Devastación: Preludio al Cataclismo – Capítulo Diecinueve

Devastación: Preludio al CataclismoThrall se inclinó hacia delante y rascó el largo cuello de color beige del talbuk sobre el que iba montado. Si bien el animal movió la cabeza de placer, permanecía muy atento a las indicaciones de su jinete, pues estaba dispuesto a llevar a Thrall a cualquier lugar al que quisiera ir. El líder de la Horda había ido a aquel sitio para aprender cosas nuevas, y ya lo estaba haciendo al ir montado a horcajadas de una especie animal que hasta entonces sólo había visto fugazmente.

Los Mag’har todavía cabalgaban a lomos de lobos, como la mayoría de orcos, pero tenían mucho aprecio por los talbuks, unas criaturas muy especiales que únicamente unos pocos elegidos podían montar.

El talbuk de Aggra era de un color azul muy hermoso, y parecía más vigoroso y enérgico. El de Thrall era, tal como la orco lo había descrito antes, «una montura idónea para los aprendices como tú, Go’el». Otro desaire más de alguien que parecía disfrutar del hecho de poder insultarlo en su justa medida. Thrall consideraba a Aggra una prueba más que tenía que superar por el bien de su pueblo.

Le caía bien el talbuk que le había tocado, que se llamaba Shuk’sar, y no tenía ninguna queja al respecto. Cabalgar a lomos de aquellas bestias resultaba bastante más incómodo que a lomos de un lobo, pero se iba acostumbrando poco a poco.

— Nagrand ha tenido mucha suerte. No ha sufrido tanto como otras partes de Draenor —le comentó Aggra mientras se detenían a beber agua en un pequeño estanque cercano asombrosamente limpio. — Otros sitios habían quedado destrozados y severamente arrasados.

Hacemos lo que podemos para seguir aprendiendo y ayudar otros a que asistan a los elementos en otros lugares. Aunque estas tierras no volverán a ser las mismas, se recuperarán tanto como sea posible.

— Me pregunto si mi mundo será capaz de seguir siendo tal como era —dijo Thrall. — Antes has mencionado un lugar llamado el Trono de los Elementos, ¿verdad?

Aggra asintió.

— Cuando pedimos ayuda a los elementos para que actúen y cumplan nuestra voluntad, contactamos con los espíritus de esos elementos, los espíritus de la Tierra, el Aire, el Fuego y el Agua.

Thrall movió afirmativamente la cabeza, aunque de un modo un tanto impaciente.

— Lo sé. Esa fue una de las primeras lecciones que me enseñó Drek’Thar.

— ¿Eh? Ah, bueno. Sólo quería asegurarme de que lo sabías. Al fin y al cabo, ignoro hasta qué punto tus conocimientos son rudimentarios o no —replicó Aggra mientras esbozaba una sonrisa dulce y falsa al mismo tiempo.

El líder de la Horda apretó con fuerza los dientes para contenerse y evitar así darle una respuesta contundente.

— Geyah comentó algo acerca de que los elementos tienen nombres en este lugar —dijo Thrall. — En Azeroth, si un elemento posee nombre propio, eso suele indicar que se trata de un elemento especialmente poderoso. ¿Qué tipo de función desempeñan aquí estos seres?

— Buena pregunta —contestó Aggra, aunque hizo ese halago a regañadientes. — A estos seres los llaman las Furias. Son unos elementales tremendamente poderosos, pero no son más que una mera fracción de la tierra, o el agua, como lo puede ser un puñado de tierra o una gota de agua. Es un concepto bastante complejo que cuesta asimilar.

Thrall dejó escapar un suspiro.

— Puedes pensar lo que quieras de mí, pero no creas que carezco de inteligencia, Aggra. Tus continuos insultos acabarán por minar nuestra relación como maestra y alumno, de modo que tú no podrás enseñarme y yo no podré aprender de ti, y ninguno de los dos quiere que eso suceda.

La joven orco entornó los ojos y se le hincharon las fosas nasales presa de la ira. En ese instante, Thrall supo que le había dado donde más le dolía con ese comentario. A continuación, la robusta mandíbula de Aggra se tensó al replicar:

— No. No eres estúpido, Go’el. Cuestiono las opciones, las decisiones que has tomado, pero sé que hay un cerebro dentro de esa cabezota.

