Devastación: Preludio al Cataclismo – Capítulo Once

Devastación: Preludio al CataclismoDos semanas después, Anduin Wrynn, cuyo equipaje ya había sido enviado a su destino en un tren que partió con antelación, bajó del Tranvía Subterráneo e, inmediatamente, casi acabó aplastado por un par de poderosos y cortos brazos.

— ¡Bienvenido, muchacho! —exclamó el rey Magni Bronzebeard.

Si bien Anduin intentó devolverle el saludo, no pudo hacerlo ya que no logró introducir el aire suficiente en sus pulmones para poder articular palabra, así que permaneció callado un instante más mientras Magni seguía hablando.

— No sabes cuánto nos alegramos de que te hospedes con nosotros. Cuánto has crecido, qué alto estás. ¡Por poco no te reconozco!

Tras estas palabras, Magni soltó a Anduin, quien, al instante, inspiró aire con fuerza. Aun así, sonrió tanto al rey como a la joven dama enana que estaba a su lado. Anduin sospechaba que las razones por las que él había ido a aquel lugar y las que habían impulsado a su padre a enviarlo allí no eran las mismas, pero no le importaba. Se encontraba lejos de casa, era un muchacho que se iba a ver expuesto a otra cultura totalmente distinta tras haber estado confinado en la ciudad de Ventonnenta durante demasiado tiempo.

— Me alegro de estar aquí, majestad —repuso el príncipe Anduin.

— Gracias por permitir que me aloje en su reino.

— No hace falta que me des las gracias, muchacho. Creo que nos hacía falta espabilar un poco. Este lugar se ha vuelto muy aburrido —le confió Magni mientras le daba una palmadita en la espalda. — Vamos, tus aposentos ya están preparados. Aunque sé que has enviado unos cuantos sirvientes por delante de ti, y los hemos recibido como es debido, me gustaría asignarte a Aerin como escolta.

Acto seguido, señaló a la enana que lo acompañaba.

— Será tu guardaespaldas. No obstante, dudo mucho que la gente de Ironforge vaya a incordiarte demasiado.

Aerin le obsequió con una sonrisa muy alegre.

— Encantada de conocerte —le dijo, al tiempo que hacía una cortés reverencia.

Aerin era un excelente ejemplo de belleza enana; poseía una figura curvilínea y unos mofletes colorados; además, llevaba recogida su melena castaña en una larga trenza que le recorría toda la espalda.

Portaba una armadura como si fuera un prenda no mucho más pesada que un vestido normal, y en cuando le ofreció la mano para dársela efusivamente, Anduin pudo comprobar que casi todas esas curvas estaban hechas de puro músculo.

— Aerin pertenece a mi séquito personal. Cuidará bien de ti.

— Sí; además, nací y crecí en Ironforge, esta es mi ciudad natal — afirmó Aerin con orgullo. — Me encantará ser también tu guía mientras estás aquí, alteza.

— Gracias —replicó Anduin. — Por favor… llámame Anduin.

Si bien los enanos sentían una inmensa devoción por su familia real, la trataban con una familiaridad muy agradable que gustaba mucho al príncipe humano.

— Muy bien —dijo Aerin. — Te llamaré Anduin.

— Te llevaremos de inmediato a tus aposentos para que puedas instalarte —le informó Magni, quien se giró y echó a andar a un paso tan rápido que Anduin apenas era capaz de mantener el ritmo.

— Creo que te gustarán los aposentos que he escogido para ti.

Cuando dijo estas últimas palabras, le brillaron los ojos.

— ¿Te importa que vayamos a visitar la Gran Fundición primero? —solicitó Anduin. — Me gustaría mucho volver a verla.

— ¡Claro que no! —respondió Magni. — Siempre es todo un orgullo para nosotros poder mostrársela a cualquier visita.

