Devastación: Preludio al Cataclismo – Capítulo Veinticinco

Devastación: Preludio al CataclismoThrall estaba sorprendido por el grado de dedicación y esfuerzo necesario para preparar el ritual de revelación mística. Ahora entendía el comentario de Geyah acerca de que Drek’Thar en su día, cuando era uno de los últimos chamanes de los orcos, había hecho lo que había podido para enseñarle a ser un chamán. Al parecer, una revelación mística propiamente dicha requería la participación de casi toda la comunidad.

Un orco vino a tomarle las medidas para la túnica ceremonial. Otro le ofreció ciertas hierbas para el ritual. Y un tercero se presentó voluntario para dirigir los corros de tambores y los cánticos. Por último, seis orcos más se ofrecieron a tocar los tambores y cantar.

Thrall estaba sorprendido y conmovido. En cierto momento, le llegó a decir a Aggra:

— No deseo que me hagan ningún favor debido al cargo que ocupo.

La joven orco esbozó una sonrisita burlona.

— Go’el, actúan así porque necesitas tener una revelación mística, no porque seas líder de la Horda. No tienes que preocuparte por ello.

Aquella respuesta le hizo sentirse aliviado y avergonzado al mismo tiempo, y se preguntó, y no era la primera vez que lo hacía, cómo Aggra era capaz de ponerse con tanta facilidad en su lugar. Quizá se tratara de un don que le habían otorgado los elementos, concluyó mientras observaba cómo se alejaba con la cabeza bien alta.

Se sintió contrariado por lo lento que avanzaba el ritual, pero no podía hacer mucho al respecto. Además, había una parte de él, una parte bastante importante, que ansiaba que aquella ceremonia tuviera lugar cuanto antes. Sin duda alguna, los orcos habían perdido muchos conocimientos y olvidado muchas costumbres durante los años que precedieron a su conversión en chamán. Asimismo, era plenamente consciente de que nunca había participado en un rito comunitario como aquel.

Al final, tres días después, todo estaba preparado. Se encendieron las antorchas con el crepúsculo. Thrall aguardó a Garadar para ser escoltado al lugar que habían preparado para celebrar la ceremonia. Entonces, Aggra hizo acto de presencia, y el líder de la Horda la observó detenidamente.

La joven orco llevaba su melena larga, espesa y de un color castaño rojizo adornada con plumas. Asimismo, vestía un jubón de cuero y una falda decorada con plumas y abalorios. Tenía la cara, así como el resto del cuerpo donde su piel marrón quedaba expuesta, cubierta por unos símbolos escritos con pintura blanca y verde. Caminaba erguida y orgullosa. El color canela del cuero del jubón conjuntaba con el marrón oscuro de su piel.

— Esto es para ti, Go’el —le explicó. — Es un atuendo muy sencillo y sobrio. Es la túnica que debe llevar todo aquel que va a ser iniciado a través del ritual.

— Lo entiendo —contestó Thrall, quien estiró el brazo para hacerse con aquel ropaje que sostenía en sus brazos la joven orco.

Aggra, sin embargo, no se la entregó.

— No estoy segura de que realmente lo entiendas. He de admitir que eres un chamán poderoso con mucho talento. Pero hay muchas cosas que todavía ignoras acerca del arte del chamanismo. En nuestras ceremonias de iniciación, no portamos armadura. Una iniciación es como un renacimiento, no como una batalla. Al igual que una serpiente, mudamos de piel y dejamos de ser quienes éramos. Tenemos que afrontar el ritual sin esas cargas, sin la estrecha visión del mundo que teníamos hasta entonces. Debemos ser humildes y puros, debemos estar dispuestos a entender a los elementos y contactar con ellos y, por último, debemos dejar que su sabiduría deje poso en nuestras almas.

Thrall la escuchó con atención y asintió respetuoso. Aun así, la joven orco no le entregó la túnica; no, todavía no.

