El último guardián – Capítulo Siete – Stormwind

Hasta entonces, el edificio más grande que Khadgar había visto en su vida era la Ciudadela Violeta, en la Isla Cruz, a las afueras de la ciudad de Dalaran. Las majestuosas agujas y grandiosas estancias de los Kirin Tor, techadas con gruesa pizarra del color del lapislázuli que daba su nombre a la ciudadela, habían sido motivo de orgullo para Khadgar. En todos sus viajes por Lordaeron y Azeroth, nada, ni siquiera la torre de Medivh, se acercaba a la ancestral grandeza de la ciudadela de los Kirin Tor.

Hasta que llegó a Stormwind.

Volaron de noche, como la vez anterior, y en esta ocasión el joven mago estaba convencido de haber dormido mientras guiaba al grifo a través del relente nocturno. Cualquiera que fuese el conocimiento que Medivh había puesto en su mente, seguía funcionando, porque estaba seguro de su habilidad para guiar al depredador alado con las rodillas, y se sentía muy a gusto. La parte de su cerebro donde residía el conocimiento no le dolía en este momento, sino que sentía una cierta vibración, como si el tejido mental hubiera sanado dejando una cicatriz, admitiendo el conocimiento pero todavía reconociéndolo como algo ajeno.

Se despertó mientras el sol salía por el horizonte tras él y se sobresaltó momentáneamente, haciendo que la gran criatura voladora se ladease ligeramente, apartándose de la ruta que seguía Medivh. Ante él, repentina y reluciente al sol de la mañana, estaba Stormwind.

Era una ciudadela de oro y plata. Bajo la luz de la mañana los muros parecían brillar con su propia luz, pulidos como un cáliz bajo los cuidados de un sirviente. Los techos resplandecían como hechos de plata, y por un momento Khadgar pensó que tenían engastadas innumerables gemitas.

El joven mago parpadeó y agitó la cabeza. Las paredes de oro se volvieron simple piedra, aunque pulida hasta un fino lustre en algunos sitios e intrincadamente esculpida en otros. Los techos de plata eran sencillamente de pizarra oscura, y lo que había pensado que eran gemas no era más que el rocío de la mañana reflejando la luz del sol.

Y aun así, Khadgar siguió asombrado por el tamaño de la ciudad. Tan grande como cualquiera de las de Lordaeron, si no más, y vista desde esta altura se extendía ante él. Contó hasta tres anillos de murallas concéntricos alrededor del castillo central, y barreras menores que separaban diferentes barrios. Dondequiera que miraba, había más ciudad bajo él.

Incluso ahora, en las horas del amanecer, había actividad. El humo se alzaba desde fuegos mañaneros, y ya circulaba gente por las calles y mercados. Grandes carros se agolpaban al exterior de las puertas principales, cargados de granjeros que se dirigían a los limpios y ordenados campos que se extendían desde los muros de la ciudad como una falda, alcanzando casi el horizonte.

Khadgar no podía identificar la mitad de los edificios. Unas grandes torres podían ser universidades o silos de grano, por lo que a él respectaba. En una cascada habían colocado unas ruedas de molino. Por qué, ni se lo imaginaba. De repente surgió una llamarada a su derecha, aunque si provenía de una fundición, de un dragón cautivo o de algún gran accidente, era un misterio.

Era la ciudad más grandiosa que había visto, y en su corazón se encontraba el castillo de Llane.

No podía ser otro. Aquí las paredes sí que parecían estar hechas de oro, con incrustaciones de plata alrededor de las ventanas. El techo real estaba recubierto de pizarra azul, tan intensa y rica como el zafiro, y en su miríada de torres Khadgar podía ver estandartes con la cabeza de león de Azeroth, el escudo de armas de la casa del rey Llane y símbolo de esta tierra.

El complejo del castillo parecía ser una pequeña ciudad en sí mismo, con innumerables edificios laterales, torres y pabellones. Puentes colgantes iban entre los edificios, a distancias que Khadgar pensó imposibles sin ayuda mágica.

Quizá una estructura de este tipo sólo podía construirse con magia, pensó, y se dio cuenta de que quizá ésta era una de las razones por las que Medivh era tan apreciado aquí.

El mago levantó una mano y pasó sobre una torre en particular, cuya parte superior era un parapeto plano. Medivh señaló hacia abajo; una vez, dos veces, una tercera. Quería que Khadgar aterrizase primero.

