Devastación: Preludio al Cataclismo – Capítulo Veintidós

Devastación: Preludio al CataclismoMagatha observaba el combate desde la distancia. Su semblante sereno no reflejaba la emoción que la embargaba. Las fuerzas de ambos guerreros eran parejas, aunque en todo lo demás eran distintos. Cairne poseía fuerza, sabiduría, paciencia y experiencia; Garrosh, energía, el fuego de la juventud y velocidad. El caldero donde hervía a fuego lento el conflicto entre lo antiguo y lo nuevo había alcanzado su punto de ebullición aquella noche. Sólo uno de ellos abandonaría vivo la arena, y el triunfador dictaría el futuro de la Horda. Todos los allí presentes sabían que eran testigos de un acontecimiento histórico. Magatha se percató de que aquel gentío experimentaba una amplia gama de emociones que iban del terror y la conmoción al entusiasmo y el deleite.

La batalla fue fiera, y el resultado, mucho más incierto de lo esperado.

Incierto para todos menos para Magatha, por supuesto.

Llevaba años aguardando su oportunidad, y al final había llegado cual hoja que lenta e inesperadamente había caído de un árbol para posarse sobre su regazo. Sus espías en Orgrimmar habían podido contactar con ella con el tiempo suficiente para que pudiera abandonar Thunder Bluff y viajar hasta la capital, donde no le había resultado nada difícil ofrecer sus servicios como chamana para el ritual de bendición de las armas.

Antes del combate, cuando Garrosh y varios de los Kor’kron se hallaban en una zona privada situada bajo la tribuna principal de la arena, había pedido permiso para ver al líder de la Horda y se lo habían concedido.

— Ya te dije una vez que creía que eras justo lo que la Horda necesitaba en estos momentos, Garrosh Hellscream, y que, llegado el momento propicio, te brindaría mi apoyo y el de toda la tribu Grimtotem. Permíteme bendecir tu arma para prepararla para el combate de hoy.

Garrosh clavó su mirada en la chamana.

— ¿Vas a volverte en contra de Cairne? ¿De otro tauren?

Magatha se encogió de hombros.

— Quiero hacer lo mejor para mi pueblo. Y creo que lo mejor es seguir tu liderazgo, Garrosh Hellscream.

El joven orco asintió ante estas palabras.

— Tu razonamiento tiene sentido, y revela que tu tribu está en manos de una líder sabia. El futuro me pertenece. Ese viejo toro no va escribir el porvenir de la Horda por el mero hecho de haber sido un héroe de esta en sus tiempos —dijo, frunciendo el ceño. — Lo… respeto. Ojalá no tuviera que acabar con su vida, pero fue él quien arrojó el guante, y quien ha mancillado mi honor.

— En efecto, te ha insultado —coincidió Magatha. — Todo el mundo habla del… golpe que te propinó y te dejó estupefacto. Qué vergüenza. No puedes pasarlo por alto. Debes vengarte.

Garrosh profirió un leve gruñido, y su rostro, en las partes que no estaban tatuadas de negro, enrojeció de ira y vergüenza. Magatha mantuvo un gesto imperturbable, aunque en su fuero interno sonreía.

Había sido demasiado fácil.

— Entonces, ¿aceptas que bendiga tu arma así como el apoyo de los Grimtotem?

La recorrió con la mirada de arriba abajo y, acto seguido, asintió.

— Podrás bendecir mi arma antes de que comience el combate siempre que todo aquel presente en la arena, que tenga ojos en la cara para ver, pueda ser testigo de tu decisión, vieja bruja.

De este modo, poco después, frente a toda aquella muchedumbre, el joven orco le había ofrecido a Gorehowl para que le diera su bendición. Magatha apenas pudo contener la emoción mientras entonaba la bendición ritual, quitaba el tapón al frasco que le habían preparado unos escasos minutos antes y echaba tres gotas de aceite sobre la hoja del hacha. La tradición exigía que aplicara el aceite con sus manos, pero no lo había hecho. De todas formas, Garrosh ignoraba esa norma.

Y también ignoraba que la chamana lo estaba utilizando, lo cual era muy bueno para ella; el orco la habría matado allí mismo si hubiera sabido cuáles eran sus planes. Si hubiera sabido que su preciada Gorehowl había sido impregnada de veneno.

