Devastación: Preludio al Cataclismo – Capítulo Veinticuatro

Devastación: Preludio al Cataclismo—Pero ¿qué…? —masculló el tauren en lengua común; a pesar de su fuerte acento, se le entendía perfectamente.

— Baine, Anduin… ¡Esperen! —exclamó Jaina, que intentaba agarrarlos a ambos.

— ¿Baine? ¿Baine Bloodhoof? —acertó a decir Anduin.

— ¿Anduin Wrynn?

— ¡Quietos los dos! —gritó Jaina, esta vez más alto. — Baine, hace tiempo le regalé a Anduin una piedra que le permite venir a visitarme siempre que quiera. Y teniendo en cuenta las noticias que nos llegan de Ironforge, o más bien que no nos llegan, he de decir que me alegro mucho de verte.

Tras pronunciar estas palabras, obsequió al joven príncipe con una sonrisa fugaz pero muy sentida, y siguió hablando:

— Baine, me disculpo por esta visita inesperada, pero puedes confiar en Anduin.

— Su padre odia a la Horda —replicó el joven tauren. — Creo de veras que no esperabas esta visita, Jaina, pero…

— Yo no soy mi padre —le interrumpió Anduin con serenidad.

El príncipe se iba serenando poco a poco y comenzaba a comprender lo que sucedía. Baine Bloodhoof era el hijo de Cairne, el gran jefe tauren. Cairne y Thrall eran buenos amigos. Además, los tauren no albergaban tanta hostilidad contra la Alianza como otras razas que formaban parte de la Horda. Si Jaina tenía una buena relación con Thrall, era lógico pensar que no se mostraría reacia a reunirse, aunque fuera en secreto, con un representante de Cairne.

Su templanza impresionó al joven toro. Baine se relajó un poco, y se dedicó a observarlo con curiosidad y no con hostilidad.

— No, no somos nuestros padres. Por mucho que lo deseemos — apostilló el tauren.

Algo en su tono de voz le alertó a Anduin de que algo iba terriblemente mal. De inmediato, miró a Jaina inquisitivo. Ahora que, por fin, podía detenerse a mirarla con tranquilidad, se percató de que parecía tensa e inquieta.

— Siéntense los dos —les indicó la maga, mientras señalaba el hogar. Baine era demasiado grande para aquellas sillas. — Creo que tienen muchas cosas que contarnos.

— No es mi intención ofender —dijo Baine, quien decidió permanecer de pie, — pero corro un grave riesgo por el mero hecho de venir a verte, Lady Jaina. Me temo que me pides demasiado si pretendes que confíe en el heredero de Stormwind.

— Comprendo que te sientas un tanto inquieto —le tranquilizó Jaina, — y sé que ambos, ahora mismo, tengan sus propios problemas. Pero deberían pensar que yo también corro un grave riesgo al esconderos a ambos, así que será mejor que nos llevemos bien.

— ¿Cómo es posible que tengas que esconder a un miembro de la Alianza a la que tú perteneces? —preguntó Baine con un bufido.

— Es posible porque Magni Bronzebeard ha muerto, y su hija, Moira Bronzebeard, ha abandonado la ciudad de Forjatiniebla acompañada de un grupo de enanos Dark Iron con el fin de regresar a Ironforge, donde se ha declarado emperatriz. Ahora tiene a Ironforge aislada del resto del mundo, y se va a enfadar muchísimo cuando se entere de que me he fugado —le espetó Anduin sin miramientos.

Baine estaba en lo cierto. No tenía ninguna razón por la que debería confiar en Anduin, el príncipe de Stormwind, a menos que este se la diera. Además, aunque no sabía qué ocurría en Ironforge, ya se acabaría enterando. Moira no podría mantener en secreto lo que allí sucedía ni cuáles eran sus verdaderas intenciones eternamente.

Entonces, Baine giró su enorme cabeza coronada por una cornamenta y contempló a Anduin un instante.

— Algunos te consideran un traidor por revelar esa información, joven príncipe —dijo con serenidad.

