Devastación: Preludio al Cataclismo – Capítulo Veintisiete

Devastación: Preludio al CataclismoLo primero que pensó Jaina al ver a Anduin materializarse de manera tan inesperada en su hogar, prácticamente delante de ella, era que debía avisar a su padre. A pesar de que Moira estaba haciendo un trabajo excelente al impedir que ninguna información entrara o saliera de Ironforge, resultaba casi imposible que consiguiera aislar la ciudad totalmente del resto del mundo. Sólo había pasado un día desde la llegada de Moira, y los rumores ya habían empezado a correr. Varian había intentado contactar con su hijo inmediatamente a través de una serie de cartas enviadas con urgencia, y al no recibir respuesta, la preocupación y la furia se adueñaron de él.

Si bien Jaina no era madre, sí era capaz de hacerse una idea del infierno que estaba pasando Varian; como padre de un hijo con el que había vuelto a convivir hacía poco, y como rey que temía por la seguridad de su reino. Pero, en aquellos momentos, la prioridad de la maga era apaciguar la situación que tenía entre manos, que amenazaba con explotar, y no calmar los temores de Varian. A veces, los conflictos políticos comenzaban y acababan con un encuentro entre dos personas. Aunque nunca había coincidido con Baine, su reputación le precedía. Además, había conocido a su padre a quien respetaba mucho y por el que sentía una gran estima. Baine había acudido a ella, corriendo así un grave riesgo, con la esperanza de que lo ayudara. Por otro lado, Jaina sí conocía a Anduin bastante bien, y sabía que si conseguía que superaran la conmoción y los recelos iniciales, podrían llegar a entablar una conversación muy provechosa.

Al final, había logrado aplacar sus temores, y había logrado que hablaran, tanto con ella como entre ellos. Las noticias que traían ambos eran espantosas cada una a su manera. Baine le informó del asesinato de su padre a manos de Garrosh y Magatha y la subsiguiente masacre que había sufrido un pueblo pacífico al producirse uno de los más sangrientos golpes de estado del que hubiera tenido noticia Jaina hasta la fecha. Anduin, por su parte, le informó de que la hija del recientemente fallecido rey de Ironforge había regresado a su reino y ejercido su derecho legítimo al trono; sin embargo, había entrado en la ciudad haciendo alarde de un comportamiento totalmente tiránico y había arrebatado a sus súbditos sus derechos y libertades inalienables.

Ambos eran fugitivos a su manera. Jaina les había prometido que iba a protegerlos y apoyarlos en la medida que pudiera, aunque aún no sabía exactamente cómo iba a hacerlo.

Se estaban quedando roncos de tanto hablar, y hasta Jaina comenzaba a dar alguna cabezada que otra presa del cansancio. No obstante, se sentía muy satisfecha porque había logrado calmar una situación muy tensa y por los avances que habían hecho después.

Baine le había contado que lo habían acompañado hasta aquel lugar y aguardaban su regreso, y si no volvía, era probable que dieran por sentado que había sido traicionado. Jaina lo había entendido perfectamente; ella habría asumido lo mismo. Entonces, abrió un portal que llevaba al emplazamiento que Baine le había indicado y lo atravesó, dejando a la maga a solas con Anduin.

— Eso ha sido… —dijo Anduin mientras intentaba dar con las palabras adecuadas. — Lo siento tanto por él.

— Yo también… y por todos esos pobres tauren de la Thunder Bluff, del poblado Bloodhoof y de los demás enclaves que han sido atacados. Y respecto a Thrall… no sé cómo va a reaccionar cuando se entere de lo que ha ocurrido.

Sabía perfectamente que el noble corazón de aquel orco se iba a partir en dos, ya que aquellas desgracias eran los trágicos efectos colaterales de haber tomado la decisión de designar a Garrosh líder de la Horda en su ausencia. Thrall se iba a llevar un duro golpe.

Jaina profirió un suspiro y apartó esos pensamientos de su mente, se volvió hacia Anduin y le dio, al fin, el abrazo afectuoso que no había podido darle cuando había llegado.

