El último guardián – Capítulo Uno – Katazhan

Khadgar se aferraba a la carta de presentación con el sello rojo e intentaba desesperadamente recordar su propio nombre. Había cabalgado durante días, acompañando a varias caravanas y finalmente haciendo en solitario el viaje hasta Karazhan tras atravesar el inmenso y agreste Bosque de Elwynn. Luego la larga escalada hasta la cima de las montañas, hasta este lugar sereno, vacío y solitario. Incluso el aire parecía frío y distante. Ahora, deshecho y cansado, el joven de barba desaliñada estaba plantado en el patio bajo el crepúsculo, petrificado ante lo que tenía que hacer.

Presentarse ante el mago más poderoso de Azeroth.

Un honor, habían dicho los eruditos del Kirin Tor. Una oportunidad, habían insistido, que no había que desaprovechar. Los mentores académicos de Khadgar, un cónclave de influyentes eruditos y hechiceros, le habían dicho que llevaban años intentando introducir un oído amigo en la torre de Karazhan. Los Kirin Tor querían aprender los conocimientos que el mago más poderoso de la tierra tenía ocultos en su biblioteca. Querían conocer las investigaciones que desarrollaba. Y más que nada querían que este mago solitario e independiente empezase a preparar su legado, querían saber cuándo el grande y poderoso Medivh planeaba entrenar a un heredero.

El gran Medivh y los Kirin Tor llevaban años en un tira y afloja por esos asuntos y por otros, aparentemente, y sólo ahora había hecho aquél, algunas concesiones. Sólo ahora tomaba un aprendiz. Fuese por un repentino arrepentimiento de su reputadamente duro corazón, una simple concesión diplomática o una percepción del mago de su propia mortalidad, eso no les importaba a los maestros de Khadgar. La única verdad era que este poderoso (y para Khadgar, misterioso) mago había solicitado un asistente, y los Kirin Tor, que gobernaban el reino mágico de Dalaran, estaban más que felices de acceder a la petición.

Así que el joven Khadgar fue seleccionado y enviado con una lista de instrucciones, órdenes, contraórdenes, peticiones, sugerencias, consejos y otras solicitudes de sus arcanos maestros. Pregúntale a Medivh por los combates de su madre contra los demonios, pidió Guzbah, su primer instructor. Entérate de todo lo que encuentres en su biblioteca acerca de la historia de los elfos, solicitó Lady Delth. Busca entre sus libros si tiene algún bestiario, ordenó Alonda, que estaba convencida de que había una quinta especie de troll que todavía no estaba registrada en sus volúmenes. Sé directo, sincero y honesto, le aconsejó el Artífice Jefe Norlan; parece que el Gran Magus Medivh valora esos rasgos del carácter. Sé diligente y haz lo que te digan. No haraganees. Que siempre parezca que estás interesado. Cuando estés de pie, ponte derecho. Y por encima de todo mantén los ojos y los oídos abiertos.

Las ambiciones de los Kirin Tor no es que preocuparan horriblemente a Khadgar; su educación en Dalaran y su temprano aprendizaje en el Cónclave le habían dejado claro que sus mentores poseían una curiosidad insaciable acerca de la magia en todas sus formas. Sus continuos catalogados, acumulación y definición de la magia quedaban impresos en los jóvenes estudiantes desde muy temprana edad, y Khadgar no era diferente a la mayoría.

De hecho, se daba cuenta, puede que hubiera sido su propia curiosidad la que había provocado su difícil situación. Sus propios vagabundeos nocturnos por las estancias de la Ciudadela Violeta de Dalaran habían descubierto más de un secreto que el Cónclave preferiría no revelar. El gusto del Artífice Jefe por el aguardiente, por ejemplo, o la predilección de Lady Delth por los jóvenes donceles de apenas una fracción de su edad, o la colección secreta de Korrigan el bibliotecario de panfletos describiendo (de un modo más bien escabroso) las prácticas de los adoradores de demonios del pasado.

