Devastación: Preludio al Cataclismo – Capítulo Veintinueve

Devastación: Preludio al CataclismoEn cuanto Magatha pronunció esas palabras, unas cuerdas fueron lanzadas desde ambos lados de los zepelines y, acto seguido, varios tauren, orcos y trolls bajaron por ellas. Pillaron tan desprevenidos a los Grimtotem que muchos hombres del ejército rival pudieron poner pie en tierra sanos y salvos antes de que estos reaccionaran y pudieran hacerse con armas de fuego y arcos con los que defenderse.

Una vez en tierra, el enemigo lanzó su ataque con gran celeridad.

Tres guerreros rivales se dirigieron directamente hacia Magatha, quien se había despertado del todo. La matriarca frunció el ceño y metió los dedos en una bolsita que portaba en la cintura. A continuación, los cerró en tomo a uno de sus tótems. Al instante, los elementos respondieron; unos relámpagos irregulares surcaron el firmamento repentinamente, y varios de ellos cayeron sobre el enemigo como si fueran lanzas. En el caos subsiguiente, otro zepelín más tomó una posición en el cielo que permitió el desembarco de sus peligrosos pasajeros.

Magatha resopló y alzó los brazos al cielo. De inmediato, un relámpago alcanzó a uno de los zepelines, que ardió al instante; el fuego avanzó con enorme velocidad y devoró la enorme estructura acanalada del globo en cuestión de segundos. De alguna manera, el piloto logró virar de tal modo que fue a estrellarse, zarandeándose en el aire, en la torre de vuelo.

La matriarca soltó un juramento. Los dracoleones que se hallaban en su interior no le servirían de nada ahora que no eran más que un montón de cadáveres calcinados. El difunto piloto goblin había logrado que el trágico final de su aeronave sirviera para debilitar aún más al enemigo.

Pero no tuvo tiempo para detenerse a meditar sobre las consecuencias de aquel incidente, porque una tremenda explosión hizo tambalearse el Gran Alto de Thunder Bluff. El zepelín que aún quedaba operativo estaba bombardeando la zona. Cuerpos y miembros volaron por los aires, iluminados por la tenue luz incongruentemente rosácea del alba. Entonces, Rahauro agarró a la matriarca del brazo con la intención de arrastrarla a un lugar fuera de peligro. Sin embargo, Magatha le propinó un fuerte golpe y regresó a la refriega.

— ¡Cogan a los dracoleones que nos quedan para atacarles por el aire! —gritó. — Ya hemos derribado uno de esos zepelines.

¡Vayamos a por el otro!

— A por los otros… dos —le corrigió Rahauro.

Un gigantesco cuervo de tormenta aterrizó junto a Baine. A continuación, se retorció y adoptó la forma de Hamuul, quien le dijo a su cabecilla:

— Hemos perdido un zepelín. Pero toda su atención está centrada en el Gran Alto. El nubarrón invocado por Stormsong ha funcionado a las mil maravillas como camuflaje.

Baine asintió. El primer ataque fue el más espectacular y dramático.

Como tenían a su favor el factor sorpresa, habían conmocionado y sobresaltado al enemigo; asimismo, habían provocado que Magatha y sus mejores combatientes se congregaran en esa zona de la cima.

Luchaban contra las varias decenas de guerreros rivales que habían descendido de los zepelines para atacarlos y distraer su atención de los enemigos más lentos, pero mucho más difíciles de parar, que se acercaban sigilosamente a los Altos de los Cazadores, los Ancestros y los Espíritus. Baine les estaba dando a los Grimtotem a probar su misma medicina: estaba dividiéndolos y cortando la comunicación entre ellos. Si bien los Grimtotem habían optado, en su momento, por matar a los chamanes, druidas y cazadores para alcanzar ese fin, las tropas de Baine se limitaron a cortar las cuerdas de los puentes que conectaban los altos más pequeños con el alto principal. A pesar de que algunas flechas, balas y conjuros lograrían superar el espacio que separaba los diversos altos, la mayoría no lo conseguiría.

Al mismo tiempo, varios de los trolls mercenarios que había contratado estaban llevando a cabo una dura misión: escalaban con gran celeridad e implacablemente la escarpada colina. Las bombas que los Grimtotem habían colocado con tanto esmero para frustrar tal intento fueron desactivadas cuidadosamente.

