El último guardián – Capítulo Cinco – Grano de arena en el reloj

—Los he visto antes —dijo Khadgar.

Hacía siete días de la batalla en el pantano. Tras su vuelta a la torre (y un día de descanso por parte de Khadgar), el aprendizaje del joven mago había empezado en serio. La primera hora del día, antes del desayuno, Khadgar practicaba sus conjuros bajo la tutela de Medivh. Desde el desayuno hasta el almuerzo, y desde el almuerzo hasta última hora de la tarde, Khadgar ayudaba al mago en diversas tareas. Éstas consistían en tomar notas mientras Medivh leía números, en correr a la biblioteca para tomar éste o aquel libro, o simplemente en sostener una serie de herramientas mientras el Magus trabajaba.

Que era lo que estaba haciendo en este preciso instante, cuando finalmente Khadgar se sintió lo bastante cómodo con el mago como para contarle lo que sabía de la emboscada.

—¿Visto antes a quienes? —replicó su mentor mientras observaba su actual experimento a través de una gran lente. El archimago llevaba en los dedos unos pequeños dedales puntiagudos que acababan en unas agujas imposiblemente finas. Estaba ajustando algo que parecía ser un abejorro mecánico, el cual movía las pesadas alas cuando las agujas lo tocaban.

—A los orcos —dijo Khadgar—. Ya había visto antes a los orcos contra los que combatimos.

—No lo mencionaste al llegar —dijo Medivh abstraídamente, mientras sus dedos bailaban con una extraña precisión, sacando y metiendo las agujas en el aparato—. Recuerdo haberte preguntado acerca de otras razas. No lo dijiste. ¿Dónde los has visto?

—En una visión, poco después de llegar aquí —dijo Khadgar.

—Ah, tuviste una visión. Bueno, aquí las tiene mucha gente, ya sabes. Probablemente te lo haya dicho Moroes, es un poco charlatán.

—He tenido una, o puede que dos. De la que estoy seguro es de una de un campo de batalla, y estas criaturas, estos orcos, estaban allí, atacándonos. Quiero decir, atacando a los humanos con los que yo estaba.

—Hmmm —dijo Medivh, y la punta de su lengua apareció bajo su bigote mientras movía con delicadeza las agujas por el tórax de cobre del abejorro.

—Y yo no estaba aquí —siguió Khadgar—. No en Azeroth, ni en Lordaeron. El cielo era rojo como la sangre.

Medivh se puso rígido como si hubiera recibido una descarga eléctrica. El intrincado ingenio que había bajo sus herramientas destelló brillante cuando se accionaron las piezas equivocadas, luego gritó… y murió.

—¿Cielos rojos? —dijo, dejando a un lado el trabajo y mirando con severidad a Khadgar. Una energía intensa e implacable parecía bailar en el ceño del hombre, y los ojos de Magus eran del verde del mar azotado por la tormenta.

—Rojo. Como la sangre —dijo Khadgar. El joven había pensado que se estaba acostumbrando al temperamento brusco y volátil de Medivh, pero esto lo golpeó como un puñetazo.

El mago mayor dejó escapar un siseo.

—Háblame de ello. El mundo, los orcos, el cielo —ordenó Medivh, su voz fría como el acero—. Dímelo todo.

Khadgar narró la visión de su primera noche allí, mencionando todo lo que podía recordar. Medivh lo interrumpía constantemente; cómo vestían los orcos, cómo era el mundo. Qué había en el cielo, en el horizonte. Si había algún estandarte entre los orcos. Khadgar sentía que sus pensamientos eran diseccionados y examinados. Medivh le sacaba la información sin esfuerzo. Khadgar se lo dijo todo.

Todo excepto los extraños y familiares ojos del comandante mago-guerrero. No le parecía bien mencionarlo, y las preguntas de Medivh parecían centrase más en el mundo de cielos rojos y en los orcos que en los defensores humanos. Mientras describía la visión, el Magus pareció calmarse, pero el mar encrespado permaneció bajo sus pobladas cejas. Khadgar no veía necesidad alguna de molestarlo más.

