El último guardián – Capítulo Dos – Entrevista con el Magus

 ¿Algún problema? —preguntó Medivh, y Khadgar volvió a sentirse súbitamente bajo la mirada del archimago.

De nuevo se sentía como un escarabajo, pero esta vez como uno que inadvertidamente hubiera atravesado la mesa de trabajo de un coleccionista de insectos. Las llamas ya habían consumido media carta de presentación, y el sello de lacre se estaba derritiendo, goteando sobre las losas del suelo del observatorio.

Khadgar era consciente de que tenía los ojos desorbitados, el rostro demacrado y pálido y la boca abierta con la mandíbula colgando. Intentó obligar al aire a salir de su cuerpo, pero lo único que pudo conseguir fue un siseo estrangulado. Las pobladas cejas oscuras se arquearon en una mirada divertida.

—¿Estás enfermo? Moroes, ¿el muchacho está enfermo?

—Cansado, quizá —dijo Moroes en un tono neutro—. Ha sido una larga subida.

Finalmente, Khadgar logró recuperar la suficiente compostura para gritar.

—¡La carta!

—Ah —dijo Medivh—. Sí, gracias, casi me olvidaba.

Caminó hasta el brasero y dejó caer el pergamino ardiendo sobre los carbones. La llamarada azul se alzó espectacularmente hasta la altura más o menos del hombro, y luego disminuyó hasta convertirse en una llama normal, que llenaba la habitación con un brillo cálido y rojizo. De la carta de presentación, con su pergamino y su sello escarlata inscrito con el símbolo de los Kirin Tor, no quedaba ni rastro.

—¡Pero si ni la ha leído! —dijo Khadgar. Entonces se dio cuenta—. Quiero decir, señor, con todo respeto…

El archimago soltó una risita y se sentó en una gran silla hecha de lienzo y madera oscura tallada. El brasero iluminaba su rostro, resaltando las arrugas que formaba su sonrisa. A pesar de esto, Khadgar no lograba tranquilizarse.

Medivh se inclinó hacia delante en la silla.

—Oh, Grande y Respetado Magus Medivh —dijo—, Archimago de Karazhan: Le traigo saludos de los Kirin Tor, la más letrada y poderosa de todas las academias, gremios y asociaciones mágicas; consejeros de reyes, maestros de los eruditos, reveladores de secretos. Y siguen así un buen rato, dándose más aires con cada frase. ¿Cómo voy hasta ahora?

—No sabría decir —respondió Khadgar—. Me dieron instrucciones.

—De no abrir la carta —acabó Medivh—. Pero lo hiciste de todos modos.

El archimago levantó la vista para mirar al joven, y a Khadgar se le hizo un nudo en la garganta. Algo parpadeó en los ojos de Medivh, y Khadgar se preguntó si el archimago tendría el poder de lanzar conjuros sin que nadie se diera cuenta.

Khadgar asintió lentamente, preparándose para la respuesta.

Medivh soltó una carcajada.

—¿Cuándo?

—En el…. en el viaje desde Lordaeron hasta Kul Tiras —dijo Khadgar, inseguro de si lo que diría iba a divertir o a irritar a su posible mentor—. Tuvimos calma chicha un par de días y….

—La curiosidad pudo contigo —Medivh volvió a acabar la frase por él. Sonrió, y fue una limpia sonrisa blanca bajo una barba entrecana—. Yo probablemente la habría abierto en el mismo momento en el que hubiera perdido de vista la Ciudadela Violeta.

Khadgar respiró hondo.

—Lo pensé, pero supuse que tendrían activado algún conjuro de adivinación, al menos a ese alcance —dijo.

—Y querías estar lejos de cualquier conjuro o mensaje que te llamara de vuelta si abrías la carta. Y la volviste a cerrar lo bastante bien para burlar una inspección superficial, seguro de que yo rompería el sello enseguida y no notaría la manipulación. —Medivh se permitió una risita, pero su rostro adquirió un gesto de concentración—. ¿Cómo lo he hecho? —preguntó.

Khadgar parpadeó.

—¿Hacer qué, señor?