— Entonces, por favor, enséñame como si tuviese la capacidad de aprender. Así iré mucho más rápido y podré regresar antes a casa.

Estoy seguro de que esto último lo deseamos ambos.

— Es cierto —convino con franqueza. — Si has comprendido lo que te he estado explicando…

— Así es —afirmó Thrall, haciendo un gran esfuerzo por mantener las formas.

— … entonces será mejor que aprovechemos el día para alejamos de Nagrand. Te enseñaré otras zonas de Outland. Te mostraré a elementales de agua emponzoñados y a elementos de la tierra corruptos. Podrás intentar hablar con ellos, o entablar batalla con ellos, porque harán caso omiso a tus llamadas, para ver qué te parecen.

— Ya me he enfrentado a elementales corruptos y emponzoñados en otras ocasiones —replicó Thrall mientras asentía con la cabeza.

— Muy bien. Tal vez encuentres algo que te resulte familiar en el mal que lo asola que pueda ayudarte a sanar Azeroth.

El líder de la Horda parpadeó. Cuando su voz no estaba cargada de sarcasmo o desprecio, era ronca y, al mismo tiempo, melodiosa. Y su rostro, cuando no fruncía el ceño, poseía una belleza serena que le recordaba mucho a Geyah. Era una pena que se hubiera empeñado en que él debía caerle mal, pues le habría gustado que lo acompañara cuando regresara a Azeroth con el fin de valerse de sus extraordinarias habilidades para ayudar tanto a la Horda como a Azeroth. Sin embargo, mientras iba meditando al respecto, Aggra pareció recordar lo mucho que detestaba a Thrall, y frunció el ceño.

A continuación, chasqueó la lengua y obligó a girar la cabeza a su talbuk con un vigor innecesario y, acto seguido, se dirigieron al sur.

— Vamos, Go’el —le ordenó. — Cabalgaremos hasta el fin del mundo.

— Todo está cambiando dijo el archidruida Hamuul Runetotem.

A continuación, se sentó tranquilamente junto a Cairne en los alrededores de Thunder Bluff, en una zona conocida como Roca Roja. Aquel promontorio de piedras protuberantes de color óxido era considerado un lugar sagrado para los ancestros de los tauren. Cairne solía ir allí cuando necesitaba pensar con calma.

Por tanto, había acudido a Roca Roja bastante a menudo desde la partida de Thrall.

— Estoy de acuerdo —replicó Cairne. — En cuanto Garrosh propuso reconstruir Orgrimmar nada más marchar Thrall en vez de preparar una invasión de cualquier otro pueblo o reino, me sentí plenamente satisfecho. Lo elogié por haber tomado esa decisión. Le dije que acababa de demostrar que era un líder que se preocupaba por el bienestar de su pueblo, y no un orco al que sólo le importaba su gloria personal.

Entonces, Cairne resopló y, acto seguido, prosiguió:

— Aunque ahora, tras ver cómo ha invertido el dinero de la reconstrucción, ya no lo tengo tan claro.

Con ese comentario, el gran jefe tauren estaba haciendo una velada referencia a que si bien Orgrimmar había sido reconstruida, estaba prácticamente irreconocible. Todos los edificios dañados habían sido reemplazados, pero los nuevos ya no tenían tejados de madera, de paja o de pieles. Escudándose en la necesidad de mantener a salvo a Orgrimmar de futuros incendios, Garrosh había encargado que se utilizaran metales en vez de materiales combustibles.

En teoría, era una decisión bastante razonable. En la práctica, sin embargo, cualquiera podía sentir un escalofrío al contemplar los nuevos edificios de la capital, como le había sucedido a Cairne en su momento, y comprobar que la nueva arquitectura se asemejaba muchísimo a la arquitectura orca de antaño. Si bien el tauren nunca había viajado a Draenor, sí había visto cuadros y dibujos de la Ciudadela del Fuego Infernal y de algunos otros edificios creados por los orcos cuando estaban dominados por la sed de sangre demoníaca. Se trataba de unas estructuras de Dark Iron que conformaban unos edificios de contornos protuberantes y puntiagudos y de aspecto muy agresivo, que eran muy prácticos pero muy poco acogedores. Ahora uno se podía imaginar que dentro de la ciudad capitalina de la Horda se escondían instrumentos de tortura en vez de las tiendas, los colmados y demás que esos edificios albergaban en realidad.

