Devastación: Preludio al Cataclismo – Capítulo Veintitrés

Devastación: Preludio al Cataclismo¿Has tenido alguna vez una revelación mística, Go’el? —preguntó Geyah una noche en la que compartían una cena frugal a base de uñagrieta y pan.

Thrall devoraba la comida, hambriento. El día había sido muy largo y extremadamente agotador, tanto en el plano emocional como en el físico. Aquel día no había entrado en contacto con los elementales de aquella tierra ni los había ayudado, sino que se había dedicado a destruirlos.

Thrall sabía que muy pocos espíritus elementales estaban en equilibrio y armonía consigo mismos y con los demás elementos.

Algunos se encontraban en perfecta sintonía con su naturaleza, por muy caótica que esta fuera. Otros estaban enfermos o corrutos. A menudo, bastaba con tratarlos con guante de seda en mano de hierro para que volvieran al redil. Pero, en ciertas ocasiones, esas entidades habían sufrido daños irreparables. Un ejemplo de esto último era la diminuta chispa que se le había rebelado al líder de la Horda en Orgrimmar, la cual no había atendido a razones ni a ruegos.

Un chamán no podía ser egoísta. Siempre debía mostrar su respeto por los elementos y honrarlos, solicitar humildemente su ayuda y mostrarse agradecido cuando se la ofrecieran. Sin embargo, también asumían la responsabilidad de proteger al mundo de todo mal, y si ese mal lo causaba un elemental descontrolado, tenían muy claro cuál era su deber.

Al parecer, Outland había sido invadida por este tipo de elementales.

Aggra había participado en las refriegas con la seguridad que brinda haber hecho algo decenas, tal vez cientos de veces. Si bien aquellas peleas no le hacían sentir una especial satisfacción a la joven orco, tampoco vacilaba a la hora de defenderse o de proteger a su aprendiz Thrall, a pesar de que hubiera deseado no tener encomendada la ardua tarea de enseñarle. Se trataba de una lucha teñida de amargura, pensó Thrall, puesto que el chamán utilizaba el poder de un elemental sano para acabar con su corrupto… ¿hermano?, ¿colega? No estaba seguro de qué palabra debía utilizar; sólo sabía a ciencia cierta que le apenaba ser testigo de algo así. En lo más recóndito de su mente, una pregunta lo reconcomía por dentro: ¿Acaso es este el futuro que les aguarda a los elementales de Azeroth? ¿No hay nada que yo pueda hacer para impedir que acaben así?

Se volvió hacia Geyah, dispuesto a responder la pregunta que le había hecho la Abuela.

— Cuando era joven y estaba bajo la tutela de Drek’Thar, tuve la oportunidad de conocer a los elementos cara a cara —contestó Thrall. — Ayuné y no bebí durante un día entero. Drek’Thar me llevó a una zona determinada y esperó a que los elementos se me aproximaran. Les hice a cada uno de ellos una pregunta, como parte de mi prueba, y me comprometí a ayudarles a partir de entonces. Fue una experiencia muy… intensa.

Aggra y Geyah intercambiaron miradas.

— Me parece bien —dijo Geyah, — aunque no seguiste el rito de iniciación tradicional. Drek’Thar lo hizo lo mejor que pudo en esas circunstancias tan extremas. Era uno de los pocos Lobo Gélido que quedaban, y cuando acudiste a él, este clan debía centrar sus esfuerzos en sobrevivir, por eso no pudo prepararte para alcanzar una revelación mística al modo tradicional. A pesar de todo, te ha ido bien, sumamente bien, pero quizá ahora que has regresado a tu tierra natal para aprender, haya llegado la hora de que tengas una revelación mística como es debido.

Aggra asentía y miraba a Thrall de manera solemne, sin el menor atisbo de su apenas disimulado desdén habitual. De hecho, era más bien al contrario; por fin parecía mostrar cierto respeto por él, o al menos eso cabía deducir por su lenguaje corporal.