Por otro lado, los ingenieros de la matriarca también habían colocado bombas en los ascensores; y como estas eran mucho más difíciles de desactivar, les estaba llevando mucho más tiempo neutralizarlas. Por el momento, la maniobra de distracción que habían iniciado en el Gran Alto estaba funcionando, y todavía no se le había ocurrido a nadie que había llegado el momento de detonar las bombas de los ascensores.

Aún no.

Los Grimtotem prepararon a los dracoleones que aún quedaban vivos para volar con gran celeridad y, acto seguido, alzaron el vuelo para combatir contra los zepelines. Los cazadores Grimtotem, que iban montados sobre esas criaturas aladas que se asemejaban a un león, dispararon contra la tripulación y los guerreros que estaban en la cubierta de la nave, incluso contra los druidas que habían adoptado la forma de cuervos de tormenta y se lanzaban en picado sobre el enemigo. No obstante, los Grimtotem se toparon también con una nube de balas y flechas que equilibró las fuerzas.

Magatha observó cómo un gran gato provisto de cuernos se abalanzaba sobre un cazador Grimtotem y, acto seguido, hundía sus colmillos en la garganta del desventurado tauren. Si bien tanto el druida como el cazador cayeron del dracoleón, el primero logró transformarse en cuervo de tormenta cuando se encontraba a apenas unos metros del suelo. Sin embargo, el cazador se estrelló contra el suelo, y ya no volvió a moverse.

El campo de batalla estaba sembrado de cadáveres. Había llegado el momento de retirarse. La matriarca sabía que unos magos Renegados se hallaban cerca de una caverna donde había unas masas de agua conocidas como las Pozas de las Visiones. Esos magos podrían, si los persuadía debidamente, crear un portal por el que Magatha podría huir a un lugar seguro. Por otro lado, la rampa que tradicionalmente comunicaba los diferentes niveles de la Thunder Bluff había sufrido el bombardeo de los zepelines y todavía estaba llena de humo. Magatha esbozó un gesto de contrariedad y, acto seguido, se giró y de un salto llegó al segundo alto. A continuación,

Rahauro y unos cuantos Grimtotem más la siguieron bien armados. Asimismo, los combates sangrientos cuerpo a cuerpo se iban extendiendo por todo el campo de batalla. Entonces, una sombra cayó sobre la matriarca, quien alzó la vista para contemplar a uno de los dos zepelines con los que aún contaba el enemigo.

— ¡Nos retiramos a las Pozas de las Visiones! —gritó. — ¡Detonad las bombas de los ascensores y, luego, venid conmigo!

— A sus órdenes, Vieja Bruja —contestó Cor, el Grimtotem al que se le había ocurrido la estrategia de colocar bombas, quien marchó raudo y veloz a cumplir con su cometido.

Magatha apretó el paso hasta llegar a una cabaña cercana a un puente. En sólo unos segundos, podría…

Entonces, se detuvo de inmediato, y sus pezuñas resbalaron sobre la madera desgastada del puente. Gorm logró agarrarla con una mano justó a tiempo de evitar que su matriarca cayera al abismo insondable que la aguardaba allá abajo.

— ¡Han cortado las cuerdas! —le advirtió Gorm, mientras tiraba de Magatha hacia atrás.

— Ya lo veo, estúpido.

Pero la matriarca no pudo completar la frase, porque una explosión la interrumpió. Se volvió hacia el alto y pudo comprobar cómo una columna de humo se elevaba en el lugar donde hasta hacía poco había un ascensor; al instante, esbozó una sonrisa. Después, aguardó expectante a que se produjera la siguiente detonación. Si bien eso supondría que Thunder Bluff se hallara asediada cierto tiempo, estaban preparados para tal eventualidad.

Pero no se escuchó otra explosión.

El ascensor alcanzó la cima, y Baine Bloodhoof salió de él con tal rapidez que Rahauro no pudo interceptarlo. Por detrás de Baine, pisándole los talones, se acercaban corriendo un oso Grimtotem y unos cuantos guerreros. De inmediato, Magatha intentó coger uno de sus tótems, pero antes de que su mano pudiera cerrarse en tomo a él, Baine se le echó encima. El líder tauren blandía un arma… no era una espada, sino una especie de maza, que era demasiado pequeña para él.

