El último guardián – Capítulo Diez – El emisario

Con la recuperación de Medivh las cosas volvieron a la normalidad, al menos tan normales como podían ser las cosas en presencia del Magus. Cuando éste se ausentaba, Khadgar se quedaba con instrucciones para practicar sus habilidades mágicas, y cuando Medivh residía en la torre se esperaba que el joven mago demostrara dichas habilidades en cuanto se lo pidieran.

Khadgar se adaptó bien y se sentía como si su poder fuera un traje dos tallas más grande, y ahora él estuviera creciendo para que le quedara bien. Ahora podía controlar el fuego a voluntad, invocar al rayo sin que el cielo estuviera nublado y hacer que objetos pequeños se movieran por la mesa con una orden mental. También aprendió otros conjuros: los que permitían saber cómo y cuándo había muerto un hombre a partir de un solo hueso de sus restos, cómo hacer brotar la niebla del suelo y cómo dejar mensajes mágicos para que otros los encontraran. Aprendió a restaurar los estragos del tiempo en los objetos inanimados, reforzando las sillas viejas, y su reverso, extraer la juventud de una rama recién cortada hasta dejarla polvorienta y frágil. Aprendió la naturaleza de las defensas mágicas, y se le confió el mantenerlas intactas. Estudió los libros sobre demonios, aunque Medivh no permitía que se invocaran en su torre. Esta última orden Khadgar no sentía deseos de romperla.

Medivh estaba ausente durante breves periodos del día aquí, o unos pocos días allá. Siempre dejaba instrucciones, pero nunca daba explicaciones. A su regreso, el Guardián parecía macilento y agotado, y ponía a prueba a Khadgar para comprobar el dominio del joven sobre su arte y le hacía detallar las noticias que habían llegado durante su ausencia. Pero su descanso comatoso no volvió a repetirse, así que Khadgar supuso que, fuera lo que fuese que estaba haciendo el maestro, no implicaba demonios.

Una tarde, en la biblioteca, Khadgar oyó ruidos provenientes de abajo, del patio y los establos. Gritos, llamadas y respuestas en un tono bajo e ininteligible. Para cuando llegó a una ventana desde la que se dominaba esa parte de la torre, un grupo de jinetes abandonaba el recinto amurallado del castillo.

Khadgar frunció el ceño. ¿Eran más suplicantes expulsados por Moroes o mensajeros que traían malas noticias para su maestro? Khadgar bajó para enterarse.

Sólo pudo echar un breve vistazo al recién llegado; el destello de una capa negra entrando en una habitación de huéspedes en uno de los pisos bajos de la torre. Moroes estaba allí, vela en mano, anteojeras en posición, y mientras Khadgar descendía los últimos peldaños pudo oír al senescal:

—…otros visitantes, ellos fueron menos cuidadosos. Ahora se han ido.

Cualquier respuesta que hiciera el recién llegado se perdió, y Moroes cerró la puerta mientras llegaba Khadgar.

—¿Un huésped? —preguntó el joven mientas intentaba ver si había alguna pista del recién llegado. Sólo una puerta cerrada lo saludó.

—Sip —contestó el senescal.

—¿Mago o mercader? —preguntó el joven mago.

—No sabría decirlo —dijo el senescal, quien ya se iba por el pasillo—. No lo pregunté y el Emisario no lo dijo.

—El Emisario —repitió Khadgar, pensando en una de las cartas misteriosas de cuando el letargo de Medivh—. Así que entonces es algo político. Para el Magus.

—Supongo —dijo Moroes—. No he preguntado, no es asunto mío.

—Así que es para el Magus.

—Supongo —dijo Moroes con el mismo tono somnoliento—. Nos lo dirán cuando tengamos que saberlo. —Y con eso se fue, dejando a Khadgar mirando la puerta cerrada.

Durante el día siguiente, hubo la extraña sensación de otra presencia en la torre, un nuevo cuerpo planetario cuya gravedad alteraba las órbitas de todos los demás. Este nuevo planeta hizo que Cocinas cambiara a un juego de cacerolas más grandes, y que Moroes se moviera por los pasillos a intervalos más aleatorios de lo habitual. E incluso Medivh mandaba a Khadgar a cualquier recado por la torre, y mientras el joven mago se iba, oía el susurro de una pesada capa en el suelo de piedra tras él.

