Devastación: Preludio al Cataclismo – Capítulo Dieciocho

Devastación: Preludio al CataclismoLas semanas parecían avanzar a rastras. Varían había insistido en que Anduin se quedara en Ironforge.

— Ahora tienes la oportunidad de ayudar a Ironforge —le había dicho su padre. — Has hecho algunos buenos amigos ahí. Y el hecho de que el príncipe de Stormwind permanezca en la ciudad durante este periodo tan difícil transmite un claro mensaje a los enanos sobre lo mucho que los apreciamos. Sé que, ahora mismo, no es un lugar muy agradable en el que estar, pero tampoco lo será todo lo que tengas que hacer como rey.

Anduin había aceptado la sugerencia de su padre y regresado a Ironforge una hora después de haber tenido lugar esta conversación.

Sabía que su padre tenía razón, y quería ayudar.

Aun así, era consciente de que sería mejor para todos que Muradin o Brann sucedieran en el cargo a su hermano, que este ya no podía desempeñar tras su trágico final.

Esperaba que el asunto de la sucesión se solucionara pronto.

Siguió hablando con Rohan y entrenando con diversos miembros de la guardia personal de Magni. Un día que se encontraba con el sumo sacerdote, Wyll se presentó ante él cojeando levemente y jadeando por la carrera para pedirle que lo acompañara con premura.

— ¡Alteza! ¡Venga! ¡Rápido! Anduin se puso de pie al instante.

— ¿Qué sucede? ¿Qué ocurre?

— No no estoy seguro —respondió entre jadeos el anciano sirviente.

— Requieren la presencia de ambos… en el Trono…

Rohan y Anduin se miraron, se levantaron y abandonaron el lugar a toda prisa.

Anduin se preguntaba si Muradin o Brann habrían llegado al fin para asumir el liderazgo de Ironforge. Si bien el mero hecho de pensar que el peliagudo asunto de la sucesión pudiera estar ya resuelto lo llenaba de alivio, sintió al mismo tiempo cierto pesar por las circunstancias que habían hecho necesario un relevo en el trono. Aun así, Magni habría querido que lo sucediera alguno de sus hermanos. No obstante, tuvo que reprimir las ganas de salir corriendo en dirección al Trono.

Sin embargo, en cuanto dobló la esquina, no pudo evitar acelerar el ritmo; recorrió los últimos metros a paso ligero.

Entonces, se detuvo como pudo, incapaz de creer lo que veían sus ojos.

Ni Muradin, ni Brann Bronzebeard habían respondido a las peticiones de que regresaran a Ironforge para asumir la corona, sino que otro Barba-bronce había respondido a la llamada.

El Consejero Belgrum se encontraba ahí de pie como si él también se hubiera transformado en una estatua de diamante al igual que Magni; la única diferencia entre ambos consistía en que parecía que los ojos se le iban a salir de sus órbitas. Los guardias que siempre habían escoltado de cerca a Magni Bronzebeard ahora se apiñaban a un lado de aquella sala, con gesto de confusión y angustia dibujado en sus semblantes. Unos enanos de largas barbas negras y cuya piel era tan gris como sus armaduras, armados hasta los dientes, ocupaban ahora sus puestos. Sin embargo, Anduin sólo posó la mirada fugazmente sobre ellos, ya que se quedó mirando fijamente a la joven enana que protegían.

Era muy hermosa, y llevaba su melena pelirroja recogida elegantemente en unos rodetes a ambos lados de la cabeza. Iba ataviada con ropas elegantes pero un tanto pasadas de moda y sostenía a un bebé sobre su regazo. Si bien Anduin estaba seguro de que no la había visto antes, le resultaba extrañamente familiar.

Asimismo, estaba sentada en el trono de Magni Bronzebeard.

— Ah, Sumo Sacerdote Rohan —dijo aquella desconocida con una voz meliflua, al tiempo que sonreía gentilmente. — Cuánto me alegro de volverá verte. Este joven humano debe de ser el príncipe Anduin Wrynn. Has sido muy cortés al haberte presentado ante mí con tanta premura. Es obvio que tu padre hizo un excelente trabajo al enseñarte modales. Oh, me temo que no hemos sido presentados como es debido, ¿verdad?

Su sonrisa se hizo más amplia, y sus ojos centellearon levemente cuando se presentó.

