Devastación: Preludio al Cataclismo – Capítulo Veinte

Devastación: Preludio al CataclismoCinco osos con pelajes de diversas tonalidades, peludos y enormes, caminaban por los frondosos bosques de Vallefresno. Se detenían de vez en cuando para olisquear con sus hocicos o tocar con sus patas algo que les llamaba la atención, y no daba la impresión de que formaran parte de una manada. Los osos rara vez van en grupo. Aun así, si uno los observaba largo tiempo y seguía su deambular aparentemente sin rumbo, se daba cuenta de que todos parecían ir en la misma dirección.

Y también podría haber notado que todos tenían cuernos.

Tiempo después, los osos alcanzaron un punto determinado situado en las montañas al oeste del Paso del Espolón. Una de aquellas bestias, que era más parduzca que las otras, tanteó el terreno durante unos minutos, olisqueando con cautela; a continuación, se alzó sobre sus patas traseras y levantó sus zarpas delanteras al cielo.

Al instante, esas garras, negras y brillantes, se transformaron en unos dedos largos y fuertes. Su pelaje blanco y marrón se rizó y acortó. El hocico del oso se alargó, y unos cuernos sobresalieron de una cabeza que se había vuelto más grande, en la que destacaban unos ojos serenos y hundidos. El esqueleto y los órganos internos se desplazaron de lugar dentro de esa piel cubierta de menos vello. Las patas traseras se transformaron en unas extremidades largas y fuertes provistas ya no de zarpas sino de pezuñas, y su corta cola se prolongó y creció en forma de látigo, en cuyo extremo emergió un penacho.

— Puedo olerlos. Se acercan les anunció Hamuul Runetotem a sus camaradas. Y vienen solos.

Entonces, los demás druidas lo emularon; sus cuerpos se retorcieron y cambiaron de oso a tauren de forma armoniosa. Estaban de pie, alertas e inmóviles; únicamente movían las colas y las orejas de vez en cuando.

Unos momentos después, cinco sables de la noche, cuyo pelaje era de diversos colores oscuros, coronaron la colina; corrían con suma rapidez y elegancia. Acto seguido, sufrieron una transformación.

Aquellos cuerpos largos, ágiles y felinos se convirtieron en unos cuerpos largos y ágiles de elfos de la noche. Sus orejas crecieron, sus patas se vieron reemplazadas por manos y pies y sus colas desaparecieron. Permanecieron de pie, observando a los tauren solemnemente. Entonces, Hamuul hizo una reverencia.

— Archidruida Renferal —la saludó, — cuánto me alegro de que hayas venido, vieja amiga.

— He decidido venir tras meditarlo mucho —replicó Elerethe Renferal.

Hamuul se percató de que ella, en cambio, no lo había llamado «amigo». La druida era alta y grácil, tenía el pelo corto y de color verde, y la piel, de un tono morado. Asimismo, no había lugar a dudas de que había participado en numerosas batallas; unas cicatrices de tonalidad lavanda destacaban sobre el color violeta del resto de su piel, y su cuerpo no era muy exuberante, sino nervudo y musculoso.

— Tu alma los ha guiado a ti y tus compañeros a esta reunión, así como mi alma nos ha guiado a mí y a los míos —dijo Hamuul.

— La sangre derramada por los Centinelas masacrados todavía clama venganza, Hamuul —repuso Renferal, quien iba acortando la distancia que los separaba de este a medida que hablaba.

— Se hará justicia, lo prometo —le aseguró Hamuul. — Sin embargo, a menos que pueda haber diálogo, paz y se restañen las viejas heridas, no podrá hacerse justicia.

Tras decir estas palabras, decidió tomar la iniciativa y se sentó sobre la mullida y verde hierba. Acto seguido, el resto de druidas tauren lo imitó. Si bien los kaldorei se miraron unos a otros, en cuanto Renferal se sentó, todos hicieron lo mismo. Conformaron así una suerte de círculo, en el que cada raza ocupaba una de las mitades.

Aquella división tan fría y precisa entre razas apesadumbró a Hamuul. No se trataba de una reunión entre extraños sino entre amigos que se conocían desde hacía mucho tiempo. Los diez druidas allí presentes habían aunado esfuerzos durante años, los que llevaban formando parte del Círculo. Se había establecido un vínculo entre ellos que superaba las divisiones étnicas y políticas; un vínculo que compartían porque habían adoptado la forma de las bestias de aquel mundo y se habían imbuido de su espíritu, se habían unido a la naturaleza de un modo que nadie más podía comprender.