— También te entrego un rosario, que te ayudará a entrar en contacto de nuevo con tu alma. Tócalo cuando sientas la llamada de los elementos.

Entonces, por fin, le entregó el atuendo a Thrall, que lo aceptó con agrado.

— Enseguida vuelvo —le dijo Aggra y, acto seguido, se marchó.

Thrall observó aquel modesto atuendo de color marrón un instante y, a continuación, se lo puso con sumo respeto. Se sentía… desnudo.

Estaba acostumbrado a portar esa armadura negra tan peculiar que en su día había pertenecido a Orgrim Doomhammer. La llevaba puesta casi siempre y se había hecho a su peso. Pero aquella túnica era muy liviana. A continuación, se colocó el rosario a modo de collar alrededor del cuello y jugueteó con sus cuentas entre los dedos, mientras pensaba en lo que Aggra le había dicho: iba a renacer.

¿Cómo qué? ¿Cómo quién?

— Bueno —dijo Aggra, sacándole de improviso de sus meditaciones. — Según parece, la túnica de iniciado te queda bien.

— Estoy listo —anunció Thrall con serenidad.

— Aún no. Todavía no estás pintado.

La joven orco avanzó hacia un pequeño arcón situado junto a una pared hecha de pieles de una manera un tanto brusca, como era habitual en ella; a continuación, revolvió un rato dentro del arcón, del que acabó sacando tres tarros diminutos que contenían arcilla de diversos colores.

— Eres demasiado alto para mí. Siéntate.

Thrall la obedeció con una sonrisa dibujada en la cara. Aggra se le acercó, abrió uno de los tarros, hundió un dedo en la arcilla y le pintó la cara con ella. Le aplicó la pintura con suma habilidad, y con una delicadeza impropia de alguien con una personalidad muy fuerte y enérgica. Asimismo, al estar más cerca de ella que nunca, el líder de la Horda pudo percibir el aroma tenue y dulce del aceite con el que Aggra solía ungirse. Entonces, la joven orco frunció levemente el ceño.

— ¿Qué pasa? —preguntó Thrall.

— Estos colores no quedan igual al aplicarlos sobre una piel verde.

— Me temo que, por mucho que estudie contigo, nunca podré hacer nada al respecto, Aggra —replicó el líder de la Horda, cuyo tono de voz y rostro transmitían sinceridad y una honda preocupación.

La joven orco lo miró a los ojos fijamente; su ceño se iba frunciendo más y más a medida que su ira iba en aumento. Pero, entonces, sonrió. Y estalló en carcajadas.

— Bien saben los ancestros que lo que dices es cierto —dijo. — Así que creo que debería escoger otros colores para pintarte.

Ambos sonrieron, y sus miradas se cruzaron. Aggra apartó los ojos enseguida.

— Quizá si uso azul y amarillo, quede mejor—conjeturó, y, al instante, fue a por los tarros adecuados.

Después, siguió pintándole la cara en silencio. AI final, asintió satisfecha con el resultado. Pero, de inmediato, volvió a fruncir el ceño.

— Tu pelo… Espera un momento.

Acto seguido, se lavó las manos y, en breve, unos dedos largos y hábiles de color marrón estaban desenredando las dos largas trenzas que solía llevar Thrall. Después, le adornó el pelo con plumas.

— Esta bien. Ahora sí estás listo, Go’el.

A continuación, Aggra cogió una plancha pulida de metal que hacía las veces de espejo.

A Thrall le costó reconocerse.

Su piel verde estaba cubierta de puntitos y espirales de color amarillo y azul; daba la impresión de que llevara puesta una máscara en la cara. El pelo, adornado con unas brillantes plumas de vientorroc, le caía hasta los hombros, conformando una melena muy espesa. Normalmente, su aspecto transmitía contención y control.

Ahora parecía…

— … muy salvaje —murmuró en voz baja.