— ¡Cuánto me alegro de ver que estás sano y salvo!

— Gracias, tía Jaina —repuso el príncipe, quien le devolvió el abrazo; aunque, un instante después, se apartó de ella. — ¿Puedo… puedo hablar con mi padre?

— Por supuesto —respondió la maga. — Acompáñame.

Las paredes de la pequeña pero acogedora habitación de Jaina estaban atestadas de libros, lo cual no le sorprendió lo más mínimo.

Se acercó a una estantería en concreto y tocó tres de ellos siguiendo un determinado orden. Anduin se quedó boquiabierto al ver cómo la estantería se apartaba a un lado para mostrar lo que parecía ser un mero espejo ovalado que pendía de la pared. Cerró la boca en cuanto captó un atisbo de su propio reflejo en él, pues daba la impresión de ser bastante idiota con la boca abierta de par en par. Sin embargo, Jaina no pareció percatarse de ello.

Acto seguido, la maga murmuró un encantamiento y agitó las manos en el aire; al instante, el reflejo de Anduin, Jaina y la habitación desapareció. En su lugar, surgió una niebla azul que giraba sobre sí misma.

— Espero que se encuentre cerca —rogó Jaina, frunciendo un poco el ceño. — ¿Varian?

Tras un largo momento cargado de tensión, la niebla azul pareció adoptar una forma concreta. Entonces, distinguieron un moño de color castaño, unas facciones de una tonalidad azul más clara, que estaban surcadas por una cicatriz…

— ¡Anduin! —exclamó Varian Wrynn.

Jaina no pudo evitar que una sonrisa se dibujara en su rostro a pesar de lo espantosa que era la situación en que se hallaban, al percibir el cariño y la sensación de alivio que transmitían el tono de voz y la expresión de Varian.

Anduin esbozó una sonrisa de oreja a oreja.

— Hola, padre.

— Había oído rumores de que… ¿Cómo has…? Claro, la piedra de hogar — dedujo Varian, respondiendo así a su pregunta. — Jaina, estoy en deuda contigo. Probablemente, le has salvado la vida a Anduin.

— Fue a él a quien se le ocurrió utilizar esa piedra para huir de Ironforge — objetó la maga. — Yo sólo le di una herramienta.

— Anduin, ¿esa bruja enana te ha hecho daño? —preguntó Varian, frunciendo el ceño de tal modo que sus negras cejas parecían una sola. — Si te ha lastimado, la…

— No, no —se apresuró a responder el príncipe para calmar a su padre. — Y no creo que esa fuera su intención, porque yo era vital para sus planes. Deja que te cuente lo que ha ocurrido.

Relató a su padre todos los hechos que habían acaecido con premura, concisión y precisión. Prácticamente, empleó las mismas palabras que había utilizado antes para contarles esos acontecimientos a Baine y a Jaira. No era la primera vez que Jaina se sentía impresionada por la frialdad y serenidad con la que aquel jovencito encaraba una situación muy comprometida; sobre todo, teniendo en cuenta el hecho de que el príncipe, al igual que ella, había dormido muy poco y se hallaba inmerso en unas circunstancias que acarreaban una tensión extrema.

— Como puedes ver, tiene derecho a reclamar el trono —concluyó Anduin.

— Pero no a reclamar el título de emperatriz —replicó Varian.

— Ya, eso no. Pero sí el de princesa, y el de reina, en cuanto celebre su ceremonia de coronación. Aunque no tiene derecho a actuar así, no tiene derecho a impedir que la gente entre en su reino o salga de él.

— No. No lo tiene —apostilló el rey, quien posó su mirada sobre la maga y añadió: — Jaina, por el momento, no pienso hacerle creer a Moira de ningún modo que sé que Anduin ha escapado de sus garras. Será mejor que dejemos que sufra un poco. Aunque, para eso, he de pedirte un favor.

— No te preocupes. Anduin puede quedarse conmigo —contestó Jaira antes de que Varian se lo pidiera. — Nadie lo ha visto aún, y los pocos que lo han hecho son de mi más total confianza. Cuando quieras que vuelva a casa, házmelo saber.