Echando mano de sus recuerdos artificiales, Khadgar hizo aterrizar limpiamente al grifo. La gran bestia con cabeza de águila echó las alas hacia atrás como una gran vela, reduciendo la velocidad hasta aterrizar delicadamente.

Ya había una delegación esperándolo. Un grupo de pajes con librea azul se adelantó para tomar las riendas del grifo y ponerle en la cabeza una pesada capucha. Los recuerdos ajenos le dijeron a Khadgar que era similar a las que usaban los cetreros para restringir la vista de sus pájaros de presa. Otro tenía un cubo de vísceras frescas de vaca, que puso con cautela frente al pico del grifo, que mordía al aire.

Khadgar desmontó de lomos del grifo y fue cálidamente saludado por el propio Sir Lothar. El hombretón parecía aún más grande vestido con una túnica ornamentada y una capa, rematadas por una coraza pectoral labrada y un manto de filigrana que colgaba de su hombro.

—¡Aprendiz! —dijo Lothar, engullendo la mano de Khadgar en su enorme zarpa carnosa—. ¡Me alegro de ver que conservas el empleo!

—Milord —dijo Khadgar, tratando de no hacer una mueca de dolor ante la fuerza del apretón del hombre—. Hemos volado toda la noche para llegar hasta aquí. Yo no…

El resto de la frase de Khadgar fue barrido por un vendaval de alas y el graznido de miedo de un grifo. La montura de Medivh bajó del cielo dando tumbos, y el Magus aterrizó con menos gracilidad aún. La enorme bestia voladora resbaló por toda la anchura de la torre y casi se cayó por el parapeto; Medivh tiró con fuerza de las riendas. Como estaban las cosas, las grandes garras delanteras del grifo se aferraron a los merlones, y casi tiró al mago hacia fuera.

Khadgar no esperó los comentarios de Sir Lothar, sino que saltó hacia delante, seguido por la hueste de pajes vestidos de azul y con Sir Lothar avanzando pesadamente tras ellos.

Para cuando llegaron junto a él, Medivh ya había desmontado y le entregaba las riendas al primer paje.

—¡Maldito viento cruzado! —Dijo irritado el mago—. Les dije que éste era justo el lugar equivocado para un aviario, pero aquí nadie le hace caso al mago. Buen aterrizaje, niño —añadió como ocurrencia de última hora, mientras los sirvientes se arremolinaban alrededor de su grifo, tratando de calmarlo.

—Med —dijo Lothar, extendiendo una mano como saludo—. Me alegro de que hayas podido venir.

Medivh se limitó a fruncir el ceño.

—He venido tan pronto como he podido —espetó el mago secamente, respondiendo a alguna ofensa que Khadgar no había percibido—. Tienen que apañárselas sin mí de vez en cuando, ya sabes.

Si a Lothar lo sorprendió la actitud de Medivh, no dijo nada.

—Me alegro de verte de todas formas. Su majestad…

—Tendrá que esperar —dijo Medivh—. Llévame a la cámara en cuestión, ahora. No, yo sé el camino. Dijiste que fueron Huglar y Hugarin. Por aquí, entonces.

Y con eso partió el mago, hacia las escaleras laterales que se adentraban en la torre.

—¡Cinco pisos hacia abajo, luego un puente que cruza y luego tres pisos hacia arriba! ¡Un sitio horrible para un aviario!

Khadgar miró a Lothar. El hombretón se frotaba la calva con una manaza y movía la cabeza. Entonces partió tras el hombre, con Khadgar pisándole los talones.

Para cuando llegaron a la parte baja de la escalera de caracol, Medivh ya se había ido, aunque más adelante podía oírse una retahíla de quejas y la ocasional palabrota, alejándose rápido.

—Está de buen humor —dijo Lothar—. Deja que te acompañe a las habitaciones de los magos. Lo encontraremos allí.

—La noche pasada estaba muy alterado —dijo Khadgar a modo de disculpa—. Se había ido, y parece ser que su llamada llegó a Karazhan poco después de su vuelta.

—¿Te ha dicho de qué va esto, aprendiz? —preguntó Lothar.

Khadgar tuvo que negar con la cabeza.

El campeón Anduin Lothar frunció el ceño.

