El último guardián – Prólogo – La torre solitaria

La mayor de las dos lunas había sido la primera en salir ese anochecer, y ahora colgaba preñada y de un blanco plateado contra un cielo despejado y punteado de estrellas. Bajo la luna llena, las cimas de las Montañas Crestagrana se esforzaban por llegar al cielo. A la luz del día, el sol había resaltado los tonos magentas y óxido entre los grandes picos de granito, pero a la luz de la luna éstos quedaban reducidos a fantasmas altos y orgullosos. Al oeste se encontraba el Bosque de Elwynn, con su densa cubierta de grandes robles y satines que corría desde las estribaciones hasta el mar. Al este se extendía el desolado pantano de la Ciénaga Negra, una tierra de marismas y colinas bajas, ciénagas y riachuelos, asentamientos fallidos y peligros acechantes. Una sombra cruzó brevemente ante la luna, una sombra del tamaño de un cuervo, rumbo a un agujero en el corazón de las montañas.

Aquí se había arrancado un trozo de la solidez que era la cordillera de Crestagrana, dejando un valle circular. Puede que alguna vez hubiera sido el lugar de un primitivo impacto celestial o el recuerdo de una explosión que sacudió la tierra, pero los eones habían erosionado el cráter con forma de cuenco hasta convertirlo en una serie de empinados y redondeados altozanos que ahora se asentaban entre las abruptas montañas que los rodeaban. Ninguno de los antiguos árboles de Elwynn podía alcanzar esta altitud, y el interior del anillo de colinas estaba desnudo excepto por la maleza y los enmarañados matorrales.

En el centro del anillo de colinas se alzaba un cerro desnudo, tan calvo como la coronilla de un maestro mercader de Kul Tiras. De hecho, la propia forma en la que se levantaba el cerro, con una pendiente muy pronunciada que se suavizaba en su parte superior hasta hacerse casi llana, era de forma parecida a un cráneo humano. Muchos se habían dado cuenta de esto a lo largo de los años, aunque sólo unos pocos habían sido lo bastante valientes, o poderosos o sin tacto como para mencionárselo al propietario.

En la cima aplanada del cerro se alzaba una antigua torre, una inmensa protuberancia de piedra blanca y cemento oscuro, una erupción levantada por el hombre que surgía sin esfuerzo hacia el cielo, escalando más alto que las colinas que la rodeaban, alumbrada como un faro por la luz de la luna. Había un muro bajo en la base de la torre rodeando un patio de armas, dentro del cual se encontraban los restos desvencijados de un establo y una herrería, pero era la propia torre la que dominaba el interior del anillo de colinas.

Una vez este lugar se llamó Karazhan. Una vez fue el hogar del último de los misteriosos y secretos Guardianes de Tirisfal. Una vez fue un lugar vivo. Ahora estaba sencillamente abandonado y perdido en el tiempo.

Había silencio en la torre, pero no tranquilidad. En el abrazo de la noche unas siluetas revoloteaban de ventana en ventana, y formas fantasmagóricas danzaban en balcones y parapetos. Menos que fantasmas pero más que recuerdos, eran nada menos que trozos del pasado que se habían desprendido del paso del tiempo. Estas sombras habían sido arrancadas del pasado por la locura del propietario de la torre, y ahora estaban condenadas a interpretar sus historias una y otra vez en el silencio de la torre abandonada. Condenadas a interpretar pero desprovistas de audiencia alguna que lo apreciase.

Entonces, en el silencio se oyó el suave roce de una bota sobre la piedra, y luego otra. Un destello de movimiento bajo la luna llena, una sombra contra la piedra blanca, el susurro de una andrajosa capa roja en el frío aire nocturno. Una silueta caminaba sobre el parapeto superior, en la espira almenada más alta, la cual años antes había servido de observatorio.

La puerta que conducía del parapeto al observatorio chirrió sobre sus antiguas bisagras, y se detuvo congelada por la herrumbre y el paso del tiempo. La figura envuelta en la capa se paró un instante; entonces colocó un dedo en la bisagra y murmuró unas pocas palabras. La puerta se abrió en silencio, como si las bisagras fueran nuevas. El intruso se permitió una sonrisa.

Ahora el observatorio estaba vacío, y los instrumentos que quedaban, rotos y abandonados. La figura intrusa, casi tan silenciosa como uno de los fantasmas, recogió un astrolabio aplastado, retorcido en algún momento de cólera ya olvidado. Ahora era simplemente un pesado trozo de oro, inerte e inútil en sus manos.

Hubo otro movimiento en el observatorio, y el intruso levantó la vista. Ahora cerca de él había una figura fantasmal junto a una de las muchas ventanas. El fantasma/no fantasma era un hombre ancho de hombros, con pelo y barba que una vez fueron oscuros pero ahora encanecían prematuramente en los bordes. La figura era uno de los fragmentos del pasado, separado de éste y ahora repitiendo su tarea, tuviera público o no. Por el momento, el hombre de pelo oscuro sostenía el astrolabio, el gemelo intacto del que estaba en las manos del intruso, y trasteaba con una ruedecilla en uno de sus costados. Un momento, una comprobación y un giro de la ruedecilla. Sus oscuras cejas se fruncieron sobre unos fantasmagóricos ojos verdes. Un segundo momento, otra comprobación y otro giro. Finalmente la figura alta e imponente suspiro hondo y dejó el astrolabio en una mesa que ya no estaba allí, y luego se desvaneció.

