Devastación: Preludio al Cataclismo – Capítulo Veintiuno

Devastación: Preludio al CataclismoGarrosh sufría un dolor mucho peor de lo que había anticipado, pero lo aceptó con gran regocijo.

Estaba muy satisfecho con cómo había sido recibida su decisión de reconstruir Orgrimmar. Si bien algunos se mostraron descontentos, como Cairne y Eitrigg, muchos se alegraron al saber que se iba a retomar el antiguo modo orco de hacer las cosas. Por ello, Garrosh estaba exultante. A menudo, salía a pasear para contemplar la calavera del enemigo que su padre mató en su día; y en una de esas ocasiones, mientras se frotaba el mentón pensativo, decidió que debía hacer algo más para honrar a su difunto padre.

Si bien la decisión había resultado muy fácil de tomar, la realidad demostró que acarreaba mucho dolor. En aquellos instantes, yacía boca arriba en el suelo de sus aposentos, mientras se obligaba a permanecer relajado y sereno y procuraba que la tensión abandonase su cuerpo. Encima de él se hallaba un anciano orco cuyos poderosos músculos y manos firmes no encajaban con sus arrugas y su pelo blanco recogido en una coleta. Sostenía en una mano un buril afilado y estrecho, cuya punta mojaba continuamente en un recipiente repleto de tinta negra, y, en la otra, un pequeño martillo. Los únicos ruidos que se escuchaban en aquella habitación eran el crepitar del pebetero, que iluminaba la estancia, y el tac-tac-tac del martillo con el que el tatuador orco estaba haciendo varios cortes en la cara de Garrosh.

Normalmente, le pedían que tatuara unos diseños bastante sencillos.

Un escudo familiar, una palabra o la insignia de la Horda. Garrosh, sin embargo, quería que le tatuase toda la mandíbula de negro. Eso para empezar. Luego quería que le tatuara el pecho y la espalda con unos diseños muy elaborados para que tanto sus amigos como sus enemigos fueran conscientes de que se había sometido voluntariamente a esa tortura. Al ritmo que llevaba, pues con cada golpe de buril marcaba sólo un diminuto punto, le llevaría horas completar el tatuaje. Cada incisión era como un pinchazo con una aguja al rojo vivo.

En un momento dado, Garrosh tragó saliva con dificultad presa de una agonía insoportable. También se percató de que estaba sudando, aunque no sabía si eso se debía al dolor o al calor que hacía en aquella sala tan pequeña, iluminada por el fuego de un pebetero.

Entonces, el tatuador se detuvo y le lanzó una mirada iracunda.

— No te muevas —rezongó. — Y no sudes tanto. Tu padre no sudó.

Garrosh se preguntó cómo era posible que Grom hubiera sido capaz de controlar su transpiración. No obstante, él también se esforzaría por poder lograr tal proeza física. Por otro lado, se abstuvo de replicar al tatuador, ya que si hablaba, se vería obligado a mover la boca, lo cual no era muy recomendable en ese momento, y simplemente parpadeó para comunicarle así que había entendido el mensaje.

El tatuador, que había sido aprendiz del orco que había tatuado ritualmente a Grom Hellscream, se apartó para permitir que su aprendiz enjugase el sudor que cubría la frente marrón de Garrosh y limpiase la sangre y tinta sobrante de la barbilla. Garrosh respiró hondo durante ese breve descanso. Llevaba ya cuatro horas, y sólo le habían tatuado una superficie equivalente a tres dedos. El tatuador volvió a agacharse sobre él. Garrosh se obligó a permanecer quieto una vez más, y el tormento, ese tormento tan dulce que sufría en honor a su padre, prosiguió.

— ¡Garrosh!

El grito de Cairne fue muy intenso y profundo, y reverberó por todos los muros del Fuerte Grommash en cuanto se adentró en él. Los guardias se le acercaron, supuestamente para ayudarlo, no para interceptarlo. El tauren los fulminó con una mirada torva y resopló con cierta sorna; al instante, se hicieron a un lado.

— ¡Garrosh!

