Devastación: Preludio al Cataclismo – Capítulo Treinta y Uno

Devastación: Preludio al Cataclismo ¡Anduin! —exclamó Rohan con un tono de voz entre cariñoso y sorprendido mientras contemplaba a aquel muchacho, que había aparecido de repente en la Sala de los Misterios. — Teníamos entendido que habías escapado. ¿Por qué diantres has regresado?

Anduin salió del portal mágico y se agazapó rápidamente en una esquina de aquella sala. Rohan lo siguió, hablando de un modo apremiante en voz baja.

— Moira está en pie de guerra por tu culpa. Ya ha registrado en dos ocasiones esta sala y tiene a sus lacayos peinando Ironforge centímetro a centímetro. Si bien la reina no ha dicho nada sobre tu desaparición, no cabe duda de a quién está buscando.

— Tenía que volver —respondió Anduin, hablando en todo momento entre susurros. — Mi padre planea una incursión en Ironforge. He de detenerlo. Su plan consiste en asesinar a Moira, porque cree que es una usurpadora.

Las blancas cejas de Rohan se unieron en una sola cuando este frunció el ceño.

— Pero no lo es. Es una reina pésima, de eso no hay duda, y ha encarcelado a personas decentes. No obstante, es la heredera legítima al trono, y por detrás de ella en la línea sucesoria se encuentra el mocoso de su hijo.

— Exacto —replicó Anduin, quien se sentía agradecido por que Rohan entendiera su razonamiento sin necesidad de explicarlo. — Lo que está haciendo está muy mal. Ojalá todo el mundo comprendiera la situación como tú. Intentó convertirme en su prisionero, pues nunca tuvo intención de dejarme marchar. Pero eso no quiere decir que mi padre tenga derecho a asesinarla sin más. Este no es su reino, y matándola sólo conseguirá que los enanos se sientan ultrajados y que estalle una nueva guerra civil. Además, hay cosas que quiere hacer que son pertinentes.

— ¿Cómo has sabido que tu padre planeaba matarla? ¿Estás seguro de que tu información es correcta?

Como Anduin no quería implicar a Jaina, simplemente hizo un gesto de asentimiento con la cabeza.

— Confío en lo que me han contado con la misma seguridad que sé que la Luz me guía, padre Rohan.

— Bueno, como eres un príncipe, y no un humilde sacerdote como yo, si crees que esa información es cierta, entonces yo también la creeré. Además, tienes razón. Asesinar a nuestros líderes no está bien… y a cierta gente le gustan algunas de las ideas que la reina ha propuesto. Te ayudaré, muchacho. ¿Qué quieres que haga?

En ese instante, Anduin se percató de que no había planeado nada aún.

— Hum —musitó dubitativo. — Sé que mi padre va a entrar por el túnel del Tranvía Subterráneo. No sé cuándo se supone que llegará aquí, pero creo que deberíamos interceptarlo.

— Hum —replicó Rohan. — Como sucede con tantas cosas, es más fácil decirlo que hacerlo. A pesar de que eres todavía un muchacho, tu tamaño es superior al de un enano. Y los Dark Iron te buscan.

— Pues tendremos que extremar la precaución —decidió Anduin. — Y yo tendré que andar encorvado. ¡Vamos!

* * *

Los dieciocho asesinos y el rey de Stormwind abandonaron las vías del Tranvía Subterráneo y subieron al andén, donde se toparon con varios enanos Dark Iron. Aquella lucha no tuvo color, y el equipo del SI:7 despachó rápida y despiadadamente a los guardias de Moira. La lucha había atraído la atención de algunos curiosos, de un gentío compuesto en gran parte de gnomos, que miraba fijamente a aquellos hombres y mujeres ataviados con máscaras y cuero negro, sin saber muy bien si habían venido a rescatarlos o si se trataba de nuevos enemigos.

— No se preocupen — les serenó Graddock. — Hemos venido para ajustar cuentas con Moira y sus muchachos, no con la buena gente de Ironforge.

Los gnomos, que se habían apiñado unos contra otros, dieron un grito de alegría.

A continuación, el comando de asalto se dirigió a la Sala de Expedicionarios, la cual, a aquellas horas de la noche, debía de estar desierta y en silencio. A partir de ahí, sólo tenían que avanzar en línea recta hasta llegar al Trono tras cruzar la Gran Fundición.

Entretanto, el gnomo llamado Brink se había adelantado para reconocer el terreno.

— Son veintitrés —informó con gravedad. — Diez de ellos son guardias Dark

Iron.

— ¿Sólo diez? Esperaba más —replicó Graddock. — Adelante.

* * *

Al final, Anduin no tuvo que andar encorvado, pues una de las sacerdotisas era alquimista y se había mostrado dispuesta a prepararle una poción de invisibilidad.

