El último guardián – Capítulo Cuatro – Batalla y consecuencias

El aíre se le escapó a Khadgar de los pulmones cuando golpeó el suelo. La tierra estaba suelta bajo sus dedos, y se dio cuenta de que había caído en una duna baja de sedimentos arenosos depositados en uno de los bordes de la loma.

El joven mago se puso en píe trabajosamente. Desde el aíre la loma parecía un incendio forestal. Desde el suelo parecía una puerta al mismo infierno.

Los carromatos ya estaban casi consumidos por el fuego, y sus contenidos desparramados y ardiendo por toda la elevación. Los rollos de tela habían sido desenrollados sobre la tierra, los barriles habían sido agujereados y se estaban vaciando, y la comida había sido saqueada y tirada por el suelo. A su alrededor también había cuerpos, siluetas humanas vestidas con armaduras ligeras. Se veía el brillo ocasional de un casco o una espada. Ésos serían los guardias de la caravana, que habían fracasado en su misión.

Khadgar encogió un hombro dolorido, pero lo notó magullado en vez de roto. Incluso a pesar de la arena, debería haber caído más fuerte. Agitó la cabeza, con fuerza. El dolor que le quedaba del conjuro de Medivh pesaba menos que los múltiples padecimientos por el resto del cuerpo.

Hubo movimiento entre el desastre, y Khadgar se agachó. Unas voces se comunicaban a ladridos en una lengua desconocida, un lenguaje que a Khadgar le resultaba gutural y blasfemo. Lo estaban buscando. Lo habían visto caerse de su montura y ahora lo estaban buscando. Mientras observaba, unas figuras encorvadas avanzaron arrastrando los pies por entre los restos, dejando ver siluetas jorobadas cuando pasaban ante las llamas.

Algo se le vino a la cabeza a Khadgar, pero no lograba situarlo. Empezó a retroceder desde el claro, con la esperanza de que la oscuridad lo mantuviera oculto de las criaturas.

Pero no fue así. Tras él se partió una rama, o una bota pisó un montón de hojas, o una armadura de cuero se enredó brevemente en un arbusto. En cualquier caso, Khadgar supo que no estaba solo y se dio la vuelta para ver…

A una monstruosidad proveniente de su visión. Una burla de la humanidad en verde y negro.

No era tan grande como las criaturas de su ensoñación, ni tan corpulento, pero seguía siendo una criatura de pesadilla. Su recia mandíbula inferior estaba dominada por unos colmillos que salían hacia arriba, y sus demás rasgos eran pequeños y siniestros. Por primera vez, Khadgar se dio cuenta de que tenía las orejas grandes y puntiagudas. Posiblemente lo habría oído ante de verlo.

Su armadura era negra, pero de cuero, no de metal como en su sueño. En la mano la criatura llevaba una antorcha que resaltaba sus marcados rasgos faciales, haciéndolo aún más monstruoso. En la otra mano la criatura empuñaba una lanza decorada con una hilera de pequeños objetos blancos. Con un sobresalto, Khadgar se dio cuenta de que los objetos eran orejas humanas, trofeos de la masacre que los rodeaba.

Todo esto le vino a Khadgar en un instante, en el encuentro repentino entre hombre y monstruo. La bestia apuntó al joven con la lanza grotescamente decorada y emitió un pavoroso desafío.

Desafío que quedó interrumpido cuando el joven mago pronunció una palabra de poder, levantó una mano y desencadenó un pequeño rayo de energía contra el vientre de la criatura. La bestia cayó hecha un ovillo, y el aullido se interrumpió.

Una parte de su mente estaba aturdida por lo que acababa de hacer, la otra sabía que había visto de lo que estas criaturas eran capaces, en la visión en Karazhan.

La criatura había avisado a otros miembros de su tropa, y ahora se escuchaban aullidos de guerra en torno al campamento. Dos, cuatro, una docena de esas parodias de hombre, todas convergiendo sobre su posición. Y peor aún, del propio pantano salían más aullidos.

Khadgar sabía que no tenía poder para repelerlos a todos. Invocar un rayo místico era suficiente para debilitarlo. Otro más lo pondría en serio peligro de desmayarse. ¿Quizá debería intentar huir?