—Dos de los grandes hechiceros de Azeroth están muertos, con sus cuerpos quemados más allá de toda posibilidad de identificación y los corazones arrancados del pecho. Muertos en sus habitaciones. Y hay pruebas. —Sir Lothar dudó un momento, como si intentara elegir las palabras adecuadas—. Hay pruebas de actividad demoníaca. Por eso mandé al mensajero más rápido por el Magus. Quizá él pueda decirnos lo que pasó.

—¿Dónde están los cuerpos? —gritaba Medivh cuando Lothar y Khadgar lo alcanzaron por fin. Estaban cerca de la cima de otra de las espiras del castillo, con la ciudad extendiéndose ante ellos en un gran ventanal que se abría frente a la puerta.

La habitación estaba destrozada, y parecía haber sido registrada por orcos, y orcos torpes. Todos los libros habían sido sacados de las estanterías, y cada pergamino había sido desenrollado y muchos de ellos hechos jirones. Los aparatos alquímicos habían sido destrozados, los polvos y emplastos estaban desparramados, e incluso habían roto los muebles.

En el centro de la habitación había un anillo de poder, una inscripción labrada en el suelo. El anillo se componía de dos círculos concéntricos, con palabras arcanas labradas entre ellos. Las incisiones en el suelo eran profundas y estaban llenas de un líquido oscuro y pegajoso. Había dos marcas de quemadura en el suelo, cada una de ellas del tamaño de un hombre, situadas entre el círculo y la ventana.

Dichos círculos tallados sólo tenían un propósito, por lo que sabía Khadgar. El bibliotecario de la Ciudadela Violeta siempre avisaba acerca de ellos.

—¿Dónde están los cuerpos? —repitió Medivh, y Khadgar se alegró de no ser el quien tuviera que responder—. ¿Dónde están los restos de Huglar y Hugarin?

—Los retiramos poco después de encontrarlos —dijo tranquilamente Lothar—, Era indigno dejarlos aquí. No sabíamos cuándo llegarías.

—Quieres decir que no sabías si llegaría —le espetó Medivh—. Bueno, bueno. Todavía podemos aprovechar algo. ¿Quién ha entrado en esta habitación?

—Los Lores Conjuradores Huglar y Hugarin —empezó Lothar.

—Por supuesto —dijo de forma cortante Medivh—. Tenían que estar aquí si murieron aquí. ¿Quién más?

—Uno de sus criados los encontró —siguió Lothar—. Y me mandaron llamar. Y traje algunos guardias para retirar los cuerpos. Todavía no han sido enterrados, si deseas examinarlos.

Medivh ya estaba sumido en sus pensamientos.

—Hmmm. ¿A los cuerpos o a los guardias? No importa, ya nos ocuparemos luego de eso. Así que en total un criado, tú y como otros cuatro guardias, ¿no? Y ahora yo y mi aprendiz. ¿Nadie más?

—No que yo sepa —dijo Lothar.

El Magus cerró los ojos y murmuró unas pocas palabras en voz baja. Tanto podría haber sido un juramento como un conjuro. Sus ojos se abrieron de par en par.

—¡Interesante, Joven Confianza!

Khadgar respiró hondo.

—Lord Magus.

—Necesito tu juventud y tu inexperiencia. Puede que mis ojos cansados no vean lo que yo quiero ver. Necesito ojos frescos. No temas hacer preguntas, vamos. Ven aquí y ponte en el centro de la habitación. No, no entres en el círculo. No sabemos si queda algún encantamiento residual en él. Ponte aquí. Ahora, ¿qué sientes?

—Veo la habitación destrozada —empezó Khadgar.

—No he dicho ver —lo cortó Medivh—. He dicho sentir.

Khadgar tomó aliento y lanzó un conjuro menor, uno que acentuaba los sentidos y ayudaba a encontrar objetos perdidos. Era un conjuro sencillo de adivinación, uno que había usado cientos de veces en la Ciudadela Violeta. Era especialmente bueno para encontrar cosas que otros querían mantener ocultas.

Pero nada más entonar las primeras palabras, Khadgar pudo sentir que era diferente. Había cierta pesadez en la magia de esta habitación. La magia solía tener una sensación de ligereza y energía, pero ésta parecía más viscosa, casi líquida. Khadgar nunca la había notado antes, y se preguntó si sería debida a los círculos de poder o a poderes y conjuros de los difuntos magos.

