Devastación: Preludio al Cataclismo – Capítulo Veintiséis

Devastación: Preludio al CataclismoA Thrall le sorprendió que el Trono de los Elementos fuera tan accesible y estuviera tan próximo a Garadar. Sólo había que atravesar el lago Son Celeste hasta llegar a una islita rodeada de montañas. Mientras se acercaban, divisó unas piedras cubiertas de musgo dispuestas siguiendo un patrón.

— ¿Por qué las Furias están tan cerca? —preguntó a Aggra mientras corrían hacia allá.

La joven orco esbozó una sonrisa irónica, y con una mirada más cargada de malicia que de ira, le contestó:

— Si tú fueras la encamación gigantesca de una fuerza elemental, ¿acaso crees que la mayor de tus preocupaciones sería que alguien pudiera venir a molestarte?

Aquella respuesta le pilló desprevenido y, al instante, Thrall soltó una carcajada muy breve. A su vez, la sonrisa dibujada en el rostro de Aggra aumentó de tamaño.

— Aquí se encuentran ciertos miembros del Anillo de la Tierra que se cercioran de que a las Furias no se las moleste con trivialidades. Sólo aquellos que necesitan realmente su sabio consejo, o aquellos que les ofrecen con sinceridad su ayuda pueden hablar con ellas. Aun así, el papel de esa gente del Anillo de la Tierra es una mera formalidad. Las Furias pueden arreglárselas ellas solas perfectamente.

Entonces, dejaron atrás el lago y sus pies hollaron, por fin, aquel suelo pantanoso.

De repente, ahí estaban.

Se trataba de cuatro seres colosales, muy similares a las encarnaciones más pequeñas de los elementos con las que Thrall había colaborado durante largo tiempo, que se movían muy lentamente. Eran muy poderosos y poseían un carácter tempestuoso e imprevisible. Incluso a mucha distancia, el líder de la Horda pudo percibir su tremendo poder. Sí, seguramente la mayor de las preocupaciones de aquellos seres no era que alguien pudiera venir a incordiarles.

Aggra habló con un tono de voz sereno y reverencial mientras le presentaba a las Furias.

— Gordawg, la Furia de la Tierra. Aborius, la Furia del Agua.

Incineratus, la Furia del Fuego. Y Kalandrios, la Furia del Aire. Si en este mundo hay alguien o algo que puede ayudarte a dar con las respuestas que buscas, son estos seres, Go’el —le explicó Aggra con total sinceridad, — Adelante. Preséntate. Hazles las preguntas que quieras.

Por un momento, Thrall se vio catapultado al momento en que tuvo lugar su primer encuentro con los elementos. Uno a uno, los espíritus de cada elemento vinieron a él, y se dirigieron a su intelecto y su corazón. Ahora, probablemente, iban a hacer lo mismo. ¿A quién se dirigiría primero? Al final, se decidió por Kalandrios, la Furia del Aire, y, a continuación, se aproximó a ella.

Casi de inmediato, sintió cómo el poder de ese ser lo zarandeaba. Se tropezó, y estuvo a punto de caer por culpa del intenso viento, pero siguió avanzando, y agachó la cabeza para protegerse del torbellino.

Le dio la impresión de que aquella gran Furia era una especie de ciclón con conciencia propia, que poseía unos vigorosos brazos y unos relucientes ojos rojos. Al principio, Kalandrios lo ignoró, pero, entonces, Thrall se detuvo en medio de aquel viento huracanado, que arrastraba infinidad de arena y hojas que amenazaban con destrozarle la piel, cerró los ojos y expandió su mente tal como le habían enseñado.

Kalandrios, Furia del Aire… He recorrido un largo camino para solicitar tu ayuda. Provengo de una tierra que se encuentra tremendamente atormentada, pero no sé por qué sufre. A pesar de que le pregunto qué le sucede, no me responde. He tenido una revelación mística, y he visto que era incapaz de salvarla. Tú, que escuchas los gritos del Aire en Outland, ¿puedes ayudarme? ¿Acaso esa visión que he tenido es cierta e inmutable?