Pero ese vínculo había sido sometido a una dura prueba. En ese instante, Hamuul envió una plegaria silenciosa a la Madre Tierra para que la reunión que se iba a celebrar aquel día sirviera para recuperar ese vínculo, y tal vez reforzarlo incluso.

— Estoy seguro de que ya se han enterado de que Thrall se ha marchado… temporalmente. Y estoy igualmente seguro de que saben en qué consiste su misión.

Renferal frunció el ceño.

— Sí, nos hemos enterado. Y también sabemos a quién ha designado como sustituto.

— Ten por seguro que Thrall no pretende ausentarse mucho tiempo. Además, ha pedido a Cairne que aconseje al joven Hellscream — dijo Hamuul. — Sabes bien que Thrall desea la paz.

— ¿Ah, sí? ¿De veras? —intervino otro elfo de la noche, con un tono de voz cargado de ira. — Entonces, ¿por qué se ha marchado?

¿Por qué ha escogido a Garrosh para que gobierne en su ausencia?

Garrosh, quien ha criticado abiertamente el tratado, quien sospechamos que está detrás del brutal ataque a los Centinelas. Hamuul profirió un suspiro. No se habían encontrado pruebas irrefutables, ni en contra ni a favor, de que Garrosh hubiera instigado aquel ataque. No obstante, resultaba muy fácil dar pábulo los rumores.

— Thrall se encuentra en Nagrand para averiguar qué sucede con los elementos. Los druidas tenemos un contacto más estrecho con la naturaleza que la mayoría, aunque no tanto como los chamanes. No me puedo creer que ninguno de los aquí presentes no crea que el mundo sufre una terrible agonía.

Estas palabras parecieron calmar al grupo de elfos de la noche.

— Si Thrall regresa rápido con algo que nos ayude a calmar a los elementos… y si Garrosh es capaz de refrenarse y no cometer más matanzas innecesarias, entonces quizá algo bueno pueda salir de todo esto—dijo Renferal.

— He de recordarte que no sabemos a ciencia cierta que fuera cosa de Garrosh. Además, gracias a esta reunión, ya estamos haciendo mucho bien. Esto es un gran avance —replicó Hamuul. — Que la paz comience aquí y ahora.

Unas expresiones de lo más variadas se dibujaron en los semblantes de los allí reunidos: esperanza, preocupación, desconfianza, miedo, determinación. Hamuul miró a su alrededor y asintió. Todo iba tan bien como cabía esperar, aunque no tan bien como le hubiera gustado.

Tras meditarlo detenidamente, introdujo una mano en una de sus bolsas y extrajo un objeto largo y fino envuelto en una pieza de cuero ornamentado. Lo levantó un instante, luego lo colocó en el centro del círculo y, acto seguido, lo desenvolvió.

—Se trata de una pipa ceremonial —explicó. — La comparten los participantes en una conferencia de paz cuando esta comienza.

Durante eras, esta ha sido una costumbre muy arraigada en mi pueblo. La traje a mi primera reunión del Círculo Cenarion. Algunos de los presentes recordarán aquella reunión. La vuelvo a traer ahora como muestra formal de mi deseo de restañar viejas heridas y lograr la unidad.

Renferal la observó con detenimiento mientras hacía un gesto de asentimiento con su cabeza verde. A continuación, metió una mano en una de las bolsas que traía consigo y sacó una copa y un odre.

— Al parecer, tú y yo pensamos de forma muy similar —dijo con serenidad mientras alzaba la copa.

Se trataba de un sencillo cáliz de cerámica barnizado con una tintura azul, y con unas runas talladas sobre él; si se exceptuaba ese detalle, carecía de más ornamentos. Entonces, Hamuul sonrió levemente. Hacía mucho tiempo, la druida había llevado aquel objeto a una reunión, tal como él había hecho con la pipa.

— Esta copa es muy antigua. Ignoramos quién fue su dueño original, pero ha estado con nosotros desde el Cataclismo, ha pasado de mano en mano y ha sido cuidada con mucho cariño y amor. Esta agua proviene del Templo de Elune. Es muy pura y deliciosa.

Entonces, sirvió un poco de agua en el cáliz de manera reverencial y acto seguido, lo alzó y lo depositó en el centro del círculo.

Hamuul asintió satisfecho. Los elfos de la noche se tomaban aquella reunión con la misma seriedad que los tauren. En esos instantes, pudo sentir cómo la tensión comenzaba a menguar, cómo el respeto mutuo y la esperanza reemplazaban a la reticencia y el antagonismo.

Acto seguido, se levantó e hizo una reverencia a Renferal; a continuación, se agachó para coger la pipa. Mientras la llenaba de hierbas, habló.