El príncipe asintió. Si bien Anduin esperaba que adoptasen esa decisión, Jaina detectó un atisbo de decepción en su rostro. Aunque no se lo podía echar en cara. Cualquiera en su lugar habría querido también regresar a casa cuanto antes para poder olvidarse de lo que había sucedido.

— Gracias —dijo Varian. — Por mi parte, seguiré apareciendo en público tan perplejo y angustiado como esa enana espera que esté, por supuesto.

— Al igual que yo. Será mejor que dejemos que Moira crea que se ha salido con la suya ocultándonos su golpe de Estado. Mientras tanto…

— No te preocupes —le interrumpió Varian con una gélida sonrisa en sus labios. — Tengo un plan.

Tras pronunciar estas palabras, su rostro se desvaneció en el espejo.

Jaina parpadeó ante la manera tan abrupta en que se había despedido de ellos.

— Parecía enfadado —murmuró Anduin en voz baja.

— Seguramente lo está. Yo también me enojé cuando me enteré de lo que ocurría, y de que estabas en peligro. Además, es tu padre.

El príncipe dejó escapar un suspiro.

— Ojalá pudiera hacer algo más para ayudar a la gente de Ironforge, o a los tauren.

En ese instante, Jaina sintió ganas de revolverle el pelo a Anduin, pero se contuvo. Ya no era ningún crío y, a pesar de que no iba a rechazar aquel gesto por pura cortesía, sospechaba que no le iba a gustar lo más mínimo. Por tanto, se contentó con obsequiarle con una sonrisa tranquilizadora.

— Anduin, créeme cuando te digo que, de algún modo, hallaremos la manera de solucionar este problema.

* * *

Anduin se sintió sorprendido y contento cuando se enteró de que Baine Bloodhoof había requerido que estuviera presente en la reunión que iba a tener este con Jaina a la noche siguiente. Pese a que la sala de estar donde habían hablado la noche anterior parecía un lugar extraño para celebrar unas negociaciones tan importantes, el príncipe no puso ningún reparo cuando la maga sugirió que ese fuera de nuevo el lugar de encuentro. Baine tampoco puso ninguna objeción, a pesar de que no había nada en aquella habitación que hubiera sido diseñado pensando en alguien de su corpulencia.

Anduin se preguntó si Baine también sentía esa sensación de serenidad y calidez que transmitía la habitación, ya que no creía que encajase mucho con lo que uno podía encontrar en una morada tauren. No obstante, en aquella sala se habían reunido a menudo muchos amigos para entrar en calor los días lluviosos y fríos mientras entablaban unas animadas charlas, y compartían un té caliente acompañado de unas galletas. Tal vez ese buen ánimo se había impregnado en sus paredes y Baine también era capaz de percibirlo.

Anduin comparó aquel encuentro con la cumbre que se había celebrado en Theramore tiempo atrás, y pensó que no era una manera muy ortodoxa de celebrar unas negociaciones. No iba a haber declaraciones formales, ni armas que entregar, ni guardias.

Sólo tres personas negociando.

Era una forma de hacer las cosas que le gustaba.

Baine y Jaina lo estaban esperando cuando Anduin hizo acto de presencia en la reunión. Al príncipe le dio la sensación de que el tauren estaba un poco más sereno, aunque algo más triste que la noche anterior. Anduin saludó de manera cortés y sincera a Baine, haciendo una reverencia tan profunda como correspondía a un igual.

Baine respondió a aquel gesto de respeto con otro propio de los tauren: se tocó el pecho a la altura del corazón y luego la frente. El príncipe sonrió. Al principio esbozó una sonrisa un tanto incómoda, pero, pasado un rato, se fue transformando en una sonrisa amplia y sincera.

Baine, Jaina y Anduin se volvieron a sentar en el suelo. El príncipe se encontraba de espaldas al fuego, de tal modo que el calor que desprendía el hogar le resultaba muy reconfortante. Jaina colocó una bandeja en medio de todos ellos para que pudieran servirse el té.