Ironforge estaba construida, literalmente, alrededor de una fundición gigantesca. Allí el aire era muy denso y sofocante y agobiantemente caliente, lo cual contrastaba con la gelidez del entorno nevado que rodeaba la altísima puerta de entrada de la capital enana. Pero aquel aroma tan intenso que desprendía Ironforge era muy peculiar y totalmente distinto al de cualquier ciudad humana; a Anduin le encantaba esa particularidad. A medida que se aproximaban la fundición, Anduin esbozó una leve mueca de disgusto ante el opresivo calor que surgía de ella en oleadas, por lo que decidió quitarse la chaqueta. Entonces, de manera furtiva, miró a Aerin. A pesar de que el príncipe no llevaba más que una camisa de fino lino y unos bombachos, y la chaqueta al hombro, estaba empapado de sudor. Sin embargo, Aerin y Magni portaban armadura y parecía que el calor no les afectaba. Por constitución, los enanos soportaban muy bien las altas temperaturas.

Pero olvidó enseguida la sensación de incomodidad en cuanto se halló ante aquella impresionante fundición, de la cual manaban arroyos de metal fundido que chapoteaban como si transportaran agua y refulgían con tonalidades rojas, amarillas y naranjas. Era tan sobrecogedoramente vasta, que resultaba casi inconcebible. O, al menos, a él le costaba mucho aceptar la existencia de algo tan colosal.

— Sí, es una construcción grandiosa —aseveró Magni.

Anduin se mostró de acuerdo. Tras un rato, aquel calor se tomó insoportable, y agradeció que a continuación siguieran por un pasillo relativamente frío. Varios enanos y gnomos iban de un lado a otro con paso firme y decidido, y los guardias apostados aquí y allá saludaban cortésmente a su rey.

Anduin ralentizó el paso, pues no tenía nada claro hacia dónde iban.

Habia dado por sentado que se alojaría en los aposentos reales situados cerca del Trono. Al fin y al cabo, era un príncipe, y eso era lo que cabía esperar. Se preguntaba si sería capaz de pegar ojo, porque el Trono se alzaba justo al lado de la fundición, la cual no sólo desprendía un calor terrible, sino que permanecía encendida día y noche. No obstante, le dio la impresión de que se estaban alejando de esa parte de Ironforge.

Justo cuando estaba abriendo la boca para hacer una pregunta al respecto, se detuvo en seco y permaneció boquiabierto. Esa reacción no la provocó la estructura que tenía ante sí, ya que desde fuera era igual arquitectónicamente que cualquier otra parte de Ironforge; no había nada destacable en esas entradas arqueadas. No, a Anduin le dio un vuelco el corazón por lo que atisbo en su interior. Se trataba del esqueleto de un reptil alado gigantesco, que se sostenía gracias a un entramado de alambre y que se encontraba suspendido del techo. Anduin caminó embelesado hacia aquel objeto.

— ¿Qué es?

— Es un pteranodon —contestó Aerin. — Lo desenterraron en el Cráter Un’Goro. Un lugar muy desagradable, donde he tenido la desgracia de permanecer demasiado tiempo.

— Bueno, bueno, muchacho. Primero debemos ir a tus aposentos. Luego, podrás seguir la visita turística —le regañó Magni, a quien le brillaron los ojos, como si le estuviera contando un chiste que Anduin no acababa de entender.

El príncipe suspiró, lanzó una última mirada melancólica al pteranodon y asintió.

— Por supuesto. Voy a estar aquí varias semanas por lo menos. Ya tendré tiempo para divertirme más adelante. Vayamos a mis aposentos.

— Muy bien —replicó Magni, quien no se movió.

— ¿Majestad? ¿No íbamos a mis aposentos?

Aerin reprimió una sonrisilla. ¿Qué estaba pasando?

Lentamente, Magni alzó un dedo y señaló un lugar situado a la izquierda del príncipe.

— ¡Ya hemos llegado!

Acto seguido, echó la cabeza hacia atrás y estalló en carcajadas.

Aerin se sumó a sus risas, y Anduin pudo sentir cómo una sonrisa bobalicona se dibujaba en su semblante.

— He dispuesto que tu gente y tú se alojen en unos apartamentos situados aquí mismo. Justo enfrente de la biblioteca. Pensé que estarías un poquito harto de vivir en unos aposentos reales. Además, sé, más o menos, qué es lo que te interesa.

— ¡Gracias, majestad!

—Bah —replicó Magni, haciendo un gesto con la mano como si le restara importancia a sus decisiones. — Te conozco desde que eras un mocoso llorón. Este es mi hogar. Aquí puedes llamarme «tío» si quieres.

