Devastación: Preludio al Cataclismo – Capítulo Dieciséis

Devastación: Preludio al CataclismoAnduin no se había dado cuenta hasta que enmudeció de lo reconfortante que le resultaba el martilleo constante de la fundición.

Nunca había pensado en Ironforge como una ciudad rebosante de vida y bulliciosa como podía ser Stormwind. Aun así, cuando la fundición cesó de emitir ruidos, y aquellas salas ya no reverberaban con el peculiar sonido de la risa de los enanos, se percató de que aquella ciudad había tenido en su momento una cierta vivacidad y alegría. Ahora, a pesar ile que había más gente que nunca en Ironforge, puesto que habían venido a presentar sus respetos a Magni Bronzebeard, la ciudad se había transformado en un lugar sombrío y lóbrego.

Apenas una hora después de haber acaecido el desastre, la cuestión de quien iba a ser sucesor necesitaba resolverse de forma apremiante. Se enviaron inmediatamente a unos cuantos grifos para que buscaran a Brann y Muradin, los hermanos de Magni. Hasta el momento, sin éxito.

Si bien Anduin quería haber vuelto a casa, fue su padre quien se presentó en Ironforge. Todos los líderes de la Alianza se habían presentado en persona o habían enviado a algún representante para honrar la memoria de Magni. El joven príncipe siempre había querido conocer a la Suma Sacerdotisa Tyrande Susurravientos, quien había liderado a los elfos de la noche durante largo tiempo y se había visto obligada a permanecer alelada de su gran amor el archidruida Malfurion Tempestira por mor de las circunstancias.

Asimismo, Anduin sentía cierta curiosidad por conocer al clarividente Nobundo, el tábido que había sido elegido por los elementos para extender el arle del chamanismo entre su pueblo.

Valen, el líder de los draenei, había escogido a Nobundo, precisamente, para honrar la memoria de Magni y, sobre todo, porque este había muerto intentando alcanzar un noble fin: curar a la tierra y entender a los elementos con los que el clarividente mantenía una relación tan estrecha.

Anduin se encontraba junto a Jaina y su padre, a sólo unos pasos de la Suma Sacerdotisa elfa de la noche y Malfúrion, el legendario archidruida y el primer chamán que la Alianza había conocido en su día. En otras circunstancias, se habría sentido encantado de tener el privilegio de hallarse ante aquellas leyendas vivas. Sin embargo, en esos momentos, mientras contemplaban solemnes la figura de diamante que había sido hasta hace poco Magni Bronzebeard, deseó margamente no haber conocido a aquellos personajes tan distinguidos, ya que tal privilegio había implicado pagar un precio demasiado alto.

Incluso los goblins habían enviado a sus representantes, así como la Horda, lo cual era una gran muestra de respeto por parte de Thrall y de la Horda en general. Aunque muchos miraban con desdén al elfo de sangre y al tauren que habían enviado, Anduin no observó nada en su comportamiento que justificara tanta hostilidad hacia ellos.

El Consejero Belgrum había ocupado el cargo de rey para llenar el vacío de poder hasta que dieran con Muradin o Brann y pudieran traerlos a Ironforge. Fue escogido para cumplir con ese deber ya que sus únicas ambiciones en el plano político eran encontrar, y servir, al nuevo rey; además, conocía Ironforge y sus habitantes perfectamente, y su lealtad al pueblo enano estaba fuera de toda duda. Si bien resultaba obvio que se sentía muy incómodo por haber sido investido con tal honor, también era consciente de que alguien tenía que hacerse con las riendas del poder hasta que pudieran contactar con el legítimo nuevo líder enano.

Entonces, dio un paso al frente y observó a los representantes de uno en uno.

— Les agradezco de corazón que hayan venido —dijo con la voz ronca por la emoción. — Ojalá nos hubiéramos reunido para celebrar un evento menos trágico. Magni no era únicamente un gran enano; muchos de nuestros líderes lo han sido. Magni era… bueno. Y esa es una virtud mucho más difícil de encontrar. Se habría alegrado mucho de verlos a todos….