Anduin se percátó de que, esta vez, había dispuesto una taza enorme para su descomunal invitado.

Baine también se fijó en ese detalle y resopló levemente.

— Gracias, Lady Jaina —le dijo. — Por lo que veo, no se te escapa ningún detalle. Me parece que Thrall hace bien en confiar en ti.

— Gracias por el halago, Baine —replicó Jaina. — Para mí es muy importante tener la confianza de Thrall. Nunca la traicionaría, como tampoco traicionaría la tuya.

Entonces, Baine dio un sorbo al té y quedó claro que la taza, a pesar de ser enorme, seguía pareciendo muy pequeña en sus colosales manos. Acto seguido, el tauren se quedó mirando fijamente a la taza y, a continuación, habló:

— Hay algunos Renegados que saben leer el futuro en las hojas de té. ¿Dominas ese arte, Lady Jaina?

Jaina sacudió la cabeza en señal de negación.

— No, no lo domino —respondió. — Aunque tengo entendido que, una vez usadas, las hojas de té son un abono excelente.

Pese a que era un chiste muy malo, todos sonrieron.

— Bueno, no importa. No necesito un oráculo para saber qué me depara el futuro. He estado pensando, y rezando para que la Madre Tierra me diga qué he de hacer. Le he pedido que guíe mi corazón, pues ahora lo tengo henchido de dolor e ira y no estoy seguro de que pueda tomar las decisiones correctas —señaló Baine.

— ¿Y qué te dicta el corazón? —preguntó Jaina.

El tauren alzó la vista y contempló a la maga con unos serenos ojos marrones.

— Como me han arrebatado a mi padre de una manera traicionera, mi corazón ansia vengar tan despreciable acto.

Baine hablaba con firmeza, con un tono de voz un tanto monótono; ante el cual, Anduin se sintió sobrecogido de manera instintiva. No le habría gustado estar en el pellejo de la persona de quien se quería vengar ese tauren.

— Mi corazón me dice que si sus asesinos se atrevieron a arrebatarle la vida, yo también debería arrebatarles la vida a sus asesinos. Me pide que mate a los Grimtotem que irrumpieron en una ciudad pacífica de su propia raza, amparados por la oscuridad de la noche, para asfixiar o asesinar a puñaladas a unas víctimas que se hallaban tan profundamente dormidas que no pudieron defenderse. Me implora que asesine a la matriarca que impregnó de veneno la hoja de esa hacha en vez de ungirla con el aceite sagrado. Me ruega que acabe con el necio arrogante que se atrevió a combatir con mi padre y que sólo pudo vencerlo al rebajarse a…

Baine había ido elevando poco a poco su tono de voz, y la ira estaba reemplazando la serenidad que se había reflejado en sus ojos hasta hacía poco. Cerró con fuerza unos puños del tamaño de la cabeza de Anduin y fustigó el aire con su cola. De improviso, dejó de hablar en mitad de una frase y, acto seguido, respiró hondo.

— Como podrán comprobar, mi corazón es incapaz de actuar con sabiduría en estos momentos. Aunque estoy de acuerdo con él en una cosa. He de recuperar el territorio que pertenecía, hasta hace nada, a mi pueblo: Thunder Bluff, el poblado Bloodhoof, el Refugio Roca del Sol, el campamento Mojache, así como otras aldeas y puestos de guardia donde han incursionado y derramado sangre inocente.

El príncipe asintió ante aquellas palabras. Estaba totalmente de acuerdo por muchas razones; porque los Grimtotem no debían sacar ningún provecho de la violencia y crueldad de la que habían hecho gala, y porque Baine sería, sin duda alguna, un líder mucho mejor para los tauren que la tal Magatha. Además, cualquier esperanza de preservar la paz entre los tauren y la Alianza sólo podría mantenerse si aquel valeroso y joven tauren pasaba a ser el cabecilla de su pueblo.

— Yo también creo que deberías recuperar el control de esos territorios —convino Jaina.