Siempre había alguien despierto en el Fuerte Grommash; alguien que o bien estaba cuidando los fuegos, que nunca se apagaban, o bien estaba preparando las cosas para el día siguiente, de modo que nunca se encontraba desierto del todo, aunque, a esas horas, siempre reinaba la calma. Los gritos de Cairne levantaron a los que, en esos momentos, se encontraban dormidos, y las salas se fueron llenando poco a poco de curiosos que, todavía un poco aturdidos, se frotaban los ojos y vestían atuendos que se habían puesto precipitadamente.

— ¡Garrosh, exijo verte!

— Nadie puede exigir ver al líder de la Horda —masculló uno de los Kor’kron. Cairne se giró hacia él a una velocidad impropia de su avanzada edad.

— Soy el Gran Jefe Cairne Bloodhoof. Ayudé a levantar esta Horda cuyos cimientos está socavando Garrosh hoy. Voy a hablar con él, ¡y voy a hablar ahora!

— ¡Vas a despertar a los muertos de tanto resoplar y piafar presa de la furia, viejo

toro!

La voz de Garrosh sonó con tanta claridad como la de Cairne, aunque estaba cargada de sarcasmo. El tauren se volvió, olvidándose totalmente del Kor’kron, y clavó su mirada en Garrosh Hellscream, a quien observó un tanto atónito.

— Por lo que veo —dijo con serenidad, mientras observaba los tatuajes de Garrosh, — intentas parecerte cada vez más a tu padre.

Ya no te limitas a usar su hacha.

— Utilizo desde hace tiempo el mismo arma que mi padre blandió —replicó Garrosh, — y ahora, además, porto las mismas marcas en la cara y el cueipo que tanto temor infundían a sus enemigos.

Al hablar, movía la boca lentamente, como si las incisiones de los tatuajes, que parecían muy recientes, todavía le dolieran.

— Tu padre vivió haciendo mucho mal, pero murió haciendo mucho bien —le recordó Cairne. — Ahora mismo, se sentiría avergonzado de ti.

— ¿Qué? —exclamó Garrosh. — Pero ¿de qué estás hablando, tauren?

— Le advertí a Thrall sobre ti —prosiguió Cairne, con un tono de voz tan bajo que contrastaba con lo alto que había hablado antes, cignorando la pregunta del joven orco. — Le dije que era un necio si pensaba dejar en tus manos tanto poder. Pensaba que, algún día, estarías listo para desempeñar un cargo tan importante, pero necesitabas acumular experiencia y adquirir templanza. ¡Tú, Garrosh Hellscream, ni siquiera vales para liderar una manada de hienas, y mucho menos a la gloriosa Horda! Nos vas a llevar a la ruina, caeremos en desgracia mientras gritas y te golpeas el pecho como uno de esos gorilas de Tuercespina.

Garrosh palideció al escuchar esa diatriba y, luego, se puso rojo de cólera.

— Vas a arrepentirte de haber pronunciado esas palabras, viejo toro —masculló. — Te las vas a tragar, junto a unos cuantos puñados de tierra.

— Fuiste tú quien atacó a los Centinelas en Vallefresno, ¿verdad? — preguntó a voz en grito Cairne, al tiempo que se acercaba al orco con los puños apretados con fuerza. — Has sido tú quien ha autorizado el asesinato de, prácticamente, una decena de druidas del Círculo Cenarion que se habian reunido para alcanzar una solución pacífica que resolviera las necesidades de la Horda.

La furia y la incredulidad se asomaron al rostro de Garrosh.

— En el nombre de los ancestros, ¿de qué estás hablando? ¡Cómo te atreves a acusarme de unos actos tan viles!

Cairne lanzó un bufido a modo de respuesta.

— Garrosh, en diversas ocasiones, has expresado abiertamente que desdeñabas nuestro tratado con la Alianza, un pacto que se acordó de manera honorable y de buena fe, y que desprecias a Thrall por contemporizar con la Alianza.

— ¡Sí! Lo desprecio por haber transigido tanto. ¡Pero yo no he violado el tratado! ¡Yo me sentiría orgulloso de cualquier ataque contra la Alianza que hubiera autorizado! ¡Gritaría esa buena noticia desde lo más alto para demostrar a la Horda que no todo está perdido! El honor de la Horda…

— ¿Cómo te atreves siquiera a pronunciar esa palabra? —le espetó Cairne. — ¿Honor? Incluso ahora, te atreves a mentir, Garrosh. Eres menos honorable que un centauro. Al menos, ten el valor de admitir lo que has hecho, ¡de reconocer que has cometido una necedad con tus estúpidas decisiones!