Sí, pensó Magatha al observar cómo Cairne trastabillaba y parpadeaba pocos segundos después de que Gorehowl hubiera hecho añicos la ancestral lanza rúnica y herido al tauren en el pecho y el brazo. Ha sido demasiado fácil. Sin embargo, a lo largo de toda mi vida, he tenido que luchar muy duro para conseguir lo que anhelaba. Por fin, el destino equilibra la balanza.

Garrosh aprovechó la oportunidad. Gorehowl chilló mientras el orco trazaba un arco con ella por encima de su cabeza antes de propinar el golpe definitivo. La hoja cortó profundamente la zona entre la cabeza y el hombro del tauren, atravesando carne y músculo.

La sangre manó a chorros de la arteria que acababa de seccionar, y, al instante, las piernas le fallaron al poderoso Cairne Bloodhoof, quien cayó al suelo. Ya estaba muerto cuando su torso impactó contra la arena. Inmediatamente, una ovación atronadora se mezcló con los gritos entrecortados y llantos.

Así termina una era. Con su muerte, nace una nueva.

Los leales seguidores de Cairne se lanzaron raudos y veloces a la arena y, apesadumbrados, levantaron del suelo el cuerpo de su líder caído. Magatha sabía, al igual que todo el mundo, qué iba a suceder a continuación. Lo someterían a un baño ritual, para quitarle la tierra, la sangre, el sudor y el aceite que manchaban su cuerpo, y luego lo envolverían en una mortaja ceremonial para proceder más tarde a su incineración. Después, un desolado cortejo funerario partiría de Orgrimmar en dirección a Thunder Bluff, para que todos pudieran presentarle sus respetos antes de quemar el cadáver.

A continuación, sus cenizas serían ofrecidas a los vientos y ríos, para que pasara a ser uno con la Madre Tierra y el Padre Cielo.

Aunque todos esos preparativos no sirvieran de nada, le darían la oportunidad de hacer lo que tanto tiempo había ansiado.

Entonces, se volvió hacia uno de sus aprendices y le susurró en taurahe:

— Haz que corra la voz de que Cairne, al fin, ha caído. Esta noche dará comienzo el reino de los Grimtotem.

Thunder Bluff estaba bañada por la luna llena, y la noche era clara y despejada. Los tauren eran criaturas básicamente diurnas, y si bien siempre había alguna actividad en marcha en todo momento, ya fuera de día o de noche, a estas horas de la madrugada reinaba la calma por doquier. El viento elevó el humo de unas cuantas hogueras hacia un firmamento cuajado de estrellas. Entretanto, los tauren dormían dentro de sus tiendas.

Los Grimtotem se movieron sigilosamente cual sombras, como unas manchas de tinta en la noche iluminada por la luz plateada de la luna. Algunos llegaron a Thunder Bluff a lomos de dracoleones, cuyas alas eran casi tan silenciosas como el aire nocturno. Otros se aproximaron andando, evitaron los ascensores y ascendieron la escalpada cima con un propósito mortífero en mente y una agilidad impropia de su corpulencia. Llevaban años esperando la señal y habían entrado en acción en cuanto recibieron la orden.

Todos portaban armas: garrotes, cuchillos, espadas, hachas y arcos.

Sin embargo, no llevaban armas de fuego; nada que pudiera hacer ruido. Si los escuchaban, descubrirían su presencia; y si eso sucedía, sus enemigos se resistirían y eso no era lo que deseaba su matriarca.

Su misión consistía en asesinar silenciosamente a sus víctimas de una en una.

Se mantuvieron al abrigo de las sombras, tomándose su tiempo, desplazándose por el primer nivel inferior de la altiplanicie hasta que todos estuvieron en posición. Entonces, unos tenues ruidos quebraron levemente el silencio nocturno; unos sonidos a los que nadie daría importancia si los oyera. Acto seguido, atacaron de manera coordinada.

Con suma rapidez, los asesinos Grimtotem se adentraron en las tiendas. A algunos de sus objetivos principales ya los conocían; se trataba de guerreros curtidos y expertos en el manejo de armas, o de druidas o chamanes particularmente poderosos. ¿De qué servía tener el poder del oso si uno no se despertaba a tiempo para transformarse? ¿De qué servía ser muy diestro y letal en el manejo de la espada cuando ya tenía una clavada en su pecho? Con qué facilidad los degollaron al no ofrecer ninguna resistencia.

A continuación, se trasladaron al centro del enclave que se encontraba junto a un pequeño estanque, comprobaron que no había habido ninguna baja y se comunicaron por gestos con las manos.