Pero estos monstruos probablemente conocían la oscura ciénaga que los rodeaba mejor que él. Si se quedaba en la loma de arena, lo encontrarían. Si huía al pantano, ni siquiera Medivh sería capaz de localizarlo.

Khadgar levantó la vista al cielo, pero no había ni rastro del mago ni de los grifos. ¿Había aterrizado Medivh en algún lugar y se acercaba sigilosamente a los monstruos? ¿O había vuelto con el contingente humano del sur para traerlo aquí?

O, pensó lúgubremente Khadgar, ¿había cambiado el volátil temperamento de Medivh y se había olvidado de que llevaba a alguien consigo en el vuelo?

Khadgar miró rápidamente a la oscuridad y luego otra vez al lugar de la emboscada. Había más sombras moviéndose alrededor del fuego, y más aullidos.

Khadgar recogió la grotesca lanza con trofeos y anduvo con determinación hacia el fuego. Puede que no fuera capaz de disparar más de uno o dos rayos místicos, pero los monstruos no lo sabían.

Quizá fueran tan tontos como parecían. Y tuvieran tan poca experiencia con los magos como él con ellos.

Y los sorprendió, vaya si lo hizo. La última cosa que esperaban era que su víctima, la víctima que habían derribado de su montura voladora, apareciese de repente al filo de la luz de las hogueras, empuñando la lanza-trofeo de uno de sus centinelas.

Khadgar arrojó la lanza al fuego, y ésta chisporroteó al aterrizar.

El joven mago invocó un poco de llama, una pequeña bola, y la sostuvo en la mano. Abrigó la esperanza de que iluminara sus rasgos tan amenazadoramente como la antorcha había iluminado los del guardia. Más le valía.

—Abandonen este lugar —gritó Khadgar, rezando para que su cansada voz no se quebrara—. Abandonen este lugar o moriran.

Uno de los brutos más grandes dio dos pasos al frente y Khadgar murmuró una palabra de poder. Las energías místicas se condensaron en torno a la mano que sostenía la llama y golpearon con el verde inhumano de lleno en la cara. El bruto tuvo el tiempo justo de llevarse una mano dotada de garras al rostro destrozado antes de caer.

—¡Huyan! —gritó Khadgar, tratando de dar a su voz el tono más grave posible—. Huyan o enfrentaran el mismo destino. —Tenía el estómago helado, e intentaba no mirar fijamente a la criatura que ardía.

Una lanza voló desde la oscuridad, y con sus últimas energías Khadgar invocó un poco de aire, el justo para desviarla a un lado. Cuando lo hizo se sintió débil. Eso era lo último que podía hacer. Sus energías estaban completamente agotadas. Iba siendo un buen momento para que funcionase su farol.

Las criaturas que lo rodeaban, sobre una docena visible, dieron un paso atrás, y luego otro. Un grito más, se dio cuenta Khadgar, y huirían de vuelta al pantano, dándole el tiempo suficiente para escapar. Ya había decidido huir hacia el sur, hacia el campamento del ejército.

En vez de eso se oyó una risa sonora y carcajeante que le heló la sangre. Los guerreros verdes se apartaron y otra figura avanzó arrastrando los pies. Era más delgado y más jorobado que los demás, y vestía una túnica del color de la sangre coagulada. El color del cielo en la visión de Khadgar. Sus rasgos eran tan verdes y tan deformes como los de los demás, pero éste tenía un brillo de inteligencia salvaje en los ojos.

Extendió la mano con la palma hacia arriba, sacó una daga y se pinchó en la palma con la punta. La sangre rojiza se acumuló en el hueco de la palma.

La bestia de la túnica pronunció una palabra que hacía daño a los oídos, y la sangre estalló en llamas.

—¿Humano quiere jugar? —Dijo el monstruo de la túnica en un rudimentario lenguaje humano—. ¿Quiere jugar a los conjuros? ¡Nothgrin puede jugar!

—Váyanse ahora —intentó Khadgar—. Váyanse ahora o mueran.