Al instante, esa diminuta maza impactó contra uno de los costados de la Vieja Bruja y se quedó sin aire. Como no había tenido tiempo de colocarse una armadura para protegerse desde que comenzó el ataque, el golpe hizo que saliera despedida por los aires. El dolor invadió todos los rincones de su cuerpo, y antes de que pudiera volver a respirar, y mucho menos incorporarse, Baine Bloodhoof se plantó ante ella blandiendo aquella arma tan peculiar por encima de su cabeza.

— ¡Ríndete! —le exigió. — ¡Ríndete, perra asesina y traidora!

La matriarca abrió la boca para decir algo, pero ninguna palabra brotó de sus labios. Seguía sin poder respirar y, por tanto, no podía hablar. Entonces, Baine frunció sus cejas marrones en un gesto de… ¿satisfacción? El pánico se adueñó de ella al percatarse de que con su silencio le acababa de dar permiso para golpear.

— ¡Me… rindo! —logró decir entrecortadamente, aunque esas palabras a duras penas resultaron audibles en el fragor de la batalla.

Entonces, Baine bajó la maza. Pero, por el rabillo del ojo, ella pudo atisbar cómo apretaba el otro puño y, al instante, perdió la consciencia.

Baine observó a los Grimtotem que había hecho prisioneros.

Algunos habían muerto en el transcurso del combate para reconquistar Thunder Bluff, y muchos de los que habían sobrevivido estaban heridos. Como había ordenado que atendieran sus heridas, ahora las vendas blancas destacaban sobre esos pelajes negros. Si bien habían sufrido muchas bajas durante aquella feroz batalla, habían muerto librando un justo combate, luchando por mantener el control sobre una ciudad que habían conquistado a traición. Por eso no lamentaba su muerte.

Y ahora se enfrentaba al problema de qué iba a hacer con los que habían sobrevivido, sobre todo con su líder.

Pese a que Magatha se hallaba entre los heridos, su orgullo seguía intacto. Se erguía altiva como siempre a pesar de estar flanqueada por dos Vigías de la Cima que daban la impresión de que estaban esperando a tener una excusa para atacarla y acabar con ella de una vez. Una parte de Baine también lo deseaba. Quería arrancarle la cabeza y empalarla en una pica a los pies de la cima a modo de advertencia, como se hacía en su día con las cabezas de los dragones… Tenía que admitir que sentiría una honda satisfacción si pudiera hacerlo.

Pero su padre no habría hecho algo así, y Baine lo sabía.

— Mi padre permitió que moraras aquí, en Thunder Bluff, Magatha. —le dijo Baine, quien omitió adrede el título de la líder Grimtotem. — Te trató de manera justa y hospitalaria a pesar de que era consciente de que seguramente conspirabas contra él.

La matriarca entornó los ojos y sus fosas nasales se ensancharon, pero no respondió dejándose llevar por la ira. La muy bruja era muy lista.

— Y tú se lo pagaste impregnando de veneno el arma de Garrosh Hellscream, y fuiste testigo impasible de cómo mi padre moría de manera innoble y agónica. El honor exige que alguien debe morir para compensar su muerte o que se celebre un mak’gora; no obstante, te desafiaría a ti, y no a Garrosh, que sólo fue un peón al que manipulaste.

La tensión se apoderó de Magatha, que aguardaba a que la retara formalmente de un momento a otro. Entonces, Baine sonrió con amargura y añadió:

— Creo en el honor. Mi padre murió porque creía en el honor. Pero hay otros valores que un líder debe respetar. También debe ser compasivo, y hacer lo mejor por el bien de su pueblo.

Se alejó de la cabaña hasta que se encontró cara a cara con ella, pezuña con pezuña. La matriarca se apartó ligeramente y agachó las orejas.

— Sé que te gusta el poder y el lujo, Magatha Grimtotem. Te dejaré vivir, pero no volverás a disfrutar de ninguna de ambas cosas.

A continuación, extendió un brazo, y uno de los Vigías de la Cima le entregó una bolsita. Magatha abrió los ojos como platos en cuanto la reconoció.

— Ya sabes qué es esto. Es la bolsita donde guardas tus tótems.

