El último guardián – Capítulo Tres – Instalándose

—Empezaremos contigo poco a poco —dijo el mago de más edad desde el otro lado de la mesa—. Vete acostumbrando a la biblioteca. Ve pensando cómo vas a organizarla.

Khadgar asintió mientras comía gachas y salchichas. El grueso de la conversación del desayuno había sido acerca de Dalaran en general. Qué era popular en Dalaran y cuáles eran las modas en Lordaeron. Qué se debatía en las estancias de los Kirin Tor. Khadgar mencionó que la duda filosófica que circulaba cuando él se había ido era si cuando se creaba una llama mediante la magia se la traía a la existencia o si se la invocaba desde una existencia paralela.

Medivh resopló sobre su desayuno.

—Imbéciles. No reconocerían una dimensión paralela aunque fuera a por ellos y les mordiera en el… ¿Y tú, qué crees?

—Yo creo. —Khadgar se dio cuenta de que volvía a estar bajo la lupa—. Yo creo que puede ser otra cosa completamente diferente.

—Excelente —dijo Medivh sonriendo—. Cuando te den a elegir entre dos posibilidades, escoge siempre la tercera. Por supuesto querías decir que cuando se crea fuego, lo que se hace es concentrar en un punto la naturaleza inherente del fuego que hay contenida en el área circundante, trayéndolo a la existencia.

—Oh, sí —dijo Khadgar—. Lo había pensado. Durante algún tiempo, como algunos años.

—Bueno —dijo Medivh mientras se limpiaba la barba con una servilleta—. Tienes una mente ágil y una honesta valoración de ti mismo. Veamos qué tal te va con la biblioteca. Moroes te enseñará el camino.

La biblioteca ocupaba dos pisos, y estaba situada en el tramo central de la torre. La escalera que recorría esta parte de la torre iba pegada a la pared, dejando una gran cámara de dos pisos de alto. Una plataforma de hierro forjado creaba una galería elevada en el segundo nivel. Las estrechas ventanas de la habitación estaban cubiertas de barrotes de hierro entrelazados, lo que reducía la luz natural que entraba en la habitación a poco más que la de una linterna sorda. En las grandes mesas de roble del primer nivel había unos globos cristalinos, cubiertos con una gruesa pátina de polvo, que brillaban con un resplandor azul grisáceo.

La habitación en sí era zona catastrófica. Había libros desperdigados abiertos al azar, pergaminos desenrollados sobre las sillas, y una delgada capa de folios polvorientos lo cubría todo como las hojas en el suelo del bosque. Los volúmenes más antiguos, que seguían encadenados a las estanterías, habían sido sacados y colgaban de sus grilletes como los prisioneros de una mazmorra.

Khadgar contempló los daños y dejó escapar un hondo suspiro.

—Empecemos poco a poco —dijo.

—Puedo tener tu equipaje listo en una hora —dijo Moroes desde el pasillo. El criado no iba a entrar en la biblioteca.

Khadgar recogió un trozo de pergamino que estaba a sus pies. Una de las caras era una solicitud de los Kirin Tor para que el maestro mago respondiera a su carta más reciente. La otra cara estaba marcada con una mancha de color escarlata oscuro que Khadgar supuso al principio que sería sangre, pero se dio cuenta de que no era más que el sello de lacre derretido.

—No —dijo Khadgar dando unas palmaditas a su saquito de útiles de escribano—. Lo único que pasa es que va a ser un reto más grande de lo que había supuesto al principio.

—Ya he oído eso antes —dijo Moroes.

Khadgar se dio la vuelta para preguntarle acerca de ese comentario, pero el criado ya se había ido de la puerta.

Con el cuidado de un ladrón, Khadgar se abrió paso entre el desastre. Era como si hubiera estallado una batalla en la biblioteca. Había lomos rotos, cubiertas medio arrancadas, páginas dobladas, libros a los que les habían arrancado por completo las tapas… Y esto era en los libros que seguían estando más o menos enteros. Muchos volúmenes habían sido desencuadernados, y el polvo de las mesas cubría una capa de papeles y cartas. Algunas de éstas estaban abiertas, pero otras seguían evidentemente cerradas, manteniendo oculta su información tras los sellos de lacre.

