Devastación: Preludio al Cataclismo – Capítulo Diez

Devastación: Preludio al CataclismoThrall se despertó con el sonido de unos cuernos que daban la alarma. De un salto, abandonó de inmediato las pieles entre las que dormía. Un olor acre a humo le indicó en qué consistía la emergencia antes de que escuchara esas palabras que sabía que iban a infundir un gran terror a todos los ciudadanos de Orgrimmar:

— ¡Fuego! ¡Fuego!

Mientras se vestía, dos Kor’kron irrumpieron en la habitación. Era obvio que ellos, al igual que Thrall, acababan de enterarse de lo que ocurría.

— ¡Líder! ¿Qué quieres que hagamos?

Se abrió paso entre ellos, al tiempo que vociferaba estas órdenes:

— ¡Tráiganme un dracoleón! Que todos vayan al estanque que se encuentra cerca del Recinto de los Espíritus menos los chamanes… ¡A esos levántalos y que vayan directamente a los lugares donde esté todo ardiendo! ¡Y formen una hilera de gente provista con cubos de agua para remojar cualquier edificio cercano a los que están en llamas!

— ¡Sí, líder!

Uno de los Kor’kron siguió a Thrall mientras el otro se les adelantaba para transmitir las órdenes de su líder. Thrall apenas había dejado el abrigo de la fortaleza cuando le entregaron las riendas de un dracoleón. Se encaramó a lomos de aquella enorme bestia y, acto seguido, se encumbraron hacia el cielo.

Thrall se aferró con fuerza a esa criatura que se elevaba prácticamente en vertical, lo que le proporcionó una buena perspectiva desde la que contemplar cómo aquel incendio se hallaba fuera de control y no demasiado lejos. Si bien había ordenado que la gran mayoría de las hogueras que ardían día y noche en Orgrimmar se apagaran por mor de la gran sequía que estaba asolando aquellas tierras, ahora se daba cuenta de que debía haber ordenado que se apagaran todas.

Varios edificios estaban envueltos en llamas. Thrall esbozó un gesto de disgusto al percibir el hedor a carne quemada, aunque se calmó al comprobar que probablemente procedía de un establecimiento llamado El Asador; aquella pestilencia tenía su origen en la carne de animal que se estaba quemando. Aun así, tres edificios ya estaban ardiendo; parecían unas vastas torres de fuego que iluminaban la noche.

Bajo la luz de las llamas, Thrall pudo atisbar unas cuantas siluetas correteando de aquí para allá. Los chamanes, tal como había ordenado, se estaban congregando alrededor de los lugares donde los incendios estaban activos, mientras otros orcos arrojaban agua a los edificios colindantes para cerciorarse de que el fuego no prendía en ellos.

Guió a aquella bestia en dirección hacia el fuego, mientras le daba palmaditas en el cuello con orgullo. A pesar de que el dracoleón tenía que estar oliendo el humo e intuyendo el peligro, obedecía a Thrall con confianza ciega, sin mostrar ningún miedo mientras Thrall lo obligaba a acercarse más y más al foco de aquellas llamas.

El humo era muy denso y negro, y el calor, tan insoportable que llegó a preguntarse si sería capaz de hacer arder la ropa que llevaba puesta o de abrasar al valeroso dracoleón. Pero él también era un chamán, y si había alguien capaz de llegar a dominar aquel incendio, ese era él.

Tomó tierra, saltó de aquella bestia y, a continuación, esta se marchó volando. El dracoleón se alejó de inmediato, contento de poder dejar atrás el peligro después de haber servido como era debido a su jinete. Unas figuras se volvieron hacia Thrall mientras este se aproximaba, y se apartaron para dejar pasar a su líder. Sin embargo, el resto de chamanes ni se inmutaron; permanecieron inmóviles, con los ojos cerrados, los brazos alzados, en comunión con el fuego.

Entonces, Thrall se dispuso a hacer lo mismo y sumarse a sus esfuerzos.

Al instante, se relajó e intentó contactar con su elemental llama individual.