Garrosh se serenó de improviso.

— Eres idiota si crees que he urdido una conspiración. El peso de los años ha nublado tu juicio. Voy a ignorar tus balbuceos y a considerarlos como algo propio de un demente por respeto a Thrall, quien, inexplicablemente, te tiene en alta estima. Fue él quien me puso al mando de la Horda, y voy a hacer lo que crea mejor por el bien de esta. Vete de aquí ahora mismo, y ahórrate la vergüenza de ser expulsado con el rabo entre las piernas.

Cairne propinó una bofetada en la cara a Garrosh, impactando directamente en el tatuaje recién hecho. El golpe fue tan vigoroso que el joven orco trastabilló y estuvo a punto de caer; gritó histérico presa de un gran dolor y agitó los brazos en el aire para intentar mantener el equilibrio.

— Vas a ser tú quien va a acabar largándose de aquí con el rabo entre las piernas, jovenzuelo insolente —escupió Cairne. — Te merecías ese golpe desde hacía tiempo.

La sangre manaba del labio inferior de Garrosh; se lo había partido y se estaba hinchando. De manera instintiva, se tocó la mejilla y, acto seguido, masculló algo entre dientes y apartó la mano. El orco pareció confuso un instante y, a continuación, la ira lo dominó.

— ¿Te atreves a retarme, viejo toro?

— ¿Acaso no me he expresado con claridad? Tal vez debería volver a intentarlo. Te reto a un duelo de honor, Garrosh. Te reto a un mak’gora.

Garrosh esbozó una mueca de desprecio.

— El mak’gora ya no es lo que era. Se ha prostituido. Desde el decreto de Thrall se ha convertido en poco más que un mero espectáculo. ¿Quieres luchar conmigo? Pues lucha de verdad. Como estoy al mando de la Horda, acepto tu desafío. Pero lucharemos a la vieja usanza. Tal como se practicaba antes el mak’gora, con todas las reglas antiguas. Todas.

Cairne entornó los ojos.

— Entonces, el combate será a muerte, ¿no?

Garrosh sonrió de oreja a oreja.

— A muerte. Quizá deberías disculparte para evitarte tan trágico final.

Cairne lo miró fijamente un instante, luego echó la cabeza hacia atrás y estalló en carcajadas, lo cual sorprendió a Garrosh.

—  Si me pides que pelee siguiendo las viejas reglas, has de saber que lo único que has conseguido es darme carta blanca para poder acabar contigo, hijo de Hellscream. Sólo pretendía darte una lección. Lamentaré tener que privar a la Horda de un guerrero tan excelso, pero no puedo permitir que destruyas todo aquello por lo que tanto ha luchado Thrall, ni que mancilles los sacrificios que nuestros honorables muertos hicieron. Y todo lo has hecho en pos de tu propia gloria. No voy a permitirlo, ¿me oyes? Me reafirmo en mi desafío. Seguiremos las reglas tradicionales del mak’gora.

¡Combatiremos a muerte!

— Acepto… —contestó Garrosh, pero, entonces, vaciló un instante— con sumo gusto. Antes sentía lástima por ti, pero ya no.

Ya es hora de que la Horda se libre de parásitos caducos como tú, que siguen aferrados a ella aprovechándose del sacrificio de aquellos que lucharon por defenderla y murieron en batalla.

— Ya es hora de que la Horda se libre de un joven necio y arrogante como tú, Garrosh —replicó Cairne, imperturbable. — Lamento tener que hacerlo. Pero es mi deber. Me alegro sinceramente de que hayas escogido la variante tradicional. Has asesinado a muchos inocentes, y, por si fuera poco, pretendes acabar con toda esperanza de alcanzar la paz. No puedo permitir que esta situación continúe.

Ahora era Garrosh quien reía, mientras se acariciaba con sumo cuidado el mentón; acto seguido, se llevó los dedos a la boca y lamió la sangre que los cubría con delicadeza. Si bien aquel acto tan banal debería haberle resultado tremendamente doloroso, se había recuperado del todo y no transmitía la sensación de que estuviera sufriendo un tormento.