— Haré todo lo que tenga que hacer —replicó Thrall. — ¿Acaso crees que, como no me sometí en su momento a ese rito en particular, no estoy aprendiendo lo que he venido a aprenderá este lugar?

— El fin de las revelaciones místicas es que uno llegue a conocerse mejor — respondió Aggra. — Quizá necesites alcanzar ese conocimiento para poder estar preparado para adquirir otra clase de conocimientos.

Le resultaba muy difícil no sentirse ofendido por cualquiera de las palabras de la joven orco.

— Soy un orco que se ha labrado su propio destino —replicó el líder de la Horda. — Creo que sé todo lo que hay que saber acerca de mí mismo.

— Y, aun así, el poderoso esclavo es incapaz de encontrar lo que busca —le espetó Aggra, tensando el ambiente ligeramente.

— Que haya paz —pidió Geyah de manera serena, pese a que fruncía el ceño. — Que dos chamanes discutan no ayuda en nada a que el gran caos en que están sumidos los mundos desaparezca. Aggra, has expresado tu opinión, y eso está muy bien, pero tal vez deberías refrenar tu lengua de vez en cuando. Y, Go’el, debes admitir que a cualquiera, incluso al líder de la Horda, le viene bien conocerse mejor.

Al escuchar las palabras de la abuela, Thrall frunció levemente el ceño.

— Te pido disculpas, Abuela. A ti también, Aggra. Me siento frustrado porque nos hallamos en una situación muy extrema, y todavía no he podido hacer nada al respecto. Está claro que no sirve de nada pagarlo con ustedes.

Aggra asintió. Parecía enfadada, pero, de algún modo, Thrall percibió que, esa vez, él no era el objeto de su ira. Más bien parecía enfadada consigo misma.

Tenía que admitir que aquella joven chamana le hacía sentirse muy confuso. No sabía cómo tratarla, ni cómo reaccionar ante ella. Thrall no estaba acostumbrado a tratar con mujeres fuertes e inteligentes.

En realidad, sólo había conocido a dos hasta entonces: Taretha Foxton y Jaina Proudmoore. Pero ambas eran humanas, y comenzaba a darse cuenta de que su fortaleza provenía de una fuente muy distinta de la que extraían la suya las orcos. Había oído historias sobre su madre, Draka, que decían que había nacido enferma pero que, gracias a su fuerza de voluntad y a su determinación, había llegado a ser tan fuerte físicamente como lo era mental y emocionalmente.

«Era una guerrera hecha a sí misma», le había escuchado decir con gran admiración a Geyah al hablar de Draka. «Resulta fácil ser un buen guerrero cuando los ancestros te otorgan el don de la velocidad y la fuerza así como un corazón robusto. Pero no lo es tanto cuando debes obtener esos dones de un mundo que no ha querido dártelos, como ocurre en el caso de Aggra.»

No obstante, en ese instante, a pesar de que Geyah se dirigía a Thrall, era a Aggra a quien miraba fijamente.

— El espíritu de tu madre habita en ti, Thrall. Al igual que ella, has llegado a ser quien eres tras realizar grandes esfuerzos. Lo que has logrado para tu pueblo no te vino dado, sino que tuviste que luchar por ello. Eres tan hijo de tu madre como de tu padre, Go’el, hijo de Durotan y Draka.

— He venido a este lugar a hacer cuanto sea necesario para saber cómo puedo ayudar a mi mundo —dijo Thrall. — Por eso quiero tener esa revelación mística lo antes posible.

— Te quedarás aquí todo el tiempo que sea necesario, eso ya lo sabes —replicó Aggra.

Thrall gruñó levemente para sí y no dijo nada, puesto que sabía que así era.

* * *

Anduin sabía perfectamente que no era un invitado de honor, sino más bien un rehén; el rehén más valioso que había caído en las redes de Moira.