Después, se dividieron en dos grupos. Uno salió corriendo en dirección al Alto de los Espíritus; el otro al Alto de los Cazadores.

No obstante, ignoraron el Alto de los Ancestros; donde Magatha había establecido su hogar hasta aquella noche, donde había dejado a lacayos leales que, sin duda alguna, ya habrían ejecutado a todos los desventurados druidas que habían tenido la mala fortuna de estar presentes en aquel lugar, en aquel momento. Las viejas tablas de los puentes crujieron levemente bajo el peso de los atacantes; pero como aquellos puentes solían crujir incluso con el mero soplido del viento, sabían que no les iban a descubrir.

Acto seguido, fueron corriendo a por sus víctimas; se abalanzaron sobre un chamán que se había despertado y lo único que pudo hacer fue proferir un grito ahogado y morir. Pertenecía a la familia Cazacielo, a cuyos miembros exterminaron por completo. Por otro lado, sabían que no debían preocuparse por los Renegados de las Pozas de las Visiones que se encontraban justo debajo de la parte superior del Alto de los Espíritus, ya que la mayoría de ellos apoyaban tácitamente a Magatha, y los que no, tampoco tenían ningún vínculo especial con los tauren o con quien los lideraba.

En el Alto de los Cazadores las cosas fueron muy distintas.

Allí se libraron unas batallas brutales. Los cazadores se despertaron con suma rapidez; como eran extremadamente fuertes y se encontraban en plena forma, plantaron cara al enemigo. Pero no eran rival para los Grimtotem, quien tenían a su favor el elemento sorpresa, o, también, sus hojas empapadas de veneno. Pronto, en el alto reinó el silencio, y los asesinos regresaron al corazón de Thunder Bluff.

Aquellos que suponían una mayor amenaza para la Vieja Bruja Magatha ya habían sido asesinados. Ahora era el momento de matar por matar, de infundir miedo en los corazones de los tauren supervivientes. Debían saber que bajo el mandato de los Grimtotem no había margen para los errores ni sitio para conceptos como el perdón o la compasión.

Thunder Bluff renacería bañada en sangre, como si se tratara de un bebé al que acabasen de dar a luz.

— Esperen —ordenó un chamán Grimtotem, alzando una mano.

Aunque su nombre real era Jevan, habían comenzado a llamarlo Stormsong por su afinidad con los elementos del aire y el agua. Si bien lideraba el grupo que había rodeado el poblado de Bloodhoof, les había dicho a los que tenía bajo su mando que no iba a utilizar su formidable poder hasta el último momento. En esos instantes, Tarakor, su segundo al mando, estaba aguardando a la señal de atacar.

— ¿Cómo que hay que esperar? —exclamó Tarakor, sumamente confuso. — Tenemos unas órdenes que cumplir. Stormsong. ¡Debemos atacar!

El chamán olisqueó el aire, al tiempo que movía las orejas inquieto.

— Algo no va bien. Es posible que les hayan alertado de nuestra presencia.

Tarakor resopló.

— Eso es muy poco probable. Además, llevamos años preparando esta noche.

Stormsong clavó su mirada en su segundo al mando.

— Si nosotros tenemos espías y nuestros medios secretos para hacer llegar mensajes, puedes estar seguro de que Cairne también los tenía.

La misión que los había llevado a Thunder Bluff tenía un objetivo muy claro: matar a todo aquel que supusiera una amenaza para la matriarca. Era una lista muy larga, y muchos de los que se habían embarcado en esa misión sabían que no la completarían. Pero ahí, en el poblado Bloodhoof, únicamente había un objetivo; sólo un tauren debía morir. Él era el objetivo principal de la misión; si lograba escapar con vida, toda la sangre derramada aquella noche habría sitio vertida en vano.

Baine Bloodhoof, el hijo de Cairne Bloodhoof y su único heredero, no vivía con su padre en Thunder Bluff sino en el poblado.

Los tauren que ahora dormían bajo la protección de sus tiendas, o al raso bajo la luz de la luna, ignoraban que su amado cabecilla se había reunido con sus ancestros. Los Caminamillas, que habían sido testigos del combate en Orgrimmar y que pretendían informar del luctuoso hecho a Baine, habían sido eliminados, con celeridad y discreción, antes de poder avisar a su hijo. Habían seguido con sigilo y vigilado estrechamente a los magos y a todos aquellos capaces de hacer llegar la noticia a Thunder Bluff con suma rapidez; y, en algunos casos, ya se habían «ocupado» de ellos. Asimismo, los caminos habían sido bloqueados. Magatha lo había planeado todo al detalle y no había dejado nada al azar.

