Devastación: Preludio al Cataclismo – Capítulo Catorce

Devastación: Preludio al CataclismoMagni parecía más avejentado que nunca.

En los dos días que habían transcurrido desde el desastre de la destilería, Anduin se había enterado de que aquellos que habían caído en Kharanos no lo habían hecho solos. El temblor no había afectado a una zona en concreto, sino que había sacudido un gran número de ciudades a lo largo y ancho de Khaz Modan. Parte del Puerto de Menethil yacía ahora en el lecho oceánico, las excavaciones abiertas desde Uldaman a Loch Modan habían quedado sepultadas, parcialmente al menos. Aquel fenómeno había pasado de ser un incidente localizado a una crisis nacional.

Pese a que la tragedia había avejentado al rey enano, una determinación inquebrantable aún dominaba sus ojos, que indicaban a cualquiera que cruzara su mirada con la de Magni Bronzebeard que este nunca se rendiría ante nada y ante nadie. El rey alzó la vista en cuanto Anduin entró en el Trono y, a continuación, le indicó con una seña al joven príncipe que se acercara, aunque no con el entusiasmo que había mostrado la primera vez que se encontraron en esa misma situación, sino de una manera imperativa y brusca.

Anduin apretó el paso hasta hallarse junto al rey.

— No quería actuar precipitadamente —le comentó Magni, — pero, por la Luz, ojalá lo hubiera hecho. Tal vez habríamos podido salvar todas esas vidas. La de Aerin inclusive.

Al escuchar estas palabras, Anduin tragó saliva con dificultad. El día anterior se había oficiado una ceremonia en honor a los muertos de Khaz Mudan. Le resultó más difícil asistir a ese funeral que al que se celebró en Stormwind en honor a los caídos en la campaña de Northrend, pues aquellas vidas se habían perdido en un espacio de tiempo prolongado.

Anduin había llorado la muerte de su amigo Bolvar Fordragón, pero para cuando se celebró la ceremonia, Bolvar llevaba muerto muchos meses. La muerte de Aerin era muy reciente y, maldita sea, estaba sufriendo tanto… En ese instante, decidió dejar de divagar y centrar su atención en las palabras de Magni.

— No-no lo entiendo —dijo el príncipe. — ¿Quieres hablarme de la tabla?

— Pues sí —respondió Magni. — He estado presionando a los traductores y ya están bastante seguros de lo que dice la tabla. Permíteme que te lo lea.

Se aclaró la garganta y se inclinó un poco más sobre la tabla; acto seguido, sus ojos revolotearon sobre las letras. Su voz, teñida por un fuerte acento enano, se fue tornando más grave a medida que iba leyendo en voz alta aquellas palabras tan formales y arcaicas.

— Dice así: «He aquí el porqué y el cómo deben volver a ser uno con la montaña. Puesto que somos terráneos y pertenecemos a la tierra. Su alma es nuestra alma; su dolor, nuestro dolor; su latido, nuestro latido. Cantamos su canción y lloramos ante su belleza. ¿Quién no querría regresar a su hogar? Este es el porqué, oh, hijos de la tierra. Y he aquí el cómo, vayan al corazón de la tierra. Busquen ahí tres hierbas: salviargenta de montaña, loto negro y champiñón fantasma. Beban esa poción, mezclada con una pizca de la tierra que la ha nutrido. Pronunciad estas palabras con sinceridad, y la montaña responderá. Y así te convertiras en lo que fuiste una vez. Regresaren a casa y seran uno con la montaña».

Entonces, miró con intensidad a Anduin.

— ¿Lo ves?

Anduin pensaba que sí.

— Eso… creo… ¿Es-este ritual le permite a uno hablar con la mismísima Azeroth?

