Devastación: Preludio al Cataclismo – Capítulo Treinta y Dos

Devastación: Preludio al CataclismoLa mortaja en la que con tanto cariño había sido envuelto el Gran Jefe Cairne

Bloodhoof era una obra de arte exquisita, que había sido tejida con los tonos de la Madre Tierra: tostados, marrones y verdes.

Como era tradición entre los tauren, los muertos eran incinerados siguiendo una ceremonia ritual. Los cuerpos se depositaban en la parte superior de una pira, en cuya parte inferior se encendía un fuego. De este modo, las cenizas caían a la tierra, y el humo se elevaba hacia el cielo. Después, tanto la Madre Tierra como el Padre Cielo daban la bienvenida a los honorables muertos, y An’she y Mu’sha hacían las veces de testigos del tránsito al otro mundo.

En esos momentos, Thrall portaba, como casi siempre, la armadura que el difunto Orgrim Martillo .Maldito le había legado. Su gran peso dificultaba sus movimientos, por lo cual Thrall subió lenta y torpemente la loma, a la que se encaramó para poder estar a la misma altura que el cadáver, y desde la cual pudo contemplar los restos mortales de Cairne con los ojos anegados en lágrimas.

El líder de la Horda había regresado raudo y veloz a Azeroth. Aggra y él se habían reunido brevemente con Baine, a quien Thrall había pedido que le dejaran estar un rato a solas con Cairne. El hijo de Cairne no puso ninguna objeción a su petición. Además, ambos sabían que, más adelante, mantendrían largas conversaciones para planificar el funeral y realizar los preparativos debidos. Ahora mismo, Thrall estaba sentado junto a su viejo amigo, dejando pasar el tiempo, mientras el sol recorría su camino lánguidamente en el cielo azul de Mulgore. Entonces, en un momento dado, Thrall respiró hondo y le preguntó en voz baja:

— Cairne, viejo amigo… ¿Sigues ahí?

Tanto los tauren como los orcos creían que los espíritus de sus seres queridos fallecidos hablaban a veces con aquellos que habían amado en vida. Y les impartían advertencias, o les daban consejos, o simplemente los bendecían.

Thrall habría agradecido que fuera lo último.

Sin embargo, una brisa perfumada se llevó sus palabras, y nada, ni nadie, respondió a su pregunta. Entonces, el orco agachó la cabeza.

— Así que es cierto que me encuentro solo, que has partido, viejo amigo —se lamentó. — Ya no puedo pedirte consejo, ni perdón, como me hubiera gustado.

Pero sólo el suave suspiro del viento le respondió.

— Nos despedimos de mala manera, muy enfadados. No deberíamos habernos enfurecido, pues ambos éramos lo bastante talluditos para saber que esa no es manera de despedirse de un amigo. Me sentía frustrado por ser incapaz de resolver los retos que tenía ante mí, y te di la espalda a pesar de que me dijiste la verdad. Nunca había hecho algo semejante, y mira lo que ha ocurrido. Yaces aquí, asesinado a traición, y ya no te puedo mirar a los ojos para decirte que verte así me rompe el corazón.

Su voz también se estaba quebrando, y le llevó un momento recobrar la compostura. Aunque allí no había nadie que pudiera verlo salvo los pájaros que surcaban el aire y las bestias que hollaban la tierra.

El peso de la armadura y el calor lo agobiaban sobremanera.

— Cairne, te diría que deberías sentirte orgulloso de Baine, si no fuera porque sé perfectamente que ya estabas muy orgulloso de él. Es sangre de tu sangre, de eso no hay duda, y transmitirá el legado de todo aquello por lo que luchaste a la siguiente generación. No dejó que el dolor que sentía por tu muerte nublara su juicio. Ha protegido a tu pueblo a pesar de que ha tenido que reprimir sus ansias de venganza con gran esfuerzo. Los tauren vuelven a vivir en paz. Sé que esa paz era lo que siempre deseaste para tu pueblo.