El poblado había sido el primer asentamiento tauren levantado en una llanura en campo abierto en vez de en una altiplanicie bien resguardada. Aquella era una evidencia irrefutable de lo seguros que habían llegado a sentirse los tauren en esa tierra que, en su día, había sido un territorio inexplorado para ellos.

En efecto, en aquellas tierras podían sentirse a salvo de los depredadores y de los ataques de otras razas.

Pero no a salvo de los Grimtotem.

— Si yo fuera ellos y únicamente pudiera avisar a una persona de que Cairne ha muerto en la arena, seguramente habría intentado avisar a su hijo —dijo Stormsong. — Basta con que un solo mensajero haya logrado escapar de nuestras redes. Me adelantaré y reconoceré la zona con sigilo para cerciorarme de que no nos encaminamos a una trampa. Si no estamos seguros de lo que nos espera, tendremos que variar nuestra táctica. No hagan nada hasta que vuelva, ¿entendido?

Stormsong era de la misma quinta que Cairne y, al igual que el difunto toro, seguía siendo fuerte y astuto a pesar de que el color gris comenzaba a salpicar su pelaje negro. Tarakor estaba inquieto.

Era más joven, impetuoso y llevaba soñando con aquella noche desde hacía mucho, mucho tiempo. A pesar de que no quería esperar ni un minuto más, al final, asintió.

— Eres el líder de esta misión, Stormsong —afirmó con un tono de voz que revelaba claramente que deseaba que eso no fuera así. — Obedeceré. Pero date prisa, ¿quieres? Mi arma quiere probar la sangre de Baine.

— Igual que la mía, amigo mío. Pero preferiría que no se derramara la mía si puedo evitarlo replicó Stormsong.

Entonces, los miembros de aquel grupo formado por unas dos decenas de tauren que se habían congregado para el ataque de aquella noche soltaron una leve risita ahogada, y su líder añadió:

— Volveré en cuanto pueda.

Tarakor observó cómo se alejaba sigilosamente y su piel negra era engullida por las sombras.

Aguardó.

Y aguardó. Y siguió aguardando, desplazando el peso de su cuerpo de una pezuña a otra presa de la inquietud mientras meneaba las orejas con cada vez más ansiedad. A sus espaldas, los guerreros también se movían nerviosamente debido a la impaciencia. Todos anhelaban entrar en batalla, y aquella espera impuesta repentinamente no le sentó nada bien a ninguno de ellos. Tarakor perdió la noción del tiempo escudriñando la oscuridad en busca de cualquier señal que indicara el regreso de su líder, y, al final, no pudo soportar más esa tensa espera.

— Ya debería haber vuelto —rezongó Tarakor. — Algo ha salido mal. No podemos esperar más. ¡Guerreros Grimtotem, ataquen! ¡Por la vieja bruja!

Algo había despertado a Baine Bloodhoof. Yacía inquieto y nervioso bajo sus pieles de dormir, y un extraño escalofrío le recorrió la columna. Había tenido un sueño, uno que no podía recordar, pero que lo había inquietado sobremanera. Así que cuando escuchó unas voces procedentes del exterior, se levantó, se puso algo de ropa y salió de la tienda para ver qué sucedía.

Dos valientes tenían sujeto a otro tauren, al que Baine reconoció incluso bajo la tenue luz de la luna.

— Te conozco —dijo. — Eres un chamán del pueblo de Magatha. ¿Qué haces aquí a estas horas de la noche?

Si bien aquel tauren era viejo, no era nada frágil. No obstante, no hizo ningún ademán de resistirse a aquellos valientes que lo sujetaban con fuerza, sino que le lanzó una mirada a Baine llena de compasión y preocupación.

— He venido a advertirle de que tu padre ha muerto, y que tú serás el siguiente en morir, Baine Bloodhoof. Debes marcharte de aquí con suma rapidez y sigilo.

Al instante, el dolor y el pesar por la muerte de su progenitor se adueñó de Baine, pero se vio obligado a contener sus emociones.

Aquel tauren era un Grimtotem; tenía que tratarse de un engaño.