Medivh no soltaba prenda y Khadgar esperó a que se lo contara. Dejó caer indirectas. Esperó pacientemente. Pero lo mandaron a la biblioteca a seguir sus estudios y practicar sus conjuros. Khadgar bajó un tramo de escaleras, se detuvo y luego subió lentamente, sólo para ver la espalda de una capa negra entrando en el laboratorio del Guardián.

Khadgar bajó las escaleras enfurruñado, considerando diferentes opciones acerca de quién podía ser el Emisario. ¿Un espía de Lothar? ¿Algún misterioso miembro de la Orden? Quizá uno de los miembros de los Kirin Tor, el de la escritura temblorosa y las teorías viperinas. ¿O quizá era por algo completamente diferente? No saberlo era frustrante, y la desconfianza del Magus sólo empeoraba las cosas.

—Nos lo dirá cuando tengamos que saberlo —murmuró Khadgar mientras entraba en la biblioteca. Sus notas e historias estaban esparcidas por las mesas, donde las había dejado por última vez. Las miró, y también el proyecto de su conjuro para invocar visiones. Había hecho algunos arreglos desde el último intento, con la esperanza de retinar temporalmente los resultados.

Khadgar hojeó las notas y sonrió. Luego tomó los viales de gemas pulverizadas y se dirigió hacia abajo, poniendo pisos de por medio entre él y la cámara de audiencias de Medivh, hacia uno de los comedores abandonados.

Dos pisos más abajo era perfecto. Una habitación de forma elíptica con chimeneas a ambos extremos, la mesa sacada para ser usada en alguna otra parte y las sillas apoyadas en la pared frente a la puerta. El suelo era de mármol blanco viejo y agrietado, pero limpio por el incansable trabajo y la energía de Moroes.

Khadgar dispuso un círculo mágico de amatista y cuarzo rosa, sonriendo mientras trazaba las líneas. Ahora se sentía confiado en su capacidad de conjuración y no necesitaba sus vestiduras ceremoniales para que le dieran suerte. Mientras disponía los caracteres de protección y abjuración volvió a sonreír. Ya estaba moldeando la energía en su mente, llamando las tonalidades y tipos de magia deseados, haciéndolos que adquirieran la forma deseada, reteniendo la fértil energía hasta que fuera necesaria.

Entró en el círculo, pronunció las palabras que se debían pronunciar, hizo los movimientos manuales en perfecta armonía y desencadenó la energía de su mente. Sintió esa liberación como algo vinculado a su mente y a su alma, y llamó a la magia.

—Muéstrame lo que está sucediendo en las habitaciones de Medivh —dijo algo nervioso, con la esperanza de que las defensas del Guardián no se aplicaran a su aprendiz.

Inmediatamente supo que el conjuro había ido mal. No demasiado, ya que las matrices mágicas no se habían colapsado, sino un pequeño fallo. Quizá las defensas funcionaban contra él y habían desviado su visión a otro lugar, a otra escena.

Varias pistas le indicaron que no había dado en el clavo. Primero, ahora era de día. Segundo, hacía calor. Y, por último, el sitio le resultaba familiar.

No es que hubiera estado aquí antes, al menos no en esta aguja en particular, pero estaba claro que se encontraba en el castillo de Stormwind, desde donde se dominaba la ciudad. Era una de las agujas más altas, y la habitación era similar en diseño general al lugar donde los miembros de la Orden habían encontrado su fin meses antes. Pero aquí las ventanas eran más grandes y daban a unos grandiosos parapetos blancos, y una brisa perfumada mecía unas diáfanas cortinas. Pájaros multicolores se posaban en columpios de oro alrededor de toda la habitación.

Ante Khadgar había puesta una pequeña mesa con platos de porcelana blanca decorados en oro, y cuchillos y tenedores del mismo metal precioso. Unos cuencos de cristal contenían frutas frescas e inmaculadas, y el rocío de la mañana aún se aferraba a los hoyuelos de las fresas. Khadgar sintió cómo el estómago le gruñía ante la visión.