—El Magus no necesita un asistente —murmuró Khadgar, mientras limpiaba un espacio en el extremo de una mesa y sacaba una silla—. Necesita una señora de la limpieza.

Y echó una rápida ojeada a la puerta para asegurarse de que el senescal se había ido realmente.

Khadgar se sentó y la silla se balanceó peligrosamente. Se levantó, y vio que las patas desiguales de la silla habían estado apoyadas en un grueso tomo con tapas metálicas. La portada estaba decorada, y el canto de las páginas había sido teñido en plata.

Khadgar abrió el libro, y al hacerlo sintió que algo se movía dentro del mismo, como una pesa descendiendo por una varilla de metal o una gota de mercurio bajando por una pipeta. Algo metálico se desenroscó dentro del lomo del libro.

El tomo empezó a emitir un tic-tac.

Khadgar cerró la tapa a toda prisa, y el libro se calló con un chirrido agudo y un chasquido, al rearmarse el mecanismo. El joven dejó con cuidado el libro en la mesa.

Entonces fue cuando notó las marcas de deflagración en la silla que estaba usando y en el suelo bajo ella.

—Ya veo por qué vienen y van tantos asistentes —dijo Khadgar vagando lentamente por la habitación.

La situación no mejoraba. Había libros abiertos colgando de los brazos de las sillas y de la barandilla metálica. La correspondencia se hacía más profunda a medida que avanzaba por la habitación. Algo había hecho un nido en el rincón de una estantería, y cuando Khadgar lo sacaba de allí, el pequeño cráneo de una musaraña cayó al suelo y se hizo añicos. El nivel superior era poco más que un almacén, y los libros ni siquiera estaban en las estanterías; eran pilas cada vez más altas, colinas que llevaban a montañas que llevaban a cimas inalcanzables.

Y había un lugar vacío, en el que parecía que alguien había iniciado un fuego en un intento desesperado de reducir la cantidad de papel presente. Khadgar examinó el área y negó con la cabeza; aquí había ardido algo más, puesto que había restos de tela, posiblemente de la túnica de un estudioso.

Khadgar agitó la cabeza y volvió hasta donde había dejado sus útiles de escritura. Sacó un delgado palillero de madera con un puñado de plumillas metálicas, una piedra para afilar y dar forma a las plumillas, un cuchillo de hoja flexible para raspar el pergamino, un bloque de tinta de calamar, un platito para derretir la tinta, una colección de llaves delgadas y planas, una lupa y lo que a simple vista parecía un grillo metálico.

Cogió el grillo, lo puso boca arriba y le dio cuerda usando una plumilla especial. Era un regalo de Guzbah cuando Khadgar hubo completado su entrenamiento básico como escribano, y había demostrado no tener precio en los vagabundeos del joven por las estancias de los Kirin Tor. En su interior contenía un conjuro sencillo pero efectivo, que avisaba cuando estaba a punto de saltar alguna trampa.

Tan pronto como le hubo dado una vuelta completa a la manecilla, el grillo metálico emitió un agudo chirrido. Khadgar, sorprendido, casi dejó caer al suelo el insecto detector. Entonces se dio cuenta de que el aparato se limitaba a avisar de la intensidad del peligro potencial.

Khadgar miró los volúmenes que estaban apilados a su alrededor, y murmuró una maldición. Se retiró hasta la puerta y siguió dándole cuerda al grillo. Luego llevó hasta la puerta el primer libro que había cogido, el que hacía tic-tac.

El grillo gorjeó levemente. Khadgar dejó el libro con trampa a un lado de la puerta. Recogió otro y lo acarreó. El grillo se mantuvo en silencio.

Khadgar contuvo la respiración, abrigó la esperanza de que los hechizos del grillo le permitieran hacer frente a toda clase de trampas, mágicas o no, y abrió el libro. Era un tratado escrito con una suave mano femenina acerca de la política de los elfos hacía trescientos años.

Khadgar dejó el volumen manuscrito al otro lado de la puerta y volvió a por otro libro.

—Yo a ti te conozco —dijo Medivh la mañana siguiente, mientras comían salchichas y gachas.