El sobre, en el cual habían escrito con una letra fluida, estaba encima de la mesa de la sala principal cuando Anduin regresó tras haber pasado una hora con Rohan cuatro días después de que Moira y sus enanos Dark Iron hubieran conquistado la ciudad. Apretó los dientes con fuerza al comprobar que el sello rojo con el que estaba lacrado el sobre era el escudo real de Ironforge. Lo abrió mientras Drukan, el guardia especial que le habían asignado al príncipe para cerciorarse de que estuviera bien protegido, puesto que era un invitado de honor muy especial, lo observaba con gesto hosco y huraño.

Esta noche, nos gustarla disfrutar de su compañía a la hora del crepúsculo. Le rogamos que acuda con un atuendo formal y con puntualidad.

Anduin tuvo que reprimir las ganas que le entraron de hacer una bola de papel con aquella carta y lanzarla bien lejos, y optó por esbozar una sonrisa cortés a Drukan.

— Por favor, dígale a su majestad que con mucho gusto acudiré a su llamada. Ve ahora mismo. Estoy seguro de que querrá saber mi respuesta lo antes posible.

Al menos así se libraría de ese perro guardián un rato, o eso pensó.

El príncipe aguardó a que Drukan adoptase una decisión; y este, al final, decidió que tenía que cumplir ese recado. Acto seguido, el enano frunció el ceño y abandonó la sala con fuertes pisadas.

Entonces, Anduin se percató de lo reconfortante que era la falta de pretensiones, intereses y preocupaciones de la que hacía gala Drukan en su día a día. El guardián era como un libro abierto y cualquiera podía saber lo que sentía.

Anduin se bañó y vistió. Moira quizá pensara que estaba tirando de los hilos de sus títeres al pedirle que se presentara ante ella, pero, al haber insistido en que vistiera un atuendo formal, le estaba dando permiso al príncipe para portar su corona y demás ropajes que indicaban que era su igual. Anduin era perfectamente consciente de lo importantes que eran esos detalles tan sutiles. Wyll lo ayudó a vestirse, le ajustó la corona con una decena de movimientos sumamente delicados y, por último, le puso delante un espejo.

Anduin parpadeó levemente. Siempre había odiado que los adultos le dijeran esa frase tan típica de «cuánto has crecido desde la última vez que nos vimos», pero, en aquel momento, se vio obligado a aceptar la evidencia con sus propios ojos. Últimamente, no había prestado mucha atención a la imagen que le devolvía el espejo, pero, ahora, podía apreciar que su mirada estaba teñida de melancolía, y que una cierta tensión dominaba su rostro. Si bien no se podía decir que hubiera sido un niño sobreprotegido, no esperaba que el estrés de los últimos días resultara tan… visible.

— ¿Va todo bien, alteza? —preguntó Wyll.

— Sí, Wyll. Todo está perfectamente.

Entonces, el anciano sirviente se inclinó ante él.

— Estoy seguro de que tu padre está haciendo todo lo posible con suma diligencia para hallar una salida negociada que garantice tu liberación le comentó con un tenue hilo de voz.

Anduin asintió.

— Bueno —dijo entre suspiros, — es la hora de la cena.

Anduin fue conducido a una estancia situada más allá del Trono, donde descubrió que sólo había dos sillas preparadas para una mesa sorprendentemente pequeña. Al parecer, iba a ser una velada íntima.

En otras palabras, lo iba a interrogar.

Dio por sentado que Moira presidiría la mesa, así que permaneció de pie educadamente al lado de su silla, aguardando su llegada.

Esperó. Y esperó. Y esperó. Los minutos parecieron arrastrarse, y se percató de que esa espera formaba parte del juego. Entendía lo que estaba sucediendo mucho mejor de lo que ella creía. Si bien era consciente de que todavía era muy joven, sabía que la gente solía menospreciarlo por esa misma razón y que podía utilizar ese desdén en su provecho.