— Como los elementos —apostilló Aggra. — La calma y el orden no son las virtudes que más los caracterizan, Go’el. De este modo, das los primeros pasos hacia la revelación mística pareciéndote a ellos. Vamos. Te están esperando.

Thrall había tenido una vida plena de experiencias muy diversas. Le habían enseñado a luchar cuando todavía era un niño, había aprendido el verdadero significado de la amistad y qué era el sufrimiento a lo largo de los primeros años de su existencia. Había liberado a su pueblo y combatido contra demonios. Aun así, en aquellos momentos, mientras seguía a Aggra al lugar cerca del lago donde se iba a celebrar la ceremonia, se percató de que estaba nervioso.

Los tambores redoblaron en cuanto Thrall hizo acto de presencia.

Aggra se enderezó. Dejó de mostrarse tan frívola y agresiva y, por un instante, dio la impresión de ser una versión más joven de Geyah.

Caminaba con paso grácil y solemne, lo cual obligó al líder de la Horda a aminorar su marcha para avanzar al mismo ritmo que ella.

Daba la sensación de que todos los habitantes de Garadar habían acudido al lugar, y se habían repartido en dos hileras a ambos lados del camino. Las antorchas lograban mantener alejada la oscuridad unos cuantos metros, pero más allá acechaban las sombras. Más adelante, lo aguardaba Geyah, apoyada en un bastón. Se la veía muy hermosa, aunque también algo frágil, y esbozaba una sonrisa luminosa en su rostro surcado de arrugas. Thrall se aproximó a ella y le hizo una profunda reverencia.

— Bienvenido, Go’el, hijo de Durotan, quien, a su vez, era hijo de Garad.

Thrall la miró atónito. Tendría que haberse dado cuenta antes de aquel detalle. En esos instantes, se encontraba en Garadar, un lugar que recibía ese nombre en honor a su abuelo, Garad.

— Tú, que eres hijo de los elementos y has sido escogido por ellos, has de saber que las Furias nos observan. Van a ser testigos de la ceremonia que se va a celebrar aquí esta noche.

Pese a que Thrall contempló detenidamente aquellas aguas envueltas en tinieblas, sólo logró divisar a una de las Furias, Incineratus, la Furia del Fuego, que se movía despacio de un lado a otro. No obstante, sabía que las demás también se encontraban ahí.

— Así sea —respondió Thrall, tal como le habían indicado. — Me ofrezco en cuerpo, mente y espíritu a esta revelación mística.

Entonces, Aggra lo cogió de la mano y lo llevó hasta el centro de un montón de pieles que habían colocado sobre el suelo, y le indicó que se sentara junto a ella.

— Cuando uno se embarca en este tipo de búsquedas espirituales — le explicó la joven orco, — su alma abandona su cuerpo. No obstante, has de saber que cuando viajes al mundo del espíritu, tu pueblo vigilará atentamente tu forma física. Toma. Bebe esta poción. Bébela rápido.

Acto seguido, le entregó una copa con un líquido que desprendía un hedor horroroso. Thrall la cogió y, al hacerlo, sus dedos se rozaron.

Al instante, bebió aquel brebaje lo más rápido posible y, a continuación, volvió a tragar con todas sus fuerzas para ayudar a la pócima a llegar al estómago. Mientras le devolvía la copa a Aggra, se empezó a sentir mareado. Por eso no protestó cuando la joven orco lo agarró con suavidad de la cabeza y lo obligó a apoyarla sobre su regazo. Aunque era un gesto extrañamente tierno en alguien que hasta entonces se había mostrado muy seca y cortante con él, lo aceptó de buena gana.

La cabeza le daba vueltas, y los tambores parecían redoblar por sus venas. Era como si, más que escucharlos, los sintiera; como si aquel sonido rítmico se fusionara con sus propios latidos. Después, unos dedos fríos le acariciaron el pelo. Otro gesto impropio de Aggra, cuya voz profunda, dulce y gentil parecía muy lejana en esos momentos.

