Devastación: Preludio al Cataclismo – Capítulo Doce

Devastación: Preludio al CataclismoDrek’Thar se revolvió y se agitó en su sueño. Las visiones lo agarraban y lo pellizcaban, se burlaban de él y lo atormentaban. Surcaban de forma simultánea su mente unas visiones turbias, inciertas y borrosas, tanto de paz y prosperidad como de desastre y ruina.

En esta visión en concreto, ya no era ciego. Estaba incorporado, pero no había nada bajo sus pies. A su alrededor sólo había estrellas y un firmamento tan negro como la tinta, por encima de él y por debajo.

Entonces, divisó a los Espíritus de la Tierra, el Aire, el Fuego y el Agua. Estaban furiosos, contrariados y encolerizados con él. Intentaban alcanzarlo, le rogaban que les hiciera caso, pero cuando se volvió hacia ellos, dispuesto a escucharlos y entenderlos, lo rechazaron con una furia tan tremenda que se quedó anonadado. Si los elementos hubieran sido unos niños, se le habrían presentado llorando.

El agua rompía salvajemente alrededor, azuzada por el Aire que se manifestaba en forma de viento. Las tormentas, intensas y vigorosas, arremetían contra los barcos y los partían en dos como si se tratara de unos juguetes. Los hijos de Cairne y Grom estaban en uno de esos barcos… No, no, se trataba de Thrall… Pero ya no importaba quién iba en aquel barco, ya que había quedado reducido a meras astillas mojadas.

El Fuego se encontraba cerca y sus chispas arremetieron contra Drek’Thar como si fueran pájaros que protegieran un nido. El chamán, indefenso ante ese ataque tan violento, gritó al comprobar que el Fuego había prendido en su ropa y estaba ardiendo. Intentó apagar las llamas golpeándolas frenéticamente con sus manos, pero aquel Fuego se negaba a morir.

Justo cuando parecía que Drek’Thar iba a sucumbir al ataque del Fuego, este cesó. El chamán, que había sobrevivido de una pieza, permaneció unos instantes respirando agitadamente y temblando de pies a cabeza. Aquellos momentos le parecieron eternos. Y si bien no sucedió nada más, la visión prosiguió.

Entonces, sintió que algo retumbaba bajo sus pies. Y, de algún modo, supo que el Aire y el Agua y el Fuego ya habían expresado su dolor. A pesar de que los elementos podrían volver a echarse a llorar, Drek’Thar sabía que ese temblor que sentía bajo sus pies y estaba provocado por los sollozos de la Tierra era algo que aún no había sucedido, que todavía tenía que pasar. Asimismo, intuía que sus consecuencias serían terribles. Al instante, una serie de imágenes surcó su mente a gran velocidad: un lugar cubierto de nieve, un lugar boscoso…

El chamán profirió un grito y se irguió veloz como un rayo, pestañeando con unos ojos que, misericordiosamente, sólo veían oscuridad una vez más. Sus manos, que intentaban aferrar algo en el aire, se encontraron con las de Palkar, como siempre.

— ¿Qué sucede, abuelo? —preguntó el joven orco con un tono de voz diáfano y fuerte, al que no afectaban las visiones que asolaban al anciano chamán.

Drek’Thar abrió la boca con intención de responder, pero, entonces, unas tinieblas similares a las que cegaban sus ojos nublaron sus pensamientos. Había soñado… algo. Algo importante. Algo que tenía que contar a los demás…

— No… no lo sé —susurró. — Está a punto de suceder algo terrible, Palkar. Pero… no sé qué. ¡No lo sé!

Se estremeció presa de la frustración y sollozó arrastrado por el miedo.

Unas lágrimas cálidas recorrieron su semblante.

* * *

Anduin fue creándose una rutina a medida que los días transcurrían.

Las mañanas las dedicaba a entrenar con la aparentemente inagotable y siempre animada Aerin. Cuando no estaban entrenando, la enana y Anduin salían a cabalgar por el campo. Si bien los carneros no eran, ni nunca serían, su montura predilecta, a Anduin le encantaba tener la posibilidad de abandonar la ciudad; aquel paisaje cubierto de nieve, donde respiraba un aire tan puro que casi le hacía sentirse mareado, era muy distinto de los parajes templados de Stormwind. Por otro lado, se había ido encariñando de Aerin.

