El último guardián – Capítulo Ocho – Lecciones

—Para comprender la Orden —dijo Medivh—, debes comprender a los demonios. También debes comprender la magia. —Se sentó cómodamente en una de las sillas que seguía intactas. La silla también tenía encima uno de los pocos cojines que no habían sido desgarrados.

—Lord Medivh… Magus —dijo Khadgar—. Si hay un demonio suelto en Stormwind deberíamos concentrarnos en eso, y no en lecciones de historia que pueden esperar a más tarde.

Medivh bajó la vista para mirarse el pecho, y Khadgar temió haberse arriesgado a otro estallido de furia del mago. Pero el archimago se limitó a negar con la cabeza y sonreír.

—Tus preocupaciones serían válidas si el demonio en cuestión fuera una amenaza para los que los rodean. Hazme caso, no lo es. El demonio. Incluso aunque fuera uno de los oficiales más poderosos de la Legión Ardiente, habría gastado casi todas sus energías personales encargándose de los dos poderosos magos que lo invocaron. No hay que preocuparse, al menos por el momento. Lo que es importante es que comprendas lo que es la Orden, lo que yo soy y por qué hay otros tan interesados en ello.

—Pero Magus. —empezó Khadgar.

—Y cuanto antes pueda acabar, antes sabré que puedo confiarte la información y antes podré ir a encargarme de este demonio, así que si de verdad quieres que vaya deberías dejarme acabar, ¿de acuerdo? —Medivh dedicó al joven mago una áspera sonrisa de complicidad.

Khadgar abrió la boca para protestar, pero cambió de idea. Se sentó en el amplio alféizar del ventanal abierto. A pesar de los esfuerzos de los sirvientes por retirar los cuerpos de la torre, el hedor de su muerte, un vaho corrosivo, seguía pesando en el aire.

—Bueno, ¿qué es la magia? —preguntó Medivh a la manera de un profesor de magia.

—Un campo ambiental de energía que impregna el mundo —dijo Khadgar casi sin pensar. Era un catecismo, una respuesta sencilla para una pregunta sencilla—. Es más fuerte en algunos sitios que en otros, pero es omnipresente.

—Sí, así es —dijo el mago de más edad—, al menos ahora. Pero imagina un tiempo en el que no lo fue.

—La magia es universal —dijo Khadgar, sabiendo tan pronto como lo dijo que le iban a demostrar que no era así—. Como el aire o el agua.

—Sí, como el agua —dijo Medivh—. Ahora imagina un tiempo al inicio de las cosas, cuando toda el agua del mundo estaba en un sitio. Toda la lluvia, los ríos, los mares y los arroyos, las cataratas, los torrentes y las lágrimas, todo en un mismo sitio, un pozo.

Khadgar asintió lentamente.

—Pero, en vez del agua estamos hablando de la magia —dijo Medivh—. Un pozo de magia, la fuente, una apertura a otra dimensión, un brillante portal a las tierras al otro lado de la Gran Oscuridad, más allá de las paredes del mundo. Las primeras personas en hacer conjuros acamparon alrededor del pozo y destilaron su poder puro en forma de magia. Entonces se llamaban los kaldorei. Cómo se llaman ahora, no lo sé. —Medivh miró a Khadgar, pero el joven mago se mantuvo en silencio, así que continuó—. Los kaldorei se hicieron poderosos con su uso de la magia, pero no comprendían su naturaleza. No comprendían que había otras fuerzas en la Gran Oscuridad del Más Allá, moviéndose entre los mundos, hambrientas de magia y muy interesadas en cualquiera que la domara y la refinase para servirse de ella. Estas fuerzas malignas eran abominaciones, monstruosidades y pesadillas de cientos de mundos, pero nosotros los llamamos simplemente demonios. Buscaban invadir cualquier mundo donde la magia creciera y fuese dominada, y destruirlo para quedarse las energías para ellos solos. Y el más grande de todos, el amo de la Legión Ardiente, era un demonio llamado Sargeras.

Khadgar pensó en la visión de Aegwynn y suprimió un escalofrío. Si Medivh notó la reacción del joven mago, no dijo nada.