En ese instante, se dirigió especialmente a los emisarios de la Horda.

— Sí, también a ustedes, ya que han venido en son de paz a presentar sus respetos.

Si bien el elfo de sangre pareció debatirse entre si sentirse ofendido por aquel comentario o no, el tauren asintió con solemnidad.

— Suma Sacerdotisa Tyrande… Magni conocía bien tu fe y paciencia, y hablaba con gran respeto de tu pueblo. Archidruida Malfurion, Magni era plenamente consciente de que has ayudado mucho a nuestro mundo. Magni se habría sentido muy contento de teneros a ambos aquí.

Acto seguido, posó la mirada sobre los humanos.

— Lady Jaina… a veces no sabía qué pensar de ti, pero siempre te tuvo en alta estima. Rey Varian, eras como un hermano para él. Y Anduin… oh, muchacho, no sabes cuánto te quería Magni.

Anduin se mordió con fuerza los labios y pensó en la exquisita maza, ilc un valor incalculable seguramente, que Magni le había regalado de buena gana, y consideró que tal vez tuviera una ligera idea de cuánto lo apreciaba el difunto rey.

El anciano enano se aclaró la garganta y añadió:

— Bueno, esto… gracias por venir.

En ese instante, todos los allí congregados parecieron mirarlo de soslayo como si aguardaran que dijera o hiciera algo más. Entonces, Rohan tomó las riendas del funeral con suma delicadeza.

— Por favor… todos pueden acercarse al Trono a compartir nuestras historias sobre Magni. Hemos preparado unos refrigerios para todos ustedes.

De inmediato, se escucharon unos leves murmullos mientras los asistentes al servicio funerario bajaban las escaleras y dejaban atrás la figura crispada, recubierta de diamante que, al mismo tiempo, era mucho más que un mero diamante y nada más que diamante.

No se dio cuenta de que era incapaz de apartar los ojos de aquella estatua hasta que alguien posó una mano con gentileza sobre su hombro.

— Príncipe Anduin, acompáñanos —le pidió con mucho tacto Jaina.

— Vamos, Hijo —dijo Varian. — Requieren nuestra presencia. Debemos quedarnos un poco más.

Anduin asintió sin pronunciar palabra, apartó la mirada e imploró en silencio a la Luz que encontraran cuanto antes a Muradin o Brann, que regresaran a Ironforge de inmediato y acabaran, en parte al menos, con la espantosa solemnidad que cubría como una mortaja la ciudad.

No obstante, sospechaba que los enanos nunca llegarían a recuperarse de la conmoción que había supuesto ese final tan violento, imprevisto y extraño que había sufrido su amado líder.

* * *

— Bueno, ya está —anunció Thrall.

Acto seguido, posó la pluma sobre la mesa y contempló el pergamino solemnemente. La firma de la aprobación del plan de rehabilitación urbanística de Orgrimmar era el último asunto oficial que iba a tratar durante cierto tiempo. Una vez más, iban a dar inicio los trabajos de reparación de la capital. Thrall tenía la sensación de que justo cuando la ciudad acababa de empezar a recuperarse de la Guerra contra la Pesadilla, había recibido otro golpe devastador.

Gazlowe había bajado el montante del presupuesto por segunda vez, lo cual fue un gesto que conmovió a Thrall, a pesar de que seguía siendo una cifra ridículamente alta. Además, el goblin había aceptado que se le pagara a plazos en vez de por adelantado, y había indicado que le habría gustado modificar a la baja el presupuesto pero que resultaba imposible, ya que tenía que procurarse él mismo ciertos materiales que el líder orco no le podía facilitar. Por otro lado, Thrall se sintió un tanto aliviado, pues dejaría de ocuparse de la tediosa tarea de preparar los presupuestos y los planes de construcción y de diseñar la logística de los suministros, ya que todo eso quedaría en manos de Garrosh. Esos asuntos tan tediosos también formaban parte de las obligaciones de todo buen líder, y Garrosh tenía que aprender esa lección.