— Lo que Moira está haciendo está mal, por muy legítima heredera que sea — afirmó Anduin. — Algunas de sus metas y planes tienen sentido. Pero los medios que emplea para alcanzar sus fines… no los apruebo. Además, por el mero hecho de que sea una enana y la hija de un amigo no voy a apoyarla ciegamente. Como tampoco voy a negarte mi apoyo por el mero hecho de que pertenezcas a la Horda.

Si bien no apartó la mirada de Baine, pudo observar por el rabillo del ojo cómo Jaina se relajaba un poco, esperanzada.

— Anduin conoce a Thrall, ambos se profesan respeto mutuo y hacen buenas migas —intercedió Jaina. — No puedes pedir un apoyo mejor, Baine.

Si bien el tauren asintió, sus orejas se agitaron, probablemente debido a la angustia que sentía.

— Aunque si Thrall no se hubiera marchado, no necesitaría su ayuda, y…

Entonces, Baine se detuvo, respiró hondo y, acto seguido, resopló.

— … y mi padre seguiría vivo.

Anduin se quedó boquiabierto y miró a Jaina, quien asintió con una mirada teñida de tristeza.

— Baine ya me lo había contado —le explicó en voz baja.

— Lo siento mucho —le dijo Anduin a Baine de todo corazón.

Si bien cada uno podía pensar lo que quisiera de la Horda, todo el mundo estaba de acuerdo en que Cairne había sido un líder bueno y honesto y un buen… ¿hombre?, ¿persona? Pero su muerte no era algo inesperado. Cairne era viejo, por eso le pareció muy extraño que Baine estuviera tan disgustado. Comprendía perfectamente que cualquier hijo que quisiese a su padre se encontraría muy alterado por su fallecimiento, pero se le veía tan angustiado y afligido…

— ¿Cómo ha muerto?

— Siéntate —le ordenó Jaina cortésmente.

Esta vez tanto Anduin como Baine le hicieron caso, y se sentaron en el suelo. Acto seguido, la maga sirvió té para todos, colocó las tazas en una bandeja y se sentó también en el suelo con las piernas cruzadas. Anduin cogió una taza y, un instante después, Baine cogió otra. A continuación, el tauren se percató de lo enana que era aquella tacita comparada con su gigantesca mano y no pudo evitar una leve sonrisa ahogada. El príncipe sospechaba que probablemente era la primera vez que se reía desde que recibió la noticia de la muerte de su padre.

Jaina fue desplazando su mirada de uno a otro.

— No se pueden hacer idea de cuánto me hubiera gustado que los tres nos hubiéramos reunido en unas circunstancias muy distintas — afirmó con serenidad. — Lo digo especialmente por ti, Baine. Pero, bueno, aquí estamos. Quizá esta conversación que vamos a mantener esta noche prepare el terreno para unas conversaciones futuras de carácter más formal entre nuestros pueblos.

Entonces, Anduin alzó su taza.

— Por que lleguen tiempos mejores —brindó.

AI instante, Jaina alzó la suya y brindó con el príncipe. Un momento después, Baine hizo lo mismo.

— Creo que a… a mi padre le habría gustado esto —conjeturó. — Príncipe Anduin, permíteme que te cuente el enorme sufrimiento que ha traído consigo este día para mí.

— Te escucho —replicó el príncipe de Stormwind.

* * *

— ¿Me estás escuchando? —gritó Moira.

— Sí, excelencia. La…

— ¿Cómo has podido permitir que escape?

— ¡No sé cómo lo ha hecho! Habíamos arrestado a todos los magos… Quizá lo haya ayudado un brujo procedente del mundo exterior.

Drukan se la estaba jugando al contestar de esa manera, y era consciente de ello.

— ¡Pero si tenemos conjuros de protección para evitar que eso ocurra! —exclamó Moira, quien paseaba de un lado a otro de la habitación.

