Devastación: Preludio al Cataclismo – Capítulo Veintiocho

Devastación: Preludio al CataclismoLos Grimtotem eran unos guerreros muy poderosos que habían recibido un entrenamiento único. Desde la infancia, mientras otros tauren aprendían a estar en armonía con la naturaleza y estudiar los ritos del Gran Coto, los Grimtotem aprendían a luchar entre ellos. Aprendían a matar con rapidez y de manera muy limpia, con las manos, los cuernos y cualquier otra arma que tuvieran a su disposición. Si estallaba un conflicto violento, lo más probable era que los Grimtotem ganaran la pelea. No luchaban con honor, sino con el único fin de ganar. Sin embargo, contaban con un número de efectivos limitado. Por eso, Magatha sólo había podido atacar ciertos lugares y había escogido centrarse principalmente en tomar la ciudad más importante de los tauren, desde la cual Cairne lideraba a su pueblo; por eso arrasó el corazón de Mulgore, el primer hogar de verdad que los Tauren habían tenido jamás, e intentó matar al hijo que el líder tauren había engendrado. Habían ganado la primera batalla. El alba se cernió sobre los cientos de cadáveres que yacían en Thunder Bluff y sus alrededores. Los Grimtotem atacaron el lugar con un doble objetivo en mente: eliminar a aquellos que probablemente se opondrían a su dominio, y sembrar el terror entre la población tauren al masacrar a todo aquel que se atreviera a alzar un arma en su contra.

Sus enemigos yacían sufriendo el rigor mortis en medio de charcos de sangre coagulada, así como muchos otros que, simplemente, estaban en el lugar equivocado en el momento equivocado. Por otro lado, aquellas muertes también eran un importante instrumento propagandístico. Magatha y sus Grimtotem se habían adueñado de Thunder Bluff. Se habían hecho con todos los recursos de la ciudad y tenían un montón de rehenes en sus manos que podrían utilizar como arma en las negociaciones. Los recientes ataques combinados con el fallecimiento de Cairne y la desaparición de su hijo habían suscitado una gran inquietud en el pueblo tauren. La vieja Bruja estaba segura de que los tauren aceptarían su liderazgo en un desesperado intento de recuperar la normalidad.

Sin embargo, Baine se le había escapado entre los dedos. Un espía le había informado de que uno de los suyos, Stormsong, la había traicionado. Magatha guardaba silencio, conteniendo su ira, en la cabaña que había sido el centro desde donde había ejercido el poder Cairne Bloodhoof. Había dado orden de asesinar a Stormsong, por supuesto, pero no albergaba muchas esperanzas de que fueran a localizarlo fácilmente. Sin ningún género de dudas, estaría con el «pretendiente»; así llamaba ahora, y animaba a los demás a hacerlo, a Baine desde el alzamiento Grimtotem. En cuanto dieran con Baine, Stormsong moriría junto a él; aunque le hubiera gustado que muriera antes de ese momento tan ansiado y esperado.

Tal como esperaba, pues Magatha no era necia, los tauren de enclaves más remotos como Feralas y, por supuesto, de la fortaleza druida del Claro de Luna ya habían iniciado una rebelión en su contra. Los mensajeros de otras tribus le habían comunicado que se negaban a someterse a su yugo, y habían afrontado su ejecución inmediata por traer unas noticias tan malas con un estoicismo que había irritado a Magatha.

No obstante, también circulaban otros rumores: que el pretendiente se escondía en el Claro de Luna; que este había alcanzado un acuerdo con la Alianza por el que, si lo ayudaban a reconquistar la Thunder Bluff, los aliados podrían comerciar libremente en aquel lugar; que contaba con la ayuda del poder de la Madre Tierra; que sus chamanes y druidas eran capaces de insuflar vida a los árboles para que marcharan y combatieran a su lado.

De todos esos rumores, sólo había uno que Magatha intuía que era cierto: Baine estaba reuniendo refuerzos, y cuando sus fuerzas fueran bastante poderosas, la atacaría.

Se hallaba tan sumida en sus pensamientos que Rahauro tuvo que intentar atraer su atención dos veces. La chamana resopló; estaba furiosa consigo misma por haberse ensimismado tanto, pues era consciente de que los más jóvenes se lo tomarían como un síntoma de senilidad. A continuación, dirigió su ira no contra su leal sirviente sino contra un joven mensajero orco plantado frente a ella. Alzó las orejas en cuanto se dio cuenta de lo que eso significaba. Si un mensajero orco se había presentado ante ella, eso significaba que…

Entonces, hizo una seña con la mano y le exhortó:

— Habla.

