Devastación: Preludio al Cataclismo – Capítulo Trece

Devastación: Preludio al CataclismoAnduin se aferró con fuerza al gran camero mientras este tomaba, a galope tendido, el sendero resbaladizo y cubierto de hielo que llevaba de Ironforge a las aldeas de los alrededores. No le quedaba más remedio que confiar en las pezuñas del carnero; para su sorpresa, se dio cuenta de que hacía bien en confiar en él. No dio ni un solo traspiés. Asimismo, había descubierto que era más cómodo montar en aquellas enormes bestias que en caballos, pero eso no quería decir que disfrutara del ritmo precipitado y suicida con el que estaban realizando aquel viaje.

A medida que se aproximaban a Kharanos, varios de los montaraces destinados ahí los saludaron.

— ¡Dense prisa! ¡Aún queda gente atrapada en la ciudad! —gritó uno de ellos. — ¡Dame tu carnero, muchacha! ¡He de ir a Ironforge a buscar más ayuda!

Aerin bajó inmediatamente de su montura y le entregó las riendas a aquel montaraz, que se encaramó a la silla de un salto y partió. Sin mediar palabra, Aerin subió al camero de Anduin, y se situó justo detrás de él; acto seguido, prosiguieron su marcha a gran velocidad con aire sombrío.

En aquel lugar, el estado de los heridos era mucho más grave.

Anduin vio prácticamente a una decena de personas que estaban siendo tratadas a la intemperie, puesto que casi todos los edificios habían sufrido algún daño que otro. Miró a su alrededor en busca de Rohan y lo encontró arrodillado sobre una anciana enana. Anduin descabalgó del camero y se acercó al sumo sacerdote raudo y veloz justo cuando tapaba con una sábana un cuerpo inerte.

Rohan alzó la vista. Su mirada parecía más avejentada que nunca.

— Príncipe Anduin dijo, — sabía que vendría. Sabe prestar los primeros auxilios, ¿verdad?

Anduin asintió.

— Aunque no soy enano, poseo una espalda bastante fuerte — aseveró. — Tengo entendido que hay gente atrapada ahí dentro. — Sí —replicó Aerin. — ¡Saquemos a esa gente de ahí para que no corra peligro y pueda disfrutar del aire fresco!

Durante las siguientes horas, Anduin tuvo mucho trabajo que hacer.

A medida que iban sacando a más y más víctimas del terremoto de entre los escombros, Rohan iba curando a los que presentaban heridas más graves, dejando a los que habían sufrido heridas leves a Anduin, quien limpió y vendó heridas, sonrió y reconfortó, y, en cierto momento, vio que Rohan lo observaba con gesto de aprobación.

Mientras atendía a los heridos, el príncipe pensó en su padre. Varian era un guerrero, y Anduin sabía que él no lo era. Los entrenamientos de combate y el mero hecho de pensar en que tendría que infligir daño a alguien algún día, jamás habían hecho sentirse al príncipe humano como se sentía en estos momentos; ahora que estaba haciendo algo concreto para calmar el dolor en vez de provocarlo, para ayudar a la gente en vez de hacerle daño. Si bien la guerra a veces era espantosamente necesaria, como había sido el caso de la campaña de Northrend, Anduin sabía en lo más hondo de su ser que siempre anhelaría, y lucharía por, la paz. A pesar de que las heridas que sufría aquella gente las había causado la naturaleza y eran algo inevitable, eran una auténtica desgracia. Por eso mismo, Anduin no quería ni pensar en cómo se habría sentido si estuviera tratando a unos heridos en una batalla y no por el derrumbe accidental de unas cuantas rocas.

Entretanto, alguien había preparado un caldero que había llenado de nieve. El agua resultante al calentar el recipiente estaba limpia y tibia. Anduin vertió un poco de una poción curativa en una jarra de agua y añadió unas cuantas hojas de flor de paz para macerarla, y luego se la entregó a una joven madre gnoma; quien dejó que sus dos hijos, un bebé y un niño de unos dos años, le dieran un sorbo antes de bebería ella.

— Es muy amable, señor —le agradeció la gnoma. — Gracias.

— De nada —replicó el príncipe, dando una palmadita cariñosa al bebé en la cabecita y acercándose a un enano irascible de mediana edad que estaba discutiendo con otro sanador. La sacerdotisa, una elfa de la noche que se hallaba en el lugar de visita, estaba curando un corte que el enano tenía en la frente, del que sangraba profusamente.