—Saber lo que ponía en la carta —dijo Medivh, mientras bajaban las comisuras de su boca—. La carta que acabo de quemar dice que encontraré al joven Khadgar muy impresionante por su capacidad deductiva y su inteligencia. Impresióname.

Khadgar miró a Medivh, y la sonrisa jovial de unos segundos antes se había evaporado. El rostro sonriente era ahora el de algún dios primigenio labrado en piedra, crítico e implacable. Los ojos que antes habían chispeado de diversión ahora parecían ocultar a duras penas una furia contenida. Las cejas estaban fruncidas juntas como los nubarrones de una tormenta en formación.

Khadgar tartamudeó unos instantes antes de empezar a hablar.

—Ha leído mi mente.

—Posible —dijo Medivh—. Pero incorrecto. Ahora mismo eres un manojo de nervios, y eso dificulta la lectura de mentes. Una mal.

—Ya ha recibido usted antes este tipo de cartas —dijo Khadgar—. De los Kirin Tor. Usted sabe el tipo de cartas que escriben.

—También es posible —dijo el archimago—. Puesto que he recibido tales cartas, y sí que suelen ser abrumadoras en su tono de autocomplacencia. Pero tú conoces las palabras exactas igual que yo. Un buen intento, el más obvio, pero tampoco es correcto. Dos mal.

La boca de Khadgar formó una delgada línea. Tuvo una intuición y el corazón empezó a latirle con fuerza en el pecho.

—Simpatía —dijo al fin.

Los ojos de Medivh siguieron inescrutables, y su voz se mantuvo monocorde.

—Explícate.

Khadgar respiró hondo.

—Una de las leyes de la magia. Cuando alguien manipula un objeto deja en él mismo una parte de su propia aura o vibración mágica. Como las auras varían según el individuo, es posible establecer una conexión con alguien a través de su aura. De esta forma un mechón de pelo puede convertirse en un talismán de amor o se puede rastrear una moneda hasta su propietario original.

Los ojos de Medivh se entrecerraron y se pasó un dedo por su barbuda mejilla.

—Continúa.

Khadgar se detuvo unos instantes, sintiendo sobre sí el peso de los ojos de Medivh. Eso era lo que había aprendido en las clases. Estaba a medio camino, pero ¿cómo la había usado él para averiguar… ?

—Cuanto más usa alguien un objeto, más fuerte es la resonancia —dijo rápidamente Khadgar—. Así que por lo tanto un objeto que experimente mucha manipulación o reciba mucha atención tendrá una simpatía más fuerte. —Ahora le salían más palabras y más rápido—. Así que un documento que alguien ha escrito tiene más aura que un pergamino en blanco; y la persona se concentra en lo que escribe, así que. —Khadgar hizo una pausa para reorganizarse las ideas—. Usted ha leído una mente, pero no la mía, sino la del escribano que redactó la carta en el momento en que la estaba escribiendo; ha captado sus pensamientos reforzando las palabras.

—Sin tener que abrir el documento —dijo Medivh, y la luz volvió a danzar en sus ojos—. ¿Y cómo le sería útil este truco a un estudioso?

Khadgar parpadeó un instante y apartó la vista del archimago, tratando de evitar su penetrante mirada.

—Se podrían leer libros sin tener que leerlos.

—Algo muy útil para un investigador —dijo Medivh—. Perteneces a una comunidad de estudiosos, ¿por qué no lo hacen?

—Porque. porque. —Khadgar pensó en el viejo Korrigan, que podía encontrar cualquier cosa en la biblioteca, incluso la mínima nota marginal—. Creo que lo hacemos, pero sólo los miembros más ancianos del cónclave.

Medivh asintió.

—Y eso es porque.

Khadgar pensó durante un momento y luego negó con la cabeza.

—¿Quién escribiría si todo el conocimiento pudiera extraerse con una orden mental y una ráfaga de magia? —sugirió Medivh. Luego sonrió, y Khadgar se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración.

—No eres malo, nada malo. ¿Sabes de contraconjuros?

—Hasta el quinto repertorio.

—¿Tienes poder para un rayo místico? —preguntó enseguida Medivh.

—Uno o dos, pero es agotador —respondió el joven, sintiendo de repente que la conversación volvía a ponerse seria.

—¿Y tus elementos primarios?