—El señor de la Legión Ardiente era poderoso y sutil, y trabajó para corromper a los primeros magos, los kaldorei. Tuvo éxito, porque una oscura sombra cayó sobre sus corazones y esclavizaron a otras razas, los nacientes humanos y otras más, para construir un imperio —Medivh suspiró—. Pero incluso en esos tiempos de esclavismo kaldorei había aquéllos con más visión que sus hermanos, aquellos que estaban dispuestos a hablar en contra de los kaldorei y pagar el precio de su visión. Estos valientes individuos, tanto kaldorei como de otras razas, veían cómo los corazones de los kaldorei gobernantes se hacían fríos y oscuros, y el poder demoníaco crecía. Así sucedió que los kaldorei fueron corrompidos por Sargeras tanto que casi condenaron este mundo en su nacimiento. Los kaldorei ignoraron a los que hablaban contra ellos, y abrieron el camino para que los demonios más poderosos, Sargeras y los suyos, invadieran el mundo. Sólo con las heroicas acciones de unos pocos se pudo cerrar el portal resplandeciente a través de la Gran Oscuridad, exiliando a Sargeras y a sus seguidores. Pero la victoria tuvo un alto coste. El Pozo de la Eternidad explotó cuando se cerró el portal, y la explosión resultante le arrancó el corazón al mundo, destruyendo las tierras kaldorei y el continente en el que se asentaban. Los que cerraron el puente nunca volvieron a ser vistos por los ojos de los vivos.

—¡Kalimdor! —dijo Khadgar, interrumpiendo muy a su pesar.

Medivh lo miró, y Khadgar continuó.

—¡Es una vieja leyenda de Lordaeron! Una vez hubo una raza maligna que jugó estúpidamente con un gran poder. Como castigo por sus pecados, sus tierras fueron destruidas y hundidas bajo las olas. Se llama la Caída del Mundo. Sus tierras se llamaban Kalimdor.

—Kalimdor —repitió Medivh—. Conoces la versión infantil del relato, el trozo que les contamos a los candidatos a mago para enfatizar los peligros de aquello con lo que juegan. Los kaldorei fueron estúpidos y se destruyeron a sí mismos, y casi a nuestro mundo. Y cuando el Pozo de la Eternidad explotó, las energías mágicas que había en su interior se dispersaron hasta los cuatro confines de la tierra, en una eterna lluvia de magia. Y por eso la magia es universal; es el poder de la muerte del pozo.

—Pero, Magus… —dijo Khadgar—. Eso pasó hace milenios.

—Diez mil años —respondió Medivh—. Año más, año menos.

—¿Y cómo ha llegado la leyenda hasta nosotros? Las propias historias de Dalaran sólo se remontan hasta unos dos mil años, y de ésas las primeras están completamente envueltas en la leyenda.

Medivh asintió y retomó el relato.

—Muchos perecieron en el hundimiento de Kalimdor, pero algunos sobrevivieron y se llevaron su saber con ellos. Algunos de esos kaldorei supervivientes fundaron la Orden de Tirisfal. Si Tirisfal fue una persona, un sitio, una cosa o un concepto, ni yo puedo decirlo. Recogieron el conocimiento de lo que había sucedido y juraron impedir que volviera a suceder, y ésos son los cimientos de la orden. La raza humana también sobrevivió a esos días oscuros, y prosperó, y pronto, con la energía mágica entrelazada con el tejido el mundo, ellos también estuvieron llamando a las puertas de la realidad, empezando a invocar criaturas de la Gran Oscuridad, fisgando en las puertas cerradas de la prisión de Sargeras. Entonces fue cuando los kaldorei que habían sobrevivido y cambiado aparecieron con la historia de cómo sus ancestros casi habían destruido el mundo. Los primeros magos humanos consideraron lo que los kaldorei supervivientes había dicho, y se dieron cuenta de que aunque ellos renunciaran a sus varitas, grimorios y códigos, siempre habría otros que, inocentemente o no, buscarían formas para permitir a los demonios acceder de nuevo a nuestras verdes tierras. Así que ellos continuaron la Orden, ahora como una sociedad secreta entre los magos más poderosos. Esta Orden de Tirisfal escogería a uno de sus miembros, que serviría como Guardián del Tirisfal. A este Guardián se le otorgarían los más grandes poderes, y sería el guardián de las puertas de la realidad. Pero ahora la puerta no era un solo gran pozo de energía, sino una lluvia infinita que sigue cayendo aún hoy. No es nada menos que la más pesada responsabilidad del mundo.