—Khadgar, señor —dijo el joven.

—El nuevo asistente —dijo el mago de más edad—. Por supuesto. Perdona, pero mi memoria ya no es lo que era. Tengo demasiado entre manos, me temo.

—¿Hay algo en lo que necesite ayuda, señor?

El hombre pareció sopesarlo un momento.

—La biblioteca, Joven Confianza, ¿cómo van las cosas en la biblioteca?

—Bien —dijo Khadgar—. Muy bien. Estoy ocupado ordenando los libros y los papeles.

—Ah. ¿Por temas? ¿Por autores? —preguntó el archimago.

En letales y no letales, pensó Khadgar.

—Estoy pensando en hacerlo por temas, porque muchos son anónimos.

—Hmmmf —dijo Medivh—. Nunca confíes en nada en lo que un hombre no empeñe su nombre y su reputación. Sigue entonces. Dime. ¿Qué opinión tienen los magos de Kirin Tor acerca del rey Llane? ¿Lo mencionan alguna vez?

El trabajo avanzaba con una lentitud glacial, pero Medivh parecía no darse cuenta del tiempo transcurrido. De hecho, parecía empezar cada día quedando leve y agradablemente sorprendido de que Khadgar siguiera con ellos y, tras un corto resumen de los progresos, la conversación cambiaba de tema.

—Hablando de bibliotecas —decía, por ejemplo—. ¿En qué está metido ahora Korrigan, el bibliotecario de los Kirin Tor?

—¿Qué opina la gente de Lordaeron acerca de los elfos? ¿Hay recuerdos de haber visto alguno allí?

—¿Circulan leyendas acerca de hombres con cabeza de toro por las estancias de la Ciudadela Violeta?

Y una mañana, cuando Khadgar llevaba allí aproximadamente una semana, Medivh no estuvo presente.

—Se ha ido —se limitó a responder Moroes cuando le preguntó.

—¿Ido? ¿Adónde? —preguntó Khadgar.

El viejo senescal se encogió de hombros, y Khadgar casi pudo sentir el crujir de los huesos de su cuerpo.

—No suele decirlo.

—¿Qué estará haciendo?

—No suele decirlo.

—¿Cuándo volverá?

—No suele decirlo.

—¿Me deja sólo en la torre? —Preguntó Khadgar—. ¿Sin vigilancia con todos estos textos místicos?

—Yo podría ir a vigilarte —se ofreció Moroes—. Si es lo que quieres.

Khadgar negó con la cabeza.

—¿Moroes?

—¿Si, joven señor?

—Esas visiones… —empezó el joven.

—¿Anteojeras? —sugirió el sirviente.

Khadgar volvió a negar con la cabeza.

—¿Muestran el futuro o el pasado?

—Ambos, que yo me haya dado cuenta, aunque normalmente no —dijo Moroes—. Que no me doy cuenta, quiero decir.

—Y las del futuro. ¿se hacen ciertas?

Moroes dejó escapar lo que Khadgar sólo pudo suponer que era un hondo suspiro, una exhalación que le hizo sacudirse hasta los huesos.

—En mi experiencia, sí, joven señor. En una visión Cocinas me vio romper una pieza de cristal, así que la escondió. Pasaron meses, y finalmente el amo pidió esa pieza de cristal. Cocinas la sacó de su escondite y en menos de dos minutos yo la había roto. De forma totalmente fortuita. —Volvió a suspirar—. Así que ella se buscó las gafas de cuarzo rosa al día siguiente. ¿Hay algo más?

Khadgar dijo que no, pero subió preocupado la escalera hasta el piso donde estaba la biblioteca, Había avanzado tanto como se había atrevido en la organización, y la repentina desaparición de Medivh lo dejaba a oscuras, necesitado de orientación.

El joven candidato a aprendiz entró en la biblioteca. A un lado de la habitación estaban los volúmenes (y los restos de volúmenes) que el grillo había determinado que eran “seguros”, mientras que la otra mitad de la habitación estaba llena con los volúmenes (generalmente más completos) en los que había detectado trampas.

