El último guardián – Capítulo Seis – Aegwynn y Sargeras

Medivh estuvo fuera una semana, más o menos, y fue una semana que

Khadgar aprovechó bien. Se instaló en la biblioteca e hizo que Moroes le llevara allí las comidas. En más de una ocasión, ni siquiera volvió a su habitación por la noche, y en vez de eso pasó el tiempo durmiendo en las grandes mesas de la biblioteca. Definitivamente, estaba buscando visiones.

Dejó sin responder su propia correspondencia mientras rastreaba los antiguos volúmenes y grimorios en busca de respuestas acerca del tiempo, la luz y la magia. Sus primeros informes habían provocado rápidas respuestas de los magos de la Ciudadela Violeta. Guzbah quería una trascripción del poema épico de Aegwynn. Lady Delth afirmó que no reconocía ninguno de los títulos que le había mandado; ¿podía mandárselos de nuevo, esta vez con el primer párrafo de cada uno para que ella supiera qué eran? Y Alonda se mantenía en sus trece de que tenía que haber una quinta especie de troll, y que Khadgar obviamente no había encontrado los bestiarios apropiados. El joven mago disfrutó dejando sus peticiones sin responder mientras buscaba una manera de controlar las visiones.

La clave para el encantamiento, o eso parecía, sería un sencillo conjuro de clarividencia, una magia adivinatoria que permitía ver objetos distantes y lugares lejanos. Un libro de magia sacerdotal lo había descrito como un encantamiento de visión sagrada, aunque a Khadgar le había funcionado tan bien como a los sacerdotes. Aunque este conjuro sacerdotal funcionaba en el espacio, quizá con algunas modificaciones podría funcionar en el tiempo. Khadgar razonó que normalmente esto sería imposible dado el flujo del tiempo en un universo determinante y organizado como un reloj mecánico.

Pero parecía que dentro de los muros de Karazhan, al menos, el tiempo era un reloj de arena, e identificar los fragmentos desprendidos del tiempo era más posible. Y una vez que pescase un grano de tiempo, sería más fácil moverse de ese grano a otro.

Si alguien más había intentado esto dentro de los muros de la torre de Medivh, no había ninguna pista en la biblioteca, a menos que eso estuviera en los ejemplares más protegidos o ilegibles ubicados en la pasarela metálica. Curiosamente, las notas en letra de Medivh no demostraban interés alguno por las visiones, algo que parecía dominar las notas de otros visitantes. ¿Guardaba Medivh esa información en otro sitio? ¿O es que en verdad estaba más interesado en lo que pasaba más allá de los muros de la torre que en lo que pasaba dentro?

Modificar un conjuro para una nueva función no era tan sencillo como cambiar una salmodia aquí y alterar un gesto allá. Requería una comprensión profunda y precisa de cómo funcionaba la magia de adivinación, de lo que revelaba y de cómo lo revelaba. Cuando se cambia un movimiento de la mano o se modifica el tipo de incienso usado, el resultado más posible es un completo fracaso, donde las energías se disipan de forma inofensiva. Ocasionalmente puede que las energías se desaten y se descontrolen, pero normalmente el único resultado de un conjuro fallido es un mago frustrado.

En sus estudios, Khadgar descubrió que, si un conjuro falla de forma espectacular, eso indica que el conjuro fallido estaba muy cerca del que se pretendía conseguir. Las magias intentan llenar el hueco, hacer que las cosas sucedan, aunque no siempre con los resultados deseados por el mago. Por supuesto, a veces esos magos fallidos no sobrevivían a la experiencia.

Durante el proceso, Khadgar temía que Medivh volviera en cualquier momento, entrando sin avisar en la biblioteca en busca del releído poema épico o de cualquier otra insignificancia. ¿Le diría a su maestro lo que estaba intentando? Y si lo hacía, ¿lo animaría Medivh o le prohibiría continuar?

Tras cinco días, Khadgar creyó tener listo el conjuro. El armazón era el del conjuro de clarividencia, pero ahora estaba potenciado por un factor aleatorio que le permitía alcanzar y rastrear las discontinuidades que parecían existir en la torre. Estos fragmentos de tiempo fuera de sitio serían un poco más brillantes, un poco más calientes o sencillamente un poco más raros que su entorno inmediato, y por lo tanto atraerían toda la fuerza del conjuro.