Además, tu pueblo y el espíritu de la Horda han logrado sobrevivir a las simas insondables del horror, a esa noche tan tenebrosa y aciaga en que los Grimtotem atacaron a traición…

— Los Grimtotem son ahora nuestros enemigos declarados, en vez de unos trapaceros, a los que siempre quisiste tener cerca y de los que te apiadabas, que se aprovecharon de tu confianza para planear un golpe de Estado con suma frialdad. Pero no volverán a pillar desprevenidos a los tauren… jamás. En cuanto a Garrosh, creo que, sinceramente, ignoraba que Magatha planeaba matarte a traición. Ese orco puede ser muchas cosas, pero no es un asesino deshonesto y calculador. Quería ganar el combate en buena lid, para poder jactarse después, con todo el derecho del mundo, de que había tenido el honor de haberte matado. Quería…

Su voz se fue apagando despacio. Thrall estaba terriblemente consternado por el asesinato de su amigo y la masacre acaecida tras su muerte. Se alegraba de que la paz volviera a reinar entre los tauren, quienes se hallaban bajo el mando de un líder excelente como era Baine. Pero aparte de eso…

— Cairne —dijo lentamente, — yo fundé esta Horda. Yo inspiré a sus miembros, doté de un propósito a su existencia, les di una meta. Aun así, tengo la sensación de que ya no tengo vocación de liderazgo… ¿Cómo voy a ser un buen líder, cuando mi mente está en otra parte?

Era consciente de que su intuición, que en su día nunca le fallaba, ya no era tan certera. Entonces, enterró el rostro entre las manos, y al hacer ese gesto, su armadura crujió. Se sentía tan… perdido. Tan roto por dentro. En ese instante, se volvió a ver en medio de la niebla de la revelación mística, en esa visión en la que su armadura se agrietaba y se le caía a pedazos mientras lo atenazaban el miedo y la impotencia. Se dio cuenta, dando un respingo, de que si continuaba liderándolos de esa manera, con la mente y el corazón en otro lugar, acabaría arrastrando a la Horda por el sendero de la guerra civil. Por mucho que discrepara con Garrosh por lo que había sucedido en su ausencia, había sido él quien había designado al joven Hellscream líder en funciones. Al final, la muerte de su amigo era tanto responsabilidad suya como de Garrosh, ya que lo único que había quedado demostrado era que el joven no había hecho nada más que aceptar un desafío que tuvo trágicas consecuencias. Además, no iba a permitir que la Horda viera cómo Garrosh y él se peleaban por ese tema.

— Nunca te he contado esto, y me gustaría hacerlo ahora. ¿Sabías que para mí tú siempre fuiste el corazón de la Horda, Cairne? Tú y tus tauren. Mientras muchos miembros de la Horda ansiaban entrar en guerra y recorrer los senderos más siniestros del destino, tú escuchabas los sabios consejos de la Madre Tierra y nos animabas a probar otros caminos, otras ideas. Nos recordaste que existen el perdón y la compasión. Eras nuestro corazón, nuestro bastión espiritual.

Thrall sabía, mientras pronunciaba torpemente aquellas palabras, que había llegado el momento de confiar en los dictados de su corazón. Este quería llevarlo lejos de Orgrimmar, lejos de la Horda, junto a una vehemente y apasionada joven chamana llamada Aggra, que encamaba los valores tradicionales de los orgullosos orcos de antaño.

Lo arrastraba hasta el corazón del mundo.

Cerró los ojos presa de una gran agonía. No quería que esa decisión fuera la correcta. Iba a resultar tan duro tomarla, iba a causar tanto trastorno, iba a hacer daño a mucha gente. Había muchas razones por las que debía quedarse, y todas parecían muy lógicas y razonables, importantes y vitales. Y sólo había una razón que le impulsara a marcharse, y esa razón era un tanto mística y misteriosa para él, y no la veía clara.

Pero era la decisión correcta. La única opción posible. De repente, sopló el viento y tiró con delicadeza de su cabello, y con más firmeza de su alma. Entonces, sintió un cosquilleo y supo que la decisión estaba tomada.

Ya le había sido mostrado, con meridiana claridad, lo que tenía que hacer. Ya sabía que si continuaba recorriendo la senda del destino como líder, le aguardaba el fracaso en el camino. Sólo había una manera de salvar a la Horda… y a su mundo.

Sabía qué debía hacer.