—Curioso —dijo Medivh, lenta y pensativamente, después de que Khadgar hubiera acabado. El archimago se recostó en la silla y tamborileó en sus labios con un dedo rematado en una aguja. El silencio colgaba en la habitación como una mortaja—. Esa es una nueva. De hecho, una muy nueva —dijo al fin.

—Señor —empezó a decir Khadgar.

—Medivh —le recordó el archimago.

—Medivh, señor —volvió a comenzar Khadgar—. ¿De dónde vienen esas visiones? ¿Son ecos de algún pasado o presagios del futuro?

—Las dos cosas —dijo Medivh recostándose en la silla—. Y ninguna de ellas. Ve a por una jarra de vino a la cocina. Por hoy he acabado con el trabajo, me temo. Es casi la hora de cenar y puede que esto requiera de algunas explicaciones.

Cuando Khadgar volvió, Medivh había hecho un fuego en la chimenea y se estaba acomodando en uno de los sofás. Sostenía dos tazas. Khadgar sirvió, y el dulce aroma del vino tinto se mezcló con el humo del cedro.

—¿Bebes? —preguntó Medivh en una ocurrencia un poco tardía.

—Un poco —dijo Khadgar—. En la Ciudadela Violeta es costumbre servir vino en la cena.

—Sí —dijo Medivh—. No les haría falta si se libraran de las tuberías de plomo de su acueducto. Pero, bueno, habías preguntado por las visiones.

—Sí, vi lo que te he descrito, y Moroes… —Khadgar dudó por unos instantes, preocupado por echar más leña al fuego de la reputación de correveidile de Moroes, pero decidió seguir—, Moroes dijo que no era el único. Que la gente veía cosas todo el tiempo.

—Moroes tiene razón —dijo Medivh tomando un largo sorbo del vino y chasqueando la lengua—. Una cosecha tardía, nada mala desde luego. Que esta torre sea un lugar de poder no debería sorprenderte. Los magos se sienten atraídos por estos sitios. Estos lugares suelen ser donde el universo se debilita, lo que hace que se doble sobre sí mismo, o quizá incluso permitiendo el paso hacia el Vacío Abisal, o hasta otros mundos completamente distintos.

—Entonces ¿qué fue lo que vi? —Lo interrumpió Khadgar—. ¿Otro mundo?

Medivh levantó una mano para hacer que el joven se callara.

—Sólo estoy diciendo que hay sitios de poder, que por una razón u otra se convierten en fuentes de gran poder. Uno de tales lugares se encuentra aquí, en las Montañas Crestagrana. Una vez hace mucho explotó aquí algo poderoso, que excavó el valle y debilitó la realidad a su alrededor.

—Y por eso la buscaste —terció Khadgar.

Medivh negó con la cabeza.

—Eso es una teoría —dijo.

—Dices que hubo una explosión hace mucho que creó este sitio, y lo convirtió en un centro de poder mágico. Entonces viniste…

—Sí —dijo Medivh—. Eso es totalmente cierto, si lo miras de forma lineal. Pero ¿qué sucedería si la explosión sucedió porque en algún momento yo vendría aquí y el sitio tenía que estar preparado para mí?

El rostro de Khadgar se encogió.

—Pero las cosas no pasan así.

—En el mundo normal no, no son así —dijo Medivh—. Pero la magia es el arte de circunvalar lo normal. Por eso los debates filosóficos en las estancias de los Kirin Tor son tan inservibles. Intentan imponer la racionalidad al mundo, y regular sus movimientos. Las estrellas se mueven ordenadamente por el cielo, las estaciones van una tras otra con la regularidad del reloj y los hombres viven y mueren. Si eso no sucede, es magia, la primera distorsión del universo, unas tablas torcidas que están esperando unas manos laboriosas que las enderecen.

