Devastación: Preludio al Cataclismo – Capítulo Quince

Devastación: Preludio al CataclismoAnduin se dio cuenta de que Magni no le había dicho ese cumplido en vano.

Era el único humano, en realidad la única persona que no era enana o gnoma, que iba a ser testigo y a participar en el ritual que se iba a celebrar en el Trono. Magni portaba su armadura de gala. No quedaba ni rastro de ese enano que quería que lo llamase «tío», de quien Anduin tanto se había encariñado. Hoy, Magni estaba dispuesto a sacrificarlo todo por el bien de su pueblo, y asumía más que nunca, de los pies a la cabeza, aunque ese recorrido de un extremo a otro pudiera parecerle muy corto a Anduin, sus obligaciones y deberes como rey. Anduin también iba vestido con las ropas más elegantes que había traído consigo a Ironforge, pero seguía sintiéndose un poco desubicado. Por suerte, conocía a muchos de los enanos allí presentes.

Aunque había una en concreto que no se encontraba allí a la que añoraba muchísimo. Se preguntaba qué habría opinado sobre todo aquello. ¿Acaso Aerin lo habría considerado una sarta de supersticiones absurdas, o un método práctico de obtener información? Nunca lo sabría.

Magni barrió con la mirada a todos los allí congregados. No eran muchos: el Sumo Sacerdote Rohan, varios herboristas, el Alto Expedicionario Magellas y el Consejero Belgrum de la Liga de Expedicionarios.

— Ojalá mis hermanos estuvieran aquí para presenciar esto —dijo Magni con calma. — Pero no ha habido tiempo de avisarlos. Bueno, vamos. Cuanto más nos demoramos, más sufre la pobre Azeroth.

Sin mediar más palabras, se dirigió a una gran puerta cerca de la entrada del Trono. Anduin se había fijado en aquella puerta con anterioridad, pero nunca había preguntado adonde llevaba, y nadie había hecho nunca mención a ella. Entonces, Magni hizo un gesto de asentimiento con la cabeza, y dos sirvientes hicieron acto de presencia portando entre ambos una enorme llave maestra de hierro.

Después, otro sirviente apareció con una escalera muy larga; la puerta era tan colosal que ni siquiera Anduin, que era algo más alto que los enanos, habría sido capaz de alcanzar la cerradura. Luego, los sirvientes enanos ascendieron con cautela por la escalera y metieron esa llave descomunal en la cerradura. Aunando esfuerzos, lograron hacer girar la llave. Acto seguido, la cerradura cedió con un gemido de protesta. A continuación, los enanos descendieron y apartaron la escalera.

Durante un momento, no sucedió nada; después, lentamente, la puerta se abrió sola mágicamente hacia los allí presentes, revelando una oscuridad abismal.

Los dos sirvientes que habían abierto la puerta habían dejado a un lado la llave gigante y ahora encabezaban aquella pequeña procesión, encendiendo las velas de los candelabros de las paredes a medida que avanzaban por un pasillo muy sobrio. Si bien el aire ahí dentro era frío y húmedo, no estaba viciado. Anduin se percató de que en las entrañas de Ironforge debían existir grandes explanadas.

Avanzaron en silencio por aquel pasillo, que los llevaba hacia las profundidades. Era un pasaje trazado con precisión y totalmente recto; no era nada sinuoso ni tortuoso. Entonces, uno de los sirvientes se adelantó al grupo y, cuando alcanzaron el final del corredor, se toparon con un pebetero que ardía con fuerza, dispuesto a darles la bienvenida. Más allá, el corredor llegaba a su fin y daba a una enorme caverna; un lugar tan espectacular que provocó que Anduin profiriera un grito ahogado de asombro.

Si bien aquel sobrio corredor no le había sorprendido lo más mínimo, lo que veía ante sus ojos en esos instantes lo sobrecogió.

Bajo sus pies había una plataforma que se ramificaba en dos senderos. Lino de ellos consistía en unas escaleras enmoquetadas, que tenían un aspecto sorprendentemente nuevo. El otro llevaba a las profundidades; este era más sencillo y estaba conformado por una piedra muy austera. Pero lo que le dejó sin respiración fue lo que vio en las paredes y el techo.