— Sí, eso parece. Si pudiéramos hablar con Azeroth, entonces podríamos preguntarle qué diantres ocurre. Podría ayudarnos a dar con una forma de… de arreglarla, de curarla de algún modo. Quizá entonces ya no suframos más estas inundaciones y sequías antinaturales… ni más terremotos. Anduin, esto no son unos meros derrumbes, aquí hay mucho más en juego. Algo de gran importancia está sucediendo. ¿Sabías que estamos recibiendo informes de que se están produciendo temblores en lugares tan lejanos como Teldrassil?

— Eso… es imposible, ¿verdad?

Magni negó con la cabeza.

— Normalmente debería ser imposible. Esta clase de fenómenos… no son naturales, de ningún modo.

Anduin permaneció en silencio durante un instante, pensativo.

Entonces, tuvo una idea.

— Pero… algunas de esas hierbas son tóxicas y no es recomendable ingerirlas, ¿verdad?

— Por eso hay que ingerirlas junto a esa tierra del suelo que las ha nutrido —aseveró Magni.

— Ciertos suelos neutralizan determinados venenos. No te preocupes, lo he comprobado con los mejores herboristas de Ironforge.

No tengo ningún deseo de acabar en el suelo agarrándome la garganta.

Anduin lo miró fijamente.

— ¿Tú…? ¿Tú mismo vas a probar esa poción? Parece una hazaña más propia de un chamán.

— No, muchacho. Esta vez, es mi reino el que más está sufriendo. Son los enanos los que más están sufriendo. Y yo soy su líder. Somos hijos de los titanes, muchacho. Pertenecemos a la tierra, más que ninguna otra raza. Es justo que sea yo quien lo haga. Además, ¿qué clase de rey sería si dejara que otros se enfrenten a los peligros de lo desconocido mientras yo permanezco sano y salvo como un cobarde? Así no actúan los enanos, muchacho.

— Tampoco mi padre —replicó Anduin, dándose cuenta, mientras la pronunciaba, de que esas palabras eran muy ciertas.

— Ya, Varian tampoco —admitió Magni. — Bueno, los eruditos se muestran de acuerdo en que se puede hacer la prueba aquí mismo, en Ironforge. Sólo he de descender a las profundidades de la tierra todo cuanto pueda, hasta llegar a su corazón.

Entonces, sonrió levemente a Anduin y prosiguió:

—Muy pocos conocen esos lugares secretos, pero creo que puedo confiar en ti. Posees el corazón generoso y robusto de uno de los nuestros, muchacho, a pesar de que eres delgado como un junco y muy frágil, pues no eres más que un niño humano.

Anduin se sorprendió a sí mismo al esbozar una leve sonrisa, algo que dos días antes se habría preguntado si sería capaz de volver a hacer algún día. Además, sabía que Aerin habría sido la primera en reprocharle que estuviera tan triste.

— Aerin me prometió que me enseñaría a ser un buen enano —afirmó el príncipe con un tono de voz cargado de emoción, aunque sorprendentemente sereno.

— Ah —replicó Magni, esbozando una sonrisa triste. — Por lo que veo ante mí, yo diría que lo hizo muy bien.

Anduin volvió a tragar saliva con dificultad.

— Bueno —dijo Magni, — he enviado a unos cuantos herboristas a reunir los ingredientes necesarios. Todo debería estar preparado para mañana por la mañana.

— ¿Tan pronto?

— Sí. Cuanto antes, mejor. Será conveniente que Azeroth me hable ya, para que pueda hacer todo lo posible por arreglar la situación, por ella. ¿No crees?

Anduin asintió. Sólo la Luz sabía si se iban a producir o no más réplicas.

Entonces, el príncipe hizo ademán de regresar a sus habitaciones, pero en vez de eso, sus pies lo arrastraron hasta la Sala de los Misterios, que había evitado durante los dos últimos días. Por alguna razón, no quería volver a ver a Rohan. No estaba muy seguro de por qué. Quizá porque tenía la sensación de que le había fallado al sumo sacerdote al no haber podido salvar las vidas de aquellos enanos.