— ¿Qué arma? ¿Qué ropajes debemos llevar? ¿Cuántos testigos debe haber?

Garrosh titubeó y sus mejillas adoptaron una tonalidad oscura debido al azoramiento. Después, hizo un gesto de negación con la cabeza.

Cairne resopló.

— ¡Quieres pelear de la manera tradicional y, al final, resulta que yo, un tauren, conozco mejor que tú las tradiciones orcas!

— Te pierdes en los detalles —rezongó Garrosh. — ¡Haré cualquier cosa que quieras que haga con tal de que dé inicio nuestro combate!

Cairne contempló al orco con desdén y, acto seguido, hizo un gesto de negación con la cabeza mientras contenía su indignación.

— Cada uno de nosotros debe escoger un arma. Un chamán de tu elección podrá bendecirla, si así lo deseas. No portaremos armaduras; ni ropa, salvo un taparrabos. Además, debemos llevar un testigo cada uno al combate.

En ese instante, Cairne sonrió amargamente y añadió:

— Aunque me atrevo a asegurar que habrá muchos más testigos presentes en el momento en que se celebre el combate.

Garrosh asintió lacónicamente al tiempo que recobraba la compostura.

— Cumpliré esas reglas.

— Nos vemos en la arena dentro de una hora —zanjó Cairne, quien si bien se volvió para marcharse, se detuvo al llegar al umbral de la puerta. — Haz todos los preparativos que tengas que hacer, Garrosh Hellscream. Y no temas, no mancillaré tu cadáver. En tu funeral serás tratado con el honor que debiste haberte ganado en vida.

Una vez dichas estas palabras, inclinó la cabeza.

La risa de Garrosh lo acompañó mientras abandonaba aquella estancia.

Una hora después, la arena estaba abarrotada de gente. Las antorchas y los pebeteros proveían de luz y calor al recinto. La noticia había corrido como la pólvora, al igual que había sucedido anteriormente con la marcha de Thrall. No había duda de que cada uno de los allí presentes ya había escogido bando. Algunos apoyaban a Cairne, y otros, muchos otros, vitoreaban a Garrosh.

Cairne alzó la mirada e intentó reconocer aquellos rostros con su vista cansada por el paso de los años. Los que se hallaban en las tribunas donde se encontraban sus seguidores eran tauren, lo cual no le sorprendió. También había unos cuantos que pertenecían a otras razas, pero todos destacaban por una misma cualidad: eran de edad bastante avanzada. Sin embargo, no era capaz de distinguir a los individuos que apoyaban a Garrosh, si bien pudo ver con claridad bajo aquella luz anaranjada que iluminaba el recinto que, mezclados entre las pieles verdes, moradas, grises y rosas de los orcos, trolls, Renegados y elfos de sangre, se hallaban también los pelajes negros, marrones y blancos de algunos tauren.

Cairne profirió un suspiro. Creía que sería capaz de ganar aquel cómbale; si no, no lo habría desafiado a un mak’gora. La vida no le resultaba tan sombría y carente de alegrías como para querer abandonar el plano terrenal de inmediato. Ni mucho menos. Él había arrojado el guante, y luego había aceptado la decisión de Garrosh de librar el combate a la vieja usanza, porque debía poner punto final a la etapa de Garrosh al frente de la Horda, por la cual Cairne sentía auténtica devoción, ya que aquel joven orco tan corto de miras la dirigía de manera arrogante y sumamente peligrosa. Su idea era sustituir a Garrosh hasta que Thrall regresara y tomara una decisión al respecto. Cairne estaría dispuesto a aceptar su dictamen.

Sin embargo, no se hacía ilusiones. Sabía que no iba a ganar esa batalla con facilidad. Garrosh era uno de los mejores guerreros de la Horda. Sin embargo, librar una batalla era algo totalmente distinto a un combate cuerpo a cuerpo contra un único adversario. Además, Garrosh era muy impetuoso. Cairne lucharía a su manera, y esa estrategia le permitiría lograr la victoria.

Entretanto, en su zona de la arena, Garrosh se preparaba. Siguiendo las reglas rituales del mak’gora, vestía únicamente un taparrabos, y su cuerpo de color marrón había sido ungido con aceite hasta relucir con intensidad. Mientras calentaba el cuerpo para el combate, su imponente y musculosa figura era la máxima expresión del poder orco. Asimismo, sostenía orgulloso en sus manos la legendaria hacha con la que su padre mató a Mannoroth, la cual también había sido ungida con aceite, y relucía con un brillo siniestro.