Y había algo acerca de uno de los grandes sabios de Dalaran, el venerable Arrexis, una de las eminencias grises que incluso los otros respetaban. Había desaparecido, o muerto, o le había pasado algo terrible, y los demás decidieron no mencionarlo, incluso hasta el punto de borrar el nombre de Arrexis de los libros y no volver a nombrarlo. Pero a pesar de todo, Khadgar lo había descubierto. Khadgar poseía la capacidad de encontrar la referencia necesaria, hacer la deducción correcta o hablar con la persona adecuada en el momento adecuado. Era un don que podía llegar a ser una maldición.

Cualquiera de estos descubrimientos podía haber provocado que él consiguiera esta prestigiosa (y a pesar de todos los planes y advertencias, posiblemente fatal) misión. Quizá pensaron que el joven Khadgar era demasiado bueno descubriendo secretos; y mejor para el cónclave mandarlo a donde su curiosidad le hiciera algún bien a los Kirin Tor. O, al menos, donde estaría lo bastante lejos para no descubrir secretos acerca de los demás habitantes de la Ciudadela Violeta.

Y Khadgar, en su incansable fisgoneo, también había oído esa teoría.

Así que Khadgar partió con una mochila llena de notas, un corazón lleno de secretos y una cabeza llena de grandes exigencias y consejos inútiles. En la última semana antes de partir de Dalaran, había hablado con casi todos los miembros del Cónclave, cada uno de los cuales estaba interesado en algo acerca de Medivh. Para tratarse de un mago que vivía en mitad de ninguna parte, rodeado de árboles y de picos ominosos, los miembros de los Kirin Tor tenían una curiosidad extrema acerca de él. Ansiosa, incluso.

Respirando hondo (y recordando al hacerlo que aún estaba cerca de los establos), Khadgar avanzó a grandes zancadas hacia la torre propiamente dicha, y sintió los pies como si estuviera arrastrando su pony de carga por los tobillos.

La entrada principal bostezaba como la boca de una caverna, sin portón ni rastrillo. Eso tenía sentido. ¿Qué ejército se abriría paso por el bosque de Elwynn para escalar las paredes del cráter, y todo para luchar contra el Magus Medivh en persona? No había constancia de que nada ni nadie hubiera intentado alguna vez poner sitio a Karazhan.

La entrada envuelta en sombras era lo bastante alta como para dejar pasar a un elefante con todos sus arreos. Colgado sobre ella había un amplio balcón con la balaustrada de piedra blanca. Desde allí, uno estaría a la misma altura que las colinas circundantes y tendría a la vista las montañas que había al otro lado. Hubo un destello de movimiento en la balaustrada, un leve movimiento que Khadgar sintió más que vio. Una figura envuelta en una túnica, quizá, que se movía por el balcón hacia el interior de la torre propiamente dicha. ¿Incluso ahora lo observaban? ¿No había nadie para recibirlo o es que esperaban que se aventurase solo en la torre?

—¿Eres el nuevo joven? —dijo una voz baja, casi sepulcral; y a Khadgar, que mantenía levantada la cabeza, casi se le salió el corazón por la boca.

Se giró para ver una figura delgada y encorvada que emergía de las sombras de la entrada. La cosa encorvada parecía marginalmente humana, y por un momento, Khadgar se preguntó si Medivh estaría mutando animales del bosque para que trabajaran como sus criados. Éste parecía una comadreja sin pelo, y su alargado rostro estaba enmarcado por lo que parecía ser un par de rectángulos negros.

Khadgar no recordaba haber respondido, pero la persona comadreja salió más de las sombras.

—¿Eres el nuevo joven? —repitió.

Cada palabra fue pronunciada por separado, encapsulada en su propia cajita, articulada y separada de las demás. Salió por completo a la luz y se reveló como nada más o menos amenazador que un anciano delgado como un fideo vestido con una librea oscura de estambre. Un sirviente; humano, pero sirviente. Ello, o mejor dicho, él, llevaba unos rectángulos negros a los lados de la cabeza, como si fueran unas orejeras, que se extendían hacia delante en dirección a su prominente nariz. El joven se dio cuenta de que estaba mirando como un pasmarote al anciano.

—Khadgar —dijo, y tras un momento le entregó la carta de presentación—. De Dalaran. Khadgar de Dalaran, en el reino de Lordaeron. Me envían los Kirin Tor. De la Ciudadela Violeta. De Dalaran. En Lordaeron.