— Soy la reina Moira Bronzebeard.

Anduin no podía creer lo que estaba escuchando y viendo. Pero ahora que Moira había anunciado su nombre, veía el parecido que tenía con su padre. Entonces, entendió por qué nadie se había opuesto a ella pese a que se había presentado acompañada por varios enanos cuyos ojos relucientes y cuya piel gris indicaba, sin lugar a dudas, que eran Dark Iron. Estaba legitimada a reclamar el Trono; era la única heredera viva aparte de su hijo, que era el siguiente en la línea sucesoria. Nadie podía hacer nada al respecto.

Además, ¿de verdad habrían querido hacer algo al respecto?, se preguntó Anduin después de superar la conmoción. Al fin y al cabo, se trataba de la hija de Magni. Un Bronzebeard volvía a sentarse en el Trono de Ironforge. En esos momentos, Anduin recobró la compostura e hizo una reverencia no demasiado profunda, tal como cabía esperar que saludara un príncipe a alguien de su mismo rango.

Si bien era heredera al Trono, todavía no había sido coronada reina, a pesar de lo que ella misma había dicho. Hasta entonces, era una princesa y, por tanto, su igual.

Moira arqueó una ceja pelirroja e inclinó levemente la cabeza, pero no hizo una reverencia. Con ese gesto, le transmitió a Anduin todo cuanto este necesitaba saber.

— Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que estuve entre estas paredes —afirmó. — Mi padre cometió una necedad al dejar que ciertos desacuerdos se interpusieran entre nosotros. Me casé con un emperador, lo cual no supone ninguna deshonra para la dinastía Bronzebeard. Este niño, Dragan Thaurissan, llamado así por su padre, es el nieto de Magni Bronzebeard, y el heredero de dos reinos.

Tras decir esto, meció al niño que sostenía entre los brazos, y una sonrisa de genuino amor suavizó las facciones de su frío y calculador semblante.

— Después de tanto tiempo, este crío unirá a dos pueblos orgullosos, los Dark Iron y los Bronzebeard.

Acto seguido, alzó la vista, y aquel leve atisbo de cariño y amor maternal que se había dibujado en su rostro se vio inmediatamente reemplazado por una expresión encantadora cargada de falsedad y astucia. Entonces, añadió:

— ¿No es maravilloso, Rohan? Eres un enano de paz, un sacerdote de la Luz. ¡Seguramente vas a celebrar esta era de cuyo nacimiento vas a ser testigo!

Rohan replicó con suma educación:

— En efecto, alteza. Me…

— Majestad —le interrumpió, esbozando de nuevo aquella sonrisa gélida. Anduin notó que un escalofrío le recorría la espalda.

Rohan titubeó el tiempo suficiente para que quedara claro que no estaba de acuerdo con que Moira utilizara ese título.

— Majestad, la paz es una meta por la que merece la pena luchar.

Al parecer, el anciano sacerdote también dominaba el arte de la política. Acababa de dar una réplica astuta y ladina.

Moira se volvió para mirar a Anduin y, al instante, esbozó una sonrisa aún más amplia. El príncipe pensó que aquella enana le recordaba a una zorra a punto de abalanzarse sobre un conejo.

— Ah, Anduin —le dijo casi ronroneando. — Estoy segura de que vamos a ser grandes amigos. Resulta realmente extraordinario que dos hijos de la realeza coincidamos al mismo tiempo en Ironforge.

Tengo mucho interés en llegar a conocerte. Deberías quedarte una temporada, para que podamos conocemos a fondo.

— Mi padre me pidió que me quedara en Ironforge hasta que dieran con el heredero legítimo al Trono —replicó Anduin, manteniendo en todo momento un tono de voz comedido y educado; por otra parte, estaba diciendo la verdad. — Ahora que este asunto tan solemne ya ha sido resucito, he de volver a mi hogar, donde he de cumplir con mis deberes como príncipe.

Esta última afirmación también era cierta. Pero lo que sugería entre líneas, que su padre había ordenado que volviera a casa, era pura invención.

No obstante, la sonrisa dibujada en los labios de Moira permaneció inalterable.

— Oh, no. Si te vas, me decepcionarías. Estoy segura de que tu padre lo entenderá.