Metió los dedos dentro de la bolsa y, a continuación, extrajo un diminuto tótem tallado; uno de esos tótems que permitían a Magatha contactar con los elementos que se hallaban bajo su control. El líder tauren lo sostuvo entre dos vigorosos dedos y, acto seguido, lo aplastó. Pese a que la matriarca intentó evitar que un gesto de horror y de temor se dibujara en su rostro, no lo consiguió.

— No creo ni por asomo que esto vaya a cercenar del todo el vínculo que mantienes con los elementos —dijo Baine, quien, no obstante, repitió el mismo gesto con otro tótem, y luego con otro, e incluso con un cuarto. — Pero sé que los elementos se enfurecerán contigo. Te llevará tiempo recuperar su favor, y para lograrlo, tendrás que rebajarte y humillarte ante ellos. Creo que te vendrá bien arrastrarte una temporada por el fango. De hecho, aportaré mi granito de arena para que aprendas qué es la humildad. Abandonarás este lugar y serás desterrada a la inhóspita Sierra del Espolón. Allí tendrás que subsistir como puedas. Y te prometo que si no vuelves a hacer daño a nadie, nadie te lo hará a ti. Pero si decides atacar a alguien sin razón alguna que lo justifique, dejaré que cualquiera pueda hacerte todo cuanto desee. Vuelve a urdir un plan tan traicionero y… te juro, Magatha, que iré a por ti personalmente; te juro que aunque el espíritu del mismísimo Cairne Bloodhoof me implore que aplaque mi ira, eso no evitará que te decapite. ¿Está claro?

La matriarca asintió.

El líder tauren resopló y, acto seguido, retrocedió y miró a todos los demás Grimtotem.

— Algunos de ustedes no estaban de acuerdo con el baño de sangre que provocó Magatha, como es el caso de Stormsong Grimtotem. Todo aquel que desee dar un paso al frente y jurar lealtad a mí, al pueblo tauren y a la Horda, y reniegue públicamente del nombre Grimtotem, cuya sola mención mancilla la lengua de quien lo pronuncia, como ha hecho Stormsong, será perdonado. El resto podrá acompañar a su «matriarca» a esos páramos y compartir su destino. Y más les valdrá rezar para que no vuelva a ver suas caras nunca más.

Baine aguardó su reacción. Durante un largo instante, nadie se movió. Entonces, una tauren Grimtotem dio un paso al frente acompañada de sus dos crías, a las que llevaba de la mano. Se arrodilló ante Baine y agachó la cabeza; sus niños la imitaron.

— Baine Bloodhoof, no tuve nada que ver con la matanza que se produjo la noche en que invadimos este lugar, pero he de confesar que mi compañero sí participó en la masacre. Quiero que mis niños crezcan aquí, en una ciudad pacífica y segura, si nos dejas quedamos.

En ese instante, un toro negro se acercó a aquella hembra, a la que tocó en el hombro con una mano mientras se arrodillaba junto a ella.

— Por el bien de mi compañera y de mis hijos, me presento ante ti para ser juzgado. Soy Tarakor, y fui yo quien lideró el ataque tras la deserción de Stormsong. A pesar de que en toda mi vida nunca he visto a nadie ejercer la compasión, te pido clemencia por mis inocentes hijos, no por mí.

Poco a poco, se fueron acercando a él más y más Grimtotem, hasta que una cuarta parte de ellos se había arrodillado ante Baine, quien no era tan ingenuo para no ser consciente de que tendría que vigilarlos estrechamente. Ante la perspectiva de compartir el destino de Magatha: el destierro, la vergüenza y quedarse sin armas, pues Baine pretendía privarlos de cualquier arma con la que pudieran contraatacar, al menos temporalmente, daba por sentado que muchos se arrepentirían de repente de los deleznables actos que habían cometido en el pasado. No obstante, algunos estaban realmente arrepentidos. Y tal vez otros más acabarían arrepintiéndose de verdad pasado un tiempo. Era un riesgo que debía asumir si quería que se curasen las heridas que se habían abierto en el pueblo tauren.

Se sintió bastante complacido al contemplar la expresión que se iba dibujando en el semblante de Magatha al ver cómo cada vez más y más de sus leales Grimtotem le daban la espalda. No obstante, se imaginó que su padre le habría perdonado esa pequeña crueldad.

— ¿Nadie más? —preguntó.