Cairne, por su parte, lucharía con el arma de su linaje, la lanza rúnica. El tauren también llevaba un taparrabos como única vestidura. A pesar de que su pelaje tenía un leve color grisáceo debido a la edad, todavía era lustroso y abundante; además, brillaba tras haber recibido aquel ungüento. Bajo su piel sólo había puro músculo. Si bien a veces le dolían las articulaciones cuando llovía o nevaba, y tenía que forzar la vista para ver, no había perdido nada de su fuerza y muy poco de su velocidad. Entonces, alzó la lanza rúnica, la ofreció a cada uno de los cuatro puntos cardinales y a cada uno de los cuatro elementos, al tiempo que se golpeaba en el pecho con la mano con la que aferraba la lanza para saludar al Espíritu de la Vida que se hallaba en él y en todos los demás seres, y, por último, se volvió hacia Beram Cazacielo para recibir su bendición.

Berani masculló algo en voz baja, introdujo un dedo en el frasco del aceite sagrado y, a continuación, embadurnó delicadamente la punta de la lanza con aquel líquido, pues, al igual que ungían los cuerpos de los guerreros con aceite antes del combate, también ungían las armas.

— Me entristece que hayamos tenido que llegar a esto —le susurró a Cairne al oído. — Pero ya que nos hallamos en esta situación, y como sé que luchas por una justa causa, bendigo tu lanza para que alcance su objetivo, Cairne Bloodhoof.

Acto seguido, Cairne hizo una profunda reverencia con suma humildad y sus vigorosas manos agarraron con fuerza el asta de la lanza. Veinte generaciones de cabecillas Bloodhoof habían blandido esa lanza rúnica en combate, tal como él iba a hacer en unos instantes. Había saboreado la sangre de muchos nobles enemigos, y siempre había alcanzado su objetivo. Se detuvo un momento a contemplar las runas que la ornamentaban. Cairne había tallado gran parte de su biografía en ella hacía ya bastante tiempo, como era tradición. Pero todavía quedaba mucho que contar. Se prometió a sí mismo que cuando aquel combate acabara y todo hubiera vuelto a su cauce, se tomaría un tiempo para concluir su relato.

— ¡Viejo toro! —gritó Garrosh con un tono de voz burlón. — ¿Vasa quedarte ahí de pie, sumido en tus pensamientos, toda la noche?

Creía que habías venido a matarme, no a contemplar una vieja lanza.

Cairne profirió un suspiro.

— El viento del destino se llevará esas palabras al olvido, Garrosh Hellscream. Yo que tú las escogería con más cuidado, puesto que serán las últimas que pronuncies.

Garrosh escupió a modo de respuesta. Acto seguido, alzó a Gorehowl e hizo una reverencia al chamán que la había bendecido.

Cairne entornó los ojos al esforzar la vista para poder ver quién era aquel chamán que se hallaba en la lejanía. Descubrió que era un tauren quien había bendecido el arma de Garrosh con sus invocaciones rituales y el aceite sagrado. Aquello sorprendió a Cairne y le dolió en el alma, pues había dado por sentado que ese rito sería realizado por otro orco. Se trataba de una mujer de pelaje negro…

— Magatha —murmuró.

Era una poderosa chamana, al igual que Beram. Si bien su bendición le sería de gran ayuda a Garrosh, la bendición de Beram Cazacielo le sería de gran ayuda a Cairne. Y ella lo sabía. Simplemente era un gesto de desafío, nada más. Lo único que había hecho, al fin, era declarar abiertamente a quién era leal.

Cairne hizo un gesto de asentimiento con la cabeza. Ahora, más que nunca, estaba seguro de haber escogido el camino correcto. Era preciso ese desafío para evitar que otros muchos cayeran bajo el embrujo de Garrosh. Al menos, Magatha ya había mostrado sus cartas. Más adelante, ya se ocuparía de dar una respuesta adecuada a tal deslealtad; pero, en esos momentos, era algo imposible. Los Grimtotem tendrían que ser desterrados de Thunder Bluff a menos que, por fin, decidieran jurar lealtad a la Horda, lo cual era necesario, y no un mero capricho.

