijo Medivh—. Y el motivo de que no pueda tenerlo es que lo usamos como clave para las comunicaciones de la Orden. Si tomas el alfabeto normal y desplazas las letras, de forma que la primera quede representada por la cuarta, o la décima, o la vigésima, es un código sencillo. ¿Lo entiendes?

Khadgar empezó a decir que lo entendía, pero Medivh seguía adelante a toda velocidad, como si su necesidad de explicarlo fuera muy urgente.

—El pergamino es la clave —repitió—. Al principio del mensaje verás lo que parece ser la fecha. No lo es. Es una referencia a la estrofa, verso y palabra por la que se empieza. La primera letra de esa palabra representa a la primera letra del alfabeto en el código, y de ahí se sigue hacia delante normalmente; la siguiente letra en la progresión alfabética representaría la segunda letra del alfabeto, etc.

—Comprendo.

—No, no comprendes —dijo Medivh, que ahora parecía bajo presión y cansado—. Ésa es la clave sólo para la primera frase. Cuando llegas a un punto, tienes que ir a la segunda letra de la palabra. Ésa se convierte en la equivalente de la primera letra del alfabeto para la clave de esa frase. Los signos de puntuación van normalmente, y los números también, pero se supone que han de escribirlos con letra y no usar las cifras. Hay algo más, pero no caigo.

Ya estaban justo fuera de las habitaciones personales de Medivh. Moroes ya estaba presente, con una túnica colgada del brazo y un cuenco tapado descansando en una mesa ornamentada. Desde la puerta, Khadgar podía oler el delicioso aroma a caldo que salía del cuenco.

—¿Qué debo hacer una vez que descifre el mensaje? —preguntó Khadgar.

—¡Eso es! —Dijo Medivh, como si una conexión vital se hubiera establecido de repente en su cerebro—. Pierde tiempo. Primero pierde tiempo. Un día o dos, puede que para entonces ya pueda encargarme yo. Luego pon excusas. He salido por algún asunto, volveré en cualquier momento. Usa la misma clave del mensaje recibido, pero asegúrate de indicarla en la fecha. Si todo lo demás falla, delega. Dile al quien sea que use su propio criterio, que yo prestaré la ayuda que pueda tan pronto como me sea posible. Siempre les encanta eso. No les digas que estoy indispuesto; la última vez que lo mencioné, una horda de presuntos clérigos llegó para atender mis necesidades. Todavía faltan cubiertos de plata de aquella pequeña visita.

El viejo mago respiró hondo y pareció deshincharse, sosteniéndose en el marco de la puerta. Moroes no se movió, pero Khadgar dio un paso al frente.

—El combate con el demonio —dijo Khadgar—. Fue malo ¿no?

—Los he tenido peores. ¡Demonios! Bestias de hombros caídos y cabezas de carnero. Sombra y llama a partes iguales. Más bestias que humanos, más bilis que los dos juntos. Garras desagradables. Con eso es con lo que hay que tener cuidado, con las garras.

Khadgar asintió.

—¿Cómo lo derrotaste?

—Los traumatismos masivos suelen expulsar la esencia vital —dijo Medivh—. En este caso, le arranqué la cabeza.

Khadgar parpadeó.

—Pero no llevabas espada.

Medivh sonrió cansado.

—¿He dicho que necesitara una espada? Ya es suficiente. Más preguntas cuando esté preparado para ellas. —Y con eso entró en la habitación y el siempre fiel Moroes cerró la puerta ante Khadgar.

El último sonido que oyó el joven fue el gruñido exhausto de un anciano que al fin había encontrado donde descansar.

Pasó una semana, y Medivh no había emergido de sus habitaciones. Moroes subía diariamente con un cuenco de caldo. Finalmente, Khadgar logró reunir el suficiente valor para mirar. El senescal no hizo intento alguno de protestar, más allá de un monosilábico reconocimiento de su presencia allí.

Descansando, Medivh parecía fantasmagórico; la luz había abandonado sus ojos cerrados, la tensión de la vida había huido de su rostro. Estaba vestido con un largo camisón, apoyado contra la cabecera y sostenido por cojines, con la boca abierta, el rostro pálido y su forma, normalmente animada, delgada y demacrada. Moroes le daba cuidadosamente el caldo con una cuchara, y se lo tragaba, pero por lo demás no despertaba. El senescal cambiaba entonces las sábanas y se retiraba por el día.