Se sentía como si estuviese tirando piedras de conversación a un gran pozo vacío, con la esperanza de que el anciano respondiera a alguna de ellas.

—Por supuesto que lo eres, Khadgar —dijo el anciano—. De los Kirin Tor. De la Ciudadela Violeta. De Dalaran.

El sirviente tomó la carta como si el documento fuera un reptil vivo y, tras alisar sus picos arrugados, se la guardó en el chaleco de la librea sin abrirla. Tras llevarla y protegerla durante tantos kilómetros, Khadgar sintió el dolor de la pérdida. La carta de presentación representaba su futuro, y no le gustaba verla desaparecer, ni siquiera un momento.

—Los Kirin Tor me envían a ayudar a Medivh. A Lord Medivh. Al mago Medivh. Medivh de Karazhan.

Khadgar se dio cuenta de que estaba a medio paso de ponerse a farfullar, y con un esfuerzo titánico cerró la boca firmemente.

—Estoy seguro de que sí —dijo el criado—. De que te mandaron, quiero decir.

Palpó el sello de la carta y una delgada mano se sumergió en su levita, sacando un par de rectángulos negros unidos por una estrecha banda metálica.

—¿Anteojeras?

Khadgar parpadeó.

—No; quiero decir, no, gracias.

—Moroes —dijo el criado.

Khadgar movió la cabeza.

—Me llamo Moroes —dijo el criado—. Mayordomo de la torre, senescal de Medivh. ¿Anteojeras? —Volvió a levantar los rectángulos negros, idénticos a los que enmarcaban su alargado rostro.

—No, gracias, Moroes —dijo Khadgar, con una mueca de curiosidad en el

rostro.

El criado se dio la vuelta y le hizo un leve gesto con la mano a Khadgar para que lo siguiera.

Khadgar recogió su mochila y tuvo que trotar para alcanzar al sirviente. A pesar de toda su aparente fragilidad, el mayordomo se movía a buen paso.

—¿Está usted sólo en la torre? —aventuró Khadgar mientras empezaba a subir un tramo curvo de escaleras anchas y bajas. La piedra estaba hundida en el centro, gastada por el paso de miles de pies de sirvientes y huéspedes.

—¿Eh? —respondió el criado.

—¿Está usted solo? —repitió Khadgar, preguntándose si se vería reducido a hablar como lo hacía Moroes para que lo entendieran—. ¿Vive usted aquí solo?

—El Magus está aquí —respondió Moroes con una voz sibilante que sonaba tan débil y muerta como el polvo de una tumba.

—Sí, por supuesto —dijo Khadgar.

—No tendría mucho sentido que tú estuvieras aquí si él no estuviera —continuó el mayordomo—. Aquí, quiero decir.

Khadgar se preguntó si la voz del anciano sonaba así porque no la usaba muy a menudo.

—Por supuesto —asintió Khadgar—. ¿Alguien más?

—Ahora tú —siguió Moroes—. Más trabajo cuidar de dos que de uno. Y no es que se me consultara.

—¿Así que normalmente están solos usted y el mago? —dijo Khadgar, preguntándose si al mayordomo lo habrían contratado (o creado) con su naturaleza taciturna en mente.

—Y Cocinas —dijo Moroes—. Aunque Cocinas no habla demasiado. A pesar de todo, gracias por preguntar.

Khadgar trató de contenerse para no levantar la vista al cielo, pero no lo consiguió. Tuvo la esperanza de que las anteojeras a ambos lados de la cara del mayordomo hubieran impedido que éste viera su respuesta.

Llegaron a un descansillo, una intersección de pasillos iluminada por antorchas. Moroes cruzó inmediatamente hasta otro tramo de escaleras desgastadas que había justo al frente. Khadgar se detuvo un momento para inspeccionar las antorchas. Puso una mano apenas a unos centímetros de la titilante llama, pero no sintió calor. Khadgar se preguntó si el fuego frío sería común por toda la torre. En Dalaran usaban cristales fosforescentes, que relucían con un brillo estable y constante, aunque sus investigaciones hablaban de espejos reflectantes, espíritus elementales vinculados a lámparas y, en un caso, enormes luciérnagas cautivas. Y, sin embargo, estas llamas parecían estar congeladas en su sitio.