— No serás invisible mucho tiempo —le advirtió, — y sabe a rayos.

— Corro muy rápido —le aseguró Anduin, quien tomó inmediatamente aquel frasquito, quitó el corcho y tosió debido a los vapores que desprendía. La sacerdotisa tenía razón: olía asqueroso.

— Salud —brindó el príncipe y, acto seguido, se llevó el frasco a los labios.

— Espera un momento, muchacho —le pidió Rohan. — Ahí fuera pasa algo…

Parecía que se había desatado un alboroto en la zona principal.

Varios guardias corrían de un lado a otro, con un aspecto más torvo que el de costumbre.

— Oh, espero que no te hayan visto —dijo Rohan en voz baja.

En ese instante, uno de los guardias se acercó a gran velocidad a la Sala de los Misterios. Anduin se agazapó entre las sombras, dispuesto a beber la poción de un trago en caso necesario.

— ¡Vengan, Sanadores! ¡Los necesitamos! ¡Rápido!

— ¿Qué ocurre? —preguntó Rohan, quien demostró ser un gran actor al comportarse como si los guardias acabaran de despertarlo.

—Se ha desatado una batalla en el Tranvía Subterráneo —contestó el guardia Dark Iron.

— ¿De veras? —replicó Rohan en voz alta para que Anduin pudiera escucharlo. — ¿Cuántos heridos hay? ¿La batalla se circunscribe a un lugar determinado?

— Hay unos diez heridos, y no, la batalla se ha extendido a la Gran Fundición. ¡Ordena a todos los sacerdotes disponibles que vengan cuanto antes!

Rohan miró hacia atrás fugazmente, como si así quisiera pedirle disculpas a Anduin, y, a continuación, reunió todo su instrumental y marchó presuroso junto a los demás sacerdotes. Anduin acababa de ser abandonado a su suerte.

— He llegado tarde —murmuró para sí.

Si Varian y el comando de asesinos ya estaban en la fundición…

Una expresión sombría se dibujó en su rostro y, sin más dilación, se llevó la poción a la boca y se la tragó entera; sabía tan mal que no pudo evitar esbozar una mueca de asco.

Después, Anduin Wrynn corrió como alma que lleva el diablo hacia el Trono, hacia Moira… y hacia su padre.

* * *

Tras despachar a los primeros guardias con sumo sigilo, el comando de asesinos se detuvo para recuperar el resuello, y se confundió con las sombras. Frente a la fundición se hallaba el Trono… Pero varios Dark Iron impedían su avance.

— Nos dividiremos en dos grupos. Ustedes —dijo Graddock, señalando a nueve de sus hombres, — quedense conmigo. Nosotros nos ocuparemos de los guardias de la fundición. El resto, vaya con Varían. Llévenlo hasta Moira, cueste lo que cueste. ¿Está claro?

Todos asintieron. A pesar de que tenían una misión muy difícil por delante, ninguno de ellos parecía especialmente nervioso. Mientras Varian escrutaba los alrededores, Brink se permitió el lujo de bostezar y estirarse. El rey supuso que para ellos estas misiones eran algo habitual, como había sido algo habitual para Varian masacrar a enemigos el doble de grandes que él cuando era gladiador.

— Muy bien. En marcha.

Y sin más advertencias, el primer grupo entró en acción. Varian, cuya vista se había acostumbrado a vislumbrarlos en la oscuridad después de todas las horas que habían pasado juntos aquella noche, parpadeó al ver cómo ahora era imposible distinguirlos de las sombras. En cuanto los asesinos atacaron, comenzaron a escucharse gritos, que pertenecían a los enanos que degollaban o lanzaban a los recipientes llenos de mineral fundido.

— ¡Vamos, vamos! —le conminó Brink, quien no paraba de darle codazos a Varian en el muslo.

No hizo falta que se lo dijera dos veces. Al instante, el grupo del rey echó a correr a gran velocidad por la Gran Fundición. Los guardias Dark Iron apostados en aquel lugar los interceptaron a medio camino y soltaron toda clase de bravatas. Varian, quien estaba encantado de poder combatir, al fin, cuerpo a cuerpo con su espada en mano después de haber estado desplazándose con sumo sigilo durante toda la noche, profirió un grito de batalla y se abalanzó con ganas sobre el primer guardia. Sus espadas chocaron con el filo del hacha y el escudo del enano, haciendo saltar chispas en medio de aquella penumbra. Varian tuvo que reconocer que aquel Dark Iron era un buen guerrero que logró defenderse de las estocadas del rey en cuatro ocasiones, hasta que este esquivó su contraataque y acertó al enano justo en la parte de su cuerpo que la armadura dejaba al descubierto entre el brazo y la coraza.