Una expresión de tristeza, una pesadumbre que hundía sus raíces en su pasado, dominó fugazmente su rostro. Por un instante, Anduin creyó que se debía a que había utilizado el término «tío», pero se percató enseguida de que el término que en realidad Magni Bronzebeard habría querido que utilizara era el de «padre».

Magni sólo había tenido una hija llamada Moira. Hace unos años, los siervos de Dagran Thaurissan, el emperador Dark Iron, la secuestraron. Magni creía que Dagran había seducido a su hija mediante magia, que la había encantado para que creyera que estaba enamorada de él. Cuando Magni envió a un grupo de hombres a matar a Thaurissan y liberar a la hechizada Moira, la princesa se negó a volver a casa. Les informó de que estaba embarazada, y que el asesinato de su marido había prendido la mecha de una ira terrible y feroz en su corazón. Magni se había sentido desolado al recibir esas noticias. Desde entonces, no se había vuelto a saber nada ni de Moira ni de su hijo, el heredero legítimo de dos reinos.

El hecho de ser abuelo debería haber sido motivo de regocijo y celebración. Magni debería haber tenido a su hija a su lado en Ironforge y a su nieto, jugando sobre sus rodillas. Anduin no sabía siquiera si era niño o niña, pero no estaba dispuesto a preguntarle a Magni si lo sabía. En vez de eso, su hija se había enemistado con él y no conocía a su nieto; asimismo, Magni creía firmemente que ambos aún estaban atrapados en los estertores agónicos de ese conjuro tenebroso con el que, según él, el emperador los había hechizado en su día y seguía hechizándolos desde la tumba.

No obstante, ese momento sombrío pasó rápidamente, y Magni volvió a sonreír, aunque aquel brillo plagado de picardía había desaparecido de su mirada.

— Cenamos a las ocho en punto. No llegues tarde. Por cierto, mañana, a primera hora, entrenarás con Aerin.

Estas últimas palabras pillaron por sorpresa a Anduin. ¿Se refería a que iba a recibir entrenamiento marcial? Entonces, se encogió ligeramente, como si de repente alguien hubiera colocado algo pesado sobre sus hombros. Debería haber supuesto que su padre le tendría preparado algo similar. Bueno, al menos, tenía la sensación de que Aerin sería una buena compañía; además, también tendría tiempo de investigar en la biblioteca y de aprender más cosas sobre la Liga de Expedicionarios.

— De acuerdo, tío.

Anduin sonrió al enano y se sintió satisfecho al comprobar que al usar aquel término había logrado que la tensión abandonara las facciones de Magni, un poco al menos. Magni asintió, le dio una palmadita a Anduin en el brazo y se volvió para regresar al Trono.

El príncipe observó cómo se marchaba, y luego se giró hacia Aerin.

— ¿Mis sirvientes ya se han instalado?

— Oh, sí, hace rato.

Anduin sonrió.

— Entonces, ¡me voy a la biblioteca!

* * *

A la mañana siguiente, Anduin estaba tumbado boca arriba, magullado y muy dolorido, mientras contemplaba el cielo y los tejados de los edificios de una zona apartada del Trono y se admiraba de las habilidades para el combate de los enanos.

— ¿Otra vez en el suelo, leoncito? —preguntó alguien con cierto tono de desaprobación. — Ya van tres veces seguidas.

Anduin alzó un brazo, lo cual provocó que protestaran todos sus músculos por culpa del esfuerzo, y, acto seguido, cogió a Aerin del suyo, que a pesar de ser más pequeño, era más fuerte. La enana tiró de él para ayudarlo a levantarse como si no pesara nada. El brazo izquierdo del príncipe, en el que aún portaba el escudo, pendía inerte, y su espada yacía en el suelo a un par de metros de distancia.

Anduin suspiró y se agachó torpemente para recogerla. Cerró la mano alrededor de la empuñadura, sintiendo cierto dolor, y, haciendo un gran esfuerzo, logró alzar la espada.

Entonces, los ojos azules de Aerin se posaron raudos y veloces sobre el escudo, y arqueó las cejas, mostrando así su extrañeza. El príncipe era incapaz de alzarlo para protegerse.

— Esto… no puedo levantarlo —le indicó Anduin, quien se ruborizó de inmediato.