—Pero para que pasase eso de que la zona estuviera preparada para ti. — empezó Khadgar.

—El mundo tendría que ser muy diferente de lo que parece —respondió Medivh—. Y a fin de cuentas lo es en verdad. ¿Cómo funciona el tiempo?

A Khadgar no lo dejó demasiado descolocado el aparente cambio de tema de Medivh.

—¿El tiempo?

—Lo usamos, confiamos en él, lo medimos, pero ¿qué es? —Medivh sonreía sobre el borde de su taza.

—El tiempo es una progresión regular de instantes. Como los granos de un reloj de arena —dijo Khadgar.

—Una analogía excelente —dijo Medivh—. Una que iba a usar yo mismo, y luego comparar el reloj de arena con el reloj mecánico. ¿Ves las diferencias entre ambos?

Khadgar negó con la cabeza lentamente mientras Medivh sorbía el vino. Finalmente el mago habló.

—No, no es que seas tonto, chico. Es que es un concepto algo duro de asimilar. El reloj es una simulación mecánica del tiempo, y cada instante está controlado por un giro de los engranajes. Puedes mirar a un reloj y saber que todo avanza con una pulsación del muelle, un giro de los engranajes. Se sabe lo que viene, porque el relojero lo ha construido así.

—Vale —dijo Khadgar—. El tiempo es como un reloj mecánico.

—Ah, pero también es como un reloj de arena —dijo el mago alargando la mano hasta uno que había en la repisa y dándole la vuelta. Khadgar miró el reloj e intentó recordar si estaba allí antes de que él trajera el vino, o siquiera antes de que Medivh hubiera alargado la mano para tomarlo.

—El reloj de arena también mide el tiempo ¿verdad? —Dijo Medivh—. Y sin embargo nunca sabes qué partícula de arena se moverá de la mitad superior a la mitad inferior en un momento dado. Si pudieras numerar los granos de arena, el orden sería algo diferente cada vez. Pero el resultado final siempre es el mismo; toda la arena ha pasado de arriba abajo. El orden en el que pasa es lo de menos. —Los ojos del hombre mayor se iluminaron por un instante—. ¿Y? —preguntó.

—Y —dijo Khadgar—. Estás diciendo que puede que no importe si estableciste aquí la torre porque una explosión creó este valle y retorció la naturaleza de la realidad a su alrededor, o si la explosión sucedió porque en un momento dado vendrías aquí, y la naturaleza del universo necesitaba darte las herramientas que querías para quedarte.

—Lo bastante cerca —dijo Medivh.

—Así que esas visiones son granos de arena —dijo Khadgar. Medivh frunció ligeramente el ceño pero el joven siguió—. Si la torre es un reloj de arena, y no un reloj mecánico, entonces hay granos de arena, del tiempo mismo, moviéndose por ella constantemente. Están sueltos o se solapan unos con otros, así que podemos verlos, pero no con claridad. Algunos son parte del pasado y otros son parte del futuro. ¿Puede que algunos sean de otros mundos?

Medivh ahora estaba sumido en sus pensamientos.

—Es posible. Buena nota. Bien pensado. Lo que hay que tener en mente es que esas visiones son sólo eso. Visiones. Van y vienen. Si la torre fuera un reloj mecánico se moverían con regularidad y sería fácil explicarlas. Pero como la torre es un reloj de arena, esto no es así. Se mueven a su propio ritmo, y nos desafían a que desentrañemos su caótica naturaleza. —Medivh se recostó en su asiento—. Algo con lo que yo estoy muy cómodo, por cierto. No me gustaría un universo ordenado y bien planeado.

—¿Pero has buscado alguna vez una visión concreta? ¿Habría alguna forma de descubrir un futuro concreto y asegurarse de que sucediera? —añadió Khadgar.