Sin más dilación, se giró, trazando un arco paralelo al suelo con una de sus espadas, que impactó contra la armadura de otro guardia. Este aulló de dolor y cayó al suelo de rodillas. Acto seguido, Varian le propinó una patada en la cara y, de inmediato, lo decapitó con su otra espada. No obstante, no llegó a ver cómo la cabeza se estrellaba contra el suelo, porque ya estaba buscando con la mirada a quién iba a atacar a continuación.

Su equipo se encontraba dentro del Trono, despachando con celeridad y despiadadamente a cualquiera que se atreviera a oponerse a ellos. De todos modos, sabían que, a esas horas, Moira no iba a estar sentada en el trono que ocupaba ilegítimamente, sino en sus aposentos privados, dormida, con su mocoso.

Varian corrió hacia la puerta que llevaba a los aposentos privados de la reina ilegítima, totalmente centrado en ella, como si no hubiera otra cosa en el mundo en la que pensar. Corrió como alma que lleva el diablo hacia la puerta y se giró en el último segundo para golpearla con su hombro, protegido por una de las piezas de su armadura. Pero la puerta no cedió. Una vez más, la golpeó con fuerza, y otra, y otra más. Se sumaron a él dos asesinos que contribuyeron con sus hombros a la noble tarea de derribar la puerta.

De improviso, la puerta se hizo astillas y la atravesaron medio cayéndose por la inercia. Acto seguido, los atacaron. Varian escuchó a una mujer gritar y el berrido de un bebé asustado, pero no les prestó atención, puesto que estaba centrado en despedazar con sus espadas a los dos enanos que arremetieron contra él. Cayeron derrotados rápidamente, y la sangre que manaba a raudales de sus heridas lo salpicó. Desgraciadamente, una de sus espadas se quedó clavada en el torso de uno de ellos, y a pesar de que intentó sacarla de ahí, Varian se vio obligado a abandonar el arma. Se dio la vuelta, agarró la espada que aún le quedaba con ambas manos e intentó localizar a su presa.

Moira Bronzebeard estaba en la cama; llevaba puesto un camisón, tenía el pelo desaliñado y los ojos se le iban a salir de sus órbitas por culpa del temor que la dominaba. Varian se quitó la máscara con la que se había tapado la parte inferior de la cara, y Moira profirió un grito ahogado al reconocerlo. Al rey de Stormwind le bastó dar un par de zancadas para plantarse frente a ella. La cogió del brazo y la sacó a rastras de la cama. A pesar de que Moira se resistió, la mano de Varian se cerró en tomo a su muñeca como si de unas esposas se tratara.

La enana salió dando tumbos de la habitación arrastrada por Varian, a quien le daba igual que trastabillara o no. El rey se dirigió a una zona bastante amplia cerca de la fundición, donde una muchedumbre se estaba congregando, arrastrando a la enana. Entonces, obligó a Moira a acercarse a él, tirando bruscamente de ella con un solo brazo.

En la otra mano sostenía la espada con la que amenazaba con cortar el pálido cuello de la enana.

— ¡Contemplen a la usurpadora! —bramó Varian, quien ya no ocultaba su identidad mientras su voz reverberaba en aquel espacio tan vasto. — Esta es la hija de Magni Bronzebeard, por la que su difunto rey lloró infinidad de lágrimas. Su querida hijita. ¡Si pudiera ver lo que les ha hecho a su ciudad y a su pueblo, se revolvería en su tumba!

El gentío que se había congregado en aquel lugar la miró fijamente.

Ni siquiera los Dark Iron se atrevieron a hacer un solo movimiento, porque si lo hacían, su emperatriz correría grave peligro.

— El trono de Ironforge no te pertenece. Accediste a él por medio de engaños, mentiras y trucos. Has amenazado a tus propios súbditos a pesar de que estos no han hecho nada malo, y te has abierto camino con malas artes hasta un trono que no te mereces. ¡No voy a permitir que sigas sentada en ese trono que has usurpado ni un instante más!

— ¡Padre!

Aquella voz rasgó el velo de ira que cubría el juicio de Varian, de tal modo que la hoja que amenazaba con degollar a Moira tembló. Pero, al instante, recuperó su pulso firme. Y no apartó sus ojos de la enana en ningún momento mientras replicaba a su hijo.

— No deberías estar aquí, Anduin. Vete. Este no es un lugar adecuado para ti.

— ¡Sí lo es!

La voz se iba aproximando, atravesando la muchedumbre en dirección a él. De inmediato, la mirada de Moira pasó de estar clavada en Varian a posarse sobre su hijo. Sin embargo, no hizo ademán de implorar ayuda, probablemente porque era consciente de que cualquier movimiento, exceptuando el de sus ojos, provocaría que aquella espada horadara profundamente su pálida garganta.