Hizo un gesto de asentimiento, dejó los pergaminos sobre la mesa para que Garrosh los viera y se levantó. Iba a emprender aquel viaje en solitario. Había dado orden de que ningún Kor’Kron lo acompañara. A partir de ahora, debían proteger a Garrosh Hellscream, el líder en funciones de la Horda. No hacía falta que escoltaran a un solitario chamán que viaja a otro mundo en busca de conocimiento. Su marcha tampoco había sido anunciada con pompa y boato. Por un lado, porque ese tipo de frivolidades eran muy caras; por otro, porque no quería convertir su peregrinaje en un acontecimiento. Simplemente, iba a estar fuera durante un tiempo, y no deseaba que su partida repercutiera de ningún modo en el discurrir de la vida del ciudadano medio de la

Horda. Si bien su marcha no era ningún secreto, pues, según su opinión, eso habría sido tan contraproducente como airearlo a los cuatro vientos, quería que fuera considerado un hecho sin importancia.

Había avisado mediante un mensaje a su viejo amigo Cairne, por supuesto, a quien había informado de su decisión y de las razones que le habían llevado a adoptarla, y a quien había pedido que aconsejara a Garrosh cuando este lo necesitara. De momento, todavía no había recibido respuesta, lo cual le había sorprendido.

Cairne normalmente contestaba sin dilación. Supuso que el líder tauren también estaría muy ocupado afrontando las consecuencias de la campaña de Northrend.

— Adiós, por ahora, viejo amigo —le dijo Thrall a modo de despedida a Eitrigg. — Cerciórate de que ese muchacho cumple con todos sus deberes, tanto los más importantes como los más nimios.

— Así sea, líder —replicó Eitrigg. — No te demores en nuestra tierra natal mucho tiempo. Aunque Garrosh intente hacer las cosas lo mejor que pueda, él no eres tú.

Thrall dio un abrazo a su amigo, le propinó unas palmaditas en la espalda y, acto seguido, cogió un pequeño saco, que era lo único que pensaba llevarse consigo de viaje. Sin que nadie se fijara demasiado en él, el líder de la Horda salió del Fuerte Grommash para adentrarse en la todavía calurosa noche en dirección a la torre de vuelo.

— Cometes un grave error —escuchó decir a alguien de voz grave y profunda en la oscuridad.

Thrall se sorprendió al escuchar aquellas palabras pese a que reconoció a su interlocutor. A continuación, aminoró el paso hasta detenerse y se volvió hacia Cairne Bloodhoof. El cabecilla tauren estaba bajo el enorme árbol muerto del que pendía el cráneo de un demonio y su armadura, que en su día era totalmente impenetrable, erguido cuan largo era, con los brazos cruzados sobre su amplio pecho mientras movía la cola levemente. Una expresión de desaprobación dominaba su semblante.

— ¡Cairne! Cuánto me alegro de verte. Esperaba saber algo de ti antes de partir— dijo Thrall.

— No creo que te sientas tan alegre tras escuchar lo que tengo que decirte — replicó el tauren.

— Siempre he estado dispuesto a escuchar todo cuanto tenías que decir — contestó Thrall. — Por eso te he pedido que aconsejes a Garrosh en mi ausencia. Adelante, habla.

— Cuando el mensajero llegó con tu carta —le explicó Cairne, — creí que, al fin, sufría realmente demencia senil y estaba padeciendo una de esas pesadillas febriles que atormentan al pobre Drek’Thar.

¡No me podía creer que fueras a designar líder de la Horda a Garrosh Hellscream y que encima hubieras dejado constancia de esa decisión por escrito en esa misiva redactada con tu puño y letra!