Las grandes mesas estaban cubiertas de páginas sueltas y correspondencia sin abrir, dispuestas en dos pilas casi iguales. Las estanterías estaban completamente vacías, y las cadenas colgaban desprovistas de sus prisioneros.

Khadgar podía ojear los papeles, pero le pareció mejor volver a rellenar las estanterías con los libros. El problema era que casi todos los volúmenes no tenían título o, si lo tenían, sus tapas estaban tan gastadas, rayadas y arañadas que eran ininteligibles. La única forma de determinar los contenidos iba a ser abrirlos.

Lo cual haría saltar los que tuvieran trampas. Khadgar miró la marca de deflagración en el suelo y movió la cabeza.

Y entonces se puso a buscar, primero entre los libros con trampas y luego entre los que no tenían, hasta que encontró lo que estaba buscando. Un tomo marcado con el símbolo de la llave.

Estaba cerrado con llave; una gruesa banda metálica con una cerradura lo mantenía así. Khadgar no había encontrado llave alguna en ningún momento de su búsqueda, aunque eso no lo sorprendía, dado el orden de la habitación. La encuadernación era resistente, y las cubiertas eran placas de metal envueltas en cuero rojo.

Khadgar sacó las llaves planas de su bolsita, pero todas eran insuficientes para el gran tamaño de la cerradura. Finalmente acudió a la punta de su cuchillo de raspar, que logró insertar en el mecanismo metálico de la cerradura, el cual emitió un satisfactorio chasquido cuando Khadgar dio en el clavo.

Observó el grillo que tenía en la mesa, y éste permanecía en silencio.

Conteniendo la respiración, el joven mago abrió el voluminoso tomo. El olor rancio del papel podrido llegó hasta sus fosas nasales.

—“Dee Traampas y Cerraduuras” —dijo en voz alta, envolviendo con su boca la arcaica escritura y las palabras con exceso de vocales—. “Sieendo un Trataado Soobre la Naturaleza de los Dispositiivos de Seguridad”.

Khadgar tomó una silla (algo más baja, ya que había aserrado las tres patas más largas para equilibrarla) y empezó a leer.

Medivh estuvo fuera dos semanas completas, y para entonces Khadgar se había adueñado de la biblioteca. Cada mañana se levantaba para desayunar, le hacía a Moroes un somero resumen de sus progresos (ante el cual el senescal, al igual que Cocinas, nunca daba muestra alguna de curiosidad) y luego se sepultaba en la bóveda. Le llevaban el almuerzo y la cena, y a menudo se quedaba trabajando por la noche bajo la suave luz azulada de las esferas brillantes.

También se acostumbró a la naturaleza de la torre. A menudo percibía imágenes por el rabillo del ojo, sólo el parpadeo de una figura ataviada con una capa andrajosa que se evaporaba en cuanto él se volvía para mirarla. Una palabra a medio acabar que flotaba en el aire. Un frío repentino como si una puerta o una ventana hubieran quedado abiertas, o un brusco cambio de presión, como si de repente hubiera aparecido una nueva entrada. A veces la torre gruñía al viento, como si los antiguos sillares se rozaran unos con otros, siglos después de su construcción.

Poco a poco fue aprendiendo la naturaleza, si no los contenidos exactos, de los libros de la biblioteca, frustrando las trampas que había colocadas en los volúmenes más valiosos. Sus investigaciones le fueron muy útiles en estos casos. Pronto se hizo tan experto en superar los mecanismos mágicos y las trampas de contrapeso como lo había sido con las puertas cerradas y los secretos ocultos de Dalaran. El truco con la mayoría era convencer al mecanismo de la cerradura (fuese de naturaleza mágica o mecánica) de que no había sido manipulado, cuando en realidad sí lo había sido. Descubrir lo que hacía saltar la trampa, si era un contrapeso o un resorte metálico o incluso la exposición al sol o al aire fresco, era media batalla para derrotarla.

Había libros que lo superaban, cuyas cerraduras frustraban incuso sus ganzúas modificadas y su diestro cuchillo. Ésos los puso en el piso superior, hacia el fondo, y tomó la resolución de descubrir lo que había en su interior, por sí mismo o sacándole la información a Medivh.

