Devastación: Preludio al Cataclismo – Segunda Parte… Y el mundo se quebrará –  Capítulo Diecisiete

Devastación: Preludio al CataclismoAggra corría sobre el lago Son Celeste, y sus pies descalzos de color marrón chapoteaban con ligereza sobre la superficie del agua.

Normalmente, caminaba para disfrutar de las sensaciones que transmitía este lugar lleno de poder, pero había salido corriendo en cuanto el viento le había susurrado al oído, hacía sólo unos instantes, estas palabras de la abuela Geyah: Ven, niña, tengo una noticia que darte.

A pesar de la dulzura con que se habían pronunciado estas palabras, era un llamamiento que Aggra se apresuró a obedecer. Había acudido al Trono de los Elementos para sentarse tranquilamente a los pies de las grandes Furias Elementales, Aborius, Gordawg, Kalandrios e Incineratus, con la esperanza de que quizá hoy hablaran con ella. Se acababa de acomodar junto a Kalandrios, la Furia del Aire, cuando le alcanzaron las palabras de Geyah. Por eso, ahora se dirigía de vuelta a Garadar, la fortaleza de la Horda en la tierra de Nagrand, para escuchar esa noticia tan importante que no podía esperar.

Si bien Aggra era una chamana, estaba tan en forma, sana y fuerte como cualquier guerrero. Sólo le faltaba un poco de resuello debido al esfuerzo cuando entró en aquella estancia y se arrodilló frente a la abuela, con la cabeza respetuosamente agachada.

— El viento me ha ordenado venir, abuela. ¿Qué noticia quieres darme?

Geyah sonrió y dio unas palmaditas a la alfombra raída sobre la que estaba sentada. Aggra se acercó para colocarse junto a ella. A continuación, Geyah acarició con delicadeza el rostro de la joven orco.

— Has llegado muy rápido. El viento no te habrá traído en volandas, ¿oh?

Aggra se rió entre dientes y se inclinó hacia esa mano nudosa.

— No, pero los espíritus del agua me dejaron correr sobre la superficie del lago.

Geyah se rió.

— Han sido muy amables. En cuanto a la noticia… acabo de saber que mi nieto desea venir aquí, a Nagrand, para aprender cuanto tengo que enseñar.

Aggra parpadeó.

— ¿Quién…? ¿Go’el?

— Sí, Go’el.

Aggra frunció el ceño.

— ¿Aún sigue utilizando ese odioso nombre de esclavo?

— Sí —respondió Geyah, imperturbable ante la rudeza con la que había hablado Aggra.

Aggra sabía que Geyah se había dado cuenta hacía tiempo de que era mucho más fácil convencer a los elementos de que lo ayudasen a uno que intentar poner freno a la lengua viperina de Aggra.

— Es su decisión. Tal vez, cuando llegue, puedas preguntarle por qué ha escogido seguir utilizando ese nombre.

— Tal vez se lo pregunte —aceptó Aggra de buena gana.

Nunca había visto al famoso Thrall, pues había estado fuera de Nagrand la última vez que visitó aquellas tierras. Lo único que sabía de él era lo que los demás le habían contado. Al parecer, al fin iba a tener la oportunidad de formarse una opinión sobre él de primera mano.

— No creía que fuera a volver.

— Ni yo, salvo para despedirse de mí cuando me llegara la hora de reunirme con los ancestros —replicó Geyah. — Viene a pedirme ayuda.

— ¿Ayuda? ¿Para qué necesita ayuda el todopoderoso Thrall?

— Para curar su mundo.

Aggra guardó silencio tras escuchar esta respuesta.

— Me ha contado por carta que los elementos están muy alterados y angustiados en Azeroth, y quiere que lo ayude con mi sabiduría prosi guió Geyah. — Según él, si alguien sabe cómo entenderse con un mundo agitado y convulso, esa soy yo.

— Huf —resopló Aggra, que ahora se avergonzaba de los comentarios que había hecho antes y trataba de disimularlo sorbiéndose la nariz. — Ese muchachote verde es sabio, a pesar de comportarse normalmente como un humano.

Al escuchar este último comentario, Geyah se rió para sus adentros.

— Qué ganas tengo de que se conozcan —dijo. — Aunque he de reconocer que no está totalmente en lo cierto.

— ¿Qué quieres decir? Abuela, eres mucho más sabia que todos nosotros juntos. Has visto y experimentado tantas cosas…

Geyah posó una mano en el brazo suave y marrón de la muchacha.