Alrededor de la mesa se movía un hombre delgado desconocido para Khadgar, de rostro afilado y frente amplia, con un fino bigote y perilla de chivo. Iba envuelto en un ornamentado edredón rojo que Khadgar se dio cuenta que debía ser una bata, ceñida a la cintura con un cinturón dorado. Tocó uno de los tenedores, moviéndolo a un lado la longitud de una molécula, y luego asintió satisfecho. Levantó la mirada hacia Khadgar y sonrió.

—Ah, estás despierta —dijo en una voz que a Khadgar le sonó familiar.

Por un instante, Khadgar pensó que esta visión podía verlo, pero no. El hombre se dirigía a alguien que había tras él. Se dio la vuelta y vio a Aegwynn, tan juvenil y bella como había sido en el campo nevado. (¿Era antes de esa fecha? ¿Después? Por su aspecto no podía decirlo). Llevaba una capa blanca con el forro verde, pero ahora hecha de seda y no de piel, y sus pies no estaban cubiertos por botas sino por sencillas sandalias blancas. Llevaba el pelo rubio recogido por una diadema de plata.

—Pareces haberte tomado muchas molestias —dijo, y su rostro le resultó inescrutable a Khadgar.

—Con suficiente magia y deseo, nada es imposible —respondió el hombre, y volvió la mano dejando la palma hacia arriba. Flotando sobre ésta, floreció una orquídea.

Aegwynn tomó la flor, se la llevó a la nariz con indiferencia y luego la dejó sobre la mesa.

—Nielas… —empezó.

—Primero el desayuno —dijo el mago Nielas—. Mira lo que un conjurador de la corte puede tener listo a primera hora de la mañana. Estas fresas fueron recogidas de los jardines reales hace no más de una hora.

—Nielas —volvió de decir Aegwynn.

—Seguidas de lonchas de jamón asado con mantequilla y sirope —sugirió el mago.

—Nielas —repitió Aegwynn.

—Entonces, quizá algunos huevos de vrocka escalfados en su propia cáscara por un sencillo conjuro que aprendí en las islas… —dijo el mago.

—Me voy —se limitó a decir Aegwynn.

Una nube pasó frente al rostro del mago.

—¿Te vas? ¿Tan pronto? ¿Antes del desayuno? Quiero decir, pensé que tendríamos ocasión de charlas algo más.

—Me voy —dijo Aegwynn—. Tengo cosas que hacer, y poco tiempo para las cortesías de la mañana después.

El conjurador de la corte mantenía un aspecto confundido.

—Pensé que después de esta noche querrías quedarte algún tiempo en el castillo, en Stormwind. —Parpadeó hacia la mujer—. ¿No?

—No —dijo Aegwynn—. De hecho, después de esta noche no hace ninguna falta que me quede. Ya he conseguido aquello por lo que he venido. No hace falta que me quede ni un instante más.

En el presente, Khadgar hizo una mueca mientras las piezas encajaban en su sitio. Por supuesto que la voz del mago le resultaba familiar.

—Pero pensé —tartamudeó el mago Nielas, pero Aegwynn negó con la cabeza.

—Tú, Nielas Aran, eres un idiota —se limitó a decir Aegwynn—. Eres uno de los hechiceros más poderosos de la Orden de Tirisfal, y aun así sigues siendo un idiota. Eso dice algo acerca del resto de la Orden.

Nielas Aran se ofendió. Intentó parecer encolerizado, pero sólo pareció sufrir una pataleta.

—¡Espera un momento!

—Seguramente no pensaste que fueron tus encantos naturales los que me trajeron hasta tu dormitorio, ni que tu ingenio y sentido del humor me distrajeron de nuestra conversación sobre los ritos de conjuración. Seguramente te das cuenta de que no puedes impresionarme con tu posición de conjurador de la corte como a una pastora de cualquier aldea. Y seguramente te das cuenta de que la seducción funciona en ambos sentidos. No eres tan idiota. ¿O sí, Nielas Aran?

—Por supuesto que no —dijo el conjurador de la corte, claramente insultado por sus palabras pero negándose a admitirlo—. Sólo pensé que podíamos compartir el desayuno como personas civilizadas.

Aegwynn sonrió, y Khadgar vio que era una sonrisa cruel.

—Soy tan vieja como muchas dinastías, y superé mis indulgencias juveniles a principios de mi primer siglo. Sabía perfectamente lo que hacía cuando vine a tu habitación esta noche.