Pero la voz del joven mago se quebró en ese momento y el espantajo de la túnica se limitó a reírse. Khadgar recorrió con la mirada la zona que los rodeaba, buscando el mejor sitio para huir, preguntándose si podría hacerse con una de las espadas de los guardias que había en el suelo. Se preguntó si este Nothgrin jugaba de farol como él.

Nothgrin dio un paso hacia Khadgar y dos de las bestias que estaban a la derecha del hechicero gritaron de repente y estallaron en llamas. Sucedió con una rapidez que los conmocionó a todos, Khadgar incluido. Nothgrin se giró hacia las criaturas que ardían, para ver a dos más unirse a ellas, estallando en llamas como ramitas secas. Éstas también gritaron y doblaron las rodillas, cayendo al suelo.

Ahora, en el sitio que habían ocupado las criaturas se encontraba Medivh. Parecía resplandecer por sí mismo, eclipsando a la hoguera principal, los carromatos que se quemaban y los cadáveres que ardían en el suelo, absorbiendo la luz. Parecía radiante y relajado. Sonrió a las criaturas reunidas y fue una sonrisa salvaje y brutal.

—Mi aprendiz les ordenó que se largaran —dijo Medivh—. Deberían haber cumplido sus órdenes.

Una de las bestias emitió un bramido y el Magus lo silenció con un gesto de la mano. Algo duro e invisible golpeó a la bestia de lleno en la cara, y hubo un crujido de ruptura cuando la cabeza se le separó del cuerpo y rodó hacia atrás, golpeando el suelo sólo momentos antes de que el cuerpo del ser cayera a la arena.

El resto de las criaturas retrocedieron un paso titubeando, y luego salieron huyendo hacia la noche. Sólo el cabecilla, el entunicado Nothgrin, se mantuvo firme, y su sobredimensionada mandíbula se abrió por la sorpresa.

—Nothgrin te conoce, humano —siseó—. Tú eres el que…

El resto de lo que iba a decir la criatura desapareció en un alarido cuando Medivh hizo un gesto con la mano y la bestia comenzó a flotar en una ráfaga de viento y fuego. Fue levantada en el aire, gritando, hasta que al fin sus pulmones reventaron por la tensión y los restos de su cuerpo calcinado cayeron como copos de nieve negra.

Khadgar miró a Medivh, y el mago sonreía enseñando los dientes de pura satisfacción. La sonrisa se desvaneció cuando vio el rostro ceniciento de Khadgar.

—¿Estás bien, chico? —preguntó.

—Bien —dijo Khadgar, sintiendo cómo el cansancio lo abrumaba. Trató de sentarse pero acabó desplomándose de rodillas, con la mente agotada y vacía.

Medivh estuvo a su lado enseguida, poniéndole la mano en la frente. Khadgar trató de apartarlo, pero comprobó que no le quedaban fuerzas.

—Descansa —le dijo Medivh—. Recupera la energía. Lo peor ya ha pasado.

Khadgar asintió parpadeando. Miró los cuerpos alrededor del fuego. Medivh podía haberlo matado con la misma facilidad en la biblioteca. Entonces, ¿qué había detenido su mano? ¿Algún asomo de reconocimiento a Khadgar? ¿Algún recuerdo o algo de humanidad?

—Esas cosas —logró articular el joven mago, casi farfullando—. ¿Qué eran?

—Orcos —dijo el Magus—. Eso eran orcos. Ahora basta de preguntas por el momento.

Al este el cielo empezaba a iluminarse. Al sur se oía el resonar de cantarines cuernos y poderosos cascos de caballo.

—La caballería al fin —dijo Medivh con un suspiro—. Demasiado ruidosa y demasiado tarde, pero no se te vaya a ocurrir decírselo. Pueden encargarse de los rezagados. Ahora descansa.

La patrulla hizo un barrido por el campamento y luego la mitad desmontó y el resto siguió avanzando por el camino. Los jinetes empezaron a inspeccionar los cadáveres. Se asignó un destacamento para enterrar a los miembros de la caravana. Los pocos orcos muertos a los que Medivh no había hecho arder fueron recogidos y arrojados a la hoguera principal, y sus cuerpos se carbonizaron mientras su carne se hacía cenizas.