Quizá porque la ira lo había dominado cuando Rohan había insistido en que se alejara de los escombros de aquel edificio. No obstante, ahora se hallaba ante aquella sala, así que respiró hondo y entró. De inmediato, como siempre, la Luz lo reconfortó. Aun así, como todavía seguía sin querer hablar con nadie, ascendió a la planta superior, donde había menos gente. Sin embargo, en cierto momento, escuchó una voz muy suave y esbozó una leve mueca de disgusto al reconocer que se trataba de Rohan. Mantuvo los ojos cerrados y la cabeza gacha, con la esperanza de que el enano no se fijara en él. A continuación, escuchó unas pisadas que se acercaban y que, acto seguido, se detuvieron. Entonces, alguien posó una mano con suma delicadeza sobre su hombro.

Anduin no respondió a aquel gesto de ningún modo, sino que simplemente sintió cómo una gentil calidez lo recorría por entero.

Acto seguido, Rohan le dijo a media voz:

— Eres un buen muchacho, Anduin Llane Wrynn. Tienes buen corazón. Has de saber que si se llega a romper, volverá a recomponerse.

Mientras el enano se retiraba, Anduin se percató de que, si bien no le había lanzado ningún conjuro mágico, se sentía mucho mejor.

Al parecer, uno se podía curar de muchas formas.

* * *

Cuando regresó a sus habitaciones, se encontró con que Wyll lo estaba esperando con una nota en la que Magni le pedía a Anduin que se presentara en sus aposentos. Anduin se sintió un poco confuso ante tal petición, pero fue para allá de inmediato.

Magni lo estaba esperando. La habitación en la que recibió a Anduin era sorprendentemente pequeña y acogedora; en ese aspecto, seguía la tradición enana, y era todo lo contrario a las espaciosas y bien ventiladas habitaciones humanas. Un pebetero ardía jubilosamente, y la mesa estaba repleta de comida muy sencilla pero al mismo tiempo suculenta y sustanciosa. En ese instante, a Anduin le rugió el estómago de manera bastante notoria, y se percató de que no había comido desde hacía varias horas. Desde la… muerte de Aerin, no había tenido mucho apetito, pero ahora, al ver aquel surtido de carnes asadas, frutas, panes y quesos expuesto sobre la mesa, pareció regresar con ánimo de venganza. La vida, al parecer, seguía adelante. El cuerpo tiene necesidades que han de ser satisfechas, a pesar de que, tal como Rohan había dicho, uno tuviera roto el corazón.

— Ah, aquí estás, muchacho —le saludó Magni. — Coge una silla y da buena cuenta de estos manjares.

Como el plato del rey ya estaba repleto de comida, Anduin hizo lo que se le pedía; disfrutó del cordero asado, el queso de Dalaran y las uvas.

— Quería tener unas palabras contigo antes del ritual de mañana — le explicó Magni, al tiempo que cogía su jarra de cerveza dispuesto a dar un buen trago. — Antes del terremoto, mantuve una breve charla con Aerin.

En ese instante, la comida se le quedó atascada a Anduin en la garganta, de modo que cogió su vaso de zumo para poder deglutir esa comida que de repente había perdido todo su sabor.

—  Me comentó que nunca había visto a nadie esforzarse más en los entrenamientos de combate, y sabía lo que decía, pues ha entrenado a unos cuantos guerreros hasta la fecha. Pero… también me indicó que las armas no eran tus mejores amigas precisamente, que no se te daban bien.

Entonces, el príncipe humano se ruborizó. ¿Tanto había decepcionado a Aerin?

— Y como es… era… una muchacha muy inteligente, sabía quién era un guerrero nato con sólo mirarlo.

Una vez dicho esto, el rey dio un mordisco a una manzana lozana y se dedicó a mascar la jugosa fruta mientras aguardaba la reacción de Anduin a sus comentarios. El muchacho dejó el cuchillo y el tenedor sobre la mesa y, simplemente, esperó a escuchar lo que Magni tenía que decir. Algo amable que rebajara la tensión, sin duda alguna.