Khadgar sintió un escalofrío de recuerdo, y se preguntó si ésta era la misma escena que se había repetido durante la juventud de Medivh, cuando sus poderes salieron por primera vez a la superficie, cuando Lothar lo cuidó. Se preguntó cuánto tiempo estaría ausente el mago, cuánta energía habría gastado en el combate contra el demonio.

Empezó a llegar la correspondencia normal, escrita en letra común y en idioma claro. Una parte fue entregada por jinete de grifo, otra llegó a caballo, y más de unas pocas llegaron con los carromatos de los mercaderes que regularmente venían a llenar la despensa de Moroes. En su mayor parte eran mundanas: movimientos de barcos y maniobras de tropas. Informes de disposiciones. El ocasional descubrimiento de una antigua tumba o un artefacto olvidado, o la recuperación de una leyenda gastada por el tiempo. El avistamiento de una tromba marina, una tortuga gigante o una marea roja. Bocetos de fauna que para el observador serían nuevos, pero que estaban mejor representados en los bestiarios de la biblioteca.

Y referencias a los orcos, en número creciente, especialmente del este. Crecientes avistamientos en las inmediaciones la Ciénaga Negra. Aumento de guardias en las caravanas; ubicación de campamentos temporales; informes de incursiones, robos y desapariciones misteriosas. Un aumento de los refugiados que se dirigían hacia la protección de las ciudades amuralladas más grandes. Y bocetos de los supervivientes y de las criaturas de frente inclinada y ancha mandíbula, incluyendo una detallada descripción del potente sistema muscular que, Khadgar se dio cuenta con un sobresalto, sólo podía venir de haber diseccionado al sujeto.

Khadgar empezó a leerle las cartas al mago mientras éste dormía, recitando en voz alta los fragmentos más interesantes o graciosos. El Magus no dio repuesta alguna de aprobación, pero tampoco se lo prohibió.

Llegó la primera carta con sello púrpura, y Khadgar se sintió perdido inmediatamente. Algunas de las palabras tenían sentido, pero otras caían enseguida en el galimatías. Al principio al joven mago le entró pánico, seguro de que no había comprendido alguna de las instrucciones básicas. Tras un día apilando en su habitación notas e intentos fallidos, se dio cuenta de su error: los espacios entre palabras eran considerados una letra en la clave de la Orden, lo que hacía que hubiera que correr una letra más el alfabeto. Una vez que se dio cuenta, la misiva fue fácil de descifrar.

Era menos impresionante de lo que había parecido antes, cuando era un galimatías. Se trataba de una nota del lejano sur, de la península de Ulmat Thondr, indicando que todo estaba tranquilo, que no se habían visto orcos (aunque sí había crecido últimamente el número de trolls de la jungla) y que un nuevo cometa era visible en el horizonte sur, con notas detalladas (escritas con palabras, no con cifras). No se solicitaba respuesta, y Khadgar la dejó a un lado junto con la trascripción.

Khadgar se preguntaba por qué la Orden no usaba un código mágico o una escritura basada en los conjuros. Quizá no todos los miembros de la Orden de Tirisfal eran magos. O sería que trataban de ocultarlo de otros magos, como Guzbah, y usar una escritura mágica atraería su curiosidad como a las abejas al néctar. Lo más probable, decidió Khadgar, era que fuese por la terquedad de Medivh en forzar a los demás miembros de la Orden a que usaran como clave un poema que alababa a su madre.

Llegó un gran paquete de parte de Lothar, detallando los avistamientos y ataques de orcos de los que se había informado antes y pasándolos a un gran mapa. De hecho, parecía como si ejércitos de orcos estuvieran manando del pantanoso territorio la Ciénaga Negra. De nuevo, no se solicitaba respuesta. Khadgar pensó en mandar a

Lothar una nota informándolo del estado de Medivh, pero decidió no hacerlo. ¿Qué podría hacer el Campeón aparte de preocuparse? Mandó una nota, firmada por él mismo, agradeciendo la información y solicitando que se le mantuviera al día.

Pasó una segunda semana y entraron en la tercera, el maestro comatoso y el estudiante buscando. Armado ahora con la llave apropiada, Khadgar empezó a revisar el correo atrasado, parte del cual aún estaba cerrado por pegotes de lacre violeta. Revisando los documentos antiguos, Khadgar empezó a comprender los sentimientos a menudo ambivalentes de Medivh hacia la Orden. Muchas veces las cartas eran poco más que peticiones: este encantamiento, aquella información, una solicitud para que acudiera enseguida porque las vacas no comían o daban leche amarga. Las más lisonjeras solían tener algún tipo de coletilla, una petición de algún conjuro deseado o un libro perdido, envuelta en sus floridas adulaciones. Muchas no tenían más que consejos pedantes, indicando de forma detallada cómo tal o cual candidato sería el aprendiz perfecto (la mayoría de ésas estaban sin abrir, se dio cuenta Khadgar). Y había continuos informes de que no había novedades, ni cambios, ni nada fuera de lo ordinario.