Medivh se calló y sus ojos se desenfocaron brevemente, como si hubiera sido súbitamente arrastrado al pasado. Entonces agitó la cabeza y volvió en sí, pero no habló.

—Tú eres el Guardián —se limitó a decir Khadgar.

—Sí —dijo Medivh—. Soy el hijo de la más grande Guardiana de todos los tiempos, y su poder me fue otorgado poco después de mi nacimiento. Fue… demasiado para mí, y pagué por ello con un buen pedazo de mi juventud.

—Pero has dicho que los magos elegían entre ellos —dijo Khadgar—. ¿No podía Magna Aegwynn haber elegido a un candidato mayor? ¿Por qué elegir a un niño, y en concreto su hijo?

Medivh respiró hondo.

—Los primeros Guardianes, durante el primer milenio, fueron elegidos entre un grupo selecto. La propia existencia de la Orden se mantenía en secreto, siguiendo los deseos de los fundadores originales. Sin embargo, con el paso del tiempo fueron apareciendo los politiqueos y los intereses personales, y el Guardián pronto se convirtió en poco más que un criado, un recadero mágico. Algunos de los magos más poderosos creían que el trabajo del Guardián era mantener apartados a los demás del poder que ellos mismos disfrutaban. Igual que con los kaldorei que nos habían precedido, una sombra de poder corruptor se cernía sobre los miembros de la Orden. Cada vez pasaban más demonios, e incluso el mismísimo Sargeras había manifestado pequeños fragmentos de su esencia. Una mera fracción de su poder, pero suficiente para masacrar ejércitos y destruir naciones.

Khadgar pensó en la imagen de Sargeras con la que había combatido Aegwynn en la visión. ¿Era posible que eso fuera una simple fracción del poder del gran demonio?

—Magna Aegwynn… —Medivh pronunció las palabras y luego se detuvo. Era como si no estuviera acostumbrado a pronunciarlas—. La que me engendró había nacido hace casi un millar de años, Estaba muy dotada, y los demás miembros de la orden la eligieron como Guardián. Creo que los miembros más ancianos de los ancianos pensaron que podían controlarla, y al hacerlo seguir usando al Guardián como peón en sus juegos de política. Ella los sorprendió —y ante esto Medivh sonrió—. Se negó a ser manipulada, y de hecho combatió contra algunos de los magos más grandes de su época cuando cayeron en la demonología, Algunos pensaron que su independencia sería algo pasajero, que cuando llegara su hora, tendría que pasar el testigo a un miembro más maleable. Y de nuevo volvió a sorprenderlos, usando la magia de su interior para vivir mil años, inalterada, y para blandir su poder con sabiduría y gracia. Así que la Orden y el Guardián se separaron. La Orden puede asesorar al Guardián, pero éste último debe ser libre de enfrentarse a ella, para evitar lo que les sucedió a los kaldorei. Durante mil años, ella combatió contra la Gran Oscuridad, incluso enfrentándose a la forma física de Sargeras, que había logrado filtrarse a este plano e intentaba destruir a los dragones míticos para añadir el poder de éstos al suyo propio. Magna Aegwynn se enfrentó a él y lo venció, encerrando su cuerpo en un lugar desconocido, dejándolo aislado de la Gran Oscuridad que es la fuente de su poder. Eso está en el poema épico “La Canción de Aegwynn”, el que quiere Guzbah. Pero ella no podía hacerlo por siempre, y siempre debe haber un Guardián. Y entonces. —y de nuevo a Medivh le falló la voz—, Todavía le quedaba un as en la manga. Era poderosa, pero seguía siendo de carne mortal. Se esperaba que transmitiese su poder. En vez de eso concibió un heredero con un conjurador de la propia corte de Azeroth, y escogió a ese niño como su sucesor. Amenazó a la orden, diciendo que si su elección no era respetada, nunca renunciaría y se llevaría el poder del Guardián a la tumba antes que permitir que otro lo tuviera. Creyeron que podrían manipular mejor al niño. a mí. así que la dejaron. Pero el poder fue demasiado —dijo Medivh—. Cuando yo era joven, más joven que tú, se despertó en mi interior y dormí durante veinte años. Magna Aegwynn tuvo tanta vid a. y yo me la he perdido casi toda. —Su voz se quebró de nuevo—. Magna Aegwynn. mi madre. —empezó, pero se dio cuenta de que no tenía más que decir.