— ¡Estoy bien, maldita sea! ¡Ve a atender a alguien que esté realmente herido, o serás la próxima a la que tengan que atender tus colegas porque te habré roto la nariz!

— Por favor, señor, si se está quieto…

— ¡No malgastes tus valiosas facultades curativas en sanar un corte de nada! — bramó el enano. — ¿Por qué no…?

Entonces, la tierra se estremeció de nuevo. Pero esta vez, Anduin no se sintió como si estuviera sobre una enorme criatura que ronroneaba, sino como si intentara mantener el equilibrio a lomos de un caballo desbocado. Al final, perdió pie y se estrelló contra el duro suelo helado, que temblaba bajo é!, furioso y sumamente agresivo.

Al instante, se cubrió la cabeza y aguantó la respiración mientras aguardaba a que todo pasase. A su alrededor, escuchó gritos, muy agudos y cargados de pavor, y un ruido grave atronador similar a un inmenso crujido. Anduin luchó contra el terror primigenio que lo invadió mientras cerraba los ojos con fuerza y rezaba a la Luz. Este nuevo seísmo lo había sorprendido. Había sobrellevado el primer terremoto bastante bien, pero, ahora, había perdido el juicio. Enseguida se percató de que el grito que escuchaba a su alrededor también incluía su propia voz.

Acto seguido, algo cálido y reconfortante lo tocó y, al instante, sintió la familiar calma que destila la Luz. De improviso, la tensión abandonó su pecho y pudo volver a respirar. Si bien la tierra todavía temblaba bajo su cuerpo, ahora podía pensar con claridad, recobrar el control de sus emociones y no dejar que ellas lo controlasen. Los demás también parecieron calmarse, de tal modo que los horribles gritos ya no se mezclaban con el rugido de la tierra al estremecerse.

El seísmo pareció hacerse eterno, pero, por fin, la réplica concluyó. Anduin alzó la cabeza con suma cautela. Su aliento formó una nube en medio de aquel aire gélido mientras miraba a su alrededor. Comprobó que la gnoma y sus niños se encontraban perfectamente. Al igual que el enano gruñón y la elfa de la noche, aunque ambos estaban muy pálidos. ¿Y Rohan…? Oh, estaba ahí. Debía de ser él quien los había calmado a todos, valiéndose de la Luz para protegerlos de aquel paralizante ataque de pánico. Anduin colocó ambas manos sobre la tierra para poder incorporarse y, al instante, notó que tocaba algo húmedo. Durante un segundo espeluznante, pensó que podía tratarse de sangre, pero era frío y de color marrón.

¿Qué…? Lentamente, Anduin se puso de pie, sin dejar de mirar fijamente el líquido que le empapaba las manos. Acto seguido, lo olió con mucha cautela.

Era… cerveza.

Durante unos segundos, la situación careció de sentido, hasta que se dio cuenta de lo que había ocurrido. Se giró para poder ver qué tenía a sus espaldas; se trataba de varios toneles destrozados que habían salido despedidos rodando y de un manto de un blanco inquietante que cubría un solar donde antes había un edificio.

La Destilería Cebatruenos se había derrumbado, y la nieve y la tierra que había caído desde la colina situada tras ella la habían sepultado.

— Por la Luz —susurró Anduin.

Aquellas palabras conformaron una oración cargada de pánico mientras echaba a correr y se acercaba a un montículo de nieve que, en su momento, había sido una acogedora posada. Otros se le unieron de inmediato, pidiendo calma a gritos a los que estaban dentro, cogieron unas cuantas palas y se dispusieron a cavar con ganas. Una maga gnoma, cuyos ropajes revolotearon frenéticamente, se presentó a todo correr en el lugar.

— ¡No se preocupen! ¡Puedo derretir la nieve! —gritó, y, acto seguido, se preparó para hacer realidad sus palabras.

— ¡No! —gritó Anduin. — ¡La inundarás!

La gnoma, que llevaba su melena pelirroja recogida en dos coletas, lo fulminó con la mirada, aunque hizo un gesto de asentimiento con la cabeza en cuanto captó la lógica que anidaba en la sentencia del príncipe.

— Será mejor recurrir al viento —dijo alguien con un tono de voz muy dulce.