— Sí, he visto muchas cosas. Y sé mucho. Pero hay alguien que quizá entienda esas cosas mejor que yo.

Aggra ladeó la cabeza con una expresión de perplejidad en su rostro.

— ¿Quién?

— Tú, niña.

La muchacha abrió sus ojos marrones como platos.

— ¿Yo? Oh, no. Sé algo sobre esas cosas, pero…

— Jamás he conocido a nadie con un talento innato mayor para el chamanismo —aseveró Geyah. — Los elementos te cantaban nanas, Aggra. Te reclamaron para sí hace mucho tiempo. Estoy orgullosa de haberte podido enseñar. Pero si no hubieras contado conmigo, otro habría hecho las veces de maestro igual de bien que yo. Cuando me llegue la hora de reunirme con los ancestros, partiré feliz y satisfecha, sabiendo que ocuparás mi lugar.

Aggra parpadeó varias veces.

— Espero que ese día llegue en un futuro muy lejano —replicó la muchacha. — Estoy segura de que aún tienes mucho que enseñamos tanto a mí como a los demás, incluso a tu nieto, ese que lleva nombre de esclavo.

— En realidad —caviló Geyah, con un destello de malicia en sus ojos, — estaba pensando en encomendarte la tarea de enseñarle. Aunque sólo sea para que esta vieja orco se divierta muchísimo observando cómo interactuan.

Si bien Aggra no podía ver la expresión dibujada en su propio semblante, a juzgar por la forma en que Geyah había echado la cabeza hacia atrás y había estallado en carcajadas, debía de ser un gesto plagado de consternación realmente cómico.

Thrall había olvidado lo hermosa que era Nagrand.

Se acercaba el crepúsculo, y era como si el cielo hubiera decidido, cual pájaro exótico orgulloso de su plumaje, exhibirse con el fin de impresionarlo. Una amplia gama de azules y púrpuras conformaban el fondo sobre el cual destacaban unas nubes rosáceas que recordaban a unos dientes de león flotando en el aire. Bajo aquel asombroso espectáculo se extendía la tierra, que también era muy hermosa. La hierba conformaba una gruesa alfombra verde, sobre la cual se desplazaban unos enormes animales en la lontananza, tal como pudo apreciar Thrall. Escuchó el murmullo del agua y los cánticos de los pájaros que se retiraban a dormir, y, entonces, sintió una inesperada punzada de nostalgia en su corazón.

Así era toda Draenor antes de enfermar, tal como le habían descrito en infinidad de ocasiones. No obstante, Thrall era consciente de que aquella tierra estaba dañada, desolada y plagada de cicatrices en otras partes. Pero aquí, en Nagrand, no. Y no pudo evitar preguntarse, mientras se embriagaba con aquella puesta de sol celestial, si habría alguna manera de lograr que Durotar prosperara de esa manera. Si los Baldíos y Desolace dejarían algún día de merecerse esos nombres tan siniestros.

— Lok’tar —dijo alguien.

Thrall había pedido que no se anunciara su llegada con ningún tipo de ceremonia. Había venido a aquel lugar a aprender, a trabajar, no a ser agasajado. No había tiempo para frivolidades. Por lo tanto, no le sorprendió, y de hecho le agradó, que al volverse se topara con que sólo una orco aguardaba su llegada.

Era joven, quizá tuviera algún que otro año menos que él, y llevaba una mantilla que le cubría sus fuertes brazos marrones. Su brillante y revuelta melena de color marrón rojizo le llegaba hasta los hombros; asimismo, vestía de modo informal, con una falda y un jubón de cuero. Habría sido muy hermosa, desde un punto de vista orco, con su prominente mandíbula y sus espaldas robustas, si no fuera por el gesto de desaprobación que curvaba sus labios hacia abajo.

— Eres Thrall, hijo de Durotan —le espetó sin más preámbulos.

— Así es —asintió.

— Un nombre espantoso. Aquí te llamaremos Go’el.

La franca rudeza de aquella afirmación lo sorprendió un poco. Hacía muchos años que nadie le daba órdenes, desde que había demostrado su valía al clan Lobo Gélido y a Orgrim Doomhammer una noche ya muy lejana.

— Go’el quizá sea el nombre que mis padres quisieron darme, pero el destino decidió darme otro. Prefiero que me llamen Thrall.

Entonces, la orco giró la cabeza y escupió.

— Esa palabra humana significa «esclavo». Tu nombre no es digno de un orco, y mucho menos de uno que dice ser nuestro líder… incluso a los que no vivimos en su mundo.