Khadgar se quedó sentado allí un momento. Entonces Medivh se levantó y se echó hacia atrás la melena.

—Y mientras yo dormía —dijo—, el mal volvió a insinuarse en el mundo. Hay más demonios, y también más de esos orcos. Y ahora los miembros de mi propia Orden vuelven a jugar con la senda de la oscuridad. Sí, Huglar y Hugarin eran miembros de la Orden, como lo han sido otros, como el anciano Arrexis de los Kirin Tor. Sí, algo parecido le sucedió, y aunque lo han encubierto bien, posiblemente hayas oído algo acerca de eso. Temían el poder de mi madre y me temen a mí, y tengo que impedir que su miedo los destruya. Ésa es la carga que soporta el Guardián de Tirisfal. —El hombre se puso repentinamente en movimiento—. ¡Debo partir!

—¿Partir? —dijo Khadgar, sorprendido por la súbita energía de la larguirucha figura.

—Como has indicado tan acertadamente, hay un demonio suelto —dijo Medivh con una sonrisa renovada—. Que suene el cuerno del cazador. ¡Debo encontrarlo antes de que recupere las fuerzas y mate a otros!

Khadgar se levantó.

—¿Por dónde empezamos?

Medivh se detuvo y se dio la vuelta, mirando algo avergonzado al joven.

—Esto… no empezamos por ningún sitio. Yo voy. Tú tienes talento, pero todavía no estás a la altura de los demonios. Esta batalla es mía, Joven Aprendiz Confianza.

—Magus, estoy seguro de que puedo.

—También necesito que te quedes aquí y mantengas los oídos abiertos —dijo Medivh en voz más baja—. No dudo que el viejo Lothar ha pasado los últimos diez minutos con la oreja pegada a la puerta, de forma que ahora tendrá una marca con forma de cerradura estampada en un lado de la cara. —Medivh sonrió—. Sabe mucho, pero no lo sabe todo. Por eso tengo que decírtelo, para que no te lo sonsaque. Necesito que alguien guarde al Guardián.

Khadgar miró a Medivh y el mago mayor guiñó un ojo. Luego el Magus avanzó a grandes zancadas hacia la puerta y la abrió con un rápido movimiento. Lothar no cayó dentro de la habitación, pero estaba allí, justo al otro lado. Podía haber estado escuchando. O simplemente montando guardia.

—Med —dijo Lothar con una sonrisa coja—. Su majestad.

—Su majestad entenderá perfectamente —dijo Medivh pasando como una exhalación junto al hombretón—, que prefiera encontrarme con un demonio suelto que con el líder de una nación. Prioridades, y tal. Mientras tanto ¿me cuidarías al aprendiz?

Lo dijo todo sin respirar, y se fue, atravesando el pasillo y bajando las escaleras, dejando a Lothar a media frase.

El viejo guerrero se frotó la calva con una manaza, y dejó escapar un suspiro exagerado. Entonces miró a Khadgar y emitió otro, aún más profundo.

—Siempre ha sido así, ya sabes —dijo Lothar, como si Khadgar realmente lo supiera—. Supongo que por lo menos tendrás hambre. Veamos si podemos conseguir algo para almorzar.

El almuerzo consistió de un faisán frío sacado de la cámara fría bajo el brazo de Lothar, y dos tazas de cerveza del tamaño de aguamaniles, una en cada mano rolliza. El Campeón Real estaba sorprendentemente relajado, a pesar de la situación, y condujo a Khadgar hasta un elevado balcón desde el que se dominaba la ciudad.

—Milord —dijo Khadgar—, a pesar de la petición de Magus, me doy cuenta de que tiene cosas que hacer.

—Sí —dijo Lothar—. Y la mayoría de ellas las he hecho mientras hablabas con Medivh. Su majestad el rey Llane se encuentra en sus habitaciones, como la mayoría de los cortesanos, bajo vigilancia por si el demonio hubiera decidido esconderse en el castillo. También tengo agentes recorriendo la ciudad, con órdenes de informar si ven algo sospechoso y de evitar parecer sospechosos ellos mismos. La última cosa que necesitamos es una ola de pánico por el demonio. Ya he echado todos mis anzuelos, ahora sólo me queda esperar. —Miró al joven—. Y mis lugartenientes saben que estaré en este balcón, porque de todas formas yo siempre almuerzo tarde.