No obstante, Anduin detectó cierto matiz de cautela en su tono de voz.

El príncipe sabía que la maga se estaba preguntando qué pretendía hacer exactamente el joven tauren al respecto, y qué le iba a pedir que hiciera. Debía de estar ansiosa por ayudarlo de alguna manera; si no, nunca habría permitido que Baine se presentara ante ella.

Entonces, Anduin decidió que debía seguir callado y dejó que Baine continuara hablando.

— Pero hay algo que no puedo, que no debo hacer. Por mucho que me lo pida insistentemente el corazón. No puedo hacerlo porque sé que mi padre no querría que lo hiciera, y he de respetar sus deseos, he de mostrar respeto por todo aquello por lo que luchó, por lo que hizo en su vida, y no he de dejarme llevar por mis sentimientos.

Entonces, el joven tauren se detuvo, profirió un tremendo suspiro y prosiguió:

— Por mucho que lo desee, no puedo atacar a Garrosh Hellscream.

Nada más oír estas palabras, Jaina se relajó un poco, aunque de un modo casi imperceptible.

— Garrosh fue escogido por mi líder, Thrall, para sustituirlo. Mi padre juró lealtad a Thrall, al igual que yo. Mi padre creía firmemente que Garrosh era el responsable de la masacre de los Centinelas en Valleffesno y del ataque a una pacífica reunión de druidas. Por eso, desafió al mak’gora a Garrosh, por el bien de la Horda. Además, no se arredró cuando Garrosh cambió las reglas y convirtió el desafío en un combate a muerte. Teniendo en cuenta las circunstancias, creo que hizo lo correcto. Asimismo, no actuó movido por la ira, el odio o la sed de venganza.

Entonces, le tembló levemente la voz a Baine.

— Actuaba movido por su amor a la Horda, por un deseo de salvarla. Estaba dispuesto a sacrificarlo todo por ella… y lo pagó muy caro, con su vida.

En ese instante, las palabras brotaron de la boca de Anduin sin que pudiera detenerlas.

— Nadie puede negarte tu derecho a vengarte, sobre todo si consigues demostrar que Garrosh permitió voluntariamente que Magatha impregnase de veneno su hacha. Por otro lado, el ataque a los druidas…

A Jaina no le hizo mucha gracia el arrebato de sinceridad que acababa de sufrir Anduin, que también pareció sorprender a Baine.

El joven tauren giró la cabeza para mirar cara a cara al príncipe por un instante.

— Sí. Pero lo que no entiendes, y puede que tú tampoco, Jaina, es que mi padre lo desafió al mak’gora. El asunto queda zanjado para siempre tras el combate, puesto que a través de él habla la Madre Tierra.

— Pero si Garrosh hizo trampa…

— Sólo tenemos pruebas de que Magatha impregnó de veneno el hacha, no podemos probar que Garrosh lo consintiera. Mi padre no albergaba dudas en su corazón. Pero yo sí albergo dudas en el mío. Si lo desafío sin estar totalmente convencido de que tengo razón, entonces estaré dando la espalda a las antiguas tradiciones y normas de conducta de mi pueblo. No puedo decir que como no me gustan esas normas, no pienso obedecerlas, ya que con esa actitud estaría dando la espalda a la Madre Tierra. Además, si actuara así, ¿qué clase de persona sería, joven Anduin?

El príncipe asintió moviendo lentamente la cabeza y dijo:

— Te entiendo. Uno no puede afirmar un día que es una manera justa de determinar si algo está bien o mal, y afirmar al siguiente que es un método injusto porque no te gusta el resultado.

Baine resopló levemente en señal de aprobación.

— Veo que lo entiendes. Bien. Mi padre desafió a Garrosh para intentar reconducir el destino de la Horda. Pero si yo lo reto albergando dudas en mi corazón, lo único que conseguiré será destrozarla. Además, también acabaré destrozando el estilo de vida tauren, y todo aquello por lo que los tauren han luchado, al intentar proteger eso mismo de una manera errónea. Cairne Bloodhoof no le otorgó el regalo de la vida a su hijo para eso. Por todas estas razones, no voy a retar a Garrosh.