Magatha alzó la mirada. Si bien Cairne no pudo ver la expresión que dominaba su rostro, se imaginó que debía de estar sonriendo con escarnio. Entonces, el gran jefe tauren esbozó una sonrisa serena. La chamana había escogido al combatiente equivocado.

Acto seguido, se giró para observar a su oponente.

Garrosh fue desplazando sucesivamente gran parte del peso de su cuerpo de una pierna a otra, a la vez que aferraba con ambas manos la empuñadura del hacha, y sus ojos de color marrón miel brillaban de los nervios y la expectación.

Madre Tierra, guía mis golpes. Sabes que no lucho por mí mismo, sino por algo mucho más importante.

Cairne echó hacia atrás la cabeza, abrió la boca y profirió el bramido de desafío del mak’gora tradicional. Por su parte, Garrosh respondió soltando otro chillido, capaz de reventar los tímpanos a cualquiera, que casi resultó tan atronador como los de su padre en su época.

Entonces, tal como Cairne había esperado, arremetió contra él de inmediato.

El tauren permaneció inmóvil y permitió que el joven orco corriera hacia él con el hacha en alto. Garrosh se fue aproximando a la vez que hacía girar la legendaria Gorehowl por encima de su cabeza.

Cairne sabía que las hendiduras de aquel hacha eran la causa de aquel chillido que le había dado su nombre. Era un sonido que había infundido temor en los corazones de los enemigos de Grom Hellscream. Sin embargo, Cairne ni se inmutó. En el último momento, con una agilidad impropia de su corpulencia, el tauren se echó a un lado y dejó que la propia inercia de Garrosh lo impulsara lejos de él sin haberle hecho ni un rasguño. Aunque el orco intentó detenerse y casi lo logró, no pudo hacerlo antes de que Cairne le clavara la lanza en el bíceps derecho.

Garrosh lanzó un grito de sorpresa, indignación y dolor, y ya no aferró con tanta fuerza el hacha. Acto seguido, Cairne agachó la cabeza y lo golpeó con su cornamenta en la herida, desestabilizando así a Garrosh, quien cayó al suelo y estuvo a punto de soltar a Gorehowl. Si se le hubiera caído de las manos, el orco habría estado perdido. Si uno soltaba el arma, las reglas indicaban con claridad meridiana que ninguno de los contendientes podría volver a blandiría.

Entonces, Cairne alzó la lanza rúnica y la lanzó hacia el suelo.

Garrosh logró esquivarla rodando en el último momento. La lanza dibujó un surco en la arena situada a un costado del orco y se clavó en la tierra. El tauren perdió un precioso segundo desclavándola del suelo; un segundo que Garrosh aprovechó para ponerse de pie. El joven orco, el más aclamado guerrero de la Horda, había estado a punto de perder su arma, y Cairne había sido el primero en herir a su contrincante.

— Bien hecho, viejo toro —le felicitó Garrosh, jadeando levemente.

— Admito que he subestimado tu velocidad. Al parecer, sólo eres lento de mollera.

— Desde el principio, tus mofas han carecido de agudeza, y ahora, mucho menos, hijo de Hellscream —replicó Cairne, sin apartar la mirada en ningún momento de su oponente. — Ahorra aliento para la batalla. Yo reservaré el mío para hablar bien de ti en tu funeral.

En ese instante, el tauren pensó que provocar a Garrosh era demasiado fácil. El ceño prominente del orco se frunció aún más ante aquella ofensa. Al instante, cargó contra su rival profiriendo un gruñido. Blandió Gorehowl con suma habilidad, de tal modo que Cairne sintió la caricia del aire y escuchó el cántico furioso de aquella arma al agacharse para esquivar el golpe por sólo unos centímetros. No obstante, Garrosh no era mi necio; era capaz de aprender de sus errores. No iba a subestimar al lamen por segunda vez.