Khadgar reflexionó sobre las palabras de Lothar, y pensó que el Campeón Real se parecía mucho a Medivh; no sólo iba siempre unos pasos por delante sino que se deleitaba en explicar a los demás cómo había planeado las cosas. El aprendiz tomó una tajada de pechuga mientras Lothar se lanzó por un muslo.

La pareja comió en silencio durante bastante tiempo. El faisán no es que estuviera malo, precisamente, porque lo habían adobado con una mezcla de romero, panceta y sebo de cordero bajo la piel antes de asarlo. Incluso frío se deshacía en la boca. Por su lado la cerveza era de sabor fuerte, con un rico poso.

Bajo ellos se desplegaba la ciudad. La ciudadela en sí se alzaba sobre un promontorio rocoso que ya separaba al rey de sus súbditos y, con la altura añadida de la torre, los ciudadanos de Stormwind parecían pequeños muñequitos que iban y venían por calles atestadas. Bajo ellos se representaba una especie de día de mercado, con puestos con toldos de vivos colores ocupados por vendedores que bramaban (en voz muy baja, le parecía a Khadgar desde esta altura) las virtudes de sus productos.

Durante unos momentos, Khadgar se olvidó de donde estaba, y lo que había visto, y del motivo por el que para empezar estaba allí. Era una ciudad preciosa. Sólo un grave gruñido de Lothar lo trajo de vuelta al mundo.

—¿Y cómo es? —dijo el Campeón Real con su particular introspección.

Khadgar pensó por unos instantes antes de contestar.

—Tiene buena salud. Usted mismo lo ha visto, milord.

—Bah —escupió Lothar, y por un momento Khadgar pensó que el caballero se estaba ahogando con un trozo de carne—. Puedo ver, y sé que Medivh puede engañar a cualquiera. Lo que quiero decir es: ¿cómo es?

Khadgar volvió a mirar a la ciudad, preguntándose si él tendría el talento de Medivh para manejarse con el hombre, para negar respuestas sin ofender.

No, decidió. Medivh se valía de lealtades y amistades que eran más viejas que Khadgar. Tenía que encontrar otra forma de responder. Suspiró.

—Es exigente. Muy exigente. E inteligente. Y sorprendente. A veces creo que soy el aprendiz de un torbellino. —Miró a Lothar con las cejas levantadas, en la esperanza de que esto fuera suficiente.

Lothar asintió.

—Un torbellino, sí. Y una tormenta, sospecho.

Khadgar se encogió de hombros torpemente.

—Tiene sus días, como todo el mundo.

—Hmmmf—dijo el Campeón Real—. Un mozo de cuadra tiene el día y patea al perro. Un mago tiene el día y una ciudad desaparece. Sin ánimo de ofender.

—No hay ofensa, milord —dijo Khadgar pensando en los magos muertos de la habitación de la torre—. Ha preguntado cómo es. Es todas esas cosas.

—Hmmmf—volvió a decir Lothar—. Es una persona muy poderosa.

Y te preocupa, igual que preocupa a los demás magos, pensó Khadgar, pero en vez de eso dijo otra cosa.

Habla bien de usted.

—¿Qué dice? —preguntó Lothar, posiblemente más rápido de lo que había pretendido.

—Sólo —Khadgar escogió sus palabras con cuidado—, que lo cuidastes bien cuando estuvo enfermo.

—Bastante cierto —gruñó el guerrero, empezando con el otro muslo.

—Y que es extremadamente cumplidor —añadió Khadgar, creyendo que esto era un adecuado resumen de la opinión que Medivh tenía del guerrero.

—Me alegro de que se dé cuenta —dijo Lothar con la boca llena. Hubo una pausa entre los dos, y Lothar masticó y tragó—. ¿Ha mencionado al Guardián?

—Hemos hablado —dijo Khadgar, con la sensación de estar al borde de un acantilado verbal. Medivh no le había dicho cuánto sabía Lothar. Decidió que el silencio sería la mejor respuesta, y dejó la frase colgada en el aire unos instantes.

