Devastación: Preludio al Cataclismo – Capítulo Ocho

Devastación: Preludio al CataclismoEl tiempo era seco, para variar, y el cielo lucía parcialmente despejado mientras la pareja de orcos cabalgaba a lomos de sus lobos por Marjal Revolcafango. Ambos eran machos: uno de ellos, mayor; el otro, joven. Parecían llevar vagando semanas por el pantano sin cambiarse de ropa, que estaba manchada y se veía vieja.

Unas capas de gran tamaño les protegían de las inclemencias del tiempo, una precaución muy sabia en un lugar donde normalmente llovía mucho. Sus lobos, en cambio, estaban sorprendentemente lustrosos y su aspecto era muy saludable para pertenecer a unos amos que era obvio que no habían tenido mucha suerte últimamente.

Aun así, los animales estaban cubiertos de barro debido al lento y pesado avance por campos anegados en estiércol y lodo.

La caminata concluyó al llegar a la orilla, desde donde cruzarían a nado la distancia que les separaba de una de las islitas situada frente a la costa; un lugar llamado Cala Furiamarea. Los jinetes desmontaron y nadaron codo con codo junto a sus lobos. Cuando los orcos emergieron en tierra firme, se alejaron de los lobos mientras estos hollaban la orilla y procedían a secarse sacudiendo su pelaje vigorosamente.

El joven orco sacó un catalejo y miró a través de él.

— Justo a tiempo —dijo.

Un bote se aproximaba. Se trataba de una figura solitaria y esbelta con una capa que escondía su silueta del mismo modo que las capas de los orcos ocultaban las suyas. No obstante, unas manos pequeñas, pálidas y desprovistas de callos revelaban que aquel caminante solitario era una mujer… humana.

El orco joven se metió en el agua mientras la nave de la humana se aproximaba. Con suma facilidad, agarró la proa y empujó el bote con firmeza hasta la orilla; acto seguido, le tendió una mano para ayudarla a bajar. Sin titubeos, la mujer agarró aquella mano enorme y áspera, realmente sólo agarró dos dedos de esa extremidad colosal, pues su delicada mano no abarcaba más, y, de este modo, permitió que la ayudara a alcanzar la orilla.

En cuanto abandonó el bote, echó hacia atrás la capucha que le cubría la cabeza, revelando así su brillante pelo rubio y una sonrisa igual de deslumbrante.

— Thrall —saludó con afecto Jaina Proudmoore, — algún día deberíamos vemos en circunstancias más propicias.

— Si los ancestros lo desean, ese día llegará muy pronto —repuso Thrall con un tono de voz grave y afectuoso.

A su vez, echó hacia atrás la capucha, mostrando su barbudo rostro orco, de facciones muy marcadas, que enmarcaban unos ojos tan azules como los de la maga.

Jaina le dio un cariñoso apretón de manos y, acto seguido, se volvió hacia su acompañante, un viejo orco de barba rala que llevaba su melena blanca recogida en un moño.

— Eitrigg —dijo la maga y, al instante, hizo una leve reverencia.

— Lady Jaina.

Si bien su voz era más gélida que la de Thrall, no estaba exenta de amabilidad. Hizo un gesto de asentimiento y se alejó un poco, hasta una posición elevada, para poder vigilar mientras su líder y la hechicera humana conversaban.

Jaina miró a Thrall con el ceño fruncido.

— Gracias por haber aceptado que nos encontremos aquí. Tras los… recientes acontecimientos, creí prudente que nos viéramos en otro sitio distinto al habitual en Cerrotajo. Has de saber que hasta Stormwind ha llegado la noticia de que se ha producido un… incidente en Vallefresno.

Tras escuchar estas palabras, Thrall esbozó una mueca de disgusto y apretó los dientes con fuerza.

— Yo también he sido informado de un incidente en Vallefresno. —masculló, dejándose llevar por una ira disimulada a duras penas.

Jaina esbozó una sonrisa.

— Ya sabía yo que era imposible que tú estuvieras detrás de esa masacre, que los rumores que te señalaban como el responsable no eran ciertos.

— ¡Claro que no son ciertos! —exclamó Thrall, prácticamente escupiendo las palabras. — Nunca perdonaré a quien haya cometido tal barbaridad. Sellé un tratado con la Alianza y mi intención es velar por que se cumpla.