— Creo que…

Entonces, la enana alzó una mano de manera imperiosa y dijo:

— No se hable más, príncipe Anduin. Eres mi invitado, y no partirás hacia Stormwind hasta que no hayamos disfrutado de nuestra mutua compañía durante largo tiempo.

Acto seguido, sonrió y asintió, como si hubieran sellado un acuerdo inamovible entre ambos.

Entonces, Anduin sintió un nudo en el estómago y se percató de que no tenía ni voz ni voto al respecto.

A continuación, el príncipe humano masculló algo cortés y halagador, y la reina enana le indicó con un gesto de su mano que podía retirarse. Belgrum y Rohan abandonaron la estancia acompañados por un Anduin aturdido por lo que acababa de ocurrir.

— ¿Acabo de presenciar un… golpe de Estado? —preguntó en voz extremadamente baja.

— No. Moira ha actuado conforme a la ley —aseveró Belgrum. — Si no hay heredero varón, la legítima heredera tiene derecho a reclamar el Imno. Moira está por delante de Muradin y Brann en la línea sucesoria, puesto que es la heredera directa. De modo que no puede tratarse de un golpe de Estado si tiene derecho a reclamar el trono.

— Pero… ella y Magni se habían distanciado muchísimo y ya no se hablaban. Además, ¡se trata de enanos Dark Iron! —exclamó Anduin mientras se esforzaba por encontrarle un sentido a todo lo que acababa de ocurrir.

— Bueno, Magni nunca la desheredó, muchacho —replicó Rohan. — Siempre quiso que regresara a su hogar. Aunque… bueno, eso ya es agua pasada. Estoy seguro de que se encolerizaría si pudiera ver que los Dark Iron han entrado en su ciudad. Con todo, son nuestros primos… Tal vez esto acabe siendo para bi…

Se detuvo a media palabra. Acababan de abandonar el Trono y se habían adentrado en la zona de la Gran Fundición. La fundición había vuelto a funcionar poco después del funeral de Magni. Y por encima de ella, los grifos solían surcar el ciclo para entrar y salir de Ironforge.

Pero en ese instante… no se los divisaba por ninguna parte.

Lo mismo sucedía con los maestros de vuelo. Lo único que quedaba en aquel lugar, donde varios grifos solían aguardar antaño a los jinetes para transportarlos a diversos lugares de los Reinos del Este, eran las alcándaras vacías recubiertas con paja. Anduin lanzó una mirada a su alrededor y vio una cola amarilla, que formaba parte de los cuartos traseros de un león que desaparecía en dirección a las puertas. Sin pensarlo dos veces, echó a correr, ignorando los gritos que le rogaban que se detuviera.

De inmediato, se topó con un maestro de vuelo y uno de los grifos que justo se disponían a abrirse paso hacia la gelidez de un exterior cubierto de nieve.

— ¡Gryth! —exclamó, al tiempo que apoyaba una mano en los amplios hombros del enano. — ¿Qué sucede? ¿Dónde se han metido los grifos?

Gryth Thurden se giró hacia Anduin y lo contempló con el ceño fruncido.

— ¡Será mejor que no te acerques mucho si no quieres enfermar, muchacho!

Normalmente, ese tipo de advertencia despertaría una honda preocupación en cualquiera, pero tal como Gryth la había dicho, con tanto sarcasmo, parecía más un chiste malo.

— ¿Qué? —Anduin no estaba seguro de si se le estaba tomando el pelo, y miró con recelo al grifo. — Bueno, este bicho parece tener un ala lastimada, pero no parece enfermo…

— ¡Oh, no, no, están todos muy enfermos! —exclamó Gryth, poniendo los ojos en blanco. — Al menos, eso es lo que esos matones Dark Iron de la nueva reina nos han dicho. Al parecer, todos están muy malitos. ¡Y es contagioso! Nadie está a salvo… ¡nadie! ¡Ni los enanos, ni los humanos, ni los elfos, ni siquiera los draenei que no son de este mundo! ¡Es una enfermedad terrible! Los grifos tendrán que permanecer varios meses en cuarentena. Ninguno entrará ni saldrá volando de la ciudad. Este en concreto, como no le caen nada bien los Dark Iron, le ha pegado un mordisco a uno de ellos. Y por eso tiene lastimada un ala, por meterse en líos. Los demás ya han volado a sus nuevos corrales. Sólo la Luz sabe cuándo podrán regresar aquí para volar.