—Y no es tarea del aprendiz discutir los asuntos del maestro, ¿eh? —dijo Lothar con una sonrisa que parecía un ápice demasiado forzada—. Vamos, eres de Dalaran. Ese nido de víboras mágicas tiene más secretos por metro cuadrado que cualquier otro lugar del continente. Sin ánimo de ofender, otra vez.

Khadgar no le dio importancia al comentario.

—He notado —dijo diplomáticamente—, que hay una rivalidad menos obvia entre los magos de aquí que entre los de Lordaeron.

—Y me vas a decir que tus maestros te mandaron sin una lista de la compra de cosas que tenías que sacarle al gran Magus. —La sonrisa de Lothar se agrandó, y pareció casi comprensiva.

Khadgar sintió el rostro algo acalorado. Los disparos del guerrero se acercaban cada vez más al blanco.

—Todas las peticiones de la Ciudadela Violeta fueron dejadas a la discreción de Medivh. Fue muy comprensivo.

—Hmmmf —resopló Lothar—. Eso quiere decir que no le han pedido lo bueno. Sé que los magos de por aquí, incluyendo a Huglar y Hugarin, que los santos se apiaden de sus almas, siempre lo estaban incordiando, pidiéndole esto o aquello, y quejándose ante su majestad o ante mí si no lo conseguían. ¡Cómo si nosotros tuviéramos algún control sobre él!

—No creo que nadie lo tenga —respondió Khadgar, ahogando en la cerveza cualquier comentario adicional que se le hubiera ocurrido.

—Ni siquiera su madre, por lo que sé —dijo Lothar. Fue un leve comentario, pero se clavó como una puñalada. Khadgar se encontró deseando preguntarle a Lothar más acerca de ella, pero se contuvo.

—Me temo que soy demasiado joven para saberlo —dijo—. He leído algo acerca de ella. Parece que era una maga muy poderosa.

—Y ese poder está ahora en él —dijo Lothar—. Ella lo engendró de un conjurador de esta misma corte, y lo amamantó con magia pura, e hizo fluir su poder hacia él. Sí, lo sé todo, reuní las piezas mientras estuvo en coma. Demasiado poder, demasiado joven. Incluso ahora estoy preocupado.

—Crees que es demasiado poderoso —dijo Khadgar, y Lothar lo dejó congelado con una penetrante mirada. El joven mago se reprochó haber dicho lo que pensaba, prácticamente acusando a su anfitrión.

Lothar sonrió y negó con la cabeza.

—Al contrario, chico, me preocupa que no sea lo bastante poderoso. Hay cosas horribles vagando por el reino. Esos orcos que viste hace un mes se están multiplicando como conejos tras la lluvia. Y los trolls, que estaban casi extinguidos, se están viendo cada vez más. Y Medivh está por ahí cazando un demonio mientras hablamos. Llegan malos tiempos y espero, no, rezo para que esté a la altura. Estuvimos veintitantos años sin un Guardián, mientras él estuvo en coma. No quiero pasar otros veinte, especialmente en un momento como éste.

Ahora Khadgar se sentía azorado.

—Así que cuando preguntas cómo es, quieres decir…

—Que qué tal le va —acabó Lothar—. No quiero que se debilite en un momento como éste. Orcos, trolls, demonios y luego está lo de. —Lothar dejó la frase inacabada y miró a Khadgar—. Ahora ya sabes lo del Guardián, supongo.

—Puede suponer —dijo Khadgar.

—¿Y lo de la orden también? —dijo Lothar, y luego sonrió—. No necesitas decir nada, jovencito, tus ojos te han traicionado. Nunca juegues a las cartas conmigo.

Khadgar se sintió al borde del abismo. Medivh le había dicho que no le contara demasiado al Campeón, pero Lothar parecía saber tanto como Khadgar. Incluso más. Lothar habló tranquilamente.

—No mandaríamos buscar a Medivh por un sencillo asunto de una conjuración fallida. Ni por dos conjuradores cualquiera que fuesen atrapados por sus propios conjuros. Huglar y Hugarin eran dos de los mejores, dos de los más poderosos. Había otra, incluso más poderosa, pero tuvo un accidente hace dos meses. Los tres, creo, eran miembros de la orden.

Khadgar sintió que un escalofrío le recorría la espalda.

—No me siento cómodo hablando de esto —logró decir.