Entonces, el orco suspiró y se frotó la cara.

— Aun así, no puedo mentirte. Orgrimmar, los Baldíos… necesitan provisiones desesperadamente. Y en Vallefresno resulta muy fácil obtenerlas.

— Pero esa no es forma de obtenerlas —objetó Jaina.

— Lo sé —dijo Thrall y, a continuación, añadió, más calmado: — Pero hay gente que, según parece, no entiende tales… sutilezas. Jaina, yo no autoricé esa incursión, y me enfurece la brutalidad con la que agredieron a los Centinelas. Lamento profundamente que se haya violado el tratado. Sin embargo, los frutos del ataque han sido… bien recibidos por mi pueblo.

— ¿Bien recibidos? —exclamó Jaina, atónita. — Sabía que ciertos miembros de la Horda eran crueles por naturaleza, pero… he de confesar que tenía en más alta estima a la Horda en su conjunto. Creía que tú…

— He hecho lo que creía que era mejor —le atajó Thrall y, a continuación, agregó en voz baja: — Aunque a veces me pregunto…

Entonces, en voz mucho más alta, dijo:

— La Horda y la Alianza comparten un pasado lleno de violencia, Jaina. Y cuanto más nos fuerce el destino a luchar por la mera supervivencia, más habrá que cortar por lo sano para resolver esta situación.

— ¿Recibiste al emisario de Varian?

Al escuchar esta pregunta, su gesto se tomó aún más torvo.

— Sí.

Ambos conocían el contenido de la carta del emisario. Varian se había mostrado bastante comedido en esa misiva… para ser él. En ella, exigía a Thrall que se disculpara formalmente, revalidara el compromiso al que le obligaba el tratado, denunciara aquellos actos salvajes y entregara a los responsables a la justicia de la Alianza.

Una vez cumplidas todas estas condiciones, Vanan estaría dispuesto a pasar por alto la «flagrante violación del tratado diseñado para promover la paz y la cooperación entre ambos pueblos».

— ¿Qué vas a hacer? ¿Sabes quién lo hizo?

— Carezco de pruebas, pero tengo mis sospechas. Y no apruebo de ningún modo esa atrocidad.

— Claro que no —replicó Jaina, mirándolo con cierta vacilación. — Thrall, ¿qué ocurre?

El orco dejó escapar un suspiro.

— No apruebo de ningún modo esa atrocidad —repitió, — pero tampoco cumpliré las exigencias de Varian.

La maga lo miró fijamente un instante, boquiabierta por la conmoción que habían causado en ella las últimas palabras de Thrall.

— ¿Qué quieres decir? Varian cree que tú rompiste el tratado deliberadamente. Sus peticiones no son excesivas. Además, así le darás la excusa perfecta para iniciar una escalada de violencia. ¡Podríamos ir de cabeza a la guerra!

El orco alzó una gigantesca mano verde, pidiéndole así que se calmara.

— Escúchame, por favor. Enviaré una carta a Varian en la que le diré que no apruebo esa incursión y que voy a buscar a los responsables. No deseo entrar en guerra. Pero no puedo disculparme por ese acto violento, ni voy a entregar a ningún sospechoso a la Alianza. Pertenecen a la Horda y serán juzgados por la Horda. No se los entregaré a Varian jamás. Eso supondría traicionar la confianza de mi pueblo en muchos sentidos. Y, francamente, está mal. Si yo le exigiera lo mismo a Varian, él se negaría a hacerlo. Además, ni siquiera debería aceptar sus exigencias.

— Thrall, si no diste la orden de realizar esa incursión, entonces no eres responsable de lo que ha pasado y…

— Sí lo soy. Lidero a mi pueblo. Una cosa es que reprenda a mi gente por violar la ley, y otra, transmitirles la sensación de que estoy dispuesto a dar la espalda a lo que les define, a su esencia. Tú no comprendes cómo piensa la Horda, Jaina —aseveró Thrall con calma. — Eso es lo mejor que mi educación me ha proporcionado. Soy capaz de entender cómo perciben las cosas ambos bandos. Mi pueblo está hambriento y sediento, ansia agua potable y necesita madera para construir casas. Creen que fueron ultrajados cuando los elfos de la noche clausuraron las rutas comerciales. Consideran la decisión de impedir que se satisfagan sus necesidades básicas un acto de una violencia inusitada. Y alguien, en algún lugar, decidió vengarse de manera equiparable.