Esto último cambiaba en los mensajes más recientes (no tenían fecha, pero Khadgar empezó a determinar el momento al que correspondían por el amarilleo del pergamino y la progresiva subida de tono de las peticiones y los consejos). El tono se hizo más amable con la repentina aparición de los orcos, en especial cuando empezaron a atacar caravanas, pero el flujo de demandas a Medivh se mantuvo, e incluso aumentó.

Khadgar miró al anciano que yacía en la cama y se preguntó qué mosca le habría picado para ayudar a aquella gente, y hacerlo regularmente.

Y estaban las cartas misteriosas: el agradecimiento ocasional, las referencias a algún texto arcano, la respuesta a alguna pregunta desconocida, “sí”, “no” y “el emú, por supuesto”. Durante su vigilia junto al lecho de Medivh llegó una carta misteriosa sin firma. Decía: “Prepare habitaciones. El Emisario llegará en poco tiempo”.

A fines de la tercera semana llegaron dos cartas una tarde con un mercader ambulante, una con el sello púrpura y la otra con el sello rojo y dirigida al propio Khadgar. Las dos venían de la Ciudadela Violeta de los Kirin Tor.

La carta de Khadgar decía, escrita con mano temblorosa:

“Lamentamos informarle de la repentina e inesperada muerte del mago instructor Guzbah. Tenemos entendido que ha mantenido usted correspondencia con el difunto mago y le acompañamos en el sentimiento en estos instantes. Si tiene usted alguna correspondencia, dinero o información perteneciente a Guzbah, o tiene en su poder algo de su propiedad (en especial cualquiera de sus libros que le hubiera prestado), la devolución de dicha correspondencia, dinero, información o libros le sería muy agradecida. Sírvase mandarlo a la dirección abajo indicada”. Una serie de números y un garabato perezoso y casi ilegible marcaban el fin de la carta.

Khadgar sintió como si le hubieran dado un puñetazo en el vientre. ¿Guzbah, muerto? Releyó la carta, pero no pudo sacar más información. Aturdido, tomó la carta del sello púrpura. Ésta estaba escrita con la misma mano temblorosa, pero una vez que la descifró, contenía más información.

Guzbah había sido encontrado asesinado en la biblioteca la víspera de la Fiesta de los Escribas, mientras consultaba el Tratado de Denbrawn sobre “La Canción de Aegwynn ”. (Khadgar sintió una punzada de remordimiento por no haberle mandado el pergamino a su antiguo maestro). Aparentemente había sido sorprendido por una bestia (supuestamente invocada) que lo había destrozado. La muerte había sido rápida pero dolorosa, y la descripción de cómo había sido encontrado el cuerpo rayaba en lo excesivo. Por la descripción del cuerpo y de los destrozos en la biblioteca, Khadgar sólo pudo suponer que la “bestia invocada” había sido un demonio del tipo que Medivh había combatido en Stormwind.

La carta seguía, y las palabras mantenían un tono frío y analítico que a Khadgar le pareció excesivo. El que la había escrito hacía notar que ésta era la séptima muerte de un mago en la Ciudadela Violeta durante el último año, incluyendo la del archimago Arrexis. Y seguía haciendo hincapié en que ésta era la primera muerte de este tipo en la cual la víctima no era miembro de la orden. El que la había escrito quería saber si Medivh había estado en contacto con Guzbah, fuera directamente o a través de su aprendiz (Khadgar tuvo un momento de déja vu cuando vio su nombre escrito). El autor desconocido se aventuraba a especular que puesto que no era miembro de la Orden, Guzbah podía ser el responsable de la invocación de la bestia por algún otro motivo, y que, si éste era el caso, Medivh debería estar al tanto de que Khadgar había sido aprendiz de Guzbah durante algún tiempo.

Khadgar sintió el punzante dolor de la ira. ¡Cómo se atrevía este autor misterioso (tenía que ser alguien bien situado en la jerarquía de los Kirin Tor, pero Khadgar no tenía ni idea de quién) a acusarlos a Guzbah y a él! ¡Si Khadgar no estaba siquiera presente cuando habían matado a Guzbah! Quizá el que lo había escrito era el responsable, o alguien como Korrigan; el bibliotecario siempre estaba investigando a los adoradores demoníacos. ¡Hacer acusaciones así por qué sí!