Al instante, Kalandrios lo observó con sus ojos rojos y, de inmediato, Thrall sintió el poder que emanaba de aquella mirada. La Furia le habló directamente en su mente.

¿Qué me importan a mí las tribulaciones del Aire en otra tierra cuando mis propias esencias están sufriendo en este lugar? El Aire rige el poder del pensamiento, Go ’el, más conocido como Thrall, hijo de Durotan y Draka. Eres un poderoso chamán, y no necesitas mi asesoramiento. No obstante, el mejor consejo que te puedo dar es que reflexiones y escuches. Medita sobre lo que has visto en tu revelación. No te puedo decir más.

Entonces, Kalandrios se apartó de él, sin haberle aclarado nada. Si bien Thrall se sintió inmensamente decepcionado, intentó mantener a raya esa sensación, puesto que enfadarse con las Furias no le serviría de nada. Además, si Kalandrios hubiera podido ayudar, el orco creía que lo habría ayudado. Aun así, no podía quitarse de encima la sensación de que en el razonamiento de Kalandrios tenía que haber algún fallo.

Miró hacia atrás, a Aggra, e hizo un gesto de negación con la cabeza. Sólo Thrall escuchaba las voces de las Furias en su corazón; por tanto, la joven orco no había podido oír las palabras de Kalandrios. Antes, Aggra habría esbozado una sonrisita de suficiencia ante su fracaso, pero ahora la consternación se había apoderado de su rostro.

A continuación, Thrall se acercó a la siguiente Furia. Se trataba de Incineratus, la Furia del Fuego. Mientras Thrall se aproximaba, el calor que desprendía aquel poderoso ser lo golpeó con tal intensidad que se vio obligado a girar la cabeza y a protegerse la cara con los brazos. ¿Cómo se iba a aproximar a un ser como aquel si por el mero hecho de acercarse se arriesgaba a calcinarse hasta quedar reducido a cenizas?

De repente, se le ocurrió la solución. Hizo caso omiso al agobiante calor que desprendía el fuego de aquella Furia y entró en contacto con el remanso de paz que albergaba en su interior; con ese fragmento del Espíritu de la Vida que portaba en su alma. Se serenó, puso orden en sus agitados pensamientos y se imaginó que su propia piel era algo gélido capaz de soportar el calor que emanaba de aquella poderosa Furia. Al instante, se giró para encararse con Incineratus, abrió los ojos… y el calor menguó. Entonces, por fin, Thrall pudo avanzar y, acto seguido, se arrodilló ante la Furia del Fuego y repitió su petición.

Incineratus centró toda su atención en el orco, y a pesar de que Thrall había logrado calmarse y serenarse, se vio obligado a cerrar los ojos por culpa del calor que irradiaba aquel ser que se situó a sólo unos metros de él.

A pesar de que se sintió como si se le abrasara la garganta, no se apartó. Era lo bastante fuerte para poder hablar con esta Furia; no sufriría ningún daño.

Lo que me acabas de contar me enfurece, le respondió mentalmente la Furia del Fuego. Como me enfurece que mis propias llamas sufran en este mundo. Lamento no poder ayudarte mucho más de lo que puedes imaginar. Como no tengo acceso a ninguna esencia del Fuego que proceda del lugar del que vienes, no puedo hablar con los fuegos que arden en tu mundo. Entonces, ¿cómo voy a saber por qué sufren y se retuercen de agonía, chamán? Es tu tierra, eres tú quien debe examinarla. Sé que defiendes tu causa con gran pasión, y por eso te concedo este don: la pasión que te llevará a hacer cuanto sea necesario para que tu mundo sane. No puedo hacer más.

Una chispa diminuta se desprendió de aquel ser y se introdujo en la garganta de Thrall, quien gritó al sentir cómo le quemaba por dentro mientas se acomodaba en su interior y envolvía su corazón. A pesar de que lo abrasó y sintió una auténtica agonía, era consciente de que no se trataba de una llama real. Se golpeó con una mano en el pecho, justo a la altura del corazón, y se inclinó peligrosamente hacia delante mientras utilizaba la otra mano como apoyo para no caer al suelo.