En ese instante, Anduin sintió que un escalofrío le recorría la columna. Sabía lo que muchos humanos, e incluso otras razas de la Alianza, opinaban sobre los tauren, sobre la Horda. Había escuchado aquellos comentarios realizados entre susurros con mucha frecuencia… aunque, en ciertas ocasiones puntuales, esas opiniones eran expresadas a voz en grito. Consideraban a los miembros de la Horda como unos meros monstruos. Y a los tauren, todavía menos que bestias. Aun así, Anduin debía reconocer que jamás, en su corta vida, había visto actuar a alguien con tanta integridad en unas circunstancias tan adversas.

También era consciente de que Baine no estaba del todo conforme con la decisión que había tomado. Si bien sabía que debía actuar así, no quería actuar de ese modo. El príncipe se dio cuenta, sin comprender muy bien cómo había llegado a esa conclusión, de que Baine… no estaba convencido de que fuera a actuar como debía.

Baine no creía que pudiera llegar a ser un tauren tan íntegro como fue su padre, y bajo aquellas palabras teñidas de angustia y dolor yacía claramente el miedo a fracasar.

Anduin sabía perfectamente qué suponía vivir bajo la sombra de un padre tan ejemplar. Era obvio, para cualquiera con un mínimo de perspicacia, que Baine y Cairne habían mantenido una relación paternofilial muy estrecha. Anduin sintió una cierta envidia y se avergonzó de inmediato de ello; el joven príncipe ya no mantenía una relación tan estrecha con Varian, su progenitor, aunque en su día sí la tuvieron y anhelaba que las cosas volvieran a ser como antes.

Además, ¿cómo se habría sentido él si le hubieran arrebatado a su padre de un modo tan brutal? ¿Cómo se había sentido el propio Varian cuando su padre fue asesinado hace tanto tiempo? Si Varian no hubiera contado con la guía del tocayo de Anduin, de Anduin Lothar, ¿cómo habría reaccionado el rey de Stormwind ante la muerte de su padre?

¿Acaso ambos Wrynn, tanto Varian como Anduin, habrían sido capaces de escoger el camino correcto por el bien de su pueblo en vez del sendero de la venganza a pesar de tener el corazón desgarrado por la muerte de un ser querido? Baine, pese a sufrir un gran dolor, cuya existencia no negaba ni disimulaba, intentaba seguir el camino correcto.

— Ahora mismo vuelvo —dijo Anduin de repente.

El príncipe se puso de pie e hizo una reverencia. A continuación, mientras sentía que las miradas teñidas de desconcierto y curiosidad del tauren y la maga estaban clavadas en su espalda, salió corriendo hasta la habitación donde Jaine le dejaba alojarse. Bajo la cama se hallaba la mochila que había traído consigo cuando utilizó la piedra de hogar para escapar de Foijaz y de la jaula de oro en la que Moira lo había encerrado. Cogió la mochila y regresó raudo y veloz con Jaina y Baine. Jaina fruncía levemente el ceño; lo cual indicaba a Anduin que estaba un poco enojada con él. Volvió a sentarse y revolvió dentro de la mochila hasta que dio con algo que se encontraba cuidadosamente envuelto en una tela.

— Baine… no sé si… quizá esto sea un atrevimiento por mi parte, y no sé si realmente te importa lo que yo piense al respecto, pero… quiero que sepas que entiendo por qué escoges ese camino. En mi opinión, también es el correcto.

Si bien el tauren entornó los ojos inquisitivamente, no lo interrumpió.

— Pero… tengo la sensación de que…

Entonces, Anduin se quedó sin palabras, y se ruborizó. Estaba actuando siguiendo un impulso que no alcanzaba a entender del todo, y esperaba no acabar arrepintiéndose de lo que iba a hacer. A continuación, respiró hondo y dijo:

— Me da la sensación de que no estás convencido de que el sendero que has escogido sea el correcto. Te preocupa que… no seas capaz de recorrerlo, que no seas capaz de llegar a ser un buen líder para tu pueblo como lo fue tu padre.