—Yo pensaba… —dijo Nielas—. Yo sólo pensaba… —luchaba por encontrar las palabras adecuadas.

—¿Que tú, de toda la Orden, serías el que encandilaría y domaría a la grande e indómita Guardiana? —dijo Aegwynn mientras su sonrisa se ensanchaba—. ¿Que tú la doblegarías a tu voluntad, donde todos los demás habían fallado, con tu encanto, tu ingenio y tus trucos de feria? ¿Qué canalizarías el poder del Tirisfal en tu propio beneficio? Vamos, Nielas Aran. Ya has desperdiciado mucho de tu potencial, no me digas que la vida en la corte real te ha corrompido por completo. Déjame algo de respeto por ti.

—Pero si no estabas impresionada. —dijo Nielas, mientras su mente iba asumiendo lo que Aegwynn le decía—. Si no me querías, entonces, ¿por qué. ?

Aegwynn le proporcionó la respuesta.

—Vine a Stormwind por una cosa que yo no puedo proporcionarme a mí misma, un padre apropiado para mi heredero. Sí, Nielas Aran, puedes contarle a tus compañeros magos de la Orden que lograste acostarte con la grande y poderosa Guardiana. Pero también tendrás que decirles que me proporcionaste un medio de traspasar mi poder sin que la Orden tuviera nada que decir en ello.

—¿Lo he hecho? —Comenzó a comprender las consecuencias de sus acciones— . Supongo que sí. Pero a la Orden no le gustará.

—¿Ser manipulada? ¿Ser frustrada? ¿Ser engañada? —dijo Aegwynn—. No, la verdad es que no. Pero no actuarán contra ti, por miedo a que yo tenga algún interés romántico real en ti. Y consuélate con esto: de todos los magos, brujos, conjuradores y hechiceros, tú eras el que tenía más potencial. Tu semilla fortalecerá y protegerá a mi hijo y lo convertirá en el recipiente de mi poder. Y cuando haya nacido y ya haya sido destetado, tú incluso lo criarás, aquí, porque yo sé que seguirá mi camino, y que la orden no querrá dejar pasar esa oportunidad de influenciarlo.

Nielas Aran agitó la cabeza.

—Pero yo… —Se detuvo un instante—. ¿Pero tú…? —Volvió a detenerse—. Cuando volvió a hablar, por fin había algo de fuego en sus ojos y acero en su voz.

—Adiós, Magna Aegwynn.

—Adiós, Nielas Aran —dijo Aegwynn—. Ha estado. bien. —Y con eso se dio la vuelta y salió de la habitación.

Nielas Aran, el principal conjurador del trono de Azeroth, conspirador de la Orden de Tirisfal y ahora padre del futuro Guardián Medivh, se sentó junto a la mesa perfectamente dispuesta. Cogió un tenedor de oro y le dio vueltas entre los dedos. Entonces suspiró y lo dejó caer al suelo.

La visión se desvaneció antes de que el tenedor golpeara el suelo de mármol, pero Khadgar percibió otro sonido, éste detrás de él. El sonido del roce de una bota contra la fría piedra. El suave roce de una capa. No estaba solo.

Khadgar se giró de repente, pero todo lo que pudo vislumbrar fue la provocadora espalda de una capa negra. El Emisario lo estaba espiando. Ya era bastante malo que lo mandasen lejos cada vez que Medivh se encontraba con el extraño, ¡y ahora al Emisario se le permitía moverse por el castillo y lo estaba espiando!

Enseguida, Khadgar salió a la carrera hacia la entrada. Para cuando llegó a la puerta, su presa se había esfumado, pero pudo oír el roce de la tela con la piedra escaleras abajo. En dirección a las habitaciones de los huéspedes.

Khadgar también se lanzó escaleras abajo. La curva de las escaleras de caracol obligaría al extraño a ir pegado a la pared, donde los peldaños eran más anchos y más seguros. El joven mago había subido y bajado corriendo estos escalones tantas veces que podía permitirse ir junto a la columna central, bajando los escalones de dos en dos o de tres en tres.