—Soy más fuerte con el fuego, pero los conozco todos.

—¿Y la magia de la naturaleza? —preguntó Medivh—. ¿Madurar, seleccionar, recolectar? ¿Puedes tomar una semilla y extraerle la juventud hasta convertirla en una flor?

—No, señor. Fui entrenado en una ciudad.

—¿Puedes hacer un homúnculo?

—Las doctrinas no lo ven con buenos ojos, pero conozco los principios implicados —dijo Khadgar—. Si siente usted curiosidad…

Los ojos de Medivh se iluminaron un momento.

—¿Has navegado hasta aquí desde Lordaeron? —dijo—. ¿En qué tipo de barco?

Khadgar quedó fuera de juego un momento por el repentino cambio de tema.

—Sí, esto. una goleta tirassiana, la Brisa Majestuosa —contestó.

—Desde Kul Tiras —acabó Medivh—. ¿Tripulación humana?

—Sí.

—¿Hablaste con alguno de la tripulación?

De nuevo Khadgar se sintió pasar de la charla al interrogatorio.

—Un poco —dijo—. Creo que mi acento les parecía divertido.

—Las tripulaciones de los barcos de Kul Tiras se divierten con poco —dijo Medivh—. ¿Algún no humano en la tripulación?

—No, señor —respondió Khadgar—. Los tirassianos contaron historias de unos hombres-pez. Los llamaron murlocs. ¿Son reales?

—Lo son —dijo el Magus—. ¿Con qué otras razas has tenido tratos? Sin contar las variaciones de la humana.

—Una vez llegaron a Dalaran varios gnomos —dijo Khadgar—. Y he conocido artífices enanos en la Ciudadela Violeta. Conozco los dragones a través de las leyendas; en una de las academias vi una vez el cráneo de un dragón.

—¿Y qué hay de los trolls o los goblins? —dijo Medivh.

—Trolls —dijo Khadgar—. Cuatro variedades conocidas de trolls; puede que haya una quinta.

—Eso son las paparruchas que enseña Alonda —murmuró Medivh, pero le hizo un gesto a Khadgar para que siguiera.

—Los trolls son salvajes, más grandes que los humanos. Muy altos y fibrosos, con rasgos alargados. Esto… —meditó unos instantes—, organización tribal. Casi completamente apartados de las tierras civilizadas, casi extintos en Lordaeron.

—¿Goblins?

—Mucho más pequeños, de tamaño más parecido a los enanos, con la misma inventiva pero con un cariz destructivo. Temerarios. He oído que como raza están locos.

—Sólo los inteligentes —dijo Medivh—. ¿Sabes algo acerca de los demonios?

—Por supuesto, señor —dijo rápidamente Khadgar—. Quiero decir de las leyendas, señor. Y conozco las abjuraciones y protecciones apropiadas. Se las enseñan a todos los magos de Dalaran desde el primer día de entrenamiento.

—Pero nunca has invocado uno —dijo Medivh—. Ni has estado presente cuando otro lo ha hecho.

Khadgar parpadeó, preguntándose si sería una pregunta trampa.

—No, señor, ni se me ocurriría.

—No lo dudo —dijo el mago, con la más fina ironía en su voz—. Que no se te ocurriría. ¿Sabes lo que es un Guardián?

—¿Un Guardián? —Khadgar percibió un nuevo giro en la conversación—. ¿Un vigía? ¿Un guardia? ¿Quizá otra raza? ¿Es algún tipo de monstruo? ¿Quizá un protector contra los monstruos?

Ahora Medivh sonrió y negó con la cabeza.

—No te preocupes. Se supone que no debes saberlo, es parte del truco. — Entonces levantó la vista—. Bueno ¿qué sabes de mí?

Khadgar buscó por el rabillo del ojo a Moroes el senescal, y de repente se dio cuenta de que el sirviente se había desvanecido, despareciendo entre las sombras. El joven tartamudeó por unos instantes.

—Los magos de los Kirin Tor tienen un alto concepto de usted —logró decir al final, diplomáticamente.

—Obviamente —dijo Medivh con brusquedad.

—Es usted un poderoso mago independiente, supuestamente consejero del rey Llane de Azeroth.