Podía confiar en que nunca le lanzaría un golpe bajo o un comentario sarcástico a traición, y le resultaba muy reconfortante que la enana mantuviera esa actitud. En una ocasión, el príncipe se atrevió a preguntarle sobre Moira.

— Huy, ese es un asunto muy peliagudo —respondió la enana.

— Pues a mí me parece muy diáfano. La secuestraron, la embrujaron y, al final, le rompió el corazón a su padre, a Magni.

— Si bien estoy de acuerdo en que el rey la echa de menos sin duda alguna — replicó Aerin, — he de reconocer que Magni nunca fue un gran padre para Moira.

Anduin se quedó estupefacto. Siempre se imaginó que aquel enano simpático y franco era el padre perfecto. No obstante, tenía claro que debía valorar a la gente por lo que realmente era, no por lo que él quería que fuera.

— No quiero decir que se comportara con ella de manera cruel, ni nada parecido, sino que… bueno, su alteza no debía haber sido niña.

Magni siempre quiso tener un hijo que le sucediera como rey, porque creía que una mujer no desempeñaría el cargo como es debido.

— Pues Jaina Proudmoore lidera de manera excelente a su gente —observó Anduin.

— Sí. De todos modos, poco después de la desaparición de Moira, su majestad nos incorporó a mí y a unos cuantos más a su guardia de élite —le explicó Aerin. — Creo que entonces, por fin, comprendió que había sido muy injusto con ella. Espero que algún día, padre e hija tengan la oportunidad de arreglar las cosas entre ellos.

Anduin esperaba lo mismo. Al parecer, las tensiones en las relaciones entre padres e hijos no eran algo exclusivo de los humanos.

Mientras cabalgaban juntos, pudo conocer a la gente que vivía en las zonas circundantes de Kharanos y el almacén de Brasacerada. Lo más lejos que llegaron una vez fue a Thelsamar en Loch Modan, donde pararon a almorzar y Anduin, exhausto, se durmió junto al lago y se despertó dos horas después; de inmediato, descubrió que se había quemado por exceso de exposición al sol y que las quemaduras le dolían.

— Ay, por lo visto, los humanos no son lo bastante listos para apartarse del sol cuando deben —comentó Aerin jocosamente.

— ¿Y tú por qué no te has quemado? —inquirió Anduin, sumamente enfadado.

El noventa por ciento de las veces que veía a Aerin, esta portaba armadura de cuerpo entero, y el resto del tiempo vivía bajo tierra.

Asimismo, la poca piel que, en aquel instante, podía atisbar que era más pálida que la suya.

— Porque he ido a echar la siesta bajo la sombra de esa roca que sobresale allá a lo lejos —contestó la enana.

Tras escuchar estas palabras, el príncipe se quedó mirándola boquiabierto.

— ¿Por qué no me sugeriste que hiciera lo mismo?

— Pensé que te darías cuenta de qué era lo que debías hacer. En el futuro, seguro que no vuelves a quedarte dormido al sol, ¿a qué no?

La enana le sonrió plácidamente, y el príncipe, a pesar de que sufría un terrible dolor y su piel había adquirido el color de un cangrejo al cocerse, se percató de que era incapaz de enfadarse con ella.

Masculló algo entre dientes mientras se ponía la camisa, ya que aquella fina tela de paño rúnico, a pesar de ser tan suave como la caricia de una pluma, le produjo una agonía al rozar su piel caliente.

Aerin tenía razón. Nunca más echaría una cabezada en un día soleado sin asegurarse antes de que estaba bien protegido del astro rey por una buena sombra.

Cuando regresó a sus aposentos, descubrió que una carta lo aguardaba. Estaba escrita de puño y letra por Magni Bronzebeard.

Anduin:

Preséntate ante el Trono en cuanto regreses. Trae a Aerin contigo.

Si bien el príncipe esperaba tener tiempo para poder pedirle al Sumo Sacerdote Rohan que le calmase el dolor de la quemadura, estaba claro que la petición de Magni debía ser atendida de inmediato. Le enseñó la carta a Aerin, quien abrió los ojos como platos y asintió.

Al unísono, ambos se giraron y se encaminaron con paso firme al Trono. A pesar de que seguía sufriendo una agonía por culpa de la quemadura, Anduin aceleró el paso. La preocupación se había apoderado de él. ¿Le había sucedido algo a su padre? ¿Acaso había estallado la guerra al fin entre la Horda y la Alianza?