Hermana Llama… eres capaz de hacer mucho daño, pero también mucho bien a aquellos cuyas vidas decides marcar. Pero has tomado como alimento las moradas de nuestra gente. Tu humo ciega nuestros ojos y anega nuestros pulmones. Te pido que regreses a los lugares donde te recibimos con suma gratitud. No causes más daño a nuestro pueblo.

El fuego respondió. Aquel elemental era sólo uno más de los muchos que estaban furiosos y erráticos, desatados y fuera de control.

No, no deseamos volver a las hogueras, o pebeteros o pequeños hogares donde nos confinan. Queremos ser libres; queremos recorrer raudos y veloces este lugar y consumirlo todo a nuestro paso.

La preocupación se adueñó de Thrall. Nunca una petición suya tan directa, que había surgido de lo más hondo de su corazón y estaba repleta de preocupación por el bienestar de otro, había sido rechazada de esa manera.

Volvió a pedírselo, haciendo acopio de más fuerza de voluntad, insistiendo en el daño que aquel elemento le estaba haciendo a una gente que siempre le había dado la bienvenida en su ciudad.

De modo reticente, con hosquedad, como un niño enfurruñado, las llamas comenzaron a apagarse. Thrall pudo percibir cómo sus camaradas chamanes le prestaban su ayuda, mediante su concentración y sus plegarias, y se sintió muy agradecido pese a que el incidente que acababa de producirse con aquel elemental lo había desconcertado y turbado en demasía.

El fuego había consumido siete edificios y dañado gravemente varias propiedades antes de extinguirse. Por suerte, no había que lamentar ninguna víctima, aunque Thrall sabía que varios orcos se habían visto afectados por el humo. Ahora tendría que…

— No —susurró.

Una chispa, que danzaba desafiantemente, se mecía en el viento en dirección a otro edificio con intención de desatar el caos. Thrall contactó con aquella chispa, percibió sus erráticas intenciones, y que se negaba a respetarlo.

Abrió los ojos, y contempló la trayectoria que seguía la diminuta llama.

Si prosigues ese camino, nos causarás un grave daño, pequeña chispa.

¡He de arder! ¡He de vivir!

Hay lugares donde tu fulgor y tu calor son bienvenidos. Hállalos. ¡No destruyas estas moradas ni arrebates la vida a mi pueblo!

Durante un segundo, la chispa pareció desaparecer en la nada, pero, acto seguido, volvió a arder con renovado vigor.

Thrall sabía qué tenía que hacer. Y, por eso, alzó una mano.

Perdóname, Hermana Llama. Pero he de proteger a mi gente y evitar el daño que les vas a causar. Te lo he pedido, te he suplicado y, ahora, te lo advierto.

Si bien la chispa pareció sufrir un espasmo, prosiguió su letal curso.

Entonces, Thrall, con gesto torvo, apretó con fuerza el puño.

La chispa refulgió con más intensidad, mostrando una actitud desafiante, y, acto seguido, menguó hasta verse reducida a un extremadamente tenue rescoldo. Por ahora, no causaría más estragos.

Si bien la amenaza había sido vencida, Thrall estaba sumamente contrariado y desconcertado. Así no debía tratar un chamán a los elementos. Mantenían una relación basada en el respeto mutuo, y no en las amenazas, la dominación y, en último lugar, la destrucción.

Aunque el Espíritu del Fuego jamás podría ser apagado del todo. Era mucho más poderoso que cualquier chamán, o que muchos chamanes juntos. Era eterno, como todos los espíritus de los elementos. Pero esa parte de él, esa manifestación elemental, se había mostrado desafiante y muy poco dispuesta a colaborar. Y no había sido la única. Formaba parte de un perturbador grupo de elementos que se mostraban huraños y rebeldes en vez de dispuestos a cooperar. Al final, Thrall se había visto obligado a subyugarlo por completo. Los demás chamanes estaban invocando a la lluvia en esos momentos para que empapara por completo la ciudad, por si acaso alguna otra aberrante chispa persistía en seguir ese sendero de devastación.

Thrall permaneció de pie bajo la lluvia, dejando que lo empapara por entero, que cayera de sus colosales hombros verdes y goteara por sus brazos.

En nombre de los ancestros, ¿qué estaba ocurriendo?