Además el conjuro, si funcionaba, debería sintonizar mejor la visión. Esto debería afinar los sonidos y eliminar la distorsión, concentrándolos del mismo modo que hace una persona mayor cuando se lleva la mano a la oreja para oír mejor. No funcionaría tan bien con los sonidos alejados del punto central, pero debería aclarar lo que hablaban los individuos además de lo que veía el mago.

Al anochecer del quinto día, Khadgar había completado sus cálculos, y tenía los ordenados renglones de órdenes de poder y de conjuración dispuestos en un sencillo escrito. Si algo saliera horriblemente mal, al menos Medivh averiguaría lo que había pasado.

Medivh, por supuesto, tenía una despensa perfectamente abastecida de componentes para los conjuros, incluyendo una alacena de hierbas aromáticas y taumatúrgicas y un lapidario de piedras semipreciosas molidas. De éstas, Khadgar escogió la amatista para disponer su círculo mágico en la propia biblioteca, entrelazándolo con runas de cuarzo rosa pulverizado. Revisó las palabras de poder (la mayoría de las cuales le resultaban conocidas al joven mago antes de abandonar Dalaran) y ensayó los movimientos (casi todos ellos originales). Vestido con las ropas de conjuración (más para que le dieran suerte que por su efecto real), entró en el círculo mágico.

Khadgar dejó que su mente se asentara y se tranquilizase. Éste no era un conjuro de batalla que hubiera que lanzar a toda velocidad, ni un truco apresurado. Esto era un conjuro complejo y poderoso, uno que si lo lanzase dentro de la Ciudadela Violeta haría saltar las abjuraciones de aviso de otros magos, quienes acudirían a él volando.

Respiró hondo y comenzó la conjuración.

Dentro de su mente, el conjuro empezó a formar una caliente bola de energía. Podía sentirla condensándose en su interior, mientras ondas irisadas recorrían su superficie. Éste era el núcleo del conjuro, que normalmente solía despacharse enseguida para alterar el mundo real a capricho del lanzador.

Khadgar otorgó a la esfera los atributos que deseaba, para buscar los fragmentos de tiempo que parecían vagar por la torre, revisarlos y componer una sola visión, una de la que pudiera ser testigo, que él pudiera ver extenderse ante sí. Las ideas parecieron hundirse en la esfera imaginaria de su mente, y en respuesta la esfera pareció zumbar en un tono más agudo, esperando sólo que la soltara y le marcara el rumbo.

—Tráeme una visión —dijo el joven mago—. Tráeme una visión del joven Medivh.

La magia abandonó su mente con el sonido de un huevo que implotase, fluyendo hacia el mundo real para cumplir su voluntad. Hubo un soplo de aire y, mientras Khadgar miraba a su alrededor, la biblioteca empezó a transformarse como había hecho antes, a medida que la visión se movía lentamente a este espacio y este tiempo.

Sólo cuando de repente empezó a hacer más frío se dio cuenta Khadgar de que había llamado a la visión equivocada.

Una corriente helada recorrió la biblioteca, como si alguien se hubiera dejado una ventana abierta. La brisa pasó de corriente a viento gélido y luego a ventisca ártica, y a pesar de que sabía que esto era sólo una ilusión, tiritó.

Las paredes de la biblioteca cayeron cuando la visión ocupó su lugar con una extensión blanca. El viento helado se arremolinaba alrededor de libros y manuscritos, y dejaba un manto de nieve a su paso, grueso y duro. Las mesas, las estanterías y las sillas quedaron primero ocultas y luego desaparecieron por los remolinos de gruesos copos.

Y Khadgar estaba en la ladera de una colina, con las piernas hundidas hasta las rodillas en la nieve pero sin dejar marca. Era un fantasma dentro de la visión.