Era una sensación pegajosa, como el aire estancado en una habitación que hubiera estado cerrada durante años. Khadgar intentó reunir las energías, pero éstas parecieron resistirse, seguir sus deseos con la mayor de las reluctancias.

El rostro de Khadgar se volvió serio mientras trataba de extraer más poder de la habitación, de las energías, hasta sí. Era un conjuro sencillo, si acaso debería ser más fácil en esta sala de conjuración, donde el lanzamiento de los mismos era cosa habitual. Repentinamente el joven mago se vio desbordado por la densa y fétida sensación de la magia. Bruscamente cayó sobre él, envolviéndolo, como si hubiese quitado un ladrillo de la parte de abajo y se hubiera tirado una pared encima. La fuerza de la oscura y pesada magia cayó sobre él como una manta, aplastando el conjuro y obligándolo físicamente a arrodillarse. Muy a su pesar, gritó.

Medivh estuvo a su lado enseguida, ayudando al joven mago a levantarse.

—Vamos, vamos —dijo—. No esperaba que lo hicieras tan bien. Buen intento. Excelente trabajo.

—¿Qué es? —Logró articular Khadgar, que de repente podía volver a respirar—. No se parece a nada que haya sentido antes. Pesado. Resistente. Asfixiante.

—Entonces eso son buenas noticias para ti —dijo Medivh—. Está muy bien que lo hayas sentido, y está muy bien que lo hayas aguantado. Aquí la magia ha sido corrompida, como resultado de lo que pasó antes.

—¿Quieres decir que la habitación está encantada? —Dijo Khadgar—. Ni siquiera en Karazhan he…

—No, no es eso —dijo Medivh—. Es algo mucho peor. Los dos magos muertos de aquí estaban invocando demonios. Es esa mancha la que has sentido, esa pesadez en la magia. Aquí estuvo un demonio. Eso fue lo que mató a Huglar y Hugarin, los pobres y poderosos idiotas.

Se hizo el silencio durante unos instantes, luego habló Lothar.

—¿Demonios? ¿En las torres del rey? No puedo creer.

—Oh, creencia —dijo Medivh—. No importa lo culto y lo erudito, lo sabio y lo maravilloso, lo poderoso y lo hábil que se sea, siempre hay un fragmento más de poder, un pedazo más de saber, un poderoso secreto más por aprender para cualquier mago. Creo que estos dos cayeron en esa trampa, e invocaron fuerzas del otro lado de la Gran Oscuridad del Más Allá, y pagaron el precio por ello. Idiotas. Eran amigos y colegas, y eran idiotas.

—¿Pero cómo? —Dijo Lothar—. Seguramente tenía que haber protecciones. Defensas. Eso es un círculo místico de poder.

—Fácil de abrir brecha, fácil de romper —dijo Medivh mientras se inclinaba sobre el círculo, donde la sangre seca de los magos lanzaba reflejos. Se agachó y tomó una delgada hebra de paja que estaba caída sobre las piedras, que aún se estaban enfriando—. ¡Ajá! Una simple paja de escoba. Si esto estaba aquí cuando comenzaron la invocación, todas las abjuraciones y filacterias del mundo no pudieron protegerlos. El demonio consideraría que el círculo no era más que un arco, un portal hacia este mundo. Saldría disparando fuego infernal y atacaría a los pobres tontos que lo habían traído a este mundo. Lo he visto antes.

Khadgar movió la cabeza. La densa oscuridad que parecía aprisionarlo por todos lados pareció levantarse un poco, y recuperó la compostura. Recorrió la habitación con la mirada. Ya era una zona catastrófica. El demonio lo había destrozado todo en su ataque. Si había una hebra de paja de una escoba rompiendo el círculo, debería haberse desplazado durante el ataque.

—¿Cómo se encontraron los cuerpos? —preguntó Khadgar.

—¿Qué? —dijo Medivh con una brusquedad que sobresaltó a Khadgar.

—Lo siento —respondió enseguida Khadgar—. Dijiste que podía hacer preguntas.

—Sí, sí, por supuesto —dijo Medivh, calmando su tono seco sólo un ápice. Se dirigió al Campeón Real—. Bien, Anduin Lothar. ¿Cómo se encontraron los cuerpos?

—Cuando yo llegué estaban en el suelo, el criado no los había movido— respondió Lothar.

—¿Boca arriba o boca abajo, señor? —dijo Khadgar, con tanta tranquilidad como pudo. Podía sentir la gélida mirada del mago mayor—. ¿Las cabezas apuntaban hacia el círculo o hacia la ventana?