Unos cristales claros y relucientes sobresalían de los muros y el techo de aquella estancia. La luz del pebetero y de las antorchas que sostenían los sirvientes se reflejaba en ellos, centelleaban y parecía irradiar una luz propia inmaculadamente blanca; no obstante, Anduin era consciente de que aquello era cosa de su imaginación.

A pesar de todo, la mezcla de la belleza de las formaciones naturales de aquel lugar y las sobrias líneas rectas de la arquitectura enana daba lugar a un conjunto muy hermoso.

— Estos cristales… son tan bonitos —le comentó Anduin entre susurros a Rohan, quien caminaba junto a él.

El sacerdote se rió entre dientes.

— ¿De qué cristales hablas? Muchacho, eso no son cristales. Lo que estás viendo son diamantes.

Anduin abrió los ojos como platos y echó la cabeza hacia atrás de inmediato para contemplar aquel techo reluciente con sumo respeto.

En esos instantes, Magni subía a zancadas y con suma determinación las escaleras que llevaban a una amplia plataforma lo bastante grande liara albergar a un grupo de un tamaño varias veces superior al que conformaba aquella procesión. Entonces, se giró y asintió expectante.

— No creo que haya sido una casualidad que, justo cuando lo necesitamos, hayamos descubierto una tabla que contiene información que podría sernos de gran ayuda —afirmó el rey enano, cuya voz retumbó por toda la caverna. — Casi todos los aquí presentes en este día han perdido a algún ser querido hace tres días.

Nos llegan informes de Azeroth que indican que algo va terriblemente mal. La tierra sufre, y se estremece, grita pidiendo ayuda. Somos enanos. Pertenecemos a la tierra. Y yo tengo fe en la palabra de los terráneos. Creo que lo que voy a hacer aquí, este rito que es tremendamente antiguo, me va a permitir curar a este pobre mundo que sufre una agonía. Por mi sangre y mis huesos, por la tierra y la piedra, hagámoslo.

Al escuchar estas palabras, a Anduin se le erizaron los pelos del cogote. Aunque Magni había improvisado aquel discurso, había algo en él que hizo que el príncipe se sobrecogiera. Tuvo la sensación de que, tal como había descendido al corazón de la tierra, estaba a punto de sumirse en un ritual de consecuencias muy graves e imprevisibles.

Belgrum dio un paso al frente, portando un pergamino en la mano, Magullas se encontraba junto a él, con las manos a la espalda. Junto a ambos se hallaba Reyna Ramapiedra, una enana herborista, que sostenía un frasco de cristal repleto de un líquido de aspecto muy turbio. Entonces, Belgrum se aclaró la garganta y comenzó a hablar en un idioma muy extraño que sonaba seco y brusco e hizo estremecerse a

Anduin. Sin saber muy bien por qué, le dio la impresión de que, de repente, hacía más frío en aquel lugar.

Cada vez que Belgrum concluía una frase, Magellas se la traducía a Anduin. El joven príncipe recordó, en ese instante, cómo Magni le leyó las mismas frases justo el día anterior.

— «He aquí el porqué y el cómo deben volver a ser uno con la montaña» — declamó Belgrum. — «Puesto que somos terróneos y pertenecemos a la tierra. Su alma es nuestra alma; su dolor, nuestro dolor; su latido, nuestro latido. Cantamos su canción y lloramos ante su belleza. ¿Quién no querría regresar a su hogar? Este es el porqué, oh, hijos de la tierra.»

— «Regresar a su hogar», sí.

Azeroth era el verdadero hogar de todos los allí reunidos, pensó Anduin mientras Belgrum proseguía hablando y daba las instrucciones precisas para preparar la poción.

Su hogar no era Stormwind, ni siquiera se sentía realmente «en casa» cuando estaba con su padre, o con la tía Jaina. Su hogar era esta tierra, este mundo. Ahora se encontraban en el «corazón de la tierra», rodeados de diamantes y piedras; en un lugar que parecía acogedor y protector en vez de opresivo, como cabría esperar.