Asimismo, como era joven, podía permanecer de pie mucho tiempo sin cansarse.

Entonces, por fin, la puerta se abrió de par en par. Un enano Dark Iron ataviado con la librea que solían usar algunos sirvientes de Ironforge entró en la estancia y, sacando pecho, anunció la llegada de la reina, en un tono de voz que podría haber sido escuchado en medio de un gentío de cientos de personas, con estas palabras:

— ¡Levántense para saludar a su majestad, la reina Moira de Ironforge!

Anduin obsequió con una media sonrisa a aquel enano y abrió los brazos levemente para indicarle que ya estaba de pie. El príncipe hizo una reverencia en cuanto Moira entró en la habitación; se inclinó lo justo para saludar respetuosamente a una igual, pero no más. Cuando se enderezó, sonriendo cortésmente, detectó un atisbo de contrariedad en el semblante de Moira, que siempre presentaba el mismo gesto de falsa cordialidad de manera imperturbable.

— Ah, Anduin. Llegas justo a tiempo —dijo Moira mientras entraba en la estancia.

Al instante, un sirviente echó la silla para atrás para que pudiera tomar asiento. Una vez sentada, hizo un gesto de asentimiento a Anduin para indicarle que podía hacer lo mismo.

— Creo que la puntualidad es una gran virtud —aseveró el príncipe.

No le hizo falta mencionar que lo había tenido esperando largo rato.

Ambos lo sabían.

— Confío en que hayas podido entablar agradables y esclarecedoras charlas con algunos de mis otros súbditos —replicó la reina, mientras el sirviente le colocaba una servilleta sobre el regazo.

¿Otros súbditos? ¿Acaso estaba insinuando que Anduin era…? No, de ningún modo, pero quería que creyera que lo estaba sugiriendo.

Anduin sonrió con educación, y asintió para darle las gracias al sirviente que acababa de servirle un vaso de agua. Entretanto, otro sirviente le servía a Moira un vaso de vino rojo como la sangre. Por lo visto, la cerveza no figuraba entre los brebajes favoritos de la reina.

— Con la palabra «súbditos» te refieres a los enanos Dark Iron, y no sólo a los enanos de Ironforge, ¿verdad? —preguntó con cortesía.

— Lo cierto es que no he podido entablar una conversación de verdad con Drakan. Es un tipo muy callado.

Moira se llevó una de sus delicadas manos a la boca, con el propósito de ocultar la sonrisa que esbozó en ese instante.

— Oh, sí, estás en lo cierto, querido. No son muy habladores, como bien sabes. Esa es una de las razones por las que me siento tan contenta de que tú estés aquí, mi estimado amigo.

Tras escuchar estas palabras, Anduin sonrió educadamente e introdujo su cuchara en la sopa.

— Aguardo con impaciencia las largas conversaciones que seguro que vamos a mantener a medida que transcurran las semanas y los meses.

El príncipe estuvo a punto de atragantarse con la sopa, y se vio obligado a tragársela como pudo.

— Si bien estoy seguro de que serán fascinantes —replicó Anduin, quien no estaba diciendo ninguna mentira, — creo que mi padre me reclamará bastante antes. Me temo que tendrás que aprovechar al máximo esta oportunidad para mantener una conversación interesante conmigo.

Entonces, percibió un leve destello en la mirada de Moira, quien, acto seguido, esbozó una sonrisa sumamente gélida.

— Oh, me atrevo a decir que tu padre accederá a mis deseos. Háblame de él. Tengo entendido que ha sufrido unas experiencias terribles.

Anduin no dudaba ni por un instante que Moira ya sabía todo cuanto había que saber al respecto. Le parecía que era de esa clase de personas que reunía toda la información disponible sobre la persona con la que se iba a encontrar para dominar la situación. No obstante, mientras disfrutaban de la sopa y la ensalada, le contó lo que todo el mundo sabía sobre las andanzas de su padre.