Lothar quedó absorto mientras recordaba.

—Hacia el círculo, y boca abajo. Sí, definitivamente. Estaban totalmente calcinados, y tuvimos que darles la vuelta para asegurarnos de que eran Huglar y Hugarin.

—¿Adónde quieres llegar, Joven Confianza? —dijo el Magus, quien ahora estaba sentado en la ventana abierta, atusándose la barba.

Khadgar miró las dos marcas de quemadura entre el círculo defensivo que no había funcionado y la ventana, y trató de pensar en ellos como cuerpos y no como magos que una vez habían estado vivos.

—Si golpeas a alguien desde delante, se cae hacia atrás. Si golpeas a alguien por detrás, cae hacia delante. ¿Estaba la ventana abierta cuando usted llegó?

Lothar miró al ventanal abierto, olvidándose por un momento de la gran ciudad que había al otro lado.

—Sí. No. Sí, creo que sí. Pero puede que la abriera el criado. Había un hedor espantoso; de hecho eso fue lo que atrajo la atención en un principio. Puedo preguntar.

—No hace falta —dijo Medivh—. La ventana estaba seguramente abierta cuando entró el criado. —El Magus se levantó y anduvo hasta las marcas de quemadura—. Así que tú crees, Joven Confianza, que Huglar y Hugarin estaban aquí de

pie, observando el círculo mágico, y algo llegó por la ventana y los atacó por la espalda. —Para dar más énfasis se dio una palmada en la nuca—. Cayeron hacia delante y ardieron en esa posición.

—Sí, señor —dijo Khadgar—. O sea, es una teoría.

—Una buena teoría —dijo Medivh—, pero equivocada, me temo. Para empezar, los dos magos habrían tenido que estar ahí de pie sin mirar nada en particular, salvo que hubieran estado mirando el círculo mágico. Por lo tanto estaban invocando un demonio. Un círculo de este tipo no sirve para otra cosa.

—Pero… —empezó a decir Khadgar, y el Magus congeló sus palabras en la garganta con una dura mirada.

—Y —siguió Medivh—, aunque eso encajaría con un solo atacante con una cachiporra o un garrote, no encaja tan bien con las energías oscuras de los demonios. Si la bestia exhaló fuego, pudo haber cogido de pie a los dos hombres, haberlos matado y luego los cuerpos caer ardiendo hacia delante. ¿Dijiste que los cuerpos estaban calcinados por delante y por detrás? —dirigió la pregunta a Lothar.

—Sí —dijo el Campeón Real.

Medivh levantó la palma de la mano.

—El demonio exhala fuego. Quema la parte delantera. Huglar (o Hugarin) cae hacia delante. Las llamas se extienden a la espalda. A menos que el demonio atacase a Hugarin (o Huglar) por la espalda, les diera la vuelta para asegurarse de que también se quemaba la parte delantera, y luego les diera la vuelta de nuevo. Poco probable; los demonios no son tan metódicos.

Khadgar sintió cómo el rostro se le acaloraba por el azoramiento.

—Lo siento, sólo era una teoría.

—Y una buena teoría —dijo rápidamente Medivh—. Sólo que estaba equivocada, nada más. Pero tienes razón en que la ventana estaría abierta, porque así fue como el demonio salió de la torre. Ahora anda suelto por la ciudad.

Lothar maldijo.

—¿Estás seguro?

—Completamente —asintió Medivh—. Pero probablemente por el momento no quiera llamar la atención. Incluso matar por sorpresa a dos tontos como Huglar y Hugarin llevaría al límite las habilidades de cualquier criatura excepto la más poderosa.

—En una hora puedo tener organizados grupos de búsqueda —dijo Lothar.

—No —replicó Medivh—. Quiero hacer esto yo mismo. No tiene sentido desperdiciar vidas. Por supuesto, quiero ver los restos. Eso me dirá a qué nos enfrentamos.

—Los llevamos a una cámara fría en la bodega —dijo Lothar—. Puedo llevarte allí.

—Enseguida —urgió Medivh—. Quiero echar un vistazo por aquí durante un momento. ¿Nos dejarías solos a mi aprendiz y a mí unos minutos?

—Por supuesto —dijo Lothar tras dudar un momento—. Estaré justo afuera. —Mientras decía esto miraba severamente a Khadgar, luego se fue.