Entonces, sintió una caricia fría y reconfortante en su hombro. Se trataba de Aggra.

— Go’el, ¿te ha hecho daño?

Thrall negó con la cabeza. El dolor iba remitiendo poco a poco.

— No —respondió. — No… físicamente.

Sus ojos se cruzaron y, a continuación, la joven orco apartó la mirada y se detuvo a contemplar a Incineratus. La gran Furia elemental se estaba alejando, tras haber dado por terminada su conversación con Thrall. Aggra rebuscó en su bolsa para ver si encontraba un frasco con agua, pero, de improviso, el líder de la Horda la agarró del brazo e hizo un gesto de negación con la cabeza.

— No —insistió con voz ronca. — Incineratus… me ha otorgado el don del fuego de la pasión necesaria para hacer lo que he de hacer.

Aggra hizo un gesto de asentimiento con suma lentitud.

— Anoche aprendiste que ese fuego ya ardía dentro de ti. Aun así, se trata de un gran don. Muy pocos han sentido el roce de las llamas de Incineratus.

Por lo que Thrall pudo leer entre líneas, la joven orco no había sido agraciada con ese don, y se sintió obligado a añadir:

— No creo que sea un don que me conceda exclusivamente a mí, sino que es un regalo para todos los elementos de Azeroth, para que pueda ayudarlos.

— Yo también le pedí ayuda en su momento para ayudar a las llamas de este mundo —replicó Aggra con serenidad, — y no me consideró digna de recibir su auxilio.

Tras escuchar estas últimas palabras, Thrall la cogió de la mano.

— Eres una gran chamana, Aggra. Tal vez con el fuego que ya arde dentro de ti baste para lograr tu objetivo.

Aquellas palabras sorprendieron a la joven orco, que alzó la mirada en busca de los ojos del líder de la Horda. Thrall esperaba que apartara su mano con brusquedad y le diera una contestación mordaz e hiriente. Sin embargo, Aggra no hizo ningún ademán de apartarla, de modo que sus dedos marrones se entrelazaron con los verdes de Thrall por un largo instante antes de separarse tras darse un liviano apretón.

— Quedan dos más —señaló la joven orco, que recobró la compostura y su hosquedad habitual. — Si bien ya has recibido un gran don, tal vez Gordawg y Aborius sean capaces de ayudarte más de lo que han podido ayudarte Incineratus y Kalandrios. Tal vez puedan ayudarte a descifrar el mensaje de tu visión. De todos modos, sus contestaciones, en lugar de ser esclarecedoras, pueden ser enigmáticas e irritantes.

Si bien le sorprendió la actitud irreverente de Aggra hacia las Furias, se vio obligado a mostrarse de acuerdo con ella. A veces, tanto el Fuego como el Agua se comportaban de una manera caprichosa y voluble.

En aquellos momentos, el fuego metafisico había quedado reducido a un mero rescoldo en su corazón, aunque todavía podía sentirlo.

Entonces, se aproximó hacia Aborius, trazando un círculo alrededor del Trono de los Elementos, y se arrodilló ante la Furia del Agua. La joven orco se volvió de inmediato. Thrall no había formulado aún su ruego, cuando sintió la caricia del agua sobre su rostro, que estaba alzado hacia arriba. El líder de la Horda se lamió los labios; comprobó así que se trataba de un agua dulce y cristalina. Era el agua más fresca que jamás había probado.

Go ’el, percibo con claridad meridiana el dolor que sufres, así como la confusión en la que le hallas sumido. Muchos vienen a este lugar atribulados, pero pocos sienten esas preocupaciones tan hondo como tú. Ojalá pudiera ayudarte a sanar ese mundo que alberga gotitas que forman parte de mí sin ser parte de mí. En tu corazón ya prende la llama de la pasión por ayudar, por curar, por sanar un mundo que se encuentra tremendamente atribulado. No puedo concederte un don como el que te dio Incineratus, pero he de aconsejarte que no te avergüences de tus sentimientos. El Agua te aportará el equilibrio que buscas; renovará tu ánimo y tus fuerzas. No temas lo que sientas a lo largo de este viaje que has emprendido para salvar tu mundo. No temas jamás esa herida que alberga tu alma, la cual debes curar.