El tauren había hablado con serenidad y firmeza. Cairne solía tardar mucho en enfadarse, pero, obviamente, había tenido tiempo más que de sobra para reflexionar al respecto y se sentía muy contrariado. Su tono de voz se tornó más grave y potente a medida que iba hablando.

Thrall echó un vistazo a su alrededor discretamente; aquel era un lugar demasiado público para mantener esa conversación en particular.

— Será mejor que hablemos sobre esto en privado —le indicó Thrall. — Mis aposentos siempre están abiertos para ti así como mis oídos…

— No —atajó Cairne, quien, acto seguido, dio una fuerte patada en el suelo con una de sus pezuñas para enfatizar su respuesta.

Thrall lo contempló sorprendido. Y el tauren añadió:

— Aquí estoy, bajo la sombra de quien una vez fue su mayor enemigo, por una razón en concreto. Recuerdo a Grom Hellscream. Recuerdo que era muy pasional, violento e imprevisible.

Recuerdo el daño que infligió en su día. Quizá muriera como un héroe al matar a Mannoroth; soy el primero en reconocerlo. Pero, como bien sabe todo el mundo, incluido tú, también cercenó muchas vidas, y se vanaglorió de esas muertes. Tenía sed de sangre y hambre de violencia, y sació esa ansia con la sangre de inocentes.

Hiciste bien en mostrarle a Garrosh que su padre también fue un héroe, pues es cierto. Pero también es cierto que Grom Hellscream hizo cosas mucho menos «heroicas», y su hijo también debe saberlas. He venido a pedirte que recuerdes que Grom tenía luces y también sombras, y que reconozcas que de tal palo, tal astilla.

— La sangre demoníaca no ha corrompido a Garrosh como sucedió con Grom — replicó Thrall con templanza. Es un empecinado y un in transigente, sí, pero la gente lo adora. Es…

— ¡Lo adoran porque sólo ven su parte más gloriosa! —le espetó Cairne. — No ven su necedad.

Tras ese exabrupto, el tauren se calmó un poco y añadió:

— Yo también aprecio su parte más gloriosa. Admiro su capacidad táctica y su inteligencia. Quizá si se le guía adecuadamente y se alimenta la semilla de la sabiduría para que eche raíces en su alma, pueda llegar a ser un gran líder. Pero se le da demasiado bien actuar sin pensar, e ignorar esa sabiduría que anida en su interior. Hay ciertos aspectos de su personalidad que respeto y admiro, Thrall. No me malinterpretes. Pero no está preparado para liderar la Horda, como tampoco lo estuvo Grom. No si tú no estás ahí para controlarlo cuando se extralimita, y mucho menos ahora, cuando nuestra relación con la Alianza pasa por un momento muy delicado y todo pende de un hilo. ¿Acaso no sabes que corren rumores a tus espaldas sobre que ahora sería un buen momento para atacar Ironforge, puesto que Magni se ha transformado en diamante y carecen aún de un líder?

Thrall lo sabía, por supuesto. En cuanto conoció la noticia, supo que los rumores se dispararían. Por eso había decidido enviar rápidamente tinos representantes oficiales a la ceremonia funeraria, o lo que fuera que se celebrase dadas las circunstancias, y había escogido a un sin’dorei y a un tauren de carácter equilibrado y moderado.

— Claro que lo sé —aseveró Thrall, profiriendo un suspiro. — Cairne, no estaré fuera mucho tiempo.

— ¡Eso da igual! Ese crío no posee el temperamento necesario para ser un líder como tú. ¿O debería decir como eras tú? ¡El Thrall que yo conocía, el que se hizo amigo de los tauren y nos ayudó tanto, no habría cometido la irresponsabilidad de entregar la Horda que él mismo reinstauró a un jovenzuelo inexperto!

Thrall se tensó, y sintió que la ira iba dominándolo poco a poco.