Thrall se sintió indignado ante aquellas palabras tan insultantes, y contestó con la dosis justa de mordacidad.

— Soy el líder de la Horda, chamana, y he logrado que la Alianza lema ese nombre que una vez fue sinónimo de «esclavo». Para ellos, ahora es sinónimo del poder y la gloria de la Horda. Por esto te pido que te dirijas a mí con ese nombre.

La orco se encogió de hombros.

— Puedes conservarlo si quieres, pero no lo vamos a utilizar para dirigirnos a ti. A menos que esté equivocada, no has venido aquí como líder de la Horda para darnos órdenes, sino corno un chamán en busca de conocimiento.

— Así es.

Thrall se obligó a reprimir la ira que con suma justicia bullía en su lucro interno. Había reprendido a Garrosh más de una vez por entrar al I rapo de provocaciones similares, así que seguiría sus propios consejos y mantendría la calma. Entonces, añadió:

— He venido a aprender de mi abuela, la Abuela Geyah. ¿Serías tan amable de llevarme ante ella?

Habló con un tono cortés pero sin caer en el servilismo, lo cual llevó a la orco a rebajar la causticidad de sus comentarios ligeramente, muy ligeramente.

— Lo haré —contestó la chamana. — Sin ningún género de dudas, vas a aprender mucho de ella. Sin embargo, como la Abuela se agota con suma facilidad, ha decidido que vas a tener otra maestra aparte de ella. Será esta última quien te imparta la mayoría de las lecciones.

— Aprenderé con gran humildad de cualquier maestra que Geyah considere apta para enseñarme —replicó Thrall con total sinceridad.

— ¿Cómo se llama?

— Se llama Aggra —respondió la muchacha, quien, acto seguido, se giró y se alejó a paso ligero; obviamente, esperaba que la siguiera.

— Ansío conocer a esa tal Aggra.

Entonces, la orco miró hacia atrás fugazmente y sonrió socarrona, mostrando sus colmillos en todo su esplendor.

— La acabas de conocer.

Thrall trastabilló un poco al darse cuenta del significado de aquellas palabras. Ancestros, denme fuerzas, rogó.

La comida fue muy frugal: uñagrieta asado, pan de grano Mag’har y diversas frutas y verduras, todo ello acompañado de un agua pura y cristalina. Thrall no había desarrollado mucho el gusto por la alta cocina, ya que casi toda su vida se había alimentado a base de la comida sencilla aunque nutritiva que se servía a los gladiadores, por lo que no puso ningún reparo a aquel menú. De hecho, encontró reconfortante esa falta de lujo y ostentación, al igual que lo era la presencia de la humilde y sencilla Geyah. Desde que la conoció, su estado físico se había ido deteriorando lentamente; y si bien el último año le había pasado factura, la fragilidad aún no dominaba su cuerpo y seguía poseyendo un espíritu vigoroso y pletórico de vitalidad. Su mente también conservaba su claridad y agudeza habituales, por lo que Thrall no pudo evitar compararla con Drek’Thar. A veces el destino era mucho más considerado con unos que con otros.

Por otro lado, le habría gustado que en aquella comida sólo estuvieran presentes ellos dos. Aggra estaba sentada junto a Geyah; era obvio que la anciana tenía predilección por aquella muchacha, lo cual había dejado perplejo a Thrall. Aggra no hablaba mucho, pero cuando lo hacía, sus palabras eran mordaces, cuando no hirientes.

A Geyah no parecían importarle lo más mínimo esas continuas faltas de respeto; no obstante, en cuanto Aggra se fue en busca de más agua, se inclinó hacia la Abuela, a quien habló en susurros.

— Esa cría no muestra el respeto debido a alguien de tu rango, Abuela —afirmó.

— Cierta gente diría que tú tampoco, puesto que te diriges a mí formalmente, como Abuela, que es título orco, en vez de llamarme abuela con cariño, ya que soy la madre de tu madre —replicó la anciana.

— Con sumo gusto, te llamaré como quieras.

Geyah hizo un gesto de desprecio con la mano.

— Soy tu abuela, Go’el. ¿Por qué no te diriges a mí como tal?