A medio camino de las habitaciones de los huéspedes Khadgar pudo ver la sombra de su presa junto a la pared. Cuando alcanzaron los cuartos de huéspedes propiamente dichos, pudo ver la figura embutida en la capa, saliendo velozmente al pasillo y dirigiéndose hacia su puerta. Una vez que el Emisario alcanzase su habitación, lo perdería. Khadgar bajó los últimos cuatro escalones de una vez, y saltó hacia delante para agarrar a la figura embozada por el brazo.

Su mano se cerró sobre tela y músculos firmes, y lanzó a su presa contra la pared.

—El Magus querrá saber qué estás espiando… —empezó a decir, pero las palabras murieron en su boca cuando la capa se abrió y descubrió al Emisario.

Iba vestida con ropas de viaje de cuero, con unas botas altas, pantalones negros y una blusa de seda negra. Era musculosa, y a Khadgar no le quedó duda alguna de que había cabalgado el camino entero hasta aquí. Pero su piel era verde y, cuando la capucha cayó, reveló un rostro orco de mandíbula ancha y colmillos prominentes. Unas altas orejas verdes surgían de una masa de pelo azabache.

—¡Orco! —gritó Khadgar, y reaccionó instintivamente. Levantó una mano mientras murmuraba una palabra de poder, invocando las fuerzas para atravesarla con un rayo de poder místico.

Nunca tuvo la posibilidad de acabar. Nada más abrir la boca, la mujer orco le lanzó una patada circular, levantando la pierna hasta la altura del pecho. Su rodilla apartó la mano de Khadgar, desviando su puntería. Su bota le dio en el lado de la cara, haciéndolo retroceder.

Khadgar retrocedió trastabillando y sintió el sabor de la sangre; se habría mordido en la mejilla como consecuencia del golpe. De nuevo levantó la mano para disparar un rayo, pero la orco era demasiado rápida, más rápida que los guerreros con armadura contra los que había luchado antes. Ya había cubierto la distancia que los separaba y le había propinado un fuerte puñetazo en el estómago, sacándole el aire de los pulmones y la concentración de la mente.

El joven mago gruñó, abandonando por el momento la magia en favor de una aproximación más directa. Aún resentido del golpe, se echó a un lado, agarrando el brazo de la mujer y desequilibrándola. Una mirada de asombro se posó en el rostro de jade de la mujer, pero sólo durante unos instantes. Plantó los pies firmemente en el suelo, atrajo a Khadgar hacia ella y rompió y revirtió la llave sin problemas.

Khadgar percibió un leve aroma a especias cuando la orco lo atrajo, y entonces lo arrojó pasillo adelante. Resbaló por el suelo de piedra, se golpeó contra la pared y se detuvo a los pies de alguien.

Al levantar la vista, Khadgar vio al senescal que lo miraba, con un gesto vagamente preocupado.

—¡Moroes! —Gritó Khadgar—. ¡Vete! ¡Trae al Magus! ¡Tenemos un orco en la torre!

Moroes no se movió, en su lugar miró a la mujer orco con sus ojos afables enmarcados por las anteojeras.

—¿Está usted bien, Emisario?

La mujer sonrió, sus labios verdosos se curvaron y se envolvió en la capa.

—Nunca había estado mejor. Necesitaba un poco de ejercicio. El cachorrito ha sido tan amable de complacerme.

—¡Moroes! —Escupió el joven mago—. Esta mujer es…

—El Emisario. Un huésped del Magus —dijo Moroes—. Venía por ti. El Magus quiere verte —añadió afable.

Khadgar se puso de pie y miró severamente al emisario.

—Cuando veas al Magus, ¿le vas a decir que has estado fisgando?

—No quiere verla a ella —corrigió Moroes—. Quiere verte a ti, aprendiz.

* * *

—¡Es una orco! —dijo Khadgar, en un tono más alto y más brusco de lo que había pretendido.

—De hecho una semiorco —dijo Medivh. Estaba inclinado sobre su banco de trabajo, trasteando un aparato dorado, un astrolabio. —Supongo que su tierra natal tiene humanos, o casi humanos, o al menos los tuvo hasta no hace mucho. Pásame el calibre, aprendiz.

—¡Trataron de matarte! —gritó Khadgar.