Khadgar no recordaba que Medivh lo hubiera dejado, pero éste volvió con el comandante de la patrulla. El comandante era un hombre mayor, robusto, con el rostro curtido por el combate y las campañas. Su barba negra tiraba más a canosa, y el pelo le había retrocedido hasta más allá de la coronilla. Era un hombre enorme, de aspecto aún más imponente por su armadura de placas y su voluminosa capa. Sobre uno de los hombros, Khadgar pudo ver la empuñadura de un espadón, con enormes gavilanes enjoyados.

—Khadgar, éste es Sir Anduin Lothar —dijo Medivh—. Lothar, éste es mi aprendiz, Khadgar, de los Kirin Tor.

La cabeza de Khadgar le daba vueltas, y lo primero en que cayó fue en el nombre. Sir Lothar. El Campeón Real, compañero de la infancia del rey Llane y de Medivh. La espada que llevaba a la espalda debía de ser el Mandoble Real, dedicado a la defensa de Azeroth y… ¿acababa Medivh de decir que Khadgar era su aprendiz?

Lothar se inclinó para ponerse a la altura del joven y lo miró sonriendo.

—Así que al fin conseguiste un aprendiz. Tuviste que ir hasta la Ciudadela Violeta para encontrar uno, ¿eh, Med?

—Para encontrar uno con los suficientes méritos, sí.

—Y si los hechiceros locales se molestan, mejor que mejor, ¿eh? Oh, vamos, no me mires así Medivh. ¿Qué ha hecho éste para impresionarte?

—Psche, lo de siempre —respondió Medivh, enseñando los dientes con una sonrisa feroz—. Me ordenó la biblioteca, domó un grifo a la primera. Se fue él solo contra estos orcos, brujo incluido.

Lothar dejó escapar un silbido.

—Organizó tu biblioteca. Estoy impresionado. —Una sonrisa destelló bajo su canoso mostacho.

—Sir Lothar —logró decir al fin Khadgar—. Su destreza es conocida incluso en Dalaran.

—Descansa, muchacho —dijo Lothar apoyando un pesado guantelete en el hombro del joven mago—. Atraparemos al resto de esas criaturas.

Khadgar negó con la cabeza.

—No, no si se mantienen sobre la carretera.

El Campeón Real pareció sorprendido, y Khadgar no estuvo seguro de si fue por su presunción o por sus palabras.

—Me temo que el chico tiene razón —dijo Medivh—. Los orcos se han metido en el pantano. Parecen conocer la Ciénaga Negra mejor que nosotros, y eso es lo que los hace tan efectivos aquí. Nosotros nos mantenemos junto a los caminos y ellos se mueven por donde quieren.

Lothar se rascó la nuca con el guantelete.

—A lo mejor podríamos tomar prestados algunos de esos grifos tuyos para explorar.

—Los enanos que los entrenaron puede que tengan su propia opinión acerca de prestar sus grifos —dijo Medivh—. Pero quizá deberías hablar con ellos, y también con los gnomos. Tienen algunos aparatejos e ingenios voladores que podrían ser más apropiados para explorar.

Lothar asintió y se frotó la mejilla.

— ¿Cómo sabías que estaban aquí?

—Encontré uno de sus exploradores de avanzadilla cerca de mis dominios —dijo Medivh, con la misma tranquilidad que si estuviera hablando del tiempo—. Logré sacarle que había una partida grande con intención de hacer incursiones a lo largo de la carretera de la Ciénaga. Tenía la esperanza de llegar a tiempo de avisarlos. —Contempló la devastación que los rodeaba.

La luz del sol hacía poco por mejorar la apariencia de la zona. Los fuegos más pequeños se habían extinguido, y el aire olía a carne de orco quemada. Una pálida neblina flotaba sobre el lugar de la emboscada.

Un joven soldado, poco mayor que Khadgar, llegó corriendo hasta ellos. Habían encontrado un superviviente, uno que estaba en un estado bastante lastimoso, pero vivo.

—¿Podía el Magus venir enseguida?

—Quédate con el chico —dijo Medivh—. Sigue un poco aturdido por todo lo que ha pasado.