El resto de los Grimtotem permaneció en su sitio y, acto seguido, asintió.

— Dos decenas de Vigías de la Cima los escoltarán a su nuevo hogar. No puedo desearles suerte. Pero, al menos, sus muertes no recaerán sobre mi conciencia.

A continuación, observó cómo se alejaban en dirección a los ascensores. Magatha no miró en ningún instante hacia atrás.

— No he hablado en vano, Magatha Grimtotem. Si te vuelvo a ver, aunque An’she me guíe, te daré muerte.

En su día, Garrosh se había sentido avergonzado de su linaje. Le había llevado tiempo entender, aceptar y, finalmente, enorgullecerse de quién era y de dónde venía. Armado con esa confianza, había hecho grandes gestas que le habían llevado a alcanzar las más altas cotas del honor para él y la Horda. Desde entonces, se había acostumbrado a ser adulado.

Pero, en esos instantes, mientras él y su séquito ascendían por el sinuoso desnivel que llevaba hacia el lugar de reunión acordado en Las Mil Agujas, sintió las miradas de los tauren clavadas en él y se puso tenso.

El hecho de saber que había cometido un grave error no era una sensación muy agradable. Lo cierto era que le habría gustado luchar contra Cairne con honor, de una forma respetuosa consigo mismo y con aquel al que consideraba un noble guerrero. Magatha no le había permitido librar una lucha justa, y había manchado vilmente su reputación ante los ojos de muchos… de demasiados seres. En realidad, él había sido una víctima más de esa traición, al igual que Cairne.

Se obligó a alzar la cabeza aún más y apretó el paso. Baine lo estaba esperando. El orco era más grande que Cairne, o tal vez, simplemente, andaba más erguido que aquel toro entrado en años. El tauren estaba de pie en silencio y sostenía junto a él el enorme tótem de su padre. Hamuul Runetotem, Stormsong Grimtotem y otros más aguardaban detrás de Baine a una cierta distancia.

Garrosh examinó detenidamente a Baine, recorriéndolo con la mirada de arriba abajo. Era alto y fuerte, y poseía esa serenidad que tanto había caracterizado a Cairne. El líder tauren parecía esperarlo plácidamente.

— Garrosh Hellscream —le saludó Baine con su voz grave y atronadora, quien, a continuación, agachó la cabeza.

— Baine Bloodhoof —replicó Garrosh. — Creo que tenemos mucho de qué hablar.

Entonces, el líder tauren hizo un gesto de asentimiento a Hamuul. El anciano archidruida centró las miradas de todos los demás tauren que estaban detrás de Baine, a quienes hizo una indicación. Acto seguido, agacharon la cabeza y se alejaron varios metros, para darles a ambos el espacio necesario para poder conversar en privado en la cima de aquella aguja yerma.

— Me has privado de poder disfrutar de más tiempo con mi padre, a quien quería —le espetó Baine sin miramientos.

Garrosh comprendió inmediatamente por qué derroteros transcurriría la conversación. Sería un diálogo directo sin esas falsas cortesías que Garrosh tanto despreciaba, lo cual le pareció perfecto.

— Tu padre me retó. Y no me quedó más remedio que aceptar su desafío, porque si no, mi honor y el suyo habrían quedado mancillados para siempre.

Baine mantuvo una expresión imperturbable en su rostro.

— Te valiste de un ardid, usaste veneno para ganar. Eso sí que es deshonroso.

Garrosh sintió la tentación de replicar de manera airada, pero se contuvo y respiró hondo.

— Por mucho que me avergüence admitirlo, he de reconocer que Magatha Grimtotem me engañó. Fue ella quien impregnó de veneno a Gorehowl. Ahora nunca podré saber si habría podido derrotar a tu padre en buena lid. Por eso me siento tan traicionado por esa bruja como tú.

Se preguntó si Baine sería capaz de entender lo que suponía para él tener que reconocer que lo habían manipulado.

— Tú estás aquí porque tu honor fue mancillado por esa bruja traicionera. Yo estoy aquí desolado por la muerte de mi padre mientras retiro los cadáveres de un buen número de inocentes que han sido asesinados. En mi opinión, uno de nosotros ha perdido mucho más que el otro.

Garrosh guardó silencio. El rubor se había apoderado de sus mejillas, por culpa de una emoción que no alcanzaba a comprender muy bien. No obstante, sabía que lo que Baine había dicho era cierto.