* * *

— Pues claro que puedo hacerlo —dijo Gazlowe. — Es decir, somos goblins, por supuesto que podemos hacerlo, tú ya me entiendes. Después de todo, lo hicimos en su día. Sí, líder, podemos reconstruir las partes de Orgrimmar que han quedado dañadas. No te preocupes por ello.

Dos Kor’kron estaban apostados a unos pasos de ellos, con sus colosales hachas atadas a la espalda y los brazos cruzados mientras observaban la escena y escoltaban en silencio al líder. Thrall estaba hablando con el goblin que, junto a otros cuantos, había ayudado a erigir Orgrimmar hacía varios años. Era listo, inteligente y más escrupuloso y menos irritante que la mayoría de sus hermanos, pero, aun así, no dejaba de ser un goblin, por lo que Thrall se temía que le diera un disgusto de un momento a otro.

— Bueno, estupendo. ¿Y cuánto nos va a costar?

Entonces, el goblin cogió una bolsita que había traído consigo y extrajo un ábaco. Sus largos y astutos dedos verdes volaron de aquí para allá mientras murmuraba para sí:

—… y me llevo una… teniendo en cuenta el coste de los suministros a la tarifa de posguerra… aunque, claro, la mano de obra se ha encarecido…

Cogió un trozo de carbón y un pergamino para escribir un número que hizo palidecer la piel verde del robusto orco.

— ¿Tanto? —exclamó Thrall, incrédulo.

Gazlowe parecía sentirse un tanto incómodo ante su reacción.

— Mira… ¿Sabes qué? Has sido muy bueno con nosotros y, en asuntos de negocios, siempre has actuado con rigor. ¿Qué te parece si…?

Entonces, escribió otra cifra. Era inferior a la primera, pero por muy poco. Thrall le entregó el pergamino a Eitrigg, quien lanzó un débil silbido.

— Vamos a necesitar más suministros —fue lo único que dijo Thrall.

A continuación, se levantó y se marchó sin mediar palabra. Los silenciosos Kor’kron los siguieron unos pasos por detrás. Gazlowe miró a Thrall mientras este se alejaba.

— Supongo que eso ha sido un sí. Lo es, ¿no? —le preguntó a Eitrigg.

El anciano orco asintió, entornando los ojos mientras desde la puerta abierta observaba cómo la silueta de Thrall se iba volviendo cada vez más pequeña a medida que abandonaba el Fuerte Grommash.

Si bien Thrall era una personalidad célebre en Orgrimmar, los habitantes de la ciudad siempre se mostraban muy corteses y dejaban al líder disfrutar de su propio espacio vital. Los Kor’kron que lo seguían como si fueran su sombra contribuían a que la gente adoptara esa actitud. Si Thrall quería vagar por las calles de la capital, bueno, mejor para él. De ese modo. Thrall acabó paseando por caminos polvorientos todavía cubiertos de ceniza, respirando aire que aún costaba respirar y que olía a chamusquina.

Necesitaba andar, moverse, pensar. Sus guardaespaldas lo conocían bastante bien como para saber que debían mantenerse a una distancia prudencial y dejarlo en paz.

La suma que Gazlowe le había pedido era astronómica. Pero no quedaba más remedio que aceptarla. Orgrimmar era la capital de la Horda. No podían permitirse el lujo de no arreglar los desperfectos.

Por desgracia, aquella tragedia venía a ahondar en las dos grandes preocupaciones que ocupaban los pensamientos de Thrall durante todo el día: ¿por qué estaban los elementos tan agitados?, y ¿de qué manera debía liderar a la Horda en la posguerra?

La decisión que había tomado cuando había estado conversando con Eitrigg era la correcta. Thrall se había dado cuenta de que debía viajar a la tierra natal de su pueblo; a Nagrand, donde el chamanismo se había practicado y dominado desde tiempos inmemoriales. Geyah era una chamán muy sabia y su mente seguía siendo muy aguda. Ella, y aquellos a los que había adiestrado personalmente, tendrían respuestas que no podría hallar en Azeroth.