La actitud de Medivh se volvió hosca.

—O asegurarse de que nunca llegara a suceder —dijo—. No, hay cosas que incluso un archimago respeta y de las que procura mantenerse alejado. Ésta es una de ellas.

—Pero…

—Nada de peros —dijo Medivh, levantándose y dejando su taza vacía en la repisa—. Ahora que has bebido algo de vino, veamos cómo afecta a tu control mágico. Haz levitar mi taza.

Khadgar frunció el ceño y se dio cuenta de que la voz se le había ido haciendo cada vez más confusa.

—Pero si hemos estado bebiendo.

—Exactamente —dijo el archimago—. Nunca sabrás qué granos de arena te tirará a la cara el universo. Puedes decidir estar siempre vigilante y preparado, despreciando la vida como la conocemos, o estar dispuesto a disfrutar de ella y pagar el precio. Ahora intenta hacer levitar la taza.

Khadgar no se dio cuenta hasta ese mismo instante de cuánto había bebido, e intentó aclarar la niebla de su mente y levantar de la repisa la pesada taza de cerámica.

Unos momentos después se dirigía hacia la cocina, en busca de una escoba y un recogedor.

A última hora de la tarde, Khadgar tenía el tiempo libre para practicar e investigar, mientras Medivh se ocupaba de otros asuntos. Khadgar se preguntaba qué serían esos otros asuntos, pero suponía que incluían la correspondencia, puesto que dos veces por semana llegaba un enano montado en un grifo hasta la cima de la torre con una saca, y se iba con otra saca más grande.

Medivh dio permiso al joven para usar a su antojo la biblioteca en sus investigaciones, incluyendo la miríada de preguntas que sus antiguos maestros de la Ciudadela Violeta le habían solicitado.

—Mi única exigencia —le dijo Medivh con una sonrisa—, es que me enseñes lo que escribas antes de enviarlo. —Khadgar debió demostrar azoramiento ante esto, ya que Medivh añadió—: No es que tema que me ocultes algo, Joven Confianza, es que odiaría que ellos supieran algo que a mí se me hubiera olvidado.

Así que Khadgar se zambulló en los libros. Para Guzbah encontró un antiguo pergamino en buenas condiciones con un poema épico; sus estrofas numeradas detallaban con precisión una batalla entre la madre de Medivh, Aegwynn, y un demonio anónimo. A Lady Delth le hizo un listado de los mohosos volúmenes élficos de la biblioteca. Y por encargo de Alonda buceó en todos los bestiarios que pudo leer, aunque no logró hacer que las especies conocidas de troll pasaran de cuatro.

Khadgar también pasaba su tiempo libre con sus ganzúas y sus conjuros de apertura particulares. Seguían intentando dominar aquellos libros que habían frustrado sus intentos iniciales de abrirlos. Esos volúmenes tenían sobre ellos poderosas magias, y podía pasar horas entre conjuros de adivinación antes de conseguir siquiera la primera pista de la clase de conjuros que protegían su contenido.

Y, por último, estaba el asunto del Guardián. Medivh lo había mencionado, y Sir Lothar había supuesto que el Magus se lo había confiado al joven, y el Campeón Real se había echado atrás enseguida cuando había descubierto que no era el caso.

El Guardián, al parecer, era un fantasma, ni más ni menos que las visiones temporales que parecían moverse por la torre. Había una breve mención de un Guardián (siempre con mayúscula) en este libro élfico; alguna referencia en las crónicas reales de Azeroth acerca de un Guardián asistiendo a esta boda o aquel funeral, o estando en la vanguardia de algún ataque. Siempre presente pero nunca identificado. Este Guardián, ¿era un título? ¿O, como la supuestamente casi inmortal madre de Medivh, un solo ser?