Moroes, que había subido la siguiente escalera hasta la mitad, se dio la vuelta y carraspeó. Khadgar corrió para alcanzarlo. Aparentemente las anteojeras no limitaban tanto al viejo mayordomo.

—¿Por qué las anteojeras? —preguntó Khadgar.

—¿Eh? —replicó Moroes.

Khadgar se tocó el lado de la cabeza.

—Las anteojeras. ¿Para qué?

Moroes contrajo su rostro en lo que Khadgar sólo pudo suponer que era una

sonrisa.

—La magia es fuerte aquí. Fuerte, y a veces no está bien. Se ven… cosas… por aquí. A menos que tengas cuidado. Yo tengo cuidado. Los otros visitantes, los que vinieron antes que tú, ellos tuvieron menos cuidado. Ahora se han ido.

Khadgar pensó en el fantasma que podía o no podía haber visto en el balcón y

asintió.

—Cocinas tiene unas gafas de cuarzo rosa —añadió Moroes—. Dice que son lo mejor. —Hizo una pausa durante un instante y añadió—. Cocinas es un poco tonta.

Khadgar tenía la esperanza de que Moroes fuera algo más comunicativo una vez que tuviera más confianza.

—¿Lleva mucho tiempo al servicio del mago?

—¿Eh? —volvió a decir Moroes.

—¿Lleva mucho tiempo con él? —repitió Khadgar, esperando mantener la impaciencia fuera de su voz.

—Sí —dijo el mayordomo—. Lo suficiente. Demasiado. Parecen años. El tiempo aquí es así. —El ajado mayordomo dejó inacabada la frase y los dos subieron las escaleras en silencio.

—¿Qué sabe acerca de él? —preguntó finalmente Khadgar—. Del Magus, quiero decir.

—La cuestión es —dijo Moroes mientras abría una puerta para revelar otro tramo de escaleras—: ¿qué sabes tú?

Las investigaciones de Khadgar acerca del asunto habían sido sorprendentemente improductivas, y los resultados frustrantemente escasos. A pesar del acceso a la Gran Biblioteca de la Ciudadela Violeta (y el acceso subrepticio a unas cuantas bibliotecas privadas y colecciones secretas) había bastante poco acerca de este grande y poderoso Medivh. Y esto era doblemente raro, puesto que los magos más antiguos de Dalaran parecían sentir un temor reverencial hacia ese Medivh, y querían una cosa u otra de él. Algún favor, algún servicio, algo de información.

Medivh parecía ser un hombre joven, para lo que era normal entre los magos. Sólo tenía unos cuarenta y tantos años, y durante gran parte de este tiempo parecía no haber tenido ningún impacto en su entorno. Esto sorprendía a Khadgar. La mayoría de las historias que había oído y leído decían que los magos independientes solían ser bastante escandalosos, imprudentes a la hora de entrometerse en secretos que el hombre no debería conocer, y solían morir, quedar mutilados o malditos por mezclarse con poderes y energías más allá de su control. La mayoría de las lecciones que había aprendido de niño sobre los magos que no eran de Dalaran siempre acababan igual: sin límites, autocontrol ni reflexión, los magos espontáneos, autodidactas, sin el entrenamiento adecuado, siempre acababan mal; a veces, aunque no a menudo, destruyendo gran cantidad de las tierras circundantes.

El hecho de que Medivh no hubiera llegado a derrumbar sobre su cabeza un castillo, o a dispersar sus átomos por todo el Vacío Abisal, o a invocar un dragón sin saber controlarlo, indicaba o bien un gran autocontrol o un gran poder. Por todo el jaleo que los eruditos habían organizado con su nombramiento, y la lista de instrucciones que había recibido, Khadgar se inclinaba por lo último.

Y a pesar de todas sus investigaciones, no había logrado averiguar el porqué. No había indicios de ninguna investigación de importancia de este Medivh, ningún descubrimiento significativo, ningún logro determinante que explicase la evidente reverencia que los Kirin Tor sentían por este mago independiente. No se le conocían grandes guerras, grandes conquistas ni poderosas batallas. Los bardos eran notablemente lacónicos cuando se trataba de Medivh, y heraldos que por lo demás eran diligentes se encogían de hombros a la hora de discutir sus logros.