— ¡Sabes perfectamente que eso no es verdad! —le espetó Anduin.

Gryth se giró lentamente hacia él.

— ¡Claro que no es verdad! —replicó, con un tono de voz grave cargado de furia. — Y esa pretendiente al trono es una necia si cree que nos lo vamos a creer. Pero ¿qué puedo hacer? Moira no quiere que los grifos vuelen, y esos malnacidos de los Dark Iron amenazaron con matar a esta bestia ahí mismo en cuanto se me ocurrió protestar. Prefiero que estos animales sigan vivos, aunque deban permanecer en tierra por un tiempo, a que los maten. Ya volverán las cosas a su cauce, lo cual sucederá pronto, si la Luz quiere.

Anduin observó cómo jinete y montura seguían recorriendo el camino que llevaba a Ironforge. Y se preguntó de manera distraída si los animales simplemente iban a permanecer en cuarentena o si los iban a matar. A continuación, se pasó una temblorosa mano por la frente, empapada de sudor pese al gélido aire que provenía del exterior.

Belgrum y Roban ya le habían dado alcance. Parecían inquietos.

Otro ser los acompañaba, un gnomo con una expresión muy sombría.

— Van a poner en cuarentena a los grifos —les informó Anduin presa del desánimo, volviéndose hacia ellos. — Por lo visto, están bastante enfermos, y el mal que padecen es contagioso.

— ¿Ah, sí? —replicó Rohan, frunciendo el ceño. — Entonces, a lo mejor también ha sido un grifo enfermo el que ha saboteado el Tranvía Subterráneo, ¿no?

— ¿Qué? —preguntó Anduin, quien sufría temblores y se frotaba el0 cuerpo con ambas manos para entrar en calor.

Estaba bastante seguro de que temblaba sólo de frío, o, al menos, eso esperaba. A continuación, volvieron al interior de la ciudad.

El gnomo fue el primero en hablar.

— El tranvía ha sido declarado un medio de transporte muy poco seguro y se ha ordenado su clausura hasta que pueda ser reparado.

— ¡Pero eso no es cierto! ¡Está perfectamente! Trabajo en el tranvía a diario. Si algo tallase, ¡lo sabría!

— El tranvía ya no es un medio de transporte fiable y los grifos han enfermado resumió Anduin, entornando los ojos. — Ya no hay forma de salir de la ciudad…

Rohan frunció el ceño.

— A esa conclusión ya hemos llegado todos. Pero hay otras maneras de…

— ¿Qué crees que estás haciendo, pedazo de animal? —se escuchó gritar a una gnoma de voz aguda y estridente.

— ¡Un poco de respeto! —se oyó exclamar a otro gnomo. — ¡Somos unos ciudadanos ejemplares, y muy respetables!

Ambas voces le resultaban muy familiares a Anduin. Intercambió unas miradas plagadas de inquietud con sus amigos, y al unísono aceleraron el paso para acercarse a los gnomos.

Cuatro enanos Dark Iron sostenían con firmeza de los brazos a dos gnomos, que se retorcían mientras protestaban y expresaban su consternación a voz en grito.

— Son Bink y Dink —dedujo Anduin, recordando a aquella pareja de hermanos magos.

— ¡Suéltenlos! —se oyó exclamar a alguien que formaba parte de un grupo de guardias de Ironforge, que se aproximaban a ellos corriendo armados con hachas y escudos.

— Son órdenes de Su Majestad —les espetó uno de los Dark Iron. — No sufrirán ningún daño.

Si bien aquel enano Dark Iron tenía una voz grave y siniestra, Anduin enseguida adivinó, por el tono de voz que había empleado, que estaba mintiendo.

— Sólo nos los llevamos para interrogarlos sobre ciertos asuntos un tanto sospechosos, nada más —añadió.

Eso no era cierto, y Anduin lo sabía. Los arrestaban porque eran magos… y los magos eran capaces de crear portales por los que se podía huir de Ironforge. Y como Moira no quería que nadie abandonara Ironforge…

— No es nuestra reina, aún no —dijo uno de los guardias, con un tono de voz sereno aunque amenazante. — Suéltenlos.

Entonces, a modo de respuesta, el Dark Iron que había hablado en un principio lanzó a Dink a otro de sus compañeros, desenvainó su espada y atacó.