También había otros fantasmas vinculados a este Guardián. Una orden de alguna clase, una organización. ¿Sería el Guardián un guerrero sagrado? Y la palabra Tirisfal había sido escrita en el margen de un grimorio y luego borrada, de forma que sólo la habilidad perceptiva de Khadgar le pudo indicar lo que una vez hubo escrito allí por el rastro que la pluma había dejado sobre el pergamino. ¿El nombre de un Guardián concreto? ¿De la organización? ¿De otra cosa?

Fue la noche en la que Khadgar encontró esta palabra, cuatro días tras el incidente de la taza, cuando el joven mago tuvo una nueva visión. O, más bien, la visión lo tuvo a él y lo rodeó, tragándoselo.

Lo primero que le llegó fue el olor, una suave calidez vegetal entre los mohosos textos, una fragancia que se esparció poco a poco por la habitación. La temperatura subió, pero no hasta el punto de ser incómoda, más bien como una manta caliente y húmeda. Las paredes se oscurecieron y se volvieron verdes, y las enredaderas treparon por los costados de las estanterías, atravesando y sustituyendo los volúmenes que había allí y extendiendo hojas anchas y gruesas. Entre las pilas de pergaminos brotaron grandes y pálidas damas de noche y orquídeas de color carmesí.

Khadgar respiró hondo, pero más por ansiedad que por miedo. Éste no era el mundo de tierra inhóspita y ejércitos orcos que había visto la vez anterior. Esto era algo diferente. Era una jungla, pero era una jungla de este mundo. El pensamiento lo reconfortó.

Y la mesa desapareció, y el libro, y Khadgar se quedó sentado junto a un fuego de campamento con otros tres jóvenes. Parecían ser más o menos de su edad, y se encontraban en algún tipo de expedición. Habían extendido sus sacos de dormir, y la olla, vacía y ya limpia, se secaba junto al fuego. Los tres llevaban ropa de montar, pero éstas eran de buen corte y excelente calidad.

Los tres hombres estaban riendo y bromeando aunque, igual que antes, Khadgar no podía distinguir las palabras exactas. El rubio del centro estaba en mitad de contar una historia, y por como gesticulaba con las manos, una que implicaba a una jovencita bien proporcionada.

El que estaba a su derecha reía y se palmeaba una rodilla mientras el rubio seguía con su relato. Se pasó la mano por el pelo, y Khadgar se dio cuenta de que su cabello oscuro ya tenía entradas. Entonces fue cuando Khadgar se dio cuenta de que estaba mirando a Sir Lothar. Los ojos y la nariz eran los suyos, igual que la sonrisa, pero la piel aún no estaba curtida, y su barba aún no era canosa. Pero era él.

Khadgar miró al tercer hombre, y supo enseguida que tenía que ser Medivh. Éste iba vestido con un atuendo de cazador de color verde oscuro, y llevaba la capucha echada hacia atrás revelando un rostro joven y alegre. A la luz de la hoguera sus ojos eran del color del jade bruñido, y correspondía a la historia del rubio con una sonrisa de azoramiento.

El rubio del centro dijo algo y le hizo un gesto al joven Medivh, que se encogió de hombros claramente avergonzado. Aparentemente la historia del rubio también implicaba al futuro Magus.

El rubio tenía que ser Llane, ahora el rey Llane de Azeroth. Sí, las primeras historias de los tres habían llegado incluso hasta los archivos de la Ciudadela Violeta.

Los tres solían vagar por las fronteras del reino, explorando y eliminando a toda clase de saqueadores y monstruos.

Llane acabó su relato y Lothar casi se cayó de espaldas del tronco en el que estaba sentado, rugiendo de risa. Medivh disfrazó su risa tras una mano, haciendo como que se aclaraba la garganta.

La risa de Lothar fue apagándose, y Medivh dijo algo, levantando las manos para dar más énfasis. Ahora Lothar sí que se cayó, y Llane se cubrió el rostro con las manos, mientras su cuerpo se sacudía de risa. Aparentemente, lo que Medivh había dicho remataba a la perfección la historia de Llane.