— ¿Desde cuándo masacrar a unos elfos de la noche y desollarlos es un acto equiparable a clausurar unas rutas comerciales? —dijo la maga, alzando la voz.

— El cierre de las rutas comerciales implica que los niños pasen hambre, estén expuestos a las inclemencias de los elementos y enfermen. Entiendo su… lógica. Y otros también la comprenden. Si condeno ese ataque abiertamente, cuando, gracias a él, se obtuvo algo que necesitábamos desesperadamente, daría la impresión de que condeno esa necesidad. Transmitiré la impresión de que soy un líder débil y, créeme, a muchos les encantaría aprovecharse de mi vulnerabilidad. Camino por un sendero muy traicionero, amiga mía. He de reprenderlos por lo que han hecho, pero sólo hasta cierto punto. Me disculparé por la violación del tratado, pero no por el robo, ni siquiera por los asesinatos ni por cómo fueron perpetrados.

— Me… decepciona que escojas ese sendero de actuación, Thrall — afirmó Jaina con total sinceridad.

— Tomo en cuenta tu opinión. Como siempre. No obstante, no pienso postrarme ni humillarme ante Varian, ni menospreciaré la necesidad de sobrevivir de mi gente, ni la situación desesperada en que se encuentran.

Jaina permaneció en silencio un largo instante, con los brazos cruzados, mientras miraba al suelo.

— Creo que lo entiendo —admitió finalmente, aunque aquellas palabras brotaron de sus labios lentamente, teñidas de amargura. — Por la Luz, cómo odio admitirlo. Pero hay una cosa que debes entender: el incidente de la Puerta de Cólera dañó seriamente vuestra relación con la Alianza. Perdimos casi a cinco mil hombres en la Puerta de Cólera, Thrall. Y la muerte del Alto Señor Bolvar Fordragón afectó de manera muy personal a muchos.

— Al igual que muchos sintieron la muerte de Saurfang el Joven. —replicó Thrall. — Los mejores y más brillantes de los nuestros cayeron en la flor de la vida, y luego se alzaron como… No creas que la Horda escapó indemne de ese conflicto.

— Oh, no lo creo. Pero tanta muerte resulta muy difícil de sobrellevar. Sobre todo cuando muchos de los caídos murieron a manos de la Horda y no del Azote.

— ¡Putress no pertenecía a la Horda! —exclamó Thrall.

— Pocos son capaces de apreciar ese detalle. Incluso ahora, muchos lo ponen en duda. Ya lo sabes.

Thrall asintió y profirió un gruñido ahogado. Jaina sabía que ese gruñido no iba dirigido a ella sino a Putress y al resto de los que se habían aliado con él en aquel ataque, a aquellos que habían jurado fidelidad a la Horda mientras conspiraban a sus espaldas.

— Primero fue eso y, ahora, esto. A los líderes de la Alianza les va a resultar muy difícil confiar en ti —prosiguió Jaina. — Mucha gente, Varian entre ellos, cree que no hiciste bastante para reconducir la situación después de aquello. Si repudias total y públicamente esa incursión, habrás dado un gran paso para resarcir tu reputación y la de la Horda ante los ojos de la Alianza. Afrontémoslo: no ha sido una mera refriega, sino algo horrendo.

— Lo fue. Y entregar a unos sospechosos de un crimen a la justicia de la Alianza sería también una afrenta horrenda de la que mi pueblo jamás se recuperaría. Sería una deshonra para ellos. No me veo capaz de hacer algo así. Además, si lo hago, intentarían derrocarme, y no les faltarían razones para ello.

La maga lo contempló imperturbable.

— Thrall, creo que no eres consciente de la gravedad de la situación. No te das cuenta de que aprobar tácitamente un hecho que deploras no te traerá nada bueno si acaba provocando una guerra contra la Horda. Y Varian…

— Varian es demasiado impulsivo —le espetó Thrall.

— Garrosh también.

De repente, Thrall se rió entre dientes.