— Vieja Bruja Magatha, me presento ante ti en nombre del líder en funciones de la Horda, Garrosh Hellscream.

En cuanto escuchó aquellas palabras, dio la impresión de que los ojos se le iban a salir de sus órbitas. Dos días antes, había enviado un mensaje a Garrosh rogándole que le prestara su ayuda, sabedora de que, en algún momento, más pronto que tarde, Baine se presentaría en Thunder Bluff acompañado de un buen número de refuerzos. Aquella carta contenía un sinfín de halagos y alabanzas que parecían sinceros sobre la forma en que el joven orco dirigía la Horda. También le había prometido que estaba dispuesta a sellar la alianza entre los Grimtotem y la Horda de una manera formal si Garrosh le prestaba su apoyo en esta ocasión. Estaba segura de que Garrosh sabría sacar partido a los métodos… únicos de los Grimtotem para alcanzar sus propios fines. Magatha esperaba que la respuesta hubiera llegado bajo la forma de unas tropas que avanzaran hacia Thunder Bluff para ayudarla a defender aquel lugar, pero, al parecer, Garrosh tenía algunas preguntas que hacerle, o tal vez quisiera informarle sobre lo que pensaba hacer al respecto.

De un modo u otro, se sentía muy satisfecha por la pronta respuesta que había recibido su misiva; por lo cual, sonrió cortésmente al orco.

— Sé bienvenido a nuestro hogar, mensajero. Por favor, tómate tu tiempo para recuperar fuerzas y tomar un refrigerio. Ya podrás leernos más tarde el mensaje que tu amo quiere que me entregues.

Se reclinó en la silla, se cruzó de brazos y aguardó a que el orco cogiera un odre y, sumamente agradecido, diera un buen trago de agua; sin embargo, se negó a comer. Entonces, hizo una reverencia, sacó un cilindro de cuero de su mochila y extrajo de él un pergamino, que desenrolló a continuación, cuyo contenido leyó en voz alta y clara:

Estimada Vieja Bruja Magatha de los Grimtotem:

El líder en funciones de la Horda, Garrosh Hellscream, te desea, con toda sinceridad, una muerte muy lenta y dolorosa.

Al instante, un murmullo entrecortado se extendió por toda la sala.

Magatha permaneció inmóvil, hasta que, con una velocidad impropia de su edad, se levantó de la silla donde estaba sentada para propinarle un bofetón con el dorso de la mano al mensajero; acto seguido, sostuvo el pergamino a un brazo de distancia, por culpa de su vista cada vez más cansada, para poder leerlo por sí misma.

Se me ha hecho ver que no me permitiste matar a mi contrincante con honor. Cairne era un héroe para la Horda, y un miembro respetable de una raza honorable. Con gran indignación y furia, he descubierto que provocaste su muerte valiéndote de una artimaña traicionera y utilizándome como un mero instrumento ejecutor.

Si bien tales tácticas quizá sean válidas para tu tribu renegada que carece de honor y para esa escoria de la Alianza, yo las desprecio.

Deseaba luchar contra Cairne en buena lid, y ganar o perder en virtud de mi talento como guerrero. Ahora nunca podré saber si hubiera salido victorioso de ese combate, y se me considerará un traidor allá donde vaya hasta que llegue el momento en que pueda mostrar tu cabeza clavada en una pica y señalarte como la verdadera traidora.

Por tanto, mi respuesta es… no. No voy a enviar tropas de leales y honrados orcos a pelear junto a una tribu rastrera y traicionera.

Que venzas o pierdas está ahora en manos de la Madre Tierra. De un modo u otro, ansío recibir la noticia de tu fallecimiento.

Te abandono a tu suerte, Magatha. Seguirás siendo repudiada y rechazada como siempre lo has sido. A partir de ahora, con más razón si cabe. Disfruta de tu soledad.

Cuando llevaba leída sólo la mitad de la carta, le comenzó a temblar la mano de tal modo que arrugó parte de la misiva. Cuando terminó de leerla, echó la cabeza hacia atrás y profirió un grito de furia. A continuación, extendió una mano al frente. De repente, un relámpago cayó del cielo, que atravesó el techo de paja del edificio y acertó de lleno al mensajero, al que fulminó al instante.