Thrall se levantó lentamente. El sol del crepúsculo, al que el pueblo tauren llamaba An’she, iluminaba con una amplia gama de colores la armadura negra. Entonces, Thrall se la fue quitando poco a poco.

Primero, la pieza que le cubría los hombros, que cayó sobre la mullida y verde hierba con un tintineo melodioso. A continuación, la coraza, que en su día había sido abollada por el lanzazo que le había costado la vida a Doomhammer. Lo habían matado a traición; lo atacaron con una lanza por la espalda, cuyo impacto hizo añicos la parte exterior de la armadura y abolló la coraza por dentro. Thrall ordenó que la reparasen, para que pudiera ser utilizada de nuevo.

Fue quitándose pieza a pieza la armadura de Orgrim Martillo Maldito, la armadura del líder de la Horda, y colocándola de manera reverencial s en un montón que iba creciendo poco a poco. Después, Thrall sacó de su a mochila una sobria túnica de color marrón, se la enfundó por la cabeza y luego se colgó el rosario del cuello. En ese momento recordó las palabras e de Aggra: En nuestras ceremonias de iniciación no portamos armadura, e Una iniciación es como un renacimiento, no como una batalla. Al igual que una serpiente, mudamos de piel y dejamos de ser quienes éramos, s Tenemos que afrontar el ritual sin esas cargas, sin la estrecha visión del mundo que teníamos hasta entonces. Debemos ser humildes y puros, debemos estar dispuestos a entender a los elementos y contactar con ellos y, por último, debemos dejar que su sabiduría deje poso en nuestras almas.

Acto seguido, se quitó las botas y se puso de pie, con sus verdes pies desnudos hollando la sólida tierra, los brazos extendidos, la cabeza echada hacia atrás y sus ojos azules cerrados. Saludó la llegada del crepúsculo no como un líder ataviado con un atuendo ceremonial, pues ya no lo era. Los elementos le habían mostrado el camino.

Quizá había actuado a tiempo; había decidido desprenderse de la armadura y del título de líder a antes de que ambas cosas le fueran arrebatadas. La decisión estaba en sus manos… y la tomó libre y serenamente.

Thrall era un chamán. Ya no debía servir únicamente a la Horda sino a toda Azeroth, a los elementos que le pedían a gritos su ayuda; debía salvarlos de la espantosa catástrofe que se avecinaba, o sanarlos si no llegaba a tiempo. Entonces, aquel viento cálido y suave cobró fuerza y pareció que lo acariciaba para mostrarle su aprobación.

A continuación, agachó la cabeza, abrió los ojos y posó por última vez su mirada sobre el cuerpo de su amigo muerto. Mientras An’she se ponía en el oeste y hacía resaltar la silueta de Thunder Bluff de una manera extraordinaria, un último rayo iluminó su cuerpo.

Sobre el amplio pecho de Cairne yacían todos los adornos que había llevado en vida: plumas, abalorios y huesos. Y algo más. Unos pequeños fragmentos de madera o manchados de sangre y ornamentados con símbolos tallados.

Thrall se percató de que eran los restos de la legendaria lanza rúnica que Gorehowl había hecho añicos cuando Garrosh le propinó el golpe que lo mató.

Y esa revelación trajo consigo una nueva sensación de pérdida más descamada e intensa, y Thrall comprendió entonces que el dolor que había sentido hasta aquel momento era una pálida sombra comparado con el que le deparaba el futuro. Aún tenía toda una vida por delante que vivir sin la bondad, sabiduría y humor de su viejo amigo.

Thrall saltó hacia la pira con un movimiento grácil e impulsivo. Los postes que la sostenían se bambolearon un poco, pero soportaron su peso. Acto seguido, alargó un brazo y posó su mano sobre la frente de Cairne; a continuación, cogió con un gesto reverente el fragmento más diminuto de la destrozada lanza rúnica. Al darle vueltas entre sus dedos sintió un escalofrío por todo el cuerpo.

El fragmento que había escogido llevaba grabada una sola runa que significaba «curación». Guardaría aquel trozo para recordar a Cairne, para estar siempre en contacto con el corazón de su amigo.

Thrall volvió al suelo de un salto y echó a andar lentamente en dirección al sol del crepúsculo. En ningún momento echó la vista atrás.