— Esos dos se parecen más de lo que creen.

— Bueno, ambos poseen un carácter impetuoso y eso puede llevar a que muera más gente, cuando el recuerdo de lo sucedido en Northrend todavía está muy reciente.

— Sabes que no deseo una guerra —aseveró Thrall. — Conduje a mi gente hasta esta tierra para evitar los conflictos absurdos. No obstante, deduzco por tus palabras que Varian no parece que esté dispuesto a escucharme. No me creería ni aunque denunciara públicamente el ataque, ¿verdad?

La maga no respondió. Frunció aún más el ceño presa de la frustración.

— Yo… yo le animaría a creerte.

Thrall esbozó una sonrisa plagada de tristeza y, con suma delicadeza, apoyó una de sus colosales manos en el estrecho hombro de Jaina.

— Condenaré públicamente la violación del tratado que la Horda se ha comprometido a respetar, pero nada más.

Entonces, observó el lúgubre entorno pantanoso en que se hallaban.

— Durotar fue el lugar que escogí para que mi pueblo pudiera volver a empezar. Medivh me dijo que los trajera aquí y le hice caso, a pesar de que no sabía nada acerca de este sitio. Cuando llegamos, comprobé que era una tierra inhóspita, no un vergel como los Reinos del Este. La vida es muy dura incluso en las zonas donde hay agua, como esta. Pero escogí quedarme aquí pese a todo, para darle la oportunidad a mi gente de forjar y fortalecer su espíritu al enfrentarse a la dureza de esta tierra. Y si bien el espíritu de mi gente sigue siendo robusto y vigoroso, esta tierra… —negó con la cabeza. — Creo que Durotar nos ha dado ya todo cuanto podía dar. Ahora he de centrarme en cuidar de esta tierra y de mi pueblo.

Jaina buscó con la mirada los ojos del orco. Acto seguido, apartó con la mano un mechón rubio que le tapaba los ojos; si bien ese era un gesto muy femenino, su expresión y sus palabras poseían la firmeza de un líder.

— Entiendo que la Horda funcione de manera distinta a la Alianza, Thrall, pero… si encuentras el modo de hacer lo que te pido, hallarás un camino abierto ante ti que de otra manera nunca se abrirá.

— Siempre hay muchos senderos abiertos ante nosotros en todo momento, Jaina —replicó Thrall. — Como líderes de aquellos que han depositado su confianza en nosotros, debemos ponderar todos y cada uno de esos caminos.

En ese instante, la maga extendió ambas manos en dirección al orco, y este las cogió con delicadeza.

— Entonces, tendré que esperar que la Luz te guíe, Thrall.

— Y yo espero que tus ancestros los cuiden y protejan a ti y a los tuyos, Jaina Proudmoore.

La maga le sonrió con afecto, tal como había hecho otra muchacha humana de pelo rubio en un pasado no tan lejano, y, acto seguido, regresó a su pequeño bote. Thrall se mantuvo callado y pensativo mientras empujaba la barca, y pudo atisbar que Jaina tenía el ceño fruncido; una clara señal de que seguía preocupada.

El orco, también.

Thrall se cruzó de brazos y observó cómo el mar se la llevaba de vuelta a casa. Mientras, Eitrigg se acercaba sigilosamente a su líder.

— Es una pena —señaló Eitrigg, sin venir muy a cuento.

— ¿El qué? —preguntó Thrall.

— Que no sea una orco —contestó Eitrigg. — Es fuerte, inteligente y tiene un gran corazón. Es toda una líder. Engendraría unos hijos robustos y unas hijas valientes. Será una gran compañera, si decide algún día compartir su vida con alguien. Es una pena que no sea una orco y que, por tanto, no pueda ser tuya.

Thrall no pudo evitarlo. Echó hacia atrás la cabeza y estalló en carcajadas, sobresaltando a unos cuervos que descansaban en un árbol cercano, quienes se alejaron hacia un lugar más tranquilo donde posarse, graznando con furia y aleteando conformando un amasijo confuso de alas negras.

— Acabamos de salir de una guerra contra el Rey Lich y otra contra las pesadillas —aseveró Thrall. — Nuestro pueblo se muere de hambre y de sed y está volviendo a la barbarie. El rey de Stormwind me considera una bestia, y los elementos hacen oídos sordos a mis plegarias por tratar de entender la situación. Y tú te atreves a hablarme de compañeras e hijos.