—De vuelta a lo mismo —dijo Medivh asintiéndole al joven.

—Aparte de eso… —Khadgar dudó, preguntándose si realmente el mago podía leerle la mente.

—¿Sí?

—Nada concreto que justifique la alta estima. —dijo Khadgar.

—Y el miedo —terció Medivh.

—Y la envidia —acabó Khadgar, sintiéndose repentinamente molesto por las preguntas, inseguro acerca de cómo responder—. Nada en concreto que explique directamente el gran respeto que le profesan los Kirin Tor.

—Se supone que ha de ser así —le espetó Medivh malhumorado, frotándose las manos sobre el brasero—. Se supone que ha de ser así.

Khadgar no podía creer que el mago tuviera frío. Él mismo podía sentir el sudor nervioso correrle por la espalda.

Por fin, Medivh levantó la mirada, y la tormenta volvió a cernirse en sus ojos.

—Pero ¿qué sabes acerca de mí?

—Nada, señor —dijo Khadgar.

—¿Nada? —Medivh levantó la voz, que pareció retumbar por todo el observatorio—. ¿Nada? ¿Has recorrido todo este camino por nada? ¿Ni siquiera te has molestado en investigar? Quizá yo no sea más que una excusa para que tus maestros te quiten de en medio, con la esperanza de que mueras en el trayecto. No sería la primera vez que alguien lo intenta.

—No había tanto que investigar. No es que usted haya hecho mucho — respondió Khadgar un tanto irritado; luego respiró hondo, dándose cuenta de con quién estaba hablando y lo que estaba diciendo—. Quiero decir, no mucho que yo haya podido encontrar, quiero decir…

Esperó un estallido de furia del mago, pero Medivh se limitó a emitir una risita.

—¿Y qué pudiste encontrar? —preguntó.

Khadgar suspiró.

—Usted proviene de un linaje de hechiceros. Su padre era un mago de Azeroth, un tal Nielas Aran. Su madre era Aegwynn, que puede ser un título en vez de un nombre, uno que se remonta al menos ochocientos años en el pasado. Creció usted en Azeroth y conoce desde la infancia al rey Llane y a Sir Lothar. Aparte de eso. — Khadgar dejó la frase inacabada—. Nada.

Medivh miró al interior del brasero y asintió.

—Bueno, eso es algo, más de lo que solía encontrar la mayoría de la gente.

—Y su nombre significa “guardián de los secretos” en alto élfico —añadió Khadgar—. También encontré eso.

—Demasiado cierto —dijo Medivh, quien repentinamente parecía cansado. Miró fijamente al brasero durante un rato—. Aegwynn no es un título —dijo al fin—. Simplemente es el nombre de mi madre.

—Entonces es que ha habido varias Aegwynn, quizá sea un apellido —sugirió Khadgar.

—Sólo una —dijo sombrío Medivh.

Khadgar emitió una risita nerviosa.

—Pero eso significaría que tenía.

—Algo más de setecientos cincuenta años cuando yo nací —dijo Medivh con un sorprendente resoplido—. Era bastante mayor. Fui un hijo tardío en su vida. Lo que puede ser una de las razones por las que los Kirin Tor están interesados en lo que guardo en mi biblioteca. Que es el motivo de que te hayan mandado aquí.

—Señor —dijo Khadgar tan serio como pudo—. Para ser sincero, todos los magos excepto los de posición más elevada de los Kirin Tor quieren que averigüe algo de usted. Lo haré lo mejor que pueda, pero si hay algún material que usted desee mantener restringido u oculto, lo comprendo perfectamente…

—Si yo hubiera pensado eso, nunca hubieras atravesado el bosque para llegar hasta aquí —dijo Medivh con repentina seriedad—. Necesito alguien para ordenar y clasificar la biblioteca, para empezar, y luego trabajaremos en los laboratorios alquímicos. Sí, lo harás bien. Verás, yo conozco el significado de tu nombre igual que tú el mío.

—¡Moroes!

—Aquí, señor —dijo el sirviente, manifestándose repentinamente entre las sombras. Muy a su pesar, Khadgar dio un salto.

—Lleva al joven abajo a su habitación y asegúrate de que coma algo. Ha sido un día largo para él.