Entonces, apareció una elegante draenei de largas piernas, que miraba a Anduin directamente. Entonces, el príncipe se preguntó cómo era posible que, de repente, él, un muchacho de trece años, estuviera al mando de aquella situación. No obstante, se vio obligado a decidir con suma celeridad si la draenei tenía razón o no.

Sí; siempre que ese viento se dirigiera hacia ese lugar en concreto y se mantuviera bajo control, podrían alejar la nieve que cubría el edificio sin causar daño a nadie que estuviera atrapado en su interior.

Entonces, podrían comprobar cuánta tierra había acumulada encima de los escombros.

— Eh… sí —replicó de forma muy poco elegante. — Pero ¡tengan cuidado!

La draenei cerró los ojos y se atusó su pelo negro azulado con unos largos dedos azules. A pesar de la gravedad de la situación, Anduin, por un instante, se quedó simplemente mirándola, cautivado por su belleza y elegancia; no obstante, enseguida se ruborizó y concentró su atención en la magia que aquella chamán estaba invocando.

Entonces, escuchó un tenue golpe sordo y una diminuta silueta cobró forma. Tenía forma de jarra y lo inundaba una luz deslumbrante; sabía que se trataba de un tótem, a través del cual la chamán contactaría, invocaría y controlaría a los elementos. Unas joyas radiantes parecían girar a su alrededor, y unas runas que no reconoció formaban un círculo a su alrededor que se movía lentamente.

Un segundo después, un pequeño diablo de polvo cobró forma; era de color blanco azulado y giraba incesantemente sobre sí mismo.

Fue creciendo de tamaño a medida que la chamán canturreaba, y con un leve giro de su muñeca, lo liberó. Pero el diablo no se movió. La draenei abrió los ojos desconcertada, y dijo algo en un idioma que Anduin no entendió. Aun así, el diminuto elemental que había invocado no la obedeció.

En el semblante de la chamán se dibujó una expresión de confusión y cierto atisbo de terror. Volvió a hablarle, a implorarle, y, al fin, el diablo avanzó, girando sobre sí mismo, y limpió la nieve que salió volando en todas las direcciones de tal modo que los allí presentes tuvieron que retroceder un poco. Unos momentos después, todo acabó. Ya no había nieve sobre el edificio, la piedra que había conformado el tejado de la destilería quedó al descubierto. El elemental siguió dando vueltas allí mismo, cada vez más y más rápido, hasta que se desvaneció de repente. Entonces, por el rabillo del ojo, Anduin vio cómo la joven chaman draenei se llevaba una mano temblorosa a la cara.

El gentío allí congregado avanzó una vez más, ansioso por poder ayudar a los que estaban atrapados ahí dentro. Anduin formaba parte de la muchedumbre.

— ¡Espera, espera! —exclamó Rohan. — ¡Silencio!

Todo el mundo obedeció y se quedó mirando fijamente al sumo sacerdote, que cerró los ojos y escuchó. Anduin logró oírlo tras permanecer muy concentrado un rato; se trataba de unos tenues golpecitos y unos leves ruidos metálicos. Alguien seguía todavía vivo allá abajo. También consiguieron escuchar unas voces apagadas, aunque apenas lograban distinguir las palabras que pronunciaban.

— ¡No malgastes el aliento gritando! —les ordenó Rohan con su grave voz. — ¡Les hemos oído! ¡Vamos a rescatarlos!

La gente cavó con sus propias manos. Otros trajeron herramientas para ayudar a desenterrarlos. A Anduin no le sorprendió que Aerin encabezara el equipo de rescate; a le enana le empezaron a temblar los brazos por culpa del esfuerzo pasado un rato, pero su determinación se impuso sobre el cansancio. Poco a poco, fueron levantando las rocas, y quedaron al aire los cuerpos cubiertos de polvo de los heridos sepultados debajo. Rohan se desplazó de aquí para allá, con el fin de poder examinar y curar a aquellos que necesitaban sus cuidados aunque no pudiera establecer un contacto físico con ellos. Estaba totalmente concentrado, con la mirada clavada en sus pacientes mientras movía las manos con una rapidez que no era propia de su edad. A medida que las víctimas del terremoto eran sacadas vivas y sanas y salvas de entre los escombros, Anduin sintió cómo las lágrimas se asomaban a sus ojos; unas lágrimas de alegría y gratitud por poder contar con aquel enano sanador y por la ayuda que les prestaba la Luz.