Si bien Aerin parecía a punto de exasperarse, enseguida sonrió alegremente.

— No importa, leoncito. Hoy sólo quería comprobar tu fuerza y juzgar tus habilidades. Como vas a estar aquí una buena temporada, ¡te devolveremos a tu padre hecho todo un hombre pero con el temple de un enano, ya verás!

Le había comenzado a llamar «leoncito» el día anterior por la tarde, cuando habían estado deambulando por Ironforge, y la verdad es que al príncipe no le había importado. Además, sabía que con el comentario que la enana acababa de hacer sólo pretendía animarlo, así que reprimió una mueca de dolor.

Sabía que su padre no creía que hubiera nacido para ser un guerrero, y que una de las razones por las que Varian lo había enviado a aquel lugar era para curtirlo y que los enanos lo hicieran un hombre.

Anduin era perfectamente, y ahora también dolorosamente, consciente de que no había nacido para ser un guerrero. Se le daba bien el tiro con arco y el lanzamiento de cuchillos, porque tenía buena puntería y un pulso firme, pero cuando se trataba de armas más pesadas, era incapaz de dominarlas debido a su enclenque constitución. Pero eso no era todo. Las espadas y alabardas no parecían sentirse a gusto en sus manos. Daba igual cuánto practicase y cuántas horas entrenara con aquella enana corpulenta y risueña: a pesar de lo que Aerin dijera, no iba a devolverlo a su padre «hecho todo un hombre pero con el temple de un enano».

— Lo siento —dijo el príncipe. — Eres una entrenadora estupenda, Aerin. Seguro que acabaré mejorando.

— Oh, seguro que sí —replicó la enana, guiñándole un ojo.

Entonces, se percató, por primera vez, de que era bastante guapa.

Anduin le devolvió la sonrisa, arrepentido por haberle mentido. No estaba seguro del todo de que fuera a mejorar, y lo invadió el mal humor al pensar que iba a acabar decepcionando a Aerin. No obstante, la enana ya estaba recogiéndolo todo, silbando muy atareada. Anduin la ayudó a colgar las armas con las que habían entrenado y, acto seguido, se quitó la armadura acolchada y ahogó un grito de agonía cuando sus músculos extremadamente doloridos protestaron.

— Creo que voy a retirarme a mis aposentos a darme un baño —le indicó a su adiestradora mientras se pasaba una mano por la frente para enjugarse el sudor.

— Espera. Tengo que decirte una cosa —le espetó la enana.

El príncipe se quedó mirándola casi medio minuto, avergonzado, pero, entonces, una sonrisa reveladora se esbozó en los labios de Aerin y se dio cuenta de que le estaba tomando el pelo… una vez más. Al instante, Anduin sonrió tímidamente.

— Si necesitas algo, házmelo saber —le dijo Aerin. — Si quieres, luego podríamos salir a cabalgar un rato.

Anduin palideció al imaginarse dando botes a lomos de unos de esos cameros gigantes que los enanos solían utilizar como montura.

— Creo que no voy a salir. Tengo que estudiar.

— Bueno, si quieres tomar luego un poco el aire, manda a alguien a buscarme.

— Lo haré. Muchas gracias, una vez más.

— ¡De nada!

A continuación, la enana se marchó, haciendo gala de su habitual alegría. Anduin se fijó inevitablemente en que su adiestradora no había sudado la gota gorda en el entrenamiento. Profirió un suspiro y regresó a sus aposentos.

Se dio un buen baño caliente y luego se cambió de ropa. Como se sentía de mejor humor, decidió dar un paseo por la Sala Mística. Sentía la necesidad de disfrutar un poco de la Luz. Supo que había tomado la decisión correcta cuando sintió que la opresión que sentía en el pecho remitía a medida que se aproximaba al lugar. De algún modo, ya fuera por un efecto óptico o por culpa de los materiales utilizados en su construcción, la Sala Mística le pareció más brillante que nunca. Asimismo, el suave chapoteo del agua del estanque contribuyó a que se relajara. Aunque no sabía cuál era el propósito de aquel estanque, si es que tenía alguno aparte de la mera finalidad ornamental. Cogió una moneda, pidió un deseo y la lanzó al estanque, mientras observaba cómo centelleaba con un fulgor dorado bajo la luz un instante antes de hundirse lentamente.