Era por la mañana temprano, y la enana no esperaba encontrarse con esa noticia al despertar. Ni por asomo. Se había vestido con lo primero que había encontrado en cuanto Drukan le había enviado un mensaje lleno de inquietud en el que le informaba de que su apreciada mascota se había fugado.

— No. Debe de haber escapado de otra forma. Tal vez bebiste demasiado y te quedaste dormido, ¡y él aprovechó para escaparse sigilosamente de ti!

Drukan frunció el ceño y se mordió la lengua para no responder con una impertinencia.

— No bebo cuando estoy de servicio, excelencia. Y aunque hubiera logrado burlar mi vigilancia, no habría podido dar esquinazo a los guardias apostados en todas las entradas.

Moira se llevó las manos a las sienes y se las frotó con el fin de aliviar la tensión que le estaba provocando dolor de cabeza.

— Me da igual cómo se ha fugado.

Entonces, una sonrisa taimada se dibujó en sus labios y siguió hablando:

— Quizá estemos equivocados. Quizá mi príncipe, mi bello pajarito enjaulado, no ha escapado.

Drukan la miró perplejo. Y la reina profirió un suspiro.

— Obviamente, ha abandonado sus aposentos. Pero tal vez siga aún en Ironforge y esté escondido. En esta ciudad hay muchos lugares donde esconderse.

— En efecto, los… hay.

En ese instante, Moira sonrió con suma dulzura.

— Te asignaré tantos hombres como sean necesarios para que lo busques. Pero no debes llamar la atención, y nadie debe saber que ha desaparecido. ¿Has arrestado a ese viejo sirviente senil para poder interrogarlo?

Drukan se animó al escuchar estas palabras.

— Oh, claro, por supuesto.

— Cerciórate de que lo tratan bien. Lo necesitamos si queremos que Anduin se muestre… cooperante.

— Como desees.

— Esto no debe saberse. Haremos correr la voz de que Anduin está enfermo… No, no, porque, entonces, ese incordio que responde al nombre de Rohan insistirá en verlo. ¿Qué podemos hacer…? ¿Qué…? —preguntaba retóricamente Moira mientras deambulaba de un lado a otro de la habitación, hasta que llegó a la altura de la cuna de su hijo y se puso a mecerla distraída.

— Ya lo tengo. Diremos que ha ido a visitar Dun Morogh. ¡Sí! Eso es. Con esa excusa mataban dos pájaros de un tiro. Era una buena coartada que explicaría por qué Anduin no aparecía por ninguna parte y, al mismo tiempo, transmitiría la impresión de que, al menos en algunos casos, seguía habiendo contacto con el mundo exterior siempre que Moira lo aprobase.

Continuó meciendo la cuna y, de repente, le hizo una seña a Drukan con la mano.

— Vete ya, rápido. Concéntrate en tu misión y culmínala con éxito. Ah, una cosa más… —le ordenó y, acto seguido, dejó de mirar a su hijo para posar su gélida mirada sobre el enancr. — Cerciórate de que nadie sepa que Anduin ha desaparecido, y de que nadie se ha enterado de lo que ha sucedido. Revelaré mis planes cuando yo diga, y a mi modo. ¿Ha quedado claro?

Drukan tragó saliva con dificultad y de manera audible.

— S-sí, excelencia.

* * *

Palkar regresaba con carne fresca con la que iba a preparar la cena para Drek’Thar y él cuando se encontró con un desaliñado mensajero tauren que lo estaba esperando. Era uno de los Caminamillas de Cairne, lo cual significaba que el mensaje que portaba era importante. Las inclemencias del tiempo habían hecho mella en su aspecto, y Palkar pudo apreciar que su ropa estaba cubierta de sangre seca. A primera vista, resultaba imposible saber si la sangre era del tauren o de otro ser vivo.

— Saludos, Caminamillas —le dijo. — Soy Palkar. Entra y cena con nosotros, y luego ya nos darás ese mensaje.

— Soy Perith Stormhoof —replicó el Caminamillas. — Y el mensaje que traigo no puede esperar. Informaré a tu maestro de inmediato.