— ¿Cuántas plantas tenía el edificio? —preguntó Anduin, que se había detenido un momento a enjugarse el sudor de la frente.

A pesar de que hacía frío, sudaba copiosamente debido al gran esfuerzo físico que había hecho.

— Tres —respondió alguien.

— No, cu-cuatro —le corrigió otro.

Se trata del posadero, Belm, quien estaba sentado a un lado, cubierto con una manta y con una taza de té caliente en la mano. Sostenía la taza con ambas manos para calentarse un poco y, al hablar, tembló:

— En las habitaciones de la planta in-inferior se alojan los que sólo se van a quedar una noche. No teníamos ningún huésped ahí, y creo que, en el momento del terremoto, no había nadie ahí abajo.

— Demos gracias a la Luz por estos pequeños milagros —masculló Rohan. — Entonces, sólo tenemos que preocupamos de las tres plantas superiores.

— Bueno, esto es pan comido —aseveró Aerin, aunque la tensión que se reflejaba en su rostro la traicionaba y revelaba sus verdaderos pensamientos.

— ¡Cuanto antes reconstruyamos este lugar, antes podremos brindar con la excelente cerveza Cebatruenos!

Al escuchar estas palabras, la multitud estalló en carcajadas, y por primera vez desde que se había desatado la horrible tragedia de los seísmos y sus réplicas, Anduin vio sonrisas dibujadas en algunos semblantes. Aunque todavía debían rescatar a los heridos cuanto antes, aquel comentario rebajó la tensión, lo cual permitió a todos excavar con más rapidez.

En breve, lograron limpiar de escombros el primer piso, y sacar de ahí a los heridos así como algunos cadáveres desgraciadamente. Una vez más, alguien propinó unos golpecitos a unos cascotes con una cadencia regular, y una vez más alguien respondió bajo los escombros, lo cual hizo que la gente suspirara aliviada. Varios voluntarios gnomos fueron los primeros en bajar al siguiente piso con unas cuerdas atadas a sus diminutas cinturas colándose por el hueco abierto en una pequeña zona despejada de cascotes. A continuación, dieron varios tirones a la cuerda para indicar al resto cuántos supervivientes había; eran tres en total. Los congregados en lomo al derrumbe profirieron un grito de júbilo, se ensanchó el agujero, y mientras unos cuantos intentaban despejar lo más posible el camino, Aerin y otro enano descendieron por él.

Albergaban muchas esperanzas de que el rescate saliera bien. De momento, así era. Asimismo, más gente se acercaba para ofrecer su ayuda. Y se iban repartiendo comida, bebidas calientes y mantas entre las víctimas. En cierto momento, Anduin alzó la vista hacia Rohan, quien aún flotaba en el aire y cuya mirada se cruzó con la del príncipe mientras asentía.

—No te preocupes, muchacho, reconstruiremos todo esto. Los enanos somos duros de pelar, al igual que nuestros amigos los gnomos. Créeme, ¡la destilería será lo primero que se reconstruya!

Anduin se rió como todos los demás al escuchar aquel comentario y volvió a dar el callo con una sonrisa en los labios. Entonces, comenzó a nevar de nuevo, lo cual entorpecía aún más el rescate. Estaba empapado y helado, pero la actividad física lo ayudaba a mantenerse en calor. Tenía los dedos destrozados y ensangrentados.

Aunque sabía que Rohan se los podría curar con una rápida oración, también sabía que había otros que requerían su atención con mucha más urgencia. Sus dedos se curarían. Pero las heridas que otros habían sufrido eran harina de otro costal…

Una vez más, otra réplica sacudió la tierra. Anduin apenas tuvo tiempo de apartarse de un salto de aquel suelo que se estremecía bajo sus pies. Se estrelló contra el suelo, y se quedó sin aire del golpe, y jadeó como un pez en busca de oxígeno mientras esbozaba una mueca de dolor y unas piedrecillas le caían encima. La tierra al fin cesó de estremecerse con furia y, por enésima vez, Anduin se puso en pie y se limpió un hilillo de sangre que le caía por los ojos para poder contemplar la destilería. Parpadeó, a pesar de que se le pegaban las pestañas por culpa del frío, y, por un momento, fue incapaz de creer lo que estaba viendo.