— Mientes —masculló. — Y yo no me tomo a la ligera las bromas acerca del bienestar de mi padre. Si me dices por qué estás aquí, quizá decida pasar por alto tu falta de tacto a la hora de hacer bromas.

— No miento, cabecilla —insistió el Grimtotem. — Cayó en la arena mientras combatía contra Garrosh Hellscream, a quien desafió a un mak’gora.

— Ahora sé que mientes. Thrall prohibió que el mak’gora fuera un duelo a muerte.

— Lo antiguo vuelve a ser nuevo —replicó Stormsong. — Cairne le lanzó el guante y Garrosh lo recogió, a condición de que lucharan siguiendo las antiguas reglas. Por tanto, fue un combate a muerte.

Baine se quedó petrificado. Conociendo a su padre y a Garrosh, aquello era perfectamente posible. Sabía que su padre no estaba de acuerdo con la decisión que había tomado Thrall de designar a Garrosh su sustituto, y, a decir verdad, tampoco a Baine le parecía bien. También sabía que tanto Hamuul Runetotem como Cairne creían que probablemente era Garrosh quien estaba detrás de los ataques contra los Centinelas de Vallefresno. No le extrañaba lo más mínimo que Cairne hubiera desafiado a Garrosh si consideraba al orco un auténtico peligro para el futuro de la Horda. Y también era muy propio de su padre que no se hubiera echado atrás a pesar de que Garrosh hubiera decidido cambiar las reglas.

— Mi padre habría ganado ese combate —afirmó con una voz un tanto vacilante.

—  Podría haber ganado —admitió el chamán— si Magatha no hubiera envenenado el filo del hacha de Garrosh. Se valió de su condición de chamana, que le permitía bendecir las armas de los combatientes, para embadurnar el hacha de veneno. Un mero rasguño bastó para matarlo.

Y, a continuación, añadió con amargura y frustración:

— Abre mi mochila, ábrela. Dentro hallarás una triste evidencia que lo prueba todo.

Baine hizo un gesto de asentimiento a uno de los valientes. Acto seguido, el tauren abrió la mochila que le habían quitado al Grimtotem, y dio la sensación de que se le iban a salir los ojos de sus órbitas. Baine sintió un tremendo escalofrío. Lentamente, el valiente metió la mano dentro y sacó un pequeño fragmento de algo que parecía un palo roto.

Baine extendió una mano, y el valiente colocó aquella astilla de lo que había sido anteriormente una legendaria lanza rúnica en la palma de la mano de Baine Bloodhoof. Con suma lentitud y temblando, cenó la mano en torno a aquel fragmento y palpó aquellas runas, que le resultaban tan familiares, hasta apretarlas con tanta fuerza contra su piel que le dejaron marca. Estaba anonadado.

Su poderoso y gentil padre, a quien se había imaginado pasando a mejor vida de manera gloriosa en batalla o pacíficamente en su lecho de muerte, había sido asesinado a traición…

Las llamas de la ira fueron inflamándose en su corazón mientras el Grimtotem seguía hablando:

— Unas dos decenas de guerreros Grimtotem aguardan, allá donde no alcanza la luz de sus fuegos, para atacar. A pesar de que tenía la orden de liderar este ataque, he decidido presentarme ante ti para advertirte. Aunque no estuviera de acuerdo con algunas de sus decisiones, he de reconocer que tu padre fue un gran tauren. No se merecía morir así, ni tú tampoco. He servido durante mucho tiempo a la matriarca… — dejó de hablar y negó con la cabeza. — Pero esta vez ha ido demasiado lejos. Esa mujer es una desgracia para todo aquel que se considere un chamán. Y no pienso ser partícipe de sus planes nunca más.

Baine se aproximó al Grimtotem en dos zancadas. Acto seguido, obligó al chamán a alzar la cabeza tirándole de la barba. El Grimtotem gruñó levemente, pero cuando su mirada se cruzó con la de Baine, no hizo ademán de apartarla.

Aquel extraño sueño… la sensación de intranquilidad…

Un gran dolor inundó el pecho de Baine, atravesando su corazón como un puñal, de modo que apenas podía respirar.

— Padre —susurró. Y nada más pronunciar esa palabra, se percató de que el desertor Grimtotem había dicho la verdad.

Si bien las lágrimas se asomaron a sus ojos, logró contenerlas. Ya habría tiempo de llorar por su padre como era debido más adelante.