Dudaba de esto último, y se preguntaba si el archimago habría usado alguna vez la biblioteca como algo más que un vertedero para los textos heredados y las cartas viejas. La mayoría de los magos de los Kirin Tor tenían al menos alguna apariencia de orden en sus archivos, y sus libros más valiosos los tenían ocultos. Pero Medivh lo tenía todo tirado por ahí, como si no le hiciera falta.

Excepto como prueba, pensaba Khadgar. Una prueba para librarse de los candidatos a aprendiz.

Ahora los libros estaban en las estanterías, los más valiosos (e ilegibles) asegurados con cadenas en el piso superior, mientras que los más comunes (historias militares, almanaques y diarios) estaban en el piso bajo. Aquí también se encontraban los pergaminos, que iban desde mundanas listas de cosas compradas y vendidas en Stormwind hasta ejemplares de poemas épicos. Estos últimos eran especialmente interesantes, ya que algunos de ellos se centraban en Aegwynn, la supuesta madre de Medivh.

Si vivió más de ochocientos años, debió de haber sido una maga muy poderosa, pensaba Khadgar. Cualquier información más que hubiera acerca de ella estaría en los libros protegidos que había al fondo. Hasta el momento dichos ejemplares habían resistido todas las aproximaciones habituales e intentos físicos de superar sus cerraduras y sus trampas, y el grillo detector prácticamente había maullado de horror cuando había tratado de abrir las cerraduras.

Con todo, había cosas más que de sobra por hacer: clasificar los fragmentos sueltos, restaurar los ejemplares que el tiempo casi había destruido y ordenar (o como mínimo leer) la mayoría de la correspondencia. Una parte de ésta estaba en lengua élfica, y un gran porcentaje del total, de varias fuentes, estaba en algún tipo de clave. Esta última categoría llegaba con una variedad de sellos, desde Azeroth, Khaz Modan y Lordaeron, junto con sitios que Khadgar no podía ni localizar en el atlas. Un gran grupo se comunicaba entre sí, y con el propio Medivh, en clave.

Había varios grimorios antiguos acerca de códigos, la mayoría de los cuales se basaban en la sustitución de letras y en las jergas. Nada comparado con el código usado en esas claves. Quizás habían usado una combinación de métodos para crear el suyo propio. Por esto, Khadgar tenía los grimorios sobre códigos, junto con los libros acerca del élfico y el enano, abiertos en la mesa la misma tarde en la que Medivh volvió súbitamente a la torre.

Khadgar no lo escuchó, más bien sintió su presencia, del mismo modo que cambia el aire a medida que el frente de una tormenta se acerca sobre la tierra cultivada. El joven mago se dio la vuelta en la silla y allí estaba Medivh, sus anchos hombros llenando el umbral de la puerta, su túnica ondeando tras él como si tuviera voluntad propia.

—Señor, he… —empezó a decir Khadgar, sonriendo y levantándose de la silla.

Entonces se dio cuenta de que el pelo del archimago estaba revuelto, y sus ojos verdes: desorbitados e iracundos.

—¡Ladrón! —Gritó Medivh señalando a Khadgar—. ¡Intruso!

El mago mayor señaló al más joven y empezó a entonar una retahíla de sílabas alienígenas, palabras que no estaban hechas para la garganta humana.

Muy a su pesar, Khadgar levantó una mano y dibujó un signo de protección ante sí en el aire, pero para el efecto que tuvo en el conjuro de Medivh, igual le podía haber estado haciendo un gesto obsceno con la mano. Una pared de aire solidificado golpeó al joven, derribándolos a él y la silla sobre la que se sentaba. Los grimorios y manuales resbalaron por la mesa como botes atrapados en una repentina tempestad, y las anotaciones se alejaron en un remolino.

Sorprendido, Khadgar fue obligado a retroceder, empujado contra una de las estanterías que había tras él. La estantería se tambaleó por la fuerza del impacto y el joven temió que se volcara, echando a perder su duro trabajo. La estantería se mantuvo en el sitio, pero la presión sobre el pecho de Khadgar se hizo más intensa.

—¿Quién eres? —Tronó Medivh—. ¿Qué haces aquí?