Cairne acababa de meter la pezuña en la llaga de Thrall, quien también albergaba las mismas preocupaciones respecto a Garrosh.

Unas preocupaciones que era incapaz de ahuyentar. Sin embargo, sabía que no había otra opción. Nadie más podía asumir esa responsabilidad. Tenía que ser Garrosh el elegido.

Nos conocemos desde hace mucho, y eres uno de mis amigos más leales en esta tierra, Cairne Bloodhoof —afirmó Thrall con un tono de voz inquietantemente sereno. — Sabes que te respeto.

Pero ya he tomado una decisión. Si te inquieta la inmadurez de Garrosh, entonces, guíalo, tal como te he pedido. Concédele el don de tu infinita sabiduría y tu gran sentido común. Necesito que me apoyes en esto, Cairne. Necesito tu apoyo, no tu desaprobación.

Necesito que mantengas a raya el temple impulsivo y fogoso de Garrosh gracias a tu mente fría y calculadora, no que lo incites a actuar temerariamente con tu continua desaprobación.

— Como me pides que actúe con sabiduría y sentido común, la única respuesta que puedo darte es esta: no pongas en manos de Garrosh ese poder, no des la espalda a tu pueblo, no lo entregues a ese charlatán arrogante como guía. Esa es la respuesta que me dicta la sabiduría que he acumulado a lo largo de muchos años teñidos con la sangre y el sufrimiento de mil batallas.

La tensión se adueñó de Thrall. Esto era lo último que quería que sucediera. Pero como había ocurrido, cuando habló, lo hizo con un tono de voz sumamente gélido.

— Entonces, no tenemos nada más que hablar. Mi decisión es irrevocable. Garrosh liderará la Horda en mi ausencia. Pero dependerá de ti que lo aconsejes en el desempeño de su cargo, o que la Horda acabe pagando un alto precio por culpa de tu testarudez.

Sin mediar más palabras, Thrall se volvió y se perdió en la oscuridad de la bochornosa noche de Orgrimmar. Por un momento, esperó que Cairne viniera tras él, pero el viejo toro no lo siguió y, por eso, sintió una honda pena en su corazón. Después, cogió un dracoleón, tiró su saco de viaje sobre la silla de montar y se montó en él. Acto seguido, el dracoleón se elevó hacia el cielo, con sus alas coriáceas aleteando prácticamente en silencio de manera cadenciosa, creando así una brisa gélida que acarició el rostro del orco.

Cairne observó cómo se marchaba su viejo amigo. Nunca se hubiera imaginado que fueran a acabar así, discutiendo sobre algo que, obviamente, era un error. Sabía que Thrall era consciente de ello, pero, por alguna razón ignota, el orco creía necesario seguir ese camino.

Las palabras con las que se habían despedido habían hecho mucho daño a Cairne. No esperaba que Thrall desdeñara sus preocupaciones con tanta celeridad y de manera tan rotunda. Cairne tenía que reconocer que Garrosh poseía algunas virtudes. Pero su temeridad, el hecho de que no estuviera dispuesto a escuchar consejos, su ansia de reconocimiento y honores… En ese instante, Cairne agitó su cola, aquellos pensamientos lo estaban alterando en demasía. Aquel muchacho era un diamante en bruto que debía ser pulido. Y, claro está, Cairne estaría ahí para aconsejarlo. Sabía que sus palabras serían ignoradas, sin duda alguna, pero, aun así, le ofrecería su guía.

Entonces, alzó la vista una vez más hacia el cráneo de Mannoroth y contempló fijamente aquellas cuencas envueltas en sombras.

— Grom, si tu espíritu aún vaga por aquí, ayúdanos a guiar a tu hijo. Te sacrificaste por la Horda, y sé que no te gustaría ver cómo tu hijo la destruye.

No obtuvo respuesta. Si Grom se encontraba en aquel lugar, junto al gran demonio que había destruido, no parecía dispuesto a contestar. Cairne había sido abandonado a su suerte.

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