Se sintió reconfortado cuando entrevió en las profundidades que iba a tener mucha compañía allá abajo, ya que el fondo estaba repleto de monedas. El estanque también contaba con unas escaleras. ¿Acaso las utilizaban para nadar, o sólo para baños rituales? Tendría que preguntar selo a Aerin, pues no quería cometer un error ni ofender a los enanos.

Cruzó la puerta de entrada que llevaba a la Sala de los Misterios sonriendo levemente, al tiempo que una luz que mezclaba las tonalidades moradas, azules y blancas lo iluminaba. Cinco pilares, cada uno de ellos adornado con un patrón geométrico repetitivo forjado en colores dorados y azules, sostenían la planta superior y el techo. Ahora que estaba dentro, se percató de que aquel lugar no transmitía una sensación tan intensa de ser terreno sagrado como la catedral; no obstante, la Luz se encontraba ahí sin duda alguna. Por otro lado, tanto el día anterior como ese mismo día le había dado la impresión de que todo el mundo en Ironforge portaba armadura incluso para realizar sus quehaceres cotidianos. Por tanto, se sintió aliviado al encontrarse en unas salas repletas de gnomos y enanos que vestían ropas normales.

Entonces, algo pequeño y duro que corría muy deprisa se estrelló contra su muslo; al instante, Anduin trastabilló hacia atrás.

— ¡Ay, diablos! —chilló alguien. — Dink, cuidado con…

— ¡Ay!

Un segundo ser pequeño y robusto, que corría muy rápido, impactó contra el muslo de Anduin, lo que provocó que le fallaran las piernas, que ya estaban muy débiles por culpa de la sesión de entrenamiento. Como no pudo recuperar el equilibrio, acabó de rodillas sobre el frío suelo de piedra. Si bien esgrimió una mueca de dolor, no gritó ni se quejó mientras se incorporaba lentamente.

— ¡Lo sentimos muchísimo!

Anduin miró al suelo y se topó con dos gnomos. Parecían hermano y hermana. Ambos tenían el pelo blanco y los ojos azules, con los que miraban al príncipe avergonzados. Ambos llevaban unas túnicas de color amarillo y azul. La mujer, además, sostenía un libro y se había sonrojado.

— Lamento mucho que esto haya sucedido. No miraba por dónde iba. ¡Aunque no sé cuál es la excusa de Dink!

— ¡Simplemente te seguía, Bink! —exclamó el hombre, quien, al parecer, se llamaba Dink. — Lo siento, joven. A veces, en este lugar, nos centramos demasiado en lo nuestro, ¡y eso no es nada bueno!

— Ni para nosotros, ni para el resto —aseveró Bink, sonriendo de numera cautivadora.

Acto seguido, intentó quitarle el polvo a Anduin de las rodillas de manera solícita. Sin embargo, el príncipe humano hizo una mueca de disgusto y retrocedió, a la vez que esbozaba una sonrisa forzada.

— ¡Lo sentimos mucho! —insistió Bink.

— No pasa nada —replicó Anduin, intentando calmarlos. — Yo también debería tener más cuidado.

Ambos le sonrieron a la vez y, a continuación, hicieron una reverencia y salieron pitando. Anduin observó cómo se alejaban animado por esa cómica distracción a pesar de que seguía dolorido.

— Tranquilo, muchacho —oyó decir a una voz grave teñida de amabilidad. — Deja que me ocupe de ti.

Entonces, una sensación de calidez muy agradable recorrió a Anduin con suma dulzura. Acto seguido, se volvió y se topó con un anciano enano que canturreaba en voz baja mientras agitaba las manos en el aire. Llevaba la larga barba blanca recogida en dos trenzas y una coleta. Estaba bastante calvo en la zona de la coronilla, aunque en el resto de la cabeza todavía conservaba pelo, que llevaba recogido en una coleta y suelto y largo a los lados. Sus ojos verdes se veían rodeados de arrugas al sonreír. Un segundo después, Anduin se percató de que ya no sentía dolor, ni siquiera escozor en sus machacadas rodillas, ni el dolor ni la rigidez que sufría a raíz delentrenamiento. Se sentía descansado, como nuevo, como si acabara de despertarse tras un sueño reparador.