Thrall se sintió muy confuso.

Yo… yo no tengo ninguna herida en lo más hondo de mi alma, gran Furia. Simplemente, sufro al comprobar que mi mundo sufre un gran tormento.

En ese instante, sintió que una oleada de compasión lo invadía.

Uno se enfrenta a las pesadas cargas que arrastra consigo cuando está listo, y no antes. Pero te lo repito, Go’el, hijo de Durotan, quien a su vez era hijo de Garad: cuando llegue el momento en que ya estés listo para que esa herida sane, no temas sumergirte en las profundidades del mar de los sentimientos.

A continuación, el Agua recorrió su rostro. Una vez más, Thrall abrió la boca para saborear aquel líquido tan dulce; sin embargo, esta vez sabía salado y estaba templado. Eran lágrimas. Estaba llorando sin disimulo, y, por un instante, Aborius le permitió a Thrall percibir hasta qué punto el elemento del Agua comprendía cómo se sentía.

Sollozó sin rubor, pues era consciente de que lo que sentía era algo bueno y sincero. Esas lágrimas formaban parte del don que la encantadora Taretha Foxton le había otorgado, tal como había descubierto conmovido la noche anterior a través de la revelación mística. Thrall se dio cuenta de que por encima de su deseo de liberar a su pueblo de los campamentos donde los tenían encerrados, por encima de su deseo de que tuvieran una tierra propia donde poder ser felices y sentirse seguros y a salvo, ansiaba que el mundo en que había nacido sanara. Si la tierra seguía enferma, ninguno de sus otros deseos podría realizarse. Sólo cuando Azeroth se hubiera recuperado de esa extraña y enojosa aflicción que le hacía estremecerse, temblar y llorar, sólo entonces la Horda, y la Alianza también, podría prosperar y medrar. Por eso, precisamente, había sentido la necesidad de viajar a Outland. Por eso había abandonado la Horda que tanto amaba y había ayudado a crear.

Porque era la única oportunidad de dar con la cura.

Acto seguido, se puso de pie, temblando y pasándose un brazo por los ojos. A continuación, se giró hacia la última Furia.

Gordawg era quizá la más imponente de las Furias, incluso más que el fiero Incineratus. La Furia de la Tierra era como una montaña que hubiese cobrado vida, y a medida que el líder de la Horda se iba aproximando a aquel ser, la tierra comenzó a sacudirse bajo sus pies.

Gordawg pareció no percatarse de la presencia de Thrall, puesto que se fue alejando a zancadas del orco, quien se vio obligado a apretar el paso para poder seguirlo. Thrall expandió su mente para implorarle que se detuviera. Entonces, por fin, Gordawg se paró abruptamente, y el líder de la Horda estuvo a punto de chocarse con él.

Lentamente, aquella enorme masa se giró y bajó la mirada para observar al orco, que parecía diminuto en comparación.

¿Qué deseas de Gordawg?

Vengo de una tierra llamada Azeroth. Los espíritus elementales de ese lugar se encuentran muy alterados e inquietos. Expresan su dolor provocando incendios, inundaciones y terremotos.

Gordawg lo observó con atención, entornando sus relucientes ojos.

¿Por qué sufren tanto?

No lo sé, Furia. Se lo pregunto, pero las respuestas de los elementos son muy caóticas. Lo único que sé es que sufren. Las demás Furias han sido incapaces de ayudarme a resolver este misterio para que yo, a su vez, pueda ayudar a los elementos de Azeroth.

Gordawg asintió, como si se lo esperara.

Gordawg quiere ayudar. Pero la otra tierra se halla lejos, muy lejos. No puedo ayudarte si no conozco ese mundo.

Esa respuesta no sorprendió a Thrall. Era la misma razón que las demás Furias le habían dado para justificar que no podían ayudarlo: no era su mundo y, además, no lo conocían.

Entonces, se le ocurrió una idea.