— Anduin… —le interrumpió Jaina con un tono de voz muy cortante.

En ese instante, Baine alzó una mano, indicándole así que no lo reprendiera.

— No, Lady Jaina. Deja que acabe de hablar.

Acto seguido, los ojos marrones del tauren se clavaron con suma intensidad en los ojos azules del príncipe.

— Pero… yo sí creo en ti. Creo que Cairne Bloodhoof habría estado muy orgulloso de lo que has dicho aquí esta noche. Eres como yo; nacimos para convertimos en los líderes de nuestro pueblo. Nunca hemos pedido asumir voluntariamente esa responsabilidad, nos ha venido dada; y todo aquel que piense que nuestras vidas son fáciles u ociosas y repletas de di versión, no tiene ni idea de lo que supone ser quienes somos. Soportamos la pesada carga de ser hijos de líderes, y de tener que asumir el liderazgo. No obstante, alguien que en cierto momento creyó en mí me regaló este preciado objeto.

A continuación, desenvolvió el objeto que tenía sobre su regazo. Al instante, la luz del fuego se reflejó en Fearbreaker, que relució con suma intensidad. Anduin acarició esa arma tan antigua mientras hablaba, resistiendo en todo momento la tentación de empuñarla.

— El rey Magni Bronzebeard me regaló esta maza la noche antes de… de que se celebrara el ritual que lo mató. Se trata de un arma muy antigua. Se llama Fearbreaker. Hemos estado hablando de obligaciones y deberes, pero debemos ser conscientes de que no tenemos que hacer siempre lo que todo el mundo espera que hagamos si creemos que no es lo correcto — dijo Anduin, quien, acto seguido, alzó la vista para contemplar a Baine. — Creo que los tauren estarán tan furiosos y tan ansiosos de venganza como tú. Algunos se van a sentir decepcionados contigo si no clamas venganza. No obstante, debes estar seguro de que el camino que has escogido es el correcto… para ti, y también para ellos. Ahora son incapaces de entenderlo. Pero algún día lo comprenderán.

Entonces, alzó a Fearbreaker con ambas manos, y las palabras de Magni volvieron a resonar en su mente:

— Ha conocido el sabor de la sangre y, en ciertas manos, se sabe que también ha detenido la sangre que manaba de determinadas heridas. Toma, cógela. Sostenla en tus manos. Comprobemos si le caes en gracia.

El príncipe se dio cuenta de que no quería desprenderse de ella.

Esta arma estaba destinada a ser tuya, le había dicho Magni con una seguridad absoluta.

Sin embargo, Anduin no lo tenía tan claro. Tal vez esa arma únicamente estaba destinada a reposar en sus manos durante un breve espacio de tiempo. De todos modos, sólo había una manera de saberlo.

Al instante, se la entregó a Baine.

— Ten. Sostenla. Comprobemos si… si te acepta.

Baine le obedeció a pesar de que se sentía muy desconcertado. Si bien la maza era demasiado grande para Anduin, en las descomunales manos de Baine parecía diminuta. El tauren observó el arma durante largo tiempo. A continuación, respiró hondo y suspiró, exhalando aire con fuerza y permitiendo así que su cuerpo se relajara. Anduin esbozó una leve sonrisa al ver la reacción de Baine ante la maza.

Unos segundos después, Fearbreaker brilló, sin ningún género de dudas, de manera tenue.

— Te acepta —confirmó el príncipe en voz baja.

Sintió que acababa de perder algo importante. En verdad, nunca había tenido la oportunidad de blandir aquella arma antes de sentir la necesidad de entregársela al tauren. Pero, al mismo tiempo, no se arrepentía de lo que acababa de hacer. En cierto modo que Anduin no alcanza a entender plenamente, y que quizá nunca llegaría a comprender, el arma había escogido a Baine, tal como lo había escogido a él.

— La maza también cree que has tomado la decisión correcta. Tiene fe en ti… como yo, como Jaina. Por favor, quédatela. Creo que estaba destinado a recibirla para poder entregártela a ti.