Tras ponerse el sol, había refrescado y el viento era más gélido, reflexionó Thrall. Si bien aún tenía muchas cosas de que hablar con Baine, si bien aún había muchos planes que debían concretarse, Thrall deseaba pasar un rato con Aggra en aquella tierra tan pacífica antes de enfrentarse a todo eso. La joven orco nunca había estado en aquel lugar, pero si Thrall había reaccionado muy positivamente ante la paz y tranquilidad que reinaba en aquel sitio, Aggra…

A un continente de distancia, Drek’Thar, que había estado dormitando, se incorporó repentinamente. Un grito desgarró su garganta.

— ¡Los océanos entrarán en ebullición!

* * *

El lecho oceánico se abrió y, a kilómetros de distancia, la marea se retiró del Puerto de Stormwind como si se descorriera una cortina. Los barcos se vieron de pronto varados, y los habitantes que habían salido a dar un paseo por aquel puerto hecho de una piedra muy hermosa, se cubrieron los ojos con las manos para protegerse de la luz del sol del crepúsculo y murmuraron entre ellos, presas de la curiosidad.

Entonces, el océano se replegó sobre sí mismo y, poco después, el mar que había retrocedido regresó con una intensidad letal. Una ola gigantesca devastó el puerto. Los grandes navíos que habían viajado hasta destinos tan exóticos y lejanos como Auberdine y la Fortaleza Denuedo quedaron reducidos a astillas, como si se tratara de barcos de juguete que un niño furioso hubiera pisoteado. Los escombros y los cadáveres se estrellaron contra los muelles, destruyéndolos con suma rapidez y facilidad, llevándose por delante a los viandantes que gritaban desesperados mientras el mar avanzaba implacable hacia delante. El mar se alzó y ahogó inmisericorde tanto a máquinas de guerra como a cajas de suministros médicos.

No obstante, la catástrofe no acabó ahí. El mar prosiguió su ascenso, y ni siquiera los robustos leones de piedra que velaban el puerto se libraron de verse sumergidos bajo aquella gigantesca masa de agua.

Entonces, el caos pareció remitir.

Entretanto, a muchos kilómetros al sur, una grieta cerca de la costa de Páramos de Poniente había provocado un colosal sumidero. El océano estaba furioso y asustado, y descargaba su miedo y su ira sobre la tierra, y la tierra respondía a su vez presa de la desesperación.

Drek’Thar se aferró a Palkar y lo zarandeó mientras gritaba:

— ¡La tierra llorará y el mundo se quebrará!

La tierra se resquebrajó bajo los pies de Thrall.

Se apartó de un salto y aterrizó rodando sobre el suelo. Se puso de pie rápidamente, pero volvió a perder el equilibrio al instante. La tierra se alzó hacia el cielo, y levantó al chamán cada vez más arriba, como si cabalgara a lomos de una criatura colosal. Se aferró con fuerza a ese trozo de tierra, puesto que era incapaz de ponerse de pie y huir. Además, si huía de aquel fragmento de tierra, ¿adónde iría?

Tierra, suelo y piedra, les pido que nos serenen. Díganme qué les atemoriza, nómbrenlo, y yo…

Entonces, pudo comprobar que la tierra poseía una voz, pues profirió en ese momento un grito atronador y agónico.

Thrall sintió el desgarro que resquebrajaba el mundo. No estaba ahí, en Thunder Bluff, ni siquiera en Kalimdor, sino al este, en el medio del océano, en el corazón de la devastación… Eso era lo que tanto temían los elementos. Un cataclismo que devastaría y resquebrajaría la tierra tal como le había sucedido a Draenor tiempo atrás. A través del vínculo que había establecido con los elementos, el terror que estos sentían se apoderó de Thrall, quien echó la cabeza hacia atrás y chilló a su vez durante un buen rato antes de caer inconsciente.

Se despertó al sentir la caricia de los dedos de un ser muy querido en su rostro y, al abrir los ojos, vio a Aggra, quien lo miraba con gesto de preocupación. La joven orco se calmó al comprobar que Thrall esbozaba una leve sonrisa.

— Eres más duro de lo que aparentas, Esclavo —le comentó a modo de burla, aunque por su tono de voz cabía deducir que, en realidad, se sentía muy aliviada. — Hace un momento, he llegado a pensar que habías decidido reunirte con los ancestros.