Gordawg, hay un portal abierto que conecta la devastada tierra de Draenor con el mundo de Azeroth. En su día, se cerró para evitar que la destrucción que asolaba Draenor se extendiera a mi mundo.

Ahora, la enfermedad que asola mi mundo podría propagarse al suyo, si no la detengo. ¿De veras no puedes hacer nada? Si me ayudas, es probable que también estés protegiendo Outland.

Gordawg escucha tus palabras. Gordawg entiende tus necesidades. Pero, una vez más, Gordawg debe decir que lo ayudaría, si lo conociese.

A continuación, aquel ser colosal se arrodilló, cogió un puñado de tierra y se lo introdujo en la boca ante la mirada estupefacta de Thrall.

Al degustar esta tierra, puedo saber de dónde procede, cuáles son sus secretos.

Tras escuchar estas palabras, dio la impresión de que a Thrall se le iban a salir los ojos de las cuencas. Se le acababa de ocurrir una idea. ¿Acaso la solución podía ser tan sencilla?

Siempre llevaba consigo un pequeño altar portátil, que contenía una pluma que representaba el Aire, un cáliz que representaba el Agua, yesca y pedernal que representaban el Fuego…

… y una piedrita que representaba la Tierra. Al instante, esperanzado y atemorizado al mismo tiempo, revolvió con una mano temblorosa dentro de su bolsa. Un rato después, extrajo de él una piedra diminuta que sostuvo en la palma de su mano.

Se trataba de una piedra de verdad procedente de Azeroth. Si bien los demás objetos, la yesca y el pedernal, el cáliz y la pluma, sólo eran símbolos que representaban a sus respectivos elementos, aquella piedra formaba parte integral del elemento Tierra.

Gordawg, he aquí una piedra de mi mundo. Si puedes descubrir algo a partir de ella, te ruego que me lo digas.

Gordawg miró fijamente aquella piedra tan pequeña. Se agachó, extendió su gigantesca mano y, sin más dilación, Thrall le entregó la piedrita

No hay mucho que Gordawg pueda degustar. Pero Gordawg lo intentará. Gordawg desea ayudar.

Aquella piedra, que no era más que una mota en la palma de su mano desapareció en su colosal garganta ante la mirada atenta de Thrall. A continuación, este dirigió su mirada hacia Aggra, quien abrió los brazos y se encogió de hombros; con ese gesto la joven orco le indicó que estaba tan confusa como él.

De repente, Gordawg gruñó.

La tierra no se comporta así. Esto no está bien. Esta piedra está furiosa y asustada. ¡Algo ha provocado que se encuentre así!

Thrall lo escuchaba atentamente, conteniendo la respiración.

Algo que en su día estaba bien, ahora está mal. Algo que era natural, ahora es antinatural y siniestro. En su día, estaba herido, pero ahora ha sanado de un modo… de un modo que no está bien. Está furioso. Quiere hacer daño a otros. Y en su rabia, acabará devastando la tierra entera. ¡Hay que impedirlo!

Dio un pisotón con fuerza al suelo, y la tierra se estremeció.

Ese… algo al que te refieres, ¿se encuentra en Azeroth?, pensó Thrall.

Esta piedra teme su llegada. No ha llegado aún. Pero la piedra tiene miedo. Pobre piedra.

A continuación, alzó una mano y señaló con un dedo a Thrall.

Eres capaz de escuchar los gritos de las piedras asustadas, y del resto de los elementos. Los gritos de la tierra al temblar, de las olas gigantescas de los maremotos, de los incendios que devastan el mundo… Los elementos te están diciendo que están asustados. Debes impedir que resulten heridos… ¡Debes impedir que acaben siendo destruidos totalmente!

Pero ¿cómo voy a hacerlo? ¡Explícamelo, por favor!

Gordawg sacudió su descomunal cabeza en señal de negación.

Gordawg no lo sabe. Quizá otro chamán que también escuche a la piedra asustada lo sepa. Pero has de saber que paladeé algo similar a este miedo en otra ocasión. Percibí un miedo similar en la tierra justo antes de que este mundo se resquebrajara y acabara devastado. Teme romperse. Teme hacerse añicos.