— ¡Tú me enviaste a este lugar! Querías que conociera cómo era el pueblo enano, y eso fue lo que hice. Conocí muy bien a Magni, y estaba aquí cuando Moira apareció para reclamar el trono. Fui testigo del revuelo que causó su llegada. Y fui testigo también de cómo estuvo a punto de estallar una guerra civil cuando la gente intentó recurrir a las armas para resolver los problemas que tenían con su nueva reina. Con independencia de lo que opines sobre ella, ¡es la legítima heredera al trono de Ironforge!

— Quizá lo sea por derecho de sangre —rezongó Varian, — pero no está bien de la cabeza. Magni siempre creyó que se hallaba bajo el influjo de un poderoso conjuro, hijo mío; intentó convertirte en su prisionero. Y retiene a mucha gente aquí sin ningún motivo.

Tras cerciorarse de que tenía bien sujeta a la enana, el rey de Stormwind giró levemente la cabeza.

— ¡No está preparada para liderar a su pueblo! ¡Va a destrozar todo lo que Magni construyó! ¡Va a acabar con todo aquello por lo que murió!

Entonces, Anduin se acercó a su padre, con un brazo extendido de modo suplicante.

— Ese conjuro del que has hablado no existe, padre. Magni prefería creer que su hija había sido hechizada antes que admitir la verdad: que había obligado a marcharse a su hija con su actitud de rechazo hacia ella por no haber nacido varón.

Las negras cejas de Varian se unieron en una sola al fruncir este el ceño.

— No sé cómo te atreves a escupir sobre la memoria de un hombre tan honorable, Anduin.

Anduin no se inmutó lo más mínimo al escuchar estas palabras.

— Los hombres honorables también cometen errores —replicó el príncipe, implacable.

En ese instante, su padre se ruborizó y supo que no necesitaba decir nada más. Aun así, prosiguió:

— Los Dark Iron aceptaron a Moira tal como era. Se enamoró de uno de ellos, se casó siguiendo las normas de ese clan y le dio un hijo a su marido. Es la legítima heredera enana al trono enano. Por tanto, son los enanos quienes deben decidir si la aceptan o no como reina. No es un asunto de nuestra incumbencia.

— ¡Te retuvo como rehén, Anduin! —le espetó su padre con una voz atronadora, que provocó que su hijo se estremeciera ligeramente. — Hijo mío, no puedes permitir que esa afrenta quede sin castigo. No puedo permitir que los retenga a ti y a toda una ciudad como prisioneros. No puedo, ¿lo entiendes?

Su hijo, su hermoso muchacho… Le costaba tanto reprimir las ganas de gritar de furia mientras le clavaba la hoja de su espada en el cuello a la usurpadora, las ganas de regocijarse al sentir su sangre caliente empapándole la mano. Así se cercioraría de que nunca más volvería a amenazar a su hijo. Podía hacerlo. Podía matarla. Oh, cuánto ansiaba asesinarla.

— Entonces, deja que responda ante la ley y ante su pueblo por lo que ha hecho. Padre… eres un buen rey que siempre ha querido hacer lo correcto. Crees en la ley y en la justicia. No eres ningún… ningún justiciero. Destruir…

Anduin se detuvo a media frase y, acto seguido, una extraña calma se apoderó de su joven rostro, como si acabara de recordar una cosa.

— Destruir es muy fácil. Crear algo bueno, algo justo, algo que perdure… eso es muy difícil. Matarla sería tan fácil. Pero tienes que pensar en qué es mejor para el pueblo de Ironforge, qué es mejor para los enanos… para todos ellos sin excepciones. ¿Por qué no van a decidir los enanos en qué medida quieren participar en la política internacional? ¿Por qué no van a aceptar a los Dark Iron como un clan más si se muestran pacíficos y responsables?

Tras haber pronunciado el príncipe aquellas palabras, se escucharon murmullos. Varian miró a su alrededor, enojado. Y Rohan se aclaró la garganta antes de hablar:

— El muchacho dice la verdad, majestad. Algunas cosas que plantea Moira son razonables. Aunque la forma en que ha querido lograrlas ha sido una soberana estupidez. Pero, al final, sigue siendo nuestra princesa. Y en cuanto sea coronada como es debido, será nuestra reina.

— Si Moira fallece y no hay un claro heredero al trono, ¡estallará una guerra civil! —advirtió Anduin. — ¿Acaso crees que eso será bueno para el pueblo enano? ¿Acaso crees que eso es lo que Magni querría? Además, esa guerra podría extenderse a Stormwind… o a los elfos de la noche, o a los gnomos. ¿También vas a tomar la decisión de matarla en nombre de todos esos pueblos? e, una gota de sangre manchó la espada.