Y aun así, se daba cuenta Khadgar, aquí había algo importante, algo que creaba en los estudiosos una mezcla de miedo, respeto y envidia. Los Kirin Tor no consideraban sus iguales en conocimiento mágico a ningún otro mago, y de hecho solían tratar de obstaculizar a los magos que no estaban afiliados a la Ciudadela Violeta. Y sin embargo inclinaban la cabeza ante Medivh, ¿por qué?

Khadgar sólo tenía unos mínimos indicios: algo acerca de sus padres (Guzbah estaba especialmente interesado en la madre de Medivh); algunas notas marginales en un grimorio mencionando su nombre y referencias a sus ocasionales visitas a Dalaran. Todas estas visitas habían sido en los últimos cinco años, y aparentemente Medivh sólo se había entrevistado con los magos más ancianos, como el desaparecido Arrexis.

En suma, Khadgar sabía bien poco de este presunto gran mago para el que le habían encargado que trabajase. Y puesto que él pensaba que el conocimiento era su armadura y su espada, se sentía terriblemente mal preparado para el encuentro que se avecinaba.

—No mucho —dijo en voz alta.

—¿Eh? —respondió Moroes girándose en las escaleras.

—He dicho que no sé mucho —dijo Khadgar levantando la voz más de lo que hubiera deseado.

Su voz reverberó en las paredes desnudas de la escalera. Ésta se curvaba, y Khadgar se preguntó si la torre era realmente tan alta como parecía. Le dolían las pantorrillas de la subida.

—Por supuesto que no —dijo Moroes—. Que no sabes, quiero decir. La gente joven nunca sabe mucho. Eso es lo que los hace jóvenes, supongo.

—Quiero decir… —dijo Khadgar irritado. Hizo una pausa para tomar aliento—. Quiero decir que no sé mucho acerca de Medivh. Usted preguntó.

Moroes se detuvo un instante, con el pie apoyado en el siguiente peldaño.

—Supongo que pregunté —dijo al fin.

—¿Cómo es? —preguntó Khadgar con gesto suplicante.

—Como todo el mundo, supongo —dijo Moroes—. Tiene sus cosas, tiene sus días. Buenos y malos. Como todo el mundo.

—Se pone los pantalones por los pies —dijo Khadgar con un suspiro.

—No, se los pone levitando —dijo Moroes. El viejo criado miró a Khadgar, y el joven pudo distinguir el leve indicio de una sonrisa cruzando el rostro del anciano—. Una escalera más.

La última escalera era de caracol, y Khadgar supuso que estarían llegando a la espira más alta de la torre. El viejo criado abría la marcha.

La escalera se abría a una pequeña habitación circular, rodeada por un amplio parapeto. Como había supuesto Khadgar, estaban en la cima de la torre, que tenía un gran observatorio. Las paredes y el techo estaban atravesados por ventanas de cristal, limpias y sin empañar. En el tiempo que les había llevado la subida había caído la noche, y el cielo estaba oscuro y salpicado de estrellas.

El observatorio en sí estaba oscuro, iluminado por unas pocas antorchas de la misma luz fija que había en los demás sitios. Pero éstas estaban cubiertas, ya que habían sido tapadas para poder observar el cielo nocturno. En el centro de la habitación reposaba un brasero apagado listo para ser usado más tarde, puesto que la temperatura bajaría a medida que se acercara la mañana.

Había varias grandes mesas ovaladas repartidas junto a las paredes del observatorio, cubiertas con todo tipo de aparatos. Niveles de plata y astrolabios de oro servían de pisapapeles para mantener antiguos textos abiertos por ciertas páginas. En una mesa había una maqueta a medio montar que mostraba el movimiento de los planetas por la bóveda celestial, junto con los finos alambres, las bolas y unas delicadas herramientas. Había cuadernos de notas apilados contra una pared, y más en cajas atestadas que había bajo las mesas. Un mapa enmarcado del continente mostraba las tierras meridionales de Azeroth y Lordaeron, la patria de Khadgar, junto con los reinos enano y élfico de Khaz Modan y Quel’Thalas, tan dados a aislarse. En el mapa había clavadas multitud de chinchetas, constelaciones que sólo Medivh podía descifrar.