— Entra en tu interior y sal de ti, Go’el. Nada te hará daño mientras estés aquí, aunque tal vez te aterrorice lo que vas a ver.

Thrall abrió los ojos.

Una figura titilante y difusa se hallaba frente a él. Tenía unos ojos muy luminosos, cuatro patas, unos dientes afilados y una cola. Se trataba del espíritu de un lobo y sabía, aunque no comprendía muy bien el porqué, que era Aggra.

— ¿Tú vas a ser mi guía? —preguntó el lobo, confuso. — Creía que la Abuela…

— He sido elegida para ser tu guía. Vamos —contestó Aggra con una voz ronca que, en cierto modo, no desentonaba al provenir de las fauces de un lobo. — Ha llegado el momento. ¡Sígueme!

De repente, Thrall se trasformó también en un lobo. El mundo cambió ante sus ojos, algunas esas parecieron perder su sustancia; otras adquirieron una renovada y extraña solidez. Sacudió la cabeza y se sintió más liviano que el aire, parte de esa nada que lo era todo y, a continuación, decidió seguirla dentro de aquella niebla que se arremolinaba.

Emergieron en una arena bañada por la luz brillante del sol del mediodía. Thrall parpadeó presa de la confusión bajo su forma de espíritu de lobo.

Se estaba viendo a sí mismo.

— Pero ¿qué…? —preguntó el Thrall lupino, cuya voz le resultó extraña incluso a él mismo. — Creía que iba a encontrarme con los elementos y…

— ¡Silencio! —atajó Agrá. Aquel ladrido breve y áspero era una reprimenda dirigida a Thrall quien no tuvo más remedio que callarse.

— Limítate a observar. Y no intentes interactuar. Nadie puede verte ni oírte. Esta es tu revelación mística, Go’el. Te voy a mostrar exactamente lo que necesitas saber.

El Thrall lupino asintió y observó.

Ante él se hallaba un joven Thrall ataviado con una armadura.

Estaba en plena forma y su cuerpo se encontraba en su máximo esplendor; el sudor brillaba sobre su verde piel y se encontraba armado con una espada en una mano y una maza en la otra. El Thrall lupino sabía dónde estaba; se encontraba en la arena del castillo de Durnholde. Los vítores y los abucheos eran atronadores, y era consciente de que en algún lugar allá arriba, degustando fruta y bebiendo vino, se hallaba su odiado Aedelas Blackmoore; el hombre que lo había secuestrado cuando era un bebé y lo había convertido en un gladiador. La ira lo dominó al ver cómo su yo joven combatía contra un oso enorme.

— El Fuego fue el primer elemento que se fijó en ti, Go’el —le explicó Aggra. — Te concedió el don de la ira, la capacidad de sentirte indignado y la ferocidad de la que haces gala en combate. Te proporcionó la pasión necesaria para luchar por las causas justas en cuanto estuviste preparado para ello. Esa llama arde en lo más profundo de tu ser y te permite seguir adelante incluso en tus momentos más sombríos.

Thrall la escuchó mientras se observaba a sí mismo, y se sorprendió al comprobar lo fuerte, grácil y, sí, efectivamente, apasionado que se mostraba cuando se hallaba en el ring. En esos momentos, se percató de que había utilizado esos dones, ese talento para liberar a su pueblo, para protegerlo.

Si bien aquello no era lo que esperaba ver, no le quedó más remedio que asentir ante las palabras de Aggra. El Fuego lo había escogido cuando era joven, y recordó que en aquella época, al igual que ahora, su máxima preocupación era dar con la forma de poder ayudar a su mundo. Sonrió, con cierto orgullo comprensible, cuando su joven yo derrotó a sus oponentes y alzó los brazos en señal de victoria.

Entonces, la niebla volvió a cubrirlo todo, y rodeó al victorioso joven Thrall que no paraba de gritar hasta que lo envolvió por completo. Thrall aguardó, dominado por la curiosidad, a la siguiente visión inesperada con la que se iba a topar en aquel extraño viaje.

