Devastación: Preludio al Cataclismo – Capítulo Treinta

Devastación: Preludio al CataclismoTodo comenzó con una tormenta.

Anduin se había acostumbrado a las frecuentes, y a veces muy violentas, tormentas de Theramore. Pero esta en concreto venía acompañada de unos truenos, que le hicieron rechinar los dientes y lo despertaron, y de unos relámpagos que iluminaron por completo su habitación. Se incorporó con rapidez, justo a tiempo de escuchar el rugido de un nuevo trueno así como el golpeteo de la lluvia, que impactaba con tal fuerza contra su ventana que pensó que esas gotas iban a hacerla añicos.

Se levantó de la cama e intentó ver lo que sucedía en el exterior por la ventana, o al menos lo intentó. La lluvia caía con tanta intensidad que era imposible ver nada. Entonces, volvió la cabeza al escuchar unas voces que provenían de los pasillos. Frunció el ceño y, a continuación, se vistió. Acto seguido, asomó la cabeza por el corredor para averiguar a qué venía tanto alboroto.

Jaina pasó junto a él a gran velocidad. Resultaba obvio que ella también se acababa de despertar y se había vestido rauda y veloz. Y si bien se había quitado las legañas, todavía no se había peinado.

— ¿Qué sucede, tía Jaina?

— Tenemos inundaciones —respondió de manera sucinta la maga.

Por un instante, Anduin volvió atrás en el tiempo, al momento de la avalancha en Dun Murogh, otro ejemplo más donde los elementos enfurecidos y angustiados vertían su ira sobre los inocentes.

Entonces, el rostro alegre de Aerin ocupó sus pensamientos, pero se obligó a olvidarlo.

— Te acompaño.

Jaine tomó aire, probablemente para decirle que no debía acompañarla; pero, entonces, cambió de opinión y decidió esbozar una sonrisa crispada y asentir.

— De acuerdo.

Tardó sólo un minuto en calzarse sus botas más altas y ponerse una capa provista de una capucha. Acto seguido, corría hacia el exterior del castillo junto a Jaina y varios sirvientes y guardias.

La lluvia y el viento lacerante prácticamente lo obligaron a detenerse en seco. La lluvia parecía caer de refilón, lo cual provocó que perdiera el resuello un instante. Jaina también tenía dificultades para avanzar. La maga y los demás parecían tambalearse como si estuvieran borrachos mientras descendían desde la torre al nivel del suelo.

Anduin sabía que esa noche había luna llena, pero las densas nubes que cubrían el cielo tapaban su luz. Y a pesar de que los guardias portaban candiles, la luz que proyectaban estos era muy tenue.

Además, en medio de aquel diluvio, las antorchas no habrían servido de nada. Anduin profirió un grito ahogado cuando metió una pierna hasta la altura del tobillo en un charco tan gélido que pudo sentir su frialdad a pesar de llevar unas gruesas botas que quedaron totalmente empapadas. Entretanto, sus ojos se iban adaptando a la penumbra reinante; entonces, se percató de que toda aquella zona estaba anegada de agua. Aunque el nivel de esta no había alcanzado una gran altura… todavía.

En la posada y el molino se veían luces encendidas. En ese instante, se escucharon más gritos, que apenas pudo oír entre el tremendo estruendo de la lluvia y los truenos. Si bien la posada estaba en la cima de una colina no muy alta, varios centímetros de agua cubrían la parte inferior del molino.

— ¡Teniente Aden! —gritó Jaina. Al instante, un soldado a caballo obligó a virar a su corcel y se acercó hacia la maga vadeando charcos. — Vamos a abrir las puertas para que pueda entrar en la ciudadela cualquiera que necesite refugio. ¡Guíe a todos los que encuentre hasta ella!

— ¡Sí, mi señora! —replicó Aden, quien, acto seguido, tiró de las riendas de su caballo y se dirigió al molino.