Respuestas a preguntas que Thrall ni siquiera sabía si debería preguntar. Cuanto más vueltas le daba, más sentía en lo más hondo de su corazón que era lo correcto, indiscutiblemente correcto. Los chamanes de Outland sabían cómo había que ayudar a un mundo destrozado. Podrían ser de gran ayuda para calmar a los inquietos elementos de Azeroth.

Thrall también era consciente de que no se trataba de un viaje de realización personal y de descubrimiento de sí mismo con el que esperaba alcanzar el equilibrio espiritual. Su pueblo sufría grandes penalidades. Incluso el vergel de Mulgore comenzaba a sentir los efectos de la sequía que avanzaba hacia el oeste. Asimismo, el incendio de la noche anterior era sin duda una prueba de que era extremadamente necesario hacer algo ya, antes de que quizá el próximo fuego amasara Orgrimmar, o Thunder Bluff. Antes de que la próxima tormenta borrara Theramore, y a Jaina Proudmoore, del mapa. Antes de que se perdieran más vidas o cosechas, provisiones y demás medios de sustento.

De este modo, Thrall se dio cuenta de lo que debía hacer por el bien de la Horda. Sabía que era un ser único: un guerrero chamán a caballo entre el mundo de los humanos y el de los orcos. No había nadie como él.

Nadie más podía hacer lo que él podía hacer. Porque nadie más tenía sus habilidades ni su experiencia.

No obstante, la Horda no debería paralizarse mientras él no estuviera al frente. Algún día, Thrall fallecería, como todo ser vivo, y marcharía con los ancestros. Por un momento, dejó que sus pensamientos vagaran para centrarse en los temas sobre los que había hablado con Eitrigg. Pensó en tener un hijo, y una compañera de por vida. Alguien valiente, fuerte y con un gran corazón, como Draka había sido la compañera ideal para su padre, Durotan. Si bien no había conocido a sus padres, había oído las historias que se contaban sobre ellos. Su relación había sido estupenda, ya que había nacido de un amor sincero. Se habían amado y se habían apoyado mutuamente en tiempos extremadamente tenebrosos, incluso llegaron a sacrificar sus vidas para proteger a Thrall. Mientras caminaba por las calles de la capital de la Horda, Thrall se dio cuenta de que, tal como Eitrigg había sugerido, deseaba tener una fiel compañera, para compartir con ella los malos y los buenos tiempos. Y deseaba también tener un hijo fruto de esa unión, un hijo o una hija.

Pero, por ahora, no tenía ninguna compañera, ni hijos. Y quizá así deberían ser las cosas, al menos por el momento, puesto que, si fallecía, no dejaría a una familia con el corazón destrozado. Únicamente a la Horda, que tendría que aprender a vivir sin él.

Quizá ya era capaz de seguir adelante sin él. O, al menos, por un corto espacio de tiempo. Lo bastante como para que pudiera ir a Nagrand y descubrir qué sucedía con los elementos y pudiera acabar con ese aberrante comportamiento suyo que (antas vidas se estaba cobrando.

Cerró los ojos un momento. Ceder el control de la Horda que había laudado era como confiarle el cuidado de un hijo a otro. ¿Y si algo salía mal?

Pero algo ya iba mal, terriblemente mal. Otro tendría que liderar a la Horda por un tiempo. Asintió una sola vez con la cabeza, con firmeza, y sintió que su corazón y su alma se calmaban un poco. Sí, era la decisión correcta. Ya no se planteaba si debería marcharse o no, ni siquiera cuándo; debería irse cuanto antes. La única cuestión que quedaba por resolver era a quién le iba a encomendar la misión de cuidar de su amado hijo.

Primero pensó en Cairne. Era su mejor amigo y el más antiguo en Kalimdor, y pensaban de modo similar sobre muchas cosas. Era sabio y gobernaba muy bien a su pueblo. Pero Thrall, al igual que el propio Cairne, sabía que algunos lo consideraban anticuado y que no comprendía las verdaderas necesidades de la Horda. Asimismo, si se producía el más mínimo disturbio o la más leve tensión por culpa de los Grimtotem en la ciudad de Cairne, entonces los rumores se dispararían, y ese descontento y esa tensión también se extenderían seguramente por toda la Horda si al final Thrall nombraba líder al anciano tauren.