El joven mago luchó contra el peso que tenía sobre el pecho y logró hablar.

—Khadgar…      —exhaló—. Asistente… Limpiando la biblioteca… Sus

órdenes…

Una parte de su mente se preguntó si éste sería el motivo de que Moroes hablase de forma tan escueta.

Medivh parpadeó ante las palabras de Khadgar, y se irguió como un hombre que acabara de despertarse de un profundo sueño. Giró un poco la mano, y al instante la ola de aire solidificado se evaporó. Khadgar cayó de rodillas, tratando de tomar aire.

Medivh fue hasta él y lo ayudó a levantarse.

—Lo siento niño —empezó—. Había olvidado que estabas aquí. Supuse que eras un ladrón.

—Un ladrón empeñado en dejar la habitación más ordenada que cuando se la encontró —dijo Khadgar. Le dolía un poco al hablar.

—Sí —dijo Medivh recorriendo la habitación con la mirada y asintiendo, a pesar de la destrucción causada por su ataque—. Sí. No creo que nadie haya llegado nunca tan lejos.

—Los he ordenado por temas —dijo Khadgar, que aún estaba inclinado y aferrándose a las rodillas—. La historia, incluyendo los poemas épicos, a la derecha. Las ciencias naturales a la izquierda. Los de contenido legendario en el centro, con los de idiomas y los libros de referencia. El material más poderoso, las notas alquímicas, y las descripciones y teoría de conjuros van en la galería, junto con algunos libros que no he podido identificar que parecen bastante poderosos. Ésos van a tener que mirarlos usted mismo.

—Sí —dijo Medivh, ignorando al joven y mirando la habitación—. Excelente, un trabajo excelente. Muy bien. —Miró a su alrededor, con la apariencia de un hombre que acababa de recuperar el sentido—. Realmente muy bien. Lo has hecho bien. Ahora, ven.

El archimago se dirigió como un rayo hacia la puerta, se detuvo antes de llegar y se volvió.

—¿Vienes?

Khadgar sintió como si le hubiera impactado otro rayo místico.

—¿Ir? ¿Adónde vamos?

—Arriba —dijo Medivh secamente—. Ahora ven, o será demasiado tarde. ¡El tiempo es esencial!

Para ser un hombre mayor, Medivh subía con rapidez las escaleras, subiendo los escalones de dos en dos a buen paso.

—¿Qué hay arriba? —jadeó Khadgar, logrando finalmente alcanzarlo en un descansillo cerca de la cima de la torre.

—Transporte —contestó secamente Medivh, y luego dudó por un instante. Se dio la vuelta en el sitio y hundió los hombros. Por un momento pareció que el fuego de sus ojos se había apagado—. Tengo que disculparme. Por lo de ahí abajo.

—¿Señor? —dijo Khadgar, confundido por esta nueva transformación.

—Mi memoria ya no es lo que era, Joven Confianza —dijo el Magus—. Debería haber recordado que estabas en la torre. Con lo que está pasando, supuse que eras un…

—¿Señor? —Interrumpió Khadgar—. ¿El tiempo no era esencial?

—El tiempo —dijo Medivh, y luego asintió y la intensidad volvió a su rostro—. Sí, lo es. ¡Vamos, no remolonees! —Y tras decir eso, el hombre volvió a subir los escalones de dos en dos.

Khadgar se dio cuenta de que la torre encantada y la biblioteca desordenada no eran las únicas razones por las que la gente abandonaba el servicio de Medivh, y corrió tras él.

El anciano senescal los esperaba en el observatorio de la torre.

—Moroes —tronó Medivh mientras llegaba a la cima de la torre—. El silbato dorado, por favor.

—Sip —dijo el sirviente mientras sacaba un fino cilindro. Había runas enanas talladas a lo largo del costado del cilindro, que reflejaban la luz de las lámparas de la habitación—. Me he tomado la libertad, señor, ya están aquí.

—¿Están? —empezó a decir Khadgar. Arriba se escuchó un susurro de alas. Medivh se dirigió hacia el parapeto y Khadgar levantó la vista.