Por un instante, Baine permaneció inmóvil. Pero, a continuación, su enorme mano se cerró en tomo a la empuñadura de Fearbreaker.

Anduin sintió el cosquilleo de la Luz en pleno pecho, dentro de su corazón. Sin estar muy seguro de lo que hacía, el príncipe alzó una mano que brilló intensamente. Baine se vio bañado de repente por un suave fulgor que desapareció con la misma rapidez que había surgido. El tauren tenía los ojos desorbitados. Inspiró aire con fuerza, y ante la mirada atenta de Anduin, se serenó.

El príncipe reconoció la sensación que acababa de experimentar; salvo que esta vez, la Luz había brotado de él para iluminar a Baine, y no de Rohan para adentrarse en él. El tauren estaba experimentando la misma sensación de paz que Anduin sintió cuando Rohan lo bendijo con la Luz para calmar su miedo.

Entonces, Baine alzó la cabeza.

— Recibo este honor sumamente agradecido a ti, Anduin, y a Magni Bronzebeard. Guardaré esta arma como un tesoro.

Anduin sonrió al escuchar aquellas palabras. Mientras, junto a él, Jaina lo miraba con una expresión de sobrecogimiento. Lo contemplaba atónita. A continuación, desplazó la mirada varias veces del príncipe a Baine y viceversa, hasta que se dibujó una tierna y gentil sonrisa en su semblante.

Entretanto, el tauren observaba detenidamente aquella arma reluciente.

— La Luz… Mi pueblo no cree que las tinieblas sean malvadas, Anduin —dijo Baine. — Es algo natural y, por tanto, bueno. No obstante, nosotros también poseemos nuestra propia Luz: honramos a los ojos de la Madre Tierra, el Sol y la Luna; a An’she y Mu’sha. Ninguno es mejor que el otro, y si se combina lo que ambos ojos ven, se obtiene una visión equilibrada y completa del mundo. Intuyo que esta anua tiene algún tipo de afinidad con ellos, a pesar de que proviene de una cultura muy distinta a la mía.

Anduin sonrió gentilmente.

— La Luz es Luz, da igual cuál sea su fuente —dijo el príncipe.

— Ojalá tuviera algo similar para darte a cambio —deseó Baine. — A lo largo de la historia, ciertas armas muy venerables han pasado de padres a hijos en mi linaje, pero ahora no dispongo de ellas. Lo único que puedo darte es un consejo que mi padre me dio. Nuestro pueblo fue, hasta hace poco, un pueblo nómada. Sólo recientemente, en los últimos años, hemos dejado de vagar por el mundo y hemos establecido nuestro hogar en Mulgore. Para nosotros, fue todo un reto. Pero erigimos aldeas y ciudades donde reinaba la paz, la tranquilidad y la belleza. Imbuimos a los lugares en que moramos de nuestra identidad y esencia. Y eso es precisamente lo que quiero restaurar ahora. Mi padre me dijo en su día que destruir es muy fácil. Mira si no, el caos que han desatado los Grimtotem en una sola noche. Sin embargo, crear algo que perdure… eso, según mi padre, era un auténtico reto. Estoy decidido a consagrar mi vida a que su legado… Thunder Bluff y el resto de aldeas, así como instaurar la buena fe como principio rector de las relaciones entre los miembros de la Horda… perviva.

Anduin sintió una honda emoción y al mismo tiempo una gran calma al escuchar estas palabras. Aquel era un gran reto, en efecto, pero sabía perfectamente que Baine, el hijo de Cairne, estaba a la altura.

— ¿Qué más te aconsejó tu padre? —preguntó el príncipe.

Tal como se lo había descrito su hijo, a Anduin le dio la impresión de que se trataba de un ser muy sabio, y ansiaba que le diera más consejos.

Baine resopló, llevado por una risa sincera aunque teñida de dolor al hacer ese ejercicio tan temprano de nostalgia.

— Solía aconsejarme que… comiera mucha verdura.

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