No. Cairne jugaría un papel decisivo en todo este asunto, pero no podía asumir el papel de líder. Un orco sería el más indicado.

Alguien a quien la gente ya conociera y reverenciara.

Thrall profirió un profundo suspiro. La elección ideal era alguien con quien ya no podía contar: Saurfang el Joven. Había sido un joven carismático y sabio para la edad que tenía, había sido la estrella más brillante del cielo de los guerreros de la Horda antes de que muriera víctima del Rey Lich. Por otro lado, los recientes acontecimientos habían dejado emocionalmente devastado a su padre, quien a pesar de todo seguía adelante con gallardía. Además, tenía el mismo problema que Cairne, era un orco demasiado viejo, y lo mismo sucedía con Eitrigg, en quien confiaba plenamente. Thrall se había percatado de que sólo tenía una elección, y, al instante, en su rostro se dibujó una expresión teñida de amargura.

Únicamente había un orco que podía ocupar ese puesto. Sólo había uno que fuera joven y carismático, célebre y querido, un guerrero sin parangón. Sólo uno que pudiera, en tan poco tiempo, aunar las diversas facciones de la Horda y mantener su ánimo y su orgullo bien alto.

Era el sustituto perfecto.

Thrall frunció todavía más el ceño. Sí. Garrosh era muy querido y un buen combatiente, pero también imprudente e impulsivo. Y Thrall estaba a punto de entregarle un puesto que implicaba un poder absoluto. Una palabra cruzó entonces su mente: «usurpador». Sin embargo, no creía que de verdad fuera a intentar derrocarlo. Garrosh necesitaba algo para aplacar su ego, que era tan grande como su leyenda. Thrall se percataba ahora de que quizá había contribuido a hinchar ese ego sin darse cuenta. Como enterarse de que Garrosh despreciaba a su padre le había causado una honda preocupación, había querido mostrar al hijo de Grom Hellscream que su progenitor también había hecho mucho bien. Aunque, tal vez, en ese afán por limpiar la memoria de Grom, le había mostrado una imagen demasiado positiva de él a su hijo. Si eso era así, entonces, la arrogancia de la que hacía gala el joven Hellscream podría ser, en parte al menos, culpa de Thrall. Como no había sido capaz de salvar a Grom, había querido inspirar y guiar a su hijo.

Aun así, si Thrall se lo pedía a sus amigos, tanto Eitrigg como Cairne estarían junto a Garrosh para templar sus ánimos. Además, no iba a estar ausente mucho tiempo. Podía permitirse el lujo de que Garrosh ocupara su puesto temporalmente en el Fuerte Grommash, con Cairne y Eitrigg supervisándolo. Por otro lado, Garrosh ya había mostrado qué opinaba sobre el incidente de Vallefresno y qué le gustaría hacer al respecto, y Thrall sabía que Cairne haría lo que fuera para impedir que el joven orco recibiera una noticia similar, puesto que ya sabía cómo podía reaccionar ante una noticia de esa naturaleza. En realidad, Garrosh no podría hacer nada que dañara en demasía a la Horda y tenía que admitir que podría hacer mucho para inspirarla y animarla.

Si bien en cuanto su líder se marchara, la Horda se mostraría inquieta y asustada, Garrosh les recordaría que eran unos guerreros fieros, orgullosos e irreductibles; lo aclamarían y estarían calmados hasta que Thrall regresara con las respuestas a los problemas que los asolaban. Si la tierra se calmaba, todos tendrían la posibilidad de comportarse de una manera más civilizada. Si se daba la espalda a la tierra, a los elementos, ninguna victoria gloriosa en combate compensaría los desastres que, de manera inevitable, sobrevendrían a continuación.

Garrosh se presentó ante Thrall, a quien saludó.

— Aquí estoy, tal como has pedido, líder. ¿En qué puedo servir a la Horda?

— Precisamente he requerido tu presencia para pedirte que prestes un gran servicio a la Horda. Acompáñame.

Thrall había recibido a Garrosh sentado en el trono, flanqueado por cuatro gigantescos e intimidantes Kor’kron. Había enviado a uno fuera para hacer esperar un rato deliberadamente al joven orco, y no hizo ademán de levantarse cuando este entró en la sala del trono.