Sin embargo su aliento se condensaba y ascendía hecho vapor mientras él miraba a su alrededor. A su derecha había una pequeña arboleda, oscuros árboles de hoja perenne cargados de nieve por la reciente tormenta. Lejos a su izquierda había un gran acantilado blanco. Khadgar pensó que era alguna sustancia caliza, y luego se dio cuenta de que era hielo, como si alguien hubiera sacado de su lecho un río congelado y lo hubiera dejado allí. El río de hielo era tan alto como algunas montañas de Dalaran, y pequeñas formas oscuras se movían sobre él. Halcones o águilas, aunque tenían que ser de un tamaño inmenso si realmente estaban cerca de los acantilados de hielo.

Ante él se extendía un valle, y avanzando por el valle venía un ejército.

El ejército derretía la nieve a su paso, dejando tras de sí una mancha de fango negro como el rastro de una babosa. Los miembros del ejército iban vestidos de rojo, equipados con grandes yelmos con cuernos y largas capas negras con cuello alto almidonado. Eran cazadores, porque llevaban toda clase de armas.

A la cabeza del ejército, su líder portaba un estandarte, y clavada en la punta del mástil del estandarte, una cabeza cortada chorreando sangre. Khadgar pensó que pertenecía a alguna gran bestia con escamas verdes, pero se detuvo cuando vio que era la cabeza de un dragón.

Había visto el cráneo de una de dichas criaturas en la Ciudadela Violeta, pero nunca pensó ver una que recientemente hubiera estado viva. ¿Hasta cuándo lo había hecho retroceder la visión?

El ejército de cosas gigantescas estaba bramando lo que podía haber sido una canción de marcha, aunque igual podía ser una retahíla de insultos o un grito de desafío. Las voces sonaban amortiguadas, como si estuvieran en el fondo de un pozo gigantesco: pero al menos Khadgar podía oírlas.

Cuando se acercaron, se dio cuenta de lo que eran. Sus ornamentados yelmos no eran yelmos, sino cuernos que salían de su propia carne. Sus capas no eran ropas, sino grandes alas membranosas que salían de sus espaldas. Sus armaduras salpicadas de rojo eran su propia carne, brillando desde dentro y derritiendo la nieve.

Eran demonios, criaturas de las leyendas de Guzbah y de los panfletos ocultos de Korrigan. Seres monstruosos que superaban incluso a los orcos en sed de sangre y sadismo. Los grandes espadones de hoja ancha estaban claramente bañados de escarlata, y ahora Khadgar pudo ver que sus cuerpos también estaban manchados de sangre.

Estaban aquí, dondequiera y cuandoquiera que fuese aquí, y estaban cazando dragones.

Tras él sonó un ruido suave y distorsionado, no más que una pisada en una alfombra mullida. Khadgar se dio la vuelta y descubrió que no estaba solo en el cerro desde el que se dominaba la demoníaca partida de caza.

Ella había llegado tras él sin que Khadgar se diera cuenta, y si lo vio no le hizo ningún caso. Igual que los demonios parecían una plaga encarnada en la tierra, ella también irradiaba su propia sensación de poder. Éste era un poder radiante que parecía doblarse e intensificarse mientras casi flotaba sobre la superficie de la nieve misma. Era real, pero sus botas blancas de cuero sólo dejaban las más leves marcas en la nieve.

Era alta y poderosa y no temía a las abominaciones que había en el valle inferior. Su atuendo era tan blanco y puro como la nieve que los rodeaba, y vestía un chaleco hecho de pequeñas escamas de plata. Una voluminosa capa de piel con capucha y el forro de seda verde ondeaba tras ella, abrochada en su garganta por una gran gema verde que iba a juego con sus ojos. Llevaba el pelo rubio con un sencillo peinado, recogido con una diadema de plata, y parecía menos afectada por el frío que el fantasmal Khadgar.

Pero fueron sus ojos los que le llamaron la atención; verdes como un bosque en verano, verdes como el jade bruñido, verdes como el océano tras la tormenta. Khadgar reconoció aquellos ojos, porque había sentido la penetrante mirada de unos similares: los de su hijo.

Era Aegwynn. La madre de Medivh, la poderosa y casi inmortal maga que había vivido tanto como para convertirse en leyenda.