Entonces, Gordawg se dio la vuelta y se alejó. Thrall se quedó mirando perplejo cómo se marchaba.

— Se ha comido la piedra que le has dado —comentó Aggra, quien se colocó a la altura de Thrall. — ¿Te ha podido ayudar?

— Sí —contestó Thrall con un hilo de voz. A continuación, se aclaró la garganta, y después negó con la cabeza. — Me dijo que la piedra tenía miedo. Que todos los elementos están asustados. Saben que algo espantoso se acerca. Algo que, en su día, era bueno y se hallaba en armonía con el mundo, pero que se ha transformado en algo antinatural. Ese algo se encuentra herido y arde en deseos de hacer daño al resto de las cosas.

Una vez dicho esto, se volvió hacia ella y añadió:

— Ah, una cosa más. He de regresar a Azeroth. No creo que las Furias me hubieran ayudado si no pudiera hacer nada con lo que me han revelado. He de averiguar a qué tienen tanto miedo los elementos… y hacer todo cuanto esté en mi mano por detener a esa fuerza misteriosa. Esa piedrita sentía un terror similar al que Draenor sintió antes de…

— … ser devastado —terminó la frase Aggra, con los ojos muy abiertos por el pánico. — Sí, Go’el. ¡Sí! ¡No debes permitir que un cataclismo como aquel vuelva a suceder!

* * *

En cuanto superó la euforia que había desatado en él la victoria sobre Cairne, el legendario Cairne Bloodhoof, una de las grandes figuras de la historia de la Horda en Azeroth, Garrosh se sorprendió al verse invadido por emociones contradictorias.

Cairne era quien lo había desafiado. Y el joven orco seguía sin saber exactamente porqué. Cairne lo había acusado de que… se había producido un ataque contra unos druidas en algún lugar. Si bien Garrosh no tenía ni idea de a qué se refería, en cuanto Cairne le propinó aquel bofetón tan humillante y decidió retarlo, ya no hubo vuelta atrás. Para ninguno de los dos. Aquel viejo toro había peleado bien. Y aunque nunca iba a admitirlo en público, Garrosh había albergado el temor de que tal vez no lograra sobrevivir al combate.

Pero lo había hecho. Pese a que ahora sus manos estaban manchadas con la sangre del gran jefe de los tauren, no sentía ningún remordimiento. Había sido una lucha justa; ambos combatientes sabían perfectamente que sólo uno saldría del combate con vida, y se había luchado con honor.

Aun así, a pesar de no sentirse culpable, Garrosh lo lamentaba un poco. Cairne no despertaba sus antipatías, y eso que habían chocado incesantemente porque mantenían opiniones dispares sobre qué era lo mejor para la Horda. Era una pena que Cairne no pudiera aceptar lo que había que hacer por culpa de su anticuada manera de pensar.

Después de que los ecos de las desaforadas celebraciones de aquellos que habían apoyado a Garrosh en el combate se hubieran apagado, cuando la noche cedía paso al alba, el joven orco regresó a la arena. Se habían llevado el cuerpo de Cairne de ahí nada más morir, aunque ignoraba adonde. No estaba muy seguro de cómo se despedían los tauren de sus muertos. ¿Acaso los enterraban? ¿Los incineraban?

Todavía había sangre en el suelo de la arena. Garrosh dio por sentado que alguien pasaría después del combate a limpiarla. No obstante, se cercioraría de que alguien se encargarse de limpiar aquellas manchas por la mañana. En esos momentos, se sintió abochornado por no haberse dignado aún a realizar la vital tarea de limpiar la sangre del hacha. Entonces, se percató de que… no la veía por ninguna parte. Echó un vistazo a su alrededor, mientras la preocupación se iba adueñando de él a pasos agigantados.

— ¿Buscas a Gorehowl? —preguntó alguien de improviso, sobresaltando a Garrosh.

El joven orco se giró y se topó con un Kor’kron que sostenía su apreciada hacha en las manos. De inmediato, el guardaespaldas hizo una reverencia a su líder.

— Nos la llevamos tras el combate para guardarla en un lugar seguro hasta que decidieras reclamarla.