Si lo que el desertor le había contado era cierto…

— ¿Cómo te llamas?

— Me conocen como Stormsong, estimado Baine, cabecilla de los Bloodhoof.

Cabecilla. Se suponía que ahora era él el cabecilla de los Bloodhoof…

— Estoy dispuesto a luchar —aseveró Baine. — No pienso huir del peligro. No voy a abandonar a la gente del poblado que lleva el apellido de mi familia.

— Nos superan en número —replicó Stormsong. — Además, tu vida es demasiado valiosa para que acabes muerto en esta batalla. Eres el último Bloodhoof, y también eres quien debe liderar al pueblo tauren así como a tu propia tribu. Tienes la obligación de permanecer vivo y reclamar lo que se te ha arrebatado por el bien del pueblo tauren. ¿Acaso crees que el poblado Bloodhoof es el único asentamiento tauren que está siendo atacado esta noche?

A Baine parecía que se le iban a salir los ojos de sus cuencas mientras el horror que sentía iba en aumento al escuchar las siguientes palabras de Stormsong.

— ¡En estos momentos, la masacre prosigue en Thunder Bluff! Magatha mandará sobre todos los tauren antes de que el sol asome por el horizonte y sea testigo de las sangrientas secuelas de esta vergonzosa noche. Debes sobrevivir. ¡No puedes permitirte el lujo de morir al intentar vengar a tu padre! ¡Vete, por favor!

Baine resopló dominado por la ira mientras agarraba de la pechera de su jubón de cuero a Stormsong; no obstante, enseguida lo soltó. El chamán tenía razón.

— ¡Podría tratarse de un engaño, de una trampa! —exclamó uno de los valientes. — ¡Podría guiarte hasta una emboscada!

Baine negó con la cabeza, sumido por la tristeza.

— No —replicó. — No se trata de ningún truco. Puedo intuirlo. Este chamán ha dicho la verdad.

Entonces, abrió la mano con la que había apretado con fuerza el fragmento la lanza rúnica y la contempló un instante, antes de guardarla con suma ternura en una bolsa.

— Han matado a mi padre, y he de sobrevivir a esta noche si voy a asumir la responsabilidad de proteger a nuestro pueblo tal como él hubiera querido. Stormsong Grimtotem, te has arriesgado mucho al venir a advertirme. Y yo también me arriesgo mucho al confiar en ti. Has de saber que si me traicionas, morirás al instante.

— Lo sé perfectamente —reconoció Stormsong. —Además, ¿qué podría hacer yo solo frente a todos ustedes? Bueno… los Grimtotem nos tienen rodeados, pero creo que conozco la manera de alejarlos de aquí y dispersarlos. Síganme.

Los Grimtotem asaltaron el poblado. Pero no se encontraron con unos tauren dormidos y desprevenidos, sino con unos guerreros curtidos y armados hasta los dientes que los estaban esperando.

Aquello no sorprendió a Tarakor; había dado por sentado que Canto de Tormenta había sido capturado y que alguien había alertado a Baine del ataque. Aun así, eran Grimtotem, y lucharían hasta la muerte.

Si bien muchos tauren cayeron ante el hacha de Tarakor, no divisó a uno en concreto en ningún momento. A Baine Bloodhoof.

Todos los Grimtotem que participaban en la matanza sabían que el único objetivo de aquella misión era matar a Baine; por eso mismo, a medida que avanzaba el ataque y Baine seguía sin aparecer por ningún lado, el pánico se fue adueñando de Tarakor.

Sólo cabía una explicación posible.

— ¡Guerreros Grimtotem! —gritó, blandiendo su hacha por encima del cadáver de una druida a la que había partido prácticamente en dos cuando esta intentaba adoptar una forma gatuna. — ¡Nos han traicionado! ¡Baine ha escapado! ¡¡Encuéntrenlo!! ¡¡Encuéntrenlo!!

Los moradores del poblado, que tanto se resistían, ya no eran un objetivo sino un incordio, ya que los Grimtotem intentaban cruzar el poblado Bloodhoof para buscar a su nuevo líder en otros parajes más lejanos. Entonces, repentinamente, la tierra tembló. Tarakor se volvió, con el hacha en ristre, y contempló aquella escena presa del terror.