—Por supuesto, señor —dijo Moroes.

—Una pregunta, maestro —dijo Khadgar, sobreponiéndose—. Quiero decir Lord Magus, señor.

—Por ahora llámame Medivh. También respondo a Guardián de los Secretos y a algunos nombres más, no todos ellos conocidos.

—¿Qué ha querido decir con eso de que conoce mi nombre?

Medivh sonrió, y repentinamente la habitación volvió a parecer cálida y acogedora.

—No hablas enano —observó.

Khadgar negó con la cabeza.

—Mi nombre significa “guardián de los secretos” en alto élfico. Tu nombre significa “confianza” en la antigua lengua enana. Así que espero que hagas honor a tu nombre, joven Khadgar, Joven Confianza.

Moroes condujo al joven hasta sus habitaciones, en el tramo central de la torre, dándole explicaciones con esa voz fantasmal y definitiva mientras descendían por las escaleras. Las comidas en la torre de Medivh eran sencillas: gachas y salchichas para desayunar, un almuerzo frío y una cena copiosa y abundante, normalmente un estofado o un asado servido con vegetales. Cocinas se retiraba tras la cena, pero siempre quedaban sobras en la cámara de frío. El horario de Medivh podía ser descrito, de forma caritativa, como “errático”, y Moroes y Cocinas hacía ya mucho que habían aprendido a acomodarse a él con un mínimo de molestias por su parte.

Moroes informó al joven Khadgar de que, como asistente en vez de criado, él no tendría el mismo lujo. Se esperaba que estuviese disponible para ayudar al archimago en cualquier momento en que éste lo considerara necesario.

—Como aprendiz ya me esperaba eso —dijo Khadgar.

Moroes se volvió en mitad de un paso (estaban andando por una tribuna elevada que dominaba lo que parecía ser un salón de recepciones o de baile).

—Aún no eres aprendiz, niño —dijo Moroes casi sin voz—. Ni por asomo.

—Pero Medivh ha dicho…

—Que podías ordenar la biblioteca —dijo Moroes—. Trabajo para un asistente, no para un aprendiz. Otros han sido asistentes, ninguno ha llegado a ser aprendiz.

Khadgar frunció el ceño y sintió en el rostro la calidez del azoramiento. No se había esperado que hubiera un nivel inferior al de aprendiz en la jerarquía de los magos.

—¿Cuánto hace desde. ?

—Realmente no sabría decirlo —dijo a duras penas el sirviente—. Nadie ha llegado tan lejos.

A Khadgar se le ocurrieron dos preguntas al mismo tiempo. Dudó, y luego preguntó.

—¿Cuántos asistentes más ha habido?

Moroes miró abajo por la barandilla de la tribuna, y su mirada pareció desenfocarse. Khadgar se preguntó si el sirviente estaba pensando o si lo habría cogido fuera de juego. La habitación que había más abajo estaba escasamente amueblada con una pesada mesa central con sillas. Estaba sorprendentemente desnuda, y Khadgar supuso que Medivh no celebraría muchos banquetes.

—Decenas —dijo por fin Moroes—. Por lo menos. La mayoría de ellos de Azeroth. Un elfo. No, dos elfos. Eres el primero de los Kirin Tor.

—Decenas —repitió Khadgar, y el alma se le cayó a los pies mientras pensaba cuántas veces habría bienvenido Medivh a un joven aprendiz a su servicio. Entonces hizo la segunda pregunta.

—¿Cuánto duraron?

Esta vez, Moroes gruñó.

—Días. A veces horas. Un elfo ni siquiera llegó hasta las escaleras de la torre. —Dio unos toquecitos a las anteojeras que llevaba a ambos lados de su anciana cabeza—. Ven cosas, ¿sabes?

Khadgar pensó en la figura de la puerta principal y se limitó a asentir.

Al fin llegaron al alojamiento de Khadgar, en un pasillo lateral no muy lejos del salón de banquetes.

—Ponte cómodo —dijo Moroes entregándole a Khadgar la lámpara—. El baño está al fondo del pasillo. Hay un orinal debajo de la cama. Baja a la cocina. Cocinas te tendrá preparado algo caliente.