Todo sucedió muy rápido. Los Dark Iron y los Bronzebeard parecieron surgir por todas partes. De inmediato, el resentimiento que había entre ambos clanes de enanos, el miedo y la ira alcanzaron su punto álgido al mismo tiempo. El impacto del martillo al estrellarse contra el yunque ya no era el ruido preponderante en el ambiente, sino los gritos de furia y el estruendo del choque del acero contra el acero. Anduin hizo ademán de sumarse a la lucha, pero, entonces, unas manos vigorosas le agarraron del brazo y tiraron de él.

— ¡No, muchacho! ¡Este asunto compete sólo a los enanos! —gritó Rohan.

Se dirigió hacia los guerreros con los brazos en alto y rezando con gran serenidad.

A continuación, alguien vociferó:

— ¡Deteneos! ¡Ironforge no volverá a ver cómo los enanos pelean entre sí nunca más! ¡Parad, guardias de Ironforge! ¡Parad! Aquella voz de fuerte acento, que estaba acostumbrada a ser obedecida, pertenecía, por fortuna, a Angus Stonehammer, el capitán de la guardia de Ironforge. En esos momentos, encabezaba un grupo de guardias de miradas duras e iracundas, dispuestos a entrar en combate.

Aquellos guardias estaban muy bien adiestrados, y les llevó apenas unos segundos obedecer a su jefe. Dejaron de atacar y retrocedieron para adoptar una posición defensiva. Los Dark Iron siguieron atacando unos instantes más, pero, al final, ellos también desistieron.

Se habían olvidado de los gnomos en medio de la confusión, y estos habían ido corriendo hacia Anduin y Belgrum, a quienes se aferraban aterrorizados. Rohan enseguida se acercó para atender a los heridos. Anduin comprobó que muchos habían sufrido heridas, tanto Bronzebeards como Dark Iron, y algunos estaban heridos de gravedad. A pesar del calor que hacía en ese lugar, un escalofrío lo recorrió por entero, y no pudo evitar preguntarse si estaba presenciando las primeras escaramuzas de una segunda guerra civil enana.

— ¡Guardias! —bramó el capitán. — Moira es la heredera al trono hasta que, o a menos que, aparezca un pretendiente al trono con más legitimidad que ella. ¡La respetaran, a ella y a aquellos que ha escogido para protegerla! ¿Lo han entendido?

Al instante, se oyó un coro de murmullos que decían «sí», aunque algunos de ellos a regañadientes.

— ¡Ustedes! exclamó Stonehammer, al tiempo que señalaba con un dedo rechoncho a los Dark Iron. — No pueden arrestar a ciudadanos modélicos y llevároslos sin más. Hay que respetar la ley.

Estoy seguro de que ni siquiera han presentado ningún cargo contra esos gnomos. Nosotros protegemos a la gente de Ironforge y hacemos cumplir la ley… ¡con independencia de quién ocupe el trono!

La inquietud invadió a los Dark Iron. Anduin esbozó una sonrisa amarga a pesar de que albergaba todavía alguna esperanza. Una cosa era clausurar el tranvía, o matar o amenazar con matar animales para mantener así Ironforge aislada, y otra muy distinta, encarcelar a sus ciudadanos sin ningún motivo y sin seguir el procedimiento legal preceptivo. Si bien Moira podría haber culminado ya gran parte de sus planes, y Anduin sospechaba que el correo y demás medios de comunicación con el mundo exterior también iban a ser bloqueados, si no lo estaban ya, no había contado con las agallas y la voluntad de hierro de los enanos de Ironforge.

Aunque los Dark Iron profirieron gruñidos y lanzaron miradas iracundas a los gnomos, acabaron asintiendo.

— Si quieren que respetemos la ley, la respetaremos —les espetó uno de ellos. — Obedecemos la legalidad porque Su Majestad es la legítima heredera. Pronto descubrirán lo que implica realmente esa afirmación.

Acto seguido, escupió a los pies de los otros enanos y, a continuación, él y sus compañeros se dieron la vuelta y se marcharon. Anduin los observó alejarse. Si bien debería haberse sentido aliviado, no fue así. Aquel conflicto estaba todavía muy, muy lejos de resolverse, y se temía que antes de que todo hubiera quedado resuelto, la sangre enana iba a fluir por Ironforge al igual que el metal fundido fluía por la fundición: con total libertad y en grandes cantidades.

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