Unos grandes pájaros descendían del cielo, con las alas reluciendo a la luz de la luna. No, no eran pájaros, se dio cuenta Khadgar; eran grifos. Tenían el cuerpo de grandes felinos, pero sus cabezas y las garras delanteras eran de águila marina, y sus alas eran doradas.

Medivh le entregó un bocado y unas riendas.

—Prepara el tuyo y nos vamos.

Khadgar ojeó a la gran bestia. El grifo más cercano emitió un penetrante chillido y arañó el suelo de losas con las garras de sus patas delanteras.

—Yo nunca he… —empezó a decir el joven—. No sé…

Medivh frunció el ceño.

—¿Es que los Kirin Tor no enseñan nada? No tengo tiempo para esto.

Levantó un dedo y murmuró unas pocas palabras, mientras tocaba la frente de Khadgar. Éste retrocedió, gritando sorprendido. El toque del mago lo había sentido como si le estuviera clavando un hierro al rojo en el cerebro.

—Ahora sí que sabes. Colócale el bocado y las riendas, venga.

Khadgar se tocó la frente y dejó escapar un gemido de sorpresa. Lo sabía, cómo enjaezar adecuadamente un grifo, y también cómo cabalgarlo, tanto con silla como al estilo enano, sin ella. Sabía cómo hacer una deriva lateral, cómo hacerlo flotar parado en el aire y, lo principal de todo, cómo prepararse para un aterrizaje brusco.

Khadgar le puso los arreos a su grifo, mientras percibía cómo la cabeza estaba a punto de estallarle del dolor, como si los conocimientos que le habían metido tuvieran que hacerse un hueco a codazos entre los que ya estaban en su cráneo.

—¿Listo? ¡Sígueme! —dijo Medivh, sin esperar la respuesta.

La pareja se lanzó a volar, y las grandes bestias se esforzaron y batieron las alas al aire para poder elevarse. Las grandes criaturas podían llevar enanos con armadura, pero un humano con una túnica se aproximaba a sus límites.

Khadgar hizo virar expertamente a su grifo mientras éste descendía, y siguió a Medivh mientras el mago picaba hasta ponerse sobre las oscuras copas de los árboles. El dolor se iba extendiendo por su cabeza a partir del punto donde Medivh lo había tocado, y ahora sentía una pesadez en la frente y los pensamientos confusos. Aun así, se concentraba e imitaba con exactitud los movimientos del archimago, como si llevara toda la vida volando en grifo.

El joven mago trató de ponerse a la altura de Medivh, para preguntarle hacia dónde iban y cuál era su objetivo, pero no pudo alcanzarlo. Incluso si lo hubiera logrado, se dio cuenta Khadgar, el viento lo hubiera ahogado todo excepto los gritos más fuertes. Así que lo siguió, con las montañas cerniéndose sobre ellos, mientras volaban hacia el este.

Khadgar no podía decir cuánto tiempo habían volado. Puede que hubiera dado algunas cabezadas a lomos del grifo, pero sus manos se habían aferrado con firmeza a las riendas y el grifo había mantenido el ritmo de su hermano. Sólo cuando Medivh hizo girar bruscamente a su grifo a la derecha salió Khadgar de su duermevela (si es que era una duermevela) y siguió al archimago mientras su ruta se desviaba al sur. El dolor de cabeza de Khadgar, muy posible consecuencia del conjuro, casi se había disipado por completo, dejando sólo una cierta molestia como recordatorio.

Habían dejado atrás la cordillera y Khadgar se dio cuenta de que volaban sobre terreno abierto. Bajo ellos la luz de la luna se hacía pedazos y era reflejada por una miríada de estanques.

Una gran marisma o un pantano., pensó Khadgar. Tenía que ser por la mañana temprano, puesto que a su derecha el horizonte estaba empezando a iluminarse con la promesa de un nuevo día.

Medivh descendió y levantó ambas manos por encima de su cabeza. Khadgar se dio cuenta de que estaba efectuando un conjuro a lomos de un grifo, y aunque su mente le aseguró que él sabía hacerlo, guiando a la gran bestia con las rodillas, sintió en el fondo de su corazón que nunca se sentiría cómodo en esa clase de maniobras.