Casi una decena de kodos cargaban directamente hacia él y sus hombres. A lomos de algunos de ellos se encontraban algunos habitantes de Bloodhoof, pero otros únicamente portaban unas sillas de montar vacías. Algunos, que todavía no habían sido domados para poder ser utilizados como monturas, ni siquiera portaban eso. Los kodos rugían, con los ojos en blanco, asustados más allá de lo imaginable, y no daba la sensación de que fueran a aminorar su marcha.

Sólo tenían una opción.

— ¡Corre! —ordenó Tarakor.

Lo obedecieron de inmediato. No obstante, los kodos los siguieron, e incluso pareció que aceleraban aún más, de tal modo que los Grimtotem se vieron obligados a correr para salvar el pellejo.

Por delante, los aguardaba el lago Toro de Piedra, donde podrían hallarse sanos y salvos. Tarakor no aflojó el paso y se lanzó de cabeza a aquellas gélidas aguas, y se hundió debido al peso de su armadura. Si bien los kodos los siguieron hasta el lago, aquella estampida aminoró su marcha en cuanto alcanzaron el agua. Tarakor tuvo que bracear con todas sus fuerzas para poder emerger a la superficie; la armadura que debía protegerlo amenazaba con arrastrarlo al fondo del lago. Entretanto, los kodos se fueron alejando del agua; bufaban al tiempo que se sacudían para poder secarse el pelaje. Los Grimtotem intentaban mantenerse a flote mientras Tarakor contaba las cabezas que veía emerger a la superficie para saber cuántos quedaban. Algunos se habían quedado en el fondo del lago para siempre, y otros ni siquiera habían llegado tan lejos aquella noche. Ya se lamentarían por su pérdida más tarde.

Por ahora, los que habían sobrevivido iban abandonando el líquido elemento por la orilla más lejana del lago.

Pese a que avanzaban muy lentamente, al final, lograron alcanzar la orilla, y emergieron del agua empapados, temblando y descorazonados.

Habían fracasado. Baine había escapado. Tarakor no quería ni pensar en qué iba a suceder cuando le diera a Magatha la noticia.

Baine observó la estampida y asintió con la cabeza. Había que reconocer que provocar que la manada saliera huyendo despavorida había sido un gran plan y, además, le había dado la oportunidad de escapar. Si bien eran unos animales muy plácidos incluso en estado salvaje, unos cuantos kodos nerviosos y asustados conformaban una fuerza de la naturaleza imparable. Estos habían conseguido que el enemigo se replegara al oeste, dejándolos atrapados y sin ninguna salida en las montañas. Sus adversarios ya no tenían adonde ir. Sabía que algunos acabarían siendo asesinados, pero otros lograrían escapar y volverían a por ellos. Aquella estrategia, simplemente, había retrasado al enemigo; no obstante, aunque fuera un retraso muy breve, era más que suficiente para que Baine y sus seguidores pudieran escapar.

— El campamento Taurajo no ha caído en manos de los Grimtotem, ¿verdad, Stormsong?

El chamán Grimtotem negó con la cabeza.

— No. Nuestros objetivos principales eran Thunder Bluff, el poblado de Bloodhoof, el Refugio Roca del Sol y el campamento Mojache.

— Entonces, será mejor que nos dirijamos al campamento Taraujo y recemos por que no se convierta en un objetivo secundario. Una vez ahí, podremos procuramos algún medio de transporte.

— ¿A dónde piensas ir? —preguntó Stormsong.

La mirada de Baine se tomó especialmente intensa cuando apremió a su kodo a cabalgar a mayor velocidad. Sentía un hondo pesar en su corazón por la muerte de su padre y una tremenda ira contra los Grimtotem por haber provocado un derramamiento de sangre aquella noche.

— No lo sé —contestó con total sinceridad. — Pero sí sé una cosa: que mi padre va a ser vengado, y que no descansaré hasta que revele al mundo que los Grimtotem son unos traidores. Mi padre les permitió vivir con nosotros a pesar de que se habían negado a unirse a la Horda. Pero yo los expulsaré de la comunidad tauren. Lo juro.