Khadgar también se dio cuenta de dónde debía estar; ésta tenía que ser la batalla de Aegwynn contra las hordas demoníacas, una leyenda de la que sólo se conservaban fragmentos en las estrofas de un poema épico que había en una de las estanterías de la biblioteca.

De repente, Khadgar supo dónde había fallado su conjuro. Medivh le había pedido ese pergamino antes de irse la última vez que Khadgar lo había visto. ¿Había fallado el conjuro atravesando una visión reciente del propio Medivh hasta la leyenda que había consultado?

Aegwynn frunció el ceño al mirar hacia la partida de caza demoníaca, y la única arruga que separó sus cejas mostró su desagrado. Sus ojos de jade destellaron, y Khadgar pudo intuir que en su interior se estaba formando una tormenta de poder.

Su cólera no tardó mucho en desencadenarse. Extendió un brazo, pronunció una frase corta y seca, y el relámpago brotó desde la punta de sus dedos.

Éste no era un simple rayo mágico, ni siquiera el más potente de los rayos de una tormenta de verano. Era una chispa del relámpago primordial, avanzando por el aire hasta llegar al suelo a través de los sorprendidos demonios. El aire se dividió en sus elementos básicos cuando el rayo lo atravesó, y se llenó de un olor fuerte y acre. Tronó al desplazarse para rellenar el espacio que brevemente había ocupado el rayo. A pesar de sí mismo, a pesar de saber que él era un fantasma, a pesar de saber que esto era una visión, a pesar de todo ello y del hecho de que el ruido quedaba amortiguado por su estado fantasmal, Khadgar hizo una mueca y retrocedió ante el destello y el repicar metálico del ataque místico.

El rayo golpeó al portaestandarte, el que llevaba la cabeza decapitada del dragón verde. El demonio fue inmolado en el sitio, y los que lo rodeaban cayeron al suelo por la explosión, como tizones ardiendo sobre la nieve. Algunos no volvieron a levantarse.

Pero la mayoría de la partida de caza quedó fuera de los efectos del conjuro, bien por accidente, bien de forma intencionada. Los demonios, cada uno de los cuales era más grande que diez hombres, retrocedieron conmocionados, pero eso sólo duró un momento. El más grande bramó algo en un idioma que sonaba como el tañido de campanas agrietadas, y la mitad de los demonios emprendieron el vuelo, embistiendo contra la posición de Aegwynn (y Khadgar). La otra mitad sacó pesados arcos de roble negro y flechas de hierro. Cuando dispararon las flechas, éstas estallaron en llamas, y una lluvia de fuego cayó sobre ellos.

Aegwynn no retrocedió, sino que se limitó a hacer un movimiento de barrido con la mano. El cielo entero entre ella y la lluvia de fuego estalló en un muro de llamas azuladas, que engulló las flechas como si hubieran caído al río.

Pero las flechas eran simplemente una cobertura para los atacantes, los cuales irrumpieron a través del muro de fuego azul mientras éste se desvanecía, y cayeron sobre Aegwynn. Tenía que haber al menos veinte, cada uno de ellos un gigante que oscurecía el cielo con sus alas.

Khadgar miró a Aegwynn y vio que estaba sonriendo. Era una sonrisa de complicidad, confiada, una que el joven mago había visto en el rostro de Medivh cuando habían combatido contra los orcos. Estaba más que tranquila.

Khadgar miró al otro extremo del valle, donde habían estado los arqueros. Éstos habían abandonado sus inútiles proyectiles y se habían reunido a salmodiar en un tono bajo, como un zumbido. El aire se retorció a su alrededor y apareció un agujero en la realidad, una malignidad oscura sobre la blancura prístina. Y del agujero cayeron más demonios; criaturas de toda índole, con cabezas de animales, con ojos de fuego, con alas de murciélago, insecto o pájaro carroñero. Estos demonios se unieron al coro y la fractura se abrió aún más, absorbiendo más y más engendros del Vacío Abisal hacia el frío aire del norte.

Aegwynn no prestó atención a los que cantaban ni a los refuerzos, sino que se concentró fríamente en los que caían sobre ella desde arriba.