El viejo orco se mostró imperturbable tras escuchar estas palabras.

— ¿Qué mejor momento puede haber para algo así? Thrall, todo es muy inestable en estos tiempos. Incluso tu liderazgo corre peligro. No tienes una compañera, ni hijos, nadie que perpetúe tu linaje si, de improviso, te unes a los ancestros. Y ni siquiera pareces interesado en tales cuestiones.

Thrall profirió un gruñido.

— Tengo muchas cosas en la cabeza como para pensar en flirteos y romances y en tener una compañera e hijos —afirmó.

— Como te decía, es importante, precisamente, por las razones que te acabo de exponer. Además, uno suele hallar un consuelo y una claridad de ideas en brazos de su compañera que no se encuentran en ninguna otra parte. El corazón sólo alcanza las cotas más altas de felicidad cuando uno escucha la risa de sus hijos. Son cuestiones que has pospuesto demasiado tiempo tal vez. Además, hablo con pleno conocimiento de causa de estas verdades, aunque el destino me acabara arrebatando esa dicha. Esta es una verdad muy valiosa a la que no renunciaría por nada del mundo.

— No necesito que me sermonees —rezongó Thrall.

Eitrigg se encogió de hombros.

— Quizá estés en lo cierto. Quizá seas tú quien deba hablar, y no yo.

Aunque te noto inquieto y preocupado, Thrall. Además, como soy viejo, he aprendido muchas cosas a lo largo de mi vida. Y una de las cosas más importantes que he aprendido es a escuchar.

Tras pronunciar estas palabras, se dirigió caminando lenta y pesadamente hacia el mar, seguido por su lobo. Si bien Thrall permaneció inmóvil un instante, lo siguió de inmediato. Cuando alcanzaron la orilla contraria, ambos orcos se subieron a lomos de sus respectivos lobos y no dijeron nada más. Cabalgaron un buen rato en silencio, mientras Thrall ponía en orden sus pensamientos.

Había una cosa que nunca había compartido con nadie, ni siquiera con Eitrigg. Quizá la hubiera compartido con Drek’Thar si el chamán todavía conservara el pleno uso de sus facultades. Sin embargo, Thrall se guardaba ese secreto, cuya aterradora naturaleza pesaba como una losa en su alma. En su fuero interno, se estaba librando una guerra terrible.

Entonces, después de llevar cabalgando cierto tiempo, decidió hablar.

— Quizá tú lo entiendas después de todo, Eitrigg. También has interactuado con los humanos en circunstancias en las que no se estaba produciendo una masacre. Me encuentro a caballo entre dos mundos. Los humanos me criaron, pero nací siendo un orco, y me he aprovechado de ambas circunstancias. «Conozco» bien a ambas razas. En su día, ese conocimiento era poder. Puedo afirmar, sin alardear de ningún modo, que eso me convirtió en un líder único, con habilidades únicas, capaz de colaborar con ambos bandos al mismo tiempo cuando la unidad de ambas facciones fue algo vital para la supervivencia de toda Azeroth.

— Mis orígenes y mi pasado me han sido de gran ayuda, así como mi liderazgo ha sido de gran ayuda a la Horda. Pero… no puedo evitar preguntarme… si ese conocimiento… ¿sirve ahora de algo a la Horda?

Eitrigg permaneció con la mirada fija en el camino que tenía por delante y simplemente gruñó, indicando así a Thrall que prosiguiera hablando.

— Quiero ocuparme de mi gente, darles lo que necesitan, proporcionarles seguridad para que puedan centrarse en sus familias y en sus rituales —aseveró Thrall, sonriendo levemente. — Para que puedan escoger a sus compañeros y tener hijos. Para que puedan disponer de todo aquello a lo que cualquier ser racional tiene derecho a aspirar. No tienen por qué ver constantemente cómo sus padres o sus hijos marchan a la guerra para no volver jamás. Y aquellos que aún ansían batallar son incapaces de ver lo que yo veo: que la Horda está compuesta básicamente por niños y ancianos. Hemos perdido casi una generación entera.