El picaporte se cerró y en la habitación se hizo el silencio. Medivh se movía de mesa en mesa, trasteando entre los libros destrozados y los papeles hechos jirones. Sostuvo el trozo de una carta con un sello púrpura, y negó con la cabeza. Lentamente, arrugó el trozo de papel que sostenía en la mano.

—En los países civilizados —dijo con voz algo tensa—, los aprendices no discuten a sus maestros. Al menos en público. —Se volvió hacia Khadgar y el joven vio que el rostro de su maestro era una masa de nubarrones de tormenta.

—Lo siento —dijo Khadgar—. Dijiste que debía hacer preguntas, y la postura de los cuerpos no me pareció la normal en ese momento, pero ahora que has mencionado cómo ardieron esos cuerpos…

Medivh levantó una mano y Khadgar se cayó. Hizo una pausa y luego expulsó aire lentamente.

—Ya basta. Hiciste lo correcto, ni más ni menos de lo que yo te había pedido. Y si no hubieras hablado yo no me habría dado cuenta de que el demonio posiblemente bajó escalando la torre y habría perdido el tiempo rastreando el castillo. Pero preguntaste porque no sabes mucho acerca de demonios, y eso es ignorancia. Y yo la ignorancia no la tolero.

El Magus miró a Khadgar, pero había una sonrisa en las comisuras de sus labios. Khadgar, seguro de que la tormenta había pasado, se sentó en un taburete.

—Lothar.

—Esperará —dijo Medivh asintiendo—. Ese Anduin Lothar espera bien. Veamos. ¿Qué aprendiste sobre los demonios durante tu estancia en la Ciudadela Violeta?

—He oído las leyendas —dijo Khadgar—. En los Primeros Días había demonios en la tierra, y se alzaron grandes héroes para expulsarlos. —Pensó en la imagen de la madre de Medivh haciendo pedazos a los demonios y enfrentándose a su señor, pero no dijo nada. No veía la necesidad de enfadar a Medivh ahora que se había calmado.

—Eso es lo básico —dijo Medivh—. Lo que nosotros llamamos cuentos de viejas. ¿Qué más sabes?

Khadgar respiró hondo.

—Las enseñanzas oficiales en la Ciudadela Violeta, en el Kirin Tor, dicen que la demonología debe ser rechazada, evitada y abjurada. Cualquier intento de invocar un demonio debe ser localizado e impedido, y los implicados han de ser expulsados. O algo peor. Circulaban historias entre los estudiantes jóvenes, mientras yo crecía.

—Historias con base real —dijo Medivh—. Pero eres un muchacho curioso. Sabrás más, supongo.

Khadgar inclinó su cabeza pensativo, mientras escogía las palabras con cuidado.

—Korrigan, el bibliotecario de la academia, tenía una extensa colección de… material a su disposición.

—Y necesitaba alguien que le ayudara a ordenarlo —dijo secamente Medivh. Khadgar debió de ponerse tenso, porque Medivh añadió—: No es más que una suposición, Joven Confianza.

—El material consistía principalmente en leyendas populares e informes de autoridades locales acerca de actividades demoníacas. La mayor parte versaba sobre individuos cometiendo actos execrables en nombre de algún antiguo demonio legendario. Nada acerca del acto de invocar realmente a un demonio. Nada de conjuros ni de escritos arcanos. —Khadgar señaló el círculo de protección—. Nada de ceremonias.

—Por supuesto —respondió Medivh—. Ni siquiera Korrigan dejaría eso en manos de un estudiante. Si tiene cosas de ésas las tendrá por separado.

—A partir de eso, la creencia general es que cuando los demonios fueron derrotados, fueron expulsados completamente. Los echaron de este mundo de luz y seres vivos a su propio dominio.

—La Gran Oscuridad del Más Allá —dijo Medivh, entonando la frase como una plegaria.

—Siguen allí, o eso dice la leyenda —siguió Khadgar—. Y quieren volver. Algunos dicen que acuden en sueños a las personas de voluntad débil y las animan a buscar viejos conjuros y a hacer sacrificios. A veces para abrirles el camino de vuelta. Otros dicen que quieren adoradores y sacrificios para hacer que este mundo sea como antes, sanguinario y violento, y que sólo entonces volverán.

Medivh se mantuvo en silencio un momento, atusándose la barba.

—¿Algo más?