Se encontraron a Magni inclinado sobre lina mesa. Otros dos enanos, cuyas vestimentas estaban manchadas tras haber realizado un largo viaje, le flanqueaban, y un tercero presenciaba la escena dominado por la ansiedad y la impaciencia. Anduin lo reconoció como el Alto Expedicionario Munnin Magellas, el jefe de la Liga de Expedicionarios, un enano pelirrojo y barbudo, gallardo y elegante, al que le gustaba llevar gafas casi todo el tiempo. Sobre la mesa había tres tablas de piedra. Los pies de Anduin resbalaron un poco sobre el suelo al tener que detenerse abruptamente, y, acto seguido, lanzó una mirada plagada de confusión a Aerin, quien se encogió de hombros; sin duda alguna, la enana estaba tan confusa como el príncipe.

— ¡Ah, Anduin! ¡Ven aquí, muchacho! ¡Ven a ver esto! —exclamó Magni mientras le indicaba con la mano que se acercase y su mirada brillaba de la emoción.

Una oleada de alivio recorrió a Anduin por entero, dejándolo sin energías por un momento, aunque, acto seguido, se sintió ligeramente irritado.

— Por el mensaje que me dejaste, parecía que querías hablar de un asunto muy urgente, majes… tío Magni —dijo al tiempo que se acercaba al rey y sentía de nuevo el dolor agónico que le provocaba la quemadura.

— ¡Oh, este asunto es más que urgente, es fascinante! ¡Acércate a verlo por ti mismo!

Entonces, uno de los enanos allí presentes asintió y se apartó de en medio para que Anduin pudiera colocarse junto a Magni y Magellas.

El príncipe, tras observar las tablas, se dio cuenta de que no eran tres sino una sola, que estaba rota en tres pedazos. En cada sección de las tablas destrozadas había algo escrito. Aunque Anduin dominaba varias lenguas, aquella no le resultaba nada familiar.

Mi hermano Brann me ha enviado esto —afirmó Magni, quien se quitó uno de sus guantes para, a continuación, recorrer con sus fuertes dedos aquellos textos con una sorprendente delicadeza. — Estas tablas lo intrigaban, y pensó que me interesarían.

En ese instante, miró a Anduin y prosiguió:

—En cuanto lo he visto, te he mandado llamar. Me imagino que no tienes ni idea de qué es esto que estás viendo.

Anduin esbozó una leve sonrisa y negó con la cabeza.

— Jamás he visto unos símbolos similares.

— Estoy seguro de que nadie ha visto estos símbolos jamás. Bueno, o al menos, no en mucho, mucho tiempo. Esta escritura… pertenece a los terráneos.

Al escuchar estas palabras, a Anduin se le puso la carne de gallina, y volvió a contemplar aquellos fragmentos con un respeto aún mayor.

Los terráneos habían sido creados por los titanes hacía muchísimo tiempo. Los actuales enanos descendían de ellos. La piedra que tenía ante sí era indescriptiblemente antigua, quizá tuviera diez mil años, o incluso más. Entonces, acercó una mano temblorosa a las tablas con intención de tocarlas con delicadeza y sumo respeto, como Magni había hecho.

— ¿Sabes qué dicen?

— No, no soy un erudito en este tipo de cosas. Incluso Brann ha tenido bastantes problemas para descifrar su significado. Por eso ha enviado estas tablas aquí, para que las examinen los expertos de la sala. No obstante, él ha logrado descifrar una parte… Déjame ver…—le explicó Magni mientras cogía un papel que había sobre la mesa.

— Dice algo acerca de… ser uno con la tierra.

— Huf —bufó Aerin.

Anduin iba descubriendo, poco a poco, que la enana era una persona eminentemente práctica y muy poco fantasiosa e imaginativa. Se había aburrido tanto durante las repetidas visitas que el príncipe había hecho a la Sala de los Expedicionarios que este le había liberado oficialmente de la obligación de acompañarle en esas ocasiones.

— ¿Ser uno con la tierra? A mi entender, eso es lo mismo que ser enterrado.

Anduin la fulminó con la mirada, aunque no había malicia alguna en esos ojos, y, al instante, volvió a centrar su atención en la tabla.

— ¿Qué crees que quiere decir eso? Es un mensaje un tanto vago.