La habitación de Khadgar era una estrecha cuña de la torre, más apropiada como alojamiento de un monje cenobita que de un mago. Una estrecha cama junto a una pared, y una mesa igualmente estrecha junto a la otra con una estantería vacía sobre ella. Un armario para la ropa. Khadgar arrojó su petate al interior del armario sin abrirlo, y anduvo hasta la también estrecha ventana.

Ésta era una delgada lámina de cristal emplomado, montada verticalmente en un vástago central. Khadgar empujó una mitad, y la ventana se abrió lentamente, mientras rebosaba el casi solidificado aceite de la bisagra inferior.

La vista seguía siendo desde un punto bastante alto en el costado de la torre, y las colinas que la rodeaban se veían grises y desnudas bajo la luz de las lunas gemelas. Desde esta altura, a Khadgar le resultaba evidente que las colinas habían sido alguna vez un cráter, gastado y erosionado por el paso de los años. ¿Había sido arrancada alguna montaña de este lugar como un diente podrido? ¿O quizá es que el anillo de colinas no se había elevado, y el resto de las montañas circundantes habían subido más rápido, dejando sólo este lugar de poder clavado en el sitio?

Khadgar se preguntó si la madre de Medivh habría estado aquí cuando la tierra se alzó o se hundió, o fue golpeada por un trozo del cielo. Ochocientos años era mucho incluso para la medida de los magos. Tras doscientos años, según enseñaban las viejas lecciones, la mayoría de los magos humanos estaban mortalmente delgados y frágiles. ¡Tener setecientos años y dar a luz un hijo! Khadgar agitó la cabeza y se preguntó si le estaría tomando el pelo.

Khadgar se quitó la capa de viaje e hizo una visita a las instalaciones del fondo del pasillo. Eran espartanas, pero incluían un aguamanil de agua fría, una palangana y un buen espejo que no había perdido el lustre. Khadgar pensó en usar un sencillo conjuro para calentar el agua, pero decidió limitarse a aguantar.

El agua resultó vigorizante, y Khadgar se sintió mejor mientras se cambiaba a una ropa menos polvorienta: una cómoda camisa que le llegaba casi hasta las rodillas y unos resistentes pantalones. Su ropa de trabajo. Sacó un estrecho cuchillo de comer del macuto y, tras pensarlo unos instantes, se lo metió en la caña de una bota.

Volvió a salir al pasillo, y se dio cuenta de que no tenía una idea clara de dónde estaba la cocina. No había visto ningún cobertizo para cocinar junto a los establos, así que seguramente estaría dentro de la misma torre. Posiblemente en la planta baja o en una próxima, con una bomba de agua para traer agua desde el pozo. Con el camino expedito hasta el salón de banquetes, se usara éste o no.

Khadgar encontró con facilidad la galería sobre el salón de banquetes, pero tuvo que buscar para encontrar la escalera, estrecha y retorcida, que conducía hasta el salón. Desde el salón de banquetes propiamente dicho podía elegir entre varias salidas. Khadgar escogió la más probable y acabó en un pasillo sin salida con habitaciones vacías a ambos lados, parecidas a la suya. Una segunda elección tuvo un resultado parecido.

La tercera condujo al joven al fragor de una batalla.

No se lo esperaba. En un momento estaba caminando sobre unos bajos escalones de losas de piedra, preguntándose si iba a necesitar un mapa, una campana o un cuerno de caza para recorrer la torre. Al momento siguiente el techo sobre él se había abierto a un brillante cielo del color de la sangre fresca, y estaba rodeado de hombres con armadura, aprestados para la batalla.

Khadgar dio un paso atrás, pero el pasillo se había desvanecido tras él, dejando sólo un paisaje agreste y desolado muy diferente de cualquiera de los que conocía. Los hombres estaban gritando y señalando, pero sus voces, a pesar del hecho de que estaban junto a Khadgar, sonaban ininteligibles y apagadas, como si le estuvieran hablando desde debajo del agua.

¿Un sueño?, pensó Khadgar. Quizá se había echado un rato y se había quedado dormido, y todo esto era un terror nocturno provocado por sus propias preocupaciones. Pero no, casi podía sentir el calor de los moribundos, el sol en su piel y la brisa, y los hombres gritando se movían a su alrededor.