Hizo un pase con la mano, con la palma levantada. La mitad de los que volaban fueron convertidos en cristal, y todos fueron derribados del cielo. Los que habían sido transformados en cristal se hicieron añicos donde cayeron, con sonidos discordantes. Los que aún vivían aterrizaron con un sonoro golpe y volvieron a levantarse, desenvainando las armas manchadas de sangre.

Quedaban diez.

Aegwynn colocó su mano izquierda cerrada en un puño contra la palma de la mano derecha levantada, y cuatro de los supervivientes se derritieron; su carne rojiza se fundió sobre sus huesos mientras caían en la nieve. Gritaron hasta que sus gargantas en descomposición se atascaron con su propia carne desecada. Quedaban seis.

Aegwynn hizo un gesto de agarrar el aire y otros tres demonios explotaron cuando sus entrañas se convirtieron en insectos y los destrozaron desde dentro. Ni siquiera tuvieron tiempo de gritar mientras sus cuerpos eran reemplazados por enjambres de mosquitos, abejas y avispas, que se fueron hacia los bosques. Quedaban tres.

Aegwynn separó las manos, y una fuerza invisible le arrancó a un demonio los brazos y las piernas del torso. Quedaban dos. Aegwynn levantó dos dedos y un demonio se convirtió en arena; su aullido de muerte se perdió en la brisa gélida. Quedaba uno. Era el más grande, el líder, el que bramaba las órdenes. A corta distancia, Khadgar pudo ver que su pecho desnudo era un dibujo de cicatrices y que una de sus cuencas oculares estaba vacía. En la otra ardía el odio.

No atacó, y Aegwynn tampoco. En vez de eso se detuvieron, congelados por un instante, mientras el valle bajo ellos se llenaba de demonios.

Finalmente el gigantesco ser gruñó. A oídos de Khadgar su voz sonó clara pero distante.

—Eres una tonta, Guardiana de Tirisfal —dijo, adaptando sus labios en torno al incómodo lenguaje humano.

Aegwynn emitió una risa, tan cortante y fina como una daga de cristal.

—¿De veras, abominable engendro? He venido a fastidiar tu cacería de dragones. Parece que lo he logrado.

—Eres una imbécil con exceso de confianza —farfulló el demonio—. Mientras tú combatías con unos pocos, mis hermanos en la hechicería han traído más. Una legión. Cada íncubo y cada demonio menor, cada pesadilla y cada mastín de las sombras, cada señor oscuro y cada capitán de la Legión Ardiente. Todos han venido mientras tú combatías contra unos pocos.

—Lo sé —dijo tranquilamente Aegwynn.

—¿Lo sabes? —Bramó el demonio con una ronca carcajada—. ¿Sabes que estás sola en las tierras salvajes con todos los demonios alzados contra ti? ¿Lo sabes?

—Lo sé —dijo Aegwynn, y había una sonrisa en su voz—. Sabía que traerías tantos de tus aliados como pudieras. Un Guardián sería un objetivo demasiado bueno para que lo ignorases.

—¿Lo sabes? ¿Y viniste de todos modos a este lugar abandonado?

—Lo sé —dijo Aegwynn—. Pero nunca he dicho que estuviese sola.

Aegwynn chasqueó los dedos y el cielo se oscureció de repente, como si una gran bandada de pájaros hubiera levantado el vuelo y tapado el sol.

Sólo que no eran pájaros. Eran dragones, más dragones de los que Khadgar hubiera imaginado que existían. Se mantenían estáticos en vuelo, soportados por sus grandes alas, esperando la señal de Aegwynn.

—Abominable engendro de la Legión Ardiente —dijo Aegwynn—. Tú eres el tonto.

El líder demoníaco dejó escapar un grito y levantó su espada manchada de sangre. Aegwynn fue demasiado rápida para él, y levantó una mano con tres dedos extendidos. El pecho del abominable engendro se evaporó, dejando sólo una nube de motitas de sangre. Sus robustos brazos cayeron a ambos lados, sus piernas abandonadas se doblaron y se derrumbaron, y su cabeza, en la que quedaba patente una mirada de sorpresa, cayó en la nieve y se perdió.