— En efecto, y este tipo de cosas exigen claridad —aseveró Magni, asintiendo con la cabeza. Acto seguido, miró al príncipe inquisitivamente. — Eres un muchacho muy listo, Anduin. ¿Has estado prestando atención últimamente a lo que sucede en el mundo?

Anduin se sintió bastante confuso ante esta pregunta.

— Sé que hay muchas tensiones entre la Alianza y la Horda — afirmó al tiempo que se preguntaba si era eso a lo que se refería Magni.

—La Horda ha estado causando problemas porque se han quedado sin suministros y provisiones por culpa de la guerra.

— Bien, bien —asintió Magni aprobatoriamente. — Pero no sólo tienen esos problemas por culpa de la guerra. Ve más allá en ese razonamiento, muchacho.

Anduin frunció el ceño.

— Bueno… también porque Durotar es una tierra muy inhóspita — conjeturó el príncipe. — Tampoco es que tuvieran muchos recursos a los que recurrir desde un principio.

— ¿Y ahora escasean aún más por culpa de…?

— De la guerra y… —contestó Anduin, cuyos ojos se abrieron como platos al comprender realmente lo que ocurría. — De esas sequías tan raras.

— Exacto.

— Ahora que hablamos sobre este tema… La tía Jaina me comentó que se había desatado una tormenta tremenda justo antes de que fuera a visitarla. Me aseguró que era una de las peores tormentas que había visto jamás. Asimismo, habían recibido informes de que un extraño huracán había destrozado muchos barcos que intentaban regresar a casa procedentes de Northrend.

— ¡Sí! —exclamó Magni, casi gritando presa de la emoción. — Sufrimos tormentas salvajes, e inundaciones en ciertos lugares y sequías en otros… Algo va muy mal, muchacho. No soy un chamán, pero no me hace falta serlo para saber que, sin ningún género de dudas, los elementos no están nada contentos últimamente. Esta tabla podría contener la clave de lo que les ocurre.

— ¿De-de veras? ¿De veras crees que algo tan antiguo puede sernos de ayuda hoy en día?

— Todo es posible, muchacho. Aunque, cuando menos… —le comentó Magni entre susurros, como si estuviera conspirando, — tenemos en nuestras manos algo que no había visto la luz del día en mucho tiempo, ¿no?

A continuación, le propinó una palmadita en la espalda a Anduin. Justo donde tenía la quemadura.

* * *

El proceso de traducción fue muy lento y laborioso, ya que siguieron varias hipótesis que resultaron ser falsas. Tampoco fue de gran ayuda que los traductores, desde el punto de vista de Anduin, no estuvieran dispuestos a admitir que podrían estar equivocados por cuestión de ego; además, cada uno de ellos interpretaba aquel texto de una manera ligeramente distinta.

El Alto Expedicionario Magellas insistía en que el mensaje hablaba de una unión metafísica.

— Ser uno con la tierra —repitió. — Unirse a ella. Sentir su dolor.

Entonces, el Consejero Belgrum, un anciano surcado de arrugas y de manos temblorosas pero con una voz que se podía escuchar por toda Ironforge cuando la alzaba, hizo una observación muy irónica.

— Bah —dijo. — Munnin, estás demasiado obsesionado con las muchachas. Ya sé que te gustaría «ser uno» con todas ellas. Por eso ves eso de «ser uno» en todas partes.

Magellas, que no había dejado de mirar de soslayo a la atractiva Aerin en todo momento, estalló en carcajadas.

— Belgrum, que tú no hayas estado con una muchacha desde hace décadas no quiere decir que…

— ¡Calma, calma! Esta conversación tan subida de tono no debería mancillar unos oídos reales —les recriminó Aerin, a quien no pareció afectarle lo más mínimo aquella charla un tanto picante.

Anduin, sin embargo, se ruborizó levemente.

— No pasa nada —intervino el príncipe. — Es decir… sé de qué hablan perfectamente.

Aerin no pudo evitar guiñarle un ojo y preguntarle:

— ¿Ya lo sabes todo?

Anduin se giró rápidamente hacia Belgrum y le hizo una pregunta con intención de cambiar de tema:

— ¿Qué crees tú que significa?

— Bueno, creo que no podremos saberlo en realidad hasta que esté traducido por completo. La interpretación de una frase depende a menudo del contexto. Por ejemplo, la oración «Tengo hambre». Si aparece en este contexto: «Mi esposa está preparando la cena en la otra habitación, y puedo oler las costillas de jabalí a la cerveza. Tengo «hambre», nos referimos al término «hambre» en sentido literal, ¿verdad?