— En cuanto encienda la pipa, irá pasando de uno a otro —les explicó, por si acaso había entre ellos algún joven elfo de la noche druida que no hubiera visto nunca aquella ceremonia tauren. — Por favor, cuando les llegue, sosténganla durante unos segundos.

Piensen en lo que quieren lograr aquí. Y, luego, llévensela a…

De pronto, se quedó paralizado.

La brisa había cambiado y traído consigo un olor muy intenso y familiar a su sensible olfato tauren. Si bien no le habría resultado desagradable en otro momento, era consciente de que ahora, en ese instante tan delicado, podría ser un presagio de muerte para todos ellos.

Se trataba de orcos.

— ¡No! ¡Quietos! —gritó Hamuul en la lengua nativa de los orcos.

Pero ya era demasiado tarde.

Antes de que esas palabras hubieran abandonado sus labios, unas flechas letales trazaron su mortífero vuelo. Dos elfos de la noche cayeron con las gargantas atravesadas.

Al instante, los tauren y los elfos de la noche profirieron chillidos cargados de ira y alarma. Renferal se giró para fulminar a Hamuul con una mirada cegada por la furia y el odio, que se clavó en su corazón como una lanza.

— ¡Veníamos de buena fe! —exclamó la archidruida.

Eso fue lo único que dijo antes de transformarse en un gato y arremeter contra el orco más cercano, un guerrero enorme y calvo, de cuya boca sobresalían unos dientes muy irregulares y que blandía una espada enorme. El orco perdió el equilibrio ante la embestida de Renferal y soltó el arma, que cayó sobre la hierba mientras la archidruida le abría el abdomen con sus garras.

— ¡Maten a los pieles moradas! —ordenó su líder, y estalló en carcajadas.

¿De dónde salían? ¿Por qué hacían eso los que atacaban? ¿Era cosa de Garrosh? Las respuestas a esas preguntas no importaban. Daba igual que aquel ataque fuera fruto de la casualidad o de un plan premeditado. Lo importante era el resultado: la conferencia de paz había sufrido el peor de los finales posibles. Lo único que podía hacer Hamuul era proteger a los tres, no, corrigió esa cifra al ver cómo otro orco empalaba a Renferal con una alabarda, y la dejaba clavada al suelo, a los dos elfos de la noche druidas que quedaban vivos.

La ira y la aflicción se adueñaron de él y, al instante, se convirtió en oso y se abalanzó sobre el orco, que resultó ser una orco, que tenía más cerca. Sus compañeros tauren hicieron lo mismo: cada uno de ellos adoptó su forma bestial. La orco, que blandía dos espadas cortas, no tuvo nada que hacer ante la corpulencia de Hamuul. Su grito se apagó en cuanto el peso del tauren le aplastó la caja torácica.

Sintió ganas de clavarle sus enormes fauces en la garganta a aquella orco, para aplastarle la tráquea, para saborear el sabor a cobre de su sangre, pero se contuvo, pues él no era una bestia inmunda como sus asaltantes.

A su alrededor, los druidas se iban transformando en diversos animales con objeto de defenderse: en cuervos de tormenta, que caían en picado sobre las caras de los orcos para desgarrarlas con unas zarpas tan afiladas como cuchillas; en gatos armados con unos dientes y unas gamas capaces de desgarrar y destrozar cualquier cosa; y en osos, la más poderosa de todas las formas bestiales. Había sangre por todas partes, y su olor estaba a punto de hacer enloquecer a Hamuul. A pesar de que su cordura pendía de un hilo muy fino, aún recordaba por qué había ido a aquel lugar, lo cerca que habían estado de hacer realidad su sueño de paz sólo unos minutos antes de que estallara la violencia.

— ¡Paren, paren! ¡Son tauren! —dijo alguien gritando, cuya voz rasgó el velo de ira que cubría la batalla.

Hamuul tuvo que hacer un denodado esfuerzo para refrenar sus instintos asesinos y, acto seguido, se apartó de un salto del orco con el que estaba luchando y recobró su verdadera forma.

Entonces, se dio cuenta de que estaba herido; no había sentido la herida cuando portaba la forma de un oso. Tapó con una mano el corte profundo que tenía en un costado y murmuró un hechizo de curación. El terror se apoderó de él y sus ojos miraban la herida despavoridos al comprobar que no sucedía nada.

Eso era prácticamente imposible. Pero también parecía imposible que los cinco elfos nocturnos yacieran muertos en el suelo. Casi todos los tauren estaban heridos, y se sintió apesadumbrado al ver que uno de ellos yacía sobre la hierba, con una flecha clavada en un ojo y las moscas revoloteando alrededor de su cuerpo inerte.