Cairne había abandonado Thunder Bluff para instalarse en Orgrimmar tras la marcha de Thrall para que el nuevo y joven líder que este había designado, en contra de la opinión del tauren, pudiera contar con él. Cairne había elegido como regente de su pueblo en su ausencia a su hijo, Baine, un gran guerrero que, al igual que su padre, poseía una extraordinaria templanza, el cual no había tenido que enfrentarse a ninguna dificultad especial mientras su progenitor se encontraba fuera.

A medida que pasaba el tiempo, Cairne se fue dando cuenta de que su consejo, lejos de ser bienvenido, era casi siempre ignorado.

Mientras observaba cómo la nueva arquitectura de aspecto hostil reemplazaba a ia anterior, se percató de que no debía seguir más tiempo en aquel lugar. Entonces, solicitó una audiencia con Garrosh para explicarle su intención de regresar a Thunder Bluff, y la reacción de este lo sorprendió.

Había esperado que mostrara alivio o indiferencia ante su marcha.

Sin embargo, Garrosh se había levantado del trono y acercado a él para decirle:

— En su día, combatimos mano a mano en Northrend.

— Así es —admitió Cairne.

— Y sé que ni siquiera entonces estuviste de acuerdo con muchas de mis decisiones.

Cairne lo observó fijamente un instante.

— Ambas afirmaciones son ciertas, Garrosh. Pero me temo que sigo estando en desacuerdo con muchas de tus decisiones y eso me impide desempeñar el cargo de consejero con la diligencia debida.

— Pero… Thrall me ha confiado el liderazgo de la Horda. Él es un símbolo para ella, al igual que tú. Si bien no deseo ofenderte, he de tomar mis propias decisiones. Y seguiré haciéndolo. Haré lo que crea que es mejor para el honor y la gloria de la Horda… y para su bienestar.

A Cairne le gustaron aquellas palabras. Y estaba dispuesto a creer que Garrosh las decía convencido. Sin embargo, conocía a Garrosh quizá incluso mejor que el propio orco se conocía a sí mismo.

Cairne había conocido a Grom, y a innumerables jóvenes impetuosos, y había sido testigo de cómo muchos de ellos habían tenido un final sumamente violento y, muy a menudo, absurdo. No deseaba que Garrosh engrosara sus filas y, lo que podría ser aún peor, que arrastrara a la Horda consigo.

No obstante, no tenía sentido que él se quedara en la capital, puesto que Garrosh acabaría haciendo exactamente lo que quisiese. Si deseaba recibir los consejos de Cairne, ya encontraría la manera de pedírselos sin que su orgullo sufriera. Además, el tauren tampoco haría nada para que Garrosh se sintiera herido en su orgullo.

Cairne hizo una reverencia cortés, y Garrosh respondió con otra aún más profunda. Acto seguido, el tauren regresó a Thunder Bluff.

Los Kor’kron, los guardias de élite que siempre se hallaban cerca del líder y normalmente se mantenían en un segundo plano, lo habían acompañado hasta la salida. Cairne siempre había pensado que eran sumamente leales a Thrall porque este había sido el artífice de la reconstrucción de la Horda. Aunque, al parecer, si bien su lealtad a la Horda seguía intacta, esta se centraba no en un individuo en particular sino en la persona que desempeñara el cargo de líder de la Horda en ese momento. Cairne estuvo atento por si les escuchaba protestar en voz baja o lamentarse de la nueva política que regía la Horda, al menos en Orgrimmar, pero no oyó nada de eso. De hecho, si circulaban algunos comentarios entre susurros y murmullos, probablemente eran de aprobación ante la actitud de recuperar las viejas costumbres de los viejos días de gloria con la que Garrosh lideraba ahora la Horda.

— No he vuelto a ver Orgrimmar desde que se iniciaron las obras de reconstrucción, y no tengo ningún deseo de verla —masculló Hamuul Runetotem, trayendo con ese comentario a Cairne de vuelta al presente. — De todos modos, viejo amigo, no creo que me hayas convocado aquí para hablar de arquitectura.

Cairne se rió entre dientes.

— No, esa no es la razón. Estás en lo cierto. Sólo quería saber cómo avanzan las negociaciones con tus contactos kaldorei del Círculo Cenarion.