Cuando la niebla se despejó, ya no quedaba ni rastro de la bulliciosa y luminosa arena. Un paisaje nocturno y boscoso la había reemplazado; sólo se escuchaba el murmullo del viento y los susurros de los insectos. Thrall volvió a verse a sí mismo; aunque, esta vez, se mostraba muy cauteloso y receloso, ya que lo perseguían. Se hallaba frente a una formación rocosa que, vista desde el ángulo correcto, recordaba a un dragón que estuviera vigilando el bosque. El joven Thrall volvió la cabeza y contempló la entrada ovalada de una cueva cercana; entonces, el Thrall lupino se percató, de repente, de lo que estaba a punto de suceder; sintió cómo una vieja herida se abría y le infligía un nuevo tormento.

Iba a revivir su guerra particular contra la pesadilla. Todo el mundo se había visto obligado a combatir en esa guerra en su día.

— ¿De verdad tengo que contemplar lo que va a ocurrir? —preguntó con voz queda a pesar de que ya sabía la respuesta.

— Si quieres comprender de verdad, si quieres convertirte en un verdadero chamán, entonces sí, debes verlo —contestó Aggra de manera implacable.

El joven Thrall entró en la cueva y, acto seguido, ambas encarnaciones del líder de la Horda contemplaron a una joven humana llamada Taretha Foxton. Tari… la amante de Blackmoore, el alma gemela de Thrall; la mujer que lo arriesgó todo para que él dejara de ser un esclavo y lo pagó con su vida. Pero, en esos momentos, estaba pletórica de vida y era muy hermosa. Ella había sido la protagonista principal de las pesadillas que el líder de la Horda había sufrido durante la Guerra contra la Pesadilla. En aquellos terribles sueños, intentaba salvarla una y otra vez. Y a pesar de que siempre se le ocurría una nueva idea que habría permitido a Taretha seguir viviendo, riendo y amando tal como debería haber sucedido en la vida real, siempre fracasaba y se veía obligado a revivir la trágica experiencia de su muerte una y otra vez, una y otra vez…

Pero, en aquel instante y en aquel lugar, ella no iba a morir. Taretha estaba apoyada contra una pared, esperándolo. Cuando el joven Thrall pronunció su nombre, ella profirió un grito ahogado y, al instante, se echó a reír. Tenía un rostro encantador, que resultaba, en ese instante, mucho más cautivador gracias al genuino afecto que transmitía y que iluminaba sus facciones de un modo tan especial.

— ¡Tremendo susto me has dado! ¡No sabía que eras capaz de moverte con tanto sigilo! —le espetó.

A continuación, se acercó a él con los brazos abiertos. Y el joven Thrall la abrazó lenta y delicadamente.

— Aún sufro por ella —le dijo el Thrall lupino a Aggra, quien esta vez no lo reprendió, sino que simplemente hizo un gesto de asentimiento con su cabeza de espíritu de lobo.

— Ese dolor, y el proceso de curación que requirió esa profunda herida, son el don del Agua —le explicó. — El Agua representa esa intensa emoción llamada amor. Tu corazón se abrió de par en par a la alegría y el dolor. Por eso lloramos, porque el Agua, las emociones, habitan en nuestro interior y las llevamos siempre con nosotros.

El Thrall lupino escuchó con suma atención, recordando las palabras que había intercambiado con Taretha durante aquel primer encuentro que habían mantenido cara a cara mientras las escuchaba de nuevo.

Taretha le entregó un mapa y algunas provisiones, y le exhortó a que fuera en busca de los suyos, en busca de los orcos. También hablaron sobre Lodonegro. El Thrall lupino, sabedor de lo que iba a suceder, quiso darse la vuelta, pero se dio cuenta de que no podía.

— ¿Qué te pasa en los ojos? —preguntó el joven Thrall.