En ese momento, la mano de Varian empezó a temblar, y Moira dejó escapar un chillido al pinchar la hoja ligeramente su garganta. Al instant

No eres ningún… ningún justiciero.

Destruir es muy fácil.

Quiero hacer lo correcto… lo…, pensó Varian en medio de un torbellino de pensamientos. Pero ¿cómo voy a crear algo que perdure? Esta enana es la heredera legítima al trono, y, sí, los enanos podrían volverse unos contra otros si la mato. No me corresponde a mí tomar esta decisión. Esta es su ciudad, y su reina o su pretendiente al trono. Si pudiéramos dar con Brann o Muradin…

Entonces, el rey de Stormwind parpadeó.

— Por mucho que desee que no sea verdad —le espetó cruelmente a Moira, quien lo miraba aterrorizada con los ojos desorbitados, — he de reconocer que tienes derecho a reclamar el trono. Pero, al igual que yo, no debes conformarte con eso. Se necesita mucho más que la legitimidad que otorga pertenecer a un linaje para gobernar como es debido un pueblo. Tendrás que ganarte su confianza.

Acto seguido, la apartó de un empujón. Pese a que la enana trastabilló hacia atrás, no hizo ademán de huir. Pero ¿cómo iba a hacerlo si estaba rodeada por los habitantes de la ciudad que había intentado gobernar con crueldad y arrogancia?

— Es obvio que no podremos entregarte las riendas de Ironforge sin más. Aún no estás preparada. Lo has dejado bien claro. Esta gente no es como los enanos Dark Iron sobre los que estás acostumbrada a mandar. Como todos sabemos, los enanos se dividen en tres clanes: los Dark Iron, los Bronzebeard y los Wildhammer. Si quieres que el pueblo enano se una, me parece bien. Pero, entonces, cada uno de los clanes deberá tener un representante en el gobierno. ¡Una voz a la que escucharás!! ¡Por la Luz!

Varian iba reflexionando al respecto mientras exponía la solución que se le había ocurrido. Los Wildhammer habían demostrado ya en otras ocasiones que les interesaba muy poco Ironforge y que sus intereses estaban centrados en otros lugares. Eran una nación sobre la que Moira nunca iba a reinar.

Pero aquí estaba en juego no sólo su título de reina, sino el futuro de los enanos como pueblo. Se trataba de evitar, tal como Anduin había señalado, que estallase una guerra civil. Le parecía que era correcto… más que correcto probar esa fórmula de gobierno. Si se aplicaba correctamente, al final serían los propios enanos quienes decidirían su destino.

Moira no dijo nada; simplemente, miró a su alrededor con ojos temerosos. Ahí de pie, en camisón, parecía una niña asustada…

— El poder se repartirá entre los tres clanes representados por tres líderes, por tres… martillos —prosiguió Varian. — Tú representarás a los Dark Iron, ya que te casaste con su emperador; Falstad, a los Wildhammer; y Muradin o Brann o quien sea, a los Bronzebeard. Escucharás sus peticiones y atenderás sus necesidades. Cooperarás con ellos por el bien común del pueblo enano. No gobernarás en función de tus propios y egoístas intereses. ¿Me has entendido?

Moira asintió con sumo cuidado.

— Te estaremos vigilando muy estrechamente. Da gracias porque tu sangre no salpique ahora mismo el suelo del Trono; da gracias porque tienes una segunda oportunidad para demostrar que estás preparada para liderar a los enanos —le espetó y, entonces, se inclinó sobre ella. — No los decepciones.

A continuación, Varian asintió cortésmente y, al instante, todos los miembros del equipo del SI:7 envainaron sus armas con la misma celeridad con que las habían desenvainado. Moira se llevó una mano a la garganta y con cierta indecisión se tocó en el lugar donde Varian le había hecho un corte diminuto. Temblaba de manera ostensible.

La gélida elegancia y la falsa dulzura que solía ostentar habían desaparecido por completo.

El rey de Stormwind había acabado con ella. Se volvió hacia Anduin y comprobó que su hijo sonreía y asentía henchido de orgullo. Con sólo dos zancadas, Varian salvó la distancia que los separaba y, acto seguido, abrazó a su muchacho. Mientras abrazaba a Anduin con fuerza, escuchó los primeros aplausos. La ovación fue en aumento, y se le sumaron vítores y silbidos. Y se corearon los nombres de los clanes enanos…

«¡Wildhammer!» «¡Bronzebeard!» E incluso se coreó a los Dark Iron.