Cuando se celebraron los festejos en honor a los veteranos que regresaban de la guerra, el tauren había sugerido que debían restablecer reía ciones con los elfos de la noche a través del Círculo, una institución en la que ambas razas participaban. Sin embargo, Garrosh había reaccionado violentamente ante tal sugerencia, y Thrall había tenido que calmarlo. De modo que, oficialmente, aquella idea había quedado descartada.

No obstante, extraoficialmente, Thrall había dado permiso a Hamuulpara hacer lo que creyera necesario en beneficio de la Horda. Por eso, el archidruida había estado enviando en secreto cartas, mensajeros e incluso representantes al Círculo a lo largo de los últimos meses.

— Sorprendentemente bien, dadas las circunstancias —contestó Hamuul. — En un principio, llevó bastante tiempo conseguir que los kaldorei respondieran, puesto que estaban bastante enfadados.

— Como nosotros.

— Se lo expliqué y, por suerte, hay algunos entre ellos que todavía me consideran su amigo y me creyeron. Ha sido una negociación muy lenta, Cairne. Mucho más lenta de lo que me hubiera gustado, más lenta de lo que juzgué necesario. Pero todo lleva su tiempo. No quería celebrar un encuentro antes de lo debido por lo que pudiera pasar, pero ahora parece ser que los kaldorei están dispuestos a participar en una reunión.

— ¡Con esta noticia has hecho feliz a un viejo toro! —exclamó Cairne con el corazón desbocado. — Me alegra saber que aún hay gente que escucha los susurros de la razón en vez de los gritos de la violencia.

— Resulta mucho más fácil escuchar esos susurros en el Claro de la Luna — apostilló Hamuul.

El tauren asintió.

— ¿Cuándo y dónde se celebrará esa reunión? —preguntó Cairne.

— En Vallefresno. Tendré que intercambiar unas cuantas misivas más con ellos durante unos días, y supongo que se fijará para poco después.

— ¿En Vallefresno? ¿Y por qué no en el Claro de la Luna?

— Remulos no quiere involucrarse en esta clase de asuntos — respondió Hamuul.

Remulos era uno de los hijos del semidiós Cenarius, quien había enseñado a ser un druida a Malfurion Tempestira. Remulos era un ser muy poderoso y hermoso, un cruce entre un elfo de la noche y un venado, cuyo pelo y barba estaban hechos de musgo, y que tenía unas frondosas garras de madera por manos.

— Si bien no puede impedir que surjan discusiones de vez en cuando, no está dispuesto a que unos temas polémicos se debatan en el Claro de la Luna sin contar con su bendición. No obstante, si la primera reunión da los frutos deseados, Remulos ha prometido que permitirá que se celebre una segunda reunión en el Claro de la Luna.

— Eso sería estupendo —afirmó Caine. — En estos momentos, Vallefresno es un lugar demasiado conflictivo e inestable para mi gusto. Acudirás a la reunión, supongo.

— Así es. Presidiré la reunión junto a una archidruida que es, básicamente, mi homologa kaldorei.

— Llévate a algunos de mis guerreros como protección —le instó Cairne.

— No —contestó Hamuul, negando con la cabeza con firmeza. — No le daré a nadie una excusa para que empuñe las armas y pueda echarme en cara que me he presentado buscando lo mismo. Las únicas armas que estarán presentes en la reunión serán las garras, los dientes y las zarpas que todos poseemos bajo nuestras formas bestiales. Mi contrapartida en los kaldorei se ha mostrado de acuerdo. Aquellos que van en son de paz no deberían portar ninguna espada.

— Hum —rezongó Cairne, a la vez que se acariciaba la barba. — Tienes razón en lo que dices, aunque me gustaría que las cosas fueran de otra manera. Aun así, si alguien quiere atacarte cuando adoptes tu forma de oso, pobre de él; no saldrá victorioso.

Hamuul se rió entre dientes.

— Espero que no tengamos que comprobarlo. Tendré cuidado, Cairne. Hay mucho más en juego en esta reunión que mi humilde vida. Todos somos conscientes de lo que nos arriesgamos, y creemos que merece la pena.

Cairne asintió y extendió los brazos, señalando así al territorio sagrado que tenían ante ellos.

— Espero que, después de esa reunión, no tenga que venir aquí como un espíritu para poder hablar contigo.

Al escuchar ese comentario, Hamuul echó la cabeza hacia atrás y es talló en carcajadas.

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