Al instante, se volvió hacia el orco que parecía ser el líder.

— En nombre de Cenarius, ¡¿qué han hecho?!

Aquel orco de color verde pálido permaneció imperturbable ante el exabrupto de Hamuul y, simplemente, se encogió de hombros.

— Divisamos a cinco de esos asquerosos elfos de la noche correteando por ahí con forma de gato y creímos que nos estaban atacando.

— ¡Sólo eran cinco! ¡Cómo iba a ser un ataque!

El orco lo miró fijamente sin pronunciar palabra. Hamuul se preguntó cómo era posible que hubieran sabido que eran druidas y no unos meros sables de la noche.

Un tanto enervado por la estupidez de aquel orco que permanecía callado y cariacontecido, Hamuul elevó aún más la voz, llevado por la indignación.

— ¿Quién los envía? ¿Ha sido Garrosh?

El orco volvió a encogerse de hombros.

— ¿Quién es Garrosh?

Hamuul no podía dar crédito a lo que estaba oyendo. No podía creer que nadie fuera tan ignorante. Tanto si lo amaba como si lo odiaba, todo el mundo conocía a Garrosh. El orco debía de estar haciéndose el tonto por alguna razón.

— ¡Han irrumpido en medio de una reunión secreta y vital con la que podríamos haber logrado que la Horda tuviera derecho a extraer madera de Vallefresno sin tener que pagar por ello un alto precio en vidas! Informaré personalmente de vuestra metedura de pata a Cairne Boodhoof y me ocuparé de que este incidente se haga público. No pienso asumir la responsabilidad de este acto que supondrá una grave mancha en la reputación de la Horda. Estos elfos, estos druidas —dijo, señalando con un dedo tembloroso los cadáveres— acudieron a esta reunión a petición mía. Confiaban en que yo garantizaría su seguridad. Ahora nuestra mayor esperanza de lograr la paz yace tan muerta como ellos porque tú creíste que nos atacaban. ¿Cómo te llamas?

— Gorkrak.

— Gorkrak —repitió Hamuul, mientras grababa aquel nombre a fuego en su memoria. — Para ti ya no habrá posibilidad de ascenso en la Horda a partir de hoy.

La expresión dibujada en el semblante de Gorkrak varió levemente.

Sus ojos de puerco se desplazaron fría y deliberadamente de los elfos de la noche druidas a Hamuul y, a continuación, hacia algo situado detrás del tauren. Una sonrisa taimada se esbozó en su rostro, y entonces Hamuul se percató de lo que iba a suceder, aunque ya era demasiado tarde.

— No si antes acabo contigo —le espetó Gorkrak de manera jactanciosa.

Al instante, se escuchó el tañido de la cuerda de un arco del que salía disparada una flecha.

Gorkrak, el del Martillo del Crepúsculo, miró a su alrededor henchido de satisfacción.

— Creía que los druidas eran unos tipos listos —dijo uno de sus guerreros al tiempo que extraía su espada del cuerpo de una tauren blanca.

— Son todos unos necios por no aceptar el final que a todos nos aguarda, y es algo inevitable y hermoso —replicó Gorkrak, quien, en ese instante, abandonó la expresión estúpida que había esgrimido para engañar a Hamuul. Enterraremos los cuerpos de tal manera que los carroñeros no den con ellos. Nos interesa que se descubran los cuerpos… en el momento oportuno.

Las últimas palabras las dijo con una sonrisa siniestra en los labios.

Se alegraba de que Hamuul hubiera mencionado a Garrosh. Eso significaba que habían comenzado a extenderse las sospechas sobre el líder en funciones. Como ya corría el rumor de que había sido Garrosh quien había masacrado a los Centinelas, resultaría muy fácil que la gente creyera que el responsable de esa matanza también había sido él.

— Por la nada que aguarda, caven —les ordenó Gorkrak.

Hamuul Runetotem recobró la consciencia poco a poco. Se despertó, parpadeó y, a continuación, se preguntó si estaba realmente despierto. ¿Dónde estaba? ¿Qué había ocurrido? No podía ver nada, y algo lo aplastaba por todas partes. Le costaba respirar; el poco aire que corría olía a sangre seca y a tierra. Intentó moverse y, entonces, se dio cuenta de que algo se lo impedía. Sufría un dolor agónico por todo el cuerpo, y la sed le quemaba la garganta. Portaba su forma de oso. Se imaginó que había cambiado de cuerpo en el último segundo, justo antes de recibir el impacto de la flecha…

… en la espalda…

… que había sido lanzada por otro miembro de la Horda.