Khadgar negó con la cabeza y respiró hondo. No, esas especulaciones eran inútiles y sólo estaban motivadas por su propia indignación, como tantos de los politiqueos de los Kirin Tor. La ira se desvaneció en tristeza cuando se dio cuenta de que los poderosos magos de la Ciudadela Violeta eran incapaces de detener esto, que siete magos (seis de ellos miembros de ésta supuestamente secreta y poderosa Orden) habían muerto, y todo lo que podía hacer el autor era dar palos de ciego con la esperanza de que no hubiera más muertes. Khadgar pensó en la actuación rápida y decidida de Medivh en el castillo de Stormwind, y se preguntó por qué no habría otro con la misma astucia, voluntad e inteligencia dentro de su propia comunidad.

El joven mago recogió la carta cifrada y la volvió a examinar a la tenue luz de las velas. La Fiesta de los Escribas había sido hacía aproximadamente un mes y medio. Esto era lo que había tardado el mensaje en atravesar el mar y llegarles por tierra. Un mes y medio. Antes de que Huglar y Hugarin fueran asesinados en Stormwind. Si el mismo demonio estaba implicado, o incluso el mismo invocador, tendría que moverse entre ambos puntos muy, muy rápido. Algunos de los demonios de la visión tenían alas. ¿Era posible que una de dichas bestias se moviera entre los sitios sin que nadie la viera?

Una brisa errante e inesperada pasó por allí. Los pelos de la nuca de Khadgar empezaron a erizarse, y levantó la mirada justo a tiempo de ver a la figura manifestarse en la habitación.

Primero hubo humo, rojo como la sangre, brotando burbujeante de algún agujero en el universo. Se retorcía y arremolinaba como la leche mezclándose con el agua, formando rápidamente una masa convulsa, de la que salió la amenazadora silueta de un gran demonio.

Su forma era más pequeña que cuando Khadgar lo había visto antes, en los campos nevados de una visión perdida en el tiempo. Se había reducido para caber en los confines de la habitación. Su carne seguía siendo de bronce, su armadura de hierro negro como el azabache, y su barba y su pelo de fuego vivo, enormes cuernos que surgían de una inmensa frente. Estaba desarmado, pero no parecía necesitar armas, puesto que se movía con la cómoda gracilidad de un depredador que no teme a nada.

Sargeras.

Khadgar quedó aturdido, callado e inmóvil. Seguramente, las defensas mágicas que preparara Medivh mantendrían fuera a la bestia. Y sin embargo aquí estaba, entrando en la torre, entrando en la mismísima habitación del Magus con la misma facilidad que un noble irrumpe en la choza de un plebeyo.

El señor de la Legión Ardiente no miró a su alrededor, en vez de eso flotó hasta los pies de la cama. Se quedó allí un buen rato, mientras las llamas de su barba y su pelo titilaban en silencio, mientras observaba la forma inconsciente que tenía ante sí. El demonio estaba observando al mago que dormía.

Khadgar contuvo la respiración y recorrió la mesa de trabajo con la mirada. Unos cuantos libros, la vela encendida con un espejo para reflejar la luz. Un abrecartas que usaba para los sellos púrpuras. El joven mago alargó la mano lentamente para tomarlo, tratando de moverse sin atraer la atención del gran demonio. Sus dedos se aferraron a él, y los nudillos se le pusieron en blanco.

Y Sargeras seguía a los pies de la cama. Pasó un largo rato, y Khadgar trató de forzarse a moverse, ya fuera para huir o para atacar. Sintió los músculos agarrotados.

Medivh se dio la vuelta en la cama, murmurando algo inaudible. El señor demonio levantó una mano lentamente, como si fuera a bendecir la forma inerte del Magus.

Khadgar dejó escapar un grito estrangulado y saltó de la silla, aferrando con la mano el abrecartas. Sólo entonces se dio cuenta de que empuñaba el arma en la mano equivocada.

El demonio levantó la vista, y fue un gesto lento, perezoso, como si el propio ser estuviese dormido, o sumergido en aguas profundas. Observó al joven que le embestía, con la mano extendida en un torpe ataque con una daga corta pero afilada.

El demonio sonrió. Medivh se dio la vuelta y murmuró en sueños. Khadgar clavó el abrecartas en el pecho del demonio.