Y con eso el archimago atravesó a grandes zancadas el suelo calcinado y ensangrentado, con sus largas vestiduras ondeando tras él como una bandera.

Khadgar trató de levantarse y seguirlo, pero el Campeón Real le puso el pesado guantelete en el hombro y lo retuvo. Khadgar sólo se resistió un instante, y luego volvió a sentarse. Lothar lo observó con una sonrisa.

—Así que el viejo cuervo tiene por fin un asistente.

—Aprendiz —dijo débilmente Khadgar, aunque sentía el orgullo crecer en su pecho. El sentimiento le trajo nuevas fuerzas a su mente y a sus miembros—. Ha tenido muchos asistentes. No duraron. O eso he oído.

—Oh-oh —dijo Lothar—. Yo recomendé unos cuantos de esos asistentes, y volvieron con historias de una torre encantada y de un mago loco y exigente. ¿Qué opinas de él?

Khadgar parpadeó un instante. En las doce últimas horas Medivh lo había atacado, le había metido conocimientos en la cabeza, lo había arrastrado a través del continente a lomos de un grifo y lo había dejado enfrentarse a un puñado de orcos antes de bajar a rescatarlo. Por otro lado, lo había convertido en su aprendiz. Su estudiante. Carraspeó.

—Es más de lo que me esperaba.

Lothar volvió a sonreír, y había una genuina calidez en su sonrisa.

—Es más de lo que nadie se espera. Ésa es una de sus cosas buenas. —Lothar pensó unos instantes—. Ésa es una respuesta muy política y muy cortés.

Khadgar logró sonreír débilmente.

—Lordaeron es una tierra muy política y muy cortés.

—Ya me he dado cuenta en el consejo real. Los embajadores de Dalaran pueden decir sí y no al mismo tiempo, a la vez que no dicen nada. Sin ánimo de insultar.

—No es insulto, milord—dijo Khadgar.

Lothar miró al muchacho.

—¿Cuántos años tienes, chico?

Khadgar lo miró.

—Diecisiete, ¿por qué?

Lothar movió la cabeza y gruñó.

—Eso podría tener sentido.

—¿Tener sentido cómo?

—Med… quiero decir, Lord Magus Medivh, era joven, varios años más joven que tú, cuando cayó enfermo. Como resultado, nunca tuvo mucho trato con gente de tu edad.

—¿Enfermo? —Dijo Khadgar—. ¿El Magus estuvo enfermo?

—Gravemente —respondió Lothar—. Cayó en un profundo sueño, un coma lo llamaron. Llane y yo lo dejamos en la Abadía de Northshire, y los santos hermanos lo alimentaron con caldo para impedir que se consumiera hasta morir. Estuvo así durante años y entonces, pang, se despertó. Fresco como una rosa. O casi.

—¿Casi? —preguntó Khadgar.

—Bueno, se había perdido la mayor parte de la adolescencia, y unas cuantas décadas más. Cayó en sopor siendo adolescente y se despertó como hombre adulto. Siempre me ha preocupado que lo afectase.

Khadgar pensó acerca del volátil temperamento del archimago, sus bruscos cambios de humor y el deleite casi infantil con el que se había enfrentado al combate contra los orcos. Si Medivh fuera un hombre más joven ¿tendrían sentido sus actos?

—Su coma —dijo Lothar moviendo la cabeza al recordar—, no fue natural. Med lo llama “siesta”, como si fuera perfectamente normal. Pero nunca descubrimos por qué pasó. Puede que el Magus lo haya descifrado, pero no muestra interés por el tema, ni siquiera cuando le he preguntado.

—Soy el aprendiz de Medivh —se limitó a decir Khadgar—. ¿Por qué me cuenta esto?

Lothar suspiró hondamente y miró hacia el horizonte, sobre la loma desgarrada por la batalla. Khadgar se dio cuenta de que el Campeón Real era un individuo básicamente honesto que no duraría ni día y medio en Dalaran. Sus emociones se reflejaban con claridad en su rostro curtido y franco.

Lothar chasqueó la lengua.

—Para ser honesto, me preocupa —dijo—. Así solo en su torre…

—Tiene un senescal. Y está Cocinas —terció Khadgar.