— Oh, Thrall… Son lágrimas —respondió Taretha entre susurros, con un tono de voz grave, mientras se enjugaba los ojos. — Lloramos cuando estamos muy tristes, cuando tenemos una honda pena en el alma; es como si nuestros corazones tuviesen tanto dolor acumulado que este no tuviese otro lugar por el que salir de nuestro cuerpo.

A pesar de estar viajando por el mundo espiritual y carecer de cuerpo físico, el Thrall lupino sintió que las lágrimas se asomaban a sus ojos.

— Taretha lo entendía —dijo Aggra con un tono de voz muy suave teñido de comprensión. — Conocía bien tanto el dolor como el amor. El corazón se inunda de emoción hasta que no puede más, y el Agua acaba huyendo por donde puede.

— Ella no debería haber muerto —se lamentó el Thrall lupino, quien en realidad estaba diciendo entre líneas:

— Debería haber encontrado la forma de evitar que muriera.

— ¿Seguro que no?

La respuesta de Aggra lo había dejado tan estupefacto y aturdido como si hubiera recibido un tremendo golpe. Al instante, se volvió hacia ella furioso por la falta de tacto de la que acababa de hacer gala.

— ¡Claro que no! Tenía toda la vida por delante. Además, ¡con su muerte no se logró nada!

Aggra clavó su mirada lupina de manera implacable en Thrall.

— ¿Y eso cómo sabes que ese no era su destino? Sólo ella conoce la respuesta a esa pregunta. ¿Cómo sabes que no había cumplido ya su misión en la vida? Tal vez no habrías seguido el mismo sendero en tu vida si hubiera seguido viva. Creer que uno lo sabe todo es de una arrogancia extrema. Puede que estés en lo cierto y puede que no.

Esas palabras lo dejaron mirando al vacío, sumido en un hondo silencio. La culpa lo había corroído desde el mismo momento en que vio expuesta la cabeza decapitada de Taretha; un espectáculo dantesco con el que Aedelas Blackmoore quiso hacer una ostentación pública de su poder. Las pesadillas sólo habían servido para grabar a fuego en su corazón un mensaje: Debería haber hecho más de lo que hice.

Aunque, en realidad, no podría haber hecho nada. Ahora, por primera vez, se veía obligado a considerar la idea de que tal vez lo que había ocurrido… era lo que tenía que ocurrir. Por muy doloroso, horrible y atroz que fuera, quizá sucedió… lo que debía suceder.

Si bien nunca la olvidaría, nunca dejaría de añorarla, la sensación de culpa lo iba abandonando poco a poco.

— Para ti, ella representó la bendición del Agua —siguió diciendo Aggra, mientras Thrall guardaba silencio intentando comprender el cambio que se había operado en sus sentimientos. — En este preciso momento, con esta mujer en concreto… fue cuando el elemento del Agua pasó a formar parte de tu ser, Go’el.

Thrall intentó replicar pero no encontró las palabras adecuadas, y lo único que brotó de su garganta fue un tímido «gracias».

Entonces, la niebla volvió a surgir a los pies de aquellas figuras del pasado. Si bien en un principio no había querido revivir aquel incidente, ahora que estaban a punto de dejar atrás aquel instante del pasado, el Thrall lupino quiso gritar, quiso implorar que le dejara compartir unos momentos más con Taretha, pero sabía que eso era imposible. Revivir aquel instante había sido un regalo agridulce que le habían otorgado los elementos. Además, Aggra le había abierto los ojos.

— Adiós, querida Taretha. Tu vida fue toda una bendición para este mundo, y tu muerte no fue en vano; no hay muchos en este mundo que puedan afirmar lo mismo. Siempre serás recordada. Ya puedo dejarte ir sintiéndome en paz en lo más hondo de mi corazón.

No obstante, los elementos todavía tenían más cosas que mostrarle.