Entonces, algo se movió en la jungla que los rodeaba. Los tres dejaron la fiesta al instante; lo habían oído. Khadgar, el fantasma de este encuentro más que nada lo sintió; algo malévolo acechando en los márgenes del fuego de campamento.

Lothar se levantó lentamente y echó mano de una enorme espada de hoja ancha que yacía enfundada a sus pies. Llane se levantó, alargando la mano tras su tronco para sacar un hacha de doble hoja, e hizo un gesto para que Lothar fuera en una dirección y Medivh en otra. Medivh también se había levantado y, aunque sus manos estaban vacías, era el más poderoso de los tres, incluso a esa edad.

Llane se dirigió hacia un extremo del campamento con su hacha de guerra. Puede que se imaginara a sí mismo como alguien sigiloso, pero Khadgar lo vio moverse con deliberación y firmeza. Quería que lo que hubiera al borde del campamento se descubriera a sí mismo.

La cosa lo complació, saliendo en tromba de su escondite. Era medio cuerpo más alto que cualquiera de los jóvenes, y por un instante pensó que era un orco gigantesco.

Entonces lo reconoció de los bestiarios que Alonda le había hecho consultar. Era un troll, de la variedad selvática, con su piel azulada palideciendo a la luz de la luna y su largo pelo gris erizado en una cresta que iba desde su frente hasta la base del cuello. Igual que los orcos, le sobresalían los colmillos de la mandíbula inferior, pero eran chatos y redondeados, más gruesos que los afilados dientes de los orcos. Sus orejas y su nariz eran alargadas, parodias de la carne humana. Iba vestido con pieles, y sobre su pecho bailaban unas cadenas hechas con falanges de dedos humanos.

El troll emitió un aullido de guerra, enseñando los dientes e hinchando el pecho en su furia, e hizo una finta con su lanza. Llane atacó al arma, pero falló el golpe por mucho. Lothar embistió desde un flanco, y también llegó Medivh con la energía arcana danzando en las puntas de sus dedos.

El troll esquivó el espadón de Lothar y retrocedió otro paso cuando Llane desgarró el aire con su enorme hacha. Cada uno de sus pasos cubría más de un metro, y los dos guerreros presionaban al troll cada vez que retrocedía. Usaba la lanza más como escudo que como arma, empuñándola a dos manos y desviando los golpes.

Khadgar se dio cuenta de que la criatura no estaba luchando para matar a los humanos, aún no. Estaba intentando ponerlos en posición.

En la visión, el joven Medivh pareció darse cuenta de la misma cosa, porque gritó algo a los otros.

Pero para entonces era demasiado tarde, puesto que otros dos trolls eligieron ese momento para saltar de sus escondites a ambos lados del combate.

Llane, a pesar de todos sus planes, fue el sorprendido, y la lanza le atravesó el brazo derecho. La hoja del hacha de guerra se clavó en el suelo mientras el futuro rey maldecía.

Los otros dos se concentraron en Lothar, y ahora el guerrero se veía obligado a retroceder, usando su ancho espadón con consumada destreza, frustrando primero un ataque, luego otro. Aun así, los trolls mostraron su estrategia; estaban alejando a los dos guerreros, separando a Llane de Lothar para obligar a Medivh a elegir.

Medivh eligió a Llane. Desde su punto de vista de fantasma, Khadgar supuso que sería porque Llane ya estaba herido. Medivh embistió, con llamas en las manos…

Y recibió en la cara el extremo romo de la lanza del troll, cuando éste lo golpeó con la pesada asta en la mandíbula, para luego volverse y, con un movimiento fluido, propinar un puñetazo a Llane. Medivh fue derribado, al igual que Llane, y el hacha cayó de la mano del futuro soberano.