—Entonces no hables —dijo Lothar arrugando el ceño como si fuera una estribación de alguna antigua cadena montañosa—. Tres magos poderosos, los más poderosos de Azeroth. Ni por asomo a la altura de Medivh y su madre, entiéndeme, pero grandes y poderosos magos a pesar de todo. Todos muertos. Puedo creerme que un mago tenga mala suerte, o que lo pillen desprevenido pero ¿tres? Un guerrero no cree en tantas coincidencias. Y hay más. Tengo mis propios medios para descubrir las cosas. Los mercaderes de las caravanas, mercenarios y aventureros que llegan a la ciudad suelen encontrar un oído dispuesto en el viejo Lothar. Llegan noticias de Ironforge y Alterac, e incluso del mismo Lordaeron. Ha habido una plaga de estos accidentes, uno detrás de otro. Creo que alguien, o peor, algo está cazando a los grandes magos de esta Orden secreta. Tanto aquí como en Dalaran. No lo dudo.

Khadgar se dio cuenta de que el hombre estaba estudiando su rostro mientras hablaba, y con un respingo se dio cuenta de que esto encajaba con los rumores que había oído antes de abandonar la Ciudadela Violeta. Ancianos magos desaparecidos de repente, y el escalafón superior tratando de taparlo sigilosamente. El gran secreto de los Kirin Tor, parte de un problema mayor.

Muy a su pesar, Khadgar apartó la mirada, desviándola hacia la ciudad.

—Sí, también en Dalaran, según parece —dijo Lothar—. No llegan muchas noticias de allí, pero estoy dispuesto a apostar que las que circulan por allí son parecidas, ¿eh?

—¿Crees que el Lord Magus está en peligro? —preguntó Khadgar. Los deseos de no decirle nada a Lothar estaban siendo erosionados por la obvia preocupación del viejo guerrero.

—Yo creo que Medivh es la encarnación del peligro —dijo Lothar—. Y admiro a cualquiera dispuesto a compartir techo con él. —Sonaba como una broma, pero el Campeón Real no sonrió—. Pero sí, hay algo ahí afuera, y puede que esté relacionado con los demonios, los orcos o con algo mucho peor. Y no me gustaría que perdiéramos nuestra arma más poderosa en un momento como éste.

Khadgar miró a Lothar, intentando leer las arrugas del rostro del hombre. ¿Estaba el viejo guerrero preocupado por su amigo o por la pérdida de una defensa mágica? ¿Se preocupaba por la seguridad de Medivh, sólo en las tierras salvajes, o porque hubiera algo cazándolos? Su rostro parecía una máscara, y sus ojos azul marino no daban ninguna pista de lo que Lothar estaba pensando realmente.

Khadgar se había esperado un sencillo espadachín, un caballero dedicado a su deber, pero el Campeón Real era algo más. Estaba presionando a Khadgar, buscando debilidades, buscando información, pero ¿con qué fin?

Necesito a alguien que guarde al Guardián, había dicho Medivh.

—Está bien —dijo Khadgar—. Se preocupa por él, y yo comparto su preocupación. Pero está bien, y dudo de que algo o alguien pueda herirlo.

Los insondables ojos de Lothar parecieron deshincharse por un instante, pero sólo por un instante fugaz. Iba a decir algo, a reemprender el entrometido y amistoso interrogatorio, pero un escándalo dentro de la torre alejó la atención de ambos de la discusión, de las jarras ahora vacías y de los huesos limpios del faisán.

Medivh apareció pavoneándose, seguido por una hueste de sirvientes y guardias. Todos se quejaban de su presencia, pero ninguno (sabiamente) se atrevía a ponerle una mano encima, y como resultado lo seguían como la cola viviente y quejumbrosa de un cometa. El mago entró a grandes zancadas en el parapeto.

—Sabía que eres hombre de costumbres, Lothar —dijo Medivh—. ¡Sabía que estarías aquí tomando el té de la tarde! —El Magus les regaló una sonrisa cálida, pero Khadgar notó que había cierto balanceo, casi de borracho, en su forma de andar. Medivh mantenía un brazo a la espalda, ocultando algo.

Lothar se levantó, con voz preocupada.

—¿Estás bien, Medivh? ¿El demonio… ?

—Ah, sí, el demonio —dijo alegremente Medivh y sacó el ensangrentado premio que llevaba escondido a la espalda. Lo tiró hacia Lothar y Khadgar con un movimiento lánguido, sin levantar el brazo.