Varian alzó la vista y contempló cómo decenas, tal vez centenares, de enanos sonreían y lo vitoreaban por la decisión que había tomado. Entretanto, Moira permanecía sola, con la mano todavía sobre la garganta y la cabeza gacha.

— ¿Lo ves, padre? —dijo Anduin, quien se echó hacia atrás para poder observar su rostro. — Sabías exactamente qué había que hacer, qué era lo correcto. Sabía qué harías lo correcto.

Varian sonrió.

— Para poder tener fe en mí mismo, necesitaba que alguien creyera en mí —replicó el rey de Stormwind. — Vamos, hijo. Es hora de volver a casa.

* * *

Thrall y Aggra volvieron raudos y veloces a Garadar, donde se encontraron con un gélido y lóbrego recibimiento. La Abuela Geyah, que parecía especialmente triste, se levantó para dar un abrazo a su nieto. Un tauren alto y bastante erguido se hallaba junto a ella. Thrall lo reconoció de inmediato: se trataba de Perith Stormhoof. El líder de la Horda se puso lívido al instante.

— Ha pasado algo terrible, ¿verdad? —interrogó Thrall, aunque aquella frase no sonó a pregunta sino a afirmación. — ¿Qué ha ocurrido?

Geyah le tocó con una mano en el pecho, a la altura del corazón, y le dijo:

— Primero debes saber que hiciste lo correcto al venir a Nagrand, con independencia de lo que haya sucedido en tu mundo en tu ausencia.

Thrall miró a Aggra, que parecía tan contrariada como él. No obstante, se obligó a mantener la calma y, acto seguido, dio una sencilla orden.

— Habla, Perith.

Y Perith obedeció. Lo contó todo con voz serena y firme, sin detenerse apenas. Les habló del asesinato a traición de unos inocentes druidas que se habían reunido pacíficamente, y de cómo un ultrajado Cairne había desafiado a Garrosh. Le contó que el gran jefe tauren murió en combate y que más tarde se determinó que había fallecido envenenado a manos de Magatha Grimtotem.

Les contó que se habían producido masacres en Thunder Bluff, en el poblado Bloodhoof y en el Refugio Roca del Sol.

Cuanto terminó su relato, le entregó un pergamino enrollado.

— Por otro lado, Palkar, el encargado de cuidar a Drek’Thar, te envía este mensaje.

Thrall desenrolló el pergamino y tuvo que armarse de valor para no temblar. Mientras leía el mensaje de Palkar, un mensaje que revelaba que, al contrario de lo que había pensado, si bien la mente de Drek’Thar divagaba a veces, aún tenía visiones que se acababan cumpliendo, se le encogió el corazón en un puño. Unas gotitas de tinta rodeaban la letra de Palkar cuando este había anotado las últimas palabras que Drek’Thar había pronunciado tras aquella visión: La tierra llorará, y el mundo se quebrará… El mundo se quebrará. Al igual que otro mundo se había quebrado y había sido devastado con anterioridad…

Thrall se tambaleó, pero se negó a sentarse. Permaneció de pie, sin doblar las piernas, como si tuviera las rodillas soldadas en esa posición. Durante un buen rato, estuvo haciéndose infinidad de preguntas: ¿Acerté al venir aquí? ¿El escaso conocimiento que he adquirido compensa la muerte de Cairne? ¿La muerte de tantos inocentes y pacíficos tauren? Y si he hecho lo correcto, ¿estoy a tiempo de salvar mi mundo?

— Baine —dijo al fin. — ¿Qué ha sido de Baine?

— No sabemos nada de él, líder —respondió Perith. — Pero creemos que sigue

vivo.

— ¿Y qué ha hecho Garrosh?

— De momento, nada. Al parecer, está esperando a ver qué bando resulta victorioso.

Thrall apretó los puños con fuerza. Entonces, sintió una ligera caricia, similar a la de una pluma, y dirigió la vista hacia abajo. Aggra le estaba acariciando la mano. De inmediato, sin saber muy bien por qué, abrió el puño y dejó que sus dedos se entrelazaran con los de la joven orco. Acto seguido, respiró hondo.

— Estas… —intentó hablar, pero se le quebró la voz y tuvo que volver a intentarlo. — Estas son unas noticias terribles. Se me rompe el corazón al pensar en tanta muerte.

En ese instante, posó su mirada sobre Geyah y prosiguió:

— Hoy he obtenido cierta información de las Furias que creo que me ayudará a sanar Azeroth. Esperaba marchar dentro de unos días, pero estoy seguro de que entenderán que he de partir inmediatamente.

— Por supuesto —replicó Geyah. — Ya hemos preparado tus cosas para que puedas irte cuanto antes.

Al escuchar estas palabras, se sintió contento y triste al mismo tiempo; triste porque no iba a poder disfrutar de unos minutos para ordenar sus pensamientos y recobrar la compostura. Geyah, que era una orco muy lista, se percató de ello enseguida.