Entonces, los recuerdos se le vinieron encima en avalancha y se percató, de repente, de dónde debía de estar y qué era lo que le estaba aplastando.

Se hallaba en una fosa común.

Un torrente de adrenalina lo invadió por entero, proporcionando a su torturado cuerpo las fuerzas que necesitaba. ¿Estaba boca arriba o boca abajo? Los cadáveres se aferraban a sus hombros con unos brazos carentes de vida, unos gélidos torsos le aplastaban la espalda, como si así intentaran obligarlo a unirse a ellos en el reino de la muerte. Hamuul abrió su boca repleta de dientes afilados, de tal modo que dio una bocanada a aquel aire fétido y probó el sabor de aquella tierra inmunda; acto seguido, intentó apartar a zarpazos los cuerpos de sus amigos. Se abrió camino hacia arriba, hacia el lugar de donde provenía el aire más fresco, empleando sus garras, provocando así que la sangre brotara de los cadáveres perezosamente; a continuación, empicó todas sus fuerzas para apartar los cuerpos y la tierra de su camino, hasta que logró asomar la cabeza por la parte superior de la fosa, que no habían cubierto demasiado de tierra, y pudo dar una bocanada de aire fresco.

Entonces, gruñó al volver a sentir el dolor de sus heridas; acto seguido, logró abandonar el loso y se derrumbó, conformando un amasijo de pelaje blanco y marrón claro cubierto de grumos de sangre y otros fluidos procedentes de algunas vísceras, que jadeaba y se estremecía ante el horror de la atrocidad que acababa de vivir.

Intentó recuperar su forma tauren, pero el tremendo esfuerzo que tuvo que hacer hizo que se desmayara por segunda vez. Cuando recobró la consciencia unos minutos después, o al menos eso le pareció a él, fue capaz de cambiar y sanar sus heridas hasta cierto punto. Sin duda alguna, recuperarse del todo le iba a llevar bastante tiempo.

Se puso de pie sobre sus pezuñas, esbozando un gesto de dolor, y se acercó, con una expresión de repugnancia dibujada en el rostro, para examinar la fosa con el fin de comprobar si alguien más había logrado sobrevivir. Para entonces ya era de noche, aunque no necesitaba la luz del sol para ser consciente de la tragedia.

Estaban todos muertos. Todos. Tanto los elfos de la noche como los tauren. Él era el único superviviente. Su generoso corazón se hizo añicos. Le flaquearon las piernas y se derrumbó junto al agujero abierto en la tierra que albergaba a sus amigos. Lloraba por culpa de aquella masacre, porque era consciente del daño que iba a provocar esta matanza en las esperanzas de lograr la paz en un futuro.

Alzó la cabeza, con el hocico anegado en lágrimas, y contempló los objetos rituales sagrados que Renferal y él habían traído esperanzados a la reunión. Aquella hermosa pipa y aquel antiguo cáliz tan sobrio estaban rotos. Habían sido pisoteados por unos pies que mostraron poco aprecio por ellos y habían acabado aplastados por los cuerpos de los caídos. Estaban hechos añicos y ya no había manera de repararlos; estaban tan destrozados como su sueño de alcanzar la paz.

Hamuul cerró los ojos y se puso de pie vacilante una vez más; acto seguido, alzó las manos al cielo implorando ayuda. Esta vino en forma de búho, que ululaba tranquilamente en una rama cercana. A continuación, el tauren revolvió en sus bolsas en busca de un trozo de pergamino. Después, escribió un breve mensaje con su propia sangre, pues el tintero que había traído consigo se había roto en medio del combate. Luego, lo ató alrededor de una de las patas del búho. El animal le lanzó una mirada iracunda a Hamuul con sus ojos titilantes, y si bien se resistía y no paraba de mover la cabeza, acabó acostumbrándose a aquella extraña sensación que sentía en su pata.

Al instante, Hamuul le susurró el nombre de Cairne y pensó en el anciano cabecilla hasta que se formó una imagen clara de él en su mente. En cuanto estuvo seguro de que el búho iba a obedecer su petición, lo liberó dándole su bendición. De inmediato, el pájaro voló en dirección sudoeste.

Hacia Thunder Bluff.

Entonces, cerró los ojos aliviado y agradecido. A continuación, se dejó caer al suelo, permitiendo así que la tierra lo acogiera en su seno un instante. O para siempre. Eso no lo sabía.

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2 comentarios

    • yoixander en 12 octubre, 2019 a las 8:26 am
    • Responder

    porque no me deja entrar a wow

    1. Escribe a wow@jovenclub.cu, ese es el correo oficial de los admins de JC

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