—También ha debido de ser muy duro para ti, Anduin.

El príncipe no creía que realmente le importara cómo se sentía, pero, en ese instante, se le ocurrió una idea. Y decidió ponerla en práctica.

— Sí, lo fue —afirmó con total sinceridad. — Sin embargo, me ha resultado aún más duro ser consciente de que mi progenitor no aprueba el sendero por el que quiero encauzar mi vida. Por lo que se rumorea, estoy seguro de que me comprendes perfectamente.

Por primera vez desde que la había conocido, lo miró con una expresión que no estaba totalmente medida y controlada; la cuchara estaba a medio camino de su boca, y los ojos se le iban a salir de sus órbitas. Parecía tan vulnerable y nerviosa… En cuanto se dio cuenta, se apresuró a recuperar su semblante habitual.

— ¿Qué…? ¿Qué quieres decir? —preguntó y, acto seguido, se rió con suma falsedad.

— Tengo entendido que Magni no era precisamente el mejor padre del mundo a pesar de que lo intentara. Al mío le sucede lo mismo, la verdad —dijo Anduin. — Según parece, nunca te perdonó no haber sido el hijo varón que siempre deseó tener.

En ese instante, la enana lo fulminó con la mirada, pero sus ojos se hallaban extrañamente vidriosos, como si estuviera conteniendo las lágrimas. Entonces, habló, y fue como si las palabras de Anduin hubieran roto una presa.

— En efecto, mi padre se sentía muy decepcionado porque nací con una tara, porque nací mujer. Le resultaba imposible creer que no quisiera quedarme aquí, donde siempre me recordaba constantemente que le había fallado por el mero hecho de haber nacido. Por eso mismo, llegó a la conclusión de que sólo podía haberme enamorado de un enano Dark Iron porque mi marido me había embrujado. Y es cierto. Me hechizó con su respeto, porque me escuchaba cuando hablaba, confiaba en que podría llegar a ser una buena monarca, que regiría los destinos de mis súbditos con sabiduría a pesar de ser una mujer. Los Dark Iron me recibieron con los brazos abiertos, mientras que mi propio padre, en cambio, me despreciaba.

A continuación, se rió con una risa desprovista de alegría.

— Esa es la única magia que Dagran Thaurissan y los Dark Iron emplearon conmigo. Mi padre los consideraba unos seres despreciables, que sólo valían para luchar y matar. Bueno, son enanos y, como cualquier otro clan de enanos, son los herederos de los terráneos. Al resto de clanes enanos no les vendría mal recordarlo, y eso es lo que pretendo hacer.

— Eres la heredera legítima al trono —admitió Anduin. — Magni debería haberte tratado y criado como tal desde el mismo día que naciste. Lamento que sólo hallaras un verdadero hogar entre los Dark Iron. Además, tienes razón: ellos también son enanos. Pero no vas a conseguir que en tu dominio reine la armonía si obligas a la gente de Ironforge a pensar como tú. No aísles a esta ciudad del mundo. Deja que la gente pueda comprobar cómo son los Dark Iron en realidad, como hiciste tú en su día. Podrán tener…

— ¡Podrán tener lo que yo diga que puedan tener! —le espetó Moira con un tono de voz estridente. — ¡Podrán hacer lo que yo diga que puedan hacer! La ley me ampara, y Dagran, mi hijo, ese heredero varón que Magni tanto deseó y nunca tuvo, gobernará cuando yo me haya ido. Su padre y yo…

Entonces, se detuvo, y su falso buen humor habitual reemplazó, de improviso, su ira sincera.

— Lo cierto es que no me había dado cuenta hasta ahora —dijo Moira.

— ¿De qué no te habías dado cuenta?

— De que no sólo soy reina, sino también emperatriz.

Al instante, Anduin sintió un escalofrío.