Pero, ahora, Thrall se levantó, despacio y dominando totalmente la situación, y abrió los brazos hacia Garrosh en un gesto amistoso, pero ligeramente condescendiente. Garrosh necesitaba comprender cuál era su sitio en la jerarquía de la Horda antes de que Thrall se dispusiera a alterar ese orden.

Acto seguido, hizo un gesto de asentimiento a los Kor’kron, quienes lo saludaron cortésmente y se quedaron esperando mientras Thrall guiaba a Garrosh hacia las zonas más recogidas del Fuerte Grommash, donde podrían conversar sin ser escuchados.

— Ya sabes que, además de guerrero, soy chamán —comentó Thrall mientras caminaban.

— Por supuesto.

— Por lo que has podido ver, ya sabes que los elementos se encuentran tremendamente inquietos. Me refiero a las extrañas olas con las que te topaste al volver a casa desde Northrend, o al fuego que se extendió con suma rapidez por Orgrimmar.

— Sí, soy consciente de ello. Pero ¿qué puedo hacer para cambiar el devenir de los acontecimientos?

— Tú no puedes hacer nada. Pero yo sí.

Garrosh entornó los ojos.

— Entonces, ¿por qué no lo haces, líder?

— Porque es algo que no puedo hacer como tal, sino como chamán, Garrosh. Además, acabas de plantear la misma pregunta que yo me he estado haciendo últimamente: ¿por qué no hago nada? La respuesta es que para poder hacer lo que tengo que hacer, he de dejar Orgrimmar. He de abandonar Azeroth.

Garrosh pareció horrorizarse ante tal perspectiva.

— ¿Vas a dejar Azeroth? No lo entiendo.

— Pretendo viajar a Nagrand. Los chamanes suelen tratar con elementos que han sufrido enormemente, aunque hay lugares donde la tierra todavía es un vergel. Quizá ahí logre aprender por qué suceden esas cosas… y aplicar ese conocimiento a los elementos de nuestra tierra, que en estos momentos están muy alterados.

Garrosh esbozó una sonrisa que dejó sus colmillos a la vista.

— Te refieres a nuestra tierra natal —aseveró el joven orco. — Me gustaría volver a verla. Me gustaría volver a hablar con la Abuela antes de que nos deje para marchar con los ancestros. Fue ella quien me curó a mí y a muchos otros cuando la viruela roja se extendió entre los miembros de nuestro pueblo.

— Es una mujer sin igual —admitió Thrall, — cuya sabiduría voy a necesitar.

— ¿Tardarás mucho en volver?

— No… no lo sé —contestó Thrall con total sinceridad. — Puede que me lleve cierto tiempo aprender todo lo que he de aprender.

Confío en no permanecer ausente largo tiempo, pero podría tratarse de semanas… e incluso meses.

— Pero, entonces… ¿Qué va a ser de la Horda? ¡Necesitamos un líder!

— He de marchar por el bien de la Horda —replicó Thrall. — Pero no te preocupes, Garrosh, no pienso abandonarla a su suerte. Iré adonde deba ir para cumplir con mi cometido, como es mi obligación. Todos servimos a la Horda, incluso su líder;

tal vez su líder más que nadie. Además, sé perfectamente que tu lealtad a la Horda es incuestionable.

— Así es, líder. Fuiste tú quien me enseñó que debía estar orgulloso de mi padre, por el sacrificio que estuvo dispuesto a hacer por el bien de los demás, por la Horda — aseveró Garrosh con un tono de voz grave, al tiempo que su rostro reflejaba sus sentimientos sin disimulo. — Formo parte de ella desde hace poco tiempo. Aun así, he visto lo suficiente para saber que yo, al igual que mi padre, moriría por la Horda.

— Ya te has enfrentado a la muerte y la has burlado —admitió Thrall. — Has acabado con muchos de sus esbirros. Has hecho mucho más por esta nueva Horda que muchos que han formado parte de ella desde el principio. Por otro lado, ten por seguro que jamás me marcharía sin designar a alguien digno que me sustituyera, a alguien capaz de cuidar de ella durante mi breve ausencia.

El joven orco lo miró atónito, presa de la emoción.