Y atravesó por completo el cuerpo de la criatura. El impulso de su golpe lo hizo seguir avanzando, a través de la forma de Sargeras y contra la pared. Incapaz de detenerse, se golpeó contra ésta y el abrecartas se le cayó al suelo de piedra.

Medivh abrió los ojos súbitamente y el Guardián se incorporó.

—¿Moroes? ¿Khadgar? ¿Están ahí?

Khadgar se puso en pie, mirando a su alrededor. El demonio se había desvanecido, explotando como una pompa de jabón al primer contacto del acero. Estaba solo en la habitación con Medivh.

—¿Qué haces en el suelo, niño? —Dijo Medivh—. Moroes podría haberte traído un catre.

—¡Maestro, tus defensas! —Dijo Khadgar—. Han fallado. Había… —dudó un instante, inseguro de si debería revelar que conocía el aspecto de Sargeras. Medivh tomaría algo como eso y lo estaría incordiando hasta que le dijera cómo lo sabía—. Un demonio —logró decir—. Había un demonio aquí.

Medivh sonrió; tenía el aspecto descansado y el color le había vuelto a la cara.

—¿Un demonio? No creo. Espera. —El Magus cerró los ojos y asintió—. No, las defensas siguen en su sitio. Haría falta más que una siesta para que se quedasen sin energía. ¿Qué viste?

Khadgar contó rápidamente la aparición del demonio a partir de la nube de leche roja hirviendo, cómo se quedó allí de pie y cómo levantó la mano. El Magus negó con la cabeza.

—Creo que ha sido otra de tus visiones —dijo al fin—. Un fragmento de tiempo desprendido y desplazado que ha caído en la torre, pero se ha desvanecido enseguida.

—Pero el demonio… —empezó a decir Khadgar.

—El demonio que has descrito ya no existe, al menos no en este mundo —dijo Medivh—. Murió antes de que yo naciera, enterrado muy por debajo del mar. Tu visión ha sido de Sargeras, de “La Canción de Aegwynn”. Tienes aquí los pergaminos. ¿Descifrando mensajes? Sí. Quizá eso fue lo que llamó a ese espectro perdido en el tiempo a mis habitaciones. No deberías estar trabajando aquí mientras duermo. — Frunció levemente el ceño, como si estuviera tratando de decidir si tenía que estar más enfadado o no.

—Lo siento, pensé. ¿pensé que sería mejor no dejarte solo? —Khadgar lo dijo como una pregunta, y acabó sonando como un tonto.

Medivh emitió una risita y dejó que una sonrisa se aposentara en sus curtidos rasgos.

—Bueno, no te dije que no pudieras y no creo que Moroes te hubiera detenido, ya que eso reducía su necesidad de quedarse aquí. —Se pasó el índice y el pulgar por los labios y luego por la barba—. Creo que ya he tomado caldo suficiente para toda una vida. Y sólo para que estés tranquilo voy a revisar las defensas místicas de la torre. Y te enseñaré a hacerlo a ti también. Ahora, visiones demoníacas aparte, ¿ha pasado algo mientras he estado ausente?

Khadgar resumió los mensajes que había recibido. La creciente oleada de incidentes con los orcos. El mapa de Lothar. El misterioso mensaje del emisario. Las noticias de la muerte de Guzbah.

Medivh gruñó ante la descripción del fallecimiento del mago.

—Así que van a echarle las culpas a Guzbah hasta que destripen al próximo pobre estúpido. —Agitó la cabeza—. La Fiesta de los Escribas. Eso fue antes de que murieran Huglar y Hugarin.

—Como una semana y media antes —dijo Khadgar—. Tiempo suficiente para que un demonio volara de Dalaran hasta el castillo de Stormwind.

—O un hombre a lomos de grifo —reflexionó Medivh—. No todo son demonios y magia en este mundo. A veces una respuesta sencilla es suficiente. ¿Algo más?

—Parece que esos orcos se están volviendo mucho más numerosos y peligrosos —dijo Khadgar—. Lothar dice que están pasando de los saqueos de caravanas a atacar asentamientos. Asentamientos pequeños, pero constantemente hay más gente que va a Stormwind y a las otras ciudades como resultado de esto.

—Lothar se preocupa demasiado —dijo Medivh con una mueca.

—Está preocupado —replicó Khadgar en un tono neutro—. No sabe cómo pueden ir las cosas.

—Al contrario —dijo Medivh, dejando escapar un largo y triste suspiro—. Si todo lo que me has dicho es cierto, me temo que las cosas van a ir justo como yo me espero.

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