—.con toda su magia —siguió Lothar—. Parece tan solo. Recluido allí, en las montañas. Me preocupa.

Khadgar asintió y pensó para sí: Y por eso intentaste meter allí aprendices de Azeroth. Para espiar a tu amigo. Te preocupas por él, pero también por su poder.

—Le preocupa que esté bien —dijo Khadgar en voz alta.

Lothar se encogió de hombros, demostrando lo preocupado que estaba y lo dispuesto que estaba a fingir lo contrario.

—¿Qué podría hacer para ayudarlos? —Preguntó Khadgar—. Ayudarlo a él y ayudarle a usted.

—Échale un ojo —dijo Lothar—. Si eres su aprendiz, debería pasar más tiempo contigo. No quiero que.

—¿Caiga en otro coma? —sugirió Khadgar. En un momento en que de repente hay orcos por todas partes. Por su lado, Lothar lo recompensó volviendo a encogerse de hombros.

Khadgar le dedicó su mejor sonrisa.

—Me sentiría honrado de ayudarlos a ambos, Sir Lothar. Sepa que mi lealtad pertenece primero al archimago, pero si hay cualquier cosa que un amigo debería saber, se la comunicaré.

Otra palmada con el pesado guantelete. Khadgar estaba maravillado ante lo mal que ocultaba Lothar sus preocupaciones. ¿Eran todos los nativos de Azeroth tan abiertos e ingenuos? Incluso ahora, Khadgar podía ver que había algo más de lo que Lothar quería hablar.

—Hay algo más —dijo el hombre; Khadgar se limitó a asentir cortésmente. —¿Te ha hablado el Lord Magus del Guardián? —preguntó.

Khadgar pensó en fingir que sabía más de lo que en realidad sabía, para sacarle más información a este hombre mayor y sincero. Pero a medida que el pensamiento le pasaba por la cabeza, lo fue desechando. Mejor limitarse a la verdad.

—He oído el nombre de labios de Medivh —dijo Khadgar—, pero no sé ningún detalle.

—Ah —dijo Lothar—. Entonces dejémoslo como si yo no te hubiera dicho nada.

—Estoy seguro de que ya lo hablaremos cuando sea el momento —añadió Khadgar.

—Sin duda —dijo Lothar—. Pareces de confianza.

—Después de todo sólo llevo unos días como su aprendiz —dijo Khadgar sin mucho énfasis.

Lothar levantó las cejas.

—¿Unos días? ¿Exactamente cuánto llevas como aprendiz de Medivh?

—¿Contando hasta el amanecer de mañana? —Dijo Khadgar, y se permitió una sonrisa—. Un día.

Medivh escogió ese momento para volver, con un aspecto más demacrado que el de antes. Lothar levantó la mirada con una expectante interrogación, pero el Magus se limitó a negar con la cabeza. Lothar frunció el ceño, y tras intercambiar unas cuantas cortesías se fue para supervisar lo que quedaba de la recogida de restos y la limpieza. La mitad de la patrulla que se había adelantado por la carretera había vuelto, sin encontrar nada.

—¿Listo para viajar? —preguntó Medivh.

Khadgar se levantó, y la loma arenosa en medio de la Ciénaga Negra pareció un barco cabeceando en el mar embravecido.

—Lo suficiente —dijo—. Aunque no sé si podré manejar un grifo, incluso con… —dejó inacabada la frase, pero se tocó la frente.

—No importa —dijo Medivh—. Tu montura se asustó con las flechas y se dirigió hacia las tierras altas. Tendremos que ir los dos en la mía.

Se llevó a los labios un silbato tallado con runas y emitió una serie de pitidos cortos y secos. Lejos en lo alto se oyó el graznido de un grifo que volaba en círculos sobre ellos. Khadgar levantó la vista.

—Así que soy su aprendiz —dijo.

—Sí —dijo Medivh, su rostro era una máscara de serenidad.

—Pasé sus pruebas —dijo el joven.

—Sí —dijo Medivh.

—Me siento honrado —dijo Khadgar.

—Me alegro de que sea así —dijo Medivh, y el espectro de una sonrisa cruzó su cara—. Porque ahora empieza la parte difícil.

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