— Gracias —dijo Garrosh.

Se sentía un tanto incómodo ante la presencia constante de esos guardaespaldas de elite, aunque, tenía que reconocer que, normalmente, procuraban pasar inadvertidos. Se sentía furioso consigo mismo por haberse dejado llevar tanto por la emoción como para olvidarse de Gorehowl. No volvería a ocurrir. Indicó al guardaespaldas con un gesto que podía marcharse, y el Kor’kron volvió a hacer una reverencia. Acto seguido, se perdió entre las sombras, dejando a Garrosh a solas con el hacha que había pertenecido a su padre.

Entonces, mientras contemplaba el hacha y la sangre que teñía la arena ahí donde Cairne había caído, escuchó que alguien hablaba a sus espaldas. Se trataba de un orco. Pero no era ninguno de sus guardaespaldas.

— Ha sido una gran pérdida para la Horda. Sé que eres consciente de ello.

Garrosh se volvió y se topó con Eitrigg, quien estaba sentado en uno de los estrados. ¿Qué hacía aquel anciano orco ahí a esas horas? No recordaba haber visto a Eitrigg durante el combate, aunque seguramente había estado presente. En ese instante, Garrosh se percató de que no recordaba demasiado de la lucha, por lo cual, tampoco era de extrañar que no recordara si aquel orco había presenciado el combate, ya que no había prestado mucha atención a la multitud que se había congregado en aquel lugar porque, en esos momentos, se encontraba bastante «ocupado».

Sintió la tentación de reprender al viejo orco, pero de pronto se sintió extrañamente fatigado y no le apeteció hacerlo.

— Lo sé. Pero no tuve más remedio que matarlo. Me retó.

— Muchos fueron testigos de que te desafió, eso no lo discuto. Pero ¿no te diste cuenta de que cayó demasiado rápido?

Al escuchar esa pregunta, una sensación muy incómoda invadió a Garrosh.

— No recuerdo mucho. Todo fue… muy rápido y confuso.

Eitrigg asintió. Después, el anciano orco se levantó poco a poco de aquella grada (Garrosh sabía que el anciano sufría grandes dolores en las articulaciones), y descendió a la arena, sin parar de hablar en todo momento.

— Cierto. ¿Cuántos golpes recibiste? ¿Cuántos fue capaz de propinarte Cairne? Bastantes. Lo más curioso es que él cayó de inmediato tras recibir un solo golpe.

— Fue un buen golpe —replicó Garrosh, cuyo tono de voz le resultó petulante incluso a él mismo.

Había sido un gran golpe, ¿verdad? Le había alcanzado en pleno pecho, ¿no? No lo recordaba muy bien. La sed de sangre que sintió durante el combate nublaba su memoria…

— No —le espetó Eitrigg bruscamente. — Recibió un corte bastante extenso pero poco profundo. Y no se defendió cuando le ibas a asestar el golpe mortal.

El viejo orco dejó de hablar, pero en cuanto llegó a la altura del líder en funciones de la Horda, prosiguió:

— ¿No crees que eso es un poco raro? Yo sí. Y no soy el único que opina lo mismo. Cairne murió demasiado rápido, Garrosh, y quizá tú no repararas en esa circunstancia, pero otros sí lo hicieron. Otros como yo, y Vol’jin, quien acudió a mí de inmediato. Otros que se preguntan cómo es posible que un guerrero tan excelso cayera tras recibir un solo golpe de refilón.

Garrosh se estaba enfureciendo ante tales insinuaciones.

— ¡Suéltalo de una vez! —exclamó. — ¿Qué intentas decir? ¿Estás insinuando que no gané el combate limpiamente? ¿Acaso hubiera dejado que me infligiera estas heridas si pretendía ganar haciendo trampa?

— No. No creo que lucharas de forma deshonrosa. Pero creo que alguien hizo trampa —declaró Eitrigg, quien extendió un nudoso dedo y señaló a Gorehowl. — Un chamán bendijo con aceite sagrado tu arma.

— Cairne hizo lo mismo con su lanza. Todo el mundo que decide participar en un mak’gora lo hace —afirmó Garrosh. — Forma parte del ritual. ¡No es nada deshonroso!