La niebla se arremolinó, enturbió su vista y, a continuación, se encontró ante una versión más joven de sí mismo. Era invierno, y estaba con los Lobo Gélido. Tanto él como Drek’Thar se hallaban sentados junto al fuego, con las manos extendidas hacia la hoguera en busca de calor. Si bien Drek’Thar no era joven en aquella época, su mente funcionaba a la perfección, lo cual provocó que una oleada de tristeza invadiera al Thrall lupino mientras observaba a su amigo y tutor. Su yo joven escuchaba absorto a Drek’Thar mientras este hablaba con suma elocuencia acerca del vínculo que une al chamán con los elementos. Entretanto, la nieve caía del cielo suavemente. El Thrall lupino se sentía muy sereno y sosegado mientras observaba esa escena, y notó que el dolor que había sentido al volver a ver a Taretha iba remitiendo poco a poco.

— Qué paz —dijo al comprender por primera vez el verdadero sentido de esa palabra. — Ese es el don de la Tierra, ¿verdad?

El lobo en que Aggra se había transformando asintió y, haciendo gala de su habitual mordacidad, replicó:

— ¿Ahora te das cuenta? No me extraña que te esté resultando tan difícil.

Esta vez Thrall advirtió que aquella contestación no le había molestado sino, más bien, le había hecho gracia. Quizá, pensó, la calma y serenidad de la Tierra se estaban adueñando de él.

Enseguida, o al menos eso le pareció al Thrall lupino, la niebla volvió a levantarse, ocultando aquella escena. No obstante, el líder de la Horda había comprendido que la Tierra se encontraba en su interior. Podía acudir a ese lugar lleno de calma y serenidad que se hallaba en su alma siempre que lo necesitara… Entonces sonrió… y marchó en paz.

Ya sólo quedaba un elemento. A esas alturas, ya había comprendido que, en teoría, esa revelación mística le iba a mostrar que los elementos formaban parte de su ser; que estos convivían con él y vivían a través de él. Comprendía la pasión que inflamaba el Fuego del alma del guerrero, el amor que era consustancial a la naturaleza del Agua y la serenidad y la firmeza de la Tierra. No obstante, sentía curiosidad por saber cómo se iba a manifestar el Aire.

La niebla llegó a su punto álgido y, a continuación, se fue disipando.

Entonces, se vio en el Fuerte Grommash. Pese a que volvía a ser de noche, los pebeteros, las antorchas y los candiles proporcionaban la luz y el calor necesarios. Se hallaba frente a una mesa atestada de mapas y pergaminos enrollados, y junto a él estaba su viejo y estimado amigo Cairne Bloodhoof.

Si bien en las anteriores visiones había podido precisar en qué época se encontraba, en esta ocasión fue incapaz, puesto que la misma escena se había repetido con ligeras variaciones a lo largo de los años. Sonrió al ver cómo su otro yo y Cairne charlaban animadamente acerca de negociaciones políticas, derechos sobre ciertas tierras y diversos tratados. Se enfrentaban a los problemas juntos y hallaban soluciones entre los dos. Sin embargo, esa escena se difuminó con celeridad y dio paso a otra. Ahora estaba reunido con Jaina, lo cual también había sucedido en infinidad de ocasiones, y hablaban sobre cómo lograr la paz.

En aquel instante, no sentía ninguna emoción intensa, salvo una profunda preocupación por la gente que lideraba. No sentía ninguna sensación de extrema serenidad, ni ansiaba ardorosamente que esas conversaciones dieran un resultado concreto. En esos momentos en los que departía con Jaina y Cairne, Thrall usaba el intelecto en vez de su poderoso físico y no se dejaba llevar por sus emociones.

Entablaba con ellos conversaciones racionales e intelectuales; hablaba con ellos de un nuevo comienzo, de una nueva esperanza.