Ésa fue la señal para los dragones, que como uno solo se precipitaron sobre la horda agolpada de demonios invocados. Las grandes criaturas voladoras descendieron desde todos los flancos, y de sus bocas abiertas brotó el fuego. Las primeras filas de demonios fueron inmoladas, reducidas a cenizas en un instante, mientras que otros luchaban por desenvainar sus armas, preparar sus conjuros o huir.

En el centro del ejército se elevó un cántico, a la vez una intensa súplica y un grito vehemente. Eran los más poderosos conjuradores demoníacos, quienes concentraban sus energías mientras los que estaban al borde del grupo repelían a los dragones a un coste mortal.

Los demonios se reagruparon y respondieron, y empezaron a caer dragones del cielo con el cuerpo acribillado por flechas de hierro y virotes de fuego, por venenos místicos y visiones enloquecedoras. Y aun así, el círculo que rodeaba el centro de los demonios se estrechaba a medida que más y más dragones se tomaban cumplida venganza contra los demonios por la cacería, y los gritos del centro se hicieron más desesperados e ininteligibles.

Khadgar miró a Aegwynn, que estaba de pie en la nieve, rígida, con los puños cerrados, los ojos verdes refulgiendo de poder y los dientes apretados en una horrible sonrisa. Ella también estaba salmodiando, algo oscuro e inhumano más allá incluso de la capacidad de identificación de Khadgar. Estaba combatiendo el conjuro que habían construido los demonios, pero también estaba extrayendo energía de él, doblando sobre sí mismas las energías místicas que contenía, como se hace con las capas de acero de la hoja de una espada para hacerla más fuerte y poderosa.

Los gritos de los demonios del centro alcanzaron un tono febril, y ahora la misma Aegwynn estaba gritando, con un nimbo de energía condensado a su alrededor. Su pelo ondeaba suelto, levantó ambos brazos y descargó las últimas palabras de su conjuración.

Hubo un estallido en el centro de la horda demoníaca, en el centro donde los magos salmodiaban y chillaban y rezaban. Fue un desgarramiento en el universo, esta vez un desgarramiento brillante, como si se hubiera abierto un portal al mismo sol. La energía se desató hacia fuera y los demonios no tuvieron tiempo ni de gritar cuando los alcanzó, incinerándolos y dejando sus siluetas carbonizadas como único testamento.

Todos los demonios fueron atrapados, y también algunos dragones que se habían acercado demasiado al centro de la horda demoníaca. Quedaron apresados como polillas en una llama, e igualmente consumidos.

Aegwynn dejó escapar un aliento entrecortado y sonrió. Era la sonrisa del lobo, del depredador, del vencedor. Donde antes había estado la horda demoníaca ahora había una columna de humo que ascendía hasta los cielos en una gran nube.

Pero mientras Khadgar observaba, la nube se aplanó y se comprimió, haciéndose más oscura y más intensa, como los nubarrones de tormenta. Y al intensificarse se hizo más fuerte, y su corazón se hizo más negro, bordeando matices del púrpura y el azabache.

Y, de la nube oscurecida, Khadgar vio emerger a un dios.

Era una figura titánica, más grande que cualquier gigante de leyenda, más grande que cualquier dragón. Su piel parecía estar fundida en bronce, y vestía una armadura negra de obsidiana incandescente. Su luenga barba y el pelo enmarañado estaban hechos de llama viva, y unos enormes cuernos emergían de su ceño. Sus ojos eran del color del abismo infinito. Salió a grandes zancadas de la nube, y la tierra temblaba allá donde posaba sus pies. Empuñaba una enorme lanza tallada con runas que goteaban sangre ardiente, y tenía una larga cola rematada por una bola de fuego.

Los dragones que quedaban salieron huyendo, en dirección al bosque oscuro y los distantes acantilados. Khadgar no podía culparlos. Por mucho poder que Medivh tuviera en su interior, por muchos y grandes poderes que su madre hubiera demostrado, eran como dos velitas comparados con el puro poder de este señor de los demonios.

—Sargeras —siseó Aegwynn.