Jaina se detuvo un momento y alzó los brazos al cielo, y, al instante, comenzó a gesticular con las manos. Anduin fue incapaz de escuchar lo que decía, pero vio que su boca se movía. Un segundo después, se quedó boquiabierto al ver cómo una gigantesca cabeza de dragón se materializaba junto a ella. La bestia abrió sus fauces y exhaló unas llamas que surcaron el agua, evaporando así gran parte de esta. Sin embargo, el agua intentó ocupar el hueco dejado sin más dilación, pero la cabeza de dragón prosiguió infatigable con su tarea.

Jaina asintió henchida de satisfacción al comprobar que seguía escupiendo fuego.

— ¡Al puerto! —le indicó Jaina a Anduin, quien fue tras ella, corriendo tan rápido como podía a través de toda aquella agua.

A medida que descendían aquella pendiente, más agua cubría el suelo. Por delante de él, Anduin vio un espectáculo que podría haber resultado cómico en otras circunstancias, pero que ahora sólo contribuía a generar más caos: todos los grifos habían buscado refugio en los tejados de los edificios. Tenían las alas y el pelaje empapados y graznaban desafiantes a los maestros de vuelo que, o bien los reprendían, o bien les rogaban que se bajasen de ahí.

El agua le llegaba ya a Anduin por las rodillas; por eso, tanto él como Jaina y los guardias se abrían paso con dificultad y un gesto torvo en sus semblantes. La gente había imitado a los grifos y se había encaramado a los lugares más altos. Seguían su intuición, que no se equivocaba. Pero había que tener en cuenta también que caían relámpagos con mucha frecuencia y con una ferocidad inusitada, de modo que lo que en un principio podía parecer una decisión muy sabia, podría acabar resultando muy arriesgada. Al instante, Anduin y los guardias decidieron ayudar a los asustados mercaderes y sus familias a bajar de aquellos lugares tan altos.

Anduin estaba temblando. Si bien su capa y sus botas eran muy gruesas, no habían sido diseñadas para procurarle calor o mantenerlo seco en caso de que estuviera «sumergido» en el agua. Un agua gélida, que provocaba que no sintiera las piernas por debajo de las rodillas. Aun así, siguió avanzando. Había gente en apuros, y tenía que ayudarla.

Acababa de abrir los brazos para coger a una niña que estaba sollozando, cuando un relámpago convirtió la noche en día. Estaba mirando en dirección al puerto, situado a la espalda de aquella niña que se aferraba a él, cuando divisó un zigzag blanco que impactó contra el muelle de madera. Inmediatamente después, se escuchó un trueno ensordecedor acompañado de los horribles gritos de la gente y del espantoso crujido de la madera al astillarse. Al mismo tiempo, dos barcos que estaban amarrados se balancearon violentamente, como si un gigantesco niño furioso los estuviera zarandeando.

Entonces, la niña gritó muy cerca de su oído y se aferró a su cuello con tal fuerza que parecía que quería estrangularlo. De improviso, el cielo se iluminó con otro relámpago, y Anduin tuvo la impresión de que una ola gigantesca había surgido del mar, como si se tratara de una mano colosal que fuera a golpear al puerto. Anduin parpadeó para intentar aclarar su visión borrosa por la lluvia que le caía a mares sobre la cara. No podía estar viendo lo que creía que estaba viendo. Era simplemente imposible.

Al instante, se produjo otro destello cegador, y pudo comprobar que aquella extraña ola había desaparecido.

Al igual que el puerto de Theramore y los dos barcos. Después de todo, sí había visto lo que creía haber visto. Aquel relámpago había devastado gran parte del puerto de Theramore y el mar había rematado la jugada. Entonces, fue capaz de distinguir el fulgor del fuego a pesar de la gran cantidad de lluvia que caía.

Jaina lo agarró de un hombro y le habló muy cerca del oído para que pudiera escucharla.

— ¡Llévala a la ciudadela!

El príncipe asintió y tuvo que escupir un poco de agua para poder responder.

— ¡Ahora mismo vuelvo!