El Thrall lupino asintió, indicándose así que lo entendía todo perfectamente. El Aire, por supuesto, era el elemento de la claridad de pensamiento, de la inspiración, de la comprensión y de los nuevos comienzos. Se había iniciado una nueva etapa cuando los orcos habían llegado a Kalimdor, y habían alcanzado un acuerdo de paz provisional con Jaina Proudmoore gracias al diálogo y a una reflexión meditada. Unos atributos que mucha gente no esperaba ver en un orco, pero que Thrall había cultivado toda su vida, desde muy joven, cuando leía con avidez un libro tras otro, hasta aquel momento, en el que había tomado la difícil decisión de dejar su mundo para ir a Outland, a Nagrand.

Sonrió levemente, mientras aquella escena se iba desvaneciendo, y la dejó atrás con suma facilidad, puesto que sabía, gracias al Aire, que siempre había algo nuevo esperando en el siguiente recodo; algo que sería un reto y lo inspiraría.

Después, permaneció en aquel extraño lugar que no era un lugar acompañado de Aggra en su forma de espíritu de lobo, a la espera de la llegada del quinto elemento, esa elusiva chispa que permitía a los chamanes contactar con los demás elementos, a la espera de que se manifestara, o le transmitiera alguna señal que le revelase lo que quería saber. El tiempo pasó y no sucedió nada. Thrall se fue inquietando cada vez más. Al final, se volvió muy confuso hacia Aggra, y su voz retumbó con fuerza en aquel no- lugar.

— ¿Seré capaz de salvar Azeroth? ¿De salvar a la Horda?

La niebla se disipó de improviso. Thrall se vio a sí mismo portando la armadura negra que Orgrim Doomhammer le había legado como líder de la Horda. Asimismo, llevaba consigo la gran arma del difunto orco, y transmitía la sensación de ser un guerrero realmente imponente. Sin embargo, el miedo se había apoderado de su verde semblante; el miedo así como una terrible sensación de haber perdido algo muy querido. El Doomhammer se hizo añicos, y cada fragmento salió despedido como si hubiera salido disparado de un cañón. La armadura que portaba se agrietó y se le desprendió a cachos. Acto seguido, Thrall cayó al suelo de rodillas, ataviado únicamente con la prenda que llevaba en esos momentos: la modesta túnica marrón de un iniciado.

— No —susurró Thrall.

Y al instante, se despertó. Abrió los ojos y se encontró ante el rostro de una orco de piel oscura que lo miraba a los ojos y cuyo semblante estaba maquillado con pinturas de manera espléndida, que poseía una mirada gentil y esbozaba una sonrisa en los labios que destacaba tras dos pequeños colmillos afilados. Thrall la agarró inmediatamente del brazo.

— ¡Aggra, he fracasado! O, más bien, ¡voy a fracasar! Me han mostrado…

— Sshh —le chistó para calmarlo, al tiempo que hacía un gesto de negación con la cabeza ante un Thrall en estado de pánico. — Te han mostrado una visión, nada más. Ahora depende de ti decidir cuál es su significado.

Entonces, intentó ponerse de pie, pero se sintió mareado. A continuación, Aggra, con suma delicadeza, lo ayudó a sentarse.

— A mí me ha parecido muy clara —replicó Thrall.

— Yo también he tenido esa visión —afirmó la joven orco. — Y créeme cuando te digo que las visiones más diáfanas son las más confusas. Pero… siempre hay una forma de saber la verdad. Creo que ya estás listo para ver a las Furias. La revelación mística ha concluido. Te has dado cuenta de que los elementos forman parte de ti. Ya estás listo.

— ¿Me van a ayudar a comprender el significado de la última visión?

Aggra se encogió de hombros.

— Tal vez sí, tal vez no. Pero su opinión no te vendrá mal, ¿no crees?

Thrall esbozó una sonrisa al escuchar estas palabras. Sus contestaciones bruscas e irónicas eran justo lo que necesitaba en esos momentos.

— ¿Cuándo las veré?

— Mañana —contestó Aggra. — Mañana.

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