— Entonces, espero que el hijo me rete tal como me retó su padre — dijo el orco, rompiendo su silencio.

— No voy a desafiarte.

Garrosh frunció el ceño; no entendía muy bien aquella actitud. Sin embargo, Baine siguió hablando:

— No creas que no deseo luchar contra ti, Garrosh Hellscream. Si bien el filo de tu arma estaba impregnado de veneno, fue tu mano la que guió el hacha que mató a mi padre. Pero los tauren no somos tan mezquinos. Fue Magatha quien lo asesinó, no tú. Mi padre te desafió a un mak’gora, y el asunto que lo provocó ya está resuelto entre tú y él, aunque el combate no fuera justo por culpa del acto traicionero de Magatha. Cairne Bloodhoof siempre anteponía los intereses del pueblo tauren a los suyos. Mi pueblo necesita la protección y el apoyo que la Horda le puede prestar, y haré todo cuanto esté en mi mano para que así sea. No puedo honrar la memoria de mi padre si no actúo en beneficio de mi gente.

— Yo también amaba y respetaba a mi padre, y me he esforzado denodadamente por honrar su memoria. Nunca quise mancillar el honor de Cairne Bloodhoof, Baine. Lo sabes y lo entiendes a pesar de que murió víctima de una innoble traición, lo cual indica que vas a ser un buen líder para tu pueblo.

Entonces, Baine movió inquieto las orejas. Ese gesto indicaba que seguía enfadado, pero Garrosh no se lo reprochaba.

— Aun así, no entiendo que te hayas mostrado compasivo con los Grimtotem. Tengo entendido que si bien los has desterrado, decidiste que no te vengarías de ellos. Creo que en estas circunstancias, deberías haberlos retado a un mak’gora o haberte vengado de ellos de un modo todavía más cruel. ¿Por qué no has ejecutado a los Grimtotem o, al menos, a su tramposa matriarca?

— Los Grimtotem pueden ser muchas cosas, pero también forman parte del pueblo tauren. Mi padre sospechaba que Magatha podría traicionarlo algún día, por eso siempre quiso tenerla cerca, para poder vigilarla. Escogió ese camino para no provocar divisiones ni disputas en el seno del pueblo tauren. Y pienso honrar ese deseo.

Hay otras formas de castigo; no hace falta recurrir a la ejecución.

Otras formas que quizá sean más justas.

Garrosh intentó entender ese razonamiento. Aunque sabía que, en el fondo, él también habría querido respetar los deseos de su padre tal como había hecho Baine. Al final, se contentó con decir:

— Respetar los deseos y honrar la memoria de un padre es un comportamiento digno de alabanza.

Baine esbozó una gélida sonrisa a modo de respuesta.

— Como ya tengo muchas evidencias de que Magatha fue quien lo traicionó, la he desterrado y la he despojado de todo su poder. Todos los Grimtotem que han elegido irse con ella compartirán el mismo castigo. Muchos se han arrepentido de sus actos y se han quedado aquí. Los Grimtotem se han dividido en dos facciones: una liderada por Stormsong, quien me salvó la vida y me ha demostrado con creces su lealtad; y otra encabezada por Magatha. Si Magatha o cualquiera de sus seguidores Grimtotem se adentran en territorio tauren, serán ejecutados de inmediato. Me conformo con esa venganza. No pienso malgastar el tiempo buscando venganza, cuando puedo invertir mis energías en algo mucho más provechoso, como restaurar la paz.

Garrosh asintió. Ya sabía todo lo que necesitaba saber sobre el joven Bloodhoof y estaba impresionado.

— Entonces te ofrezco la protección y el apoyo pleno de la Horda, Baine Bloodhoof.

— Y en compensación por esa protección y ese apoyo, te ofrezco la lealtad del pueblo tauren —dijo Baine con cierta frialdad, aunque con total sinceridad.

Garrosh sabía que podía confiar en la palabra de aquel tauren.

Entonces, Garrosh le tendió la mano y Baine se la estrechó. Al instante, la mano de tres dedos del tauren cubrió por completo la del orco.

— Por la Horda —declaró Baine con serenidad, aunque la voz le tembló un poco de la emoción.

— Por la Horda—se sumó Garrosh.

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