Magni estaba a punto de hablar con la agonizante Azeroth y de dar con la forma de curarla. En verdad, perseguía un fin muy noble.

— «Beban esa poción, mezclada con una pizca de la tierra que la ha nutrido. Pronunciad estas palabras con sinceridad, y la montaña responderá. Y así te convertirás en lo que una vez fuiste. Regresaras a casa y serás uno con la montaña.»

Acto seguido, Reyna dio un paso al frente y le entregó el elixir de aspecto turbio a Magni. Sin titubeos, el rey enano cogió aquel frasco transparente y estrecho, se lo llevó a los labios y apuró hasta la última gota. Luego, procedió a limpiarse los labios y devolvió el frasco a Reyna.

A continuación, Magellas le entregó el pergamino. Con un poco más de vacilación de la que Belgrum había mostrado, Magni leyó en voz alta un texto redactado en aquel antiguo idioma que Magellas tradujo al resto.

— En mi interior se halla la propia tierra. Somos un solo ser. Yo soy ella y ella soy yo. Aguardo la respuesta de la montaña.

Magni le devolvió el pergamino, y luego abrió los brazos, implorando. Cerró los ojos y frunció el ceño mientras se concentraba lo más posible.

Nadie sabía qué sucedería a continuación. ¿Empezaría a hablar la montaña de repente? Si fuera así, ¿cómo sería su voz? ¿Le hablaría solamente a Magni? ¿Y qué le diría? ¿Acaso el rey de los enanos podría hablarle a la montaña? ¿Acaso…?

Entonces, Magni abrió los ojos como platos. Parecía maravillado ante algo y, al instante, su boca se curvó en una tenue sonrisa.

— Pu-puedo escuchar… —afirmó al tiempo que se llevaba las manos a las sienes. — Oigo voces en mi cabeza. Son tantas.

Acto seguido, se rió levemente. Su expresión era alegre y triunfal pese a estar teñida de un profundo asombro.

— No es una sola voz. Son… decenas, quizá cientos. ¡Son todas las voces de la tierra!

Anduin se estremeció, y sus labios también se curvaron para esbozar una sonrisa. ¡Magni tenía razón! Él mismo podía escuchar la voz… ¿las voces? de la tierra… ¡Era una sensación tan desconcertante!

— ¿Las puedes entender? —preguntó Belgrum, llevado por la emoción. — ¿Qué dicen?

Magni echó, de improviso, la cabeza hacia atrás, arqueándose. Si bien parecía que quería echarse hacia atrás, daba la impresión de que tenía los pies fijados al suelo como si hubiera echado raíces. No, no eran raíces… Anduin se percató de que las botas negras del rey se estaban volviendo casi totalmente traslúcidas, como si, de repente, estuvieran hechas de cristal; como si sus pies, de repente, estuvieran hechos de cristal…

… de cristal… o de diamante…

Uno con la montaña…

No, no, eso era imposible…

De improviso, uno de los pies de Magni comenzó a temblar y, al instante, una protuberancia de piedra transparente se fue formando por encima de esa extremidad. Como si se tratara de una masa viscosa de mea con vida propia, comenzó a ascender primero por sus piernas, y luego por su torso; entonces, unas largas lanzas de cristal brotaron de aquella masa informe de diamante que se le clavaron, de improviso, aquí y allá al son de unos crujidos; dio la impresión de que Magni Bronzebeard fuera un cristal que a su vez engendrara otros cristales. Entonces, Magni abrió la boca para proferir un largo y silencioso grito y, acto seguido, alzó los brazos por encima de su cabeza. La masa viscosa de diamante envolvió sus puños con suma celeridad, y recubrió todo su cuerpo al instante. De inmediato, Magni chilló; fue un grito de puro horror realmente estremecedor.

Pero aquella piedra líquida clara e inmisericorde se introdujo en su boca, acallándolo en pleno grito, y endureciéndose con tal celeridad que ni siquiera tuvo tiempo de cerrar los ojos.