Cairne agachó la cabeza, escarbó la tierra con su pezuña derecha y embistió. Garrosh profirió un grito de guerra y alzó el hacha dispuesto a degollar a aquel toro. Sin embargo, en el último instante, Cairne se detuvo, se ladeó a la izquierda y empujó su lanza con fuerza hacia delante en busca del torso totalmente expuesto de Garrosh, quien abrió los ojos como platos. Tuvo el tiempo justo para girar un poco de tal modo que fue su hombro derecho el que recibió el impacto en vez de su pecho. Si bien aquel golpe era bastante peligroso, no era letal, como lo hubiera sido de haber acertado en su objetivo original. Aun así, al haber sufrido una herida en el bíceps derecho y tener ahora otra más en el hombro del mismo lado, el brazo se le había quedado prácticamente sin fuerzas al joven orco.

Entonces, Garrosh gritó de dolor y furia, dándose palmadas sobre la herida con la mano libre mientras con la otra aferraba a Gorehowl. Al instante, Cairne extrajo la lanza del hombro de su contrincante y sintió, por un instante y levemente, compasión por él.

La muerte de Garrosh supondría una gran pérdida para la Horda; perderían a un excelente guerrero, como poco. ¡Ojalá Thrall no hubiera nombrado líder de la Horda a aquel joven orco! Así no habría hecho falta que tuviera ese trágico final en la arena.

Ese breve titubeo permitió a Garrosh realizar una hazaña casi imposible. Alzó su hacha con el brazo herido. Con suma rapidez, Cairne agarró la lanza rúnica con ambos manos con la intención de parar el golpe. Aquella arma tan antigua, tan fuerte y robusta había sido testigo de infinidad de batallas, y el tauren la había utilizado de esta manera para defenderse de sus enemigos con anterioridad.

Gorehowl profirió su grito espeluznante mientras descendía.

La lanza rúnica, el arma que habían blandido veinte generaciones de Bloodhoof, el orgullo de aquella dinastía, que había dado muerte a tantos enemigos y defendido honrosamente al pueblo tauren, se hizo añicos.

Si bien pudo absorber gran parte de la fuerza del golpe, no pudo detenerlo. Gorehowl hirió al tauren en el pecho, y se abrió paso por su pelaje y su carne hasta llegar al brazo. No obstante, la herida era superficial, gracias a que la lanza se había llevado la peor parte del impacto.

Cairne logró recuperarse del horror que suponía ver cómo aquella arma ancestral era destruida. El orco aún no lo había derrotado.

Aferró con fuerza la parte inferior de la lanza que aún sostenía en la mano, cuyo filo todavía podía causar mucho daño. Garrosh seguía dispuesto a luchar, pero estaba gravemente herido. El golpe que había hecho añicos la lanza rúnica lo había dejado sin fuerzas, y no podría resistir mucho más. Quizá si le asestaba un buen golpe con los restos de la lanza…

Cairne parpadeó. Su vista se estaba volviendo borrosa. ¿Acaso le había entrado polvo o sangre en los ojos? A pesar de que invirtió un precioso segundo en frotárselos con el dorso de la mano, no le sirvió de nada. Entonces, al bajar la mano, se percató de que le temblaba.

De repente, sintió que las piernas le fallaban…

Miró fijamente a Garrosh, estupefacto. El orco sudaba a mares y respiraba con dificultad. Mientras Cairne lo miraba, Garrosh agarró con fuerza su hacha y clavó su mirada en el tauren. Cairne aferró como pudo su arma con sus temblorosas manos. Parecía tan extrañamente pesada…

En ese instante, se percató de lo que le estaba ocurriendo.

Y de este modo, yo, que he vivido toda mi vida de manera honorable, muero traicionado.

Ni siquiera pudo gritar con su último aliento para acusar de traición a su asesino. Sólo gracias a su férrea voluntad fue capaz de seguir agarrando la lanza destrozada para no caer desarmado.

Garrosh entornó lo ojos mientras contemplaba el surco que acababa tic abrir en el pecho de Cairne y los fragmentos de la lanza rúnica que yacían en el suelo. Por un momento, un gesto de sorpresa se asomó a su rostro y, acto seguido, apretó los dientes con fiera determinación. Echó a correr en dirección a su oponente, alzando a Gorehowl con ambas manos, dispuesto a asestar el golpe definitivo. Como era incapaz de repeler el ataque o de apartarse de su trayectoria, y como la vida se le iba con cada latido, Cairne Bloodhoof, el gran jefe de los tauren, observó cómo aquella hacha descendía sobre él sin pronunciar palabra.

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