Algo que hiciera parecer que Anduin no lo había decepcionado.

— También he estado hablando con Rohan —prosiguió Magni. — Si uno es capaz de soportar sus horribles chistes, se acaba dando cuenta de que es realmente sabio. No reparó en halagos al hablar de ti… cómo ibas progresando día a día. Cómo te sentiste obligado a ayudar a aquellos que habían resultado heridos. Cómo seguiste adelante a pesar de que deberías haberte rendido hacía tiempo por culpa del agotamiento.

Entonces, dio otro trago a la jarra de cerveza, la posó sobre la mesa y se volvió para encararse con Anduin de frente.

— Muchacho, ¿has pensado alguna vez que quizá no has nacido para ser un guerrero? ¿No has pensado que podría haber otra cosa que podría ser exactamente aquello para lo que estás destinado?

Anduin no se atrevió a apartar la mirada de su plato. Por lo que Aerin le había contado sobre lo mucho que Magni había deseado tener un hijo, y no una hija, no sabía cómo se iba a tomar que criticara las decisiones de Varian, de su padre. Al final, decidió responder con sinceridad y claridad.

— Mi padre desea que sea un guerrero —contestó. — Siempre he sabido que, en lo más hondo de su corazón, eso es lo que desea que sea.

Magni apoyó una mano en el hombro de Anduin.

— Oh, quizá eso sea lo que él desea, de acuerdo, porque él es un guerrero. Pero tu padre es un buen hombre. Al final, querrá que hagas lo que es bueno para li, y para el reino. Sanar no tiene nada de malo, muchacho; amar la Luz, inspirar a la gente y darle esperanza no tiene nada de malo, en absoluto. Eso también supone hacer lo mejor para tu reino. No hace falta ser un guerrero.

Anduin sintió que un escalofrío lo recorría por entero, pero no era una sensación desagradable ni mucho menos; era un estremecimiento provocado por el hecho de que Rohan acababa de revelarle una gran… verdad, que le dejó una extraña sensación de calma y satisfacción. Podía ser sacerdote. Alguien que colaborara con la Luz para que esta pudiera curar y no se dedicara a hacer daño; alguien que inspirara a otros a despejar de dudas sus mentes para que encontraran su camino y que les pidiera que dieran lo mejor de sí mismos, en vez de inflamar sus sentimientos más siniestros. Pensó en la sensación de paz que lo invadía cada vez que entraba en la catedral o en la Sala Mística de Ironforge. Su alma anhelaba eso mismo. Escuchar al rey enano expresar con palabras esos sentimientos fue como si al fin hubiera encontrado su camino. Alzó la vista en busca de Magni, con intención de que se cruzase con la de aquel poderoso guerrero y gran rey.

— Lo que acabas de decir, ¿iba en serio?

— Sí. Mientras te asignamos otro adiestrador en el arte del combate, me sentiría muy satisfecho si fueras a hablar seriamente con el Sumo Sacerdote Rohan.

Anduin no quería otro adiestrador. Quería a Aerin, a esa enana alegre, pragmática y franca. No obstante, asintió y dijo:

— Lo haré, señor.

— ¡Bien!

Acabaron de comer, charlaron tranquilamente y cuando la última uva acabó en la boca de Anduin y la última gota de cerveza en el gaznate de Magni, el enano se dio unas palmaditas en la tripa y le sonrió al príncipe humano.

Ahora será mejor que durmamos un poco. Aunque, antes de eso, tengo algo que darte.

Se levantó de la silla y se acercó a un viejo arcón.

Anduin lo siguió presa de la curiosidad. El arcén protestó con un gemido en cuanto Magni alzó la tapa. Dentro había varios objetos cubiertos con telas cuyas formas le llevaron a Anduin a creer que eran armas. Magni escogió una, la alzó y la desenvolvió cuidadosamente.