— ¡No! ¡Es demasiado peligroso! —gritó Jaina para que pudiera oírla por encima del estrépito de la tormenta. — ¡Ve a ocuparte de los refugiados!

De repente, una sensación de impotencia y frustración se adueñó de Anduin. Él no era un niño. Sus brazos eran fuertes, y su mente, serena. ¡Podía ser de gran ayuda, maldita sea! Pero, al mismo tiempo, sabía que Jaina tenía razón. Era el heredero del trono de Stormwind y como tal tenía la obligación de no correr riesgos innecesarios. Masculló una maldición y se dio la vuelta para encaminarse hacia la ciudadela vadeando aquellas gélidas aguas.

Para cuando logró entrar como buenamente pudo en la ciudadela, ya había dejado de temblar. Ahí dentro, los sirvientes se afanaban repartiendo mantas a las víctimas de la inundación, a las que ofrecían también té caliente y comida. Con sumo cuidado, Anduin entregó la niña a una anciana, que fue corriendo a cogerla. Era consciente de que estaba empapado de arriba abajo y de que necesitaba cambiarse de ropa, pero se dio cuenta de que era incapaz de moverse. Entonces, uno de los sirvientes de Jaina lo miró y frunció el ceño mientras examinaba con detenimiento el semblante del príncipe. Anduin, calado hasta los huesos, le devolvió la mirada y parpadeó de una manera un tanto estúpida. En algún rincón recóndito de su cerebro se percató de que, probablemente, se hallaba en estado de conmoción.

— Ojalá tuviera a Fearbreaker conmigo —murmuró.

Apenas fue consciente de que el sirviente se lo llevaba a una recámara y lo ayudaba a quitarse la ropa empapada para, a continuación, vestirlo con una camisa que le quedaba muy grande y unos pantalones. Antes de que Anduin supiera qué estaba ocurriendo, se encontró frente al fuego envuelto en una áspera pero cálida manta con una taza de té caliente en la mano. El sirviente se había esfumado, pues había muchos otros que necesitaban ser atendidos inmediatamente. Unos momentos después, Anduin se puso a temblar violentamente, y, pasados unos minutos, empezó a sentir algo parecido al calor.

Al cabo de un buen rato, se sintió con fuerzas suficientes para poder ayudar, en vez de ser un objeto inerte que ocupaba un lugar en el suelo. Marchó a su habitación, se puso una ropa que esta vez sí era suya y, acto seguido, regresó al exterior para ayudar a otros tal como lo habían ayudado a él. Repartió bebidas calientes y mantas, y se llevó sus ropas mojadas para colgarlas de los tendederos improvisados que habían montado en algunas habitaciones.

Pero la lluvia no amainaba. El agua seguía subiendo de nivel a pesar de los esfuerzos de la cabeza de dragón de Jaina por mantenerla a raya. La maga, que estaba al borde del agotamiento, renovaba el conjuro cada pocos minutos, impartía órdenes y ayudaba a los refugiados. A medida que el agua ascendía, cada vez más y más gente buscaba refugio en alguno de los numerosos pisos de la ciudadela, en cuyos suelos de madera se sentaban los refugiados.

Llegó un momento en que Anduin estuvo bastante seguro de que todos los habitantes de Theramore se hallaban repartidos entre la ciudadela, los barracones de los guardias y la posada.

Al final, cuando se acercaba el crepúsculo del segundo día de lluvias, Jaina se resignó y se dispuso a sentarse un rato para poder descansar y comer y beber algo. Se había cambiado de ropa varias veces, y la que llevaba en aquellos momentos estaba empapada.

Anduin la invitó a sentarse junto al fuego de la pequeña y acogedora habitación de la maga y le trajo un poco de té. Jaina temblaba tanto que la taza traqueteaba en el plato mientras alzaba una mirada inyectada en sangre. Y demasiado exhausta para observar al príncipe.