En los últimos años, Baine no había viajado con mucha frecuencia más allá de las fronteras de Mulgore, y había olvidado que en los Baldíos, en ese terreno de nombre tan certero, serían un blanco muy fácil. Jom Vidente del Cielo había acudido a recibirlos y los había llevado al campamento, cerciorándose en todo momento de que los guardias orcos no se percataran de su presencia. No obstante, Baine todavía no estaba muy seguro de en quién podía confiar. Poco después, todos se reunieron en la parte de atrás de uno de los grandes pabellones. Aquel grupo lo conformaban Baine; Hamuul Runetotem, que se estaba recuperando y tenía una triste historia que contarles acerca de un ataque que habían sufrido durante una conferencia de paz entre druidas; los cuatro valientes que habían venido con él desde el poblado de Bloodhoof; y el desertor, Stormsong. Cuando Jorn se sumó a ellos, trajo consigo una bandeja de comida: manzanas, sandías, pan con especias de Mulgore y algunos trozos de carne.

Baine hizo un gesto de asentimiento para dale las gracias al cazador y, a continuación, dio un mordisco a una fruta y se quedó observando a Hamuul.

— Confío en tu palabra, Hamuul, y en la de Stormsong a pesar de ser un Grimtotem. Resulta muy cruel que nuestro líder nos traicione de esta forma, y que deba confiar en un viejo enemigo.

Stormsong alzó su hocico. Si bien su situación le resultaba muy incómoda, poco a poco, se estaba ganando el respeto y la confianza de Baine y sus aliados.

— No sé si Garrosh sabía algo sobre ese ataque o no, pero sí sé que sigo vivo porque esos asesinos se confiaron —aseveró Hamuul. — Me dieron por muerto, y casi lo estaba. En cuanto a lo del desafío…

Pronunció las últimas palabras con la mirada clavada en Canto de Tormenta.

— Quizá Garrosh consintiera que ungieran su hacha con veneno, o quizá no. Eso da igual. Magatha ya ha conseguido lo que quería: controlar Thunder Bluff y el poblado Bloodhoof. Y casi seguro que también se ha hecho con el campamento Mojache. Por tanto, si no la detenemos cuanto antes, acabará gobernando a todos los tauren.

— Pero no logrará conquistar la Roca del Sol —afirmó Jorn con serenidad. — Han enviado a un mensajero. Estarán sobre aviso y podrán repeler el ataque.

Baine asintió. Aquellas eran unas buenas noticias, pero no bastaban.

El joven tauren gruñó ligeramente y se dispuso a comer con desgana. Necesitaba recuperar fuerzas, por mucho que su estómago no quisiera aceptar esa comida.

— Archidruida, mi padre confiaba en tus consejos. Y jamás los he necesitado tanto como ahora. ¿Qué podemos hacer? ¿Cómo luchamos contra esa bruja?

Hamuul profirió un suspiro meditabundo. Y el silencio reinó durante bastante tiempo.

— Por lo que podemos deducir, la mayoría de los tauren se encuentran ahora bajo control de Magatha, lo quieran o no. Garrosh podría no tener nada que ver con la traición que le costó la vida a Cairne, pero, sin duda alguna, es demasiado impulsivo y, de un modo u otro, también deseaba ver muerto a tu padre —explicó el archidruida.

Entonces, Baine respiró hondo, y Hamuul le lanzó una mirada henchida de compasión antes de seguir hablando.

— Entrañas no es un lugar seguro para ustedes; está patrullado por orcos que, con toda seguridad, serán leales a Garrosh. Sin embargo, los trolls Lanza Negra son de confianza, pero no son muchos. Y en lo que respecta a los elfos de sangre, están demasiado lejos para poder ofrecernos su ayuda. Además, es bastante probable que Garrosh logre contactar con ellos antes que nosotros.

Baine se rió, pero se trataba de una risa desprovista de alegría. Acto seguido, señaló a Stormsong.

— Por lo visto, podemos confiar más en nuestros enemigos que en nuestros amigos —dijo con ironía.

Hamuul se vio obligado a asentir.

— O, al menos, podemos acceder a ellos con más facilidad.

En ese instante, le vino una idea a la cabeza a Baine; una idea muy osada y peligrosa. Tal como su padre le había enseñado, estuvo dándole vueltas a aquella ocurrencia un buen rato antes de contársela a los demás. Al final, se atrevió a compartirla.

— Prefiero mil veces a un enemigo honorable que a un amigo que carezca del más mínimo sentido del honor —declaró serenamente.

— Así que deberíamos recurrir a un adversario respetable y honrado. Recabemos la ayuda de aquella en quien confiaba Thrall.

Entonces, miró a todos los allí reunidos de uno en uno y comprobó, por las expresiones de sus rostros provistos de largos hocicos, que sabían a quién se refería.

—Debemos recurrir a Lady Jaina Proudmoore.

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