El propio Thrall percibió un cierto desánimo en su voz, y, obviamente, Eitrigg también, pues se atrevió a decir:

— Pareces… desmoralizado, amigo mío. No es propio de ti dudar de ti mismo, o adentrarte tanto en las simas de la desesperación.

Thrall suspiró.

— Al parecer, la sombra de las tinieblas planea sobre casi todos mis pensamientos últimamente. La traición que sufrimos en Northrend; Jaina no se puede imaginar cuánto me sorprendió, cuánto me sobrecogió. Después de aquello, tuve que esforzarme lo indecible para evitar que la Horda se disgregase. Esta nueva generación de guerreros ha afilado sus colmillos como combatientes masacrando a no-muertos, lo cual es muy distinto a tener que atacar a un enemigo vivo, que respira, que tiene familia y amigos, que ríe y llora. A esta nueva generación le resulta muy fácil sentirse ajena a las terribles consecuencias de la violencia, y a mí me resulta mucho más difícil calmarlos con argumentos que exigen ponerse en el lugar del otro y tal vez hacer uso de esa virtud llamada compasión —Eitrigg asintió.

— Una vez renuncié a la Horda porque acabé harto de su culto a la violencia. Yo sí veo lo que tú ves, Thrall, y a mí también me preocupa que la historia se repita.

Entonces, abandonaron las sombras de los pantanos y se adentraron en el camino que llevaba al norte. El calor de aquel sol los abrasaba inmisericorde. Thrall contempló aquel lugar al que habían nombrado los Baldíos con sumo acierto. Aquellas tierras estaban más secas que nunca, más marrones que nunca, y se veían pocas señales de vida.

Los oasis, que eran el único reducto de vida de los Baldíos, habían comenzado a secarse de la misma misteriosa manera que habían surgido.

— Ya no recuerdo la última vez que sentí la lluvia sobre mi rostro en Durotar — afirmó Thrall. — En estos momentos en que algo va claramente muy mal, el silencio de los elementos es…

Entonces, el líder orco hizo un gesto de negación con la cabeza y añadió:

—Recuerdo el sobrecogimiento y el júbilo que sentí cuando Drek’Thar me nombró chamán. A pesar de que lo sigo siendo, soy incapaz de escuchar nada.

— Quizá las voces de los elementos estén siendo ahogadas por esas otras voces que escuchas —observó Eitrigg. — A veces, lo mejor para resolver muchos problemas es solucionarlos de uno en uno.

Thrall meditó acerca de aquellas palabras, que le parecieron muy sabias. Muchas cosas se enderezarían si supiera qué mal asolaba aquella tierra, entonces podría ayudar a curarla. Entonces su gente podría comer y tener cobijo otra vez. Ya no sentirían la necesidad de robarles a aquellos contra quienes albergaban rencor ni albergarían más odio en sus corazones. La tensión se rebajaría entre la Horda y la Alianza. Y quizá Thrall podría centrarse al fin, tal como le había aconsejado Eitrigg, en dejar un legado en el mundo, en obtener la paz de espíritu y su propia felicidad.

Y sabía perfectamente adonde debía ir para escuchar lo que tenía que oír en esos momentos.

— Únicamente he visitado una vez la tierra de mi padre —le comentó al anciano orco. — Me pegunto si ha llegado el momento de hacer un nuevo viaje a esas tierras. Draenor era un mundo que sufrió, en su día, mucho dolor y violencia de manos de los elementales. Ahora ese lugar se llama Outland, y quizá aún recuerde las enseñanzas de esa época. Mi abuela, Geyah, es una poderosa chamán. Podría guiarme y ayudarme en mi intento de escuchar a los elementos heridos que todavía moran en ese lugar. Tal vez ellos puedan proporcionarme ciertos conocimientos obtenidos a través del sufrimiento de su propio mundo que ayuden a paliar los padecimientos que sufre Azeroth.

Si bien Eitrigg profirió un gruñido, Thrall lo conocía bastante bien para saber que el brillo que se atisbaba en sus ojos era una señal de aprobación.

—Cuanto antes partas para allá, antes tendrás un pequeñín dando brincos sobre tus rodillas —le indicó. — ¿Cuándo vas a marchar?

Entonces, Thrall, mucho más animado tras haber tomado esa decisión, rió.

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