Palkar titubeó; no le gustaba hablar del cada vez peor estado de salud de Drek’Thar con nadie.

— Puedes darme el mensaje a mí. No te preocupes, me aseguraré de que lo reciba. Últimamente, no se encuentra muy bien de salud, y…

— No —le interrumpió Perith sin miramientos. — He recibido órdenes precisas de entregar este mensaje a Drek’Thar y así lo haré.

Entonces, a Palkar no le quedó más remedio que contarle la verdad.

— La mente de Drek’Thar ya no es lo que era. Yo cuido de él. Si le das el mensaje sólo a él, tus palabras se perderán en la neblina de su mente.

El tauren movió nerviosamente una oreja, y la expresión severa que dominaba su semblante se suavizó un poco.

— Lamento que eso sea así. Entonces, será mejor que tú también escuches este mensaje. Pero, aun así, he de hablar con él.

— Lo entiendo. Entra.

Palkar apartó la tela que cubría la entrada de la tienda y Perith tuvo que entrar agachado, ya que esa entrada no estaba diseñada para alguien de su tamaño. Drek’Thar estaba despierto, y por su postura cabía deducir que se hallaba concentrado y alerta. Sin embargo, se encontraba sentado a un par de metros de las pieles con las que dormía.

— Drek’Thar, tenemos una visita muy especial. Se trata de uno de los Caminamillas de Cairne, Perith Stormhoof.

— ¿Por qué has cambiado de sitio las… pieles con las que duermo? Siempre estás revolviendo mis cosas, Palkar —le regañó, con un tono de voz teñido de confusión.

Palkar ayudó al anciano orco a ponerse de pie con suma delicadeza y lo guió hasta las pieles; acto seguido, lo ayudó a adoptar una postura cómoda sentado.

— Bueno, ya puedes darnos ese mensaje —le indicó Palkar a Perith.

El Caminamillas asintió.

— Traigo un mensaje muy importante y triste. Nuestro amado líder Cairne Bloodhoof ha sido asesinado, y los Grimtotem se han adueñado de muchas de nuestras ciudades mediante un golpe de Estado terriblemente sangriento.

Drek’Thar y Palkar lo miraron de hito en hito, horrorizados. Aquel mensaje pareció arrastrar repentinamente a Drek’Thar a una de sus fases lúcidas.

— ¿Quién ha asesinado al poderoso Cairne? ¿Cómo ha ocurrido? — exigió saber el anciano orco, con una voz sorprendentemente clara y enérgica.

Perith les relató el trágico ataque que habían sufrido los druidas en Vallefresno, y cómo Hamuul Runetotem había logrado escapar de las garras de la muerte por muy poco.

— En cuanto Cairne supo que había tenido lugar tal atrocidad, desafió a Ciarrosh Hellscream a un mak’gora en la arena. Garrosh aceptó el desafío, pero sólo si Cairne aceptaba combatir siguiendo las reglas antiguas. Exigió que el combate se librara a muerte, y Cairne aceptó esas condiciones.

— Entonces, cayó en una justa batalla, y los Grimtotem aprovecharon la oportunidad para hacerse con las riendas del pueblo tauren —concluyó Drek’Thar.

— No, no fue así. Circulan rumores de que Magatha envenenó el filo del hacha de Garrosh de tal modo que Cairne cayó al recibir un mero rasguño. Yo fui testigo de cómo esa bruja ungía esa arma; yo fui testigo de cómo Cairne caía. Sin embargo, no sé si Garrosh participó voluntariamente en ese traicionero plan o si también Magatha lo engañó a él. Lo único que sé es que los Grimtotem hicieron todo lo posible para evitar que la noticia llegara a Thunder Bluff. Pero he logrado eludir su red de vigilancia gracias a que he sido muy cauteloso y sigiloso, y a la bendición de la Madre Tierra.