Y Medivh estaba allí, porque para Khadgar no podía ser otro. Era un hombre de edad mediana, con el pelo largo y recogido en una cola de caballo. En su juventud su pelo seguramente habría sido negro como el azabache, pero ahora ya estaba encaneciendo en las sienes y la barba. Khadgar sabía que esto les pasaba a muchos magos, por la tensión de las energías mágicas que manipulaban.

Medivh iba vestido con ropas sencillas para un mago, bien confeccionadas y ajustadas a su recia osamenta. Un corto tabardo, no adornado por decoración alguna, colgaba hasta su cintura, sobre unos pantalones remetidos en unas botas excesivamente grandes. Una voluminosa capa marrón colgaba de sus anchos hombros, y tenía la capucha echada hacia atrás.

Cuando los ojos de Khadgar se acostumbraron a la oscuridad, se dio cuenta de que estaba equivocado acerca de que la ropa del mago no estaba decorada. De hecho estaba entretejida con filigrana de plata, de una factura tan delicada que era invisible a primera vista. Observando la espalda del mago, Khadgar se dio cuenta que estaba mirando al rostro estilizado de un antiguo demonio legendario. Parpadeó, y en ese instante la tracería se transformó en un dragón enroscado, y luego en el cielo nocturno.

Medivh les daba la espalda al viejo criado y al joven, ignorándolos por completo. Estaba de pie junto a una de las mesas, con un astrolabio dorado en una mano y un cuaderno de notas en la otra. Parecía perdido en sus pensamientos, y Khadgar se preguntó si ésta sería una de las “cosas” acerca de las que le había prevenido Moroes.

Khadgar se aclaró la garganta y dio un paso al frente, pero Moroes levantó una mano. Khadgar se quedó inmóvil, como si hubiera quedado paralizado por un conjuro mágico.

En su lugar el viejo sirviente caminó en silencio hasta un lado del maestro hechicero, esperando que Medivh advirtiera su presencia. Pasó un minuto. Un segundo minuto. Y luego un periodo que Khadgar juró que era una eternidad.

Finalmente, la figura de la capa dejó el astrolabio e hizo tres rápidas anotaciones en el cuaderno de notas. Cerró en seco el libro y dirigió la vista hacia Moroes.

Al ver su rostro por primera vez, Khadgar pensó que Medivh era mucho más viejo de los cuarenta y tantos años que se le suponían. El rostro estaba arrugado y envejecido. Se preguntó qué magias blandiría Medivh que habían escrito una historia tan profunda en su rostro.

Moroes se metió la mano en el chaleco y sacó la arrugada carta de presentación, cuyo sello escarlata parecía ahora rojo como la sangre bajo la uniforme luz de aquellas antorchas que no parpadeaban. Medivh se dio la vuelta y observó al joven.

Los ojos del mago estaban hundidos bajo unas pobladas cejas oscuras, pero Khadgar se dio cuenta enseguida del poder que yacía bajo ellos. Algo danzaba y parpadeaba bajo esos ojos de color verde oscuro, algo poderoso y quizá incontrolado. Algo peligroso. El maestro mago le echó una ojeada, y en un momento Khadgar sintió que el mago había examinado el total de su existencia y no la había encontrado más interesante que la de un escarabajo o una pulga.

Medivh apartó la vista de Khadgar y miró la carta de presentación, que seguía lacrada. Khadgar se sintió relajado casi de inmediato, como si un depredador grande y hambriento hubiera pasado de largo sin hacerle caso.

Su alivio duró poco. Medivh no abrió la carta. En vez de eso frunció ligeramente el ceño y el pergamino estalló en llamas con una explosiva ráfaga de aire. Las llamas se agolparon en el extremo opuesto al que él sostenía el documento, y temblaron con una tonalidad intensa y azulada.

Cuando Medivh habló, su voz fue a la vez grave y divertida:

—Bueno —dijo, ignorando el hecho de que sostenía el futuro de Khadgar ardiendo en su mano—. Parece que por fin ha llegado nuestro joven espía.

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