— Creo que deberías volver a tu hogar. No hay manera de saber cuándo va a dejar de llover, y no puedo comprometer tu seguridad.

Anduin parecía bastante descontento por lo que acababa de decir la maga.

— Puedo ayudar —afirmó. — No cometeré ninguna estupidez, Jaina, lo sabes muy bien.

Aunque extendió una mano para atusar el pelo rubio del príncipe, parecía demasiado débil para completar el gesto. Al instante, su mano cayó inerte sobre su regazo y, a continuación, lanzó un suspiro.

— Bueno, da igual. Tu padre tampoco te está esperando en casa — murmuró al tiempo que sorbía un poco de té.

— ¿Qué quieres decir?

Jaina se quedó paralizada, con la taza a medio camino del plato.

Miró atónita a Anduin, y el príncipe pudo comprobar que tenía el semblante propio de alguien que busca desesperadamente una mentira piadosa que contar pero que está demasiado fatigada mentalmente para dar con ella.

— ¿Qué le sucede a mi padre? ¿Dónde está?

Entonces, se dio cuenta de lo que pasaba. Se quedó mirándola fijamente, aterrado.

— Va a atacar Ironforge, ¿verdad?

— Anduin, Moira es una tirana. Va a…

— No me hables de Moira. ¡Háblame de mi padre, tía Jaina! ¡Tienes que contarme qué planea hacer!

A continuación, Jaina habló con una voz temblorosa por el cansancio y resignada, y confirmó sus peores temores.

— Varian está reuniendo un comando de élite que se adentrará en Ironforge con la misión de ejecutar a Moira y liberar la ciudad.

Anduin no podía creer lo que estaba oyendo.

— ¿Cómo piensan entrar?

— Por el pasaje del Tranvía Subterráneo.

— Los verán llegar.

Jaina se frotó los ojos.

— Estamos hablando de gente del SI:7 (Stormwind Intelligence: 7). No podrán verlos.

Anduin negó con la cabeza lentamente.

— No, no los verán. Tienes razón, Jaina. He de dejar Theramore.

La maga frunció el ceño. Aquella diminuta hendidura de su frente era, en aquellos momentos, más prominente debido al cansancio.

— No. ¡No irás a Ironforge!

El príncipe lanzó un aullido de exasperación.

— ¡Jaina, escúchame, por favor! Siempre te has mostrado muy razonable conmigo, y tienes que serlo también ahora. Moira ha hecho mucho mal; ha aislado toda una ciudad del resto del mundo, ha encarcelado a inocentes. Pero no asesinó a Magni, y es su hija. Es la heredera legítima al trono, y su hijo es el siguiente en la línea sucesoria. Algunas de las cosas que quiere hacer me parecen bien…

Simplemente, quiere alcanzar un buen fin mediante métodos equivocados.

— Anduin, tiene secuestrada toda una ciudad… Quiere usar como rehén a Ironforge, la capital enana.

— Actúa así porque no conoce a sus congéneres. Porque no confía en ellos. En cierto sentido, no es más que una niña asustada que desea que su padre la quiera, Jaina.

— Las niñas atemorizadas que gobiernan ciudades suelen tomar decisiones muy peligrosas, por eso hay que detenerlas.

— ¿Y eso cómo se hace? ¿Matándolas? ¿No crees que reconducirla hacia el buen camino sería una opción mucho mejor? Sólo quiere que los enanos cambien de opinión acerca de su pasado, acerca de su legado. Quiere que el resto de enanos trate a los Dark Iron como si fueran sus hermanos, y en realidad lo son. ¿Van a asesinarla para evitar que eso suceda? ¿Van a matarla sólo a ella o también a su hijo? Escúchame, Jaina, por favor. Si mi padre lleva a cabo este ataque, mucha gente morirá, y la sucesión al trono de Ironforge se complicará sin remedio. ¡Y las diferentes razas de enanos, en vez de unirse, acabarán enfrentándose en otra guerra civil! He de impedirlo.