El hedor de la carne quemada invadió todos los rincones de la sala.

Todo el mundo contempló un instante aquel cuerpo verde que tenía el pecho ennegrecido y carbonizado. Acto seguido, dos Vigías de la Cima se acercaron al cadáver, sin que nadie se lo ordenara, y se lo llevaron de allí.

Magatha respiraba con dificultad y resoplaba presa de una inmensa furia con los puños apretados con fuerza.

— ¿Matriarca? —dijo Rahauro con un tono de voz indeciso y cauteloso, puesto que rara vez había visto a su ama tan enojada.

Magatha tuvo que realizar un ímprobo esfuerzo para recobrar la compostura. Y tras lograrlo, habló:

— Según parece, Garrosh Hellscream se niega a prestar ninguna clase de ayuda a los Grimtotem.

Como no quería avergonzar a los miembros de su tribu con los devastadores insultos que Garrosh había vertido en su misiva, decidió no hacer ninguna mención al respecto.

— Entonces, ¿nos ha abandonado a nuestra suerte? ¿Estamos solos?—preguntó Rahauro un tanto preocupado.

— Sí, como siempre hemos estado. Aun así, siempre hemos prevalecido. No te preocupes, Rahauro. Tenía prevista esta eventualidad.

Pero estaba mintiendo, ya que había estado convencida, hasta entonces, de que podría seguir manipulando al joven Hellscream con suma facilidad. Sin embargo, ese estúpido concepto del honor con el que estaban tan obsesionados los orcos, y, a decir verdad, también su propia raza, había actuado como una serpiente que acecha escondida entre la hierba, dispuesta a morderla cuando menos se lo esperase. Al final, tuvo la desgracia de que los Kor’kron se llevaran a Gorehowl de la arena antes de que pudiera limpiar el veneno de su hoja.

Aun así, ya sólo tenía que acabar con Baine Bloodhoof y restablecer el orden en Mulgore para culminar sus planes. Con el tiempo, los tauren se irían tranquilizando y acabarían aceptándola como su nueva líder. Entonces, cuando hubiera asentado su poder y estuviera en una posición de ventaja, se ocuparía de que Garrosh Hellscream acabara deseando cambiar de opinión respecto a ella y su tribu.

Entretanto, tendría que prepararse para el inevitable ataque del pretendiente.

La gélida brisa marina recorría aquella habitación situada en la planta superior de Víveres Jazzik. El tauren que deambulaba por aquella sala nervioso, cuyo pelaje negro salpicado de manchas blancas lo identificaba claramente como un Grimtotem, agradecía el frescor de esa brisa, aunque se sentía demasiado expuesto en aquel lugar. Aun así, era el sitio al que le habían indicado que debía ir.

— Eh, has venido, qué bien —dijo alguien a sus espaldas.

El tauren se volvió y saludó con un gesto de asentimiento de su cabeza a Gazlowe, el líder goblin de Trinquete, quien, en ese instante, subía las escaleras saludándolo con la mano.

— No te preocupes. Esta es mi ciudad. Mientras te encuentres aquí, estarás a salvo. Tengo entendido que tu jefe quiere hacerme una propuesta.

El Grimtotem asintió y respondió:

— En efecto.

Acto seguido, Gazlowe señaló una mesa junto a la que había dos sillas. El tauren se sentó en una de ellas con sumo cuidado al principio, aunque luego lo hizo con más confianza al percatarse de que la silla era capaz de soportar su enorme peso.

— Necesitamos varias cosas —le indicó al goblin.

Entonces, Gazlowe extrajo una pipa de su chaqueta y una bolsita repleta de hierbas. Mientras hablaban, fue llenando la pipa con aquellas hierbas.

— Puedo conseguiros prácticamente de todo, pero no les daré nada gratis. No es nada personal, son sólo negocios, ya me entiendes.

El tauren volvió a asentir y replicó:

— Estoy dispuesto a pagarte por los servicios que nos brindes. Aquí tienes la lista.

A continuación, hizo rodar por la mesa un pergamino enrollado en dirección hacia el goblin. Sin embargo, Gazlowe se lo tomó con mucha calma, y hasta que no acabó de colocar en su sitio las hierbas y de encender la pipa, no extendió una de sus verdes manos para hacerse con la lista. En cuanto la leyó, se le pusieron los ojos como platos.

— ¿Cuántas bombas quieren?

— Creía que sabías leer, amigo goblin.