—Hay más. Detalles e historias individuales. He visto tallas de demonios, dibujos, diagramas. —De nuevo Khadgar sintió la necesidad de hablarle a Medivh de la visión, del ejército demoníaco—. Y está ese viejo poema épico, el que habla de Aegwynn —dijo en vez de lo otro—, luchando contra una horda de demonios en una tierra remota.

La mención trajo una amable sonrisa de complicidad al rostro de Medivh.

—Ah, sí. “La Canción de Aegwynn”. Encontrarás ese poema en las habitaciones de muchos magos poderosos, ya sabes.

—Mi profesor, Lord Guzbah, estaba interesado en él.

—¿Sí? —Dijo Medivh con una sonrisa—. Con el debido respeto, no sé si Guzbah está preparado para el poema. Al menos en su forma verdadera. —Levantó las cejas—. Lo que sabes es básicamente cierto. Mucha gente lo esconde en forma de leyendas y cuentos de hadas, pero creo que tú sabes tan bien como yo que los demonios son reales y están ahí afuera, y sí, son una amenaza para todos los que caminamos por este mundo iluminado por el sol, al igual que para otros mundos. Creo, definitivamente creo, que tu mundo del sol rojo era otro sitio, un mundo diferente al otro lado de la Gran Oscuridad del Más Allá. El Más Allá es una prisión para los demonios, un sitio sin luz ni abrigo, y ellos están muy, muy envidiosos y tienen muchas, muchas ganas de volver. —Khadgar asintió y Medivh continuó—. Pero tu suposición de que sus víctimas son gente de voluntad débil es un error, aunque de nuevo un error bienintencionado. Hay más que suficientes granjeros corruptos que invocan una fuerza demoníaca para vengarse de un antiguo amor, o mercaderes estúpidos que queman la factura de un acreedor con una vela negra mientras farfullan malamente el nombre de algún antiguo poder demoníaco. Pero también hay aquellos que se adentran en el abismo por propia voluntad, que se sienten seguros y a salvo y creen estar por encima de cualquier lisonja o amenaza; que creen ser lo bastante poderosos para dominar las energías demoníacas que fluyen más allá de las paredes del mundo. Éstos son incluso más peligrosos que la chusma común, puesto que como sabes, un fallo por poco en la conjuración es más mortífero que un fallo por completo.

Khadgar sólo pudo asentir, y se preguntó si Khadgar tenía el poder de la mente.

—Pero éstos eran magos poderosos; quiero decir, Huglar y Hugarin.

—Los más poderosos de Azeroth —dijo Medivh—. Los mejores y más sabios magos, consejeros mágicos del mismísimo rey Llane. ¡De confianza, sabios y sinecuras!

—Seguramente deberían saber lo que hacían.

—Así debería haber sido —dijo Medivh—. Y sin embargo aquí estamos, en los restos de sus habitaciones, y sus cuerpos calcinados yacen en la bodega.

—Entonces ¿por qué lo harían? —Khadgar frunció el ceño, tratando de no ofender—. Si sabían tanto. ¿Por qué tratar de invocar un demonio?

—Por muchas razones —dijo Medivh con un suspiro—. La soberbia, ese falso orgullo que precede a la caída. Exceso de confianza, en sus habilidades individuales y duplicado por trabajar en equipo. Y supongo que, sobre todo, el miedo.

—¿Miedo? —Khadgar miró intrigado a Medivh.

—Miedo a lo desconocido —dijo Medivh—. Miedo a lo conocido. Miedo a las cosas más poderosas que ellos.

Khadgar movió la cabeza.

—¿Qué podría ser más poderoso que dos de los magos más avezados y cultos de Azeroth?

—Ah —dijo Medivh, y una débil sonrisa floreció bajo su barba—. Ese soy yo. Se mataron invocando un demonio, jugando con fuerzas que es mejor dejar en paz, porque me temían.

—¿A ti? —dijo Khadgar, y su voz sonó más sorprendida de lo que había pretendido. Por un momento temió volver a ofender al Magus.

Pero Medivh se limitó a respirar hondo y expulsar el aire lentamente.

—Yo —dijo luego—. Eran tontos, pero yo también tengo la culpa. Ven, chico, Lothar puede esperar. Es hora de que te cuente la historia de los Guardianes y de la Orden de Tirisfal, que es lo único que se interpone entre nosotros y la oscuridad.

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