— Pero si la tal… Aggra no te deja acabar las frases, y te dice a la cara que te equivocas, se…

— ¿… burla de ti a pesar de que eres el gran líder de la Horda? —le espetó Geyah de manera burlona. — Vamos, nieto mío, confiesa que tú también cuentas con gente de confianza que te hace bajar de las nubes y mantener los pies en el suelo cuando hace falta. Eres un buen líder, y los buenos líderes no se rodean únicamente de aquellos que sólo los adulan. Aggra me cuestiona porque piensa por sí misma. A veces, tiene razón, y soy yo quien tiene que cambiar de opinión sobre algo que consideraba cierto o correcto; otras, no la tiene. Sin embargo, nunca he intentado hacerla callar, y nunca me he arrepentido de actuar de esta forma con ella. El día en que ya no sea capaz de escuchar las verdades que me dicen los demás, habrá llegado el momento en que deba reunirme con los ancestros, ya que todo cuanto valoro en mí habrá muerto.

Thrall asintió. Comprendía perfectamente qué quería decir, y esa reflexión le llevó a pensar en Eitrigg y Cairne. La noche anterior, Cairne había empleado un tono de voz y unas palabras que cualquiera que pasara por ahí podría haber interpretado como una grave falta de respeto, o como un insulto más bien. No obstante, Thrall sabía que, en realidad, su amigo había hablado con sinceridad, aunque quizá también con cierta brusquedad y rudeza; sin duda alguna, con aquellas palabras tan duras le había manifestado una preocupación sincera. Entonces, se movió un tanto inquieto sobre aquella alfombra raída, que no impedía que sintiera en sus carnes la dureza del suelo que cubría. Se había sentido ofendido por las palabras de Cairne, a pesar de que sabía que no debía sentirse vilipendiado; era consciente de que no había actuado como debía. Decidió que tendría que disculparse con Cairne cuando regresara y darle las gracias a aquel viejo toro por haberle dicho la verdad sin tapujos.

— Ya has comenzado a darme lecciones, abuela —dijo Thrall con voz queda.

— Oh, bueno —replicó Aggra, que volvía con un cántaro lleno de agua. — Lo cierto es que las necesitas.

Thrall respiró hondo con el fin de calmarse, y pensó que aprender a colaborar codo con codo con Aggra iba a ser la lección más importante que iba a recibir.

— Aggra, les he comentado tanto a ti como a Go’el que quiero que seas su principal maestra durante su estancia en Nagrand. Si bien yo te instruiré, nuestras lecciones se llevarán a la práctica lejos de aquí, Thrall. Mi cuerpo ya no alberga fuerzas suficientes para viajar a lo largo y ancho de esta tierra. El de Aggra, sí. Podrá llevarte a ciertos lugares que debes visitar.

En ese instante, Thrall hizo un gesto de asentimiento cortés a la joven orco.

— Lo entiendo, y la acepto con humildad como maestra.

Aggra arqueó una de sus cejas negras y, acto seguido, soltó un leve gruñido cargado de desdén.

— Ah, Aggra… quizá no estés de acuerdo con Go’el en todo. No tienes por qué. Simplemente, debes enseñarle lo mejor posible, y estar dispuesta a compartir esa información de corazón. Su tierra está sufriendo. Ha delegado el cumplimiento de sus múltiples obligaciones en Azeroth en Garrosh Hellscream…

— ¿Garrosh? Ese crío no está preparado para…

— … para poder dar con la forma de ayudar a su mundo con lo que aprenda aquí —prosiguió Geyah implacable, cuya voz subió de volumen y se tomó más severa. — No es de nuestra incumbencia a quién ha designado para liderar a la Horda. Lo que a nosotras debería importamos es que ha designado un sustituto para poder venir aquí a aprender. Además, ¿acaso crees que si los elementos sufren un gran tormento puedes permitirte el lujo de no ayudarlos?

Las mejillas de Aggra adoptaron un color más oscuro. Miró a su alrededor mientras pensaba qué iba a contestar, pero, de repente, se cruzó de brazos y se contuvo.

— Tienes razón, Abuela. He consagrado mi vida a escuchar a los elementos y colaborar con ellos, incluso con los que pertenecen a otros mundos. Enseñaré a Go’el todo cuanto sé aseveró, pero, a continuación, no pudo evitar añadir:

— Con independencia de la opinión que tenga de él.

Thrall respondió a ese último comentario con una sonrisa educada y replicó:

— Y yo, por mi parte, estoy ansioso por escuchar esas lecciones y aprender todo cuanto pueda, por el bien de mi mundo. Con independencia de la opinión que tenga de Aggra.

Regresar al índice de la novela Devastación: Preludio al Cataclismo

Share

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.