—Guardiana —tronó el gran demonio con una voz tan profunda como el océano. A lo lejos, los acantilados de hielo se derrumbaron antes que dar eco a esta voz infernal.

La Guardiana se irguió tan alta como era y se apartó un mechón de pelo rubio de

la cara.

—He roto tus juguetes. Aquí ya no tienes nada que hacer. Huye mientras conservas la vida.

Khadgar miró a la Guardiana como si hubiera perdido la cabeza. Incluso ante sus ojos estaba exhausta por la experiencia, casi tan vacía como Khadgar había quedado ante los orcos. Seguramente este titánico demonio era capaz de ver a través de su engaño. El poema épico hablaba de la victoria de Aegwynn. ¿Iba él a presenciar su muerte en su lugar?

Sargeras no se rió, pero su voz retumbó en la tierra, empujando a Khadgar a pesar de todo.

—El tiempo de Tirisfal llega a su fin —dijo el demonio—. Este mundo pronto se inclinará ante la ofensiva de la Legión.

—No mientras haya un Guardián —dijo Aegwynn—. No mientras yo viva, o vivan los que vengan tras de mí.

Sus dedos se doblaron ligeramente, y Khadgar pudo ver que estaba reuniendo el poder que le quedaba en su interior, reuniendo su intelecto, su voluntad y su energía en un último gran asalto. Muy a su pesar, Khadgar dio un paso atrás, luego otro y luego un tercero. Si su yo anciano pudo verlo en la visión, si el joven Medivh pudo verlo… ¿No podrían verlo también estos dos poderosos, maga y monstruo? ¿O es que quizás era demasiado insignificante para que lo notaran?

—Ríndete ahora —dijo Sargeras—. Tu poder me será muy útil.

—No —dijo Aegwynn con los puños apretados.

—Entonces muere, Guardiana, y que tu mundo muera contigo —dijo el titánico demonio, y alzó su ensangrentada lanza rúnica.

Aegwynn levantó las dos manos y lanzó un grito, mitad maldición y mitad oración. Un refulgente arco iris de colores nunca vistos en este mundo brotó de las palmas de sus manos, y serpenteó hacia arriba como un rayo dotado de vida propia. Se clavó como una puñalada en el pecho de Sargeras.

A Khadgar le pareció un flechazo disparado contra un barco, tan pequeño e ineficaz. Pero Sargeras flaqueó tras el impacto, retrocediendo medio paso y dejando caer la enorme lanza. Ésta cayó al suelo como un meteorito cae sobre la tierra, y la nieve se onduló bajo los pies de Khadgar. Éste hincó una rodilla, pero levantó la vista hasta el señor de los demonios.

Desde donde había impactado el conjuro de Aegwynn se extendía una oscuridad. No, no era una oscuridad, sino un frío, a medida que la caliente carne de bronce del titán demoníaco moría y era sustituida por una masa inerte y fría. Irradiaba desde el centro de su pecho como un incendio desatado, dejando tras de sí carne consumida.

Sargeras contempló la creciente devastación con sorpresa, luego alarma y luego miedo. Levantó una mano para tocarla, y se propagó también a ese miembro, dejando a su paso una masa de tosco metal negro. Ahora Sargeras empezó a salmodiar reuniendo las energías que tenía para revertir el proceso, detener el flujo, apagar el fuego que lo consumía. Sus palabras se hicieron más frenéticas y vehementes, y la piel que le quedaba relucía con renovada intensidad. Brillaba como un sol, gritando maldiciones mientras la oscura frialdad llegaba hasta donde debería haber estado su corazón.

Y entonces hubo otro resplandor, tan intenso como el que había consumido a la horda demoníaca, centrado en Sargeras. Khadgar apartó la mirada y la dirigió hacia Aegwynn, que observaba cómo el fuego y la oscuridad consumían a su enemigo. El resplandor de la luz empequeñecía al del mismo día, y largas sombras se proyectaban tras la maga.

Y entonces se acabó. Khadgar parpadeó cuando sus ojos recuperaron la vista. Se volvió hacia el valle y allí estaba el titánico Sargeras, inerte como una cosa hecha de hierro forjado, su poder consumido. Bajo su peso, el suelo ártico recalentado empezó a ceder, y lentamente su forma muerta cayó hacia delante, permaneciendo entera cuando golpeó el suelo. El aire alrededor de ellos estaba inmóvil.