Todos habían permanecido mirándolo fijamente, boquiabiertos, pero se vieron obligados a despertar de su estupefacción por culpa de un ruido escalofriante, que reverberó por toda aquella caverna de diamantes, que no se parecía en nada a ningún grito de dolor u horror que hubieran escuchado jamás.

Rohan comenzó a invocar conjuros de curación. Magella y Belgrum se acercaron a Magni y lo agarraron de los brazos, intentando así estúpidamente arrancarlo del lugar donde estaba clavado al suelo.

Pero todo había sucedido muy rápido, y ya era demasiado tarde. Los ecos del grito del rey enano se fueron desvaneciendo. Daba la impresión de que Magni se había petrificado y al mismo tiempo estaba encerrado en la piedra; tenía la cabeza echada hacia atrás, los brazos extendidos y los tendones del cuello resaltaban tremendamente, en un claro síntoma de que estaba sufriendo una agonía. Por encima de él, como si se tratara de una parte de un vestido de diseño muy extraño, había unos relucientes trozos irregulares y dentados de cristal.

Fue Anduin quien rompió aquel incómodo silencio.

— ¿Está…? ¿Puede…?

Rohan se aproximó a Magni, apoyó una mano en uno de los brazos de su rey y cerró los ojos. Una sola lágrima se escapó entre sus párpados cerrados cuando se apartó de él, haciendo un gesto de negación con la cabeza.

Anduin lo miró fijamente. La incredulidad lo dominaba; la misma incredulidad que había experimentado después de que la tierra temblase y sepultase a Aerin bajo el aplastante peso de varias toneladas de rocas. Lo que estaba sucediendo… ¡era imposible!

Posó su mirada sobre Magellas, quien parecía tan espantado como él.

— Estaba seguro de que el texto no era literal… —masculló. —Comprobamos todas las fuentes…

— ¿Insinúas que… ha funcionado? ¿Que esto es lo que se suponía que tenía que lograrse a través de este ritual? —vociferó Anduin con una voz temblorosa por culpa de la conmoción y el horror que sentía.

— En realidad, no debería haber tenido estas consecuencias —contestó Magellas, quien parecía una liebre en estado de pánico. — Pero lo-lo he-hemos hecho correctamente…

Anduin no pudo reprimirse y saltó hacia la figura del rey.

Profiriendo un grito, cogió su daga ceremonial por la empuñadura y, antes de que alguien pudiera detenerlo, golpeó con ella a aquella estatua en el hombro. Al impactar, la empuñadura se hizo añicos, y parte de ella salió dando vueltas por el aire de modo errático. Se hizo daño en la mano debido al golpe y, al instante, soltó la parte de la empuñadura que todavía sostenía en su puño. Se agarró la extremidad dolorida y, a continuación, observó los resultados de su acción.

No había dejado ni la más mínima marca sobre aquella efigie. Magni había dejado de ser de carne y hueso; ahora su cuerpo estaba formado por uno de los materiales más duros que se conocían.

Mientras Anduin contemplaba fijamente aquella enorme piedra diamantina que hasta hacía poco había sido un enano fuerte como un roble y pictórico de vida, algunas de las palabras del ritual volvieron a surcar su mente. Puesto que somos terráneos y pertenecemos a la tierra… ¿Quién no querría regresar a su hogar? Y así te convertirás en lo que fuiste una vez. Regresaras a casa y serás uno con la montaña.

Los enanos eran descendientes de los titanes. Magni se había convertido en lo que había sido en su día… y lo había pagado con su vida.

— Ha vuelto a casa —susurró Anduin. La congoja apenas Le permitía hablar.

Las lágrimas se asomaron a sus ojos y enturbiaron la imagen de Maguí Bronzebeard. La luz de las antorchas se reflejaba en aquella estatua, de modo que Anduin sólo vio unas hermosas luces dispersas danzando ante mis ojos.

Parpadeó y tragó saliva mientras las lágrimas recorrían su semblante; lloraba por la muerte del gentil enano que únicamente quería hacer lo mejor por su pueblo, que quería hablar con un mundo agonizante para ayudarlo a sanar. Y al intentar alcanzar ese objetivo, lo habían perdido. ¿Qué iban a hacer los enanos a partir de ahora?

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