— Aunque estoy segura de que querrás estar a solas un rato para meditar sobre todo esto antes de partir —añadió la Abuela, y Thrall aceptó la sugerencia sin más dilación.

Se alejó un poco de Garadar y se aproximó a un grupo de árboles.

Entonces, una reducida manada de talbuks salvajes clavó su mirada en él; acto seguido, fustigaron el aire con sus colas y se posaron a escasa distancia para seguir pastando en paz.

Thrall se sentó sobre la hierba dejándose caer con todo su peso. Se sentía como si tuviera mil años. Le estaba costando mucho asimilar la magnitud de aquellas catastróficas noticias. ¿Cómo era posible que todo lo que le habían contado, el asesinato de los druidas, de Cairne, de un número incalculable de tauren en el corazón de sus tierras, fuera verdad? Se sintió mareado y sostuvo la cabeza entre las manos un instante.

Su mente retrocedió hasta el momento en que mantuvo su última conversación con Cairne y, al instante, una punzada de dolor atravesó su corazón. Había intercambiado unas duras palabras con su viejo amigo, y esas palabras eran las últimas que le había dicho a Cairne… La muerte de este pareció afligirlo mucho más que todas las vidas inocentes que se habían perdido como consecuencia del asesinato de Cairne. Porque había sido un asesinato. Además, no había fallecido librando un combate justo en la arena, sino envenenado…

Dio un respingo en cuanto sintió que alguien le tocaba en el hombro y, a continuación, se giró y se topó con Aggra, que estaba sentada junto a él. La ira se apoderó de Thrall, que le espetó:

— ¿Has venido a regodearte, Aggra? ¿A decirme que soy un líder desastroso? ¿Que mis decisiones le han costado la vida a uno de mis mejores amigos y a infinidad de inocentes?

Los ojos marrones de la joven orco, que en esos momentos negaba con la cabeza y guardaba silencio, refulgían con una bondad inconmensurable.

Thrall exhaló aire con fuerza y se detuvo a contemplar el horizonte.

— Si has venido a decirme eso, debes saber que no me vas a contar nada que no sepa.

— Eso lo doy por sentado. Normalmente nadie necesita ayuda para fustigarse — replicó Aggra con calma, y Thrall sospechó que hablaba con conocimiento de causa.

La joven orco titubeó un momento y, a continuación, añadió:

— Cometí un error al juzgarte tan duramente. Te ruego que me disculpes.

El líder de la Horda hizo un gesto con la mano con el que intentó quitarle hierro al asunto. Tras las noticias que acababa de recibir, los comentarios ácidos de Aggra eran la menor de sus preocupaciones.

Aun así, la orco siguió hablando:

— Cuando nos enteramos de tu existencia, me embargó la emoción. Crecí escuchando historias sobre Durotan y Draka. Admiraba a tu madre sobre todo. Quería… quería ser como ella. Y cuando supimos más cosas de ti… Todos pensamos que vendrías a tu verdadero hogar, a Nagrand. Pero decidiste quedarte en Azeroth a pesar de que nosotros, los Mag’har, nos habíamos unido a la Horda, a través de la cual nos habíamos aliado con seres muy extraños. Y… me sentí traicionada al saber que el hijo de Draka renegaba de su pueblo. Si bien es cierto que viniste a visitamos una vez, no te quedaste mucho tiempo. Y nunca pude entender por qué decidiste regresar a tu mundo.

Thrall la escuchó atentamente, sin interrumpirla en ningún momento.

— Entonces, viniste a visitamos por segunda vez. Querías nuestra sabiduría; una sabiduría obtenida con mucho esfuerzo y sufrimiento. Pero no para ayudar al mundo que fue la cuna de nuestro pueblo, sino a ese mundo extraño que nos es ajeno. Eso me enfureció. Por eso te traté tan mal. Fue una reacción muy egoísta por mi parte.

— ¿Qué te hizo cambiar de opinión sobre mí? —preguntó Thrall presa de la curiosidad.

Hasta entonces, la joven orco había mirado al horizonte, al igual que el líder de la Horda. De pronto volvió la cabeza hacia él. La luz oblicua del sol vespertino destacaba aún más las marcadas facciones orcas de su semblante marrón. En ese instante, Thrall, que se había acostumbrado a hallar la armonía y la belleza en los rostros de las mujeres humanas, dado que había crecido entre esa raza, se sintió sobrecogido ante la hermosura de su semblante.