— Creía que habían escrito un cero de más. O quizá dos —replicó al tiempo que su boca se curvaba alrededor de la cánula de la pipa. — Madre mía. Con los beneficios que obtenga con este encargo, a lo mejor puedo comprarme otro barco. O incluso una ciudad entera.

Al instante, posó su mirada sobre el Grimtotem.

— ¿Estás seguro de que van a poder pagarme todo esto?

El tauren respondió cogiendo una bolsa que llevaba atada al cinturón y era más grande que su descomunal puño, la cual emitió un agradable tintineo metálico al aterrizar sobre la mesa.

— Cuéntalo si quieres. Por lo que me han dicho, tus precios siempre son justos.

— Incluso cobrándote un precio sumamente justo, ganaré una pequeña fortuna — dijo Gazlowe, quien abrió la bolsa de tal modo que la luz del sol vespertino se reflejó en el oro. — Pardiez.

— ¿Podrás conseguimos todo lo que figura en la lista?

Gazlowe se rascó la cabeza; obviamente, se debatía entre dar una respuesta sincera o la que realmente quería dar.

— Tal vez —contestó un instante después.

Dio una calada a la pipa y, acto seguido, dejó que el humo saliera por su nariz larga y ganchuda.

— Tal vez —repitió el goblin.

— Pero tienes que conseguirlo todo en unos cuantos días.

Aquello sorprendió tanto a Gazlowe que el humo se le fue por otro lado y tuvo un ataque de tos, de tal modo que el humo salió de su boca en forma de diminutas nubecillas.

— ¿Cómo?

Entonces, el Grimtotem le mostró una segunda bolsa, que si bien no era tan grande como la primera, sí era bastante respetable.

— Mi… jefe entiende que hay que pagar un extra si se pide que un trabajo se haga con urgencia.

El goblin dejó escapar un tenue silbido al ver la segunda bolsa.

— Tu jefe es muy inteligente —ponderó mientras repasaba la lista una y otra vez. — No va a ser fácil, pero… sí. Podré conseguirles todo.

El goblin titubeó. Y el Grimtotem permaneció sentado haciendo gala de una infinita paciencia. Dentro de la mente del goblin se estaba librando una tremenda batalla.

Entonces, profirió un suspiro muy tenue y quejoso y, acto seguido, extrajo un puñado de monedas de la segunda bolsa y devolvió el resto al tauren. El Grimtotem lo miró tremendamente confuso.

¿Cómo era posible que un goblin no aceptara ese dinero que le ofrecían libremente?

— Escucha. No se lo cuentes a nadie… —le pidió Gazlowe, — pero es que yo… esto… apoyo lo que intentan hacer.

El tauren parpadeó sorprendido.

— Me… me alegro.

Gazlowe asintió y, a continuación, se puso de pie.

— Tendré todo dentro de cuatro días. Antes, no.

— Me parece bien.

De inmediato, el tauren también se puso de pie, y se dio la vuelta dispuesto a marcharse.

— Oye, abuelo…

El Grimtotem se volvió hacia el goblin.

— Dile a Baine que su padre siempre me cayó bien.

Al instante, Stormsong Grimtotem esbozó una tenue sonrisa.

— Lo haré.

El ejército ya había emprendido la marcha.

Si bien Baine estaba convencido de haber tomado la decisión correcta al no buscar vengarse de Garrosh Hellscream, no estaba dispuesto a pedirle ayuda a ese orco impetuoso, lo cual significaba que se las tendría que arreglar él solo. Por fortuna, la noticia de que Magatha había matado a traición a Cairne se iba extendiendo poco apoco. El campamento Mojache aún no había caído en manos de los Grimtotem, pues sus moradores resistían denodadamente los ataques. Por tanto, no podía contar con ellos para que les suministraran refuerzos. No obstante, el poblado Viento Libre había logrado repeler un asalto de los Grimtotem y seguía siendo leal a la dinastía Bloodhoof. Todos los habitantes de aquel poblado que eran capaces de luchar se habían presentado voluntarios para combatir junto a Baine la primera noche que este apareció por aquel lugar en busca de refugio. El líder tauren contaba con dos decenas de guerreros en buena forma, y otros tantos que necesitaban adiestramiento urgentemente pero que poseían un entusiasmo y una pasión innegables. Cairne había despertado un gran cariño entre su pueblo y su hijo era respetado y honrado. Sin ningún género de dudas, cualquier tauren que no perteneciera al clan Grimtotem, o que no los temiera, estaba dispuesto a prestar su apoyo a Baine.