El joven orco estaba levantando la voz y sentía que una extraña emoción estaba cobrando forma en su fuero interno. ¿Acaso se trataba de… miedo?

— Fíjate en el color de ese aceite —le indicó Eitrigg. — Es negro y pegajoso. No… por los ancestros, ¡¡no lo toques!!

Gran parte de la hoja del hacha que había arrebatado la vida a Cairne Bloodhoof estaba cubierta de sangre seca. Pero en un diminuto punto del filo, Garrosh divisó una sustancia negra de aspecto pegajoso que no se asemejaba en nada al aceite dorado y brillante con el que eran ungidas normalmente las armas.

— ¿Quién bendijo a Gorehowl, Garrosh Hellscream? ¿Quién bendijo el hacha que asesinó a Cairne Bloodhoof? — preguntó Eitrigg con un tono de voz que denotaba una ira que no iba dirigida a Garrosh.

Entonces, Garrosh sintió un nudo en el estómago.

— Magatha Grimtotem —contestó con un ronco susurro.

— No mataste a tu oponente gracias a tu habilidad como guerrero sino al veneno de esa perversa conspiradora, que buscaba destruir a su adversario y te utilizó como un mero peón. ¿Sabes qué ha sucedido en Thunder Bluff mientras celebrabas tu victoria?

Garrosh no quería saberlo. Contemplaba fijamente la hoja de su hacha. Pero Eitrigg siguió hablando:

— Esos asesinos de los Grimtotem se han apoderado de Thunder Bluff, el poblado Bloodhoof y otras fortalezas tauren. Han matado a los maestros, a los poderosos chamanes, a los druidas y a los guerreros, así como a tauren inocentes… mientras dormían. Baine Bloodhoof ha desaparecido y es bastante probable que también haya muerto. ¡La sangre corre a raudales por esa pacífica ciudad porque tu extremado orgullo te ha impedido darte cuenta de lo que estaba ocurriendo delante de tus propias narices!

Garrosh había estado escuchando al anciano orco cada vez más horrorizado, pero ya no pudo soportarlo más y gritó:

— ¡Ya basta! ¡Calla, anciano!

Ambos se miraron fijamente un rato largo.

Entonces, algo se quebró dentro de Garrosh.

— Esa bruja ha mancillado mi honor —murmuró con voz queda. — Me ha arrebatado la posibilidad de dar muerte a mi enemigo con honor. Nunca sabré si era lo bastante fuerte para derrotar a Cairne Bloodhoof en una lucha justa. ¡Eitrigg, debes creerme!

Por primera vez durante aquella noche, se atisbo en la mirada del anciano orco un destello de compasión.

— Te creo, Garrosh. Sé que querías pelear con honor. Estoy seguro de que si Cairne hubiera sido consciente de lo que realmente había sucedido mientras moría, no te habría considerado culpable de lo acaecido. Pero esta noche se ha sembrado la duda. La gente sospecha que no peleaste limpiamente, y ya corren los minores entre susurros. No todo el mundo es tan comprensivo como Cairne Bloodhoof y yo.

Garrosh volvió a contemplar el arma cubierta de sangre y veneno que tenía en las manos. Magatha había mancillado su honor. Le había arrebatado el resto de la Horda que tanto amaba. Lo había utilizado, y a Gorehowl también; había deshonrado el arma que su padre había blandido en su época. La había ungido con veneno, con el arma de un cobarde. La había mancillado. Asimismo, al perpetrar un acto tan abyecto y traicionero, le había escupido a la cara a la tradición chamánica. No obstante, Eitrigg le acababa de advertir de que había gente que creía que había participado voluntariamente en un acto tan vil.

¡No! Les diría a Vol’jin y a todos los que estaban propagando esas mentiras a los cuatro vientos lo que pensaba de ellos a la cara. A continuación, cerró los ojos, aferró con fuerza la empuñadura de Gorehowl y dejó que la ira se adueñara de él.

Regresar al índice de la novela Devastación: Preludio al Cataclismo

Share

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.