— Empecé a cambiar de opinión antes de la ceremonia de revelación mística — contestó con calma. — Tu actitud me hizo cambiar de parecer. No entrabas al trapo de mis provocaciones, evitando así salir escaldado. Tampoco intentaste convencer a la

Abuela de que yo no debía seguir siendo tu mentora. Además, cuanto más te observaba, cuanto más te escuchaba, más me daba cuenta de que… las cosas, la gente te importan de verdad.

— Fui tu guía en la revelación mística, donde fui testigo de cómo los elementos que viven en tu interior habían influido en tu vida, como le sucede a todo auténtico chamán. Compartí tus penas y tus alegrías. Te vi con Taretha, con Drek’Thar, con Cairne y Jaina.

Vives de acuerdo a unos principios, aunque no lo comprendiste hasta que te sometiste al ritual de la revelación mística. No eres un niño ávido de poder en busca de nuevos y más difíciles retos.

Intentas hacer lo mejor por el bien de tu pueblo… por todos ellos. No sólo por el bien de los orcos o de la Horda, sino incluso por el bien de tus adversarios. Quieres hacer…

Entonces se detuvo, acarició con una de sus manos marrones la tierra de forma cariñosa y añadió:

— … lo mejor por el bien de tu mundo.

— No sé si lo que he hecho ha sido lo mejor para mi mundo — reconoció Thrall. — Si me hubiera quedado…

— Entonces, no habrías aprendido todo lo que has aprendido en este mundo.

— Ya, pero Cairne seguiría vivo. Al igual que los tauren que vivían en Thunder Bluff y…

Aggra le agarró del brazo con una rapidez inusitada y le clavó las uñas furiosa.

— Con lo que has aprendido en este mundo, tal vez puedas salvarlos a todos. ¡A

todos!

— O tal vez no pueda salvar a nadie —replicó Thrall.

No obstante, el líder de la Horda no retiró el brazo; se quedó observando cómo fluía la sangre bajo aquellas uñas.

— Siempre has elegido la posibilidad de triunfar sobre la certeza de la derrota. Si no hubieras actuado así, no habrías hecho nada en la vida, y no habrías llegado a ser líder. Habrías sido un cobarde, indigno de tal honor—dijo mientras su gesto se tornaba aún más torvo. — Pero si ahora quieres regodearte en tu pena… Adelante, llora, mi pobre Go’el. Ríndete si quieres. Pero tendrás que hacerlo sin mí.

Hizo ademán de ponerse de pie, pero Thrall la agarró de la muñeca y le lanzó una mirada iracunda.

— ¿Qué insinúas?

— Insinúo que si prefieres compadecerte en vez de hacer algo para arreglar las cosas, quedará demostrado que me equivoqué al cambiar de opinión sobre ti. Y no te acompañaré a Azeroth.

Al escuchar esta respuesta, el líder de la Horda apretó con más fuerza la muñeca de la joven orco.

— ¿Tenías… tenías intención de acompañarme a mi mundo? ¿Por qué?

Una amplia gama de emociones surcó fugazmente el rostro de Aggra, quien, al final, le contestó:

— Porque deseo estar contigo y no quiero separarme de ti, Go’el.

Aunque, por lo visto, estaba equivocada, porque no eres como pensaba que eras. No me iré con alguien que…

De improviso, la rodeó con sus brazos y la atrajo con fuerza hacia él.

— Te habría dejado que me acompañaras. Me habría gustado que recorrieras junto a mí ese sendero que no sabemos adónde nos llevará. Me he acostumbrado a escucharte, a que me indiques cuándo me equivoco… y me encanta oír tu voz cuando me hablas con tanta dulzura. Sufriría mucho si no te tuviera cerca. ¿Vendrás conmigo a mi mundo y estarás a mi lado en todo momento?

— ¿Quieres que sea… tu consejera?

Thrall asintió, con la mejilla posada sobre la coronilla de Aggra.

— Para que seas la fuente de mi sabiduría, como el Aire… mi remanso de paz, como la Tierra —respondió y, acto seguido, respiró hondo y prosiguió:

— Para que seas la llama de mi pasión y el mar de mis sentimientos, mi Fuego y mi Agua. Y si así lo deseas, yo seré todo eso para ti también.

Thrall sintió cómo Aggra se estremecía entre sus brazos; la fuerte y valerosa orco llamada Aggra temblaba como una hoja. Se apartó ligeramente de él y, tras posar una mano sobre el pecho de Thrall, cruzó su mirada con la suya.

— Go’el, mientras sigas utilizando este gran corazón para liderar a tu pueblo y amarme a mí, te seguiré hasta los confines de este mundo, o cualquier otro, o incluso más allá.

Thrall le acarició la mejilla, y su piel verde contrastó con la piel marrón de Aggra. A continuación, se inclinó hacia ella hasta apoyar su frente con delicadeza sobre la de Aggra.

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