También mi padre es plenamente consciente de que es algo inevitable. Estoy destinado a gobernar Stormwind, nací para ser su rey. No podré afrontar ese destino si se me sigue tratando como a un niño.

La maga se mordió el labio inferior y, sin más dilación, se enjugó las lágrimas con la mano.

— Tienes razón —reconoció, recobrando la calma. — Ya no eres un niño. Tanto a tu padre como a mí nos gustaría que siguieras siéndolo, pero a tu edad ya has visto tantas cosas, ya has tenido que hacer tantas cosas…

Entonces, se le quebró la voz y no pudo seguir.

— Procura que no te atrapen, Anduin Wrynn —le espetó con severidad y rabia.

Durante un segundo, el príncipe se quedó desconcertado, hasta que se dio cuenta de que no estaba enfadada con él, sino furiosa porque no había otra salida.

— Detén a tu padre. Procura que el riesgo que corres merezca la pena, ¿entendido?

Anduin asintió en silencio. Jaina lo estrechó entre sus brazos con fuerza, como si lo estuviera abrazando por última vez. Quizá, en cierto sentido, así era, y estaba intentando despedirse del niño que había sido hasta hacía bien poco. El príncipe la abrazó a su vez, y sintió un escalofrío. No obstante, aún mayor que el miedo que sentía era la calma que lo invadía; esa sensación de serenidad que anidaba en lo más hondo de su ser y que le confirmaba que estaba haciendo lo correcto.

La maga se apartó de él y le dio unas palmaditas en la mejilla. Las lágrimas surcaban el rostro de Jaina al tiempo que intentaba esbozar una sonrisa.

— Que la Luz te acompañe —le dijo como despedida.

Acto seguido, retrocedió y conjuró un hechizo para crear un portal.

— Me acompaña —replicó Anduin, — Lo sé.

Una vez dicho esto, atravesó el portal.

No eran más que unas meras sombras que se deslizaban por aquellas oscuras calles que se hallaban desiertas a esas horas de la noche. Se dirigían al norte, al Distrito de los Enanos, donde el humo campaba a sus anchas.

Se dirigían al Tranvía Subterráneo. La estación se hallaba totalmente desierta; además, al tranvía no se le veía por ninguna parte. Cuando se encontraba en funcionamiento, colocaban unos focos potentes cada pocos metros a lo largo de la vía para mayor seguridad y comodidad de los usuarios. Ahora que el tranvía se encontraba «cerrado por reparación» en la estación de Ironforge, Varian había dado orden de que se apagaran todas la luces de la jurisdicción de Stormwind. Los dieciocho hombres y mujeres que ahora recorrían esas vías, que atravesaban con gran sigilo y velocidad ese sendero metálico, de manera sumamente silenciosa, estaban acostumbrados a moverse en la oscuridad; además, no había posibilidad de extravío ya que el camino era único y recto. Varian, sin embargo, si se movía generando algún que otro ruido, lo que le llevó a fruncir el ceño. Era el eslabón más débil de la cadena en esta fase de la operación. Había sido adiestrado de manera muy distinta a sus compatriotas. Si bien era un asesino tan letal como el resto de los componentes de aquel comando, su estrategia de ataque era muy distinta; no obstante, estaba dispuesto a recibir sus consejos y ser corregido. Los diecinueve integrantes de aquel grupo portaban máscaras para proteger sus identidades.

En esa fase de la misión, el líder era Owynn Graddock, un enano de piel bronceada y de pelo y barba morenos. Había sido elegido personalmente para esa misión por Mathias Shaw, el director del SI:7. Aunque la mayoría eran humanos, contaban con varios enanos y unos cuantos gnomos entre ellos. Varian había insistido en que los incluyeran en el grupo de asalto. Si bien cualquier asesino debidamente adiestrado era capaz de cumplir aquella misión, los enanos y gnomos eran los que más se iban a beneficiar si lograban recuperar el control de Ironforge.