El intruso asintió. Tales apariciones eran habituales incluso en los tiempos en que Karazhan estaba habitado, aunque ahora, arrancadas del control (y de la locura) de su amo, se habían vuelto más osadas. Y a pesar de todo, esos fragmentos del pasado pertenecían aquí, mientras que él no. Él era el intruso, no ellos.

El intruso cruzó la habitación hasta la escalera descendente, mientras tras él el anciano volvía a hacerse visible con un parpadeo y repetía su acción, observando con su astrolabio un planeta que hacía mucho que se había movido a otra parte del cielo.

El intruso bajó por la torre, cruzando los pisos para llegar a otras escaleras y otras estancias.

Ninguna puerta estaba bloqueada, ni siquiera las cerradas con llave y clavadas, ni las selladas por el óxido y el tiempo. Unas pocas palabras, un toque, un gesto y los remaches se soltaban, el óxido se disolvía en montoncitos rojizos y las bisagras quedaban restauradas. En uno o dos sitios seguían brillando las antiguas protecciones, manteniendo su poder a pesar del tiempo transcurrido. Se detuvo ante ellas durante unos instantes, pensando, reflexionando, buscando en su memoria la clave adecuada. Dijo la palabra correcta, realizó el movimiento indicado con las manos, hizo pedazos la débil magia que quedaba, y siguió adelante.

Mientras avanzaba por la torre, los fantasmas del pasado se agitaban y se volvían más activos. Teniendo ahora una posible audiencia, parecía que esos trozos del pasado querían representar su papel, aunque sólo fuera para librarse de este sitio. Cualquier sonido que hubieran poseído se había desvanecido hacía eras, dejando sólo las imágenes moviéndose por las estancias.

El intruso pasó junto a un mayordomo vestido con una librea oscura, mientras el frágil anciano avanzaba lentamente por el pasillo, llevando una bandeja de plata y unas anteojeras puestas. Después cruzó la biblioteca, donde una jovencita de piel verde estaba de pie leyendo un antiguo libro, dándole la espalda. Atravesó un salón de banquetes, en cuyo extremo un grupo de músicos tocaba sin sonido alguno y unos bailarines danzaban una gavota. En el otro extremo ardía una gran ciudad, y sus llamas lamían inofensivas las paredes de piedra y los tapices podridos. El intruso atravesó las silenciosas llamas, aunque su rostro se volvió macilento y se tensó cuando contempló una vez más la poderosa ciudad de Stormwind ardiendo a su alrededor.

En una habitación tres hombres jóvenes se sentaban en tomo a una mesa y se contaban mentiras hoy ya olvidadas. Había desparramadas jarras de metal en la superficie de la mesa, al igual que bajo ella. El intruso se quedó observando la imagen algún tiempo, hasta que una fantasmal posadera trajo una nueva ronda. Entonces agitó la cabeza y siguió avanzando.

Casi había llegado hasta la planta baja, y salió a un balcón que colgaba precariamente del muro, como un nido de avispas sobre la entrada principal. Allí, en el amplio espacio que se extendía ante la torre, entre la entrada principal y los establos que había al otro lado del patio, ahora derrumbados, había una sola imagen fantasmagórica, solitaria y aislada. No se movía como las demás, sino que permanecía allí, esperando vacilante. Un fragmento del pasado que no había sido liberado. Un fragmento que lo estaba esperando.

La imagen inmóvil era de un hombre joven con una franja blanca recorriendo su desordenada cabellera oscura. Los dispersos fragmentos de una barba reciente podían verse en su rostro. Una ajada mochila estaba a los pies del joven, que tenía agarrada una carta con un sello rojo como si le fuera en ello la vida.

Éste sí que no era ningún fantasma, sabía el intruso, aunque puede que el propietario de la imagen hubiera muerto ya, caído en combate bajo un sol extranjero. Éste era un recuerdo, un fragmento del pasado, atrapado como un insecto en ámbar, esperando ser liberado. Esperando su llegada.

El intruso se sentó en la balaustrada de piedra del balcón y miró hacia fuera, más allá del patio, más allá del cerro y más allá del anillo de colinas. Había silencio bajo la luz de la luna, y las mismas montañas parecían estar conteniendo el aliento, esperándolo.

El intruso levantó la mano y entonó una serie de cánticos. La primera vez, las rimas y ritmos llegaron suavemente, luego más fuerte, y finalmente con mucha más fuerza, haciendo pedazos la calma. En la distancia los lobos oyeron su cántico y lo devolvieron con el contrapunto de sus aullidos.

Y la imagen del joven fantasmal, que parecía tener los pies atrapados en el barro, respiró hondo, se echó al hombro su mochila de secretos y avanzó a duras penas hacia la entrada principal de la torre de Medivh.

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