Era como si se hubiera separado del resto del mundo, ocupando su propia isla diminuta, con sólo el más débil contacto con la realidad que lo rodeaba. Como si se hubiera convertido en un fantasma.

Y de hecho los soldados lo ignoraban como si fuera un espíritu. Khadgar alargó la mano para agarrar a uno por el hombro, y para su propio alivio la mano no atravesó la abollada hombrera. Hubo resistencia, pero sólo la mínima; podía sentir la solidez de la armadura y, si se concentraba, percibir las aristas del metal abollado.

Khadgar se dio cuenta de que estos hombres habían luchado, dura y recientemente. Sólo un hombre de cada tres no llevaba algún tipo de tosco vendaje, enseñas de guerra manchadas de sangre que sobresalían por debajo de sucias armaduras y yelmos abollados. Sus armas también estaban melladas y salpicadas de escarlata seco. Había caído en un campo de batalla.

Khadgar examinó su posición. Estaban en la cima de un pequeño cerro, un mero pliegue en las llanuras ondulantes que parecían rodearlos. La vegetación que había existido la habían cortado y formado con ella toscas fortificaciones, defendidas ahora por hombres de rostro lúgubre. Esto no era un reducto seguro, ni un castillo ni un fuerte. Habían elegido este punto para luchar sólo porque no había otro.

Los soldados se apartaron cuando el que parecía ser su jefe, un hombre grande de barba blanca y anchos hombros, se abrió paso a empujones. Su armadura estaba tan baqueteada como las demás, pero consistía en una coraza pectoral sobre una túnica escarlata de estudioso, de un tipo que no habría estado fuera de lugar en las estancias de los Kirin Tor. El dobladillo, las mangas y el chaleco de la túnica estaban inscritos con runas de poder, algunas de las cuales reconoció Khadgar, pero otras le resultaron completamente ajenas. La nívea barba del líder le llegaba casi hasta la cintura, tapando la armadura que quedaba bajo ella, y llevaba un bacinete rojo con una sola gema dorada en el ceño. En una mano empuñaba un bastón rematado por una gema, y una espada de color rojo oscuro en la otra. El líder estaba gritándoles a los soldados con una voz que a Khadgar le sonaba como el rugido del mismo mar. Sin embargo, los guerreros parecían saber lo que estaba diciendo, puesto que formaron ordenadamente a lo largo de las barricadas, mientras que otros llenaban los huecos que había entre éstas.

El comandante de barba nevada pasó pegado a Khadgar, y muy a su pesar el joven trastabilló hacia atrás, apartándose del camino. El comandante no debería haberlo notado, no más de lo que lo habían hecho los ensangrentados guerreros.

Pero el comandante lo notó. Su voz se entrecortó un instante, tartamudeó, apoyó mal el pie en el desigual suelo del cerro rocoso y casi se cayó. Y sin embargo se dio la vuelta y miró a Khadgar.

Sí, miró a Khadgar, y el futuro aprendiz tuvo claro que el anciano mago- guerrero lo veía y lo veía con claridad. Los ojos del comandante miraron profundamente a los de Khadgar y por un momento éste se sintió como se había sentido bajo la fulminante mirada de Medivh. Y, si acaso, ésta era más intensa. Khadgar miró al comandante a los ojos.

Y lo que allí vio lo hizo gemir. Muy a su pesar se dio la vuelta, rompiendo el contacto ocular con el mago-guerrero.

Cuando Khadgar volvió la mirada de nuevo, el comandante estaba asintiendo. Fue una inclinación de cabeza breve, casi despectiva, y el anciano tenía los labios apretados. Entonces el líder de barba nevada partió, gritando a los guerreros, exhortándolos a defenderse.

Khadgar quiso ir tras él, perseguirlo y descubrir cómo podía verlo cuando los demás no podían, y qué podía decirle, pero a su alrededor surgió un grito, el grito amortiguado de unos hombres cansados llamados a cumplir con su deber una última vez. Espadas y lanzas se alzaron hacia un cielo del color de la sangre coagulada, y los brazos señalaron hacia las ondulaciones cercanas, donde la escorrentía había dejado parches de púrpura que resaltaban contra el suelo de color óxido.