El troll dudó unos instantes, tratando de decidir a quién matar primero. Escogió a Medivh, despatarrado en el suelo a sus pies, el que estaba más cerca. El troll levantó la lanza y la punta de obsidiana despidió un brillo maligno a la luz de la luna.

El joven Medivh pronunció entrecortadamente una serie de sílabas. Un pequeño tornado de polvo se alzó del suelo y se lanzó contra el rostro del troll, cegándolo. El troll dudó unos instantes y se frotó el polvo de los ojos con una mano.

Ese momento de duda fue todo lo que necesitaba Medivh, que se lanzó hacia delante, no con un conjuro sino con un simple cuchillo, clavándoselo en el dorso del muslo. El troll chilló en la noche, y pinchó a ciegas con la lanza. Ésta se hundió donde había estado Medivh, puesto que el joven había rodado a un lado y ahora se estaba levantando, con un chisporroteo en los dedos.

Murmuró una palabra y se formó una bola de relámpago entre sus dedos, que se lanzó hacia delante. El troll sufrió una sacudida por el impacto y se quedó colgado en el aire por unos momentos, atrapado en una descarga azul. La criatura cayó de rodillas, y ni siquiera entonces estuvo acabada, puesto que trató de levantarse, con los ojos rojos ardiendo de odio contra el mago.

El troll nunca tuvo su oportunidad, ya que tras él se cernió una sombra, y la recuperada hacha de Llane brilló brevemente bajo la luz de la luna antes de caer sobre su cabeza, partiéndola por la mitad hasta el cuello. La criatura cayó despatarrada hacia el frente y ambos jóvenes, al igual que Khadgar, se volvieron hacia los trolls que combatían contra Lothar.

El futuro Campeón aguantaba, pero a duras penas, y ya casi había atravesado todo el campamento retrocediendo. Los trolls habían oído el alarido de muerte de su hermano, y uno siguió atacando mientras el otro se volvió para encargarse de los dos humanos. Emitió un bramido inarticulado mientras cruzaba el campamento, con la lanza adelantada como si fuera un caballero cargando a caballo.

Llane respondió con otra carga, pero en el último momento se echó a un lado, esquivando la punta de la lanza. El troll dio dos pasos más al frente, que lo llevaron junto al fuego, donde esperaba Medivh.

Ahora el mago parecía lleno de energía e, iluminado por los tizones que había ante él, tenía un aspecto casi demoníaco. Tenía los brazos abiertos y estaba salmodiando algo brusco y rítmico.

Y el mismo fuego saltó, tomando por un breve instante la forma animada de un gigantesco león, y cayó sobre el troll atacante. El troll de la selva gritó cuando los tizones, leños y cenizas lo envolvieron como una mortaja y se negaron a desprenderse. El troll se tiró al suelo y rodó primero para un lado y luego para otro, intentando apagar las llamas, pero no sirvió de nada. Al fin dejó de moverse, y las hambrientas llamas lo consumieron.

Por su parte, Llane continuó su embestida y enterró su hacha en el costado del troll superviviente. La bestia aulló, y ese momento de duda fue suficiente para Lothar. El campeón apartó la lanza con un revés, y con un preciso corte lateral decapitó limpiamente al ser. La cabeza rebotó entre los matorrales y se perdió.

Llane, aunque sangraba por su propia herida, palmeó a Lothar en la espalda, aparentemente provocándolo por tardar tanto con su troll. Entonces Lothar le puso una mano en el pecho para tranquilizarlo y señaló a Medivh.

El joven mago seguía de pie junto al fuego, con las manos abiertas pero los dedos curvados como si fueran garras. Sus ojos se veían vidriosos a la luz del fuego que quedaba, y tenía la mandíbula apretada. Mientras los dos hombres (y el fantasma de Khadgar) corrían hacia él, el joven cayó hacia atrás.