Antes del inicio de la misión, Graddock había explorado casi todo el recorrido del túnel por el que viajaba el tranvía, así que el comando sabía que se iba a encontrar.

— No hay ninguna fisura en el cristal que impide que el agua del lago entre en el túnel —dijo Graddock. — Esperaba que… Moira hubiera decidido inundar el túnel para evitar precisamente lo que nosotros vamos a hacer. Aunque supongo que no lo ha hecho porque querrá usar el tranvía en un futuro, quizá para atacar Stormwind. En cualquier caso, tenemos suerte. Bueno, por aquí… vi antes merodear a unos Dark Iron. Así que…

Entonces, alzó la vista, observó con sus solemnes ojos castaños a Mathias y a Varian y añadió:

— Aquí comienza la batalla.

Apretaron el paso hasta echar a correr, sumidos casi en un completo silencio, hasta que llegaron al lago subterráneo. Varian no se detuvo a contemplar las maravillas de aquel lago, que resultaban visibles a través de aquel robusto cristal. Se encontraba totalmente concentrado en la misión.

Siguieron avanzando con gran celeridad, sin que ninguno de ellos jadeara lo más mínimo. Entonces, un aroma intenso, dulce y empalagoso alcanzó las fosas nasales de Varian. Olía a tabaco de pipa. Sonrió bajo su máscara al percatarse de que sus enemigos acababan de revelar su posición de manera muy tonta. En cuanto el rey ralentizó su marcha, sus compañeros lo imitaron. Bajo aquella penumbra, pudo ver cómo Graddock les indicaba por señas que se prepararan para entrar en acción.

Aquellos asesinos blandían distintas armas: dagas, punzones impregnados de veneno y guantes con artilugios especiales instalados en su interior. En ese instante, Varian se ajustó la máscara con más firmeza para asegurarse de que no se le cayera en plena refriega e hizo ademán de desenvainar las dos espadas cortas que eran sus armas. No obstante, habría preferido usar a la legendaria espada Shalamayne en esa misión, ya que estaba más acostumbrado a ella, pero como era muy fácilmente reconocible y no quería que nadie sospechase quién era hasta que decidiera revelar su identidad…

Entonces, Graddock hizo otro gesto, y, al instante, avanzaron muy lentamente. Esta vez, Varian no hizo ningún ruido al pisar el chirriante metal. Estaba aprendiendo. En ese momento, pudo divisar a un grupo de enanos a cierta distancia frente a él. Eran cinco y estaban sentados sobre unas mantas plegadas. Se hallaban rodeados de jarras de cerveza y de bandejas repletas de las sobras de una opípara comida; y, además, Varian no podía creérselo, estaban jugando a cartas.

Graddock sostuvo una mano en el aire y luego la bajó tres veces seguidas.

De inmediato, los asesinos entraron en acción.

Varian no estaba muy seguro de cómo se comunicaban entre ellos durante el ataque, pero le dio la impresión de que aquel asalto no podía ejecutarse con tal precisión sin estar coreografiado. Cada uno de aquellos enanos se encontró con un asesino vestido de cuero negro encima de él, y sólo pudieron exhalar un grito entrecortado de asombro antes de morir. Varian había decidido cargar contra ellos, blandiendo sus espadas, mientras reprimía las ganas de gritar, pero para cuando llegó a la altura de los enanos, los cinco ya habían sido asesinados rápidamente y en silencio. Uno de ellos tenía un cuchillo clavado en un ojo. A otro le habían partido el cuello. Un tercero tenía la cara hinchada, un efecto secundario de un veneno muy rápido, y aún babeaba espuma por la boca. En ese momento, un gnomo llamado Brink, que se estaba quedando calvo y que tenía un aspecto extrañamente peligroso para alguien de su raza, y una humana se pusieron de pie, al tiempo que limpiaban el filo de sus armas con frialdad y eficiencia, tras haber matado a los dos últimos enanos.

A continuación, procedieron a acabar con el siguiente grupo de enanos. Se estaban acercando, poco a poco, a Ironforge.

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