La bola roja giró mientras volaba, salpicando los últimos restos de sangre y cerebro que le quedaban antes de aterrizar a los pies de Lothar. Era el cráneo de un demonio con la carne aún adherida a él. Tenía un gran pincho, como el de una gran hacha, clavado en el centro, entre los dos cuernos. La expresión del demonio, pensó Khadgar, era a la vez de pavor e indignación.

—Puede que quieras que te lo disequen —dijo Medivh irguiéndose tan alto como era—. Tuve que quemar el resto, por supuesto. Ni pensar en lo que podrían hacer los inexpertos con algo de sangre de demonio.

Khadgar vio que el rostro de Medivh estaba más demacrado que antes, y que las arrugas que tenía alrededor de los ojos eran más prominentes. Puede que Lothar también se diera cuenta.

—Lo has atrapado muy rápido —remarcó.

—¡Juego de niños! —Dijo Medivh—. Una vez que el Joven Confianza aquí presente señaló cómo había huido, fue muy sencillo seguirle el rastro desde la base de la torre hasta una pequeña escarpadura. Acabó antes de que me diera cuenta. Y también de que se diera cuenta él. —El Magus se balanceó ligeramente.

—Entonces, ven —dijo Lothar con una cálida sonrisa—. Deberíamos decírselo al rey. ¡Habrá celebraciones en tu honor por esto, Med!

Medivh levantó una mano.

—Pueden celebrarlo sin nosotros, me temo. Deberíamos volver. Hemos de recorrer kilómetros antes de poder descansar. ¿No es cierto, aprendiz?

Lothar miró a Khadgar, de nuevo con una mirada interrogativa y suplicante. Medivh parecía tranquilo pero cansado. También parecía esperar que Khadgar lo apoyase esta vez. El joven mago carraspeó.

—Por supuesto. Nos hemos dejado un experimento en el fuego.

—¡Pues sí! —dijo Medivh, siguiendo la corriente de forma inmediata—. Con las prisas por venir me había olvidado. Deberíamos apresurarnos. —El Magus se dio la vuelta y le gritó a la reunión de cortesanos—. ¡Preparen nuestras monturas! Partimos enseguida. —Los sirvientes se dispersaron como una bandada de codornices. Medivh se volvió hacia Lothar—. Por supuesto, presentarás mis disculpas a Su Majestad.

Lothar miró a Medivh, luego a Khadgar y luego a Medivh de nuevo. Al fin,

suspiró.

—Por supuesto. Al menos déjenme que los conduzca hasta la torre.

—Condúcenos —dijo Medivh—. Y no te olvides de tu cráneo. Yo me lo quedaría, pero es que ya tengo uno.

Lothar tomó el cráneo con cuernos de carnero en una mano y pasó junto a Medivh, conduciéndolos hacia la torre. Cuando lo adelantó, el Magus pareció deshincharse, como si se le escapara el aire. Parecía más cansado que antes, más gris que momentos antes. Dejó escapar un pesado suspiro y se dirigió hacia la puerta.

Khadgar corrió tras él y lo tomó por el codo. Fue un leve toque, pero el mago de más edad se irguió súbitamente, retrocediendo como si reaccionara ante un puñetazo. Se giró hacia Khadgar, y sus ojos parecieron cubrirse de niebla durante un momento mientras miraba al joven mago.

—Magus —dijo Khadgar.

—¿Qué pasa ahora? —dijo Medivh en un murmullo sibilante.

Khadgar pensó en lo que iba a decir, para no enfadarlo.

—No estás bien —dijo simplemente.

Era justo lo que había que decir. Medivh asintió envejecido.

—He estado mejor. Lothar probablemente lo sabe, pero no me va a llevar la contraria en esto. Sin embargo prefiero estar en casa antes que aquí. —Hizo una pausa momentánea, y frunció los labios bajo la barba—. Estuve enfermo mucho tiempo en este lugar. No quiero repetir la experiencia. —Khadgar no dijo nada, limitándose a asentir. Lothar estaba de pie junto a la puerta, esperando.

—Tú vas a tener que encabezar la marcha hacia Karazhan —le dijo Medivh a Khadgar, lo bastante alto para que lo oyeran todos los que estaban cerca—. ¡La vida en la gran ciudad es agotadora, y ahora me vendría bien una siesta!

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