Para cuando la pareja hubo llegado junto a Medivh, éste respiraba de forma entrecortada y se le veían las pupilas dilatadas bajo la luz de la luna. Los guerreros y el visitante de la visión se inclinaron sobre él, mientras el joven mago se esforzaba por distinguir las palabras que salían de su boca.

—Ten cuidado conmigo —dijo, no mirando a Llane ni a Lothar, sino a Khadgar. Entonces los ojos del joven Medivh se cerraron y se quedó muy quieto.

Lothar y Llane intentaban reanimar a su amigo, pero Khadgar retrocedió un paso. ¿Lo había visto Medivh igual que lo había hecho el otro mago, el que tenía sus ojos en las llanuras asoladas por la guerra? Y él lo había oído, palabras claras que casi le habían llegado al alma.

Khadgar se dio la vuelta y la visión cayó tan rápido como la cortina de un prestidigitador. De nuevo estaba en la biblioteca, y casi chocó contra Medivh.

—Joven Confianza —dijo el Magus, la versión mayor de la que había yacido en el suelo de la visión que se había desvanecido—. ¿Estás bien? Te he llamado, pero no respondías.

—Lo siento, Med… señor —dijo Khadgar, y suspiró hondamente—. Fue una visión. Me temo que estaba perdido en ella.

Medivh frunció sus cejas oscuras.

—¿No más orcos y cielos rojos? —preguntó, serio, y Khadgar vio un matiz de tormenta en esos ojos verdes.

Khadgar negó con la cabeza y eligió con cuidado sus palabras.

—Trolls. Trolls azules, y era una jungla. Creo que era en este mundo. El cielo era igual.

La preocupación de Medivh pareció remitir.

—Trolls de la jungla. Una vez me encontré con varios, al sur, en la Vega de Tuercespina. —Los rasgos del mago se suavizaron y pareció perderse en su propia visión. Entonces agitó la cabeza—. Pero esta vez nada de orcos ¿no? ¿Estás seguro?

—No, señor —dijo Khadgar. No quiso mencionar que ésa era la batalla de la que había sido testigo. ¿Era un mal recuerdo para Medivh? ¿Fue entonces cuando cayó en coma?

Mirando al mago de más edad, Khadgar podía ver mucho del joven de la visión. Era más alto, pero ligeramente encorvado por los años y los estudios, y sin embargo allí estaba el joven envuelto en la forma adulta.

—¿Tienes La Canción de Aegwynn? —dijo Medivh por su parte.

Khadgar se sacudió de su ensoñación.

—¿La canción?

—De mi madre —dijo Medivh—. Tiene que ser un pergamino viejo. ¡Te juro que desde que has ordenado esto no puedo encontrar nada!

—Está con el resto de la poesía épica, señor —dijo Khadgar. Debería hablarle de la visión, pensó. ¿Era un acontecimiento aleatorio o había sido motivado por su encuentro con Lothar? ¿Buscar información acerca de las cosas provocaba las visiones?

Medivh cruzó hasta la estantería, pasó un dedo por los pergaminos y sacó la versión que quería, vieja y gastada. La desenrolló parcialmente, la contrastó con un trozo de papel que sacó del bolsillo, y luego volvió a enrollarla y la dejó en su sitio.

—Tengo que irme —dijo de repente—. Esta noche, me temo.

—¿Adónde vamos? —preguntó Khadgar.

—Esta vez voy solo —dijo el mago, que ya se dirigía hacia la puerta a grandes zancadas—. Dejaré instrucciones para tus estudios con Moroes.

—¿Cuándo volverás? —gritó Khadgar tras la silueta que se alejaba.

—¡Cuando vuelva! —bramó Medivh, quien ya subía los peldaños de dos en dos. Khadgar se imaginó al senescal ya en la cima de la torre, con su silbato rúnico y el grifo domado dispuesto.

—Bien —dijo Khadgar mirando a los libros—. Yo me quedaré y averiguaré cómo domar un reloj de arena.

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