El líder tauren portaba con orgullo a Fearbreaker, aunque en ningún momento explicó a nadie quién le había dado aquella maza, ya que si lo hacía, temía que pudiera poner en peligro a Anduin.

Aquella arma no había visto la luz del día desde hacía décadas, o tal vez siglos. Si bien no parecía la típica arma forjada por los enanos, había que reconocer que era bastante pequeña. De todos modos, casi todas las armas eran pequeñas comparadas con el descomunal tamaño de los tauren. No obstante, cuando le preguntaban de dónde la había sacado, respondía simplemente:

—Me la regaló un amigo como muestra de la fe que tiene depositada en mí y en mi causa.

Aquella explicación parecía satisfacer a casi todo el mundo.

El ejército de Baine ascendía por el Camino del Oro hacia el campamento Taurajo. Les habían llegado noticias desde el Refugio Roca del Sol de que habían logrado repeler el ataque de los Grimtotem y que enviaban algunas tropas a su encuentro como refuerzo. Baine avanzaba sin esconderse, enviando así un claro mensaje a los espías Grimtotem que los podían estar observando: que no les tenían miedo. Asimismo, desde que habían dejado atrás los marjales de Revolcafango para adentrarse en las áridas tierras de los Baldíos, el número de sus tropas había ido en aumento.

Pero no sólo los tauren se sumaban a su causa. También contaban con varios trolls entre sus filas, así como unos cuantos orcos, en incluso un par de Renegados o sm’dorei. Los Renegados que se habían presentado voluntarios explicaron que se sentían en deuda con los tauren, ya que estos, al fin y al cabo, habían hablado en su favor para que pudieran pasar a formar parte de la Horda. El resto de sus tropas estaba compuesto, en gran parte, por mercenarios; sin embargo, había podido contratarlos gracias a Jaina, quien le había proporcionado una considerable cantidad de oro cuyo origen nadie sería capaz de rastrear. Además, Baine estaba seguro de que su concurso sería vital para determinar el resultado de la batalla.

Entonces, divisaron un kodo al otro extremo del camino que sólo era un diminuto punto en la lejanía; en cuanto estuvo lo bastante cerca, Baine pudo reconocer a su jinete, Stormsong. El chamán se acercó a lomos de su enorme montura hasta el líder tauren, que avanzaba a pie, y siguió cabalgando a su lado.

— ¿Me traes alguna buena noticia? —le interrogó Baine.

— Sí, una buenísima —contestó Stormsong. — Gazlowe ha prometido que nos entregará todo lo que necesitamos dentro de cuatro días. Además, no ha aceptado todo el dinero que le hemos ofrecido. Me pidió que te dijera que siempre admiró a Cairne y que apoya nuestra causa.

— ¿De veras? —exclamó sorprendido Baine mientras alzaba la vista en dirección al chamán. — Un goblin nos muestra su lealtad más sincera, de lo cual me alegro. Ver para creer.

En ese instante, Hamuul, que había estado conversando con sus colegas druidas, se aproximó a ellos.

— Tal como predijiste, saben que vamos para allá. Nuestros espías en Thunder Bluff nos han informado de que se están preparando para un asedio. Pero eso tiene también su parte buena: como están reuniendo todas sus tropas y suministros en ese lugar, no nos atacarán en el camino.

Baine asintió.

— Como creen que Thunder Bluff es inexpugnable, consideran que si nos plantan cara en el camino, sacrificarían en vano las vidas de un buen número de guerreros Grimtotem.

Entonces, Stormsong resopló.

— Deberían haber visto la cara que puso Gazlowe cuando leyó la lista. A la matriarca y sus seguidores les espera una gran sorpresa.

Si bien los refuerzos procedentes del Refugio Roca del Sol no eran muy numerosos, sí eran muy rápidos, puesto que ya estaban esperando a Baine cuando este se aproximó al sendero que llevaba al oeste desde el Camino de Oro del Sur que llevaba a Mulgore. Se sintió muy animado al escuchar una ovación de bienvenida, y pudo apreciar que, entre todos aquellos cánticos, también coreaban su nombre.

— ¡Baine! ¡Baine! ¡Baine!

— Escúchalos —le comentó Hamuul. — Les inspiras confianza y les haces albergar esperanzas. Si bien tu plan es audaz y arriesgado, creo que precisamente por eso saldrá bien. Posees la firmeza de tu padre así como una gran imaginación que no has heredado de nadie, Baine Bloodhoof. Saldrás victorioso de esta batalla.