Thrall miró a su alrededor y se percató de que se encontraba dentro de una de las tiendas situadas en la parte superior de la Thunder Bluff, quizá en el Alto de los Espíritus. Baine estaba junto a él.

— Te hallamos tumbado en el suelo, a corta distancia de los campos crematorios, y decidimos traerte aquí, amigo mío —le informó Baine, a quien el orco sonrió levemente. — Mi padre te quiso mucho en vida, Thrall, hijo de Durotan. Pero no creo que quiera que te reúnas con él en la otra vida tan pronto.

En ese instante, Thrall intentó ponerse derecho.

— ¿Te acuerdas de la advertencia de Gordawg? —preguntó el orco.

— No ha servido de nada. Ya es demasiado tarde.

Aggra lo miró con compasión.

— Lo sé. Pero también sé dónde se encuentra la herida que tanto hace sufrir a este mundo.

— En el corazón de la devastación —declaró Thrall. — Obtuve esa información antes de…— Entonces, esbozó una mueca de dolor.

Aggra le tocó el hombro y pudo sentir la textura de la suave túnica que llevaba.

— Ya no portas armadura.

—No, ya no —replicó Thrall, quien le sonrió gentilmente. — He mudado de piel.

Acto seguido, se volvió hacia Baine.

—Por favor, envía a alguien a recogerla, si eres tan amable. Aunque no voy a portar más la armadura de líder, quiero llevarla a Orgrimmar, pues forma parte de nuestra cultura.

— Por supuesto, Thrall. Considéralo hecho.

Aggra se recostó y clavó su mirada sobre Thrall y Baine.

— Bueno, ¿y ahora qué vamos a hacer?

Thrall extendió el brazo y cogió de la mano al joven Bloodhoof.

— Baine, sabes que regresé a este mundo con la esperanza de poder ayudar tanto a la Horda como a los elementos. Y creo que todavía puedo hacerlo. Es sólo que… no podré hacerlo si sigo siendo líder.

Baine esbozó una sonrisa teñida de tristeza.

— No tengo en alta estima a Garrosh Hellscream a pesar de que creo que no tuvo nada que ver con el envenenamiento de mi padre. He de confesar que preferiría que tú volvieras a liderar la Horda. Pero después de todo lo que ha ocurrido, comprendo que tengas que marcharte. Hemos recibido informes que señalan que todo aquel lugar cuya costa dé a los Mares del Sur está sufriendo maremotos y tempestades. Theramore, Stormwind, Páramos de Poniente, Trinquete y el Puerto Bonvapor. Entrañas, por su parte, ha soportado unos terremotos sumamente intensos. Y el fuego desatado por la tromba de relámpagos arrasa Vallefresno.

Tras recibir esa información, Thrall cerró los ojos.

— Me resulta mucho más fácil tomar esta decisión sabiendo que me comprendes, Baine. Quiero a la Horda. Yo la fundé junto a tu padre y la convertí en lo que es hoy. Pero ahora tengo una necesidad mucho más importante que atender de manera perentoria, de inmediato. Informaré a Orgrimmar de lo que voy a hacer y, a continuación, me prepararé para zarpar e investigar este fenómeno, está herida que hace que el mundo sufra tanto. La Horda tendrá que arreglárselas como pueda sin mí.

* * *

Drek’Thar lloró, y las lágrimas brotaron de sus ojos ciegos. Palkar sabía que no debía dudar de sus visiones. Si bien el viejo chamán no sentía nada, al menos no físicamente, podía sentir la angustia del mundo. De modo que cuando Drek’Thar sollozó y volvió la cara hacia su cuidador, Palkar aguardó a que el viejo chamán le contara lo que había visto en esa nueva visión. Al escuchar aquellas palabras, el joven orco se sintió como si la sangre se le hubiera congelado en las venas.

— ¡Alguien está derribando la puerta! ¡Atránquenla! ¡No lo dejen entrar!

Drek’Thar había estado en lo cierto en otras ocasiones. Había tenido razón en todo. Y Palkar no albergaba ninguna duda en cuanto a lo que acababa de decir.

Ahora, la cuestión era: ¿quién era ese misterioso intruso?

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