— ¡Santo Dios! ¡Eso lo cambia todo! Tengo que gobernar a dos pueblos. Como hará mi pequeñín cuando alcance la mayoría de edad. Tenemos ante nosotros la gran oportunidad de volver a tender puentes entre ambos clanes, de traer la paz. ¿No crees?

— La paz es siempre una noble meta —respondió el príncipe con el corazón en un puño.

Si bien había logrado que la reina hablara, aunque sólo fuera un momento, con total sinceridad, el momento ya había pasado.

— Efectivamente. Caray. A veces creo que sigo siendo una niña tonta.

— Eso no te lo crees ni tú, y yo, mucho menos.

— Te entiendo perfectamente. A veces, creo que soy un muchacho de trece años —ironizó el príncipe.

Moira volvió a reírse disimuladamente.

— Oh, me encanta tu sentido del humor, Anduin. Si bien estoy segura de que tu padre te añora, estoy convencida de que si te viera partir tan pronto, acabaría sufriendo mucho.

El príncipe esbozó una sonrisa que esperaba de todo corazón que no diera la impresión de ser falsa.

* * *

Varias horas después, cuando por fin se encontró solo en sus aposentos, Anduin cerró la puerta y apoyó en ella todo su peso.

Moira no estaba loca, ni bajo los efectos de un conjuro. Ojalá fuera así. Si bien tenía que admitir que su padre la había tratado mal, había dejado que el resentimiento la fuera corroyendo por dentro en vez de haber transformado ese sentimiento de rechazo en algo positivo. Por otro lado, era muy calculadora, y lo tenía todo bajo control. Además, pretendía legar un imperio a su hijo. No obstante, algunas cosas que había dicho tenían sentido. La paz era una buena meta. Pero también la libertad.

Tenía que salir de Ironforge. Tenía que lograr que alguien supiera qué estaba sucediendo dentro de sus muros. Respiró hondo, se atusó el pelo y, luego, comenzó a meter cosas en una pequeña mochila que había traído para las excursiones diarias junto a… Por la Luz, cómo echaba de menos a Aerin, en aquellos momentos más que nunca.

Aunque también se alegraba de que no estuviera aquí para ver en qué se había convertido Ironforge. No iba a necesitar mucho para emprender aquel viaje: un par de mudas y un poco de dinero. Pese a que había traído unas cuantas cosas bastante especiales de Stormwind, ahora que tenía la perentoria necesidad de huir de ahí lo antes posible, se daba cuenta de que podía vivir sin ellas. Sin embargo, había una cosa que significaba mucho para él, que era demasiado valiosa para él y que no pensaba dejar atrás.

La guardaba bajo la cama desde la muerte de Magni, envuelta en la misma tela en que iba envuelta el día que el rey enano se la había regalado. Esperaba que nadie le hubiera contado a Moira que su padre le había dado este obsequio, ya que sospechaba que no se lo iba a tomar muy bien.

Entonces decidió desenvolver y tocar esa hermosa maza llamada Fearbreaker. Anduin aferró aquella arma y se sintió reconfortado; acto seguido, la volvió a envolver y la metió con sumo cuidado en la mochila.

Había llegado el momento. Había decidido que no le contaría su plan de fuga a Wyll. Cuanto menos supiera el anciano sirviente, menos sufriría y mejor lo tratarían. A continuación, respiró hondo, se llevó la mano a un bolsillo y cerró la mano en tomo a la piedra de hogar que Jaina le había dado. Cerró los ojos con fuerza y pensó en Theramore, en la acogedora chimenea de Jaina…

… y se materializó ahí.

Jaina lo miró fijamente.

— ¿Qué haces aquí, Anduin?

El príncipe de Stormwind ni siquiera reparó en ella. Simplemente, se quedó boquiabierto al ver al enorme tauren, vestido con armadura y ataviado con unas plumas, que estaba frente a él y parecía un tanto enojado.

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