Aegwynn se rió. Khadgar la miró y parecía agotada, tanto por el cansancio como por la locura. Se frotaba las manos y se carcajeaba, y empezó a descender hacia el titán caído. Khadgar se dio cuenta de que ya no se posaba delicadamente sobre la nieve, sino que descendía a duras penas, hundida en ella.

A medida que se alejaba, la biblioteca empezó a volver. La nieve comenzó a sublimarse en densas nubes de vapor, y las borrosas formas de las estanterías, el piso superior y las sillas se fueron haciendo visibles poco a poco.

Khadgar se giró un poco en dirección hacia donde debería haber estado la mesa, y todo volvió a ser normal. La biblioteca reafirmó su realidad con una firme inmediatez.

Khadgar exhaló un aliento frío y se frotó la piel. Fresco, pero no frío. El conjuro había funcionado más o menos bien en términos generales, pero no en los detalles. Había traído una visión, pero no la deseada. Las cuestiones eran qué había salido mal y cuál sería la mejor forma de arreglarlo.

El joven mago tomó su bolsita de escribano y sacó de ella un pergamino en blanco y útiles. Colocó una plumilla metálica en el extremo del palillero, derritió parte de la tinta de calamar en un cuenco y empezó a anotar enseguida todo lo que había pasado, desde que lanzó el conjuro inicial hasta que Aegwynn empezó a hundirse más y más en la nieve a medida que se alejaba.

Seguía trabajando una hora después cuando sonó un cadavérico carraspeo en la puerta. Khadgar estaba tan absorto en sus pensamientos que no lo notó hasta que Moroes carraspeó por segunda vez.

Khadgar levantó la vista, algo irritado. Estaba a punto de escribir algo importante, pero el asunto lo eludía. Era algo que percibía por el rabillo del ojo de su mente.

—El Magus ha vuelto —dijo Moroes—. Quiere verte arriba en el observatorio.

Khadgar miró a Moroes sin entender durante unos instantes, hasta que las palabras se abrieron paso poco apoco en su mente.

—¿Medivh ha vuelto? —pudo decir al fin.

—Eso es lo que he dicho —gruñó Moroes, pronunciando cada palabra de mala gana—. Tienes que volar hasta Stormwind con él.

—¿Stormwind? ¿Yo? ¿Por qué? —logró articular el joven mago.

—Porque eres el aprendiz, ése es el porqué —dijo Moroes con el ceño fruncido—. Observatorio. Piso superior. Ya he llamado a los grifos.

Khadgar miró su trabajo; renglón tras renglón de buena caligrafía, ocupándose de cada detalle. Había algo más que estaba pensando.

—Sí, sí. Déjame recoger mis cosas. Acabar esto —dijo.

—Tómate tu tiempo —dijo el senescal—. Lo único que pasa es que el Magus quiere que vueles con él hasta el castillo de Stormwind. Nada importante. —Y Moroes se desvaneció en el pasillo—. Piso superior —llegó su voz incorpórea, casi como una ocurrencia de última hora.

¡Stormwind! pensó Khadgar, el castillo del rey Llane. ¿Qué sería tan importante como para hacerlo ir allí? ¿Quizá un informe acerca de los orcos?

Khadgar miró sus notas. Con la noticia de que Medivh había vuelto y de que pronto partirían, sus pensamientos habían quedado interrumpidos, y ahora su mente se dedicaba a la nueva tarea. Miró las últimas palabras que había escrito en el pergamino.

Aegwynn tiene dos sombras, decían.

Khadgar agitó la cabeza. Cualquiera que fuese el curso de sus pensamientos se había perdido. Secó cuidadosamente el exceso de tinta para que no se corriera, y dejó las páginas a un lado. Entonces recogió sus útiles y se dirigió rápidamente hacia su habitación. Tendría que ponerse ropa de viaje si iba a ir a lomos de grifo, y necesitaría empacar su capa de conjuración buena si iba a ver a la realeza.

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