— Belgrum, no me tomes el pelo, que ya ha pasado la hora de almorzar — bromeó Aerin.

— Pero si el contexto es algo así como: «Llevo prisionero cuatro años. Sólo veo paredes grises. Sueño con espacios abiertos y la luz del sol. Tengo hambre de libertad». Entonces, el significado de la palabra «hambre» es muy distinto.

— Santo Dios, eres todo un poeta —comentó jocosa Aerin, quien estaba impresionada de verdad. Al igual que Anduin.

— Entiendo lo que quieres decir —aseveró el príncipe. — No lo había visto de esa manera. ¿Qué…?

Un ruido sordo y grave le interrumpió. Anduin se quedó boquiabierto en cuanto notó que el suelo vibraba muy sutilmente bajo sus pies, como si estuviera a lomos de un gigantesco animal que ronroneara, salvo que en este caso ese sonido presagiaba algo sumamente peligroso. Entonces, se escuchó otro ruido por encima de sus cabezas. Anduin alzó la vista y contempló cómo cientos de libros temblaban y caían lentamente de sus respectivas estanterías.

Al instante, tres pensamientos cruzaron su mente de forma simultánea. En primer lugar, sospechaba que aquellos libros, y el valioso conocimiento que atesoraban se encontraban a punto de caer al suelo bruscamente desde una tremenda altura e iban a sufrir serios daños, si no acababan destrozados por entero. En segundo lugar, que esos libros que estaban a punto de caer bruscamente desde una altura tremenda iban a impactar contra sus cabezas. Y, por último, si las tablas se caían de aquella mesa que no cesaba de estremecerse, se harían añicos. De inmediato, se inclinó hacia delante y se hizo con ellas, apretando aquellos irreemplazables fragmentos de conocimiento contra su pecho.

— ¡Cuidado! —gritó Aerin, agarrando del brazo tanto a Anduin como a Belgrum para llevarlos a rastras por el largo pasaje abovedado que separaba la biblioteca de la sala principal.

Anduin malinterpretó su gesto y creyó que la enana quería que abandonaran la sala; por eso, siguió avanzando hasta que Aerin se abalanzó sobre él con todas sus fuerzas profiriendo un gruñido. El príncipe se giró como pudo en el aire y aterrizó con fuerza sobre su cadera, con Aerin subida a su espalda, pero protegiendo la tabla lo mejor posible.

— ¡No, Anduin! ¡No salgas por ahí! ¡Quédate en el corredor!

Aquella advertencia llegó justo a tiempo. Había ido a caer justo debajo del esqueleto de pteranodon, que se agitaba violentamente; la cadena de la que pendía se balanceaba de lado a lado descontrolada, provocando así que sus huesudas alas aletearan como si hubiera vuelto de repente a la no-vida. Las ataduras que lo mantenían en tal posición no estaban pensadas para aguantar algo más que las exigencias de la gravedad, y mientras Anduin observaba aquel dantesco espectáculo, el alambre cedió y aquellas alas esqueléticas se estrellaron contra el suelo al instante. Durante un largo y eterno momento, simplemente observó aterrorizado cómo la muerte se le venía encima.

Entonces, unos brazos rechonchos y fuertes lo agarraron de los hombros y, acto seguido, su cara acabó aplastada contra una fría armadura al tirarse Aerin encima de él. La enana profirió un «¡uuf!» de dolor cuando uno de los huesos fosilizados impactó contra su armadura y le dejó sin aire en los pulmones.

Un segundo después, todo había acabado. Aerin se apartó de él, con el rostro teñido de dolor, aunque parecía encontrarse perfectamente a pesar de todo. Anduin se incorporó y miró a su alrededor con suma cautela. Los libros, tal como había esperado, estaban esparcidos por el suelo, así como gran parte de los objetos que habían adornado hasta entonces las mesas.

— ¡La tabla! —gritó Belgrum a la vez que se ponía en pie raudo y veloz.

— La tengo yo —replicó Anduin.

— ¡Bien hecho, muchacho! —exclamó Magellas.

Aerin se puso de pie, esbozando una leve mueca de dolor. Anduin la siguió; le temblaban las piernas, y aferraba las tablas con fuerza contra su pecho. El príncipe miró a la enana fijamente.