— ¿Me… me estás nombrando líder?

— No. Pero te ordeno que gobiernes la Horda en mi nombre hasta que regrese.

Thrall nunca hubiera imaginado que llegara el día en que viera a Garrosh quedarse sin palabras, pero el orco de piel marrón pareció quedarse estupefacto durante un momento.

— Domino el arte de la guerra, sí afirmó el joven orco. — Las tácticas, cómo movilizar a las tropas… ese tipo de cosas. Deja que siga sirviendo a la Horda de ese modo. Búscame un enemigo al que enfrentarme y derrotar, y verás con qué orgullo sigo sirviendo a la Horda. No sé nada sobre el arte de la política, de… de gobernar. ¡Prefiero tener una espada en mi puño que un pergamino!

— Lo entiendo —aseveró Thrall, quien encontraba gracioso que tuviera que animar y dar confianza a Garrosh el cual, normalmente, era orgulloso y seguro en exceso. — Pero no te dejaré gobernar solo; contarás con unos consejeros excelentes. Voy a pedir a Eitrigg y Cairne, quienes han compartido su sabiduría conmigo a lo largo de los años, que te guíen y aconsejen. La política es un arte que se puede aprender. Pero el amor a la Horda, no.

En ese instante, hizo un gesto de negación con la cabeza y prosiguió:

— Ahora mismo, eso es más importante para mí que cómo te desenvuelvas en el terreno político. Además, tu amor por la Horda es inconmensurable, Garrosh Hellscream.

A pesar de estas palabras, Garrosh se mostraba extrañamente dubitativo. Aunque, al final, dijo:

— ¡Si me consideras digno de desempeñar tal cargo, debes saber que haré todo cuanto esté en mi mano para alcanzar la gloria en nombre de la Horda!

— De momento, no ansiamos ninguna gloria —replicó Thrall. — Ya tendrás bastantes retos por delante, no hace falta que te metas en camisa de once varas. Además, el honor de la Horda está más que demostrado. Simplemente, tienes que cuidar de ella. Coloca sus necesidades por delante de las tuyas, como hizo tu padre. Ordenaré a los Kor’kron que te protejan de igual manera que a mí. Se quedan aquí porque voy a Nagrand como chamán, no como líder de la Horda. Ellos te ayudarán, así como Cairne y Eitrigg… si les dejas.

Entonces, se detuvo, y sus labios se curvaron para esbozar una sonrisa.

— ¿Participarías en una batalla sin un arma?

Garrosh lo miró confuso por lo que le pareció un repentino cambio de tema.

— Sabes perfectamente que esa pregunta es una estupidez, líder.

— Oh, claro. Sólo quiero cerciorarme de que entiendes que dispones de unas armas muy poderosas —le explicó Thrall. — Mis consejeros son mis armas en mi batalla por hacer siempre lo mejor para la Horda. Son capaces de ver cosas que yo no veo, de sugerirme opciones que ni siquiera sabía que tenía. Sólo un estúpido desdeñaría tales armas. Y no creo que tú lo seas.

Garrosh sonrió y se relajó un poco al tener ya claro qué quería decir Thrall. Entonces, haciendo gala de su habitual arrogancia, se atrevió a replicar:

— No soy un estúpido, líder. Además, no me habrías pedido que ocupara tu puesto si me consideraras un necio.

— Cierto. Bueno, Garrosh, ¿aceptas gobernar la Horda hasta que llegue el momento de mi regreso? ¿Aceptarás los consejos de Eitrigg y Cairne cuando te los ofrezcan?

En ese momento, el joven Hellscream respiró hondo.

— En verdad ansío comandar la Horda lo mejor posible. Por tanto, sí y mil veces sí, líder. La dirigiré buscando su bien, y consultaré a los consejeros tal como me sugieres. Soy consciente del gran honor que me estás concediendo, y me esforzaré denodadamente para ser digno de él.

— Entonces, no se hable más —zanjó Thrall. — ¡Por la Horda!

— ¡Por la Horda!

Ancestros, pensó Thrall mientras observaba cómo se alejaba Garrosh, con el pecho henchido de orgullo y satisfacción, rezo por estar haciendo lo correcto.

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