Ya no había ninguna destilería. Sólo un espantoso agujero en el suelo, que estaba cubierto de fragmentos de muros, techos y mesas.

El polvo aún se alzaba de aquella oquedad, mezclándose de manera incongruente con la nieve que caía con suavidad.

Aerin…

Rohan descendió y dio unos golpecitos a la piedra que conformaba el suelo, y arrimó la oreja al suelo para comprobar si oía algún ruido provocado por los posibles supervivientes. Unos segundos después, repitió el gesto. Acto seguido, exhaló un largo y profundo suspiro y retrocedió mientras negaba lentamente con la cabeza.

Entonces, algo se quebró en el fuero interno de Anduin.

— ¡No! —gritó al tiempo que se abalanzaba sobre el agujero.

El miedo le infundió fuerzas renovadas, y obligó a sus dedos ateridos y congelados a obedecer su voluntad inquebrantable.

Agarró una piedra enorme y la apartó, pero detrás de ella había otra roca colosal.

— ¡Aerin! —gritó con voz ronca. — ¡Aerin, aguanta, voy a sacarte de ahí!

— Muchacho —se oyó decir a una voz delicada.

Había algo en ese tono de voz que Anduin se negaba a aceptar. El príncipe ignoró a Rohan y siguió excavando, mientras respiraba entrecortadamente entre jadeos y sollozos.

— Aerin, aguanta, ¿vale? ¡Ya va-vamos!

— Muchacho —repitió Rohan de manera más insistente.

Entonces, Anduin sintió una mano sobre su hombro y se revolvió con furia con el fin de apartarla; acto seguido, lanzó una mirada iracunda al sacerdote y, a pesar de que no veía muy bien porque su visión estaba borrosa por culpa del esfuerzo y las lágrimas, pudo comprobar que su semblante surcado de arrugas estaba dominado por la compasión y la tristeza, pero se negó a aceptar su piedad y pesar. El príncipe miró a su alrededor, contempló a aquellos que se suponía que tenían que ayudarlo y, sin embargo, permanecían inmóviles. Por los rostros de algunos de ellos corrían lágrimas.

Todos ellos parecían aturdidos y conmocionados.

— No se oye ningún golpeteo —insistió Rohan de manera inexorable. — Se… acabó. Nadie puede sobrevivir a algo así.

—Apártate de ahí, muchacho. Ya has hecho mucho más de lo que podías.

— ¡No! —chilló Anduin, intentando golpear con su brazo a Rohan, a quien no alcanzó por muy poco. — ¡Eso no lo sabes! ¡No podemos abandonarlos! No responden porque están heridos, o tal vez inconscientes. Debemos damos prisa… tenemos que sacarlos de ahí… tenemos que sacarla de ahí…

Rohan permaneció inmóvil y no hizo nada por intentar detener al joven príncipe humano. Anduin, con el rostro anegado en lágrimas, siguió excavando y perdió la noción del tiempo. Apartó una piedra tras otra, hasta que sus exiguos hombros se sumieron en una profunda agonía, hasta que las manos le sangraron con furia, se le entumecieron y empezó a sufrir calambres, hasta que al fin se derrumbó sobre la piedra cubierta de nieve sollozando desconsolado.

Estiró un brazo, con la palma de la mano extendida, como si intentara así contactar con su amiga, atrapada bajo aquella piedra implacable que la tierra le había lanzado encima.

— Aerin —le susurró a la enana, allá donde esta estuviese en esos momentos. — Aerin… lo siento… lo siento mucho…

Esta vez no se resistió a las manos que lo agarraron con delicadeza y lo levantaron exhausto. Aceptó lo inevitable, incapaz ya de luchar más, con el corazón destrozado y el cuerpo sin energías para rebelarse. Lo último de lo que fue consciente antes de que la piadosa inconsciencia se lo llevara fue de la gentil caricia de unas manos nudosas a la altura de su corazón y en su frente. Entonces, oyó la suave voz de Rohan que le decía que descansara para poder curarse.

Visualizó mentalmente el rostro alegre de una enana de pelo castaño que sonreía, como siempre sonreía Aerin, como siempre seguiría sonriendo en lo más hondo de su corazón.

Regresar al índice de la novela Devastación: Preludio al Cataclismo

Share

Deja un comentario

Tu email nunca se publicará.