— Gracias.

— De nada, muchacho. ¿No serás el joven príncipe de Stormwind que nos han anunciado que iba a venir?

Anduin asintió y le tendió la mano.

— Encantado de conocerle, eh…

— Sumo Sacerdote Rohan. Que la Luz te bendiga. ¿Qué te parece nuestra gloriosa ciudad? ¿Cómo la encuentras?

— Pues viajando en el Tranvía Subterráneo —replicó jocosamente Anduin. No se dio cuenta de que se le había escapado ese viejo chiste hasta que fue demasiado tarde. Al instante, abrió los ojos como platos y se ruborizó.

— Lo-lo siento, no pretendía…

Para su sorpresa y alivio, el sumo sacerdote echó hacia atrás su calva cabeza y estalló en carcajadas

— Ay, no oía ese chiste desde hacía mucho tiempo. He picado, ¿verdad?

Entonces, las carcajadas dieron paso a una risa ahogada.

Anduin se relajó y sonrió para sí.

— Es un chiste muy malo. Me disculpo por ello.

— Bueno, te perdono si luego me cuentas otro mejor replicó Rohan

— Lo intentaré…

— Últimamente, nadie ríe mucho por aquí, pues la Luz es un asunto muy serio, aunque el humor es necesario para alcanzar la iluminación, ¿verdad?

Anduin lo contempló con cierto recelo, preguntándose si no sería una falta de respeto que se riera con ese chiste tan horrible. El sumo sacerdote se percató de su gesto de contrariedad, pero eso sólo logró que Rohan sonriera aún más.

— Sí, lo sé, es muy malo, por eso espero que me enseñes chistes nuevos. Mientras tanto, dime: ¿qué te trae a la Sala de los Misterios?

Anduin contestó con un gesto repentinamente serio:

— Es que… echaba de menos la Luz.

El anciano enano le sonrió cortésmente; esta vez habló con un tono de voz suave cargado de seriedad, aunque no por ello carente de alegría.

— La Luz nunca se halla lejos de nosotros, muchacho. La llevamos con nosotros. Aunque es cierto que buscar la compañía de otros en un lugar especial es bueno para el alma. Siempre serás bienvenido en este lugar, Anduin Wrynn.

El Sumo Sacerdote no había mencionado su título. Anduin era consciente de que ante la Luz todavía no poseía ningún título, al igual que Rohan. Entonces, recordó que su padre le dijo una vez, después de haber pasado cierto tiempo desde su regreso a su hogar tras su periplo como gladiador, que no habría seguido luchando en la arena como Lo’Gosh si no fuera porque Anduin y el pueblo de Stormwind dependían de él. Aquella existencia era sencilla y carente de complicaciones, aunque corta y brutal; carecía de las complejidades que acarrea la monarquía.

Mientras ascendía por la escalera con forma de espiral hacia las salas más tranquilas de la planta superior, la tenue luz azul que iluminaba aquel lugar por doquier se vio incrementada gracias al fulgor dorado de los pebeteros. Entonces, se dio cuenta de que entendía perfectamente la postura de su padre. Aunque él no añoraba la violencia de la arena ni el hecho de sentir la amenaza de la muerte todos los días. Su padre quizá ansiara luchar; él, no. No. Lo que Anduin deseaba era el aparentemente elusivo lujo de la paz. Una paz que le permitiera dedicarse a la vida contemplativa, al estudio, a ayudar a la gente. En ese instante, una sacerdotisa lo rozó al pasar junto a él; acto seguido, la mujer esbozó una sonrisa cortés en su semblante sereno.

Anduin profirió un suspiro. Aquel no era su destino. Era príncipe de nacimiento, no un sacerdote, y, sin ningún género de dudas, el destino le deparaba más guerras y más violencia, y le acabaría exigiendo que dominara el arte de la política y la manipulación.

Pero, por ahora, se encontraba en la Sala de los Misterios, donde Anduin Wrynn, quien, de momento, carecía de título ante la Luz, se sentó sintiéndose en paz consigo mismo, sin pensar en su padre, ni en Thrall, ni siquiera en Jaina, imaginando un mundo donde cualquiera pudiera entrar en cualquier ciudad y ser recibido con los brazos abiertos.

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