Palkar seguía con su mirada clavada en él mientras su mente procesaba aquella información. ¿Cairne había sido asesinado por la matriarca de los Grimtotem? Además, Garrosh había sido engañado o había participado en el plan de buena gana; ambas opciones eran inconcebiblemente horribles. Y por si fuera poco, los Grimtotem ahora gobernaban a los tauren. Mientras intentaba poner en orden sus pensamientos, Drek’Thar, quien estaba alerta y plenamente consciente, decidió hablar antes que él.

— ¿Y qué se sabe de Baine?

— Si bien los Grimtotem atacaron el poblado Bloodhoof. Baine logró escapar. Desde entonces, nadie ha sabido nada de él, aunque creemos que sigue vivo. Si estuviera muerto, tengan por seguro que Magatha ya lo habría anunciado a los cuatro vientos, y lo habría demostrado exhibiendo su cabeza decapitada.

Algo más inquietaba a Palkar; algo más que aquellas terribles noticias. Algo más que Perith había mencionado…

— Entonces, aún podemos albergar esperanzas. ¿Sabes si Garrosh ha decidido apoyar a la usurpadora?

— Por ahora, no tenemos ninguna prueba de que así sea. Si Garrosh participó voluntariamente en el deshonroso asesinato de Cairne, lo más probable es que haga todo lo posible para intentar silenciar a Baine y para que aquellos a los que ha brindado su apoyo se mantengan en el poder. El líder debe ser avisado de inmediato de todo cuanto ha acaecido. El líder debe ser avisado… He de hablar con Thrall… Hay que informarle de esto…

Por los ancestros… ¡Drek’Thar tenía razón!

El sudor perlaba la frente de Palkar. Dos lunas atrás, Drek’Thar había tenido una visión febril y muy intensa en la que pronosticaba que pronto una pacífica reunión de druidas elfos de la noche y tauren sufriría un ataque. Palkar lo había creído y había enviado a unos cuantos guardias a proteger aquella reunión, pero no había sucedido nada. Entonces, había pensado que esa «visión» sólo era un síntoma más de la creciente senilidad de Drek’Thar.

Sin embargo, ahora sabía que el viejo chamán estaba en lo cierto. No obstante, a pesar de que en esos momentos hablaba lúcidamente con Perith Stormhoof, no parecía recordar esa visión en concreto. Aun así, aquellos hechos habían ocurrido tal como él había predicho: una pacífica reunión de elfos de la noche y tauren había sido atacada… y las consecuencias habían sido desastrosas.

Simplemente, aquel incidente había tenido lugar mucho más tarde de lo que nadie esperaba.

De pronto, Palkar recordó el sueño más reciente que había tenido Drek’Thar, en el que había gritado: «¡La tierra llorará y el mundo se quebrará!». ¿Acaso ese «sueño» también había sido una visión que se iba a hacer realidad? ¿Acaso se iba a cumplir como el sueño en que vio que aquella reunión de druidas tendría un trágico final?

Palkar había actuado como un necio. Tendría que haber informado a Thrall de ese sueño para que el líder pudiera decidir por sí mismo si le hacía caso o no. En ese instante, Palkar apretó los puños con fuerza presa de la ira; una furia cuyo objeto no era Drek’Thar, sino él mismo.

— ¿Palkar? —le llamó Drek’Thar.

— Disculpa… estaba pensando… ¿Qué decías?

— Te preguntaba si podrías redactar una misiva —respondió el viejo chamán como si se lo hubiera pedido varias veces, lo cual era perfectamente posible. — Debemos contárselo a Thrall cuanto antes. De todos modos, a los Caminamillas les va a llevar bastante tiempo encontrarlo. Espero que no sea demasiado tarde para ayudar a Baine.

— Por supuesto —asintió Palkar, quien se incorporó de un salto, dispuesto a obedecer.

Escribiría lo que quisieran tanto Drek’Thar como el Caminamillas.

Después, al final de la misiva, le confesaría al líder que no le había informado de ciertas visiones que había tenido el anciano chamán y le explicaría el porqué; además, le revelaría su contenido y, después, asumiría las consecuencias.

No quería arriesgarse a que Drek’Thar volviera a acertar.

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