— Me has salvado la vida —dijo en voz baja.

— Oh —replicó la enana, haciendo un gesto con la mano como queriendo restarle importancia. — Tú habrías hecho lo mismo. Además, sería una guardaespaldas deleznable si no estuviera dispuesta a salvarte la vida cuando fuera necesario, ¿verdad?

El príncipe asintió, agradecido, y obsequió a la enana con una sonrisa. Aerin le guiñó un ojo de manera juguetona.

— ¿Todo el mundo se encuentra bien? —preguntó Anduin, quien le entregó la tabla a Belgrum.

— Eso parece… Oh, pobres libros —se quejó amargamente Magellas, cuyo tono de voz revelaba que sentía una honda preocupación por ellos.

Anduin asintió de manera solemne.

— Iré a comprobar si alguien más necesita ayuda —comentó Aerin.

— Buena idea. Vamos.

— Tú no vienes. No pienso arrastrarte a ningún peligro —replicó la enana.

— Bueno, se supone que tienes que seguirme allá donde vaya, que no puedes alejarte de mí, ¿verdad? —observó el príncipe.

Tenía razón; por eso, la enana lo fulminó con la mirada. Entonces, Anduin prosiguió:

— Vayamos a la Sala de los Misterios. Además, si hay alguien herido, van a necesitar que alguien los cure.

El príncipe abandonó la Sala de los Expedicionarios y se abrió camino rápidamente hacia la Sala de los Misterios, con Aerin, quien parecía totalmente recuperada, siguiéndolo a paso ligero. Ambos aminoraron la marcha al acercarse a su destino.

Decenas de personas se encontraban apiñadas en aquella sala.

Algunos todavía eran capaces de andar por su cuenta. A otros los llevaban, o los habían subido a lomos de carneros. Algunos yacían sobre el frío suelo de piedra mientras sus seres queridos lloraban desconsolados, llamando a los sacerdotes, que parecían ser muy escasos y murmuraban oraciones curativas lo más rápido posible.

— Oh, cielos —exclamó Aerin. — Al parecer, hemos sido de los más afortunados.

Anduin asintió.

— Rohan no está aquí —afirma. — Eso significa que en otros sitios están aún peor que aquí.

Entonces, el príncipe agarró con delicadeza a uno de las sacerdotisas que pasaron junto a él y le preguntó:

— Disculpe, ¿podría decirme dónde se encuentra el Sumo Sacerdote Rohan?

— Se ha tenido que ausentar —respondió la sacerdotisa.

— ¿Adónde ha ido?

— A Kharanos. Ahí el seísmo ha sido mucho peor. Ahora, por favor, deje que atienda a estas personas.

— Vámonos —le ordenó Anduin a Aerin.

— ¿Qué?

— Nos vamos a Kharanos. En su día, me enseñaron qué hay que hacer en situaciones de emergencia —le aseguró Anduin. — Puedo curar heridas, colocar huesos rotos en su sitio, sé cómo hay que vendar… Podré ayudar hasta que los sanadores de verdad puedan atender a esa gente.

— Hasta la fecha, ¿cuántos huesos has colocado en su sitio?

— Esto… ninguno. ¡Pero sé cómo hacerlo! —exclamó el príncipe, quien ante la mirada dubitativa de la enana, decidió cogerla de ambos brazos y zarandearla. — ¡Aerin, escucha! ¡Puedo ayudar! ¡No puedo quedarme aquí sin hacer nada!

— Entonces, ayuda a esta gente —replicó Aerin, haciendo uso de su sentido práctico.

Anduin echó un vistazo a su alrededor. Al ver a los heridos, se percató de que la sangre que teñía de rojo sus ropas y su piel era la dejada por las heridas curadas, no por una herida reciente sin sanar.

La mayoría de los que aún seguían heridos eran capaces de moverse, estaban de pie y hablaban. Su estado no era grave, aunque, obviamente, los sacerdotes seguían muy ocupados y seguirían estándolo un buen rato.

— No necesitan mi ayuda —dijo con calma. — Quiero ayudar a aquellos que realmente lo necesitan. Por favor… vamos a Kharanos.

La mirada de la enana se cruzó con la del príncipe y esta suspiró.

— Muy bien. Pero no dejaré que corras peligro, ¿de acuerdo?

Anduin sonrió.

— Muy bien, pero démonos prisa, ¿de acuerdo?

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