Las criaturas descendieron más y repentinamente Medivh quedó bañado por una bola de luz, que lo iluminaba claramente y convertía al grifo de Khadgar en una sombra que le pisaba los talones. Bajo ellos, el joven vio un campamento de gente armada en un terreno ligeramente elevado que sobresalía del resto del pantano.

Hicieron una pasada rasante sobre el campamento y Khadgar pudo oír abajo gritos y el estruendo de armas y armaduras a las que se echaba mano a toda prisa. ¿Qué estaba haciendo Medivh?

Pasaron sobre el campamento y Medivh dio la vuelta con un alto giro lateral, mientras Khadgar imitaba cada uno de sus movimientos. Volvieron a sobrevolar el campamento, y ahora había más luz; las hogueras que antes habían estado casi apagadas habían sido reavivadas y resplandecían en la oscuridad. Khadgar vio que se trataba de una patrulla de gran tamaño, quizá incluso una compañía. La tienda del comandante era grande y estaba ricamente decorada, y reconoció el estandarte de Azeroth ondeando sobre ella.

Aliados, pues, ya que se suponía que Medivh era allegado del rey Llane de Azeroth y de Lothar, el Caballero Campeón del reino. Khadgar esperaba que Medivh aterrizara, pero en vez de eso el mago dio con los tacones en los costados de su montura, a la vez que levantaba la cabeza del grifo. Las grandes alas de la bestia batieron el oscuro cielo y ambos volvieron a ascender, esta vez a toda velocidad en dirección norte. Khadgar no tuvo más elección que seguirlo, mientras la luz de Medivh se apagaba y éste volvía a tomar las riendas.

De nuevo sobrevolaron el pantano, y Khadgar vio abajo una delgada línea; demasiado recta para ser un río y demasiado ancha para ser un canal de irrigación. Luego era una carretera, tendida a través del pantano, conectando los trozos de tierra seca que sobresalían de la ciénaga.

Entonces la tierra se elevó en otra cresta, otra zona seca y otro campamento. En este campamento también había llamas, pero no era el fuego brillante y contenido del ejército. Éstas estaban dispersas por todo el claro, y cuando se acercaron, Khadgar se dio cuenta de que eran carromatos ardiendo, con sus contenidos desperdigados entre las oscuras siluetas humanas que estaban tiradas como los muñecos de una niña en el suelo de tierra del campamento.

Como antes, Medivh hizo una pasada sobre el campamento, luego giró en lo alto e hizo una segunda pasada. Khadgar lo siguió, y el joven mago se inclinó hacia un lado sobre su montura para ver mejor. Parecía una caravana saqueada e incendiada, pero los bienes estaban desparramados por el suelo. ¿No se habían llevado el botín los bandidos? ¿Había supervivientes?

La respuesta a esta última pregunta llegó con un grito y una salva de flechas que surgió de entre los arbustos que rodeaban el lugar.

El grifo que iba delante emitió un chillido cuando Medivh tiró sin problemas de las riendas y apartó con un giro a la criatura de la trayectoria de las flechas. Khadgar intentó la misma maniobra, mientras el cálido, falso y reconfortante recuerdo en su mente le decía que ésta era la forma correcta de virar. Pero a diferencia de Medivh, Khadgar montaba demasiado adelantado en su montura, y no pudo tirar de las riendas con suficiente fuerza.

El grifo giró, pero no lo bastante para evitar todas las saetas. Una de punta dentada atravesó las plumas del ala derecha, y la gran bestia dejó escapar un grito de dolor, sacudiéndose en vuelo e intentando desesperadamente batir las alas para evitar los dardos.

Khadgar estaba desequilibrado, y no logró recuperar el control. En el espacio de un latido, sus manos se soltaron de las riendas y las rodillas se le resbalaron de los costados del grifo. Al no estar ya bajo su mando, el grifo se encabritó, derribando a Khadgar de su lomo.

El joven alargó la mano tratando de agarrar las riendas. Las tiras de cuero rozaron la punta de sus dedos y luego desaparecieron en la noche, junto con su montura.

Y Khadgar cayó hacia la oscuridad armada que aguardaba debajo.

Regresar al índice de la novela El último guardián

Share

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.