—¿Te refieres a los orcos? —Algunos sí, eso es cierto —dijo Medivh tranquilamente. Y a ti también. Garona no estaba en ese grupo. No creo que estuviera, de cualquier modo. Está aquí como representante de su gente. O al menos de parte de su gente.

Garona, así que la maldita tiene nombre, pensó Khadgar, pero no fue lo que dijo.

—Fuimos atacados por los orcos. Yo tuve una visión de un ataque de los orcos. He estado leyendo comunicados de todo Azeroth que hablan de incursiones y de ataques orcos. Cada una de las menciones de los orcos habla de su crueldad y su violencia. Parece haber más de ellos cada día. Son una raza salvaje y peligrosa.

—Y ella te despachó con facilidad, supongo —dijo Medivh, levantando la mirada de su trabajo. Muy a su pesar Khadgar se tocó la comisura de la boca, donde la sangre ya se había secado.

—Eso no viene a cuento del asunto.

—No viene —dijo Medivh—. ¿Y el asunto es…?

—Es una orco. Es peligrosa. Y le has dado libertad de movimiento por la torre.

Medivh gruñó y hubo acero en su voz.

—Es una semiorco. Dada la situación y sus inclinaciones es más o menos tan peligrosa como tú. Y es mi huésped y se le debería otorgar todo el respeto de un huésped. Espero esto de ti por lo que respecta a mis huéspedes, Joven Confianza.

Khadgar se mantuvo en silencio unos instantes, y luego intentó una nueva vía de aproximación.

—Ella es el Emisario.

—Sí.

—¿De quién es Emisario?

—De uno o más de los clanes que actualmente habitan la Ciénaga Negra —dijo Medivh—. Todavía no estoy seguro de cuáles. No hemos llegado tan lejos.

Khadgar parpadeó sorprendido.

—¿La has dejado entrar en nuestra torre y no tiene posición oficial?

Medivh dejó el calibre y emitió un suspiro de cansancio.

—Se ha presentado como representante de algunos de los clanes orcos que están realizando incursiones por Azeroth en la actualidad. Si este asunto va a resolverse de algún modo que no sea mediante el fuego y la espada, entonces alguien tiene que empezar a parlamentar. Y aquí es un sitio tan bueno como cualquier otro. Y, por cierto, ésta es mi torre, no la nuestra. Aquí eres mi estudiante, mi aprendiz, y estás aquí por capricho mío. Y como mi estudiante y mi aprendiz espero que mantengas una mente abierta.

Se hizo el silencio mientras Khadgar intentaba digerir esto.

—¿Pero a quién representa? ¿A algunos, a ninguno o a todos los orcos?

—Por el momento se representa a sí misma —dijo Medivh con un suspiro de irritación—. No todos los humanos creen en las mismas cosas. Y no hay razones para suponer que los orcos sean diferentes. Mi pregunta es, dada tu curiosidad natural, ¿por qué no estás tratando de sacarle toda la información que puedas a ella, en vez de decirme a mí que no debería hacerlo? A menos que dudes que yo y mis habilidades podamos manejar a una sola semiorco.

Khadgar se quedó en silencio, doblemente avergonzado por sus actos y por no haber visto la otra opción. ¿Dudaba de Medivh? ¿Había alguna posibilidad de que el mago actuase en contra de su Orden? Los pensamientos se agolpaban en su interior, alimentados por las palabras de Lothar, la visión del demonio y los politiqueos de la Orden. Quería avisar al anciano, pero parecía que no le salían las palabras.

—A veces me preocupo por ti —dijo al fin.

—Y yo también me preocupo por ti —dijo distraído el mago mayor—. Parece que últimamente me preocupo por muchas cosas.

Khadgar tuvo que hacer un último intento.

—Señor, creo que esta Garona es una espía —dijo—. Creo que está aquí para aprender todo lo que pueda, para que puedan usarlo contra ti más tarde.

Medivh se recostó en su asiento y le dedicó al joven una sonrisa perversa.

—Habló la vaca y dijo Mu, joven mago. ¿O es que has olvidado la lista de cosas que tus maestros de los Kirin Tor querían que me sacaras cuando llegaste a Karazhan?

El rostro de Khadgar estaba rojo como un tomate cuando salió de la habitación.

Regresar al índice de la novela El último guardián

Share

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.