En efecto, se trataba de un arma, una maza, que brillaba tanto como el día en que fue forjada a pesar de que debía de ser muy antigua. La cabeza estaba hecha de plata y estaba surcada por unas vetas de oro que se entrecruzaban, sobre las que habían tallado unas runas.

Asimismo, unas pequeñas gemas ornamentaban la maza en diversos puntos. Era, en su conjunto, un arma muy herniosa y elegante que aunaba belleza y poder.

— Esta es Fearbreaker —aseveró Magni de manera reverente. — Es un arma muy antigua, Anduin. Tiene varios cientos de años. Ha pasado de un Bronzebeard a otro. Ha sido testigo de batallas tanto en Outland como aquí, en Azeroth. Ha conocido el sabor de la sangre y, en ciertas manos, se sabe que también ha detenido la sangre que manaba de determinadas heridas. Toma, cógela. Sostenía en tus manos. Comprobemos si le caes en gracia.

Magni le guiñó un ojo.

A pesar de que se sentía bastante intimidado, pues aquella arma era enorme para que alguien tan enclenque como él pudiera blandiría, Anduin extendió una mano y asió el mango de la maza. De inmediato, sintió cómo una sensación de gélida calma se expandía desde el arma hasta su mano, y después por todo su cuerpo.

Entonces se percató de que inhalaba aire con fuerza y lo expulsaba en forma de suspiro, y de que su cuerpo, que había permanecido muy tenso por culpa del esfuerzo y el sufrimiento tanto físico como emocional, se relajaba. Si bien la incertidumbre y la preocupación no fueron desterradas del todo de su mente, menguaron bastante en cuanto el tacto metálico de Fearbreaker rozó su piel.

Entonces, justo cuando iba a abrir la boca para expresar lo que sentía, habría podido jurar que aquella arma… había brillado levemente.

— Como sospechaba —confirmó Magni. — Le caes en gracia.

— ¿Está… viva?

— No, no. Pero sabes tan bien como yo, muchacho, tan bien como cual quiera que haya blandido un arma, que pueden ser a veces muy quisquillosas. He pensado que tú y Fearbreaker podrían hacer una pareja excelente. Es tuya.

Anduin se quedó boquiabierto.

— No, no… no puedo…

— Oh, sí que puedes, y lo harás. Fearbreaker lleva ahí bastante tiempo, esperando a que la mano adecuada la empuñe. Quizá no seas un guerrero como tu padre, pero aún puedes dar mucha guerra en combate. Fearbreaker lo demuestra. Adelante, muchacho. Esta arma estaba destinada a ser tuya.

Anduin parpadeó. Últimamente lloraba con suma facilidad, pero, de algún modo, mientras sostenía esa hermosa maza forjada con gran maestría, no se sintió avergonzado por el hecho de emocionarse como lo había estado en otras ocasiones. Fearbreaker. Eso era lo que Rohan había hecho cuando le entró el pánico: lo obligó a romper con el miedo, e hizo que diera lo mejor de sí mismo.

— Gracias. La cuidaré como un tesoro.

— Claro que sí. Ahora, ve a la cama, muchacho. Tengo que preparar unas cuantas cosas de última hora y, luego, yo también me acostaré. Uno tiene que dormir bien si va a mantener una larga conversación con su mundo al día siguiente, ¿eh?

Anduin se rió levemente. Abandonó los aposentos de Magni sin sentirse animado o feliz sino en paz al haber aceptado lo que acababa de ocurrir. Después, colocó aquella arma tan valiosa en la mesilla de noche, junto a la cama. En la oscuridad de la habitación, tras haber soplado las velas, la maza despedía un fulgor apenas perceptible, y mientras se sumía en el reino de los sueños, Anduin se preguntó si era una estupidez pensar que aquella arma velaba por él.

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