— Rezo por que tengas razón —replicó el líder tauren. — Si fracasamos, me temo que un fatal destino aguarda a nuestro pueblo.

Thunder Bluff, donde hacía poco habían reinado el jolgorio y el bullicio de la celebración de la victoria, se hallaba ahora sumida en un silencio profundo. Si bien la primera batalla la habían ganado con suma facilidad gracias al sigilo y el abrigo que les había proporcionado la noche, los Grimtotem se preparaban en esos momentos para repeler a un ejército encabezado por un líder aclamado y respetado, y no para asesinar a unos objetivos que yacían dormidos, como había sucedido con anterioridad. La Thunder Bluff era un lugar fácilmente defendible, en el que podrían resistir un largo asedio. Aun así, la idea de tener que permanecer encerrada en esa ciudad mucho tiempo no era del agrado de Magatha.

Baine había cometido un error al avanzar hacia aquel lugar con tan poco sigilo. Quizá así hubiera logrado ganar adeptos a su causa, pero al mismo tiempo le había dado tiempo a su enemigo para prepararse.

Y Magatha no había desperdiciado la oportunidad.

Si bien escalar Thunder Bluff no era una hazaña imposible, sí era una tarea muy complicada, sobre todo para los tauren debido a su tamaño, y mucho más si el adversario estaba preparado para la llegada de esos escaladores. Los ascensores eran una pieza clave de su estrategia. En esos momentos, los ingenieros de la tribu estaban colocando bombas en ellos que detonarían con sólo apretar un botón; si al final los hacían estallar, las tropas de Baine no podrían hacer nada salvo acampar allá abajo y esperar. Además, si las detonaban en el momento oportuno, podrían llevarse por delante a unos cuantos seguidores de Baine. Por otro lado, también se habían protegido contra los medios mágicos de infiltración, como, por ejemplo, los portales de teleportación.

La espera se les estaba haciendo eterna. La falta de sigilo con la que avanzaba el ejército del líder tauren había permitido que los Grimtotem llevaran varios días reuniendo una gran cantidad de comida y de otras provisiones. La matriarca había dado orden a todos sus guerreros de que abandonaran el poblado Bloodhoof y se retiraran del Refugio Roca del Sol, donde su ataque había sido repelido, para poder defender la capital con todos sus efectivos.

Cuanto más pensaba en ello, más se serenaba. Derrotaría a Baine, tal como había derrotado a su padre, y consolidaría su dominio sobre los tauren.

La Vieja Bruja se fue a dormir a la cabaña que había pertenecido en su momento a Cairne Bloodhoof, donde sus placenteros sueños se vieron interrumpidos por un brillante destello de luz y el bramido del consiguiente trueno, que provocó que la tierra se sacudiera. Magatha se incorporó de inmediato, resoplando, mientras la lluvia caía con fuerza sobre la cabaña. Entonces, descargó otro relámpago cegador. No obstante, Magatha estaba acostumbrada a las tormentas, como tauren y chamana que era. Sin embargo, esta en concreto poseía una ferocidad inusitada. Olisqueó el aire y escuchó con suma atención, con todos los sentidos alerta. Quizá su imaginación le estaba jugando una mala pasada. Aun así, si había logrado sobrevivir tanto tiempo, era porque solía hacer caso a su instinto. Por eso decidió vestirse y coger una capa para protegerse del torrencial aguacero y, a continuación, abandonó la cabaña.

Magatha alzó la vista y entrecerró los ojos al sentir la lluvia sobre su rostro. Aquel cielo negro y gris estaba cubierto de nubes negruzcas que ocultaban las estrellas, lo cual no era nada fuera de lo normal.

Al fin y al cabo, por algo se llamaba Thunder Bluff. Tras comprobar con suma satisfacción que no se trataba de nada más que una tormenta especialmente intensa, se bajó un poco más la capucha para protegerse mejor de la lluvia.

Entonces, vio un objeto muy extraño. Desde detrás del nubarrón grisáceo que había utilizado para esconderse, surgió una nave voladora de colores chillones sobre la cual pendía un globo de color púrpura. Después, apareció otra… y otra más. La matriarca profirió un grito ahogado al percatarse de lo que eran.

— ¡Nos atacan con zepelines! —aulló Magatha.

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