Khadgar miró hacia donde señalaban los hombres, y una ola de verde y negro remontó la ondulación más próxima. Khadgar pensó que se trataba de algún río, o de un arcano y colorido corrimiento de tierras, pero se dio cuenta de que la ola era un ejército que avanzaba. El negro era el color de sus armaduras, y el verde era el color de su piel.

Eran criaturas de pesadilla, burlas de la forma humana. Sus rostros de color de jade estaban dominados por grandes mandíbulas inferiores coronadas de dientes puntiagudos; sus narices eran chatas y olfateaban como el hocico de un perro, y sus ojos eran pequeños, inyectados en sangre y llenos de odio. Sus armas de azabache y sus ornamentadas armaduras brillaban bajo el sol eternamente moribundo de este mundo, y cuando remontaron la cresta emitieron un aullido que sacudió el suelo bajo ellos.

Los soldados que había a su alrededor emitieron su propio grito, y mientras las criaturas verdes cubrían la distancia hasta la colina, lanzaron descarga tras descarga de flechas con penachos rojos. La primera línea de las monstruosas criaturas trastabilló y cayó, y fue inmediatamente pisoteada por los que venían detrás. Otra descarga y cayó otra de las filas de monstruos inhumanos, pero su caída fue ignorada por la marea que venía detrás.

A la derecha de Khadgar hubo unos estallidos cuando el rayo danzó sobre la superficie de la tierra, y las monstruosidades gritaron cuando la carne se evaporó sobre sus huesos. Khadgar pensó en el comandante mago-guerrero, pero también se dio cuenta de que dichos rayos sólo mermaban mínimamente a la horda que embestía.

Y entonces las monstruosidades de piel verde estaban sobre ellos, una ola de azabache y jade embistiendo contra la tosca empalizada. Los troncos derribados no fueron más que ramitas en el camino de esta tempestad, y Khadgar pudo sentir cómo la línea se doblaba. Uno de los soldados que estaba junto a él cayó empalado por una gran lanza oscura. En el sitio del guerrero había una pesadilla de carne verde y armadura negra, aullando mientras pasaba a su lado como una exhalación.

Muy a su pesar, Khadgar retrocedió dos pasos, se dio la vuelta y salió corriendo.

Y casi arrolló a Moroes, que estaba de pie en la puerta. Moroes habló tranquilamente.

—Te retrasabas, quizá te habías perdido.

Khadgar se giró de nuevo, y vio que tras él no había un mundo de cielos escarlatas y monstruosidades verdes, sino una salita abandonada, con la chimenea vacía y las sillas tapadas con unas sábanas. El aire olía a polvo recién removido.

—Estaba… —gimió Khadgar—. Vi… estaba…

—¿En el sitio equivocado? —sugirió Moroes.

Khadgar tragó saliva, miró a su alrededor y luego asintió en silencio.

—La cena está lista —gruñó Moroes—. No vuelvas a ir al sitio equivocado, ¿estamos?

Y el sirviente vestido de negro se dio la vuelta y flotó en silencio fuera de la habitación.

Khadgar miró por última vez el pasillo sin salida en el que había entrado. No había puertas misteriosas ni portales mágicos. La visión (si había sido una visión) había acabado de una forma repentina sólo igualada por su inicio.

No había soldados. Ni criaturas de piel verde. Ningún ejército a punto de desmoronarse. Sólo había un recuerdo que asustaba a Khadgar hasta el fondo de su alma. Era real. Había parecido real. Había parecido verdad.

No eran los monstruos, ni el derramamiento de sangre los que lo habían asustado. Era el mago-guerrero, el comandante de pelo nevado que había parecido ser capaz de verlo. Que había parecido mirar en su corazón, y encontrarlo indigno.

Y lo peor de todo, la figura de la barba blanca vestida con la armadura y la túnica tenía los ojos de Khadgar. El rostro estaba envejecido, el pelo blanco como la nieve, la actitud imponente, pero el comandante tenía los mismos ojos que Khadgar había visto en el pulido espejo hacía sólo unos momentos (¿o unas vidas?).

Khadgar salió de la salita, y se preguntó si no sería demasiado tarde para buscarse unas anteojeras.

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